El anillo de mi madre
Mi madre murió en mayo de 1986, víctima de lo que se describió como un accidente automovilístico, uno cuya extrañeza ocultó un hecho aun más violento que el choque mismo, un hecho que se transformó en papeles extraviados entre papeles en una comisaría de Surco, y del cual la prensa no se quiso hacer cargo por pudor y por respeto, o del cual la prensa no se quiso hacer cargo para aliviar el escándalo a los guardaespaldas de un diputado aprista que habían presenciado el hecho y habían tratado de ayudar a mi madre agonizante, pero que no querían verse comprometidos en un proceso legal, en esos tiempos remotos, tan parecidos a los de hoy, en que tantos secuestros al paso terminaban mal y tantos atentados terroristas eran presentados al público como accidentes o como imponderables.
Durante semanas, camino a la Universidad de Lima (yo estudiaba Economía en la Universidad de Lima, como Plan B, y Letras en la Universidad Católica, como Plan A), me tocó pasar en autobús por el costado del Hipódromo de Monterrico, ver la hilera de carros vueltos desmonte en los accidentes de la zona, los carros convertidos en chatarra, deformes, hechos trizas, feos y sin sentido, como unas esculturas de Víctor Delfín que daban a la muerte un aspecto miserable y banal. Y entre esos carros, claro, encontré la Subaru dorada cuatro por cuatro en que había muerto mi madre, escapando de algo sin que nunca me fuera dado saber de qué estaba escapando mi madre cuando murió.
Y una de esas mañanas me bajé del autobús antes del paradero y regresé caminando bajo la sombra del muro del hipódromo, entre ambulantes y pírañitas y desmontadores de carrocerías en ruinas, y encontré la Subaru, que tenía la puerta abierta y los vidrios quiñados, sus astillas esparcidas como dados de cristal sobre los asientos delanteros, y vi en una malla informe de estalacticas transaparentes una mancha que había sido roja y que ahora era negra o marrón y un poco color caramelo en los bordes, y que era, pensé, la sangre de mi madre, y vi sus llaves, y en la guantera, increíblemente, en la guantera encontré, debajo de una ruma de tarjetas y documentos que a nadie la habían llamado la atención, una diminuta bolsa de tela azul, que yo conocía bien, dentro de la cual mi mamá guardaba su anillo de matrimonio, porque mi madre manejaba con guantes y para ponérselos bien necesitaba quitarse el anillo y todas sus sortijas.
Tomé conmigo la bolsa y saliendo me puse su anillo (mi madre tenía manos grandes) y ese anillo yo lo llevé puesto en el anular de la mano derecha durante muchos años, más de diez, hasta que una noche, saliendo de un matrimonio en Chacarilla, en medio de una pelea monstruosa con mi enamorada de aquellos años, lancé al aire todo lo que tenía en las manos, una botella de whisky y un reloj, unas entradas para el estadio y una pulsera de plata y, sí, también el anillo de mi madre, porque no sabía lo que hacía. Nunca más lo recuperé, aunque caminé a gatas toda la enorme pista de baile de ese matrimonio de medio pelo en el que se casaba uno de mis mejores amigos con la que habría de ser la primera de sus cuatro esposas. A la mañana siguiente le dije a mi enamorada que por culpa de ella había perdido a la primera mujer de mi vida y la mandé al carajo. Y así fue como me quedé soltero por primera vez.
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12 comentarios:
Felicitaciones. Una historia muy bien contada. (Sabe sabe a entrada de una serie...)
muy buena, solo le volaría eso de "como unas esculturas de Víctor Delfín"
Es uno de los textos más huachafos que se han publicado en muchos años. ¿"El Anticuario" es así?
Está bien redactado, pero hasta ahí nomás.
Buena historia,Faveròn. Duele haber perdido ese anillo y lamentable la muerte de tu madre.
¿Por qué contar algo tan íntimo ante un público que está esperando la primera oportunidad para lazarte tomates?
Buena hno.sigue adelante!!
Un Subaru, una fiesta, un anillo. Me gustó. A ver la segunda historia.
en esa zona del hipódromo nunca ha habido "ambulantes ni pírañitas ni desmontadores"
Qué diría MAD de este relato. Por suerte, para alguien, MAD desconoce el mundo de la web...
Me ha gustado. Llevo un par de horas revisando tus blogs. Me atrae la fluidez con que expones tus ideas, y la envidio, además. Sobre la historia en sí, pues, llegué a pensar que es poco relevante si se trata de una historia real o no. Si es real, lamento la muerte de tu madre, si no lo es, también lamento la muerte de la madre del personaje. Me gusta cómo, de manera sobria, sin caer en un sentimentalismo barato, lograste crear un ambiente en el que es tácito el significado del anillo, de la muerte, de la rabia, de las decisiones tomadas con el hígado. También me pregunto si realmente escribiste esto en cinco minutos. Al mirar tu descripción no me cabe la menor duda de que has leído demasiado, de que has escrito demasiado, y me reafirmo en la idea de que la escritura, para que aflore con esa fluidez en cinco minutos, debe ejercitarse con la única fórmula que hasta ahora conozco: leer, leer, leer; escribir, escribir, escribir, tachar, borrar, reescribir. Me quedo un rato más. Un saludo.
Muchas gracias por tu comentario; si no fueron cinco minutos, fueron diez; pero, claro, la historia es real y probablemente, en cierta manera, el texto ha estado dentro de mí por mucho tiempo.
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