10.6.09

Diferencias

La mirada del lector y las ideas del autor

¿Todos los que admiran a Pound, a Céline, a Mishima, a Jünger, admiran lo mismo? No lo creo.

Con frecuencia exagerada hacemos esa abstracción inconcebible de hablar sobre la figura del "escritor" como si los cientos de miles o millones de autores que pueblan la historia de la literatura fueran fáciles de reducir a una lista de cualidades y rasgos universales.

Con frecuencia mayor e incluso con más distracción hablamos sobre "el lector", como si los cientos de millones de lectores en el mundo leyeran para lo mismo, con la misma intención, con iguales anteojos, similares expectativas, idénticos juicios y prejuicios.

Incluso cuando nos ponemos más finos nos quedamos muy cerca de la total abstracción: hay un lector ideal, un lector modelo, un lector competente, un horizonte de expectativas, un lector in fabula, un lector oficioso, un lector oficial: caras sin rasgos propios.

Aún abstracto, pero menos, será decir lo siguiente: hay lectores que leen por el argumento --parafraseo a Peter Brooks--, lectores que leen por la forma, lectores que leen por las ideas, etc. Por supuesto, el lector ideal leerá por todo ello y mucho más: una comprensión estética, filosófica, histórica, política. Pero sabemos que nadie es ideal.

Y entonces repito: ¿todos los que leen y admiran a Pound, a Céline, a Mishima, a Jünger, admiran lo mismo? Tengo la impresión de que no, y tengo además la impresión de que mi respuesta conduce a un terreno difícil y pantanoso.

Yo, como muchos, admiro profundamente la poesía de Pound y las historias de Mishima; también tengo aprecio por las novelas de Jünger y Céline. Todas ellas son expresión palpable de su tiempo y frutos reconocibles de una identidad y una subjetividad torturada y tortuosa, literatura que nos enfrenta al fantasma reiterado del mal en el centro mismo de la modernidad.

A su vez, no importa cuán dislocada y rencorosa fuera por momentos la relación de esos autores con el universo que les tocó vivir, sus obras son escenarios regidos por la apariencia de una lógica perfecta, legitimados hacia adentro de sí mismos por una voluntad casi inagotable de dar forma articulada a un mundo real que se percibe como caos y decadencia.

A todos ellos, en algún momento, los atrajo alguna forma de autoritarismo modelada a partir de un rechazo a lo que veían como la caída del mundo tradicional en las garras de la modernidad. Sin embargo, la inclinación a veces totalitaria, a veces autoritaria, a veces abiertamente fascista de sus obras, su espíritu abarcador, es, paradójicamente, inconcebible fuera de la modernidad.

Sólo la modernidad, al engendrar discursos intelectuales, racionalistas, cientificistas, grandes teorías de la humanidad como el discurso liberal, el marxista, el psicoanálisis, el darwinismo, alejados todos de la explicación mágica, esotérica, mística, con un impulso, más bien, hacia la secularización, habilitó a la literatura para emprender la construcción de mundos ficcionales también racionalistas y tan abarcadores como la novela naturalista, la realista y sus infinitas secuelas.

La novela modernista hizo posibles a escritores como Jünger o como Orwell, inconcebibles fuera de ese marco, inconcebibles sin la idea moderna elemental de que un solo escritor es capaz de crear una sola teoría que explique el mundo en más de una dimensión, no sólo teológica, claro, pero tampoco sólo histórica ni sólo política ni sólo psicológica, sino todas a la vez: lo que Vargas Llosa solía llamar la "novela total".

Sólo en la modernidad, incluso, la literatura se ha permitido soñar con la reinstitución ficcional de momentos históricos previos: la utopía del pasado, la recuperación de la historia, o su invención o reinvención.

Ahora bien, yo no leo a Jünger o a Céline o al Mishima más descalabrado porque sus ideas sobre el mundo me parezcan notables, sino porque me parecen de una bizarría absoluta (en el sentido que tiene la palabra "bizarro" en todas las lenguas romances excepto el español: demencial, desmedido, extraño, inusual, raro, descabellado).

Porque colocan a un lector como yo en el abismo que se abre al final de la razón: la zona riesgosa de la barbarie, la locura, la insania, la alienación.

No soy, pues, el lector que esos autores buscaban; pero acaso sea un lector más saludable que aquellos que encuentran en sus ficciones la clave para comprender el mundo. Quienes leen a estos escritores para develar el secreto del universo, intuir una verdad trascendente dicha al pie de la letra, glorificar la alienada misantropía que los movió como si ella fuera una forma profunda de humanismo, quizás estén aceptando el deseo que arrastró a aquellos a escribir sus libros, pero también están buscando algo que no se encuentra en esas páginas: una verdad moral intangible, un saludable y heroico programa de vida.

En el Perú por muchos años los antropólogos leyeron a Arguedas como si sus obras fueran no una ficción del mundo andino, sino el mundo andino mismo. Hoy, hay politólogos que leen a los grandes fascistas como si hubieran escrito los evangelios. ¿Quién les explicará que no es así? ¿Quién les dirá que, afortunadamente, en lo que a política respecta, Mishima y Pound y Jünger y Céline, vivieron en vano?

19 comentarios:

José Javier Franco dijo...

Muy buen artículo, realmente. Acaso no comparto el final, puesto que considero que ese lugar desde el que lees, el lugar de la ironía, del cuestionamiento de la razón "moderna" y, quizá también, "posmoderna", es un lugar político, aunque a los políticos no les guste. Es pensamiento crítico, y no se puede leer sin él, a menos que leamos ficción como leen los creyentes sus respectivas biblias, una verdadera pérdida de tiempo, si a eso vamos. En todo caso, me permito decirte que me contentó leer este texto tuyo y creí oportuno y necesario decírtelo.

A. R. dijo...

Alguna vez leí Viaje al Fin de la Noche. Francamente no me acuerdo haber leído algo expresamente racista en sus páginas.

Y si hubo algo así, debió haber quedado opacado por la enormidad (cualitativamente hablando) de esa novela.

Para mí ha sido una de las novelas más antiheróicas y antibélicas que se hayan ecrito. Sobre todo su primera mitad.

Y ni hablar del profundo escepticismo que puebla todas sus páginas.

En fin, nunca me hice bolas con el antisemitismo de Céline.

saludos

A. R. dijo...

Sobre Céline

En realidad debí haber dicho "profundo nihilismo" en vez de "profundo escepticismo"

escéptico es aquel que duda. Nihilista, en cambio, es aquel que no cree en nada.

Viaje al Fin de la Noche es tremendamente nihilista.

saludos

Anónimo dijo...

Oye, tú te debates en detalles de bibliotecaria miope y mañana las universidades del Perú salen a marchar contra la pandilla aprista. Baja de la nube pe

Anónimo dijo...

Excelente post, un diagnóstico especialmente sensato, de la aproximación de los metatrash a las obras de estos autores.

Anónimo dijo...

Pero bizarro hasta donde yo se, es raro, disparatado, inusual.
¿Cual es el otro sentido?

Luissiana Naranjo dijo...

Me gusta el concepto de variabilidad del lector y su intención de búsqueda...
Importante también es la fusión del autor con el lector.
Saludos

Anónimo dijo...

Declaro mi admiración por Céline, sin dudas. Pero declaro a la vez la molestia, la contradicción que me produce su biografía. Como cuando descubres que tu padre era ladrón, por ejemplo. No puedes dejar de amar en él las cosas que siempre amaste, me imagino. Yo resuelvo las cosas así: tal vez Céline el hombre, tal vez también también es objeto de una profunda piedad para mí. Una piedad especular, que es pedad por mis propos fantasmas, quizás. Si, pues, tal vez en eso soy demasiado cristiano: deploro el pecado, pero no odio al pecador. Aunque tampoco los desligo: vamos responsabilidad estética y responsabilidad ética, en mi perspectiva son dos caras de una misma moneda. Solo la experiencia del hambre y del desamor pueden explicar al menos en su punto de partida, una obra tan deslumbrantemente pesimista y sincera como la del genial "clochard". Esa vida que veces te parte en dos, cuando se filtra en el Viaje al fin..., y la voz del narrador describe cómo lloraba de niño envuelto en caca, por ejemplo. Quién puede pasar de largo por esa obra? En ese sentido la obra se salva, sin duda, pues no es responsable históricamente. Es una hija de su tiempo, y es un desafío moral. Incluso para quienes la deploran, atacados de moralismo, tienen que agradecerle su visceralidad.
CV

LuchinG dijo...

El otro sentido de "bizarro" es "gallardo".

Derechopata dijo...

¿Que busca un lector de un escritor? ¿Que busca un escritor de un lector?

Anónimo dijo...

¿Y si no se trata de "buscar"?

¿Porque el asunto tendria que circunscribirse a "buscar"?

Si me pongo a leer una buena novela con la idea de "buscar", probablemente terminaria o loco o aburrido, pero de seguro que no la terminaria.

Podria decirles, que para mi leer una buena novela tiene que ver con experimentar, por ejemplo, una experiencia placentera. No me interesa en absoluto, la vida de su autor, porque la obra en si es un universo propio e independiente. Tiene vida propia. A diferencia de su lector, que ademas de vida propia, puede tener una que le es impropia. O pueden ser -los mas-, unos pobres infelices.

Anónimo dijo...

bizarro: generoso, valiente, lucido, esforzado.

Ahora resulta que la palabra esta nos saca la vuelta; puede significar blanco o negro, dia o noche, odio o amor, dolor o goce....

laveron dijo...

Gustavo:
Vengo siguiendo este asunto y la verdad...como dice un dicho de estas tierras:
"no gastes pólvora en chimangos".
O sea, no le des más vueltas a esto pq. esa gente no razona ni le interesa razonar. ¿alguna ves viste a un fascista que razone? Sobre todo si se encubre y dice que no lo es.

Espero algún día un post sobre el ensayo de Vargas Llosa acerca de Onetti. Este año, aquí, es el año nacional Onetti porque corresponde a su centenario.
Dicho ensayo, con todo respeto, me pareció errado en algunas cosas pero me gustaría una opinión tuya, que sos el que sabe.

Y basta de metapolítica. No vale ni una palabra más tuya sobre ese asunto.

Beso!

Laura

PD: Pound y Celine son lo más. lo otro de ellos, triste. Su obra es lo que importa. Lo demás es biografía.

Anónimo dijo...

Gustavo:
Usas pincel delgado para argumentar pero tus conclusiones son con brocha gorda.
Concluyes lapidario:
"en lo que a política respecta, Mishima y Pound y Jünger y Céline, vivieron en vano".
Es francamente tonta esa conclusion, y una broma cruel de taquito respecto al suicidio de Arguedas.
Estoy de acuerdo con tu antifacismo, pero no puedes reducir la opinion politica de esos escritores con esa vieja etiqueta porque, precisamente debido a su calidad, a la multiplicidad de matices y lecturas posibles, que los hacen memorables, escapan a tales reduccionismos criticos.
No son "locos" porque no piensen como tu. Soslayando lo facista o totaiitario de sus opiniones, sus textos van mucho mas alla. Lo mismo puede decirse de Borges, e incluso de Vargas Llosa.
Es decir, todos conocemos el racismo de Borges y las opiniones politicas de Vargas Llosa son muchas veces deplorables. Sin embargo, ambos son muy buenos escritores. Y son excelentes "pese" a sus estupideces politicas.

Shema

laveron dijo...

alguna VEZ viste (debí decir)

qué horror!

Anónimo dijo...

ya leiste al facho ese de correo?

http://www.correoperu.com.pe/correo/columnistas.php?txtEdi_id=4&txtSecci_parent=&txtSecci_id=84&txtNota_id=73466

Juan Murillo dijo...

Quizá lo que busca el autor es que lo entiendan y no que concuerden con él. Es mejor, para el autor, el lector que disiente, que el que reinterpreta el texto y lo lleva por la senda que mejor le parece a él, como si el autor nunca hubiese existido.

Sentenciero dijo...

Excelente reflexión y perfecta oportunidad que me das para reflexionar sobre las razones para la búsqueda de estos grandes autores que propones (y tantos otros con los que uno se topa a diario, con los que convive a pesar de saberlos muertos). Hace poco se discutió en un blog el papel de los prejuicios a la hora de leer las obras literarias, y pienso que acá se vuelve un tema fundamental: leeré un libro como un evangelio si mi visión del mundo se reduce a dicotomías de buenos o malos, lindos o feos.
Quitando contenidos panfletarios, Céline y Mishima, por ejemplo, son autores geniales.

Anónimo dijo...

oh, no, primero farrah, luego alicia y michael, y ahora puenteareo... la cultura está de luto