17.5.10

Riesgo y mercado editorial

Y dónde queda la literatura en esa encrucijada

Estoy seguro de que no soy yo el único que se aburre de escuchar a los escritores hablar sobre agentes, giras promocionales, editores, congresos y (sobre todo) acerca de premios literarios: quién ganó cuál, quién gana a cada rato, quién gana de antemano, quién gana mereciéndolo y quién no (esto se dice más en privado, claro está).

La mayor parte de los premios literarios son instrumentos promocionales; eso es transparente en el caso de los otorgados por empresas editoriales. Antes, los premios eran relativamente modestos. Pero en algún momento se dispararon, sobre todo en el mundo hispano. Eso no es poco importante: el dinero que una editorial otorga a un escritor por una novela ganadora es una inversión para la empresa; se espera que ese dinero regrese a la editorial en ventas, directa o indirectamente, y que se multiplique, como cualquier inversión.

Eso tiene una consecuencia esperable: si el dinero del premio es visto como inversión, entonces no se puede premiar (a veces con cientos de miles de dólares o euros) a un libro que luego sea difícil vender, o a un autor que no tenga un cierto potencial comercial, o a un tipo de literatura problemático en materia de negociabilidad.

(Por otro lado, tampoco se puede premiar a un libro que solamente tenga potencial comercial y que no tenga o dé la impresión de tener calidad literaria: un premio que se acostumbre a ser ganado por best-sellers de consumo masivo, por ejemplo, es un premio que rápidamente habrá de desprestigiarse y, por lo tanto, extraviará uno de los poderes de su varita mágica: el de decirles a los lectores que su logotipo en tal portada garantiza una lectura valiosa).

Hay libros, claro, que sí tienen potencial comercial y que además son excelentes, y por eso incluso los lectores más cautos persisten en seguir la pista de los libros premiados, y se encuentran con alguna frecuencia, entre ellos, con volúmenes que renuevan su fe en el sistema y en el método.

Pero lo de los premios es sólo la punta del iceberg (y me refiero a un iceberg no-hemingwayano, es decir, no a uno que indica dónde hay que escarbar para encontrar lo mejor, sino dónde hacerlo para encontrar lo peor).

Y lo peor es que el entronizamiento del sistema de las grandes editoriales y la competencia comercial omnipresente fosiliza la búsqueda de literatura original y reduce la capacidad de riesgo estético de los escritores (porque se vuelve necesario para las empresas reducir la posibilidad de riesgo de su inversión, y, por tanto, en la medida de lo posible, seguir vendiendo productos del tipo de los que hayan probado ya una cierta habilidad vendedora).

Supongo que la posición de los escritores en este asunto debe de tomar muchas formas distintas. Unos sentirán que, en efecto, podrían ser creadores más libres si el sistema editorial no funcionara como funciona. Otros pensarán que son totalmente libres y que, en su trabajo literario, hacen lo mejor que pueden hacer y lo hacen así genuinamente y sin remordimientos.

Algunos pensarán alguna vez: quizá si yo escribiera con absoluta libertad, si yo me autorizara a escribir sin pensar en lo que opirán mi agente y mis editores, haría algo muy diferente. Algunos añadirán: pero tal vez, en ese caso, no tendría el éxito que tengo; quizá ni siquiera podría publicar las cosas que hiciera.

Otros se preguntarán: ¿será quizá que mi (mayor o menor) éxito sólo significa que me he adaptado bien al sistema, pero no significa que esté haciendo un trabajo estéticamente valioso?

Otros no se preguntarán nada. Y entre esos, algunos, probablemente los que tengan mayor éxito, estarán acaso seguros de que ese éxito no tiene ningún tipo de condicionamiento económico o de mercado: que su obra es positivamente buena más allá de cualquier coyuntura.

Otro subgrupo de aquel grupo pensará lo contrario pero llegará a conclusiones similarmente halagüeñas para el ego: que su éxito sí depende de un asunto coyuntural, pero que en el fondo eso sólo refleja la perfecta adecuación de su literatura al momento histórico.

Hace sólo unos años, o unas pocas décadas, la mayor parte de los escritores buscaba para sus obras una editorial de prestigio: el dato clave era ver qué otros autores estaban en ese catálogo, e incluso qué afinidades estéticas podía tenerse con ellos. De allí en adelante, el libro se defendía más o menos solo. La extrema profesionalización de las editoriales ha cambiado la cuestión: ahora el dato clave es qué editorial tiene la mejor maquinaria de distribución, promoción y ventas.

Por supuesto, quedan las más pequeñas editoriales "independientes", que conservan la noción de la calidad como valor crucial. Pero los lectores observadores habrán notado ya que son muy pocos los escritores que les son fieles a esas editoriales: con el éxito suele llegar la migración a una casa mayor.

Regresemos al iceberg. ¿Alguna vez se han preguntado qué gran editorial del mundo hispánico estaría hoy dispuesta a publicar una obra que fuera (para nuestro presente) el equivalente de algo como lo que fueron en su momento Paradiso o De donde son los cantantes o Entre Marx y una mujer desnuda? ¿Qué cosa le dirían los editores de una gran editorial comercial al autor hispano contemporáneo que escribiera nuestro Finnegans Wake o nuestro Malone Meurt? ¿En qué punto la inmensa calidad literaria cobraría el peso suficiente para vencer los miedos de la editorial al fracaso económico?

Aquí viene una extraña ironía: la gran mayoría de los escritores latinoamericanos conocidos de las últimas generaciones son, obviamente, lectores voraces, que no habrán dejado de leer la mayoría de los libros que acabo de mencionar, y seguramente muchos los admiran.

Al mismo tiempo, estarán convencidos de que ellos mismos no intentan empresas similarmente complejas y difíciles (no hay que tenerle miedo a esa palabra) porque ese tipo de quijotería experimental ha sido, digámoslo así, superada en nuestra época.

La ironía tiene, entonces, la forma de una pregunta: ¿son los autores los que han superado la ambición de riesgo que tuvo la novela en el siglo XIX y las primeras ocho décadas del XX, o son las editoriales y el mercado las que han ido decidiendo poco a poco que hay que descartar la ambición de arriesgarse de esa manera?
...

25 comentarios:

René López Villamar dijo...

«¿Alguna vez se han preguntado qué gran editorial del mundo hispánico estaría hoy dispuesta a publicar una obra que fuera (para nuestro presente) el equivalente de algo como lo que fueron en su momento Paradiso o De donde son los cantantes o Entre Marx y una mujer desnuda?»

Anagrama.

Anónimo dijo...

¿Por qué una editorial como Planeta, que publica a autores tan buenos de un lado, premia por el otro a otros tan malos como Bayly, o a libros (ya no autores) como "El huerto de mi amada" que es muy malo?

Luis Alvarado dijo...

Bueno lo que tengo claro es que ese fenómeno habla por un género literario especial: la novela. habría que preguntarse de qúe manera ha caminado la poesía en los últimos años en función de la novela. y si su poca rentabilidad le ha permitido ser más libre, renovador, curiosamente un género por lo tanto poco revisado por los blogs literarios más visitados. me pregunto si montalbetti pensará o le importará si vende o no algun ejemplar, me pregunto si alguna vez se habrá planteado esas preguntas que los escritores se preguntan. creo que la literatura tiene muchas historias. y ya desde hace tiempo hay un imperio de la novela en el "mundo" literario, no sé, me parece, los poetas ya son casi unos marginales.

El Gaucho Santillán dijo...

No hay discusiòn posible.

Son las editoriales. Y no solo en libros de ficciòn, o poesìa. Tambièn en LIBROS DE ESTUDIO.

Yo escribìa libros de texto secundario para una editorial pequeña (Villamil), y dejè de hacerlo por las preiones sobre el formato, la cantidad de pàginas, la relaciòn teòrico pràctica, etc.

Les interesa cualquier cosa, menos que el libro SIRVA. Todo es negocio.

Aquì, en Argentina, uno de los premios màs prestigiosos, era el del concurso de "Editorial Planeta".

Hasta que, en 1997, se les probò que tenìan impresa, de antemano, la novela a la que pensaban premiar.

Tuvieron que pagar indemnizaciones. fue una verguenza.

Y lo mismo sucede en la pintura. Por què alguien pagarìa 140 millones de dòlares por un Pollock? Es valoraciòn del arte? (èsa porquerìa???)

No. Es inversiòn.

Todo es negocio.

Ivan Thays dijo...

Hola Gustavo,

solo para recordarte que el Premio Herralde 2008 premió a Daniel Sada. ¿Leíste su novela? Barroca, lenta, morosa, totalizante, genial.

No creo que PARADISO y menos aun ENTRE MARX Y LA MUJER DESNUDA sean modelos de libros para escribir. Hay otras lecturas. PEDRO PARAMO por ejemplo, mejor que Lezama y que el ecuatoriano pero de 90 páginas. La complejidad no es patrimonio de las novelas extensas, ni de las estructuras vistosas ni de las barrocas.

Yo cada día me sorprendo más de la complejidad de un poeta como Basho. Si hablamos de obras de alto nivel, al final lo no dicho es más perturbador, para mí, como lector, que la verborrea.

un abrazo

IVAN

Ferrando dijo...

¿Y los críticos, ninguna responsabilidad tienen en esto?

Las esquinas del día dijo...

Esclarecedor (y desolador) artículo. ¿No hay salida?
Saludos.

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Es un contrajemplo que tenía en mente, Iván. Herralde es posiblemente el caso más interesante porque tiene cosas de editorial independiente y presencia de editorial grande. Pero más que por Sada, me parece interesante preguntarse por Bolaño. Si uno lo ve con cuidado, hay en verdad pocas cosas en Bolaño (pienso en Los detectives, Nocturno de Chile o 2666) que deberían convertirlo en un éxito de librarías.

Ahora, lo que más me interesa no es tanto si hay por ahí un editor quijotesco que se atreve con otro tipo de libro. Para mí el tema interesante es cómo afecta el mercado a la libertad de los escritores.

(Luis: lo de la poesía es otro asunto. En el mundo hispano las editoriales mayores suelen vivir 100% al margen de la poesía; al menos la contemporánea. Eso NO quiere decir que en la poesía el problema no exista, sólo que el problema es distinto: la poesía no puede aspirar a la lectura masiva (que fue su origen); su internacionalización es infinitamente más lenta; la poesía empieza a dejar de ser parte de los rituales de la esfera pública: el poeta ya no es la encarnación de lo extraño y lo díscolo del mundo, ni tampoco es un personaje prestigioso: el poeta no existe en el mundo público.

Anónimo dijo...

No creo que PARADISO y menos aun ENTRE MARX Y LA MUJER DESNUDA sean modelos de libros para escribir.

QUISE DECIR "sean los UNICOS modelos de (...)"

Saludos

IVAN

(mi cuenta google está desactivada ahora mismo)

Kris dijo...

Gustavo, creo que su una cuestión del discurso histórico. Lo que quiero decir es que los premios literarios se dan a los autores que escriben sobre algo muy pertinente para el período de tiempo. Esta idea también es problemático porque los autores de AMÉRICA LATINA Y los premios literarios de América Latina son muy diferentes de las de los Estados Unidos.

Por lo tanto, debe autores latinoamericanos reflejan el mismo discurso historial de los autores que escriben del amor, la guerra, la vida? etc - para ganar un premio literario?

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Hola, Kris. Yo sí creo que hay una diferencia fundamental entre la influencia que los premios tienen en el mundo hispano y el anglo. Curiosamente, los premios son más frecuentes y más grandes en el mundo hispano, y su influencia ocasiona un problema adicional.

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Hola, Kris. Yo sí creo que hay una diferencia fundamental entre la influencia que los premios tienen en el mundo hispano y el anglo. Curiosamente, los premios son más frecuentes y más grandes en el mundo hispano, y su influencia ocasiona un problema adicional.

Anónimo dijo...

ahora con los booktrailers el panorama es aún más alarmante

Colón dijo...

¿Y qué tal si los críticos dejan de sólo evaluar la producción de los escritores empiezan a evaluar también a las editoriales?

Jorge Frisancho dijo...

Gustavo, algo en el tono de tu nota me hace pensar que ves el problema como algo relativamente nuevo, un fenómeno de años recientes. Quizá es así, pero con algunos matices. La realidad es que las editoriales, desde Guttemberg, siempre han sido empresas comerciales y que la maximización de rentabilidad y beneficio siempre ha sido parte importante de su razón de ser. Quizá la clave del asunto está en cómo se concibe en esta época la rentabilidad y beneficio en el comercio de mercancías que cargan explícitamente un contenido simbólico y se juegan en el campo de la estética. Es decir, cómo el peso de los valores estéticos (y el prestigio que confieren) se ha reducido a casi su mínima expresión en las consideraciones de la mayoría de productores y comerciantes de libros, a favor de una primacía casi absoluta del valor en términos de intercambio monetario.

Hay, yo creo, razones estructurales para esto: en el contexto del capitalismo actual, las grandes editoriales, que antes en muchos casos eran negocios familiares o privados, son grandes corporaciones activas en el mercado financiero, y la principal responsabilidad que asumen es la de potenciar la rentabilidad de sus acciones y el beneficio de sus accionistas. El gusto del editor, su interés en la experimentación o la calidad formal de un texto, o su confianza en el valor transcendental de un libro determinado, no tienen cómo entrar a tallar si es que no se le puede poner adjudicar un márgen de ganancia a su precio por unidad. Y por lo general, la expectativa es que ese margen está muy por encima de los márgenes históricos (a niovel internacional, hoy se espera que un libro se comercialice con un 25% de margen, dónde antes lo común era 4 o 5%).

De hecho, este es un ejemplo que siempre uso en discusiones sobre la idea de que el mercado, en todos los casos, propicia la innovación; yo digo que en el caso de los bienes culturales, sucede lo contrario. A menos que a uno no le interese el aspecto estético del asunto y sólo considere “innovación” cosas como la distribución de contenidos en formato electrónico o el uso de hyperlinks.

Y tal vez esto apunta a algo que, en mi opinión, está en el centro del problema: la cultura en general se ha desplazado a ese terreno, redefiniendo todo valor como valor monetario o monetarizable, y el espacio que antes se les confería a los valores estéticos ha dejado de existir para todo efecto práctico. El discurso contemporáneo tiende a desestimar las consideraciones estéticas y a ver todo objeto a través de un prisma estrictamente comercial –a verlo, es decir, únicamente como mercancía. El adverbio es lo novedoso. Y es una pérdida, pero no hay vuelta que darle. Aunque nos queden rezagos y rituales, más o menos vacíos, del viejo esquema del prestigio literario, el aprecio por la calidad y la búsqueda moderna de riesgo e innovación, lo que cuenta es lo que vende, y lo que no vende queda por definición fuera del sistema.

Anónimo dijo...

En Hollywood los directores se quejan de que los ejecutivos son administradores de empresas que sólo hablan de dinero y nunca de calidad o arte. ¿Pasará lo mismo en el mundo editorial?

Feroz dijo...

Y porque no afirmar que el problema son los lectores?
Finalmente, la unica consecuencia del mercado editorial es que las publicaciones asuman la idiosincracia y el nivel de los lectores.

Anónimo dijo...

la "complejidad" de Basho, poeta japonés formalista y epifánico, ¿es percibible en una traducción castellana? No, y a menos que Iván demuestre que ha estudiado al menos un año de japonés clásico, su comentario resulta superficial, tan superficial como su comparación entre Lezama y Rulfo, que se salta con garrocha la enorme diferencia entre un cuento largo y una novela totalizadora.


Alumno PUCP de tercer ciclo

Anónimo dijo...

Es una sensación extraña la que se siente al leer este post y los respectivos comentarios. Yo soy peruano y me parece que ésta discusion está fuera de mi pais, en otro mundo global-izado, o algo así. Si nos ponemos en el marco peruano, qué tenemos, cuatro editoriales comerciales, y unas diez editoriales alternativas más o menos aceptables. Planeta es una editorial que publica solo basura, Norma, no tiene de nada de atractivo, Peisa, parece que hace tiempo que ya quebró. Alfaguara tiene un buen catalogo, pero sus libros son muy caros. En las editoriales alternativas hay mucho escritor que no deberia haber publicado y muchas de estas editoriales son un negocio para sacarle plata a escritores jóvenes ingenuos. Entonces lo que vemos es que ésta discusión sobre si Herralde es o no es lo que decide, es una discusion fuera de las realidades de los países latinoamericano de una realidad editorial parecida a la peruana. Nosotros estamos en otra dinámica que los lectores de Puente Aéreo. ¿Y qué pasa en las provincias del Perú? Eso no le interesa a este debate planteado por este post administrador desde USA, no le importa a las editoriales comerciales peruanas, ni siquiera a las editoriales alternativas. Mi saludos desde Huánuco, desde Chiclayo, desde Loreto. Que está discusión los alegre, los anime, los haga tan importantes como creen que son. Yo leo Bolaño pero en libro pirata.

Jorge Frisancho dijo...

Al último anónimo, me parece que tu idea de lo que está "dentro" y lo que está "fuera" del contexto global va un poco desfasada. Es verdad que vistas las cosas desde Loreto o desde Puno, hay muchos matices que añadirle a la situación. Lo mismo vistas desde Lima. Pero en el contexto contemporáneo las formas y fenómenos locales no tienen exclusividad para definir lo "real" (y eres tú el que habla de la "realidad" de los países Latinoamericanos y del Perú, como algo distinto a la "realidad" del mundo exterior a ellos). Yo digo, y es lo que trataba de enfatizar en mi comentario, que lo que sucede en los espacios locales sucede en un contexto de interrelación ydepedencia con los desplazamientos generales del sistema, no como una excepción ni como un márgen externo, sino como una de sus consecuencias. Por otro lado, que en el Perú sólo exista un mercado rascuache quizá sea una razón, pobre pero honrada, para ser optimistas. Porque un mercado rascuache es también uno donde las presiones del comercio se sienten con menos fuerza, y donde los espacios para la experimentación y el riesgo están aún un poco menos colonizado por el intercambio monetario. Yo me atrevería a decir que en el Perú, más que digamos en España o incluso México, la cosa está más en manos de los escritores. Quién se atreve a experimentar y a correr riesgos, esa es la pregunta; quién, en otras palabras, escribe e intenta publicar, aunque sea con la suya y para cincuenta lectores, sin pensar en el Alfaguara o el Herralde, en Jaime Bayly, en Jorge Volpi, en la chucha del gato. ¿Estás en Huánuco, en Chiclayo, en Loreto? Experimenta pues, y no te quejes de que no te hacen caso en Madrid (o en Lima). A menos que lo que cuente sea el reconocimiento y el prestigio, no la experimentacion, el riesgo, y la literatura.

Anónimo dijo...

¿Riesgos? El último a nivel nacional fue Bombardero, y ocurrió lo impensable: destacado por los escritores locales supuestamente conservadores (Lauer y Ampuero estuvieron en una presentación en Barranco para la edición de Norma) y vapuleado por los jóvenes dizque contestatarios. No cabe duda de que estamos en un país al revés.

MARINO BUSTAMANTE ARBOLEDA dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
MARINO BUSTAMANTE ARBOLEDA dijo...

Gustavo: Si las editoriales grandes, se encargan de publicar a los autores
reconocidos, entre los cuales están casi siempre los premiados, a quienes escribimos y no hemos sido premiados porque no es de nuestro interés escribir para someterse a un concurso camuflado de imparcialidad, sólo nos quedaría publicar por nuestra propia cuenta, corriendo el riesgo de no volver a escribir por estar vendiendo. ¿Qué opina de la auedición?

perico dijo...

Aquí solo nos leemos entre cincuenta gatos. O solo nos leen nuestros amigos o los amigos de nuestros amigos, y eso, porque es hablar mucho. Casi todos tenemos el mismo gusto literario, los mismos referentes, y a veces los hay quienes copian el estilo de escritura de otros.
Por otro lado, tenemos una gran cantidad de gente que no tiene nuestro gusto, que nunca ha leído y ni tiene idea de nuestros autores de cabecera, que busca algo tan o más entretenido que el cine 3d o que busca leer la versión novelada de su película favorita. Llámenlos descerebrados, mononeuronales, tontos, frívolos, sí. Pero ellos tienen la pasta.

Un abrazo enorme a los que se publican a sí mismos (que somos casi todos) y a los pocos que nos leen. Muy al margen de haber talento o no, ya es RIESGO ENORME que alguien decida publicar cualquier clase de libro que no sea del gusto general.

Ernesto Gianoli dijo...

¿Cómo afecta el mercado a la libertad de los escritores?
Vemos de todo. Patéticas copias de superventas que ya eran de pésima calidad, un poco menos patéticos intentos por copiar estilos exitosos en números y crítica, outsiders con distinta suerte, etc. Para el análisis creo que puede ser útil analogar el escenario actual de la tiranía del negocio editorial con las dictaduras represivas. ¿Qué hace el escritor cuándo su existencia (como tal, o como persona) corre riesgo si escribe lo que le nace de la médula? El tiempo hará el filtro justo, y con los años sólo se hablará de los que se atrevieron. Aunque sólo hablen 10 personas. Porque si uno escribe pensando en vender, o en la cabeza del crítico, creo que poco a poco deja de ser escritor. Y es de los escritores de los que queremos hablar, no de los monitos de organillero que bailan la música que le tocan, ni de los payasos que son sólo disfraz y risotada. Por eso, que sigan escribiendo, en Huánuco, Chiclayo, Puno, Loreto, Boston, Madrid o Santiago; y que difundan sus letras como puedan. El negocio y la literatura son cosas distintas.