10.11.05

La palabra del torturado

Célebre óleo que representa "La tortura de Cuauhtémoc" (Fotomontaje: gfp).

El diario argentino La Nación del último domingo trajo una reseña de Tiempo pasado, el más reciente libro de la brillante crítica cultural argentina Beatriz Sarlo.

Tiempo pasado parece muy recomendable para quienes están interesados en la literatura sobre la violencia, tanto en el testimonio directo de las víctimas como en los testimonios mediados y las reelaboraciones hechas ficción.

La reseñadora, Cecilia Macón, apunta que uno de los objetivos del libro de Sarlo es criticar el aparente dogma contemporáneo de que el testimonio de una víctima (particularmente, la víctima de un hecho traumático) es un documento final e inapelable. Dice:

"
En la discusión política, más que como soporte para la argumentación, [los testimonios] actúan como una suerte de clausura prematura del debate, como si la inmediatez de esas voces corriera el riesgo de ser violentada por la reflexión".

Resumiendo las que parecen ser las interrogantes cruciales del libro, la reseñadora se pregunta si los testimonios de, por ejemplo, las víctimas directas de torturas,
"son reflexiones privilegiadas por estar sostenidas en la propia experiencia". Y añade, simplificando: "¿son estos análisis mejores, por su propio origen, que los que pueda llevar a cabo un historiador que no experimentó torturas?". (Queda claro que, en ese punto, Sarlo se refiere a testimonios escritos que incursionan también en un cierto análisis de los hechos, no sólo a testimonios que únicamente recuentan la experiencia vivida).

Parece hora de conseguir ese libro.

2 comentarios:

Oskar Matzerath dijo...

Eso quiere decir que por ejemplo los documentos de la CVR no deben tomarse como el fin de una investigación sino como el principio de una.

Leo Zelada Grajeda dijo...

Esta parte de la reseña me parecio interesante:
"Sarlo se concentra en el caso de la última dictadura argentina y asegura que el discurso de la memoria y las narraciones en primera persona impulsan, justamente, la fijación abrupta del sentido de los acontecimientos, acercándose a las premisas de la utopía del "relato completo" donde la moraleja del punto final resulta inapelable. El testimonio sería de ese modo una suerte de "drama posmoderno de los afectos".