Al principio de mi visita al Perú sólo había una noticia: el asesinato de Alicia Delgado. Aunque más de tres decenas de personas habían muerto en Bagua apenas unos días antes, esa otra noticia ya no parecía relevante.Tampoco la (potencialmente escandalosa y definitivamente descarada) salida de la cárcel de Rómulo León ha sido mucha noticia. De alguna forma misteriosa, la salida de la cárcel de la modelo Malú Costa atrajo mayor atención en su momento.
El horrible asesinato de Marco Antonio y la tristísima agonía de Micky Rospigliosi: ambos casos parecen merecer, en los medios peruanos, no sólo el seguimiento, el interés y la empatía que son comprensibles, sino una cobertura que desaparece cualquier otra noticia que tenga (digámoslo, aunque suene mal y sea duro) una relevancia mayor para el país.
Hace mucho tiempo los peruanos vivimos con una frase común en nuestro léxico: cortina de humo. Lo malo es que, como en el caso de tantas otras oscuridades de nuestra sociedad, parecería que con señalarlas, basta. Ya no importa lo más obvio: desmontarlas y quitarles nuestra atención.
No es raro. Cuando yo salí del país, había una larga lista de ovejas negras del periodismo: los tentáculos de la corrupción de Fujimori y Montesinos, por un lado, y, por otro, los célebres desconfiables, los amarillistas de escrúpulos microscópicos.
Todos ellos, fujimoristas de siempre / alanistas de hoy, son ahora los encargados de hacernos creer que los sucesos cruciales en el país son los casos criminales y las circunstancias más lamentables del mundo del espectáculo (mundo que, por otra parte, cada vez parece más difícil distinguir del hampa).
¿Nicolás Lúcar? ¿Mónica Delta? ¿Periodistas confiables? ¿Hay que escucharlos predicar moral y humanidad?
Beto Ortiz y Aldo Miyashiro se quejaron durante diez días de que ya se venía la salida de Rómulo León de la cárcel mientras la prensa sólo hablaba de Alicia Delgado y Abencia Meza. Incluso sugirieron que la información policial sobre este último caso la alimentaba el gobierno.
Pero eso no impidió que el de Ortiz y Miyashiro fuese el programa que más amplia, obsesiva ¿y obedientemente? se entregó por completo a ese tema, olvidando cualquier otro. Hasta que ocurrió la muerte de Marco Antonio.
Sólo falta que el mejor camuflaje para quienes difunden las cortinas de humo sea denunciar cortinas de humo. ¿Otra vuelta de tuerca? ¿Laura Bozzo ha muerto y se ha reencarnado en casi toda la televisión nacional?
Lo que pasa en la tv (y no sólo en ella) es sistemático. Prácticamente todo el periodismo televisivo se ha convertido en periodismo de espectáculos. Y pasmosamente se han confundido lumpen, farándula y showbizz: ahora, toda crónica es crónica de espectáculos y la crónica de espectáculos es crónica roja. Y lo demás deja de existir.
También la esfera política se ha lumpenizado hasta lo indescriptible, eso es evidente y ocurrió desde hace mucho tiempo. Pero esa esfera tiene formas de controlar y manejar a los medios, que a su vez se prestan a ello, jubilosos y alineados.
Incluso el poco análisis político que sobrevive parece transformarse siguiendo el mismo patrón. Se parte de aceptar la mugre de la corrupción y la criminalidad como la norma de la política, y luego, cuando se practica una blandengue forma de denuncia, ella no tiene más fuerza que la que tiene el chisme en un programa tipo Magaly Medina, es decir, una fuerza trivial, inscrita dentro del mismo círculo vicioso que dice denunciar.
Y en medio de todo esto, Alan García desarma su gabinete y lo vuelve armar, igualito pero peor, con los mismos monigotes pero con máscaras más feas, y con más apristas corruptos por todas partes. ¿Total? El país está pensando en otras cosas. Es obvio, pero igual hay que decirlo. El problema es que también habría que impedir que siguiera corriendo ese carrusel.
Y el caballito principal del carrusel, el fatídico y semioculto, es el de las próximas elecciones: se escucha con frecuencia un lamento relativo al posible éxito de las candidaturas de Ollanta Humala y Keiko Fujimori: mocos y babas. Parfecería imposible esperar que una propuesta política decente, pragmáticamente aceptale e ideológicamente consistente, se abriera paso en este escenario.
Sobre todo porque, a estas alturas, poco hay en el Perú que diferencie a su esfera política de una variante de caudillismo al estilo decimonónico: la gente no piensa en tendencias políticas ni en ideas, ni en propuestas generales, ni en proyectos nacionales ni en giros históricos: piensa en nombres propios y personalidades; adscribe representatividad no a los colectivos sino a dos o tres individuos, con lo cual, irónicamente, se saca a sí misma del juego democrático (y lo asfixia y elimina).
Y elige mayoritariamente para ese papel a sujetos sospechosos, o probadamente corruptos, o de una ejecutoria oscura cuando no insultante por su violencia y su suciedad pasada o latente. Parece que todos quisiéramos seguir el camino que ha ensuciado a los medios, que quisiéramos sumergir al país enteramente en esa corriente.
Estamos peligrosamente cerca de convertirnos en un país que abandone las ideas por entero y se entregue completamente a una forma pasional y apasionada de la amoralidad. Estamos transformándonos en un país que es una pura crónica policial.

















