15.7.08

Prochazka regresa

Reaparece Un único desierto

Diez años después de la primera edición de Un único desierto, el primer libro de cuentos de Enrique Prochazka, la editorial Matalamanga publica ahora la segunda edición, que aparece con un prólogo mío y con textos alusivos de Enrique Vila-Matas, Fernando Iwasaki, Augusto Effio y Santiago Roncagliolo. Como adelanto, le he pedido a la editorial su autorización para publicar aquí mi ensayo introductorio.

(Hacer clic sobre la imagen para ver mejor la portada y la contraportada del libro).

Desaparecer por duplicado: los mitos traslaticios de Prochazka

Por Gustavo Faverón Patriau

La crítica, la poca crítica que ha reaccionado a tiempo ante los libros de Prochazka, parece decidida a repetir con ellos el error que por tantos años cometió con los de Borges: asumir que la abundancia de las mitologías, la excentricidad de las geografías, la apertura temporal y espacial de las referencias que atraviesan sus relatos son señales de abstracción y desarraigo y marcas indudables del afán del autor por desconectarse de los escenarios peruanos y las coyunturas de la historia, la cultura y la sociedad de su país (o las historias, las culturas y las sociedades de su tiempo). Que Prochazka es global pero no local, para decirlo con uno de los giros que esa crítica prefiere.

Esto es falso. De las mitologías repetidas en los cuentos de Prochazka se puede decir lo que diríamos del armazón mítico en las novelas de Joyce: que son una proyección especular y un préstamo estructural, que los mitos sirven como esqueleto y como lecho, para dar forma y acoger, y para encarnar y desplegar una historia que sea legible en varios planos simultáneos. Y vemos pronto que esos planos incluyen la realidad inmediata, los escenarios próximos y los hechos más tangibles. El mito en Prochazka es lo que siempre ha sido: siempre propio, no importa de dónde provenga; siempre local, no importa su extranjería.

La vasta geografía de Prochazka cruza continentes y navega mares y se sumerge en ellos o los excava: sus personajes avanzan siempre a la vera del camino, por su margen; difícilmente deciden rodear una montaña: la trepan o la horadan: son aventureros dispuestos a descubrir hasta el último accidente de todo territorio y, en caso de no hallarlo, están dispuestos a diseñarlo y construirlo y a dejar que su exceso los devore. La geografía de estos cuentos es a la vez natural y artificial, no menos escenario que escenografía. “Los planos anteceden a los edificios, pero la Geografía ha de ser previa a los mapas”, dice el narrador de “El breve mar”, para añadir de inmediato: “Esta convicción desaparecería de la mente del ingeniero Cristóbal Jonah (junto con muchas otras cosas) al anochecer del día cuatro de abril de 2016”. La enormidad de tal geografía, y su eventual artificio, se justifican en el traslado de quienes la cruzan o la habitan: el mundo crece a cada paso de Valderrama en “Conquistador”, se reduce con cada frustración del escapista en “Taylor”, se organiza como un símbolo con cada cambio de dirección del perpetuo peregrino en “El porquerizo”.

Esos viajes los ordena el mito: el castigo de Sísifo, que es vertical y regresivo; el martirio de Prometeo, que es la consunción que sigue a la indebida ascensión; el trayecto cifrado de Teseo, laberíntico; el de Ulises, uterino y espectral; el de Marlow, que los resume todos y es su seña invertida; el de Ícaro y Dédalo, quienes en un relato de este libro son la máscara que esconde el rostro de Minos. La omnipresencia de esos viajes añade la traslación como rasgo crucial a las historias de Prochazka, que no son jamás estáticas, sino circulares e interminables a un mismo tiempo: “Mañana remontaré el Odra por última vez hasta su origen. Habré completado mi círculo”, dice, dándonos la clave, el narrador de “El porquerizo”, cuyo viaje en apariencia circular acaba por dibujar sobre el mapa el inequívoco signo del infinito.

Los mitos recontados en este libro amenazan de modo constante con escapar a su locación original y cumplen siempre la amenaza: es al ver que el mito se desborda, que rompe el dique de su continente original, y se extiende como una mancha de tinta líquida sobre el mapa que estos personajes van trazando en cada página del libro, cuando tenemos la primera certeza de que en Prochazka no hay —como no lo hubo en Borges— inclinación escapista: el escritor levanta el edificio central de cada relato en algún punto distante del universo, lo mina y se tiende en la colina opuesta a observar su caída, sabiendo que la nube de lo derrumbado viajará hasta esa colina, y pasará sobre ella y volará a nublar el cielo donde sea que su lector se encuentre: los mitos de Prochazka flotan como una nube negra sobre el cielo de nuestras ciudades.

Sus mitos, pues, ocurren allá y también aquí: in illo tempore y en el año 2007, que es el futuro de su escritura: suceden en la duplicidad. Por eso, acaso, o porque el azar o el autor, que en estos cuentos son lo mismo, ha querido que la bivalencia fundamental de los relatos se reproduzca en otras zonas de cada historia, la operación más repetida en las narraciones de Prochazka es la duplicación, o incluso la infinita reduplicación, y el personaje más recurrente es el doppelganger. De hecho, la fundación de la duplicidad como forma narrativa y el nacimiento del doppelganger como su habitante son gestos idénticos en Un único desierto, porque la finalidad primera de ambos es la instauración de una voz narradora que sea a la vez mítica e histórica, contingente y trascendente: “yo, que ya no soy un hombre”, dice el narrador de “El premio” sobre la historia de su vida, que está a punto de relatar, “la contaré por última vez”: haber sido y no ser más, haber muerto y estar sin embargo a punto de morir, pero persistir a través de la propia voz evanescente: ésa es la naturaleza esencial de los narradores de Prochazka, y ésa no es otra cosa que la voz del mito, que además de personal e impersonal, es individual y colectiva a la vez, asible e inasible, próxima y arcana: “éramos —lo somos aún, lo sé— nada, lo mismo” (“El premio”).

Un doppelganger es paradojal, porque en la multiplicación de lo único postula la incertidumbre sobre la unidad original: los dobles en los relatos de Prochazka son máscaras enfrentadas detrás de las cuales poco o nada es seguro, todo es sombra y reflejo: uno, en “El premio”, se viste ya sea “de campesino —o de ladrón”; otro, en “Los dos monstruos”, teme ser apenas el halo o la estela de sí mismo, o peor, el halo o la estela de su propio enemigo, o ser tal vez el enemigo mismo, y no sabe “si aquello” que ve cuando se enfrenta a su némesis es “su propio reflejo o el monstruo, o el reflejo del monstruo, o él mismo, transmutado en monstruo o reflejo por la confusión”.

La primera cifra del doble es el individuo: la primera partición es interna. En “La mano de Kazka”, por ejemplo, son el cuerpo humano y su percibida regularidad los lugares de la duplicación, y es imposible descubrir si la modificación de ese cuerpo (o su sola simetría natural) quiebran la unidad de la conciencia, generando al doppelganger, o si es la esquizofrenia de la conciencia la que rompe al cuerpo por la mitad. El cuento, brillante, puede entenderse como la historia de un hombre que paulatinamente se convierte en sí mismo, empezando por una de sus manos. “Este reloj —decía— es la frontera de mí”. Y la mano, desde el otro lado de esa frontera, le envía un mensaje a la conciencia: “Abandona tu antropomorfismo”. Ver la unidad (la unidad del cuerpo, la unidad de la conciencia) como la suma de hemisferios enfrentados, convierte al (falso) individuo en un campo de batalla, y poco le queda entonces excepto renunciar a “todas las simetrías que había perseguido durante su infausta existencia”, salvo porque el fin del proceso de división (la esquizofrenia, la ruptura, el desprendimiento) es el inicio de una nueva dualidad: “ahora él era simétrico en el tiempo, había durado siendo él y ahora duraría no siendo él, o siendo él en la dirección opuesta”. Otro cuento, “2984”, nos permite entrever la opción contraria: el hombre manco que protagoniza el relato, de quien sabremos más tarde que es un rebelde en lucha contra un dictador orwelliano que no es otro sino él mismo —“él era el Gran Hermano”—, ha sacrificado en el pasado parte de su cuerpo (una vez más, la mano) para detener la metamorfosis que lo transmuta en su némesis: “como en el grotesco asunto de la amputación, pensó, una vez más todo dependía de él”.

La reacción inmediata ante el descubrimiento de la duplicidad es la violencia: la división y el desmembramiento, si se trata de sujetos; la guerra interna, si se trata de colectivos. En “El premio”, el enfrentamiento de los rivales es una guerra “caníbal”: la fagocitación que busca la unidad hace más visible la división, o simplemente más patética. En “Conquistador” —otro punto alto de la colección, relato intachable—, a Valderrama, un Cabeza de Vaca más solitario que el primero, le es vedada la visión de lo aborigen tras cuyos tesoros ha emprendido la invasión; en su lugar, se invade él a sí mismo, o lo acosa y lo invade el abismo de su yo desconocido, o abominado, y la inmersión en la tierra nueva acaba por quebrar la unidad de su conciencia: su identidad se pulveriza en “aquel continuo diálogo que sostenía en voz alta con el único ocupante de la isla”, que es él mismo; aborrece “la indeseable compañía de Valderrama”: conquistador sepultado en la soledad, es un Ulises que ciega su propio ojo para hacerse Polifemo antes de morir anegado por ese mundo desconocido.

Así, el sistema de máscaras y reflejos, las duplicaciones de Prochazka, acaban casi siempre adquiriendo la forma de una invasión, de una ocupación, pero son invasiones mutuas, reflejas, lanzadas desde las dos orillas o las dos regiones adyacentes a una sola frontera, que es la zona en disputa y que es siempre, necesariamente, una frontera interior. “2984” plantea la bipolaridad con la forma de los círculos concéntricos y la solución imposible de su enigma sería la solución al problema del poder como campo para la retroalimentación de la represión y la resistencia. El rebelde no es sino la cara oculta del Jano gobernante; el rebelde no es sin la cara oculta del Jano gobernante: “Había destruido al sistema. ¿Se había destruido el sistema a sí mismo? ¿Acaso se había destruido él al destruir al sistema? ¿Eran aquellas dos una única pregunta?”. Lo recorre un escalofrío al comprobar la ironía de su lucha: “Él era parte del sistema, como lo era también la Revolución del Arrozal”.

No son las de Prochazka elaboraciones gratuitas, sin fondo ético o moral. El narrador de “El porquerizo”, secuestrado por los Wiking, a quienes aprende a llamar Rus, estudia y aprende la cultura que lo agrede, y al hacerlo aplaca la violencia de su captura sin renunciar a su origen; el protagonista de “El premio” es un aculturado que hace suya la identidad de los otros, pero, en el mantenimiento de una doble pertenencia, aprende a vivir equilibrado entre lo propio y lo ajeno: su vinculación con ambos territorios, sin embargo, se da a través de la muerte (la pendencia de la muerte propia y la ejecución de la ajena, que en este caso es ciegamente suicida). Cuando la asunción de la duplicidad no halla ni siquiera ese equilibrio atroz, los seres se transforman en conflictos insolubles, como ocurre con el minotauro que Teseo persigue en “Los dos monstruos”, que “era un hombre muriendo y un toro muriendo compenetrados en un único agonizante cuerpo”. El narrador nos dice sobre él: “Algo había detenido al hombre en el toro y al toro en el hombre, y no podían tolerarse uno en el otro y no podían convertirse ninguno en el otro”. En ese mismo relato, Prochazka ensaya una versión de la historia de la barca nueva hecha enteramente con las partes de una barca vieja: “Teseo hubo de decirse al verlo: Algo aberrante debe haber en un objeto que existe dos veces en el Mundo. Palide­ció Teseo, recordó su piel antiguos temblores: no podía sa­ber si este bajel era el suyo, o el reflejo especular del suyo, o el suyo trasmutado en un reflejo”. Aunque en ese cuento la salida, endeble y negativa, sea la destrucción de una de las naves, cabe suponer en él una respuesta simbólica para el caso de los sujetos y los grupos duplicados: la (imposible, utópica) reunión.

¿Evade al Perú un libro escrito en Lima durante los años ochentas y noventas, cuyos temas más recurrentes son la división inacabable, la omnímoda espiral retroalimentaria de lo represivo y lo subversivo, la imaginación del mal como consecuencia perpetua del ejercicio del poder, la “guerra caníbal”, la violencia inaguantable de las “zonas de contacto”, la ferocidad aniquilante de las conquistas, la omnívora convivencia de las culturas enfrentadas? Dos relatos de este conjunto son transparentes en su escenario local: uno de ellos es “El breve mar”; el otro es “Cáucaso”. El primero sucede en el norte del Perú y en el futuro, y su argumento tiene que ver con un sueño de Poseidón. El segundo trascurre en un cerro liminar, entre un barrio rico y uno miserable, en Lima, y su protagonista, que se llama Fermín —quizá como homenaje a Enrico Fermi—, es una reencarnación (nunca he usado el término con mayor precisión) de Prometeo. De allí la pista del título, que alude al monte Káukasos, pilar del mundo clásico, donde Prometeo fue amarrado a merced del águila.

“Cáucaso” es un texto clave en la colección. Su actor principal, Fermín, no solo usurpa el fuego, como el previo Prometeo: usurpa la ciencia para poder usurpar el fuego. Es un obrero sin entrenamiento formal, pero capaz de prodigios eléctricos, y la fuente primera de sus conocimientos es siempre un misterio (“haría falta un doctorado en física para entender lo que hacía que las geniales intuiciones de Fermín funcionaran”). Y tiene otros dos rasgos en extremo significativos: su propia forma de duplicidad, aunque conflictiva —es un marginal, un violador de la ley, no siempre un altruista—, no lo carcome ni lo enfrenta consigo mismo, como sucede con casi cualquier otro ser complejo en las páginas de Prochazka. Su doblez es más paradójica: consiste en ser un héroe que sólo al final de su vida intuye ser otro héroe: “Recién entonces entendió Fermín”, dice la narración, cuando el personaje es puesto en el trance del sacrificio, “la pena que imponían los dioses a quienes se atrevieran a tomar su fuego”.

Es transparente que “Cáucaso” otorga dimensión heroica —más exactamente, titánica— a su protagonista, y que lo hace al colocar en un personaje de carne y hueso, exento de grandezas evidentes, las virtudes del arquetipo: esa es la intuida presencia del mito que flota como una nube sobre los cerros de Lima (a eso me referí páginas arriba). Es crucial que el personaje objeto de esa adjudicación emblemática sea el más real, cercano e indudablemente local de todos; lo es también que su tarea sea el tendido de cables y conexiones entre mundos segregados, y que el sentido del cuento sea meridianamente el de una crítica sobre la inequidad de nuestra sociedad. Más difícil, pero no menos interesante, será para el lector ir descubriendo en la bruma de los sueños de Prochazka, en sus escenarios a medio camino entre el mito clásico y la leyenda paneuropea, las sombras y los reflejos del país en que estos relatos fueron escritos. La clave para ese descubrimiento está en recordar que todos los cuentos de este libro ocurren en un único desierto; que cada vez que Prochazka parte algo por la mitad y lo transforma en dos, el marco de la duplicidad permanece uno y solo: uno y solo y desierto, como si el mundo fuera una campana de vacío y sus pobladores, condenados a la reproducción por partenogénesis, fueran todos, en el fondo, elementos de una misma unidad y de una misma historia (esa onda expansiva) hecha de azares que, a fuerza de repetirse, se vuelven necesidad: “En eso consistió, históricamente, la expulsión del Paraíso: algo ocurrido en Siria y Mesopotamia hace doce o diez mil años nos condenó al ahorro, a la espera, a labores agrícolas y a horribles planes quinquenales... en reemplazo de la alegría de la caza y de la inmediatez de la recolección, que nos habían entretenido durante doscientos y más milenios”.

El lector debería leer estos cuentos del modo en que sus personajes caminan por ellos: con espanto del reconocimiento, maravilla del hallazgo y consciencia de que el mundo en ellos crece con el movimiento de quienes entran en él. Y debe estar advertido de que en cada vuelta del camino lo espera un espejo a veces amigo y a veces traicionero.

Brunswick, Octubre de 2007

25 comentarios:

Anónimo dijo...

Me aburrió a la primera línea

Anónimo dijo...

"el lector debería leer estos cuentos del modo..." Por qué siempre estás diciéndoles a la gente lo que tiene que hacer? La literatura es el espacio de la libertad, no entiendes?

Carlos M. Sotomayor dijo...

Una estupenda noticia para quienes apreciamos la calidad literaria de Enrique Prochazka.

Anónimo dijo...

Pues esta introducción de por si ameritaría adquirir un segundo ejemplar de "Un único desierto", aunque la primera edición (difícil de conseguir) tiene el encanto de la edición princeps. Espero poder leer más de Prochazka pronto.

Prof. Kingsfield

Anónimo dijo...

Lei la primera linea de tu comentario sobre el libro y no puede mas. Como se te ocurre comparar a Prochazka con Borges?

Anónimo dijo...

anonimo de las 2>54, yo te descifro el enigma: F. lo hace "porsiaca", por si acaso en el futuro, porque bastante llena de azar está la vida. El señor Jorge Luis Borges Acevedo, bibliotecario bonaerense, no siempre fue Borges, es más, eso le sucedió bien entrada su vejez. Así es que F. juega su tinka intelectual, a lo mejor le resulta.

Daniel Salvo dijo...

Prochazka acaba de obsequiarnos con una muestra de su talento con el cuento "Kali", lo pueden leer en la revista electrónica "Velero 25", en la siguiente dirección:

http://www.velero25.net/pdfs/2008/kali.pdf

Anónimo dijo...

Cuelguen un cuento, a ver si me animo a comprar el libro.

vp dijo...

Si desean ver algo nuevo de Prochazka pueden ir a: http://www.velero25.net/2008/07jul08/jul08pg06.htm
y leer Kali su ultimo relato en la red.
La introduccion de Faveron me parece muy criptica y en cambio los relatos del autor no.
En todo caso en el enlace citado pueden hallar relatos de "Un unico desierto".

Victor Pretell

Anónimo dijo...

no es por joder, pero poner "sus personajes andan siempre a la vera del camino, por su margen", ¿no es redundante? ¿no es lo mismo, en ese contexto, "vera" y "margen"?

Andrew dijo...

Hola queria invitarte a que anotes tu blog en el directorio de blogs de bloguisferio.com

Anónimo dijo...

No termien de leer tu escrito por que me aburri

anunciante dijo...

"Un único desierto" se presentará en la Feria del Libro de Lima el 27de julio.

Anónimo dijo...

Aclaremos entonces. No es un nuevo libro, sino una reedicion de uno publivado hace 10 años.

Pense por un momento que era algo inedito, una nueva publicacion.

Entonces continua la sequia y a la vera del camino, al margen...

Anónimo dijo...

Olvidas decir que Prochas es tu amigo de hace más de diez años.

Anónimo dijo...

En el primer párrafo: Borges, y en el segundo: Joyce. Nada menos. Si bien la comparación no es explícita, deja sí una intención elogiosa a todas luces exagerada.

Anónimo dijo...

gracias por el dato, Daniel Salvo. El cuento es recontra-interesante. ¿Es inédito o está en esta colección de la que habla Faverón?

Harry Cañari-Atoche dijo...

Me parece bien que re-editen los libros que los merecen -al parecer éste lo cumple-. Creo que no se deben comparar Genios de la Literatura con aún aspirantes a ella. Buen mérito por él y lo que pido a Faverón es ser siempre como es pero sin afectar a nadie.

Saludos (Te leo siempre)

Harry Cañari-Atoche

Harry Cañari-Atoche dijo...

Me parece bien que re-editen los libros que los merecen -al parecer éste lo cumple-. Creo que no se deben comparar Genios de la Literatura con aún aspirantes a ella. Buen mérito por él y lo que pido a Faverón es ser siempre como es pero sin afectar a nadie.

Saludos (Te leo siempre)

Harry Cañari-Atoche

Anónimo dijo...

Gustavo: por qué vetaste la carta del narrador Rafael Inocente. Tienes que aclarar eso, porque hay un debate fuerte en el blog de Ybarra y te acusan de silenciar al escritor.

Daniel Salvo dijo...

Hola anónimo, el cuento Kali es una reciente entrega de Enrique Prochazka, tal parece que inédito. Y si, está buenísimo (a ver pues, donde están esos que dicen que la ciencia ficcion es un genero menor...)

Anónimo dijo...

Faverón, a lo importante, hable sobre el escándalo de la feria con más furia, la literatura es fuego, faverón, y usted cuando quiere calcina....... que no lo opaque tahys

Borrador Editores dijo...

Borrador Editores ha colgado una breve entrevista a Prochazka dentro de la FIL-Lima 2008, en su blog

www.borradoreditores.blogspot.com

Borrador Editores

Coco Lucho dijo...

Ùltimos dos pàrrafos de "El escritor argentino y la tradiciòn":

"Por eso repito que no debemos temer y que debemos pensar que nuestro patrimonio es el universo; ensayar todos los temas, y no podemos concretarnos a lo argentino para ser argentinos: porque o ser argentino es una fatalidad, y en ese caso lo seremos de cualquier modo, o ser argentino es una mera afectaciòn, una màscara.
"Creo que si nos abandonamos a ese sueño voluntario que se llama la creaciòn artìstica, seremos argentinos y seres, tambièn, buenos o tolerables escritores."

LuchinG dijo...

¿Y por què descartar desde el arranque a la opciòn No. 2?