12.2.06

Ficción y violencia

Para quien esté interesado, dejo aquí un artículo mío publicado hoy en El Dominical de El Comercio. Por cuestiones de espacio, el diario tuvo que suprimir un párrafo, motivo por el cual coloco aquí la versión completa.

El artículo apareció con el siguiente encabezado de los editores:

"Mientras elabora una antología de relatos peruanos sobre las décadas de la violencia política (antología que aparecerá en la editorial Matalamanga en la segunda mitad del año), el crítico cultural Gustavo Faverón Patriau nos entrega una breve reflexión sobre el tema".

Lo que sigue es el texto completo:

Toda la sangre
La narrativa peruana y la violencia política

Por Gustavo Faverón Patriau

Un dato cruel: quizá la primera obra narrativa sobre nuestra violencia política de los ochentas y noventas la escribió quien sería luego uno de sus más lamentables actores, Hildebrando Pérez Huarancca, el líder senderista que dirigió, en 1983, el asesinato de sesenta y nueve campesinos en Lucanamarca. “Es de Vilcanchos, es profesor que anda por aquí, la gente conoce, es alto, flaco, mestizo, estaba con pasamontañas”, dice sobre él un testigo en el Informe final de la CVR. En 1980, semanas antes de los primeros atentados de Sendero, Pérez Huarancca publicó Los ilegítimos, un grupo de relatos que dice mucho acerca del estado de ánimo que abismó a tantos hacia la locura violentista.

Suele decirse que, entre un acontecimiento colectivamente devastador, y acaso traumático, y el momento en que una sociedad se vuelve capaz de hablar sobre él, deben transcurrir los varios años de la introspección, la reelaboración íntima del trauma que precede a la capacidad de construir un discurso o de arriesgar una interpretación. Es interesante preguntarnos por qué, ante la desbordada ubicuidad de la violencia política que sufrió el Perú, sobre todo, entre 1980 y mediados de la década siguiente, la literatura peruana reaccionó con tanta rapidez (ya en 1982 había narraciones que recogían el tema y le empezaban a dar un tratamiento estético), y cómo es que, en los años posteriores, nuestras letras nunca se quedaron mudas ante la desolación y la muerte. ¿En qué momento ocurrió nuestro tránsito? ¿Cuándo pasamos del asombro ante la devastación a la elaboración y la búsqueda explicativa?

Es arriesgado conjeturar, pero es necesario: cabe decir, por ejemplo, que la experiencia socialmente traumática no puede ser percibida como tal mientras no haya un hecho traumático individual. En ese caso, sólo caerán dentro del principio de la teoría del trauma los discursos surgidos (o impracticables) en el lado de las víctimas y, acaso, incluso, en el lado de los victimarios. Quizá la vasta mayoría de la intelectualidad peruana, encargada de pensar la violencia, no fue su víctima directa, o no en un grado que desarticulara su capacidad de reflexión. Nuestra narrativa sobre la violencia política, entonces, sería en gran medida obra de espectadores situados en los márgenes del escenario, con un pie dentro y uno fuera. Eso, vale observar, no atenúa su dificultad: exentos en gran medida de una carga testimonial (que, sin embargo, sobrevive en una minoría de los textos), muchos de los cuentos y novelas referidos al tema se vuelven el terreno de una lucha ideológica, se ven atravesados de valores políticos, de complejos y enfrentados puntos de vista sobre la legitimidad o la ilegitimidad de la subversión, la moralidad o la inmoralidad de la respuesta estatal, la victimización a dos fuegos de la población civil, la validez de unos ideales sociales transformativos cuestionados por el desenfreno real de la actividad subversiva, y sobre la validez, también, de una estructura estatal capaz de transformarse en máquina aniquiladora. En cierta medida, en paralelo a la infernal batalla del campo y la ciudad, nuestra narrativa diseñó esta otra batalla de ideas y papel, en la que los bandos, por fortuna, no fueron dos, sino muchos, acaso uno distinto en cada cual de los doscientos cuentos y las más de cincuenta novelas (según cuentas del profesor Mark Cox) que han propuesto otras tantas representaciones del problema.

Lo cierto es que, desde que Fernando Ampuero publicara, en 1982, su cuento El departamento, un alegato contra el peligro homicida escondido en el aparato represor estatal, la multiplicación de puntos de vista ha sido incesante. Han sobrevenido luego un puñado de novelas cruciales y polémicas: Lituma en los Andes, de Vargas Llosa, la más célebre, es la más discutida, a raíz de su afán de caracterizar a la sociedad andina en términos arcaizantes, y porque busca el origen del problema entre sus víctimas antes que entre quienes han propiciado, desde el poder, las condiciones sociales de su aparición. Menos parciales han sido las aproximaciones de Alonso Cueto, desde los relatos de Pálido cielo hasta su novela La hora azul, en la que ha inaugurado el tema de la transmisión de la culpa burguesa en tiempos postraumáticos, y las de Luis Nieto Degregori, quien ha revisado los mecanismos del desencanto y el desasosiego en las juventudes andinas plegadas a Sendero en sus años iniciales (La joven que subió al cielo) y ha vuelto sobre temas afines en varios otros relatos. Escritores de la generación del cincuenta, como Oswaldo Reynoso y Miguel Gutiérrez —aunque el segundo ha escrito una novela monumental sobre las estructuras que darían lugar a la violencia—, y posteriores, como Guillermo Niño de Guzmán, o José de Piérola, han dedicado breves pero agudos relatos a la representación específica del tema. Otros, como Guillermo Thorndike, César Hildebrandt o Víctor Andrés Ponce, han estructurado sus novelas a partir de una experiencia periodística previa, dotándolas así de una centralidad informativa que muchas veces ha desequilibrado sus posibilidades estéticas.

Óscar Colchado ha escrito quizá la obra central en el intento de explicar las formas de comprensión de la violencia desde un marco cultural andino, Rosa Cuchillo, y en ese terreno lo han acompañado escritores disímiles constantemente atraídos por el asunto: Dante Castro le ha dedicado varias colecciones de cuentos, logrando, entre otros, un relato de gran patetismo titulado “La guerra del arcángel San Gabriel”; Juan Alberto Osorio ha dado al tema un cariz de reflexión existencialista en los relatos de El hijo mayor; Zein Zorrilla ha lidiado con estos tópicos en más de un texto, y entre ellos es destacable uno sobre la inestabilidad de las relaciones interpersonales en un marco de desequilibrio social: “Arrasados”, cuento de su libro Siete rosas de hierro; Enrique Rosas Paravicino también prefiere mirar la violencia en sus reverberaciones privadas, en cuentos como “Por la puerta del viento”, que cierra su libro Ciudad apocalíptica. También han asumido el reto de contar la violencia en sus escenarios más extremos, observando el objeto narrado desde atalayas andinas, escritores como Félix Huamán Cabrera, Julián Pérez, Mario Guevara, Sócrates Zuzunaga, Alfredo Pita, e incluso limeños como Carlos Thorne, Walter Ventosilla y Pilar Dughi. En esa línea, Julio Ortega elaboró una nouvelle, Adiós, Ayacucho, una suerte de épica de la supervivencia moral, con un hálito cercano al de Manuel Scorza pero dotada de un humor más negro, que tiene mucho de diablada y carnaval.

Un humor distinto se ha generado en cierta narrativa limeña, una lejanía desmitificadora que es visible en “Rock in the Andes”, de Fernando Iwasaki, y “El muro de Berlín”, la nouvelle de Rodolfo Hinostroza que forma parte de sus Cuentos del extremo occidente. Considerados en conjunto al lado de narraciones como las de Sergio Galarza (“Abel” y “Velas”, incluidas en La soledad de los aviones) o los cuentos que Daniel Alarcón ha reunido en War by Candlelight, esas narraciones parecen señalar nuevos accesos al asunto: la ironía como profilaxis y distanciamiento, en los dos primeros; la introspección sentimental, en Galarza; la reconstrucción de los escenarios de la violencia como actividad antropológica, en Alarcón (un peruano criado en Estados Unidos y que vivió un año en barrios marginales limeños para auscultar y descubrir las historias que habría de narrar, casi al modo de un etnógrafo).

Una cualidad deseable anida en esa proliferación de poéticas: la narrativa peruana parece estar venciendo el peligro de hallar un lenguaje unívoco y cerrado, una clave segura y ritual, formulaica, para hablar de los años de la violencia política. En la multiplicación de las miradas y la divergencia de los lenguajes, paradójicamente atribuibles a la quebrazón interna de nuestra nación, siempre fragmentaria y dividida, late también el pulso de una sociedad que, en efecto, está sobreviviendo, y es capaz de seguir señalando, desde su literatura, los vacíos y las inequidades que deberemos aprender a solucionar si no queremos que estas páginas se materialicen y salten a la realidad para golpearnos en la cara nuevamente, en un futuro... Y nuestros políticos, ¿aprenderán a leer, alguna vez, estas historias?

Imagen: Luis Nieto Degregori, Fernando Iwasaki, Óscar Colchado Lucio, Fernando Ampuero, Dante Castro, Alonso Cueto.

24 comentarios:

Oskar Matzerath dijo...

Excelente artículo, Gustavo. Una observación: Zein Zorrilla ha entrado al tema en otros textos: un cuento muy bueno en su libro "El bosque Almonacid" y una novela llamada "Las mellizas de Huaguil".

Y una pregunta: ¿los cuentos de Miguel Gutiérrez a los que te refieres, cuáles son?

El Padre Las Casas dijo...

Gutiérrez tiene cuentos anteriores a la década del 80, y casi ninguno después. No sé en cuál estará pensando Faveron.
De quien no me queda claro que tenga cuentos sobre este tema es Guillermo Niño de Guzmán. Pero ya que estamos en esas: ¿Ribeyro nunca llegó a escribir sobre el terrorismo y estas cosas? ¿Y Bryce?

Dagberty dijo...

¿Deberían hacerlo?

Christopher Logue dijo...

¿En ke momento Faveron, escribe o ace referencia, en su artículo, sobre algún cuento de Gutiérrez?

Oskar Matzerath dijo...

Gustavo dice: "Escritores de la generación del cincuenta, como Oswaldo Reynoso y Miguel Gutiérrez —aunque el segundo ha escrito una novela monumental sobre las estructuras que darían lugar a la violencia—, y posteriores, como Guillermo Niño de Guzmán, o José de Piérola, han dedicado breves pero agudos relatos a la representación específica del tema".

Antes "Dagberty" preguntó, creo que al "Padre las Casas", si los escritores mencionados por él "deberían" haber escribto sobre terrorismo y temas relacionados. No quiero responder por alguien más pero me parece obvio que la pregunta del "Padre las Casas" era hecha con la intención de averiguar un dato particular (si Ribeyro y Bryce habían tocado el tema), y no como una propuesta sobre qué debe y qué no debe hacer un escritor.

Dagberty dijo...

La verdad, esas preguntas me hacen dudar. Hace años, recuerdo haber leido una entrevista en la que preguntaban a Bryce qué mensaje ténían sus obras. "No hay que confundir al escritor con el cartero", contestó. Lo que hizo que muchos compañeros universitarios "dejaran de leerlo".
No se, Oskar, creo que la obra de Bryce Echenique es lo suficientemente conocida como para saber qué escribió o qué no. Y creo que está en todo su derecho de escribir o dejar de escribir sobre terrorismo.

Bruno Ysla Heredia dijo...

Yo tengo la duda si un relato alegórico que no es mencionado allí como "Angel de Ocongate" (1982 o antes) de Edgardo Rivera Martínez podría entrar dentro de esta categoría. Aparentemente, Rivera Martínez no escribió el cuento pensando en la violencia (veo una pequeña nota en un número anterior de Caretas donde no hace mención de esto); sin embargo, yo leo ese relato y me parece que refleja a la manera de una alegoría la situación de las víctimas de la violencia terrorista o, en algunos casos, militar; concretamente, el desarraigo que muchas de ellas sufrieron. Claro, es una alegoría, no sé si ello sea impedimento para su inclusión
BRYH

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Valdrá la pena revisar el cuento de Rivera Martínez, aunque está claro que, en caso de existir, la relación no será referencial sino acaso una suerte de (elusiva) alusión que flote en el aire y que tendría que ver más con una sensibilidad de tiempo y lugar que con un afán de representación.

Sobre las dudas de Dagberty: yo tengo la impresión de que quienes saltan hasta el techo ante la sospecha de que alguien les exige a los escritores escribir sobre ciertos temas --como en una reedición de las formas más primitivas de la idea de compromiso-- están peleando con fantasmas. Dudo que haya autores o críticos serios hoy en día interesados en prescribir a los escritores el tipo de tema que deben tocar en su literatura, o que deban tocar alguno en particular.

Ese salto hasta el techo se vuelve un poco preocupante porque empieza a sonar como si, en verdad, los defensores de esa libertad vieran con suspicacia a los escritores que sí sienten una inclinación hacia los temas sociales.

jc dijo...
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jc dijo...

Hubiese querido escribir algo sobre las preguntas del Padre Las Casas, las dudas de Dagberty y las opciones de sus amigos de la uni pero luego vi el post de Gustavo (de las 10:00 am)... Me parece una excelente interpretación. Saludos.

Gustavo Faverón Patriau dijo...

A decir verdad, a mí me interesa también saber si Ribeyro o Bryce (o Manuel Scorza o Rivera Martínez) han escrito sobre el tema. Dagberty parece haber leído todos y cada uno de los relatos de Bryce. Yo no, aunque he leído mucho.

sebastian dijo...

Ribeyro no escribio ningun cuento sobre la violencia politica del periodo que investigas. Lo que si hay en varios de sus textos es conciencia de la explotacion y el racismo que forman parte del caldo de cultivo de la subversion, por ejemplo en "La piel de un indio no cuesta caro".

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Una novela que, entre varias otras, dejé de mencionar en mi artículo (y que, creo, Iván consideró uno de los mejores libros de ficción del año 2000) es "Ningún Dios", de José Adolph. Pero sin duda debe haber varias otras y me gustaría saberlo.

Daniel Samanez dijo...

Este asunto sobre lo que un escritor “debe” escribir es muy interesante.

En principio, como dice Gustavo Faverón, todo lector informado en una era post marxista concuerda con que la llamada creación comprometida no tiene lugar.

Por otro lado, mi experiencia con gente de instituto tecnológico de en Lima y una universidad nacional de Cuzco me revelo algo muy interesante. Lo que percibí fue esto: en ese entorno, no le piden a los autores que escriban, hagan películas o música, etc. sobre ciertos temas por que crean –en base a una convicción ideológica- que deban hacerlo. Lo hacen por que creen que es importante hacerlo, que es necesario, que es lo que les toca, que es su función. Y esto es importante para ellos como individuos y para sus “compañeros universitarios”, para la comunidad en general.

Desde la perspectiva que manejo, la gente en este medio esta mucho más inmersa en un mundo oral. En ese mundo se espera que la voz de uno –del que es capaz de levantar su voz, de los creadores, de los artistas- hable por todos. De hecho, las voces creativas que salen de ese entorno hacen eso.

Es desde esa perspectiva que creo se puede entender que se le pida a Bryce que escriba respecto al tema del terrorismo. Para ese público Bryce es una valiosa fuente de información respecto a las costumbres y usos de otros sectores de la sociedad peruana. Es una muy asequible –por el carácter de la escritura de este autor- y valiosa referencia. Es natural que se le quiera exigir también que toque otros temas que se perciben como urgentes. Y el que no lo haga razón suficiente como para alegar que no se lo leerá mas.

Dagberty dijo...

Hola Gustavo, no he leido TODO lo que ha escrito Bryce, pero si las reseñas sobre sus obras, además del último Premio Planeta, "El huerto de mi amada". Creo que salvo "Un sapo en el desierto", el tema del terrorismo no aparece en su narrativa. Y en este cuento, como telón de fondo, pues el tema central es la relación entre el protagonista y un educadísimo ingeniero de origen extranjero.

jc dijo...

Daniel:

No veo dónde Gustavo haya hablado de lectores de una era "post-marxista". Que yo sepa no existe un lector "pre" o "post" Marx. O sí? Hablar del compromiso de algunos escritores, de que exista una demanda de producción literaria "comprometida", o incluso de una "lectura comprometida", es otra cosa. Pero primero definamos en qué consiste el compromiso (político? cultural? social? religioso? contracultural?, etc.) y entre quiénes se establece...

Bryce contó alguna vez, riéndose, que cuando conoció a Velasco éste le dijo que Un mundo para Julius había sido muy importante para derrocar a la oligarquía. Y esto es así para muchos (si mal no me acuerdo, en una encuesta de Debate "Julius" queda en primer lugar de las novelas políticamente influyentes, dejando atrás a "Todas las sangres" y "Conversación en la catedral"). Pero esto tiene que ver con el metatexto de la novela y su lectura, y no con el propio Bryce.

De otro lado, creo que tú te refieres al escritor como "oráculo", no es así? Quizás sea ese el rol que los compañeros de Dagberty esperaban de Bryce. Discutir eso podría ser interesante...

Gustavo Faverón Patriau dijo...

No esoty muy seguro de que, al menos porque recogía el "aire de los tiempos", de los años sesenta revolucionarios, Bryce no haya tenido una seria influencia de la literatura comprometida en la escritura de Un mundo para Julius.

jc dijo...

Creo que primero debemos definir qué es la "literatura compromeida". Si existe la definición, a ver si me la pasan porque no la conozco...

El aire de los tiempos en los 60s también estaba plagado de existencialismo, siuacionismo, etc., etc., etc. y eso, más que compromiso político creo que era un actitud contracultural, no?

Dagberty dijo...

Ojo, la anécdota sobre Bryce que comenté ocurrió entre 1986-1989, en pleno auge del terrorismo. En esos años (incluyento 1992), me encontré con mucha gente que afirmaba "no leo a Bryce" o "no me cae bien ese pata". Unos por que no opinaba sobre terrorismo (sic), otro por que asumían que "tenía plata".
Nadie partió de su obra para opinar. En ese tiempo, yo acababa de leer "Tantas veces Pedro", y estaba encantado. Pero para algunos, la opinión de Bryce en alguna entrevista era suficiente para juzgar su obra.
Ojo, no estoy hablando de especialistas, sino de estudiantes de Derecho.

Daniel Samanez dijo...

jc:

Quizás estiré mucho lo que saqué del comentario de Gustavo Faverón.

Mejor aclaro y plateo mi punto de vista respecto a la era del arte comprometido. La era a la que me refiero eran los 60s. Entre la intelectualidad latinoamericana progresista había un consenso para interpretar la realidad y construir el futuro desde una perspectiva marxista. Ese consenso no existe más. Yo no viví en esa época pero, por lo que he podido leer y percibir de ella, era aplastante. La idea básica creo que podría expresarse así: El arte debe estar comprometido con el cambio social histórico que el marxismo anuncia como necesidad inevitable. De otro modo no sirve: es decadente reaccionario antihistórico, en cualquier caso no tiene lugar y debe ser rechazado.

El cambio social marxista sostiene: La lucha de clases es necesaria por que es la manera en que el proletariado remplaza a la burguesía como eje de la sociedad dando término a las inequidades de la humanidad.

En eso creía muchos de nuestros intelectuales. Vargas Llosa entre ellos.

Esa era, gracias a Dios, o quizás a la historia (en términos marxistas), no existe más.

Lo que a veces parece, como dice Gustavo Faverón, es que nos hemos ido muy al otro extremo y cuando se plantean temas sociales en el arte hay gente que salta asta el techo para desautorizar esas voces. Lo hacen arguyendo que por tocar temas sociales se esta volviendo a posturas marxistas. Eso no es cierto necesariamente.

¿El escritor como Oráculo? Creo que te estas refiriendo a esa especie que evolucionó en Francia, tuvo su apogeo con Sartre y al parecer se extinguirá con Vargas Llosa. ¿Es eso?

Yo no iba por ahí.

Según mi postura lo que se espera de los artistas en el contexto citado –en un ambiente mayoritariamente oral- es que sean las voces del grupo. Que hablen de los temas que se consideran importantes por le grupo. Eso habría sido lo que a mi parecer habría hecho, por ejemplo, la controvertida Menchú. Cando hablas y convives con ellos y ven que puedes expresar ideas y discutir mejor que ellos comienzan a contarte historias, a decirte lo que creen que debe ser dicho. Como cuando a Vargitas le piden los miembros del elenco de radionovelas que hable por ellos con el dueño de la radio para pedir mejoras. ¿Recuerdan como la sorpresa de Vargitas no podía ser mayor?

José Miguel Herbozo dijo...

Salvo algún guiño irónico, Bryce no se ha mostrado interesado en opinar seriamente sobre temas de terrorismo, violencia política o siquiera política nacional a secas. Si bien este dato para mí es absolutamente irrelevante, los comments del blog entienden que el escritor 'peruano' está obligado a 'argumentar', a sostener una postura ideológica que trascienda la ficción y se eleve como mensaje y proyecto discursivo final. Sin dejar de reconocer que la ideología pervive en muchos textos por efectos argumentales -para la teoría crítica no hay discurso sin ideología-, o como filtración de un sustrato -pienso en ABEL y Velas de Galarza, o en las novelas de Benavides- o correlato de la experiencia del autor -terreno sobre el cual lo pretendidamente probable se borra-, no me parece que la presencia del tema satisfaga y menos deba alimentaren los lectores una necesidad de posturas ideológicas que solo me explico en culturas como la nuestra, en que los mecanismos de construcción de la identidad cultural y el debate ideológico son temas dolorosos con los cuales muchos individuos deben rozar mucho antes de tener clara la cuestión ideológica.Solo así me puedo explicar que nuestra gente reclame obligatoriamente solo a la literatura responsabilidades discursivas correpondientes a la sociedad en general, con lo que coincido, en parte, con la necesidad de muchos lectores poco frecuentes -esos que se menciona desdeñosamente como 'estudiantes de derecho'- de buscar información en iconos culturales entronizados mediaticamente.
Ahora si, lo de Bryce es otra cosa. Recuerdo haber visto una columna de opinion política suya en el año 2001, en la que señalaba lo escandaloso que resultaba como dictadura el gobierno de Fujimori; columna que -curiosamente- escribio también, semana a semana, durante los noventa.

jc dijo...

Daniel,

Gracias por la respuesta. Es cierto que "el cambio" social se convirtió en un gran tema después de la SGM y que el marxismo había logrado un desarrollo importante. Pero no era el único. También estaba el psicoanálisis. Y creo que ambos (es pecialmente en el pensamiento de Marcuse --pienso en Eros y Civilización) hicieron una dupla muy interesante ofreciendo interpretaciones innovadoras en todos los debates (no sólo el político). Si el tema del "cambio social" es el "aire de los tiempos" al que se refería Gustavo, pues entonces, sí, eso influyó enormemente.

Cuando se habla de literatura comprometida siempre me suena a "literatura de denuncia" o a la llamada "literatura testimonial". No veo nada de malo en que el escritor tenga un "compromiso", si escribe bien. Es más, veo al compromiso como un plus especial (el último párrafo del artículo de Gustavo es interesante en relación a esto).

Sin embargo, creo que el asunto es aún lo que yo llamé vagamente "escritor como oráculo". Aclaro que me refiero a la "función" que la sociedad (o un grupo de ella, no cesariamente hegemónico) asigna al escritor como "intérprete" de la realidad. Al margen de que esto sea o no lo que el escritor quiera hacer de sí mismo, esto es lo que a veces la sociedad le pide (obviamente, sucede también que la sociedad pueda pedir al escritor un escape de la realidad, pero en ese caso ya no sería "oráculo").

Creo que a esto se refería Dagberty cuando planteó sus dudas. Me pregunto a qué otros escritores en el Perú se les ha "pedido" ese rol, quienes se lo han "auto-conferido", qué tipo de temas cubren, qué tipo de reacciones han generado...

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Me siento obligado a decir una cosa acerca de las columnas de Alfredo Bryce en Somos a fines de los años noventa. Me siento obligado, digo, porque además de las referencias de José Miguel aquí arriba (bienvenido al blog, JMH), he visto varias otras alusiones a esas columnas y cómo en ellas Bryce nunca escribió sobre política de actualidad.

Yo era editor de Somos en la época de esas columnas, y puedo decir al menos una cosa: Alfredo no escribía su columna semana a semana, ni quincenalmente, ni nada de eso. Él escribió un lote muy largo de columnas de un sólo envión, en una temporada breve (tiene una gran disciplina para imponerse ese tipo de trabajo). Somos le compró todo un paquete de columnas (yo tenía un file con decenas de artículos inéditos de Alfredo en mi escritorio, y Fernando Ampuero tenía otro). Nunca fueron columnas de actualidad, porque no podían serlo: algunas habían sido escritas un año o dos antes del momento en que aparecieron.

Es decir, a diferencia de VLL, ABE no tuvo una tribuna permanente para sus opiniones de estricta actualidad. ¿Qué pudo buscarla? Sí, sin duda. Pero no veo por qué quienes defienden la libertad del escritor de desligarse de cualquier compromiso político deban suponer que Bryce en particular sí debió buscar un sitio dónde opinar frontalmente contra Fujimori.

José Miguel Herbozo dijo...

A lo que iba es a que resulta también necesario desmenuzar los procedimientos que extienden sobre la opinión publica la necesidad de discursos articuladores o referenciales para una ideología. No es que me solidarize con ella, sino que, si pienso como cualquier lector 'no frecuente' -asi como me sería imposible no pensar, en el correlato post-marxista, en el enarbolamiento voluntario de una ideología- me parecería lamentable tal casualidad. Que lo es -casualidad-, creo que ha quedado claro, pero hay otra cosa que también me queda clara, y era fundamentalmente a lo que apuntaba: hay un continuo problema de recepción que se debe no solo a las siempre mentadas diferencias culturales, sino a una cuestión de orden, a una formación insuficiente que no ha presentado consigo -no solo en esta generación, sino en muchas anteriores- la mutabilidad de las ideologías. Esa necesidad de discursos en el orden requerido por nuestros escritores de los años sesenta ha dejado sembrada -creo que es uno de los males producidos por la reseña periodística, que ha difundido mayoritariamente en sus apreciaciones, incluso hasta inicios de los noventa, la necesidad del discurso político en literatura- una expectativa común por la opinión de las voces autorizadas, que en el caso de cualquier escritor reputado, ya trascienden la condición de autor y de escritura.