6.2.11

De vanguardia a lumpen

Divinización, deterioro y caída del poeta

El mito más irritante que, heredado de tiempos en que tuvo sentido, campea ya desnudo de él en la literatura contemporánea es el que construye la figura del poeta como un personaje irregular, anómalo, distinto, que flota más allá de las leyes sociales, una semidivinidad encarnada cuya naturaleza es inasible para los otros y cuyo poder acampa más allá de los territorios en que vive el resto de la humanidad.

En la figura del poeta, unos quieren ver al viejo paria, al desterrado o al exiliado interior, al enajenado que ha previsto la futilidad del mundo y le sonríe con sarcasmo, al ser extrasocial cuyo lenguaje es vehículo de intuiciones supremas, basado en una especie de ciencia infusa, sin origen tangible, el vate, el oráculo, el sacerdote, el adelantado de dios o del demonio.

Otros ven al poeta como el orate de la tribu, el opa sabio, el ingenio lego, que incluso si está marcado por la ignorancia de lo cotidiano y de lo inmediato y por el desentendimiento de lo visible, ve más allá de todo eso: es un médium, un transmisor, una antena tendida a lo desconocido; su capacidad intelectual no es relevante porque su discurso es, casi literalmente, ajeno a sí mismo, no se origina en su mente sino que es un saber de la alteridad (o de la Alteridad) que atraviesa al poeta y lo utiliza para asumir una apariencia discursiva.

Las dos visiones se complementan o son una sola: la idea del poeta como un ser especial, un elegido, que al sumergirse en el trance (entrar en "olor de poesía", dicen los más huachafos), salta a un estadio que lo deja solo, se encarama en la cumbre de un abstracto Sinahí desde el cual descenderá con un nuevo decálogo, un verbo iluminado e instaurador, una verdad revelada.

Otras imágenes comunes del poeta son menos halagüeñas: el poeta es también un vago, un cuasidelincuente, un renegado de la ley social, un bueno para nada, un desentendido de la realidad, un mantenido, un pedigüeño, un engreído, un holgazán, un cero a la izquierda, un iluso, un nefelíbata, un soñador, un abstraído sin oficio ni beneficio.

En el Perú de hoy, un poeta es un ave rara, un ser del pasado y un sospechoso. Si está muerto, quizás es digno de un programa escolar y un monumento, siempre que no sea demasiado grande ni demasiado vistoso; pero si está vivo, entonces hay que mantenerlo más o menos lejos de la caja fuerte, de la alcancía del bebe, a distancia de las señoritas. Y si el poeta es una señorita, ha de ser una extraviada, una loca, una descarriada.

Tonterías, obviamente; prejuicios. Hay una clase particular de poeta, sin embargo, que se esfuerza por dar razones para ese estereotipo y, de paso, además, se escuda en los otros lugares comunes (los del poeta-gurú, el poeta-santón, el poeta-visionario, el poeta-paria) para reclamar inimputabilidad y licencia: licencia para la idiotez, para la ruptura de cualquier norma de convivencia civil, para la insdisciplina intelectual (incluso cuando se reclama un estudioso, un analítico) y para la arbitrariedad más arrogante.

Andan por ahí declarándose genios, inventándose méritos mayores que los sustentados por su obra, publicitando la propia superioridad, desenterrando honores recibidos en una calle oscura en un día lejano, sin testigos a la vista, atesorando un autógrafo regalado a la volada, recordando o suponiendo su amistad con otro poeta, siempre uno más crucial que ellos, uno icónico, uno espectacular o legendario, viviendo en una ficción en la que ellos son protagónicos, una ficción más afilada que sus vidas y más gloriosa que sus versos.

Benjamin escribió sobre el contador de historias de un pasado premoderno, comparándolo, en desmedro del actual, con el escritor contemporáneo, ya no más sacerdote, ya no más bendecido con el aura de aquel anterior, el que representaba la voz comunal porque construía la propia con retazos y experiencias de las voces de todos los otros.

Perdidos en el tránsito, sumergidos en esa suerte de aldea interior que es el mundo de los escritores y lectores de poesía (que en efecto parece regirse a sí misma con leyes del pasado), no escasean hoy los poetas que quieren, dentro de la modernidad, mantener el aura, y, aunque son incapaces de lograrla (porque el aura no la tiene ya nadie), quieren inventarla diciéndola, no es sus obras, sino fuera de ellas: "mira alrededor de mi cabeza, verás un brillo especial".

Y entonces reinterpretan, a los cabezazos, las más tardías versiones que la historia de Occidente recuerda del poeta con aureola de santo maligno, con alas sucias de ángel caído: se protegen en la esperanza de ser vistos como iconoclastas, como poetas malditos, como inconformes con la mirada oblicua del que desprecia todo aquello que huele a institución, a sobriedad, a orden, a burguesía.

Hasta que una mañana se descubren a sí mismos parados en la cola del Seguro Social, regateándole un sol al taxista, rogándole a una compañera de trabajo que les marque la tarjeta, planchando la corbata, pidiendo por teléfono que les pasen con el ingeniero Fulano de Tal, sin saber qué decir en la reunión de padres de familia. Y se preguntan: ¿por qué nadie se da cuenta de que soy diferente?

Y entonces reparan en el calendario y empiezan a notar que sus mejores poemas fueron escritos hace mucho tiempo, cuando tenían dentro de sí algo de lo que ahora carecen y que ya no son capaces siquiera de nombrar. Y empiezan a pensar, más que en el presente y en los borradores de los poemas futuros, en la precipitación con que el poco reconocimiento pasado se ha empezado a disipar y a diluir.

Para entonces es demasiado tarde, claro --porque no se puede desandar el tiempo, incluso si se vive en el pasado--, y el viejo poeta medio maldito, el viejo poeta del aura imaginaria, ya no sabe qué hacer por su leyenda, como no sea esperar que alguien más la consagre de alguna manera rápida y tangible: que el Estado (al que decía querer dinamitar) le dé una medalla y le alcance una pensión; que un ministro introduzca en un programa de lecturas obligatorias los poemas icononoclastas que él escribió en su juventud; que su nombre figure en las antologías, en los recuentos, en los manuales, que la autoridad lo imponga con mano militar, ya que la historia parece estar tomándose la libertad de olvidarlo.

Esas últimas traiciones contra su ser anterior le son tan naturales que no las alcanza a percibir: se ha vuelto un poeta burgués en el sentido más preciso: ahora cree que los poetas merecen una pensión del Estado, atención hospitalaria gratuita y cuenta de jubilación, una corona de laurel del establishment por cada bala de papel que dispararon contra ese mismo establishment en el pasado.

¿Cómo seguir reclamando la posición de vanguardia en el ejército antiburgués cuando uno vive postrado en el aburguesamiento o de cuclillas en sus bordes, aspirando a ingresar en su zona de comfort? Difícil: el reclamo se vuelve superficial y puramente exterior, es una apariencia.

Y si el reclamo se radicaliza, viene acompañado de una belicosidad que ya no tiene el objetivo contestatario de subvertir lo colectivo, sino el objetivo pequeñamente gregario de defender con uñas y dientes la consagración del grupo poético de ayer, la idolización de las ansias rebeldes ya largamente abandonadas. Vean el caso que nos ha rondado en las últimas semanas, el de los poetas de Hora Zero.

Tanto los fundadores del grupo como quienes se añadieron tiempo más tarde a él, sostuvieron casi programáticamente la propuesta de una relación visceral entre la poesía escrita y el marco ideológico revolucionario desde donde surgía. El "poema integral" de Ramírez Ruiz, su paradigma central, postulaba la poesía como una experiencia de clase, una experiencia social y una experiencia histórica, cuyo marco ideológico era la construcción de la revolución: el poeta era el observador lúcido, deshecho de falsos atavíos, la mirada clavada en la realidad como un dardo letal.

Aunque los sobrevivientes del grupo sigan celebrando las hazañas librescas y celebrando también las hazañas callejeras de aquel tiempo ("el suceso de las 12 de la noche con dos personas en un parque: a cada momento acontece un poema"), lo cierto es que el núcleo de su programa y la forma de su paradigma han sido abandonados por ellos hace mucho, sin que le hayan encontrado un reemplazo válido.

Ramírez Ruiz (de quien tomo la cita anterior) no murió entregado al ideal rebelde ni diagnosticando el mal social desde sus versos, ni acuñando el discurso que habría de revelar lo "esencial cotidiano", sino, lamentablemente, terriblemente, librado al azar de una vida zozobrada: en el continuo de los poetas revolucionarios del Perú, su destino ocupa el extremo opuesto del destino de Heraud.

Lo anterior me lo ha señalado Daniel Salas, quien también observa que la transformación de Hora Zero en las últimas décadas ha sido el trayecto que va del movimiento revolucionario a la lumpenización. Los sobrevivientes del grupo, los que aún se identifican con él, esos lo rememoran, lo reactivan en antologías de cuño grupal y de aspiración colectiva, como Hora Zero: los broches mayores del sonido, de Tulio Mora. Pero ellos, en la práctica, han pasado a ocupar en la esfera literaria peruana el lugar sombrío del lumpen, ya no el motor de vanguardia, intelectualmente activo, razonado, programático, ideológico, que reclamaron en un principio.

Las batallas que libran Pimentel y Mora, batallas personales que siempre tienen la defensa del lugar central de Hora Zero como seña y como designio, suelen acabar convertidas en un exceso de epítetos y adjetivos usados para menospreciar al rival y glorificar el ego. "El adjetivo es el caballo de batalla de lo pasado, de la bella mentira, siempre mal usado es el adorno, el colorido, la fofa belleza, el revestimiento de viejo lenguaje. Guerra al adjetivo", escribió Ramírez Ruiz. El adjetivo es hoy el único signo de Hora Zero. El mismo Hora Zero es ahora un adjetivo.

En la misma semana en que Mora defiende la gloria horazeriana y publica su curriculum vitae, y adorna su pasado con la evocación de la amistad de Roberto Bolaño y las opiniones de críticos nórdicos y los artículos aprobatorios que se han escrito sobre su poesía, en la misma semama en que él hace pública, sin quererlo, la añoranza de la antigua creatividad, Eloy Jáuregui, otro miembro de Hora Zero, publica en una red social el enésimo plagio de su carrera, esta vez ya no un artículo, como tantas veces antes, sino un poema ajeno, copiado letra por letra, que hace pasar como propio. Y cuando es descubierto, agrede al denunciante con amenazas matonescas y groserías descalabradas: el poeta-genio, el poeta-médium, ya no tiene palabras propias, ahora las toma prestadas, las calca, las hurta; su verdadero lenguaje aflora en la amenaza posterior:
"Quisiera que ese profesor de la U de Lima (que escribe con seudonimo y me ha llamado plagiario) escriba un soneto como el mío. OYE CONCHA DE TU MADRE. YO SOY DE HORA ZERO Y EL DÍA QUE TE DESCUBRA TE VOY A SACAR SIMPLEMENTE LA MIERDA. Perdón hermanos del facebook. Pero ese tipejo es un miserable".
Notarán ustedes la frase crucial: "Yo soy de Hora Zero, y el día que te descubra te voy a sacar simplemente la mierda"... Es que hay una diferencia abismal entre el cantor de la tribu y el poeta maldito y otra mayor entre el poeta maldito y el poeta del lumpen desaforado, y esa distancia se paga en ridículo, se paga en autodestrucción.

Ayer, la frase "yo soy de Hora Zero" hubiera significado: soy un poeta en la vanguardia de la cultura peruana, estoy en el anverso de la última estética, mi palabra vale por su lucidez. Hoy, dicha por Jáuregui, significa: estoy en una banda de matones, no creo en nadie, cuídate de mi.

Los que estamos fuera del problema y tenemos la suerte de poder abstraer el deterioro de estos poetas en el tiempo, pasándolo por alto, podemos leer de vez en cuando un poema de Hora Zero escrito en aquellos años en que su existencia tuvo sentido, y entenderlo y disfrutarlo y valorarlo, y hacer abstracción total del triste espacio que sus autores han venido a ocupar, una vez pasado sobre ellos el caudal del río del tiempo, que los ha arrasado y los ha ahogado y les ha hinchado los cuerpos hasta convertirlos en cadáveres grotescos, en una horda zombie que repite, a quien la quiera escuchar, la historia placentera de la época en que tenía vida.

...

25 comentarios:

Anónimo dijo...

Es grosero llamar a un grupo. con el que no se simpatiza, lumpen.

Carlos Rìos.

Anónimo dijo...

Gustavo, algunos consejos:

1.- Escribes contra HZ por resentimiento, desde que Jorge Pimentel te puso el mote de "mayordomo".

2.- Por eso, todo lo que escribes tratando de atacar a HZ se percibe desacreditado, se lee como una venganza -salvo por alguno de tus amigos, claro. Solo atacas por resentimiento, es una reacción, una defensa desesperada de tu ego.

3.- No vas a conseguir nada atacando a Hora Zero. No vas a desprestigiar a Jorge Pimentel, ni a Tulio Mora, ni a Enrique Verástegui, ni a Juan Ramírez Ruiz. Por la simple razón de que ellos son grandes poetas y la gran poesía, los grandes poemas, no pueden borrarse ni desacreditarse. Y a nivel personal, ¿qué les quieres cuestionar moralmente? ¿Qué mandaron al diablo una encuesta "científica" aberrante y mal hecha por donde se la mire, además de flagrantemente discriminadora y perpetuadora de un centralismo a estas alturas intolerable para muchos? Por último, ellos no necesitan ningún favor de los encuestadores y encuestados de la U. de Lima.

4.- Por eso, tus ataques tampoco van a conseguir ningún efecto de amedrentamiento: ellos, los poetas que odias, son autosuficientes, viven bien y felices con el sustento propio. Nadie les va a quitar sus chambas por tus ataques, ni van a perder a sus familias ni a sus amigos ni a la gente que los quiere y los admira -en el Perú y en el extranjero.

5.- Tulio no ha publicado su currículum, simplemente le señaló a un agresor algunos de los reconocimientos a su obra que el atacante quería negar.

6.- El que ha publicado su currículum -bastante menos auspicioso y elegante que la trayectoria de Tulio, además- eres tú, en la página de entrada de tu propio blog, todos los días. ¿Por qué tú si puedes poner tu extraordinario currículum y los demás no?

7.- Nadie adorna su pasado. Tulio no ha mencionado a Bolaño. Lo he hecho yo. Porque es la verdad. Yo prefiero quedarme con la opinión de Bolaño sobre Pimentel, Mora y Ramírez Ruiz, y no con la tuya. ¿Por qué te molesta tanto?

8.- Hora Zero fue y es vanguardia. Pronto van a publicar nuevos poemarios, son poetas que siguen esciribendo, y muy bien -como lo atestiguan muchos lectores (salvo Fernando Ampuero y tú, por supuesto).

9.- Tulio y Jorge y Enrique y Carmen Ollé y Eloy Jáuregui no son George Bush, no son Mubarack, no son Abimael Guzmán ni Sarah Palin ni Hitler ni Fujimori ni Montesinos ni Charles Manson. Los poetas de Hora Zero no son asesinos, ni han robado la caja fiscal del Estado, ni son figurettis que van a todas las fiestas de gente bonita y limpia en Asia como Fernando Ampuero. No Gustavo, te has confundido.

10.- ¿Vas a seguir rasgándote las vestiduras como alguna respetable señora de San Isidro porque Eloy Jáuregui amenazó con sacarle la mierda en su Facebook a un tipo que intenta destruirlo?

11.- ¿Quieres seguir en el sótano de la discusión intelectual, o peor aún, de la blogósfera?

ivan dijo...

al menos tuvieron su tiempo y los poemas quedarán o tú crees que de aquí una generación o dos se van a acordar de estas anécdotas, de estos asuntos, igual los seguirán celebrando.

Anónimo dijo...

Gustavo, deberías pedir garantías, te lo digo de verdad!

Anónimo dijo...

"...heredado de tiempos en que tuvo sentido..."

¿Lo tuvo alguna vez? ¿Toda la sarta de patanerías y actos egoistas que decribes en este post pudieron tener sentido en el s19? Lo dudo mucho.

Anónimo dijo...

Muy buen texto. Pero es la primera vez que me parece superior a las ideas que contiene. Eso no me gusta.

Lysiz dijo...

Me ha gustado mucho la entrada. Creo que es muy valedera como una crítica de los poetas de Hora Zero (siempre habrán discrepancias en esto) pero sí como una exhortación a los poetas jóvenes - los que están en los 20 ahora y dando la hora. A esos (y otros aún más jóvenes comenzando a escribir), que escribir es un gozo cuyo único reconocimiento ha de ser la satisfacción que brinda, que escribir es como respirar y si no es así... no escribas. Nada de poses, chicos-nosotros. Y un trabajo más allá de hacer poesía nunca está de más.

Rachel

Anónimo dijo...

Se dijo que la única manera de acabar con una discusión es evitándola... Yo creo que también se puede acabar con una discusión cayendo en los agravios personales. Esta discusión terminó hace mucho cuando los actores develaron sus inquinas personales.

De cualquiera manera, el marco general del post es cierto y describe un rpoceso real que la gente debería entender para evitarlo. Venga de quien venga... Como también se dice, un consejo hasta de un conejo... Y este consejo es bueno: señor poeta, escriba, escriba y olvídese del circo mediático. Pero olvídese de verdad.

Anónimo dijo...

solo puedo estar de acuerdo contigo, increíblemente, en el caso de Jáuregui. Plagiar poesía es el summun de la delincuencia cultural.

Víctor

Anónimo dijo...

Se ve que no sólo Faverón se enfrenta a los impostores de HZ. También Ampuero y si se revisan los blogs del sur del Perú, casi todos jóvenes han reproducido el Manifiesto de Vladimir Herrera. Ahora resulta que los provincianos también denostan a HZ Lo mismo que los marginales como Ybarra?¿ Qué pasó?¿ Cómo es que se han creado tantos enemigos a derecha e izquierda y en toda la provincia del Perú? Cómo es que ahora luce más la imagen de Juan Ramírez Ruiz mientras se eclipsa la del gran impostor Tulio Mora?.

Anónimo dijo...

Hora zero me aburre.

Anónimo dijo...

Luce J.R.R. porque es un auténtico poeta y está más vivo y presente que otros.
También es cierto que toda esta bronca no cambiará nada pero es de lo más divertida.

Anónimo dijo...

Bien preguntado!! No por gusto ocurre todo esto. Hora Zero solo tuvo su cuarto de hora en los 70, luego, el despistaje, y más tarde la nostalgia. En suma, nada.

Anónimo dijo...

José Carlos Yrigoyen:

La primera etapa de Hora Zero (1970-1973) es sin duda la mejor literaria y teóricamente, la más consistente y la más justificable históricamente. Juan Ramírez Ruiz nos parece un componente imprescindible, y creemos que ese “fuego de antaño” que pareces extrañar (y que nosotros también extrañamos) se debía también en parte a él.

http://la-fortaleza-de-la-soledad.blogspot.com/2011/01/entrevista-carlos-torres-rotondo-y-jose.html

Anónimo dijo...

Estimado Gustavo: Octavio Paz alguna vez polemizando con Carlos Monsivais dijo de éste que era un hombre más de ocurrencias que de ideas.Algo de esto se manifiesta en las intervenciones de Fernando Ampuero y de Tulio Mora. Ya un comentarista en este blog hacía notar que tu posición y la de Mora sobre la poesía, prescindiendo de la adjetivización y pullas inevitables cuando nos descuadramos,eran reconciliables.Fernando Ampuero cuando compara Antology of Spoon River de Edgar Lee Master con Cementerio General de Tulio Mora pareciera querer sorprendernos con lo obvio,descubrir América después de Colón.Mora había admitido como referente ese libro como las Vidas Imaginarias de Marcel Schwob lo pueden ser de la Historia Universal de la Infamia de Jorge Luis Borges y por ahí no van la cosas ni el resultado.La ocurrencia de Mora cercana al despelote es cuando intenta diseñarnos un posible lector de poesía que él supone le confiere los títulos que otros le niegan.Si algo perdura y perdurará de la poesía de Hora Zero es ese sentido de libertad que atraviesa la forma y temática de sus mejores logros.Ponerse a detractar o atarantar a alguién porque prefiere al Neruda de Veinte Poemas, a Amado Nervo o José Santos Chocano es de una futilidad que no tiene premio.Vallejo llamaba contraseña de comadres eso de estar otorgando gratuitamente certificados de conducta poética. Ni las peleas de Neruda y Octavio Paz por una antología, ni las de Alberto Hidalgo con Borges y tantas otras han disminuido la autencidad de lo que realmente es poesía.Toda Antología es elección y selección y es inevitable la polémica.Nos queda sí en la poesía peruana el ejemplo de sabiduría y ecuanimidad que fue la que Alberto Escobar preparó para Peisa Editores. Cementerio General está más alla de ocurrencias donde las propias parecen ser más dañinas que las ajenas al momento de salir en su defensa. Es bueno recordar que ese poemario fue editado por Esteban Quiroz de Lluvia Editores a quien cierta chulería que entiende la edición de libros como una extensión de su vanidad le quiere regatear el haber publicado en sus treinta años de actividad algunos de los títulos más importantes de la Literatura Peruana. Saludos.

Martín dijo...

Estimado profesor Faverón, qué le parece que su compatriota Mario Vargas Llosa haya sido nombrado marqués por el rey de España? No le parece triste que un escritor que ha logrado el máximo reconocimiento como tal aún tenga la necesidad de convertirse en aristócrata?

Daniel Ávila dijo...

No sé por qué se la toman tan personal. A quienes le caiga el guante, son unos grandes zoquetes por proseguir con esta discusión de "niñitas", echando carbón donde no deberían.

Vean los poemas, los textos poéticos, Eso es lo que cuenta. No la biografía. Eso es interesante a mediana potencia.

Hora Zero trajo a la reflexión poética, en su momento, si la poesía debía ser un tema público o privado, una reflexión de raigambre colectiva o individualizada. Eso es bastante.

Dejen de arañarse. Más desprestigiados quedan jugando a la comidita -llámese discusión, pelea, etc.-.

Anónimo dijo...

Cuando el anónimo, aquel, encuentra que el texto de este post le gusta más que las ideas que contiene, significa que el autor del blog ostenta más ocurrencias que ideas.
Y, el problema es que con ocurrencias no se puede construir, ni destruir nada trascendental.

Anónimo dijo...

Edwin Cavello:

Una lastima leer este tipo de cosas, donde no existe la visión crítica, si no el resentimiento total a un grupo como Hora Zero, tildarlos de lumpen es exagerado, espero que así como lo escribes también se los puedas decir a la cara, recuerda que solo se escribe lo que se puede decir a la persona cuando se le tiene al frente.

carlos vargas dijo...

esto no parece sino una larga secuencia de retruécanos al texto de Ampuero. la idea del poeta hippie gobierna tu impresión, y parece incluso que en el fondo adhieres también a la discriminación por apariencia física.
tu uso de Benjamin confunde aura de la obra con aura del poeta (si hay algo como tal en la percepción benjaminiana), y pareces cómodo con la idea de que la pérdida del aura es un salto adelante en la sociedad moderna. acuérdate que para el buen Walter, si la reproducción masiva no estaba en manos de los revolucionarios, y caía en las de los burgeueses, hablamos de la estetización de la politica que tanto agrada a los fascistas, para quienes es mejor un artista que no desentone con el medio. no es extranyo que allí surjan las celebrities.
la opcion estaba, para Benjamin en la politización del arte, precisamente algo que en los HZ parece buscarse con más claridad. no creo que tengas nada de esto en mente.
y lo la lumpenización, otro concepto marxista empacado de forma sui generis en tu post, no dice lo básico: cómo definir a un lumpen? pareces definirlo más como un pobre, o un fracasado. Pero un lumpen está desclasado, no es lumpen alguien obligado por las fuerzas opresivas del sistema a sobrevivir o malvivir. Por lo demás no saliste del paradigma ampueriano, para decirlo con ajustada huachafería.
saludos cordiales

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Carlos:

Hay pocas formas de pedantería intelectual más lamentables que la pendantería del que corrige sin saber. Se te ha hecho un laberinto en la cabeza con las ideas del ensayo sobre el Erzähler y el ensayo sobre el arte en la era de la reproducción mecánica. ¿Que Benjamin no habla del aura del storyteller? ¡¡!! Dale una mirada a este párrafo del primer ensayo (ya luego regresarás, supongo a leerlo todo, para no andar torciéndolo tan extrañamente):

"Seen in this way, the storyteller joins the ranks of the teachers and sages. He has counsel—not for a few situations, as the proverb does, but for many, like the sage. For it is granted to him to reach back to a whole lifetime (a life, incidentally, that comprises not only his own experience but no little of the experience of
others; what the storyteller knows from hearsay is added to his own. His gift is the ability to relate his life; his distinction, to be able to tell his entire life. The storyteller: he is the man who could let the wick of his life be consumed completely by the gentle flame of his story. This is the basis of the incomparable aura
about the storyteller, in Leskov as in Hauff, in Poe as in Stevenson. The storyteller is the figure in which the righteous man encounters himself".

No es un pasaje difícil de encontrar, porque es el último párrafo, y ese comentario sobre el aura del storyteller es, en efecto, el centro de la conclusión del texto. Pero, claro, si tú prefieres decifr que Benjamin no dijo eso, adelante: corrígeme.

Y no te basta con torcer a Benjamin y declarar, ex cathedra, que Benjamin no dijo lo que dijo. Además quieres atrobuirme prejuicios raciales ("discriminación por aspecto físico") y poco menos que me acusas de celebrar el advenimiento del fascismo de la mano de Paris Hilton. Francamente, nunca te había leído un mensaje tan ignorante y malintencionado.

carlos vargas dijo...

vale decir que no encuentro en WB la misma (con)fusión que haces del aura de la obra con el aura del poeta, y menos para concluir que los poetas de conducta "anticuada" están interesados en mantener su aura. por lo demás, WB está hablando del narrador de cuentos, espec;ificamente, porque de esa forma puede oponerlo al novelista y a la información de los media como consecuencias del cambio histórico. supongo que todo esto es también interpretación, libre, de un texto de Benjamin.
yo no te he llamado fascista, pero creo que vale la pena recordar lo que el mismo Benjamin escribe sobre ese asunto.
sigo creyendo que te importan más los gestos sociales de un poeta que su poesía.
nunca te llamaría pérez hilton.
gracias por mandarme a releer!

Gustavo Faverón Patriau dijo...

No, Carlos, no tuve confusión alguna con respecto a los términos de Benjamin en el texto que publiqué: está explícitamente referido al aura del erzähler como se presenta en el ensayo que lleva ese título; tú fuiste quien, olvidando enteramente lo que Benjamin dice allí, y que acabo de citar, me atribuyó haber incomprendido las ideas de otro ensayo, el de la obra de arte en tiempos de la reproducción mecánica. Esa confusión es tuya, no mía, y es inatingente. Ahora, si lo que quieres hacer es señalar que no todo lo que yo digo en mi post lo dice Benjamin, pues eso no está en discusión: es obvio. Mi post sólo atribuye a Benjamin una idea, y la acabo de refrendar con la cita textual (que parece no importarte).

Daniel Salas, en un cometario al post de Ampuero, te ha hecho otras observaciones que deberías revisar.

Daniel Salas dijo...

Carlos: Lamento lo que has escrito aquí y lo lamento especialmente porque en otros contextos has mostrado lucidez. Creo que en tus últimos comentarios y otras discusiones en las que te he visto involucrado veo una confusión que, lo digo en serio, me parece sumamente peligrosa y empobrecedora. Me refiero a tu tendencia a la autocomplacencia como medio reivindicativo de aquello que es en realidad una manifestación precaria.

Yo encuentro dos formas de reivindicar la producción estética peruana. Una es señalar nuestras posibilidades y promover el desarrollo de nuevas ideas, de nuevos espacios y de nuevos criterios. Esta tarea no es sencilla porque implica estudiar, incentivar, criticar y plantear un nivel de discusión distinto del que tenemos en el Perú.

La otra manera es la que me parece sumamente perjudicial pero es la que pareces defender: no se trata de exigir, de fomentar, de tomarse en serio las discusiones sobre el arte y la literatura sino de una operación más bien demagógica, que consiste en construir un discurso ad hoc para valorar lo que no ha sido valorado. No es que las declaraciones de Mora y Pimentel sean calamitosas por su ausencia de argumentos y su abundancia de adjetivaciones, que incluyen insultos homofóbicos, sino que la crítica no los comprende debidamente y quiere reducirla a sus cánones; no carecemos de importantes corrientes en el teatro, la danza y la música pues en realidad existe si redefinimos el valor de los circuitos marginales o domésticos.

Me pregunto: ¿cuál de las dos maneras de someter a crítica estos asuntos aporta más al desarrollo del arte peruano?

Con el fácil recurso de deslizar la acusación de fascista a un crítico recaemos en una nociva autocomplacencia que consiste en dar vuelta a la tortilla para decir que nuestras deficiencias en realidad son grandes recursos y que nuestros vicios son extraordinarias propuestas.

Imponerse metas no es fascista, Carlos. Plantear el debate en términos más juiciosos y menos de propaganda no es fascista. El repudio que cualquier persona sensata siente contra el fascismo no puede convertirse en una aplanadora para transformar lo mediocre en brillante y el gesto lumpen en vanguardia antisistema. Nuestra pobreza no puede ser considerada en ningún caso una virtud.

carlos vargas dijo...

Hola, Daniel (tiempo que no sabía nada de ti)
sinceramente no entiendo tu comentario, y no lo digo en plan joda que sabes que no es mi onda. No he podido seguirlo.

saludos, anyway

Gustavo, tomo con deportivismo tus comentarios, pero realmente no te he pedido ni deseo mínimamente que me des ningún tipo de sugerencias de lo que debería hacer. Eso es invasivo, nadie te lo ha pedido. Esto era una conversación, no un retiro en una parroquia de sodálites sugiriendo conductas o espantando al diablo. Si no estamos de acuerdo, ok, como diría el poeta de Augsburg, "no hay por qué llorar, porque el agua y el aceite no se puedan juntar".