20.2.08

Tres días fuera del mundo

Nota sobre un libro de Paco Ignacio Taibo II

Paco Ignacio Taibo II es autor de un pequeño libro llamado 68. Apenas por encima de las cien páginas, el libro es una crónica, la más emotiva y sin embargo la menos afectada que yo he leído, del año de las revueltas estudiantiles mexicanas.

Es también una de las más inteligentes a pesar de ser de las menos intelectualizadas: no soy muy amigo de los libros de Poniatowska, que me parecen siempre abrigar la esperanza de convertir en drama lo que ya es dramático de por sí, y las crónicas de Monsiváis sobre el tema, con toda su lucidez, me suenan siempre como poseídas por esa tendencia a la ostentación del intelecto, que malogra tanta literatura mexicana, esa que en inglés se calificaría con un solo adjetivo: "self important".

Hay otro motivo para mi preferencia: Poniatowska y Monsiváis construyen sus relatos del 68 mexicano de manera tal que todo parece conducir a la matanza de Tlatelolco o provenir de ella: Tlatelolco se transforma en suceso trágico (en el sentido clásico del término), en un acontecimiento demasiado grande y demasiado significante, un sol que brilla con tal fuerza que los demás hechos en torno a él desaparecen, se opacan, se esconden en la sombra.

En el
68 de Taibo, que es su memoria personal de los hechos de aquel año, ocurre una cosa singular: Taibo, como se sabe, era un joven estudiante universitario en aquel tiempo, y es un mexicano de primera generación, hijo de un escritor español. Según la gran manifestación de la Plaza de las Tres Culturas se aproximaba, y el ambiente en el DF se hacía más y más denso y ominoso, su padre decidió sacarlo de México: lo trepó en un avión y lo mandó a España.

Taibo estuvo fuera de México sólo tres días del año 68: el día de la masacre, el día anterior y el día siguiente. En su crónica, esos tres días epicéntricos desaparecen porque él no pudo ser testigo de ellos, pese a haber estado muy involucrado con todo el movimiento antes y después. Y al pasar por alto en su relato (y en su memoria) las setenta y dos horas que para todos los demás cronistas son el clímax de la historia, su
68 se vuelve, casi paradójicamente, más comprensivo, más agudo, más capaz de articulación: es como si Taibo, al no haber tenido que cerrrar los ojos ante la explosión, al haberla visto o apenas intuido de lejos, sin que las esquirlas le estallaran en la cara, tuviera una visión más lúcida del proceso y una fijación menos obsesa con su hecho más atroz.

El libro, entonces, se vuelve una pieza importante de reflexión para quienes se interesan en el tema de la literatura testimonial y la crónica de la violencia, y aun más para quienes se aproximan a ello desde las teorías de trauma y sus avenidas circundantes. Planeta México lo ha publicado y reeditado más de una vez; no sé si se encuentra en Lima, pero debería: es uno de esos libros extranjeros que valen la pena para quienes quieren comprender algo más de nuestra literatura reciente y el modo en que ella puede reconstruir o comprender nuestro pasado: lectura sobre todo crucial para los que sin señalar motivo dicen que sólo quienes estuvieron presentes en un hecho violento pueden hablar sobre la violencia con cierto entendimiento.

Imagen tomada de aquí.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

querido Gustavo, quieres decirme qué significa este comentario firmado por el blogger Max Palacios en el más conocido blog basura:

"max palacios said...
Una sola cosa. Si vuelven a hacer uso indebido de mis producciones intelectuales optaré por las mismas medidas de Iparraguire. ¿Quién administra esta porquería?"

Es decir que para el señor Palacios los delirios acusadores de Alexis Iparraguirre contra ti son viables y por lo tanto él va a hacer lo mismo con los administradores del blog basura?

O tú lo entiendes de otro modo?



February 20, 2008

Gustavo Faverón Patriau dijo...

No he visto ese comentario de Max, si en verdad es suyo, en ningún lugar. Tampoco es que ande yo por ahí leyendo las cosas que tú lees, así que no niego que pueda haber sido publicado en alguna parte.

Pero si lo que Max está haciendo es observar que él tiene derecho a demandar a quien publique textos suyos completos sin su aprobación, quizá incluso sin citar la fuente o al autor, como suelen hacer los blogs basura, entonces debo decir que no sólo me parece una buena idea, sino que me parece una idea digna de ser seguida.

Ahora bien, no se por qué tomar lo de Iparraguirre como referencia: Iparraguirre amenazó con demandarme a mí por haber dicho que él es "La vaca profana" (especulando a partir de la confesión de parte de su amigo Carlos Gallardo, que sigue publicada en internet y cualquiera puede leer). Yo simplemente nunca había dicho que Iparraguirre fuera el mencionado vacuno. Era una equivocada amenaza de demanda por difamación. En cambio, lo que se menciona en esa cita (no sé si falsa o verdadera) de Max es una demanda por abuso de derechos de autor o derechos de publicación; es otra cosa.

¿Algo más?

Anónimo dijo...

luego, al citar Max Palacios a Iparraguirre lo que hace implícitamente es darle la razón a su absurda denuncia. dice: "si no dejan de usar mis textos, voy a hacer lo mismo que Iparraguirre; es decir que lo que hace Iparraguirre es viable, es bueno. Que tú en aras de la armonía quieras interpretarlo de otro modo, es otra cosa.

finalmente, es curioso por lo menos que un blogger que se la ha pasado criticando a los blogs basura comente en ellos. raro. estoy seguro de que tú nunca hiciste ni harías eso. saludos.

Anónimo dijo...

El tema del post es la interesante 68 de Paco Ignacio Taibo II, quien también es toda una autoridad en materia de literatura policial. Ese es el tema. No las ocurrencias de Max Palacios.

NomadAndrea dijo...

68 de Paco Ignacio Taibo II lo conseguí en la Editorial asociativa traficantes de sueños de Madrid, España y supongo que siempre es accesible comprándolo por Internet. Lo interesante de esta editorial es que los textos de publican bajo Licencias Creatives Commnos y Copyleft.
Interesante la última reflexión del post, sobre todo cuando hay muchas aristas a tomar en cuenta en procesos como el nuestro, donde precisamente posturas antagónicas dentro de un mismo momento deberían entablar un diálogo objetivo.
saludos

movimiento del 68 dijo...

Es también una de las más inteligentes a pesar de ser de las menos intelectualizadas: no soy muy amigo de los libros de Poniatowska, que me parecen siempre abrigar la esperanza de convertir en drama lo que ya es dramático de por sí, y las crónicas de Monsiváis sobre el tema, con toda su lucidez, me suenan siempre como poseídas por esa tendencia a la ostentación del intelecto, que malogra tanta literatura mexicana, esa que en inglés se calificaría con un solo adjetivo: "self important".

Hay otro motivo para mi preferencia: Poniatowska y Monsiváis construyen sus relatos del 68 mexicano de manera tal que todo parece conducir a la matanza de Tlatelolco o provenir de ella: Tlatelolco se transforma en suceso trágico (en el sentido clásico del término), en un acontecimiento demasiado grande y demasiado significante, un sol que brilla con tal fuerza que los demás hechos en torno a él desaparecen, se opacan, se esconden en la sombra.

En el 68 de Taibo, que es su memoria personal de los hechos de aquel año, ocurre una cosa singular: Taibo, como se sabe, era un joven estudiante universitario en aquel tiempo, y es un mexicano de primera generación, hijo de un escritor español. Según la gran manifestación de la Plaza de las Tres Culturas se aproximaba, y el ambiente en el DF se hacía más y más denso y ominoso, su padre decidió sacarlo de México: lo trepó en un avión y lo mandó a España.

Taibo estuvo fuera de México sólo tres días del año 68: el día de la masacre, el día anterior y el día siguiente. En su crónica, esos tres días epicéntricos desaparecen porque él no pudo ser testigo de ellos, pese a haber estado muy involucrado con todo el movimiento antes y después. Y al pasar por alto en su relato (y en su memoria) las setenta y dos horas que para todos los demás cronistas son el clímax de la historia, su 68 se vuelve, casi paradójicamente, más comprensivo, más agudo, más capaz de articulación: es como si Taibo, al no haber tenido que cerrrar los ojos ante la explosión, al haberla visto o apenas intuido de lejos, sin que las esquirlas le estallaran en la cara, tuviera una visión más lúcida del proceso y una fijación menos obsesa con su hecho más atroz.

El libro, entonces, se vuelve una pieza importante de reflexión para quienes se interesan en el tema de la literatura testimonial y la crónica de la violencia, y aun más para quienes se aproximan a ello desde las teorías de trauma y sus avenidas circundantes. Planeta México lo ha publicado y reeditado más de una vez; no sé si se encuentra en Lima, pero debería: es uno de esos libros extranjeros que valen la pena para quienes quieren comprender algo más de nuestra literatura reciente y el modo en que ella puede reconstruir o comprender nuestro pasado: lectura sobre todo crucial para los que sin señalar motivo dicen que sólo quienes estuvieron presentes en un hecho violento pueden hablar sobre la violencia con cierto entendimiento.

Imagen tomada de aquí.