7.9.07

La lengua, compañera del infierno

Martha Hildebrandt: la extraña reputación intelectual de una dictadorzuela

Casi siempre, cuando pienso en Martha Hildebrandt, la imagino reptando por los muros de un castillo gótico. No es que piense en ella con frecuencia, pero a veces ocurre. Otras veces imagino que duerme colgada patas arriba en la copa de algún árbol deshojado, en la plaza de un pueblo fantasma. O hecha una gárgola de piedra en la cornisa de algún caserón desbaratado. Con las alas de muriciélago plegadas sobre el cuerpo. Esperando que alguno de los dictadores que tanto amó vuelva de ultratumba (la ultratumba de verdad, la de Velasco, o la ultratumba moral en la que habita su querido Fujimori) para entonces regresar también ella a su labor más natural: la de sobona de tiranuelos, rasputina accesitaria, palanca y cobradora en esa combi asesina que es para ella el tren de la historia.

Martha Hildebrandt
es una de las caries más negras en esa boca envilecida que es la clase política peruana; entre los horrores infernales que el fujimorismo nos hizo soportar durante tantos años, sólo el hálito sulfuroso de Martha Chávez podía resultar más revulsivo que la hipocresía total de Hildebrandt, su vocación por el caballazo, su sonrisa presta a celebrar cualquier atropello y cualquier prepotencia. A algunos de nosotros nos resultaba especialmente repugnante el hecho de que, para muchos peruanos, Hildebrandt fuera la imagen del intelectual: el gesto torcido, el mohín de náusea, la más vertical ostentación de la propia cátedra, la insufrible convicción de ser superior a cualquiera, pero jamás, jamás, una idea digna de reflexión.

Porque Hildebrandt es obtusa, cerrada; jamás dice nada lejanamente inteligente. Es una prueba viva de que la corrección lingüística y la destreza oral nada tienen que ver con la claridad de pensamiento y mucho menos con la transparencia de la razón. Es más: es una demostración de que los artificios del lenguaje pueden ser la máscara perfecta para ocultar la más plena ausencia de intelecto.
Martha Hildebrandt es acaso la única "pensadora" del Perú que jamás ha producido una idea interesante, aunque su interminable catarata de vacuidades la exprese día a día sin que le sobre una coma o le falte una tilde. Es probable que El pensador de Rodín, el de piedra, tenga más imaginación y más vida intelectual que Martha Hildebrandt: sus únicos principios aparentes son el orden y la jerarquía (es decir, el poder): Hildebrandt no es siquiera una elitista aristócrata intelectual, como algunos quisieran llamarla; es, más bien, una fascista con anteojos de leer.

Su trabajo lexicográfico --curioso vehículo, eso sí, para obtener una reputación de intelectual en el país de las letras muertas-- destaca por la cantidad pero flaquea en calidad.
Hildebrandt es un sargento segundo del lenguaje y su relación con las palabras queda plasmada en la forma de sus libros: sabe poner las palabras en fila y una tras otra, y hace el intento de descifrarlas; alcanza a intuir de dónde provienen pero no tiene idea de adónde van. Su trabajo dialectológico y con lenguas indígenas americanas resulta paradójico en la biografía de una persona que paso a paso da muestras de no tener ningún respeto por los hablantes de esas lenguas. En la nómina de quienes desprecian al veinte por ciento de los peruanos que hablan idiomas maternos distintos del español, es una ironía vergonzosa la presencia de alguien que, como Hildebrandt, algún tiempo ha dedicado al estudio de esas lenguas.

En un post de El Gran Combo Club, Silvio Rendón ha escrito sobre cierto pasaje engorroso y no suficientemente conocido de la vida pública de Hildebrandt, y, en otro, Daniel Salas se ha referido acertadamente a las últimas pachotadas de Hildebrandt y a la manera inocentona y desinformada en que, lamentablemente, muchos asumen como indiscutible su excelencia intelectual:
"Martha Hildebrandt, por su parte, no tiene problemas en burlarse de los hablantes de lenguas minoritarias. ¿Qué clase de lingüista se permite hacer tal cosa? Obviamente, alguien que ignora en qué consiste su profesión. Martha Hildebrandt posee un prestigio más amparado en sus gestos autoritarios que en su conocimiento de la disciplina que practica. Lamentablemente, muchos siguen creyendo que la lingüística es la disciplina del "buen hablar" y por eso consideran a una persona como Martha Hildebrandt "muy preparada". No lo es en absoluto".
Además, Daniel ofrece dos enlaces a blogs escritos por lingüistas (Miguel Rodríguez Mondoñedo, profesor de la Universidad de Indiana, y Nila Vigil, especialista en educación intercultural bilingüe) que con simplicidad y transparencia explican los despropósitos de Hildebrandt como política y como lingüista (y, en el fondo, como persona). Les recomiendo muy especialmente el post de Miguel, que no tiene el menor desperdicio y del cual me permito copiar a continuación un largo pasaje:
"El Diario de Debates del Congreso nos depara esta exquisita muestra de interacción entre las fuerzas del lenguaje y las prácticas sociales. En algún momento, se arma un intercambio de palabras en el hemiciclo. No es para menos. Martha Hildebrandt se ha despachado contra los derechos de las lenguas minoritarias:
"la Constitución es demagógica en ese artículo. Yo como lingüista, dedicada 50 años, 20 de ellos a lenguas indígenas, puedo decir que ese es el artículo peor hecho de toda la Constitución. No pueden ser oficiales 40; 50 ni 60 lenguas.
Martha Hildebrandt, Diario de Debates del Congreso, 6 de septiembre del 2007, p. 32

"Pero desde el punto de vista social, más vale la lengua que tiene muchos millones de hablantes, socialmente hablando, que la lengua que se está extinguiendo.
Martha Hildebrandt, Diario de Debates del Congreso, 6 de septiembre del 2007, p. 41
"Las congresistas Hilaria Supe y Martha Hildebrandt se enfrascan en un debate que interrumpe las buenas maneras y vuelve incivil el diálogo. La Presidenta de turno, Martha Moyano, llama al orden:
"Vamos a procesar la cuestión previa, vamos a procesar la cuestión previa. Congresista Hildebrandt, congresista Hilaria, vamos a procesar la cuestión previa. Por favor, congresista Hildebrandt y congresista Hilaria, les pedimos respeto al Pleno. Ya han hecho uso de la palabra y cada una ha sentado su posición…
Martha Hildebrandt, Diario de Debates del Congreso, 6 de septiembre del 2007, p. 42
"Fíjense en este extraordinario vocativo: congresista Hildebrandt, congresista Hilaria. Martha Hildebrandt es la congresista Hildebrandt. Hilaria Supe es la congresista Hilaria. A una el apellido, a otra el nombre de pila. Demás está decir que la norma culta manda que en esta ocasión se use el apellido y no el nombre de pila---pero ya habíamos notado antes lo fácil que resulta quebrar esa norma cuando el interlocutor es quechuahablante. No es la primera vez que ocurre durante el debate. Hay otras dos ocasiones en que se usa la misma fórmula:
"Congresista Hilaria, puede hacer uso de la interrupción. (p. 39)
Muchas gracias, congresista Hilaria. (p.40)

"Hildebrandt-correctora, defensora de la norma culta, que se rasga las vestiduras por la menor desviación, que salta como fiera ante cada infracción, no dice ni pío esta vez. Tal vez no se da ni cuenta. Porque esta vez no le importa, porque no le interesa realmente si la gente habla bien o mal, si el lenguaje se usa en forma apropiada o no. Así como al vendedor de medicinas bambeadas le importan un bledo las vidas de los enfermos, y lo único que quiere es conseguir un dinero fácil, a Hildebrandt en verdad le importan un bledo las vidas de los hablantes, sus ilusiones, sus esperanzas y sus lenguas. Lo único que quiere es que le rindan pleitesía".

Tomado de La Peña Lingüística, de Miguel Rodríguez Mondoñedo.
¿Más claro imposible? Así es: más claro imposible.

Fotomontaje gfp.

21 comentarios:

Perdido dijo...

Gustavo, ¿usted escribió eso?

Anónimo dijo...

"imagino que duerme colgada patas arriba"

este niño blogparlante!

alfredo dijo...

DICE LO QUE CITAS:

"Fíjense en este extraordinario vocativo: congresista Hildebrandt, congresista Hilaria. Martha Hildebrandt es la congresista Hildebrandt. Hilaria Supe es la congresista Hilaria. A una el apellido, a otra el nombre de pila. Demás está decir que la norma culta manda que en esta ocasión se use el apellido y no el nombre de pila---pero ya habíamos notado antes lo fácil que resulta quebrar esa norma cuando el interlocutor es quechuahablante. "

POR FAVOR!!

Habría que ver un poco más las sesiones del Congreso. También dicen "congresista Tula" o "congresista Meche". Depende de la familiaridad del hablante, no hay racismo ahí...

Anónimo dijo...

sCreo que alguna vez MVLL dijo que la fama intelectual de Martha H. no llegaba más allá de la Plaza de Armas... ¿alguien lo recuerda?

Miguel Rodríguez Mondoñedo dijo...

Nadie ha mencionado la palabra "racismo" hasta ahora. La observación se refiere a la asimetría entre el tratamiento a Hildebrandt y el tratamiento a Supe en exactamente la misma frase. Por supuesto, hay que observar las otras sesiones también. En especial, por ejemplo, habría que observar si alguien dice "congresista Luis" (es decir, si hay una diferencia entre el tratamiento a hombres y mujeres, etc, etc)

Félix Reátegui dijo...

En los programas de televisión local, el emblema del individuo “culto” es el sujeto que lanza piropos a las mujeres con décimas en las que compara a la mujer con una rosa. Martha Hildebrandt es el equivalente “intelectual” de esa figura. Su fama de intelectual está edificada sobre la base de atarantar a los periodistas. Como los periodistas peruanos, en promedio, no dominan muy bien la llamada “norma culta” del español estándar, se impresionan mucho cuando la Hildebrandt los carajea para que no digan “de que”. A partir de ahí, se llevan la impresión de que están hablando con alguien muy inteligente y amplifican esa imagen en sus publicaciones. El otro origen de su prestigio es la idea de que es una mujer que “habla claro”: lo curioso es que siempre “habla claro” cumpliendo funciones de mascota de algún dictador; lo interesante sería que alguna vez “hablara claro” contra el poder y en defensa de gente sin poder. Ojalá que estos comentarios tuyos, como los de Silvio, Miguel y Daniel sirvan para abrir los ojos sobre la verdadera estatura intelectual de una señora que no pasa de ser una lexicógrafa bastante adocenada.

Félix Reátegui dijo...

Alfredo: tú observación es formalmente razonable. Se desmorona, en este caso particular, si observas lo siguiente: quien habla es Martha Moyano, quien es vieja cómplice de la señora Hildebrandt, y quien es, más bien, antagonista de las otras congresistas que menciona. O sea, si hablamos de familiaridad, sería más lógico que llamara a la Hildebrandt por su nombre de pila y a las otras por su apellido, ¿no crees? A fin de cuentas, tu comentario refuerza lo dicho por Miguel Rodríguez y reproducido por Gustavo.

Susana Frisancho dijo...

Hola Felix, te falto completar... Para mí se trata de la verdadera estatura intelectual y MORAL de esa señora...

Susana

Anónimo dijo...

Tautologia:

Si Cesar Hildebrandt detesta a Martha Hildebanth y Gustavo Faveron detesta a Martha Hildebandt, entonces, ¿Gustavo Faveron admira a Cesar Hildebrandt?

Favor de aclarar.

Juancho dijo...

Hola Felix Reategui,
respecto a tu segundo comentario, ocurre todo lo contrario, el tratamiento de M. Moyano hacia M. Hildebrandt mas bien confirma los prejuicios de clase. Es tan fuerte que no puede superar el hecho que ambas congresistas sean de la misma bancada. Como que Moyano esta en el medio de la limenha aristocrata y la provinciana quechua hablante perpetuando esta estructura.

Nila Vigil dijo...

Hola Gustavo,
Creo que solo con estilos diferentes, Martha Hildebrandt y tú comparten las mismas ideas sobre las lenguas minorizadas. Lo digo por un post de octubre de 2006 en el que dices:

¿cuál es la utilidad real, en la vida de los individuos hablantes del kashinahua, de hablar ese idioma en lugar de otro: cómo los ayuda, de qué les sirve, qué ganan con mantener su "identidad idiomática

Y esa utilidad real te la preguntas desde lo que para ti,,,
Más adelante señalas:
"Tampoco sé cuál es la gracia especial que ostento yo al hablar español y no turco, hopi o kashinahua, salvo que el español me coloca dentro de una comunidad mayor, con más instrumentos culturales y políticos a mi disposición, cosa que evidentemente no me brindaría ser un hablante monolingüe de kashinahua"
Y luego:
"Como si hablar kashinahua, ruso, sánscrito, esperanto o glíglico fuera más importante que integrarse a un sistema capaz de otorgarles mejores posibilidades de existencia."

No le reconoces ningún valor cultural a los hablantes de las lenguas minorizadas, por eso hablas fácilmente del ideal de la "integración".

Con las diferencias de cómo lo expresas, hay el mismo pensamiento entre tú y Martha Hildebrandt quien ha dicho: "Se le da importancia a una lengua que hablan 500 hablantes perdidos por ahi y eso está mal"

saludos
Nila

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Hola, Nila.

Pues yo creo que estás en un error, y quizá pueda explicarte por qué:

Yo escribí:

"¿Cuál es la utilidad real, en la vida de los individuos hablantes del kashinahua, de hablar ese idioma en lugar de otro: cómo los ayuda, de qué les sirve, qué ganan con mantener su "identidad idiomática"

Y también escribí:

"Tampoco sé cuál es la gracia especial que ostento yo al hablar español y no turco, hopi o kashinahua, salvo que el español me coloca dentro de una comunidad mayor, con más instrumentos culturales y políticos a mi disposición, cosa que evidentemente no me brindaría ser un hablante monolingüe de kashinahua"

Si lees los dos textos de forma complementaria, verás que lo que yo rechazo es la noción de "identidad idomática", tanto para los hablantes de kashinahua como para los hablantes de español o de turco o de cualquier otro idioma.

Tú llegas a la conclusión de que, por eso, no les reconozco "ningún valor cultural a los hablantes de las lenguas minorizadas", pero si fuera el "valor cultural" (o los "valores culturales") de los hablantes lo que está en juego en mi frase, tendrías que decir que yo no reconozco "valor cultural" alguno a los hablantes de ninguna lengua del planeta. Eso empezaría a sonar absurdo, ¿no es cierto?

Es que el asunto no va por ahí; a mí lo que me molesta es esa asociación elemental y nunca bien justificada que se hace entre la "identidad" de los pueblos y las lenguas que hablan. A decir verdad, el concepto mismo de identidad me resulta gaseoso en extremo. Simplemente no lo entiendo.

(La enorme mayoría de los judíos del mundo no habla ni hebreo ni yiddish, o solo tiene un conocimiento rudimentario y primarioso de alguna de ellas, y sólo una porción minoritaria tiene una de esas lenguas como lengua materna, y no por eso los judíos han dejado de ser judíos y de reconocerse como tales).

La idea de integración, por otro lado, no la concibo como un ideal. Pero sí entiendo como ideal que todos los pueblos del mundo tengan las mismas posibilidades de acceso a beneficios educativos, de salud, etc. Para eso no es necesaria la integración cultural, pero sí es imprescindible la comunicación.

Y allí hay otra discrepancia con lo que dice Hildebrandt: yo sí creo que el Estado está, por ejemplo, en el deber irrenunciable de ofrecer sus normas, sus leyes y sus reglas a todos los habitantes del Perú en una lengua que ellos puedan comprender, y también pienso que está en la obligación de otorgar a sus ciudadanos todos los medios que les permitan comunicarse con el resto del mundo para obtener de él todos los beneficios que deseen obtener.

Por último, lo más delicado: la diferencia entre Hildebrandt y yo no puede ser simplemente un asunto de cómo cada cual expresa lo que piensa, como dices, porque Hildebrandt es simplemente una racista, que detrás de todo su desprecio por las lenguas esconde un profundo desprecio por las personas. Las personas reales, de carne y hueso. ¿Por qué? Porque Hildebrandt es de quienes piensan que quienes "hablan bien" la prestigiosa "lengua de Cervantes" son superiores a quienes hablan lenguas menos notorias en la tradición literaria occidental. Y a mí eso me parece de una idiotez extrema. Para mí todas las personas son iguales y la lengua que hablen, rasgo importante en la construcción de sus universos culturales, no es el rasgo definitorio de su valor en tanto seres humanos.

Félix Reátegui dijo...

Hola Juancho: El comentario mío al que te refieres quiere enfatizar exactamente lo mismo que estás señalando. Tal vez si le antepones un "pero" a la segunda oración lo veas con más claridad.

Anónimo dijo...

Gustavo, a pesar de estar perdido en el espacio sobre temas de linguística deseo comentar una cuestioncilla con un maestro de la lengua en este post. gran cantidad de veces pensé q era mi percepción pero ahora hay un entrelíneas que me qeda clarísimo clarísimo al leer su blog, tengo a floripondio de piel toda la bilis destilada en el. es mas qe todo una pregunta de un curioso saltimbanqui en Puente Aéreo. tu tenies una roncha familiar con César Hildebrant?
suelta el dato para entender mejor el tema de fondo. La Martha Hildebrandt me cae pesada la verdad, muere vieja fea

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Nadie ha hablado aquí de César Hildebrandt y eso se debe a que nada tiene que ver él con el tema de este post. No sé de qué bilis habla. Si mi intención fuera hablar sobre César Hildebrandt, lo haría, como lo he hecho muchas veces. Por otro lado, es conocido el odio mutuo entre los dos hermanos Hildebrandt, de modo que atacar a uno de ellos en ningún caso serviría para ofender al otro.

Tibor dijo...

El punto débil de todo este cargamontón es que se confunde la labor intelectual de Martha Hildebrandt con su postura política. "Es fujimorista, ergo, es negativo".

No señores, reducir esta discusión a ese punto solo revela una falta de consistencia. Creo que fue en este blog que leí frases como.

"No se puede condenar a Ezra Pound por su labor a favor del macartismo".

"No se puede condenar a Borges por su apoyo a las dictaduras militares", etc. etc.

Con ese mismo razonamiento ¿por qué condenar entonces a M. Hildebrandt por su apoyo a Fujimori? Si es un debate político, está bien, pero tratándose de una labor intelectual resulta completamente tendencioso.

Dudar de la labor intelectual de M. Hildebrandt es un completo despropósito. Basta revisar las fuentes de consulta académicas de las principales universidades para darse cuenta de su aporte.

Eso sí, no es la número uno ni nuestra única académica. Creo que linguistas como Alfredo Torero (+) o Rodolfo Cerrón Palomino tienen igual o mayor mérito que ella, pero Martha es, pues, mediática. Y ya sabemos las distorsiones que ello produce.

Saludos.

Miguel Rivera dijo...

Pues varios comentarios lo confirman: El legado de los 90 es una cierta fascistización de las clases medias peruanas. Noten cómo los despropósitos de Correo no impiden que algunos blogueros se muestren de parte de Aldo Mariátegui.
O lean a Guille the Mouse: un comunicador que pretende enmendarles la plana a los científicos en el tema del calentamiento global, alguien que enlaza a un blog español de derecha en cuyo banner se confunden García Zapatero y Ben Laden... Y ahí está en la propaganda del Blogger Day. Como dirían los Fab. Cadillacs: Yo no me sentaría en tu mesa.
Tibor, que ha comentado este post, tiene un blog cuyo post más reciente se titula No asusten a las ONG, ilustrado con el dibujo de una avestruz asustadiza: el problema no es el temor que el gobierno quiere provocar en las ONG al proponer controles exhaustivos, ejercidos precisamente por los políticos a los que las ONG se la ponen difícil. No, el problema es la cobardía de las ONG.

LuchinG dijo...

Tibor: Por supuesto que se puede condenar a Borges por apoyar dictaduras, lo que no se puede hacer es condenar los cuentos de Borges porque Borges apoyó dictaduras. En el caso de Martha Hildebrandt, se está diciendo que para colmo su prestigio como intelectual es totalmente injustificado. Es como si Borges hubiera apoyado dictaduras y encima fuera un escritor sobreestimado y maleta.

Anónimo dijo...

¿Y por qué ejemplares de semejante catadura tienen cabida en la política, en el congreso, y aun en medios de comunicación?
¿Qué mecanismo permite que ello suceda?
El decano de la prensa la tiene ahi, metida, diciendo lo que esta bien, lo que esta mal, en terminos de la lengua, pero vamos, que no hay un poquito de decencia? O es que la estatura moral no importa a la hora de meter a alguien a escribir en un diario que se alucina defensor de "los valores"?
Que buena.

Anónimo dijo...

Tibor: como se te ocurre comparar a Ezra Pound y Borges con Martha Hildebrandt. Es como comparar Lamborghinis y Ferraris con Ticos pues.

Miguel Rodríguez Mondoñedo dijo...

Sobre la pregunta de Nila y la respuesta de Gustavo.

No me parece correcto reducir el debate al racismo. Estoy seguro de que si le preguntamos a Martha Hildebrandt si es racista, protestaría enérgicamente y con ademanes grandilocuentes. Casi todos los racistas reaccionan así. Por supuesto, nadie cree ni sugiere aquí que tú seas racista. Pero si el debate se centra en quién es racista y quién no, queda fácilmente entrampado cuando todos niegan serlo. Es más útil (incluso para combatir el racismo) centrar el debate en cuestiones más particulares, de las cuales no sea fácil escaparse.

Y en este caso en especial, otra razón para eso nos la da el extraordinario hecho de que personas que tienen una concepción tan diferente del mundo y de las personas tengan opiniones tan parecidas sobre la diferenciación lingüística. Eso claramente indica que el racismo no es el único factor.

Existe una concepción de la lengua como un objeto exterior a los individuos, una entidad con reglas ajenas a las personas, que funciona independientemente de sus hablantes. La lengua así concebida es en realidad un objeto imaginario, fantástico (como hada o bruja), que, de alguna manera nunca hecha explícita, ensalza, salva, sirve o denigra a sus hablantes. Ese objeto es una entidad inventada, falsa, bambeada, inexistente. Pero solo cuando creemos en ese fantasma es que podemos decir que una lengua con 500 hablantes no tiene importancia. Que sería mejor que se extinguiera. Solo cuando imaginamos la lengua como un objeto externo es que podemos ponerle un precio (en términos de acceso a "una comunidad mayor").

La lengua es parte de los hablantes, de cada hablante. Basta que una lengua tenga un solo hablante para que este hablante tenga derecho a que se le hable en su lengua---y, como debería ser evidente, para hablarle, para comunicarse con él de igual a igual, es necesario que alguien más aprenda su lengua: así precisamente crecen las lenguas.

Tú dices que la comunicación es necesaria para que todos tengamos más y mejor acceso a los bienes culturales. No creo que nadie esté en desacuerdo con eso. Pero la comunicación no tiene que forzarse en una lengua en especial.

No se trata de que veamos las lenguas minoritarias con añoranza o espíritu de coleccionista de estampillas. Nadie que yo conozca hace eso. Pero no puede uno descalificar el trabajo de las personas que trabajan por los derechos lingüísticos bajo el argumento de que hablar su lengua es inútil para los hablantes. Esa es su decisión, no nuestra. Sin embargo, para que sea realmente su decisión debemos proporcionarles la oportunidad de decidir por su propia cuenta. Si su lengua es despreciada, si se les niega la posibilidad de funcionar en su lengua, ¿debemos alegrarnos de que decidan abandonarla, bajo la excusa de que ahora no los van a despreciar, o que ahora sí van a tener acceso a mayores bienes culturales? ¿desaparecería el racismo si todos habláramos la misma lengua? ¿habría menos gente ignorada, menos pobres, más justicia, si todos habláramos la misma lengua?

Quizá sea verdad que la diferencia (i.e. la identidad) no es un valor a conservar por sí mismo. O quizá no, quizá sí debamos conservar las diferencias por sí mismas. Sin embargo, cualquiera que sea la posición de uno en esa disyuntiva, no veo cómo eso pueda usarse para justificar el triunfo de la indiferencia, la destrucción y el abandono de las lenguas, que es, siempre y en todos los casos, posible sólo después de destruir las redes sociales que sostienen a sus hablantes. Alegrarse de la muerte de una lengua con la excusa de que el cambio mejorará las condiciones de vida de los hablantes no es otra cosa que justificar la violencia que destruyó tales redes.