15.1.12

NUEVO BLOG

Tengo un nuevo blog que, prometo, se renovará con muchísima frecuencia. Lo encuentran aquí:


Bienvenidos a él; Puente Aéreo quedará abierto para quienes quieran consultarlo o comentar posts anteriores. Cuando tenga tiempo de mover todo el contenido de este blog al nuevo, lo haré.

Fue una gran experiencia; creo que la otra puede ser incluso mejor.
g.

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13.12.11

Mi año con Coetzee

Un texto aparecido hoy en Hermano Cerdo

Mauricio Salvador y los amigos mexicanos de Hermano Cerdo me preguntan (como a varios) cuáles han sido mis lecturas más interesantes del 2011. De inmediato pienso en todos los libros de J.M. Coetzee que he leído o releído en los últimos meses. Aquí está la respuesta que les di y que apareció publicada hoy.

No es necesario añadir (supongo) que leí muchas otras cosas este año y que odié algunas y otras me gustaron y otras incluso me fascinaron --y no pocas de ellas fueron novelas gráficas, dicho sea de paso--: escribiré algo sobre ellas en las próximas semanas.

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29.10.11

Ciro Castillo y los otros 15,000 desaparecidos

Una pregunta sobre quiénes somos y qué cosas nos conmueven

Junto a los muchos misterios que se han querido levantar en torno al caso de la muerte del joven Ciro Castillo hay al menos un dato que no es enigmático: por qué la prensa ha levantado de forma tan morbosamente elocuente esta historia y cómo es que ha logrado salirse con la suya.

La respuesta a lo primero es obvia: para la mayor parte de la prensa peruana el caso ha sido un hecho comercialmente explotable. Los medios lo han tratado de la manera más escandalosa posible, con total olvido de cualquier norma profesional y sin el menor vestigio del honor, la decencia, el comedimiento o la honradez que pudieran quedarles en alguna parte de ese gran agujero que los medios de comunicación peruanos tienen en el lugar donde debería estar su ética periodística.

La respuesta a lo segundo es un poco más compleja de lo que parece: está claro que el público ha respondido a la inmoral cobertura de prensa de la manera exacta en que los medios lo esperaban: con un dramatismo que refleja el que ha gobernado la información. Tanto los que se inclinaron por la solidaridad con la víctima y su familia como los que se inclinaron por la caza de brujas y el linchamiento público de una joven de cuya culpa nadie tiene ningún tipo de prueba o de certeza, han hecho lo único que la prensa esperaba: comprar diarios, consultar páginas de internet, sintonizar estaciones de radio y canales de televisión.

De hecho, el objetivo de la prensa fue sólo ése. La solidaridad y el linchamiento no fueron nunca los objetivos centrales, sino apenas subproductos del objetivo comercial.

Lo que no está claro es otro asunto, que ya algunas personas vienen comentando, sobre todo en las redes sociales: si la prensa es tan apta para crear toda una serie de reacciones activas ante un hecho como este (la desaparición de una sola persona), ¿entonces por qué esa misma prensa jamás ha hecho ningún esfuerzo considerable por generar reacciones de ningún tipo ante el hecho terrible y medular de que el Perú es un país donde existen, hasta el día de hoy, por lo menos 15 mil casos de personas desaparecidas durante el periodo de la violencia política de los años ochentas y noventas?

Por supuesto, hay una pregunta más grave que nos compromete a todos (porque la prensa no es la única que tiene deberes cívicos): si desde hace muchos años está disponible la información sobre esas desapariciones, y hay decenas de miles de peruanos que llevan décadas buscando que se descubra la verdad sobre las desapariciones de sus familiares, ¿entonces por qué la suma de esos 15 mil casos nunca nos ha llegado a conmover, a todos o al menos a la mayoría, como sociedad, de la manera en que parece haberlo hecho este solo caso?

Intuyo que la respuesta abarca muchas cosas: la sospecha de que no todos somos inocentes ante un número tan grande de desapariciones y que nuestra responsabilidad estuvo vinculada en el principio con un silencio que ahora se vuelve la única reacción posible para muchos; el hecho de que no se pueda responder a estos 15 mil casos con el recurso de inventar chivos expiatorios, como ha ocurrido en la historia de Ciro Castillo con la crucifixión pública de su ex-enamorada; incluso la voluntad de pasarlo todo por alto o el convencimiento inmoral de que es mejor no saber qué sucedió o de que cualquier cosa que haya ocurrido era perdonable o necesaria.

Quizás, entonces, esto explique m propio desagrado ante el fervor de las reacciones que el caso de Ciro Castillo ha provocado: es el desagrado que sufre uno al darse cuenta de que no es que los miembros de su sociedad hayan perdido la capacidad de conmoverse, sino que han aprendido a conmoverse solo en esos casos en que las cosas los tocan como historias individuales y no como historias con alguna dimensión comunal o colectiva.

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26.10.11

The Countess / Comentario

Una película de Julie Delpy (2009)

Es curioso lo que ha hecho la actriz y directora francesa Julie Delpy con la semi-legendaria historia de la condesa húngara Erzsebet Báthory, en esta película: ha acabado de cerrar el círculo de la romantización del personaje. Peculiar, pero no imprevisible: al fin y al cabo, el personaje de Báthory es una suerte de vampiro que busca si no la vida eterna al menos la prolongación indefinida de la juventud, y tiene, tenía ya, desde su origen literario y tradicional, el aire de lo que luego hemos llamado romántico.

Más llamativo es el autocontrol de Delpy (algunos dirán su casi sobrenatural poder de autorrepresión) para no hacer de su película un espectáculo de gore indiscriminado (y no me pregunten si esa expectativa fue lo que me llevó a ver la película: la respuesta es sí). La historia de Báthory no es, en manos de Delpy, la mostración de la criminalidad sádica incontenible que ha sido en manos de otros cineastas y no pocos escritores: es, más bien, poco menos y poco más que un drama femenino de sujeción, liberación y abuso dentro de un drama más formal de intrigas palaciegas.

En estos aspectos, es una respuesta diametralmente opuesta a la del brillante tratamiento que le dio a la historia la poeta argentina Alejandra Pizarnik en ese pequeño clásico de la narrativa ensayística latinoamericana que es su libro La condesa sangrienta, donde la crueldad se desdobla varias veces a lo largo de la sinuosa cadena de producción de la muerte que Báthory inventa: en los artilugios, en las máquinas, en las torturas, en el brutal esteticismo del proceso, en la ritualista reconcepción de lo bello como flor del mal.

La película de Delpy sólo alcanza a despegar de la medianía en un par de ocasiones, incluso a pesar de que está sostenida sobre los hombros de excelentes actores: la misma Delpy y William Hurt además de uno de los rostros más internacional del cine contemporáneo, Daniel Brül (Adiós Lenin, The Edukators, Salvador), y la extraordinaria actriz rumana Anamaria Marinca (de 4 meses, 3 semanas y 2 días). El intento puede ser fallido pero dice al menos una cosa positiva sobre Delpy: en este su tercer proyecto (el cuarto acaba de estrenarse y el quinto está en post-producción), asume por primera vez su interés por salir de los límites de la comedia ligera y explorar regiones diferentes. A ver cómo le va.

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23.10.11

Severina / Reseña

Rodrigo Rey Rosa (Alfaguara, 2011)

Lo más desconcertante de Severina, la última novela de Rodrigo Rey Rosa, es su constante afán por lograr que el lector concentre todas sus expectativas en el misterio que rodea a uno de los personajes y lo banales que resultan tanto el misterio como esas expectativas una vez que la historia empieza a resolverse.

Ciertamente, no se puede decir que el fracaso de la trama se deba al riesgo estructural de la narración: el guatemalteco Rey Rosa --discípulo y traductor de Paul Bowles, a su vez traducido por Bowles al inglés-- no se arriesga a nada en la forma de este libro, una novela corta convencional, de enigmas tópicos y soluciones largamente ensayadas.

Tampoco es esa constante predictibilidad el defecto mayor del libro: la historia del género de la novela breve está punteada por éxitos convencionales; siempre es posible que una ficción sea formulaica y sin embargo, o incluso gracias a ello, funcional; aunque quisiéramos pensar en cada novela como un campo de batalla para el quiebre y el descubrimiento escritural, lo cierto es que la mayoría de los libros que aceptamos no apuestan por mucho de eso.

El gran problema de Severina es que no parece tener dirección alguna y que, en busca de algún sentido, no se rehúsa a transitar por ningún lugar común en la tradición del misterio amoroso: el protagonista-narrador desconcertado y fácilmente seducido; la femme fatale de alma pura, malentendida viuda negra en ciernes; el amor espontáneo entre quienes deberían ser enemigos; la redención incompleta; el final innecesariamente ambiguo, y, en el camino, una inopinada serie de disgresiones intelectuales que jamás atraviesan lo superficial y que, antes que provenir de la reflexión, parecen producidas por el más insólito y gratuito esnobismo.

Rey Rosa, quien tiene en su historia personal la autoría de libros de mucho valor (como El material humano o Que me maten si...), y a quien yo mismo consideré hace poco uno de los escritores notables de América Latina de la década pasada, parece estar permitiendo que su mayor capital se transforme en su peor defecto. Su enorme facilidad para decir historias lo está conduciendo a producir textos formulaicos, tramitales, largamente unidimensionales: cadenas de palabras que aparentan decir mucho más de lo que dicen en verdad y que dejan intocados los asuntos a los que aluden.

En este caso, es incluso difícil establecer cuáles son esos temas, dado que cada diálogo y cada giro de la historia parece añadir un nuevo tópico, como en una conversación enteramente derivativa. El tramo final de la narración parece asumir que el tema del relato siempre ha sido la marginalidad del culto de los libros en una sociedad donde el libro mismo como objeto se ha vuelto secundario y no poco exótico. La idea, sin embargo, se traduce en una anécdota tan frágil y extravagante que se disuelve tan pronto como es intuida.

El camino (ya en sí sospechoso) de simplificarle la vida al lector parece estar llevando a Rey Rosa a simplificar su propio oficio, o los retos trascendentes que ese oficio pudo plantearle alguna vez, y las consecuencias son libros como este, difícilmente justificables desde el punto de vista estético y desconcertantes desde el punto de vista intelectual.

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22.10.11

Chance in Hell / Reseña

Gilbert Hernández (Phantagraphics, 2007)

Seamos de actualidad al estilo Puente Aéreo y comencemos la serie de reseñas de "novedades" por un libro de hace cuatro años: Chance in Hell, escrito y dibujado por uno de los líderes del ex-underground californiano, Gilbert (Gilberto o Beto) Hernández, de los mismos Hernández del legendario Love and Rockets y autor, por su cuenta, de la estupenda saga de los cómics de Palomar, entre decenas de otras publicaciones de estupendo nivel narrativo que han sido por dos décadas y media el escenario para la creación de un imaginario sui generis.

Un rasgo definitorio de este libro, que señala un turbio quiebre en la carrera de Hernández, es cuán exceptuada de optimismo (aunque no de compasión) está la historia que cuenta, cuánto más oscuro y retorcido se va haciendo Hernández con los años (anda por los cincuenta y cuatro), cuán lejos se encuentra hoy de la esperanza, a ratos mágico-realista, de sus primeros relatos.

Chance in Hell se inicia en el topos epónimo, el infierno, no el infierno de los anillos y las cavernas de Dante, sino un averno menos denso, más uniforme y menos ritual, menos complejo, habitado no por almas sino por muertos en vida: un relleno sanitarario en las afueras de alguna gran ciudad sobre la costa oeste americana, donde, entre los sanguinarios pobladores (gallinazos sin plumas, los hubiera llamado Ribeyro), una frágil niña, llamada Empress con ironía cruel, convive los primeros años de su infancia con la más violenta sucesión de crímenes: robos por miseria, asaltos por exceso tribal, degollaciones por diversión.

Si del infierno dantesco no es posible escapar (sólo salen de él sus viajeros transitorios, Dante y Virgilio), del infierno de Hernández, en cambio, se puede salir, pero sólo para confirmar que el mundo exterior es otro hades incluso peor. En otras palabras, en Chance in Hell cualquier atisbo del purgatorio es otro infierno, y el paraíso, un infierno peor, acaso el más tenebroso de todos, porque en él habita el horror añadido de la falsa apariencia de paz y salvación.

La lógica de la que se vale Hernández es el razonamiento de la irredención: la idea trágica de que cuando una persona se cría traumáticamente en medio de las formas más radicales de violencia, de una violencia que animaliza y pervierte, esa persona está condenada a cargar con ese infierno dentro de sí por todo el resto de su existencia. La posibilidad de la movilidad social y la tardía adquisición de una educación formal apenas alcanzan para morigerar las apariencias externas, para amurallar el mal dentro de la persona, en una forma de represión que la consume todavía con mayor encono.

El lenguaje visual de Hernández alcanza la cima de lo grotesco al construirse con elementos de tres vertientes estilísticas en apariencia irreconciliables: la sardónica hipérbole del comix underground (Shelton y Crumb asoman en los márgenes), la oscuridad surreal del expresionismo alemán (Grosz, Beckmann, Dix) y, quién sabe si buscando adrede el mayor de los posibles contrastes, las tiras cómicas juveniles de los años cuarenta y cincuenta (Archie por sobre todo).

No es el libro más complejo de Hernández; acaso sí sea, en cambio (y no por casualidad, tratándose de un relato sobre la imposibilidad de abatir el corazón de la oscuridad dentro de uno, una vez que ha empezado a latir), su narración visual más contenida, más imperiosamente económica y parca: las culpas insuperadas de los protagonistas no viven tanto en el momento en que sus horrores son narrados, sino en el pánico incrédulo que captura sus ojos al recordarlos. Una gran obra, voluntariamente menor en aliento, pero mayor que muchas de las inmediatamente anteriores en la evolución ideológica de su autor, que parece ser, a su vez, la apertura de una temporada en el infierno.

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8.10.11

ANUNCIO

Nueva época en Puente Aéreo

Empezando en los próximos días, Puente Aéreo asumirá una nueva tarea: la reseña de libros contemporáneos. Una conversación con Edmundo Paz Soldán en Ithaca me ha persuadido de que debo regresar a la lectura de libros de hoy (la he dejado por los clásicos durante los últimos cinco años). Las reseñas serán lo más frecuentes que me sea dado hacerlas, de dimensiones variables pero siempre tratando de establecer una forma razonada, argumentada, crítica y criteriosa de evaluar, juzgar y acaso recomendar ciertas lecturas de escritores de hoy, sobre todo del mundo hispánico. Los autores y editoriales que quieran hacerme llegar sus libros, pueden contactarme a  gfaveron@gmail.com  para darles la dirección postal a la que pueden enviarlos. A ver si esto funciona y comenzamos un diálogo fluido sobre las cosas que se están escribiendo en el mundo hispánico en estos años.

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1.10.11

Historias reales escritas en 5 minutos, 1

El anillo de mi madre

Mi madre murió en mayo de 1986, víctima de lo que se describió como un accidente automovilístico, uno cuya extrañeza ocultó un hecho aun más violento que el choque mismo, un hecho que se transformó en papeles extraviados entre papeles en una comisaría de Surco, y del cual la prensa no se quiso hacer cargo por pudor y por respeto, o del cual la prensa no se quiso hacer cargo para aliviar el escándalo a los guardaespaldas de un diputado aprista que habían presenciado el hecho y habían tratado de ayudar a mi madre agonizante, pero que no querían verse comprometidos en un proceso legal, en esos tiempos remotos, tan parecidos a los de hoy, en que tantos secuestros al paso terminaban mal y tantos atentados terroristas eran presentados al público como accidentes o como imponderables.

Durante semanas, camino a la Universidad de Lima (yo estudiaba Economía en la Universidad de Lima, como Plan B, y Letras en la Universidad Católica, como Plan A), me tocó pasar en autobús por el costado del Hipódromo de Monterrico, ver la hilera de carros vueltos desmonte en los accidentes de la zona, los carros convertidos en chatarra, deformes, hechos trizas, feos y sin sentido, como unas esculturas de Víctor Delfín que daban a la muerte un aspecto miserable y banal. Y entre esos carros, claro, encontré la Subaru dorada cuatro por cuatro en que había muerto mi madre, escapando de algo sin que nunca me fuera dado saber de qué estaba escapando mi madre cuando murió.

Y una de esas mañanas me bajé del autobús antes del paradero y regresé caminando bajo la sombra del muro del hipódromo, entre ambulantes y pírañitas y desmontadores de carrocerías en ruinas, y encontré la Subaru, que tenía la puerta abierta y los vidrios quiñados, sus astillas esparcidas como dados de cristal sobre los asientos delanteros, y vi en una malla informe de estalacticas transaparentes una mancha que había sido roja y que ahora era negra o marrón y un poco color caramelo en los bordes, y que era, pensé, la sangre de mi madre, y vi sus llaves, y en la guantera, increíblemente, en la guantera encontré, debajo de una ruma de tarjetas y documentos que a nadie la habían llamado la atención, una diminuta bolsa de tela azul, que yo conocía bien, dentro de la cual mi mamá guardaba su anillo de matrimonio, porque mi madre manejaba con guantes y para ponérselos bien necesitaba quitarse el anillo y todas sus sortijas.

Tomé conmigo la bolsa y saliendo me puse su anillo (mi madre tenía manos grandes) y ese anillo yo lo llevé puesto en el anular de la mano derecha durante muchos años, más de diez, hasta que una noche, saliendo de un matrimonio en Chacarilla, en medio de una pelea monstruosa con mi enamorada de aquellos años, lancé al aire todo lo que tenía en las manos, una botella de whisky y un reloj, unas entradas para el estadio y una pulsera de plata y, sí, también el anillo de mi madre, porque no sabía lo que hacía. Nunca más lo recuperé, aunque caminé a gatas toda la enorme pista de baile de ese matrimonio de medio pelo en el que se casaba uno de mis mejores amigos con la que habría de ser la primera de sus cuatro esposas. A la mañana siguiente le dije a mi enamorada que por culpa de ella había perdido a la primera mujer de mi vida y la mandé al carajo. Y así fue como me quedé soltero por primera vez.

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29.9.11

Preguntas

Ya que no puedo hablar en voz alta

Fui a un congreso de escritores en Ithaca, New York, hace unos días; regresé con dolor de garganta; la voz se empieza a ir; nada de lo que pienso ahora lo puedo decir en voz alta; así que me dije: ok, momento de usar el blog nuevamente. Y serán solamente preguntas (y sólo unas pocas tiene algo que ver con Ithaca y con el congreso):

1. ¿Alguien conoce una canción sobre América Latina que contenga más lugares comunes y huachafadas que la canción "Latinoamérica" de Calle 13?

2. ¿Quién adivina cuál es el caso más reciente (ahoritita nomás) en el Perú en que un crítico X escribe en un artículo que la novela del escritor Y es extraordinaria y en menos de lo que canta un gallo (en verdad, creo que en menos de una semana) el escritor Y escribe en otro artículo que el último libro de X es extraordinario? (Y a ninguno se le entiende mucho por qué).

3. ¿Decir que ninguna novelista peruana contemporánea con la excepción de Laura Riesco es pieza crucial en el devenir de la novela en la segunda mitad del siglo veinte, es una observación argumentable o un arranque de machismo?

4. ¿Si un profesor dicta un curso enteramente dedicado a los novelistas del boom latinoamericano (el curso se llama "El Boom latinoamericano"), y una alumna le reclama que por qué no hay escritoras mujeres entre las lecturas centrales del curso, la alumna tiene una justificación intelectual válida y razonable? ¿Sí o no y por qué? Desarrolle.

5. ¿Es arbitrario sostener que las novelas latinoamericanas centrales de las últimas décadas escritas por autores post-boom son Respiración artificial y Los detectives salvajes? Argumenten, camaradas.

6. Decir, como afirma Giovanni Ciccia, que deberíamos hacer más películas como Bolero de noche porque son el puente hacia películas de mayor calidad, ¿es justificable? Ciccia añade que Fellini y Almodóvar en sus primeras películas no tenían grandes intenciones artísticas. (Recordemos que en los primeros cinco años de su carrera, Fellini dirigió Il Viteloni, El sheik blanco y La Strada, y Almodóvar, Laberintos de pasión y Entre tinieblas).

Respondan lo que quieran, si quieren, y aclaren cuál o cuáles son las preguntas que están contestando.

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