18.9.09

שנה טובה

Shana Tova Umetukah

En los años treinta, cuando apareció su novela
Huasipungo, el escritor ecuatoriano Jorge Icaza se convirtió en uno de los personajes más discutidos del mundo literario en lengua española.

Al impacto notorio que la brutalidad de su ficción tuvo en el público ecuatoriano, se añadió casi de inmediato el éxito vendedor de la novela en todo el continente. Y a ambos se agregó poco más tarde una polémica que, en cierta forma, no se ha disipado siete décadas más tarde.

La novela de Icaza fue escrita en una encrucijada: en ella se intersecaron los alientos finales del naturalismo narrativo con los primeros del realismo social; los finales del indianismo criollo con el impulso regionalista; los chapuceos del activismo marxista ecuatoriano con sus primeras reivindicaciones indigenistas.

Icaza, además, atravesaba un periodo furibundo de desencanto político, tras la censura gubernamental de una de sus piezas teatrales: la novela no había sido nunca el vehículo primario de su elección; era un recurso una vez que se le había quitado la posibilidad del escenario y la dramaturgia.

En el libro confluyen aquellos impulsos ideológicos y esta nueva rabia personal: el relato es oscuro, patético, sangriento y muy sucio, su historia es mórbida, terrible, tan abusiva con el lector como con sus personajes, en extremo violenta y desesperanzada.

Los indígenas de Icaza son poco menos que animales, seres denigrados y ultrajados hasta el punto de su dehumanización; no son simplemente un grupo humano victimizado de manera consuetudinaria y secular: son una raza derruida, carcomida, disminuida y desvirtuada.

Como sucede con las obras de más de un indigenista contemporáneo suyo (López Albújar, por ejemplo), es difícil, ante la ficción de Icaza, establecer todas las dimensiones de su mirada sobre lo indígena, que parece alternar entre el asco y el miedo, la admiración ante el sufrimiento soportado y el rechazo de lo que se muestra, después de todo, como un primitivismo ofensivo y una enfermiza inferioridad.

A diferencia de López Albújar, sin embargo, sabemos que Icaza fue siempre meridiano en afirmar que su novela era una defensa de los indígenas, una denuncia de las condiciones de su explotación, su marginalización y su abuso. Icaza quería que
Huasipungo le abriera los ojo a los ecuatorianos, que los convocara a la acción renovadora y al cambio político y social.

Pero Icaza estaba, en cierta forma, atrapado por las ideologías de su tiempo: su lado filo-marxista le decía que la organización tradicional indígena era premoderna y por tanto debía ser superada; su proto-darwinismo social le indicaba que el prolongado sometimiento y el trato infrahumano podían haber convertido a los indígenas, de facto, en una especie degenerada, acaso irremisiblemente; el saber común de la épooca lo forzaba a pensar dentro de los linderos de lo racial, desde donde es siempre fácil deslizarse, incluso involuntariamente, incluso contra los propios ideales, al territorio del puro racismo.

¿Cómo reivindicar una raza y defenderla si se piensa el mundo en los términos en que el mundo era pensado en tiempos de Icaza: como un complejo mapa de yuxtaposiciones entre grupos racialmente determinados? ¿Cómo, si se supone, como ocurriía entonces, que las razas no sólo determinan apariencias y condiciones físicas, sino también, necesariamente, herencias morales, una genética de atavismos transmitidos de generación en generación, y que esos atavismos condicionan el carácter social, moral, intelectual y cultural de sus portadores?

En otras palabras, ¿cómo podía Icaza defender a una raza si la evidencia de sus textos parece indicar que esa raza, para él, era un colectivo degenerado en la historia y en la herencia social? Icaza, con el potencial rechazo que su obra puede ocasionar en el lector contemporáneo, tiene un mérito muy particular:
Huasipungo es el esfuerzo reivindicativo de un autor que intenta sobreponerse a sus propios prejuicios para someterlos a un objetivo más limpio: el de sus ideales; particularmente, un ideal de igualdad social: es el ejemplo de un intelectual que da un paso fuera de la prisión del sentido común de su época, su clase y su origen.

Hoy todavía, pasadas siete décadas, escuchamos a personas que se refugian en ese sentido común para perdonar sus propias faltas en lugar de luchar para abolirlas. Todos sabemos quiénes son: esos que dicen: "no sean hipócritas, todos somos racistas, así somos, qué podemos hacer, así me criaron, eso aprendí desde chico, para qué me voy a escandalizar del racismo si es la norma en el mundo en el que vivo", etc.

Aquellos lectores que hacen lo insusual con los demás libros de Jorge Icaza, es decir, leerlos, en vez de memorizar el nombre del autor y, acaso, darle una rápida mirada a
Huasipungo, descubren una realidad que debería ser profundamente excitante intelectualmente: que Icaza fue revirtiendo ese esquema racial y racista del cual partieron sus primeros libros, que fue empatando poco a poco su mirada de la realidad con lo que al principio había sido poco menos que un ideal auto-impuesto desde la ideología pero a pesar del sentido común.

Es decir, que dio una lucha de cuarenta años para que la noción de la plena igualdad de las etnias, que entrevió en su socialismo de juventud y que lo condujo, casi contraintuitivamente, a la escritura de sus primeros libros, se convirtiera en efecto en el motor de un nuevo y distinto sentido común para toda su sociedad.

No ganó esa lucha, como no la ganaron de inmediato Alcides Arguedas o José María Arguedas, en Bolivia y en el Perú. En los países andinos, lo indio y lo cholo aún están en camino a la difícil reivindicación, y el camino ha tenido curvas demasiado abiertas, que lo han alejado temporalmente de su destino más de una vez.

En el Perú, por ejemplo, incluso una gran parte de quienes no ejercen activa y cotidianamente alguna forma de racismo, siguen pensando el mundo en términos raciales: todavía un candidato político puede llamar la atención, positiva o negativamente, por su origen étnico, porque es japonés o porque es indio o porque es mestizo o porque es blanco, por las cualidades o los defectos de su estereotipo antes que por las de su carácter o su discurso.

No tendría por qué ser así. Incluso si quisiéramos, ociosamente, parasitariamente, refugiarnos en la comodidad de pensar que no es nuestra culpa, porque así nos ha formado nuestra sociedad, incluso en ese caso, no tendría por qué ser así: la primera lucha contra el racismo, especialmente en un país extensamente mestizo en todas sus aristas, es una lucha personal, una lucha íntima, una lucha por abolir los propios prejucios y las prácticas que se derivan de ellos.

En la blogósfera hay una bitácora escrita por un peruano que vive en los Estados Unidos, que ha hecho su objetivo permamente la lucha contra el racismo. El problema es que el administrador de ese blog parece incapaz de evitar referirse a todas y cada una de las personas a las que critica caracterizándolas en función de su origen y su raza, para acabar desestimándolas no por lo que dicen o piensan o hacen, sino por lo que son.

Apenas ayer, recibí un comentario de otro blogger que, queriendo contradecir ciertas afirmaciones mías sobre la edición y la comercialzación de los libros de Hitler, se dirigió a mí llamándome "rabino", como si en ello se cifrara una cierta descalificación, como si la referencia fuera suficiente para desestimar o minar mis argumentos.

Ese blogger jamás se reconocerá como racista, a pesar de que hace unos meses escribió un texto destinado a burlarse del hecho de que cierta actriz peruana de origen andino se reconociera como aficionada al heavy metal, atreviendose con ello a salir del dique de lo que se espera de una mujer india.

Estos bloggers están en las antípodas de Icaza. El ecuatoriano era capaz de reivindicar la noción de igualdad en la práctica y como telos, por encima de los esquemas de prejucio dentro de los cuales él y todo su mundo se movía. Estos bloggers, en cambio, quieren reivindicar una supuesta igualdad sin abandonar ninguna de las prácticas asociadas con el esquema mental racista: quieren luchar contra el racismo propugnando el endurecimiento de los estereotipos.

En este año nuevo judío, se me ocurrió escribir sobre este tema y ver si a alguien le interesa reflexionar sobre él: para abolir el racismo, hay que superar primero la mentalidad de la estereotipia; no basta con escudarse en ella como sentido común, pero tampoco basta con declararla superada de la boca para afuera. Y ciertamente no basta con contraponer unos estereotipos a otros.

Shana Tova Umetukah: que tengan un año bueno y dulce.

5 comentarios:

R. Euribe dijo...

http://www.alternet.org/world/142478/israeli_government_ads_warn_against_marrying_non-jews_

Entiendo que los judios quieran conservar su linaje sanguineo como una medio para reforzar sus tradiciones y supervivir como colectivo.

Pero si sale un movimiento indigena que promueve que solo se casen entre indigenas para darle continuidad a su cultura, entonces suena la alarma y son acusados de racistas, milenaristas, etc.

El racismo es un problema de todos los pueblos, menos de los judios.

Gustavo Faverón Patriau dijo...

No. El racismo existe en Israel como en todo el planeta y debería terminar allí como en cualquier parte. Pero el judaísmo, recuérdalo, es una etnicidad y una religión, no una "raza". En Israel viven centenares de miles de judíos negros, judíos rusos, judíos ashkenazis y sefardíes. Y lo más obvio: si el gobierno de israel se preocupa porque los matriminios pueden ir disolviendo la identidad judía, es porque: (1) la posibilidad es real porque no hay prohibiciones para los matrimonios interétnicos; y (2) porque un número cada vez más creciente de israelíes decide casarse con personas que no lo son ni son judías tampoco.

Pasando a lo otro: tú, si lo quisieras, podrías responder a mis argumentos en lugar de buscar algo que criticar en los judíos, como si con ello perdiera base cualquier cosa que yo diga. ¿Cuál es el motivo por el cual sientes que tu comentario sobre los judíos es pertinente en este post? ¿Y por qué dices "los judíos" si la noticia se refiere sólo a Israel? ¿Y cuál es el movimiento indígena que promueve sólo los matrimonios intraétnicos?

PVLGO dijo...

Buen post.

Anónimo dijo...

De acuerdo. Buen post y buena respuesta a Euribe.

Anónimo dijo...

Creo entender que el blogger referido por ti es Carlos Quiroz, conocido como "Peruanista".
Vaya tipo este, según él, defiende la peruanidad, defendiendo a capa y espada a Chávez (un venezolano). El patita ve racismo hasta en la sopa, este "compatriota" tuvo el cuajo calificarme de racista sólo porque hice una broma a costa de Chávez, en el post de un amigo mío en Facebook.
No sabía quien era en ese momento, averigüé sobre el y vi las "pepitas" de comentarios que solía hacer. No publica comentarios opositores, solo los ayayeros.
Realmente para el olvido el tal Peruanista.
Peter