31.8.11

El diablo y monseñor Cipriani

Dejen que la PUCP defienda los valores cristianos

La sensación de falsedad que el Arzobismo de Lima, monseñor Juan Luis Cipriani, nos causa a muchos, no es la que nos ocasionaría un mentiroso descubierto en el acto de engañar, sino la que nos suscitaría un impostor dejado en evidencia y que a toda costa insistiera en la impostura.

No es tampoco la impresión que nos dejan todos los que alguna vez estuvieron asociados con la dictadura fujimorista, ni la que nos causa cualquiera que opine y actúe desde la derecha radical, el conservadurismo extremo o incluso la reacción. La impostura de monseñor Cipriani trasciende todo eso porque involucra una burla de valores morales fuertemente imbricados en la fibra cultural peruana, secuestrados por él y deformados en un terreno disitnto, el de las expectativas de control político.

Así surge la impresión de impostura: recordamos los años en que monseñor Cipriani, atendiendo primero a las pequeñas pugnas institucionales que al bienestar de su grey, obstaculizó el trabajo humanitario de los jesuitas en la Zona de Emergencia; recordamos la ocasión en que acusó de traición a la patria a cualquiera que insinuara que los muertos de La Cantuta habían sido víctimas del terrorismo de Estado; recordamos la vez en que calificó la defensa de los derechos humanos del pueblo peruano como "una cojudez"; recordamos a monseñor Cipriani dirigiéndose a los mandos del Ejército con la vulgaridad de un hampón, y haciéndolo, además, en el mismo lugar que había sido escenario de escabrosas torturas y que había servido de cuartel general a quienes destruyeron la democracia peruana en los años noventa. De inmediato, recordamos que monseñor Cipriani es el representante de Cristo en el Perú.

No hace falta ser católico ni cristiano en general para percibir el absurdo. O eso, o deberíamos ser capaces, si no, de imaginar el horror de un Cristo corrupto, aliado de asesinos; un Cristo altanero, propagandista de la violencia; un Cristo indolente, sin una palabra de compasión y condolencia hacia los que sufren el abuso continuo de una sociedad opresiva y apabullante y que incluso mueren bajo el abuso de gobiernos criminales. Ese, después de todo, es el único Cristo al que Cipriani podría servir de agente y de vicario. Porque el otro Cristo, el de los libros y el que está entretejido en la fe de los peruanos, sólo podría sentirse enfermo ante el aberrante secuestro de su imagen en manos de quien no es otra cosa que un embaucador de la fe, que de alguna manera lamentable ha alcanzado en la jerarquía católica peruana, con el beneplácito del Vaticano, la posición del máximo poder.

Ahora que monseñor Cipriani hace su enésimo intento de tomar por la puerta falsa el control de la Pontificia Universidad Católica del Perú, la jerarquía romana interviene a la distancia para apoyar las maniobras del arzobispo limeño. Aunque no creo que esa intervención venga al caso, no creo tampoco que haya que sorprenderse: la Iglesia no es precisamente la institución mundial con el currículo más limpio en el tema del respeto al derecho de los pueblos a regirse por sí mismos, ni tiene la historia más inmaculada en cuestiones de intervencionismo. Quizá yo sea muy inocente, pero lo que me irrita de esta situación no es la intervención misma; es no haber leído nunca un solo texto escrito en el Vaticano que censurara o recriminara o reconviniera a monseñor Cipriani por sus alianzas con una dictadura asesina y por la manera en que intentó esconder los crímenes de esa dictadura.

Y hablemos también de valores cristianos y de moral católica. Cuando todos los crímenes y los abusos y las vendettas y los robos de la dictadura fujimorista estaban siendo cometidos, la Pontificia Universidad Católica, sus autoridades, sus profesores, sus estudiantes y sus empleados protestaron, marcharon, reclamaron, y, sobre todo, produjeron textos que estudiaban y denunciaban la corrupción en todos sus niveles. En los años siguientes, el Instituto de Derechos Humanos de la PUCP ha sido uno de los bastiones de la lucha contra los criminales de la dictadura y contra los criminales de la subversión, así como del estudio de las condicones sociales, políticas y culturales que condujeron a la violencia. El libro más importante de las últimas décadas en el Perú, el Informe final de la CVR, y el trabajo todo de la CVR, están directamente ligados con el esfuerzo de profesionales de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

¿Quién fue, entonces, el ejemplo moral de caridad y de amor por el prójimo? ¿Monseñor Cipriani o la PUCP? ¿Quién condujo su ejecutoria de acuerdo con la defensa de los valores que la Iglesia proclama como suyos? ¿Monseñor Cipriani o la PUCP? ¿Quién puede creer, a estas alturas, luego de todo lo sucedido, cuando cada quien se enfrenta a la opinión pública con una historia propia en la que verse retratado y reflejado, que monseñor Cipriani quiere apoderarse de la PUCP para defender los valores de la cristiandad? ¿Qué cosa hay en la historia pública de Monseñor Cipriani que nos diga que esos valores son prioritarios en sus decisiones, en sus acciones, en sus alianzas y pactos y en sus afiliaciones?

Yo no soy católico ni soy cristiano, pero fui formado en instituciones católicas y pasé uno de los mejores periodos de mi vida, que fue también uno de los periodos más terribles del país, en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Es posiblemente innecesario declarar una vez más que se trata de la mejor universidad del Perú y que ha sido crucial en el tránsito del país hacia afuera de la violencia de los años noventa. Ahora, uno de los fantasmas de ese tiempo, uno de los más oscuros fantasmas de ese tiempo, quiere transformarla en una instancia más de la indolencia y la arrogancia y el altanero desprecio al prójimo que ese mismo fantasma ha representado entre nosotros en las últimas décadas. No es cualquier cosa, no es una pequeña batalla local que sólo nos corresponda a quienes nos sentimos miembros de la comunidad universitaria de la PUCP: es una batalla central en el futuro del país. En ella, todos debemos hacernos escuchar.

...

28.8.11

Tudela (después del baile)

El fujimorismo y la extrema derecha

Cada vez que quiero mencionar a los intelectuales del fujimorismo acabo nombrando a dos: el historiador Pablo Macera, que se hizo fujimorista a cambio de una pensión congresal, y la lingüista Martha Hildebrandt, que se hizo fujimorista porque en el Perú no hay partido nazi. En la nómina siempre se me escapa el nombre de Francisco Tudela, acaso el fujimorista que mejor finge interesarse en el ejercicio de la inteligencia (1).

Tudela tiene un blog (no puedo dar fe de que él lo administre, pero los textos son suyos), y en él, a lo largo del último año, han aparecido unos artículos de comentario político, en su mayoría de tema internacionalista. Todos ellos están recorridos por dos ideas tan fijas que parecen haber sido concebidas no en un cerebro sino en un bloque de piedra. La primera idea es que él, Tudela, es dueño de una opinión tan lúcida y tan transparente y tan racional acerca de la política contemporánea, que no existe en el fondo diferencia alguna entre esa opinión y la más pura e impersonal de las verdades; la segunda idea, la central, es que el resto del mundo está dominado por una sola ideología, que él llama "pensamiento único" (habitualmente encarnada en el diabólico ideario de la "corrección política"), una ideología que ha invadido el universo como un espíritu maléfico.

Según Tudela, el "pensamiento único" y la "corrección política" son avatares del "viejo comunismo genocida", pieles de cordero bajo las cuales se siguen ocultando los marxistas, que no son otra cosa que criminales confabulados, hampones conjurados para capturar el planeta e imponer, sin que nadie se dé cuenta, la dictadura de la "manada única".

Lo que llamamos "democracia", piensa Tudela, es un discurso que está corrompido desde siempre, no sólo desde la revolución francesa y no sólo desde la revolución americana, sino desde Atenas (el "pensamiento único" mató a Sócrates), y hoy en día no sirve más que como un disfraz para la imposición de un totalitarismo economicista. Según Tudela, los liberales son marxistas olvidadizos, los conservadores fiscales son marxistas camuflados y los mercantilistas son marxistas de parranda. Los izquierdistas en general, claro, son primero gángsters y después marxistas.

La manera en que Tudela y varios otros sobre quienes ya escribí en su momento se refieren al "pensamiento único" y a la "corrección política" es voluntariamente engañosa y mistificadora: dentro de esos campos, según ellos, conviven Wall Street, la acción afirmativa, el feminismo, la nueva izquierda, el neoliberalismo, Fox News, los sindicatos, Lula da Silva, los postestructuralistas franceses, Borges, Disneylandia, los nacionalismos árabes y los teóricos de lo postcolonial, porque todos ellos, de alguna retorcida manera, al parecer, son hijos de Marx, hijos que lo obedecen o lo extreman, unos; hijos que lo subliman, otros; hijos que lo ocultan aviesamente, la mayoría.

Cuando uno revisa, en cambio, los nombres que Tudela propone como ejemplos de disidencia y libertad de pensamiento, es decir, como ejemplos de individuos que se deshicieron del "pensamiento único" para pensar por su cuenta, comienza a perfilarse el otro lado de la ecuación: algunos son muy esperables: críticos feroces del marxismo, como Nisbet, Dawson o Röpke; cuando piensa en el pasado más lejano, cauto, Tudela no suele referirse, como los otros, a De Maistre, demasiado identificado ya con el fascismo, al menos desde las críticas de Isaiah Berlin, pero sí se refiere a alguno de los compañeros de viaje de De Maistre, como Louis de Bonald; y le resulta inevitable arrimarse bajo el ala de al menos uno de los héroes de la extrema derecha radical contemporánea: Ernst Jünger, el mayor sensualizador de la violencia en la literatura alemana de su tiempo.

Es por lo menos perturbador descubrir que Tudela menciona a Jünger entre los pensadores cuyas ideas lograron que la pesadilla del comunismo no se impusiera en Europa y que, en virtud de ello, no vivamos hoy en un mundo como el de "la desoladora ficción de 1984 de Geroge Orwell". No sólo por la ostensible falsedad de la afirmación, enteramente gratuita, sino porque, si uno compara 1984 con Tormenta de acero, la más célebre novela de Jünger, descubre de inmediato que la diferencia crucial entre ambas ficciones es que la de Orwell denuncia el horror del totalitarismo y la degradación y deshumanización de la violencia mientras que la de Jünger glorifica la violencia e idealiza la guerra hasta casi deificarla.

No en vano el primer crítico italiano en señalar a Jünger como una inspiración y un norte ideológico fue Julius Evola, el mismo fascista del que escribí hace meses, que es el ícono de los neofascistas peruanos. No en vano, asimismo, Tormenta de acero fue lectura obligatoria en las escuelas del Tercer Reich. Recordar este último dato y releer el párrafo en el que Tudela elogia y encomia a la sociedad en que Jünger produjo su obra por no haber reprimido las ideas del autor, cuando uno sabe que esa sociedad fue la del declive de la República de Weimar, primero, y la del régimen nazi, después, produce una duda más que justificada: ¿tiene Tudela conciencia de lo que dice, o su alabanza de la libertad de opinión en la Alemania nazi es solamente un producto de su ligereza o de su ignorancia?

Algunos de ustedes recordarán los posts que escribí hace meses sobre el grupúsculo de profesores universitarios de extrema derecha que opera en algunas casas de estudio limeñas: la mayor parte de los artículos estuvieron referidos a las cosas que publica el profesor Eduardo Hernando Nieto en su blog Nomos contra anomos. En ese mismo blog, algunos artículos de Tudela aparecen publicados junto a las fotografías de los héroes intelectuales de Hernando Nieto: por ejemplo, el mencionado Julius Evola, traductor al italiano del libro fundamental del fascismo antisemita, Los protocolos de los ancianos sabios de Sion.

No es sorprendente que Tudela ande en esas compañías. Comparte con Hernando Nieto y con otros de los autodenominados "metapolíticos" (nickname preferido por los neofascistas desde hace varios años y que Hernando usa como volada cuando publica artículos de Tudela) más de un rasgo: el placer declarado por la literatura fascistoide; el enmascaramiento del radicalismo extremista de derecha bajo la apariencia de disidencia; la proclamación de una lucha heroica emprendida contra un sólo gran enemigo (el "pensamiento único"); la mentalidad paranoide que encuentra en todas partes conjuras y confabulaciones secretas y que no es otra cosa que una tendencia a reemplazar la racionalidad con teorías conspirativas.

Sería injusto dedicar todo este espacio a Francisco Tudela y no hacer siquiera una pasajera referencia al momento clave de su historia intelectual: esos mítines fujimoristas en que el miserable dictador ponía la música y Tudela bailaba, como un simpático monito de feria, con sus esperanzas puestas en la vice-presidencia del país, dispuesto a soportar cualquier ridículo con tal de obtenerla. No lo menciono para prolongar la vergüenza: creo que es un momento que lo describe, y que describe el espíritu mismo de ese fascismo lumpenesco que fue el régimen de Fujimori y creo que también describe su pobreza intelectual, la miseria y la banalidad de sus proyectos frustrados.

También el profesor Hernando y varios otros de los "metapolíticos" apoyan al fujimorismo, aunque lo hacen con la distancia peculiar de quien se siente distinto. (Hernando está tan sumergido en su coqueteo perpetuo con los fascistas del pasado que Fujimori le parece un "libertario", aunque eso no le impidió darle su voto a Keiko Fujimori). ¿Qué cosa atrae a estos personajes, aunque sea intermitentemente, hacia el fujimorismo? Mi impresión es que les agrada y les cae bien el vacío intelectual de Fujimori y los suyos: son como la mota que borra todo lo escrito y nos deja con una pizarra en blanco.

En el caso concreto de Tudela, a la luz de sus propios artículos, uno acaba por llevarse la impresión de que el fujimorismo representaba para él, por supuesto, un mecanismo rápido de llegada al poder, pero no sólo eso: la forma en que Fujimori destruyó el sistema democrático peruano no tenía por qué dolerle a alguien que juzga a toda la democracia contemporánea un cadáver doblemente enterrado; la falta de principios del fujimorismo resulta una especie de hermano gemelo casual de las críticas al "pensamiento único" y la "corrección política" que esgrimen personajes como Tudela y los otros. Los "metapolíticos", con la mente bloqueada por sus teorías conspitativas, no creen básicamente en el mundo real sino en los fantasmas que ellos mismos construyen; para ellos, la democracia es una cortina de humo; el fujimorismo, por su parte, no cree en las leyes morales por las cuales los demás tratamos de guiarnos y por eso los consensos de la democracia le resultan idiotas y despreciables.

Ese es el punto en que ambos convergen. Ambos representan una forma de aborrecimiento ante la intelectualidad, aunque los fujimoristas comunes muestren su horror abjurando de la necesidad misma de razonar y los "metapolíticos" lo hagan reemplazando la razón por una seudo-razón extraviada y enloquecida.

--

(1) Y, como un amigo me hace notar, se me escapa más persistentemente aun el nombre de Fernando de Trazegnies, por razones que prefiero dejar inexploradas por ahora, pero que deben relacionarse con mi insistencia en obviar a los intelectuales cuando ninguna idea me conduce a ellos.

...

25.8.11

La ignorancia y el poder

Los libros de Obama, las esperanzas de Humala

De acuerdo con una de las más curiosas tradiciones de la política norteamericana, cada vez que el presidente toma sus vacaciones de verano en Martha's Vinyard, los medios de prensa reciben, de una manera u otra, la lista de los libros que el mandatario lleva consigo como lectura estival, casi siempre comprados en una conocida librería de la zona.

Las costumbres lectoras de los presidentes, entonces, se vuelven muy públicas: Kennedy era un amante de las novelas de espionaje (un fanático de James Bond); Nixon ávidamente releía a Tolstoi y a Paul Johnson (que luego escribiría sobre él); Clinton leía novelas de misterio, pero también a Ralph Ellison y a los oradores clásicos latinos; George W. Bush casi nunca tocaba un libro de ficción y, en cambio, sobre todo al final de su gobierno, leía historia y biografías políticas.

Barack Obama, que es él mismo un escitor de no-ficción, premiado y enormemente vendedor incluso antes de ser candidato presidencial, prefiere las novelas. La lista de sus lecturas en las vacaciones que toma en estos días incluye un solo libro de historia (sobre migración) junto a ficciones de Marianne Baer, Aldous Huxley (dicen que ése es un regalo para sus hijas), Abraham Verghese, David Grossman, Emma Donoghue, Ward Just y el notable Daniel Woodrell (la excelente película Winter's Bone, el año pasado, lo hizo más conocido en ciertos medios; Obama lleva consigo lo que se considera la obra central de Woodrell, The Bayou Trilogy).

Con mayor o menor animadversión, los críticos conservadores se han arrojado sobre esa lista para acusar a Obama de sumergirse en un mundo inventado, sin contacto con la realidad, perdido en su imaginación y en la de otros, soñando con historietas fantasiosas en lugar de zambullirse en la horrible coyuntura para emerger de ella con un plan y una actitud práctica. Le critican también que la mayoría de los autores que revisa en estos días sean liberales y progresistas, en vez de conservadores (dicen que debería prestar más atención a las ideas de los otros); pero, sobre todo, lo atacan porque piensan que la literatura, y sobre todo la ficción, es simplemente un subterfugio y un escape, una huida y una forma infantil de esparcimiento.

Esa actitud, lamentablemente, no es escasa y no es ni esporádica ni minoritaria. Es cada vez mayor el número de los comentaristas, periodistas e incluso "ideólogos" de derecha en Estados Unidos que asumen que toda actitud intelectual es esnobista, que cualquier curiosidad artística o escolástica es petulante y que cualquier atracción por las artes y la producción cultural es trivial y pueril. A lo sumo están dispuestos a admitir que un gobernante lea libros siempre que estos sean poco menos que manuales de ejecutoria política, de rápida puesta en práctica.

Hace apenas unos días, Mitt Romney, candidato republicano en las primarias presidenciales, observó que Obama era demasiado académico para entender el mundo real. Hace un tiempo, otra republicana, Sarah Palin, en quien la estupidez y la ignorancia se encarnan con mayor vivacidad que en nadie más, pidió la anulación de los fondos que el gobierno americano destina a becas y premios de artes, humanidades "y otras banalidades de ese tipo".

Antes de lanzar la primera piedra hacia el norte, valdría la pena recordar que, en el Perú y en cierta medida en toda América Latina, luego de siglos en que era difícil trazar la línea entre la esfera política y la esfera intelectual, ambas han terminado por separarse casi enteramente. De ser un continente gobernado, aunque fuera de modo intermitente, eventualmente, por intelectuales y de vez en cuando específicamente por escritores como Sarmiento, Gallegos, Bosch o Sarney, con revolucionarios como Martí o Cardenal, candidatos presidenciales como Mario Vargas Llosa, precandidatos como Pablo Neruda y críticos literarios de inmensa influencia política como el mismo José Carlos Mariátegui, hemos pasado a ser un continente de políticos grises para quienes la cultura es un obstáculo, una distracción o un simple fantasma.

Irónicamente, mucho tiene que ver en esa ruptura la continua y sofocante crítica contra la figura del letrado y contra la noción del logocentrismo que ha sido sostenida desde la izquierda durante décadas: la izquierda de hoy renuncia en gran medida a la figura del gobernante intelectual porque aborrece la imagen del político criollo, elitista, segregacionista, marginador, egocéntrico y antipopular. Una consecuencia de ello es que entre sus lìderes se cuenten personajes de una ignorancia militante y vergonzosa como Hugo Chávez, y otros como Fidel Castro, que, enmascarados en el disfraz de la defensa de las culturas latinoamericanas, han ejercido la persecución contra intelectuales contestatarios durante décadas, encarcelando y condenando al ostracismo, o humillando en la cooptación, a escritores notables y a humanistas de diversas áreas.

Los peruanos recordamos todavía cómo, en 1990, Alberto Fujimori utilizó los libros de Vargas Llosa como prueba y demostración de que el hoy premio Nobel de literatura no estaba hecho para gobernar un país con los pies en la tierra, cómo era un personaje débil, moralmente sospechoso, veleidoso, feble, quebradizo, además de un simple soñador. Pero también sabemos que una acusación idéntica se ha esgrimido contra Vargas Llosa desde muchas otras zonas de la sociedad en diversos momentos: un "buen escritor de novelas", un "escribidor", un simple "intelectual", por lo tanto, poco menos que un inútil.

No es curioso ni llamativo, sino enteramente transparente y esperable, que Fujimori haya sido el primer político peruano en acusar a otro político de dedicarle demasiado tiempo al pensamiento abstracto. Fujimori, después de todo, incluso cuando contó con la vergonzosa alianza de un intelectual notable como Pablo Macera, y de una intelectual mediocre y reaccionaria como Martha Hildebrandt, puso un énfasis crucial, durante su década en el poder, en desmontar los aparatos de conexión entre la esfera intelectual peruana y el resto de la nación: convirtió las universidades en un negocio inescrupuloso, los medios de prensa en pocilgas y el Parlamento en un circo en el que luego se han podido filtrar payasos como sus hijos Keiko y Kenji.

La prensa de Fujimori sentó el estándar de los medios de comunicación peruanos para el tiempo siguiente y hasta hoy: los diarios que cooptó, sobornó, o que de una u otra manera manejó, fueron los primeros en dejar muy en claro que la producción cultural y el debate de ideas, en cualquier nivel y en cualquier área del pensamiento, no merecía un lugar en los mass media. Incluso una corporación que durante un siglo y medio se jactó de su seriedad, como es El Comercio, acabó adaptándose a ese orden, engendrando diarios como Perú 21, que nunca se ha preocupado por mantener una sólida sección cultural y una sólida sección de libros, y que sólo es rescatado de ese vacío por la voluntad de algunos de sus columnistas, y diarios como El Trome, que juguetean con el amarillismo de los tabloides hasta casi no distinguirse de ellos.

Yo nunca supe que Fujimori leyera un libro. Quizás mi memoria está siendo injusta y algún lector de este post quiera refrescarla con un dato que para mí sería extraordinario. Fujimori nos gobernó durante una década y es imposible recordarlo en todo ese tiempo hablando sobre un libro, comentando una idea encontrada en las páginas de un intelectual, o en una ficción, o en una obra dramática, o en un libro de poemas, o en un tratado hstórico, la investigación de un sociólogo, los hallazgos de un teórico; la única excepción fue su referencia a los libros de Vargas Llosa, pero no era siquiera la referencia de alguien que los hubiera leído, sino el comentario chismoso y malintencionado que alguien le había proporcionado y que él repetía con desprecio.

En el gabinete ministerial de Ollanta Humala hay algunos artistas e intelectuales, y eso está bien. La presencia de Patricia Salas en el ministerio de Educación parece estar logrando, paulatinamente, lo improbable: que el tema de una reforma educativa empiece a llamar la atención de la opinión pública. Los programas dominicales del último fin de semana me dejaron una sola imagen satisfactoria: al salir de su cita con Humala, nuestra flamante campeona mundial de ajedrez, Deisy Cori, contó cuál fue el contenido de su conversación con el presidente: "me habló de historia, de la historia del Perú, y me recomendó que leyera libros, que leyera libros de historia, que conociendo la histora se puede ser mejor".

Los mismos que pintaban a Vargas Llosa como "un intelectual", como si en el hecho de ser intelectual se evidenciara una verdad vergonzante, suelen referirse a Humala como "un cachaco", "un milico" y "un militarote", dando a entender, según uno más de nuestros innumerables prejuicios, que un militar es poco menos que una bestia salvaje, un ser sin matices, una máquina autómata incapaz de cualquier reflexión.

Aborrecen al intelectual en Vargas Llosa y se quejan de la falta de capacidad intelectual de Humala. Y si les pusieran a Cristo de presidente y Cristo quisiera cambiar en algo el modelo económico o llamara la atención sobre las deformaciones morales de nuestros gobiernos anteriores, entonces dirían que Cristo es un pánfilo etéreo, un blando de carácter y un hablador demasiado dado a las parábolas. Pero bien, Humala no es un Cristo y Humala tampoco es un Vargas Llosa; pero por fortuna tampoco parece alguien conforme con la continuidad de lo insostenible ni alguien conforme con el imperio de la ignorancia. No es un intelectual, pero tampoco tiene el prejuicio anti-intelectual. Eso es un paso adelante; un significativo paso adelante.

...

24.8.11

Dale que dale

La novedad de la copia

El alemán Hugo Ball (iquierda) fundó en febrero de 1916, en Zurich el célebre Cabaret Voltaire, y con eso, el dadaísmo. Durante los meses siguientes, junto a Hennings, Janco, Tzara, Huelsenbeck, Arp y algunos otros, fue cimentando las ideas estéticas del movimiento y las líneas generales de su estilo, en poesía, música, artes gráficas, teatro, etc. Para julio de ese mismo año empezó a aburrirse de la repetición y en setiembre se fue de Zurich, harto de que el dadaísmo se hubiera convertido en una fórmula.

Puede ser un caso extremo, pero en su brevedad se acentúan los rasgos de la coyuntura y la condición de un artista que se siente asfixiado en la reiteración de una rutina y de un lenguaje creativo. Hay artistas que pueden hacer lo mismo o casi lo mismo para siempre y otros que necesitan que la búsqueda siga ofreciendo misterios. Lo interesante de los misterios en el arte es que la búsqueda no los revela solucionados o en trance de ser solucionados, sino que los instaura como tales, como misterios: es al modificar la exploración que aparecen nuevos enigmas, nuevos problemas, y, con ellos, nuevas respuestas, siempre parciales.

Piensen en un César Vallejo o un Martín Adán, reinventando sus idiomas poéticos en cada nueva empresa. Piensen en un Jorge Eduardo Eielson, obligado por su propio ejercicio exploratorio no sólo a modificar radicalmente su poética sino incluso a transitar paulatinamente de un arte a otro y a otros. Piensen, en cambio, en un Fernando de Szyszlo, cuyos problemas estéticos parecen haberse resuelto de golpe, casi todos, décadas atrás, y que a veces, desde hace mucho, da la impresión de haber olvidado incluso las circunstancias que lo motivaron a buscar.

Por cierto, la pasividad de muchos artistas no es independiente de la pasividad de las sociedades como consumidoras de arte: de hecho, a veces parece su simple reflejo. Existe un impulso social a la estabilidad en el consumo de arte: hay estilos y formas y lenguajes que, tras mayores o menores escaramuzas y conatos de rechazo, se aceptan de manera casi general, y otros que tardan décadas o que simplemente no son aceptados nunca del todo. En las paredes de una casa limeña de clase media, todavía hoy, es mil veces más esperable encontrar un bodegón naturalista o una escena romántica que un cuadro de la vieja vanguardia europea o latinoamericana, pese al siglo completo que ha transcurrido desde que empezaron a concebirse esas estéticas.

Pero más sintomáticas que las casas limeñas son las salas de venta de arte comercial: en el Perú, el escultor de moda es una suerte de Henry Moore cataléptico que engendra adornitos de porcelana; los artistas visuales más vendedores fabrican variantes en serie de las Vargas Girls o grabados que, a excepción de su obviedad, no están un paso más allá del imaginario dadaísta; la última vez que un escritor peruano se auto-promovió como experimental y vanguardista lo que presentó finalmente fue una novela groseramente copiada de los modales del Pynchon de hace cuatro décadas.

De hecho, viendo ese tipo de fenómeno, diera la impresión de que muchos artistas no sólo no se atrevieran a recorrer caminos propios y distintos y a buscar un lenguaje hecho para un mundo nuevo: da la impresión de que sumisamente aceptaran que la única manera de pasar por aventurados e innovadores fuera regresar al arte de décadas atrás y saquearlo sin añadirle nada propio ni original; no hacer arte nuevo sino proclamar la novedad de la copia.

...

20.8.11

Sobre la crítica literaria en la prensa peruana, 2

¿No hay lectores? ¡¡Formen lectores!!

Los medios de prensa peruanos parecen haber decidido, incontrovertible y definitivamente, que los suplementos culturales son inviables y que aun más lo son los suplementos literarios. Si no escuchamos (ni leemos) con frecuencia las razones que esgrimen es porque suelen mantenerlas en silencio; uno quisiera pensar que es por vergüenza pero la verdad es que en el Perú el tema no parece lo suficientemente central como para merecer un debate y mucho menos una polémica.

Sé que los extranjeros que lean este post pensarán que la situación es análoga a las de sus países: en todas partes los lectores frecuentes, los intelectuales, los artistas y los académicos, o simplemente los aficionados y quienes buscan en la prensa algo más que información coyuntural, suelen quejarse del bajo nivel de sus suplementos culturales. Para ellos va este aviso: no, el caso no es semejante. En el Perú, desde hace algún tiempo, han dejado de existir los suplementos culturales, pese a que aún sobrevive uno que insiste en llevar la etiqueta aunque su contenido lo desmienta domingo a domingo.

Es interesante que Enrique Sánchez Hernani, periodista cultural prestigioso, de larga carrera y que ha sido incluso director de El Peruano, intervenga en la discusión con el poeta José Carlos Yrigoyen en los términos en que lo hace: da la impresión de que la desaparición de las secciones de libros, las páginas de crítica y los suplementos culturales tuviera siempre una explicación atendible dentro de cierta política comercial de las empresas y que el deseo de quienes quisiéramos disfrutar de todo ello (incluso él) no fuera más que una buena intención que cualquier mirada realista puede descartar fácilmente.

Miremos la prensa cultural extranjera, olvidándonos si quieren de la europea y la norteamericana: en Ecuador, en Colombia, en Chile, en Argentina, en Uruguay, en Bolivia existen suplementos culturales y suplementos literarios y reseñadores y críticos que compiten por esos espacios en un circuito que les da importancia. ¿Cuál es la consideración económica que conduce a los diarios peruanos a eliminar esas secciones cuando aparentemente en economías y culturas comparables, si no similares, el resto de la prensa latinoamericana no sacrifica esos espacios, incluso a pesar de que a veces los modera o los reduce?

Enrique Sánchez Hernani parece suponer que el contenido de la prensa está siempre condicionado por la naturaleza y las características del lector, como si los diarios tuvieran que reflejar la forma de las mayorías, y parece suponer que el lector promedio de la prensa peruana, e incluso en particular el lector de El Comercio, es básicamente un tonto funcional y un ignorante sin interés en ningún tipo de saber artístico o literario ("contentos e ígnaros paisanos", los llama, con todo y esa tilde en la í).

Por supuesto, Sánchez Hernani no tiene culpa de nada: él escribe su página, entrevista escritores, intenta en la medida de lo posible colocar contenidos culturales en Somos, la revista de El Comercio en la que él trabaja y que hace poco pasó de ser dirigida por Óscar Malca, un periodista y escritor solvente, a ser dirigida por Eduardo Lavado, un consagrado ex-redactor de chismes faranduleros, en un giro que nos anuncia los deseos de la dirección de El Comercio por continuar incinerando las posibilidades del diario de construir contenidos inteligentes.

Si sólo se pueden mantener las páginas y secciones y suplementos que avivan el contenido comercial de una publicación, entonces vale preguntarse cuándo desaparecerán para siempre las páginas de noticias internacionales, por ejemplo (no es un consejo, por si acaso). Si sólo pueden mantenerse las que tienen una amplia lectoría porque atraen la mirada de una masa significativa de la población lectora, entonces hay que preguntarse cómo así El Comercio ha sido, a lo largo de los años, más constante en su página de toros que en su ya inexistente sección de crítica literaria. Sí, en el Perú no sobreabundan los lectores de literatura, pero confío en que alcanzarían para llenar la Plaza de Acho.

El problema no tiene ninguna de esas dos respuestas: no es una cuestión de lectoría ni una cuestión comercial. Es un asunto de desinterés, en el mejor de los casos; de prejuicio contra la inteligencia, en el más probable de los casos; de ignorancia frente al rol crucial de las artes y la literatura en el desarrollo intelectual de una sociedad, en todos los casos. Los propietarios y directores de la prensa nacional no le dan la más remota importancia al ejercicio intelectual en ninguno de sus aspectos, y, en su mirada prejuiciosa, ninguna sección puede resumir todo aquello que desprecian de manera más clara y sintética que la sección literaria. "¿Libros? ¿Para qué?".

Es bueno notar que no se trata de asociar la destrucción del periodismo cultural con un cierto sector de la prensa, con una línea política o con una postura ideológica: diarios fujimoristas y diarios democráticos, diarios toledistas y diarios alanistas, de izquierda o de derecha, incluso diarios dirigidos por personas que asociamos con una intención intelectual, como el antiguo Perú 21 de Álvarez Rodrich (ni hablar del actual), carecieron de secciones culturales orgánicamente funcionales y no contaron con un sólo reseñador literario fijo, hasta el punto de que eventualmente algunos de sus columnistas sintieron, o sienten, la necesidad de cubrir el vacío lanzándose a la crítica aunque esa no sea la intención primera de sus espacios.

Si hay que hablar de ignorancia, entonces, prefiero hablar de la ignorancia de los medios, antes que de la ignorancia del público. El público no se va a levantar en revuelta contra los diarios para exigir la aparición de secciones culturales y crítica literaria: cada vez son más los peruanos que han de suponer que esas cosas no forman parte del campo de acción de los diarios. Pero los diarios, en cambio, sí pueden transformar la situación en un sólo día, con la sola decisión de empezar a dar a esos contenidos una cierta importancia: una página de libros, una sección de crítica literaria, un pequeño número de páginas hechas por periodistas expertos en temas culturales, usando la imaginación para ofrecer un producto que sea inteligente y no refuerce y reduplique la sensación de que lo cultural, lo artístico y lo literario es aburrido y soporífero por naturaleza.

Porque además hay una verdad obvia: ningún lector de diarios está interesado en todas las páginas del diario que lee y ningún diario del mundo ofrece contenidos que estén dirigidos, todos por igual, a la totalidad de sus lectores. Un diario que elimina todo aquello que parezca demasiado intelectual para la mayoría de sus lectores, no está asegurando la lectoría de las mayorías (que siempre encontrará algo más divertido y rápido que leer en otra parte, o en internet): sólo está asegurando la huida en desbandada del sector de lectores que sí esperaba algo más.

Ah, la fujimorización. Antes de Fujimori e incluso durante los primeros años de su gobierno, los diarios no sólo solían tener secciones culturales, algunas malas, otras buenas, otras muy buenas, sino que además atraían un público adicional incluyendo obras literarias completas entre sus páginas. Existían los Periolibros, existían las bibliotecas de El Comercio y muchos otros proyectos imaginativos que usaban la literatura para fomentar no sólo las letras sino la expansión del saber cultural. Cuando la revista Somos apareció, uno de sus ganchos de lectoría era un concurso en el que los lectores debían completar un cuento que la revista publicaba con el final pendiente, y que era escrito exclusivamente para Somos por algún autor conocido (el primero fue Alonso Cueto).

Ahora, de pronto, resulta que la literatura espanta lectores. No, pues, no es así: lo que los dueños y directores de diarios parecen no haber entendido es la verdad más evidente de todas: la diferencia entre los amantes de las telenovelas, los amantes del fútbol, los amantes de los toros, los amantes del cebiche mixto y, por otro lado, los amantes de la literatura, es que los amantes de la literatura leen, la lectura los define, lo que ellos hacen es leer. El diario que instituya en sus páginas, en este preciso momento, una sección de cultura y literatura realmente buena, apreciable, interesante, llamativa, atraerá hacia sus páginas a una masa de lectores que quizá no sea gigantesca pero que será leal y recurrente.

Para terminar, repito algo que he dicho muchas veces: los medios de prensa son un instrumento de desarrollo intelectual, cognoscitivo, cultural, de enorme poder. Dirigir un diario implica un compromiso con todo ello. Un compromiso que la prensa nacional está defraudando desde hace mucho. El amarillismo, la cleptomanía y la aceptación del soborno no son las únicas enfermedades de la prensa; la promoción de la ignorancia también lo es.

La tontería fundamental de la prensa peruana es que aceleradamente está creando una sociedad en la que menos y menos gente ve la lectura como un placer. Y después se quejarán de que no hay lectores. Brillante, ¿no?

...

19.8.11

Sobre la crítica literaria en la prensa peruana, 1


...
Le pedí permiso al poeta José Carlos Yrigoyen para reproducir en Puente Aéreo el siguiente texto, que él publicó en su blog. Recomiendo que después de darle una mirada sigan la discusión posterior, en la que interviene el conocido periodista cultural Enrique Sánchez Hernani.

Crítica raquítica
Por José Carlos Yrigoyen

Cuando leo a los actuales reseñadores literarios de la prensa limeña extraño la página de crítica de libros que durante los años noventa mantuvo Rocío Silva Santisteban en Somos. No quiero decir con esto que Silva Santisteban fuera nuestra Michiko Kakutani ni mucho menos. Pero el poquísimo espacio que le asignaban, limitado como para fundamentar sus opiniones, lo administraba con suficiente criterio como para cumplir el requerimiento básico que se le exige a alguien al que se le encarga un espacio destinado a criticar las novelas, poemarios y ensayos que aparecen cada semana: decir lo que en verdad piensa. Arriesgar mínimamente una opinión. Pasar por la experiencia, nada agradable, es cierto, de quedar de vez en cuando mal con alguien. Recuerdo algunas reseñas suyas donde era terminante y hasta feroz con los libros que le disgustaban; como por ejemplo, cuando destrozó uno de las tantas insufribles entregas con las que Edgar O´Hara nos torturaba por esa época: En una casa prestada. Rocío llegó a preguntarse públicamente cómo era posible que existieran editores que permitieran que semejantes bodrios vieran la luz. Por lo que sé, O´ Hara nunca le perdonó ese ejercicio de sinceridad. Recuerdo también críticas negativas a otros poetas y narradores que eran amigos y conocidos de la autora de Ese oficio no me gusta, como Mary Soto –por su libro Limpios de tiempo- o Sergio Galarza –por su colección de relatos Todas las mujeres son galgos. Recuerdo también, y más nítidamente, que a mi primer libro, un pecado juvenil, también le dio con palo. Y estaba bien. En fin: uno podía criticarle muchas cosas a RSS, pero no que careciera de los ovarios suficientes para estampar en letras de molde su auténtico punto de vista.

Pues bien, ¿qué ha pasado con la crítica literaria de los medios en esta última década? Con muy honrosas excepciones, esta prácticamente ha desaparecido. Algunas publicaciones la   eliminaron un buen día de sus páginas sin el menor remordimiento –como es el caso de Correo, el pasquín dirigido por Aldo Mariátegui- y otros se la encomendaron a gente que, o no da la talla para ejercerla, o la toma como un trabajo rutinario y aséptico en el que la finalidad principal es pasar piola. Es decir, completar el número establecido de palabras sin decir absolutamente nada relevante o cubrir indiscriminadamente de flores a cualquier volumen que llegue al correo de la redacción.

Querido lector de Nosotros Matamos Menos: ¿alguna vez ha leído usted, en todos estos años, una sola crítica negativa pergeñada por José Donayre Hoefken, encargado de la sección de libros de la revista Caretas? Yo, nunca. Todas ellas son decididamente entusiastas: jamás entablan una sola atingencia a los libros sometidos a su escrutinio. Si mañana hubiera una hecatombe nuclear y solo quedaran las críticas de Donayre para estudiar lo que fue la literatura peruana reciente, cualquiera creería que vivimos una Edad de Oro en nuestras letras; que cada semana en el Perú era publicado un libro estupendo, de gran calidad; que cada mes surgía un joven poeta cuya opera prima sugería un Eielson o un Hinostroza en potencia. La realidad, como nosotros sabemos, es muy distinta, y por eso me queda la sensación de que Donayre vive en una dimensión paralela, donde cada vez que se asoma por la ventana contempla Picadilly Circus o cualquier otro de los centros culturales más fulgurantes del mundo literario contemporáneo.

Si bien ya de El Comercio y de la camarilla de ignorantes que lo maneja no se puede esperar nada, es una lástima lo que ha sucedido en los últimos años con la ya fenecida columna semanal de Ricardo González Vigil, quien siempre fue un crítico más que respetable. Pero hay que ser honesto, pues: sus columnas, en los últimos años, eran la mar de confusas. No sé si el motivo de ello sea que le editaban los textos de cualquier manera o si se le acababa el espacio antes de poder llegar al meollo de lo que quería decir, pero en la mayoría de los casos terminaba hablando de cualquier cosa antes que de la obra que debía ser motivo de su reseña. Por otro lado, ¿no es ya un poco monótono que un crítico viva calificando cuanto libro analiza como “extraordinario” “portentoso” o “formidable”?  No obstante lo apuntado, que la columna de RGV deje de ser publicada es un hecho lamentable, pues de todas formas es un espacio perdido. En cuanto a la sección de libros de la revista Somos, regentada por Enrique Sánchez Hernani, el problema es distinto: ni con la mejor voluntad del mundo se puede hacer una crítica seria cuando se te pide que ella no exceda las dos líneas de un texto de Word. Eso, como ya apunté en un post anterior, se debe a la visionaria labor de Eduardo Lavado, quien considera que una reseña no debe tener más caracteres que uno de los telegráficos chismes faranduleros del Correveidile, su máximo aporte al periodismo nacional. Bip.

De los demás reseñadores es poco lo que se puede decir (o no se puede decir nada distinto a lo anterior): o ejercen una crítica que juega al avestruz (pura descripción, cero opinión, o, lo que es peor, una desmedida generosidad con todo los libros que reciben) o las páginas culturales de los medios en que laboran son tan insignificantes que es como si no existieran. La salvedad a esta regla es Javier Agreda, crítico del diario La República. No lo digo porque esté de acuerdo siempre con él (en realidad, de cada diez reseñas que publica, discrepo con ocho) sino porque cuando un libro le parece malo no tiene remilgos en decirlo y suele fundamentar sus opiniones con propiedad. Quizá sus reseñas a estas alturas pequen de mecánicas (su modus operandi es el siguiente: primero presenta el libro, luego señala sus virtudes, y en el 90% de los casos termina dando una maleteada), pero a diferencia de casi todos los demás se toma su trabajo con cierto rigor. Lo cual es mucho en un ambiente literario donde ya se perdió el coraje suficiente para señalar que el trabajo de un escritor es insatisfactorio. Aunque luego de este post, quizá yo sea el autor con quien se rompa esa tendencia.



16.8.11

La palabra del idiota, 2

¿Quiénes son "todos" en el mundo de hoy?

En el post anterior dije básicamente una cosa: que asumir que "todos" tienen o tenemos una voz en internet es una afirmación estadísticamente errada, falsa e ideológicamente peligrosa y abusiva, por el simple hecho de que un 70% de la humanidad no tiene siquiera un acceso esporádico y elemental a internet y si empezamos a definir "todos" como "todos quienes tienen acceso a internet" estamos ejerciendo una forma singular de ignorancia, que es la ignorancia de la ceguera y la voluntaria segregación.

Como saben, mi crítica se dirigía a mucha gente pero tomaba como ejemplo un artículo de Marco Sifuentes en el diario Perú 21. A la semana siguiente, Sifuentes ha retomado su columna con un nuevo texto en el que se refiere a las revueltas de estos días en distintos lugares del mundo. En ese segundo artículo afirma que "la mayoría de adolescentes británicos (37%) tienen un Blackberry".

En Twitter y en Facebook ya hice notar que hay algo por lo menos raro en una afirmación general de ese tipo, en la cual el 37% de los adolescentes británicos (quienes usan Blackberry) conforman la "mayoría" frente al restante 63% (quienes no lo usan). Obviamente, varias personas han respondido que se trata de "mayoría" en el sentido de que, dentro de los usuarios de smartphones, agrupados según el equipo de su preferencia, el grupo más numeroso es ese 37% que usa Blackberry.

El primer probema es que todas esas explicaciones están ausentes en el texto de Sifuentes y eso lleva a una afirmación equívoca, semejante a la que habría si yo, hipotéticamente, luego de comprobar que el apellido más frecuente en Chile es "Rojas", dijera que "la mayoría de los chilenos se apellidan Rojas", cosa que es falsa en el sentido que más inmediatamente nos vendría a la mente.

Pero toda esa es una discusión secundaria. Si uno lee las fuentes de la estadística que el mismo Marco Sifuentes cita en su artículo se encuentra con un dato central: sólo el 47% de los adolescentes ingleses tiene un smartphone de cualquier tipo. El 53% (llamémoslo "la mayoría") no tiene ninguno. Es sólo dentro del universo conformado por ese 47% de adolescentes que sí posee un smartphone que un 37% (de ese 47%) usa Blackberry, es decir, aproximadamente, el 17% de los adolescentes británicos usa Blackberry.

Regreso a mi punto inicial, que es el mismo del post anterior: Sifuentes considera al 47% de los adolescentes británicos como "todos" los adolescentes británicos (y al 17% del total como "la mayoría"), así como la semana pasada consideraba que el 30% de la población mundial (los que acceden a internet) era "toda" la población mundial.

Más allá del absurdo de un supuesto experto en el tema que no alcanza siquiera a entender las fuentes que él mismo cita, el problema es la estrechez de panorama en el que se mueve, que es la misma estrechez en que se mueven muchísimos de los idolatras de internet: un panorama en el que, bajo la mentira de que "todos tenemos voz en internet", asoma una detestable visión del mundo: sólo quienes tienen voz en internet existen, aunque los demás sean, inequívocamente, la enorme mayoría.

La semana pasada mencioné otra estadística: el 80% de los habitantes del planeta conoce al menos los rudimentos de la escritura y la lectura, mientras que sòlo el 30% tiene acceso a internet. Hay muchos estudiosos que vienen redefiniendo la noción misma de alfabetismo, bajo la premisa de que en el mundo de hoy, al menos en las generaciones más jóvenes, el conocimiento básico de internet debería considerarse un factor crucial para medir la alfabetización o la literacidad; así, alfabetizado sería quien sabe leer, escribir y usar internet.

Menciono esto porque, si aceptamos esa idea (lo que tarde o temprano será ineludible, supongo), entenderemos mejor cuál es la mirada ideológica que se esconde detrás de quienes reducen la totalidad del mundo a la suma de los usuarios de internet: es la misma forma de discriminación que se ejerció durante siglos contra quienes no sabían leer y escribir; es una nueva variante de segregación contra el no alfabetizado, en la que hay un mundo exterior donde conviven letrados y no letrados, pero luego hay un mundo interior, cerrado, explícitamente letrado, que es el que de verdad cuenta.

...

9.8.11

La palabra del idiota

¿Cuán democrática es internet?

En la popular columna de Marco Sifuentes, dedicada esta semana al tema de las direcciones que toma la difusión de la cultura en la era de internet (a propósito de un texto de Mario Vargas Llosa) leo el siguiente párrafo:

"La alta cultura siempre ha sido minoritaria. Internet simplemente le da voz a todos. Cultos e ignorantes, sabios e idiotas. Es verdad que nunca antes la palabra del idiota, siempre mayoritario, había sido tan difundida. Pero nunca antes se había difundido tanto todo tipo de palabra".

Lo más divertido de la cita, como es obvio, es la manera en que implícitamente parece explicar por qué esa misma columna y su autor tienen un auditorio más o menos amplio en la era de internet: "nunca antes la palabra del idiota había sido tan difundida".

Pero no es menos divertido comprobar la lógica desde la cual escribe: opone "cultos" a "ignorantes", con lo cual reproduce el modo más reaccionario de entender la cultura, y opone "sabios" a "idiotas", con lo cual da un paso hacia atrás que, creo, nadie se atrevía a dar desde la época de Lombroso o del primer darwinismo social: el mundo se divide entre quienes son cultos e inteligentes, por un lado, y quienes no sólo son ignorantes sino que son idiotas, por el otro.

Claro está, hay implícitamente un tercer grupo: quienes no tienen acceso a internet. Pero esos no importan lo suficiente para entrar en la clasificación: a decir del sabio Sifuentes, "internet le da voz a todos". Ese presumiblemente involuntario gesto discriminatorio responde a una de las fantasías más queridas por los idólatras del ciberespacio: la idea, ridícula y monumentalmente falsa, de que, en efecto, todos tienen voz en internet y que, además, esas voces no están jerarquizadas sino que se mueven en una suerte de espacio horizontal.

No es asi, claro está. Unos construyen el ciberespacio y otros se mueven limitadamente por él; unos lo regulan y otros habitan alguno de sus rincones; unos lo inventan y otros lo usan; unos lo legislan y otros siguen sus reglas; unos reciben sueldos por trabajar en él y otros no tienen siquiera los recursos para ingresar en él, aunque sea lateralmente, fugazmente. Una manzana de edificios en Palo Alto, California, tiene mayor influencia en internet que todos los entusiastas navegantes del Perú juntos; el ciberespacio está tan minuciosamente jerarquizado como cualquier otro espacio social. Quien piense que su posición en el ciberespacio es equivalente a la de Mark Zuckerberg, que levante su ejemplar de Perú 21.

Si no fuera patente esa jerarquización, lógicamente, no habría ningún motivo para la existencia de hackers y piratas y terroristas virtuales: ¿quién necesita romper las barreras, eliminar las diferencias y atentar contra los gregarismos y los secretos de un mundo abierto, horizontal e igualitario? A esto se me puede responder: si esa disputa existe es porque existe la posibilidad de convertir el ciberespacio en un espacio democrático. La respuesta es obvia: la misma posibilidad existe fuera del ciberespacio, pero eso no ha eliminado la jerarquización en ningún lugar del mundo.

En el mismo artículo de Sifuentes se cita la opinión de otros que, como yo pero con distintos argumentos, disienten de lo dicho por Vargas Llosa:

Diego Peralta recurre a Sauerberg para afirmar que internet supone un regreso a la oralidad: la era de la imprenta ha sido un paréntesis de 500 años dentro de una historia regida por lo oral o por la disputa jerárquica entre lo oral y lo escrito. José Enrique Escardó hace notar, citando al mismo Vargas Llosa, que la "alta cultura" (otra vez) es "obligatoriamente minoritaria". Víctor Krebs anota:

"Acostumbrado a pensar con la secuencialidad de la imprenta, por lo menos desde la modernidad, el hombre occidental ha identificado lo racional con el pensamiento lógico. Ello explica nuestra resistencia a los cambios que estamos presenciando, pues desde la perspectiva alfabética o escribal desde la que los estamos mirando es imposible encontrarles validación".

Más allá de lo anacrónicos que resultan algunos de los términos empleados ("alta cultura" o "el hombre occidental"), hay que observar otras zonas oscuras. Parece descartable, por ejemplo, la noción de que el ser humano piensa secuencialmente, y no en simultaneidades: como cuando uno percibe no una nota sino un acorde musical, o presencia panorámicamente una pintura o una puesta de danza o un instante cualquiera de una película, captando en simultáneo los detalles y la totalidad de la imagen, el sonido y el sentido del diálogo, y a la vez construye unas formas de interpretación en las que conjuga y hace confluir los sentidos que encuentra en todas esas cosas.

Pero Krebs no sólo asegura que la forma de pensamiento del ser humano desde la modernidad es secuencial, sino que dice otras cosas, a saber, que ese fenómeno se debe a la imprenta y que es desde la aparición de la imprenta que "el hombre occidental" supone que la lógica es equivalente a la racionalidad. Mi impresión de no iniciado en estos temas es que desde Aristóteles, Occidente ha tendido a identificar lógica y razón pero que durante todos estos siglos ha habido minuciosos esfuerzos por distinguir la lógica como una forma altamente codificada de razón, no equivalente a la racionalidad, y que muchos de ellos han supuesto, precisamente, como fundamento, la idea de que no toda racionalidad se construye secuencialmente o, como lo hubiera puesto Aristóteles, silogísticamente.

Por supuesto, hay un peligro real en menospreciar o satanizar la cultura escrita y otro peligro paralelo en idealizar la oralidad. Comprar completos los ideales de la ilustración no es una apuesta más fallida que caracterizarlos simplemente como un autoritarismo egocéntrico que avasalla a lo oral o lo somete o lo relega y caracterizar lo oral, a su vez, como más democrático o más horizontal. Una biblioteca pública en un pequeño poblado amazónico puede interpretarse como un símbolo colonial, pero sabemos que es también un instrumento de democratización. Y las bibliotecas públicas siguen siendo más accesibles que internet para millones de personas. Esto para no mencionar otra cosa evidente: en un país como el Perú, con la flaqueza de nuestro sistema educativo y la opresión del analfabetismo al que una enorme cantidad de ciudadanos está sometida, hay un cierto componente ético que debe considerarse antes de celebrar la oralidad como una forma de interrelación y conocimiento en sí misma más democratica que la de las culturas escritas.

Si uno elige ver la dinámica de lo oral y lo escrito como una guerra de trincheras en la que hay que asumir una de las dos como posición a defender, dejará de ver, precisamente, lo más interesante de esa dinámica, que es la necesidad moderna de localizarse a la vez en ambos espacios. Pero incluso ese error es mucho más pequeño y perdonable que el que comete, por ejemplo, Sifuentes en su artículo, cuando considera que la apertura de un espacio relativamente democratizador y la apertura de un espacio para la idiotez son cosas semejantes.

Asumir que internet viaja en la dirección de una nueva oralidad, como hacen Krebs o Peralta o Escardó, o asumir que internet representa un nuevo paso en la secuencia de la ilustración y su ideal enciclopédico, como escribí yo mismo hace poco, no significa, en ninguno de los casos, festejar la aparición de una tierra de nadie autocelebratoria, en la que la expresión de la ignorancia sea la nueva cultura.

Y visto desde el otro ángulo: observar la aparición de un espacio global o comunal donde muchas voces pueden expresarse no implica de ninguna manera suponer que esas voces deban ser mayoritariamente "idiotas". Eso tiene nombres explícitos desde hace mucho: prejuicio y discriminación. O, en otras palabras: ¿qué habría que celebrar en un nuevo mundo en el que el más extraordinario instrumento de difusión jamás creado sirviera primordial y mayoritariamente para la expresión de la ignorancia propia y la feliz observación de la ignorancia ajena?

Cualquiera que sea el futuro de internet y el futuro de las formas humanas de conocimiento y racionalización, está claro que, en el presente, internet es hija de la cultura escrita, es una criatura enteramente construida por individuos letrados y que se alimenta del saber de letrados en mayor o menor medida. Hoy, confundir internet con el mundo es la falsedad más acuciante de todas las que se puedan proponer en relación con este asunto: es una falsedad que, en la práctica, cancela la existencia misma de todos aquellos que no tienen acceso al mundo virtual, y que quedan afuera de ese "todos" al que internet le "da voz".

¿Cómo se diferencia eso de las viejas sociedades en las que sólo quien supiera leer y escribir y "firmar su nombre" era considerado un ciudadano? Mi impresión es que no hay diferencia crucial. Estadísticamente,en todo caso, mientras el 80% de los habitantes del planeta saben al menos rudimentariamente leer y escribir, apenas un 30% tienen acceso a internet. Eso nos dice que es un error notable confundir el potencial democratizador de internet con su realidad actual: hoy y por mucho tiempo en el futuro, suponer que todas las voces del planeta están online será discriminar y volver invisible a la mayor parte de la humanidad.

...

7.8.11

La causa chilena

Protestas estudiantiles: una causa que valdría la pena copiar

Con todo gusto les regalaría a los vecinos chilenos la fórmula secreta de la mejor causa criolla si ellos nos enseñaran (si nosotros aprendiéramos) a defender otra, mucho más importante, que está tomando las calles sureñas voluminosamente en estos días: la causa de los estudiantes.

Los estudiantes chilenos están reclamando y defendiendo su derecho a una educación accesible y de buen nivel, que produzca ciudadanos y profesionales en capacidad de luchar con equidad por un futuro decente, sin enormes disparidades, sin un mercado que acoja a unos y rechace a otros en función de las oportunidades que tuvieron o no tuvieron. Esa es una causa justa, una causa necesaria y una causa imitable, de la que deberíamos apropiarnos ya mismo.

La educación peruana tiene pocas de las virtudes de la educación chilena y, en cambio, tiene todos sus defectos, potenciados y multiplicados. El Perú está invadido de universidades que no son otra cosa que negocios lucrativos y rentables, que atraen estudiantes con el señuelo enteramente ficticio de una solución para sus vidas, y que colocan en el circuito de la competencia profesional a graduados que no tienen las armas para enfrentarse a él.

Las universidades peruanas multiplican mágicamente sus especialidades respondiendo a la lógica del márketing, formulando carreras que suenan atractivas sobre el papel pero que sirven para poco, ocultando sistemáticamente las cifras que reflejan la verdadera capacidad de éxito (de fracaso) que espera a un estudiante al cabo de sus cuatro o cinco o seis años de estudios superiores.

Esas universidades y otros institutos superiores o de nivel medio viven a la caza de estudiantes sin otra motivación que el aprovechamiento las coyunturas: cada vez que el mercado laboral parece crecer en una dirección, las carreras relacionadas se multiplican, rápidamente, vorazmente, sólo para desaparecer cuando la coyuntura se desvanece o cambia. Todas se vuelven productoras de publicistas hasta que el medio se agota, de comunicadores hasta que el medio se agota, de hoteleros hasta que el medio se agota. Pocas tienen una conciencia definida de su rol como productoras de una inteligencia nacional, de una clase intelectual o de una clase profesional con una formación sólida.

Los colegios peruanos, la enorme mayoría de los privados y la casi totalidad de los estatales, funcionan en la precariedad: cuando no es precariedad material, es precariedad intelectual (profesores que son a su vez víctimas de una educación que de superior sólo tiene el nombre), o la primera conduce a la segunda.

Hay cursos enteros que están librados al azar o a los recursos educativos que los maestros sean capaces de agenciarse, que son casi siempre escasos e improvisados: el caso de los cursos de literatura y la implementación de proyectos absurdos y descabezados como el infame Plan Lector, es un ejemplo triste y notorio: se trata de una educación sin brújula y sin objetivos claros.

En Chile, la protesta, encabezada por una lideresa carismática y que siempre parece tener las respuestas adecuadas, como es el caso de Camila Vallejo (en la foto), es enorme, y la reacción del gobierno es inverosímilmente sorda y no poco abusiva. En el Perú tenemos una nueva ministra de Educación, Patricia Salas, en quien muchísimos parecen ver lo mejor del nuevo gabinete de Humala. Es un buen momento para que las señales de una amplia reforma lleguen desde el Estado; pero que los estudiantes (y los maestros) empezaran a hacer escuchar sus voces no estaría de más.

Postdata: como nunca está de más, aprovecho para mandar un saludo a mis amigos chilenos Matías Ayala, Valeria de los Ríos, Mike Wilson, María José de Santiago, Paz Burgos, Álvaro Bisama, Andrea Jeftanovich, Rodrigo Pinto, mi ex-roommate de Ithaca, Luis Cárcamo, y los demás.

...

6.8.11

Mi tío de Lima

Hebe Uhart y una pregunta

En Facebook y en Twitter hice ayer una pregunta difícil y muy abierta que varias personas han respondido: si tuvieran que mencionar a narradoras (mujeres) latinoamericanas imprescindibles en una suerte de canon femenino de la región, ¿cuáles serían?

Entre las respuestas apareció dos veces el nombre de una cuentista argentina de quien apenas si he leído un puñado de relatos, Hebe Uhart (sus cuentos completos han sido editados por Alfaguara). En Google encuentro la opinión de Fogwill sobre ella: la consideraba la mejor cuentista contemporánea de su país.

En el website del diario La Nación hay un cuento suyo realmente encantador y que, por el tema, puede además resultar especialmente atractivo para los lectores peruanos. Se llama "Mi tío de Lima". Les recomiendo que le den una mirada y que en su lectura obvien los errores de transcripción.

Si encuentran otros textos suyos online o si quieren mencionar autoras en respuesta a mi pregunta, adelante, el post es de ustedes.

...

5.8.11

Notas brevísimas sobre la novela contemporánea, 1

W.G. Sebald

Cada cierto tiempo en la historia de la novela aparece una obra que hace ver a sus lectores que el género es todavía capaz de hacer cosas distintas.

No me refiero a novelas que son "originales" en el estrecho sentido de la innovación formal o temática, sino a obras que muestran que la novela ofrece la posibilidad de pensar y hacer pensar en la realidad de una forma distinta, no habitual o no explorada hasta ese momento.

Creo que el último escritor que logró eso fue el alemán W.G. Sebald, con libros que, sin abandonar los rasgos elementales que hacen novela a la novela, es decir, el carácter de ser ante todo un complejo artefacto narrativo ficcional que dice algo sobre el mundo, instituyó una nueva manera de decir una historia, una manera en la que la memoria funciona como un dispositivo en perpetua auto-reconstrucción, memoria que se hace a sí misma a través de memorias ajenas, no desde la evocación racional o emotiva del pasado propio, sino desde la exploración filosófico-moral del pasado ajeno.

Las novelas de Sebald suelen contar la historia de cómo una conciencia individual (que es el texto mismo, la novela, acaso la conciencia del narrador) se enfrenta a las conciencias ajenas (lo que ya casi todos llamamos otredad, pero no en un sentido limitadamente identitario y ciertamente sin aspiraciones totalizantes) y muestran, sin decirlo jamás explícitamente, cómo esa conciencia individual sólo existe en la interacción, perentoria, necesaria, y, sin embargo, enteramente voluntaria, con las esquirlas semienterradas de las conciencias de los demás: el yo sólo existe en los otros.

Las historias de cada una de esas búsquedas (piensen en Los emigrados, por ejemplo), no necesariamente alcanzan ninguna forma explícita de unidad unas en relación con otras; no necesariamente se unen o vinculan o entrecruzan; no necesariamente se influyen como si mediaran entre ellas vasos comunicantes o como si sus partes proyectaran sombras unas sobre las otras. Sebald coloca apenas una que otra imagen, de índole inciertamente simbólica (la figura de Nabokov, el cazador de mariposas), para hacer ver que debajo de los relatos vibra un bajo continuo. Pero ese leitmotif no es una clave de desciframiento, sino una señal del desconcierto del narrador y de los personajes, que luego será, también, desconcierto del lector.

...

2.8.11

El país y la cárcel

Tabucchi, Amanda Knox, Joran van der Sloot, Antauro Humala

El extraordinario novelista italiano Antonio Tabucchi se rehúsa a viajar al Festival de Paraty, en Brasil, como respuesta a la negativa del gobierno brasileño de extraditar a Cesare Battisti, un antiguo extremista italiano al que la justicia de su país acusa de cuatro homicidios.

El artículo (muy interesante) en que Tabucchi explica su negativa abunda en críticas del novelista contra las profundas carencias del sistema judicial brasileño y la forma en que el gobierno de Lula da Silva influyó en la decisión de no entregar a Battisti a los tribunales italianos.

Tabucchi recuerda no sólo otras arbitrariedades de la justicia brasileña, sino que (no sin que se le sienta un cierto aliento patriótico) hace una explícita comparación entre los estados de la administración de justicia en ambos países y entre sus sistemas carcelarios. Anota, por ejemplo, que en Italia no se tortura a presos políticos y recuerda el caso más o menos reciente de una insurrección de reclusos en una cárcel brasileña que terminó con decenas de muertos incinerados en un pabellón ante la cómplice pasividad de las autoridades.

En Estados Unidos, mientras tanto, la reanudación del juicio a la joven americana Amanda Knox, recluida en una cárcel italiana por habérsela encontrado, en primera instancia, culpable del homicidio de su roommate inglesa años atrás, produce una avalancha de artículos en los que los comentaristas estadounidenses retornan una y otra vez sobre sus críticas al sistema judicial italiano, al que consideran inmensamente corrupto, arbitrario, parcial, xenofóbico y no poco caricaturesco.

En Lima, al mismo tiempo, un joven holandés está preso por el asesinato de una mujer peruana. El caso no sería mundialmente célebre si no se tratara de Joran van der Sloot, el sospechoso del homicidio de una estudiante americana en Aruba. La televisión de Estados Unidos cada cierto tiempo transmite informes del caso desde Lima, incluyendo comentarios sobre las condiciones de las prisiones peruanas y los pormenores del proceso judicial.

A los americanos, por ejemplo, les parece digna de un circo la idea de llevar al acusado a la escena del crimen para "reconstruir" el asesinato. He visto a comentaristas de CNN, Fox y Headline News discutir el asunto con una sonrisa de superioridad ante lo primitivo del método. Hasta que uno de ellos mencionó que lo mismo se hace en varios países europeos y en Corea y Japón, y entonces, de pronto, ya el asunto no parecía tan primitivo.

Cuando algún amigo americano me ha llamado la atención sobre la práctica carnavalesca de la "reconstrucción del crimen" en Lima, me ha tentado decirle, y lo he hecho (o lo ha hecho mi Tabucchi interior), que al menos la justicia peruana hace muchos años dejó otras prácticas aberrantes como la pena de muerte, que se sigue ejerciendo en muchos estados de Estados Unidos.

Hace mucho (sobre todo después de Kafka y Foucault) que la idea de la prisión como metáfora o alegoría de las sociedades y las naciones se ha estandarizado en la literatura y en el cine. De hecho, para cerrar el círculo, podría mencionar aquí mismo películas y ficciones americanas, italianas, holandesas y brasileñas en las que se construye, de alguna manera, esa analogía. No faltarán los sociólogos que ensayen el experimento en la realidad, y que, a partir de la observación del comportamiento de diversos grupos dentro de un penal, alcancen conclusiones acerca del lugar y las relaciones de esos grupos afuera.

La cosa es menos teórica y más pragmática para lo que me interesa señalar: los sistemas judiciales, la administración de justicia y la forma en que los países manejan la libertad y la carcelería de sus ciudadanos es un síntoma de la funcionalidad de esas sociedades.

Cuando un americano critica la poca solvencia y la poca credibilidad de la justicia italiana, en verdad está diciendo que Italia es una sociedad disfuncional; lo mismo cuando Tabucchi observa la justicia brasileña, cuando un amigo mío de New York se ríe de las formas de la justicia peruana y cuando yo hago notar la inhumana crueldad de la pena de muerte en países como Estados Unidos por contraste con su desaparición en el Perú.

De hecho, que un criminal holandes como Joran van der Sloot, hijo de un juez, elija Aruba, una ex colonia holandesa, y al Perú, que para él es un ignoto país en una zona ignota del mundo, como escenario de sus crímenes, y que crea que incluso después de la tormenta mediática que lo cercó la primera vez, puede salirse con la suya una segunda, en el Perú, es un síntoma de un juicio previo: Aruba y el Perú, para él, son lugares donde la justicia no existe; no son sociedades, en verdad, sino espacios caóticos donde cualquier cosa puede suceder.

En el proceso electoral peruano, los dos candidatos finalistas, Keiko Fujimori y el triunfador, Ollanta Humala, tenían familiares en prisión: el padre de la primera y el hermano de la segunda (qué triste es decirlo). En ambos casos se temió que el ganador liberaría a su pariente de la cárcel. Ahora que Humala ha sido elegido, el rumor vuelve. Algo dice sobre el país, claro está: los peruanos mismos sabemos, mejor que nadie, que el Perú es un lugar donde la justicia puede ser burlada de mil maneras, sobre todo desde el poder político.

Si el hecho llega a producirse, les daremos la razón a quienes piensan que somos una república de opereta, sin orden ni concierto, un país que se empeña en desacreditarse públicamente, un país que ha perdido la capacidad de tomarse a sí mismo en serio.

...