Rodrigo Rey Rosa (Alfaguara, 2011)
Lo más desconcertante de Severina, la última novela de Rodrigo Rey Rosa, es su constante afán por lograr que el lector concentre todas sus expectativas en el misterio que rodea a uno de los personajes y lo banales que resultan tanto el misterio como esas expectativas una vez que la historia empieza a resolverse.
Ciertamente, no se puede decir que el fracaso de la trama se deba al riesgo estructural de la narración: el guatemalteco Rey Rosa --discípulo y traductor de Paul Bowles, a su vez traducido por Bowles al inglés-- no se arriesga a nada en la forma de este libro, una novela corta convencional, de enigmas tópicos y soluciones largamente ensayadas.
Tampoco es esa constante predictibilidad el defecto mayor del libro: la historia del género de la novela breve está punteada por éxitos convencionales; siempre es posible que una ficción sea formulaica y sin embargo, o incluso gracias a ello, funcional; aunque quisiéramos pensar en cada novela como un campo de batalla para el quiebre y el descubrimiento escritural, lo cierto es que la mayoría de los libros que aceptamos no apuestan por mucho de eso.
El gran problema de Severina es que no parece tener dirección alguna y que, en busca de algún sentido, no se rehúsa a transitar por ningún lugar común en la tradición del misterio amoroso: el protagonista-narrador desconcertado y fácilmente seducido; la femme fatale de alma pura, malentendida viuda negra en ciernes; el amor espontáneo entre quienes deberían ser enemigos; la redención incompleta; el final innecesariamente ambiguo, y, en el camino, una inopinada serie de disgresiones intelectuales que jamás atraviesan lo superficial y que, antes que provenir de la reflexión, parecen producidas por el más insólito y gratuito esnobismo.
Rey Rosa, quien tiene en su historia personal la autoría de libros de mucho valor (como El material humano o Que me maten si...), y a quien yo mismo consideré hace poco uno de los escritores notables de América Latina de la década pasada, parece estar permitiendo que su mayor capital se transforme en su peor defecto. Su enorme facilidad para decir historias lo está conduciendo a producir textos formulaicos, tramitales, largamente unidimensionales: cadenas de palabras que aparentan decir mucho más de lo que dicen en verdad y que dejan intocados los asuntos a los que aluden.
En este caso, es incluso difícil establecer cuáles son esos temas, dado que cada diálogo y cada giro de la historia parece añadir un nuevo tópico, como en una conversación enteramente derivativa. El tramo final de la narración parece asumir que el tema del relato siempre ha sido la marginalidad del culto de los libros en una sociedad donde el libro mismo como objeto se ha vuelto secundario y no poco exótico. La idea, sin embargo, se traduce en una anécdota tan frágil y extravagante que se disuelve tan pronto como es intuida.
El camino (ya en sí sospechoso) de simplificarle la vida al lector parece estar llevando a Rey Rosa a simplificar su propio oficio, o los retos trascendentes que ese oficio pudo plantearle alguna vez, y las consecuencias son libros como este, difícilmente justificables desde el punto de vista estético y desconcertantes desde el punto de vista intelectual.
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7 comentarios:
Se que no tiene nada que ver con esto pero creo que sería interesante abrir un debate sobre este tema http://www.elcultural.es/version_papel/OPINION/29887/Literatura_caracola
El Observador dijo...
¿Alguien se opondría a que Borges se autoincluya en una antología dirigida por él mismo? No. Si Arévalo y Rodríguez hubieran hecho esto, simplemente se les señalarìa que no están a la altura de los otros antologados.
¿Alguien se opondría a que MVLl se auotincluya en un Plan Lector dirigido por él mismo? No. Pero el plan lector no es una compra hecha individualmente, sino por los colegios, y con fines educativos. Por eso la responsabilidad de Arevalo y Rodrìguez es mayor.
Pero el problema sigue consistiendo en Arévalo y Rodríguez no fueran "dos autores mediocres como ninguno". Esta no es la opinión de un lector cualquiera sino la de un crítico. Por eso es necesario que esa opinión sea sustentada con una reseña sobre los libros de Arévalo y Rodríguez.
"una reseña sobre los libros de Arévalo y Rodríguez."
1 reseña de los 2, de lo último de Arévalo & Rodríguez:
"Plan Lector 2066"
"Seamos de actualidad al estilo Puente Aéreo y comencemos la serie de reseñas de "novedades" por un libro de hace cuatro años: Chance in Hell..."
¡FELIZ AÑO 2066!
Tranquilo, hombre... en su anuncio, Faverón nunca habló de que fueran libros recién salidos del horno.
Lo que sí me gustaría es que reseñara a algún libro peruano contemporáneo, espero de que alguien le haga llegar los ejemplares necesarios.
Muy buen giro éste de volver a tu oficio de crítico, sea cual sea la dirección que tomes -tu propia visión de cada obra literaria a favor o en contra, tu subjetividad, tu humanidad, enemistad y tus afectos- se agradece definitivamente el consejo, al menos la idea que hay que juzgar la práctica. Me acerqué viendo que reseñabas un texto de 2011, lastima que como dices yace en lugares comunes, es supeficial, esquemático, instrascendente y no quire ser innovador, quizás quede una buena superficie, una escritura cuidada, no sé, al final no me motiva éste libro - el título encima es malo y nada sugestivo- aunque si me interesa el autor como con alguna obra de las que has mencionado con agrado dentro de su bibliografía. Saludos.
Mario.
Totalmente de acuerdo con la valoración que se hace de Severiana, quizás el peor libro de su autor. En lo que discrepo es en la afirmación de que la noveleta suele ser un género poco proclive a la innovación. A mi parecer, algunos de los mejores libros, y más atrevidos, de la última literatura en español son precisamente noveletas: Trabajos del reino de Yuri Herrera, Zumbido de Juan Sebastián Cárdenas, Alma de Javier Moreno y El lugar del cuerpo de Rodrigo Hasbún serían tres buenos ejemplos. Un saludo.
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