3.6.06

Un traidor con un proyecto

Dos de mis cineastas favoritos, Alfred Hitchcock y Stanley Kubrick, se distinguieron por hacer películas extraordinarias a partir de textos literarios mediocres, cuando no abiertamente malos.

No es que ese fuera su ejercicio obligado: Kubrick, por ejemplo, adaptó a su medio, también, algunas novelas notables, como Lolita, de Nabokov, y Barry Lyndon, de William Thackeray. Pero los resultados no fueron necesariamente mejores que los que obtuvo a partir de materias primas menos apreciables, como The Shinning (El resplandor), de Stephen King.

Supongo que Hitchcock y Kubrick compartieron el talento de saber cuándo una historia interesante, aunque plana, y efectiva, aunque desprovista de mayor significado, tenía en su esqueleto la potencia suficiente para transformarse en algo mayor, acaso insospechado para el autor original. Al mismo tiempo, construir sus obras sobre el cimiento imperfecto de la obra ajena, reconociendo esa imperfección, los debía liberar de cualquier exceso de respeto hacia la fuente.

En estos días de vacaciones he visto algunas películas basadas en libros, y también he leído algunos libros en los cuales se han basado películas recientes. A saber, he visto The Da Vinci Code (y leí poco más de cien páginas del libro antes de tirarlo por malo) y La fiesta del chivo (la vi en República Dominicana, lo que no dejó de agregarle sentido), y he leído la novela gráfica A History of Violence, de Wagner y Locke, en la que David Cronenberg basó la película homónima, a mi juicio, quizá, la mejor cinta americana del año pasado.

¿Qué diferencia, fundamentalmente, a Ron Howard, Luis Llosa y David Cronenberg en sus roles como adaptadores? La respuesta es bastante evidente: sólo Cronenberg es un artista de la adaptación, es decir, un traidor con un proyecto, alguien capaz de retorcer y diluir el sentido original de su materia prima para construir un nuevo texto, una nueva pieza, gracias, sobre todo, a la libertad creativa con que llena todos los vacíos del original.

El cómic de Wagner y Locke es, como me decía hoy en la tarde Edmundo Paz Soldán, una correcta historia negra, que no empuja los límites del género en lo más mínimo. La película de Cronenberg, en cambio, es una magistral inquisición sobre el libre albedrío, la libertad individual y la identidad, es decir, es, casi inevitablemente, una incursión en el universo de la tragedia, with a twist, y una incursión que no teme enfrentarse a las preguntas mayores de ese mundo. Un ejemplo evidente de la distancia entre el cómic y la cinta se encuentra en el personaje de la esposa, una comparsa incolora y casi desprovista de interioridad, en la novela gráfica, que en la película se transforma en un ser humano con un conflicto propio que acaba por ser determinante en la trama.

Howard, en cambio, hace una cosa impresionante en un sentido distinto: coge uno de los best sellers para adultos más exitosos de la historia librera mundial, un libro mal escrito pero bien organizado, inocente y mediocre en su investigación pero cargado de ideas atractivas, una historia capaz de absorber la atención de eruditos y neófitos, y en vez de mondar sus asperezas y potenciar sus virtudes, se empeña en reproducir todas las líneas maestras del argumento sin reconsiderar ninguna, allana a unos personajes que ya eran bastante planos en el papel, y acaba por producir una ilustración opaca de la novela, casi como si hubiera decidido conscientemente mostrar sólo sus falencias.

Luis Llosa, a su vez, hace una cosa diferente: él sí parte de una obra estupenda, acaso la mejor novela peruana de la última década, una investigación multifacética y realmente polémica acerca de la naturaleza del terror político, el mal de la autocracia y la perseverancia del poder corrupto más allá de quien sea su accidental ejecutivo (recordemos que en la novela de Vargas Llosa la violencia de la corrupción persiste tras la muerte del tirano original), y transforma esa historia genial en el relato de una venganza personal, en el que la única lógica (incluso en el caso de Urania, el personaje más conflictivo de la novela) es la del diente por diente. Reduciendo toda la semántica de la novela hasta transformarla en una película del montón, Llosa, en La fiesta del chivo, se termina de consagrar como una suerte de anti-Kubrick.

Imagen: Maria Bello, de A History of Violence, e Isabella Rosellini, de La fiesta del chivo: el papel de la primera se ensancha y se hace complejo en la cinta de Cronenberg; el de la segunda se debilita y se vuelve un simple proyector de imágenes del pasado.

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