4.7.09

Propios como ajenos

Sobre un artículo de Gustavo Guerrero

Echándole una mirada al blog de Iván Thays, llego a un artículo de Gustavo Guerrero, publicado en la revista Letras Libres bajo el título Crítica del panorama.

El ensayo de Guerrero --vasto de expectatvas y sólido en sus referencias-- tiene como centro la formulación de una pregunta: ¿existe un rasgo o un conjunto de rasgos que alcancen para definir la línea maestra y la dirección en la que marcha la literatura latinoamericana contemporánea?

En respuesta a su propia interrogante, Guerrero sostiene que, a diferencia de lo ocurrido en los años del boom y las décadas inmediatamente posteriores, el paisaje de la literatura regional hoy no puede explicarse en términos "totalizadores", dado que se han diluido hasta desaparecer los dos "metarrelatos" cruciales que le daban forma:

"Me refiero, por un lado, al metarrelato revolucionario que encarna en aquel
momento la Cuba de Castro, la narrativa marxista que hace de la literatura
latinoamericana la vanguardia estética del combate político por la emancipación
continental. Y me refiero, por otro lado, al metarrelato de lo real maravilloso
o el realismo mágico, la narrativa cultural que ve en esta variante del género
fantástico el punto final del largo viaje de la literatura latinoamericana en
busca de una identidad colectiva. Ambos relatos, que tuvieron antaño el poder de
reunir una multiplicidad de autores y de obras bajo un solo principio, hoy han
perdido buena parte de su prestigio, de su fuerza descriptiva y su capacidad
aglutinadora".
Quiero formular unos pocos reparos. El primero y más evidente es que el ensayo de Guerrero (como ocurre en mucha crítica con creciente asiduidad) se refiere de forma constante a "la literatura latinoamericana" pero jamás considera ni evalúa otra cosa que no sea la narrativa hispanoamericana de ficción. Si el tema que se discute es la posibilidad de una mirada panorámica, mal se hace en recortar el paisaje de manera tan arbitraria.

Mi segundo reparo: el llamado "metarrelato revolucionario" del proceso cubano sirvió de aliento retórico y objetivo idealista sólo para un cierto sector de las letras latinoamericanas, y apenas por un periodo breve de tiempo.

Sería ocioso recurrir a las cronologías para hacer notar cuán pronto el romance se deshizo, y con qué celeridad la figura de Castro pasó de ser un aglutinante a transformarse en una línea divisoria: no ocurrió ayer, sino cuatro décadas atrás.

La fe en la revolución castrista no es precisamente un rasgo que haya animado la obra de Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante, Virgilio Piñera, Reynaldo Arenas o Heberto Padilla, para mencionar únicamente a autores cubanos activos en aquel periodo y, la mayoría de ellos, sólidamente axiales en cualquier panorama de las letras hispanoamericanas del siglo pasado.

Tercera observación. El realismo mágico y lo real maravilloso --que son cosas distintas y, por tanto, no configuran un mismo "metarrelato"-- no han sido nunca rasgos generales, ni mucho menos los rasgos cruciales, de las letras latinoamericanas, ni siquiera en el momento de mayor auge de la imaginación fantástica regional, e incluso a pesar de ser los modos literarios más plenamente identificados con nuestra tradición en el resto del planeta. Es más: adscribir enteramente las obras de autores como García Márquez o Juan Rulfo a alguna de dichas poéticas sería ya un ejercicio de simplificación y una parcialidad.

A cuento viene algo que he escrito ya muchas veces: el realismo mágico no fue recusado recién cuando se produjo la aparición de McOndo o el Crack, tal como la crítica circunstancial y la autobiografía de algunos escritores insiste en repetir. El mismo García Márquez había abandonado el proyecto del realismo mágico mucho antes de que los autores de McOndo y el Crack hicieran siquiera sus primeros intentos literarios.

Esto para no mencionar un hecho todavía más transparente: que García Márquez fue el único escritor del boom cuya obra transitó parcialmente por el camino del realismo mágico, ruta notoriamente irrelevante en el trabajo de Vargas Llosa, Cortázar o Cabrera Infante, y apenas mínima y lateral en el de Donoso o Fuentes, de modo que inclusive si uno cometiera el pecado de reducir la literatura latinoamericana del siglo veinte al póker de ases de la novela del boom, la centralidad del realismo mágico estaría nublada de dudas.

En resumen, la crítica que habla del "metarrelato" revolucionario y de las poéticas del realismo mágico y lo real maravilloso como rasgos ubicuos y "totalizadores" de las letras latinoamericanas en cierto momento histórico (la segunda mitad del siglo veinte), no está formulando una constatación veraz, sino una generalización arbitraria e inconducente. ¿Por qué, entonces, seguir dándole crédito al error?

Esto que digo puede ser un truísmo para muchos, pero no es poco importante. Si Guerrero encuentra que la diferencia central entre las generaciones pasadas y la contemporánea es detectable, precisamente, en el hecho de que las actuales hayan abandonado cualquier fe en los mencionados "metarrelatos", constatar que esos "metarrelatos" tampoco fueron rasgos generales ("totalizadores") en su tiempo nos deja sin diferencia alguna detectada.

Se insiste en afirmar (lo hace, por ejemplo, Iván, en su comentario al artículo de Gustavo Guerrero) que el rasgo distintivo de la nueva literatura frente a la anterior es su pluralidad. Eso me parece injusto y sesgado: pocos momentos de las letras hispanoamericanas han estado tan poblados de disidentes y alternativos como las décadas que antecedieron al boom, o que lo siguieron inmediatamente o coincidieron con él: el tiempo de Levrero y el segundo Borges, de Bioy Casares y Sabato, de Hinostroza y Pizarnik, de Caicedo y Lamborghini, de Mujica Láinez y Di Benedetto, de Armonía Somers y Jorge Ibargüengoitia, de Rodolfo Wilcock y Blanca Varela.

Intuimos que alguna diferencia existe entre aquellos periodos y los más recientes, sí, pero no la logramos señalar. Por un lado, el realismo mágico no explica la poesía de Paz, lo real maravilloso no entiende la narrativa de Ribeyro, ni el socialismo populista ni el marxismo heterodoxo comprenden a Onetti, y la filiación procubana no existe en las páginas de Eielson.

Por otro lado, Bellatín y Rey Rosa son muy distintos, como dice Guerrero, y es verdad que Zambra, Ronaldo Menéndez y Antonio José Ponte son disímiles hasta el colmo. Pero de ninguna manera son más distintos entre sí que Monterroso y Walsh, Arguedas y del Paso, Scorza y Pitol, Denevi y Edwards, Arreola y Lihn, Puig y Roa Bastos.

Señalar la pluralidad actual como diferencia ante una cierta homogeneidad de antes equivale a reducir el pasado a un panorama infinitamente deformado y violentamente privado de su rasgo más vivo: la profunda multiplicidad de miradas estéticas e ideológicas que habitó y dio forma a ese pasado y que condujo a nuestro presente. Es más: hacerlo nos deja sin posibilidades de comprender de dónde proviene la multiplicidad de hoy.

Es sintomático, por otra parte, que el artículo de Guerrero no mencione al autor en quien, quizás, el tránsito de una época a otra sea más notorio e intenso, más vívido y problemático, más rico y, dialécticamente, más sintético: Roberto Bolaño, el gran virtuoso de esa narrativa fragmentaria que es tan querida a los más jóvenes autores de la región, pero autor en cuyas novelas, irónicamente, la yuxtaposición de fragmentos no renuncia jamás a la tendencia magnética y aglutinante que animaba las más ambiciosas "novelas totales" del boom.

Que, en esta época de libros flacos y ficciones mínimas, los buques insignia de la nueva novela latinoamericana sean Los detectives salvajes y 2666 es una señal de que el afán abarcador y la intuición de la totalidad no han sido abandonados, sino quizás apenas empujados unos metros más allá, en esa oscilación y ese zigzagueo que es nuestra historia literaria.

También me llama la atención que el interesante artículo de Guerrero ofrezca recetas y rutas posibles para el futuro de la novela de la región: el impulso de la globalización y su ansiado telos, la final globalidad, una escritura que empiece por abrirse todas las fronteras y a todos los lectores. La sola sugerencia debería enseñarnos a notar que la globalidad no es un proceso de apertura equitativa desde todos los rincones del mundo, sino uno en que se espera de los márgenes y las periferias una adecuación al lenguaje de los centros y las metrópolis.

¿Por qué los escritores latinoamericanos deberían preguntarse qué versión de la "identidad latinoamericana" esperan encarnar, cuando es transparente que los escritores parisinos, madrileños o londinenses que sean ajenos a cualquier grupo minoritario no sienten siquiera la inquietud de preguntarse qué modalidad de lo francés, lo español, lo inglés y, muchísimo menos, lo europeo, representan o han de representar?

La pregunta, pienso, la resolvió en parte Borges hace medio siglo, en "El escritor argentino y la tradición". Los autores latinoamericanos tienen una posición simultánea dentro y fuera de las historias y las culturas occidentales, una orilla propia, mar y tierra a la vez, desde la cual lo mejor de todos los mundos puede asumirse y hacerse propio.

La historia de la literatura en la región es la historia de todas las apropiaciones, asimilaciones y reivindicaciones deseadas y llevadas a cabo, pero eso no es una renuncia al perfil propio sino una autorización para forjarlo a la medida del aire y del impulso de uno mismo y del propio origen. No a la medida y al impulso del mercado global, ni a la medida de editoriales y agentes literarios, ni a la medida de imperiosas necesidades comerciales, factores que muy poco tienen que ofrecer a la renovación y la vitalidad del arte. (Y Borges, de quien estas ideas se desprenden, es curiosamente el mejor de los latinoamericanos que todo el planeta lee).

Ahora que está de moda detestar y renegar del realismo mágico, quiero poner, con afán polémico mal disimulado, una nota discordante: como lo fantástico borgeano o el vanguardismo de Vallejo, el realismo mágico en su versión latinoamericana fue capaz de ofrecer a la literatura universal un lenguaje y un imaginario idiosincrásicos: poderosamente modernos, agudamente renovadores, crucialmente diferentes, una de las pocas cosas que la historia y la crítica de la literatura occidental necesariamente tienen que atribuir a los autores de esta región, cuando estudian, por ejemplo, la obra de Rushdie o Morrison o Mahfuz o el último Mulisch.

¿Qué cosa similar puede decirse sobre los recusadores locales del realismo mágico, no importa cuán brillante pueda ser, eventualmente, su ejercicio literario? Creo que muy poco, si es que algo. Y si es así, ¿no será momento de sonar menos agresivos, silenciar un poquito el llanto de hijos renegados, mirar un tanto más hacia adentro y buscar una originalidad real en lugar de una asimilación sin pena ni gloria? ¿Y no será que buena parte de esa originalidad se encontrará en el seguimiento polémico, crítico, inteligente y quizás también, por qué no, constestatario y saludablemente, selectivamente, sensiblemente parricida, de las líneas maestras de nuestras propias tradiciones literarias?

7 comentarios:

Sr. H.M. dijo...

Yo, como estudiante de filología con lagunas -achacables tanto a mi despiste como a mis profesores- tengo dudas a la hora de diferenciar el llamado Realismo Mágico.Te agradecería mucho si te pudieras tomar unos minutos y aclararme esto u orientarme mediante bibliografía u obras, digamos, insignes de dicho género.

Anónimo dijo...

Excelente artículo, y sería interesante ver si Letras libres lo publica, y no necesariamente como carta. Los que hacen y deshacen en esa revista se dicen herederos de Octavio Paz, pero la verdad es que Letras libres no tiene ni por asomo el nivel que alcanzó Vuelta: ¿No será una señal de la distancia que separa a la generación del boom de la generación actual? Otra cosa: en Letras libres predomina la agenda política. Los escritores jóvenes nacen y crecen en torno a Enrique Krauze. Los monstruos de Krauze son García Márquez y Fuentes. Por lo tanto, algunos escritores jóvenes, para ganarse la aprobación de su guía, escriben algunas tarugadas con la ilusión de que David puede tumbar a Goliat; hace unos dos meses, alguien escribió que "Cien años de soledad" terminaría siendo lectura de escuela primaria, y Letras libres lo publicó con entusiasmo; Rafael Lemus, joven crítico, impunemente sentenció que Fuentes envidiaba a Bolaño. ¿Cómo lo sabe? Lo deduce arbitrariamente de una declaración en que Fuentes afirma que no lo ha leído. Hay mucho descuido en la revista mexicana, hay también falta de nivel e inspiración, salvo cuando escribe un grande del pasado como Vargas Llosa; me pregunto si el artículo de Guerrero se hubiera publicado en tiempos de Paz. Gustavo afirma que es un artículo interesante, pero lo cierto es que este post se encarga de desmenuzarlo hasta que no deja un solo argumento en pie. Así pasa a menudo en Letras libres, donde a cierta indigencia intelectual, acompaña, ahora último, los golpes de pecho por haber aplaudido por más de un lustro las acciones de Bush y el deseo soterrado de que a Obama le vaya peor.

LuchinG dijo...

El realismo mágico (al menos elde 100 años) a mí siempre me ha parecido que transportaal papel parte de lo que cuentan y hacen algunas personas; quiero decir, si alguien te cuenta que su papá se ponía a hablar con los duendes o que ellos mismos tuvieron una muy seria conversación con su bruja de cabecera, siempre tratan de contarlo como algo extraordinario, pero al mismo tiempo en muchos de los detalles, sin querer, lo toman como algo normal y cotidiano. ¿No será realmente contra eso que se rebelan los que reniegan -equivocadamente, según tú- del realismo mágico? ¿No será más bien un parricido no contra García Marquez (aunque así lo crean ellos) sino contra sus propios padres, contra su propio contexto cultural?

Anónimo dijo...

mejor defiende a tu cumpa Frisancho que Coral le saca la michi sutilmente en su blog.

asuzador baguano

Anónimo dijo...

THAYS DICE QUE EL RASGO DISTINTIVO DE LA LITERATURA LATINOAMERICANA ES LA PLURALIDAD. ME QUIERES DECIR CÓMO DIABLOS PUEDE SER UN CONCEPTO GASEOSO COMO LA PLURALIDAD UN RASGO DISTINTIVO DE NADA?

ME PARECE QUE ES UNA FORMA "BONITA" DE DECIR QUE LA LITERATURA LATINOAMERICANA ES AMORFA, NO TIENE CENTRO Y ESTÁ PERDIDA EN EL DESVARÍO DE LAS EXIGENCIA MARKETERAS EDITORIALES Y LAS NOVELAS DE CONCURSO Y LA "MARGINALIDAD" MAL ENTENDIDA.

Anónimo dijo...

Es uno de los mejores post que he leido de usted. Como se nota el efecto de las vacaciones.
Que importante oxigenarse de vez en cuando.

Anónimo dijo...

¿Cuál es la diferencia entre realismo mágico y lo real maravilloso?