23.10.06

Presentación deToda la sangre

Ya estoy de regreso en Brunswick, de vuelta a las clases (mañana debo dar una que intentará ser una lectura conjunta de El sur de Borges, La noche boca arriba y La autopista del sur de Cortázar, y The Town Where No One Got Off de Bradbury).

Los diez días que pasé en Lima fueron ocupados y agitados. Sin duda la jornada más interesante fue la presentación de Toda la sangre, la antología de cuentos sobre los años de la violencia en el Perú que edité para editorial Matalamanga.

Ya en estos días, cuando me ponga al día con ciertas lecturas, me interesará comentar algunas observaciones que se han hecho sobre el libro. Por ahora, quizá a algunos les interese el texto que leí la noche de la presentación. Lo coloco aquí debajo.

Toda la sangre: presentación

Hace un par de días me encontré en una librería con el poeta y lingüista Mario Montalbetti. Conversamos cinco minutos, entre otras cosas, acerca de esta antología, y el tema lo llevó a comentarme algo sobre un ensayo que piensa escribir. Espero no ser un infidente si digo un par de cosas acerca de lo que me contó. No conozco los pormenores de su idea pero sí que se le ocurrió después de ver la exposición Yuyanapaq, la exhibición fotográfica de la Comisión de la Verdad. Luego de recorrer la exposición, Mario había leído el libro de visitas con los comentarios dejados por los asistentes, y le había llamado la atención que la observación más repetida del público en ese libro fuera que, luego de ver las fotografías y los testimonios que acompañaban a las fotografías, los asistentes a la exposición sentían que no tenían palabras para expresar su reacción, que no tenían nada que añadir con palabras a lo que las imágenes mismas decían. Mientras Montalbetti me contaba esto, yo ya había escogido el libro que iba a comprar esa mañana. Era un libro del novelista israelí Amos Oz, llamado originalmente Las conferencias de Tubingen, y traducido al español como Contra el fanatismo. El tercer ensayo del libro se llama Sobre el goce de escribir y el compromiso. En él, Amos Oz reflexiona acerca de la tarea de un escritor de ficciones en una sociedad atravesada por serios conflictos y dividida en opiniones políticas radicalmente discrepantes. Cuenta que él, todas las mañanas, desde que hace muchos años descubrió su vocación literaria, se sienta en algún lugar público, antes en su kibbutz en Hulda y ahora en la ciudad de Arad, a mirar a la gente que circula alrededor y a imaginarse que él es alguno de ellos, o todos ellos, pero uno por uno. Quiero citar un breve párrafo del ensayo: “¿Cómo me sentiría si fuera ella?”, dice Oz. “¿Cómo sería ponerme en la piel de él? Creo que fue D. H. Lawrence”, continúa Oz, “quien una vez dijo que, para escribir una novela, hay que ser capaz de refrendar docena y media de opiniones y sentimientos contradictorios y conflictivos con el mismo grado de convicción, vehemencia y fuerza interior”. Lo que Oz y Lawrence dicen de manera sencilla y anecdótica es en el fondo lo mismo que dijo Bakhtin cuando describió la novela moderna como un tejido de voces, miradas, puntos de vista e incluso marcos ideológicos enfrentados y confrontados, pero también entrelazados; cuando describió la novela como un texto dialógico, en el que el escritor convoca y conjura mundos discrepantes y le da un espacio democrático al choque de ideas y a la contradicción.

En los últimos días me han preguntado muchas veces dos cosas: qué criterio he seguido para elegir los cuentos de esta antología y cuál era el objetivo, si alguno había, de elaborar una antología como ésta. El día en que conversé con Montalbetti y leí la conferencia de Oz encontré, retrospectivamente, las dos respuestas, de manera casi inmediata. Por un lado, junto al evidente factor temático, mi principal criterio de selección había sido estético: acaso inconscientemente busqué textos en los que el elemento estético, es decir, el gran principio organizador fuera el diálogo, en el sentido bakhtiniano, es decir, la apertura, la multiplicidad, que es el vencimiento de la monotonía ideológica, el vencimiento del dogmatismo. Busqué unos cuentos y novelas que fueran exploraciones y confrontaciones, textos en los que la voz narrativa se interrogara a sí misma acerca de su posición en la sociedad y la posición de los demás en la sociedad. Pero además busqué que el producto final fuera también dialógico, múltiple y conflictivo, que hubiera en él muchas voces distintas y contrapuestas, que el libro fuera incómodo de una manera u otra para todos sus lectores, que todos sus lectores se vieran en la situación de afrontar ideas no sólo ajenas sino incluso ingratas y molestas para cada cual.

Y con respecto a la segunda pregunta —cuál era el objetivo de elaborar una antología así en este preciso momento—, la respuesta estaba en lo que Mario Montalbetti, sin decírmelo explícitamente, me había dicho de alguna manera esa misma mañana: no debemos llegar a un punto en el que ya no tengamos qué decir sobre los años de la violencia política en el Perú, no debemos conformarnos con no tener palabras para hablar de nuestro pasado reciente. Los escritores peruanos han escrito mucho sobre él. Han escrito sobre nuestro pasado reciente incluso cuando era todavía nuestro presente, incluso cuando todavía era nuestro futuro. Una obra de arte, una obra literaria, no puede ser el final de un diálogo, no puede ser un límite más allá del cual no haya nada adicional que decir: podemos sentirnos anonadados frente a ciertas realidades o ciertas ideas, pero ellas deben ser, no obstante, el constante punto de reinicio del diálogo. Todo libro que muestre que el conflicto ideológico, como el conflicto social, insiste y persiste, que todavía está allí, es sin duda necesario. Todo libro que nos diga que las miradas sobre el tema son hoy tan divergentes como antes y que, sin embargo, es posible asumir sus puntos de vista y contrastarlos, revivir el conflicto real y las formas en que fue representado, a través de la ficción, y de esa forma pensar en cuál fue el origen del conflicto y en qué hemos hecho para acabar con las condiciones sociales que le abrieron un espacio, es sin duda un libro necesario. Ése es el libro que he querido construir con las voces de los diecinueve escritores reunidos en Toda la sangre

Muchos narradores peruanos escribieron sobre el problema antes de que el Estado peruano reconociera que el problema existía. Muchos siguen escribiendo sobre ello ahora que el Estado se propone oficializar el olvido como política histórica. En cierto sentido, un conflicto no termina si no han terminado las causas que lo originaron. Esta antología tiene relatos escritos incluso hace treinta y dos años, y los problemas sociales expresados, nerviosamente postulados, urgentemente propuestos en ellos sobreviven aún. El título de la antología, Toda la sangre, quiere recordarnos la enrome cantidad de cosas que no han cambiado en el Perú desde que José María Arguedas publicó su célebre novela, hace cuarenta y dos años, y hacia qué precipicio nos deslizamos en los ochentas y después por no haber transformado fundamentalmente esas circunstancias. Quizá aun más atroz que una verdad oficial hermética, inconmovible, indiscutible, es el silencio oficial, que es una forma de impunidad. Y es en ese punto donde la literatura puede ser no sólo una válvula de escape sino, sobre todo, uno de los motores, aunque sea un pequeño motor, para seguir hablando sobre el tema, pero hablando para entender, y entender para que se extienda la consciencia de que el asunto sigue allí y que aún demanda soluciones. Que nuestra tradición literaria reciente sea tan fragmentaria y contrapuesta, que esté hecha de choques, aproximaciones y rechazos, la hace acaso más y más apta para mantener despierta nuestra atención acerca del pasado y los ojos abiertos en relación con nuestro presente. Porque quizá necesitamos comprender primero los fragmentos antes de tratar de explicarlo todo. Porque quizá una narrativa fragmentada sea el primer paso para entender a un país fragmentado. Por eso es que este libro tenía que ser incómodo y problemático, y mientras más incómodo y problemático fuera, mejor: porque su rol debía ser el de seguir activando la discusión y la polémica, ahora que gran parte de la clase política peruana elige desestimar los hallazgos y las recomendaciones de la Comisión de la Verdad, ahora que el nuevo gobierno parece dispuesto a proponer la amnesia como reacción y el olvido absoluto como programa, es decir, cuando su propuesta es borrar de nuestra memoria la culpa de los culpables, como quien se niega a admitir que la historia ocurrió: una propuesta que parece querernos llevar a un momento en el pasado antes de que el conflicto estallara en su versión más violenta, sin tener en cuenta que cuando se regresa al pasado uno corre el peligro de que todo lo ya sucedido vuelva a suceder.

Quiero darles las gracias a los autores antologados por haber escrito las cosas que escribieron y siguen escribiendo, pero también por no haber preguntado, cuando nos cedieron los derechos de sus textos, quiénes eran los otros autores que serían incluidos en el libro. Quiero darle las gracias a Félix Reátegui por haber escrito un epílogo brillante para el libro. Y le quiero dar las gracias a Ezio Neyra por haber tenido la idea de hacer esta antología y habérmela confiado a mí, porque ha sido uno de los trabajos más interesantes que me ha tocado hacer. Y, por supuesto, a todos ustedes por estar aquí esta noche.

7 comentarios:

barrunto dijo...

ha llegado el libro toda la sangre a mi redacción y celebro la publicación, de primer nivel en cuidado de edición y un prólogo sumamente contundente. la selección también es muy seria.
las felicitaciones del caso.

este libro saldrá reseñado en la edición 30 de la revista urbania (www.urbanialima.com) que sale el primero de noviembre y se distribuye gratuitamente en todo Lima.

si el autor/editor/compilador estuviera dispuesto a ampliar la información en nuestras páginas para un siguiente número, y realizar una entrevista para nuestro medio, estaremos más que halagados.


jsz.-

Vanessa Soldevilla dijo...

Una preciosa presentación la de "Toda la sangre" en el Centro Cultural de España. He releído sus palabras y se me ha hecho como si lo volviera a escuchar y fuera nuevamente la noche del jueves.
Hermoso proyecto el de Matalamanga y este interés por no dejar en el olvido y el silencio una época atroz: los duros años de la violencia política en el Perú.
Hay un trío de cuentos antologados que leí hace muchos años y se suman a ellos otros que resultan novedosos. He quedado más que admirada por la selección y edición tan inteligente y pulcra, Gustavo. De hecho tendré muy pronto mi propio ejemplar.
Espero que la antología tenga la misma acogida que tuvo en su presentación pública. Es tan necesario no olvidarnos del tema en estos días que los resultados del Informe Final de la CVR y el tema mismo de la violencia de esos años parecen estar destinados al archivo y a las polillas que se alimentan del desinterés ciudadano.
Saludos,
Vanessa

P.D. Lo imaginaba distinto. Sin embargo no me siento defraudada de conocerlo y escucharlo en persona. Es usted bastante pequeño :D

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Con todo gusto. Estoy ya en Brunswick, como decía, así que tendría que ser por email.

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Ja ja. Vanessa: "Pequeño" ya es un halago ahora que me está saliendo barriga. Mido exacatmente un metro ochenta, pero parece que al lado de Ezio Neyra, que es muy alto, me veía chiquito.

Tanque de Casma dijo...

¿Metro ochenta? ¿Entonces a quién saludé el día de la presentación? Con razón no me pagaste la cerveza que me ofreciste. Felicitaciones por el aniversario del blog.

Tanque de Casma dijo...

¿Metro ochenta? ¿Entonces a quién saludé el día de la presentación? Con razón no me pagaste la cerveza que me ofreciste. Felicitaciones por el aniversario del blog.

last citizen dijo...

hola gustavo, te mande a tu email un texto que quizas te interese relacionado con el sur y noche boca arriba.
saludos,
mike