5.4.06

El guardagujas

En "El guardagujas", el célebre cuento de Juan José Arreola que forma parte de su magnífico Confabulario, casi cualquier lector encuentra, intuitiva o meditadamente, alguna suerte de alegoría.

Algunos críticos han dicho que esa alegoría se refiere a asuntos inabarcables, abstractos y metafísicos; otros la han conectado con coyunturas históricas y procesos reconocibles; sobre todo, con gran frecuencia, han encontrado en ella una denuncia de los fingimientos y las opresiones de aquello que Vargas Llosa llamara "la dictadura perfecta": el sostenido régimen del PRI en México.

Saltando el tiempo y la distancia, en estos días "El guardagujas" parece un comentario sobre nuestros gobiernos, nuestro sistema democrático y, por supuesto, nuestros procesos electorales.

Nuestro Estado y nuestros gobiernos, sin duda, tiene mucho de ese mecanismo complejo aunque casi siempre inútil que Arreola construye en su cuento, hecho tantas veces de precariedad y tantas de mentiras.

Nuestro sistema democrático todo suele parecerse a esa empresa arreoliana que confunde la indeterminación y la duda perpetua con la capacidad de decisión y que, cuando es incapaz de alcanzar una meta, decide cambiar la meta, o decir que ya se consiguió.

Nuestros procesos electorales son, qué duda nos cabe ahora, trenes en los que nos embarcamos con la casi absoluta convicción de que no nos conducirán donde queremos; trenes que tomamos al azar, para no tomar otros que ya nos demostraron su absurdo antes; trenes que llevan el anuncio de su propio colapso escrito en el costado y a los que, sin embargo, decidimos treparnos de cualquier forma: porque peor es quedarnos donde estamos, o porque peor no podríamos estar (o eso creemos).

¿Y nuestros gobiernos seguirán pensando que fortalecer las finanzas del Estado y controlar los indicadores macroeconómicos, sin que eso repercuta en la vida cotidiana de los más pobres, es una demostración de sensatez? ¿Seguirán pensando, para decirlo con Arreola, que antes que el beneficio del ciudadano está la salud de la empresa?

Gracias a esa sensatez, allá vamos de nuevo.

Fotomontaje: gfp.

4 comentarios:

Luis Hernán Castañeda dijo...

Un apunte tangencial: cuando mencionaste el tema de la alegoría, me acordé de un ensayo de Marthe Robert sobre Kafka, y especialmente sobre El castillo. Robert plantea que las palabras centrales en la obra de kafka (metamorfosis, proceso, tribunal, castillo) son engañosas en la medida en la que invitan a una "traducción simbólica" apresurada y siempre desequilibrante. Se trata, en otras palabras, del peligro de abrazar con demasiada rápidez las alegorías. Ahora, los textos de Kafka han sido interpretados desde todas las perspectivas, desde la cuestión religiosa, pasando por los gay studies, hasta las memorables últimas páginas de Respiración artificial. En cierta forma - plantea Robert -, la intención de Kafka no es cifrar ciertos contenidos descodificables, sino plantear una "metacrítica" del mismo acto de interpretación, con el propósito de iluminar la frontera insalvable entre el uso cotidiano del lenguaje y la realidad.

Ahora, yo me pregunto, siguiendo esta línea de razonamiento, si la reflexión metaliteraria es exclusiva y excluyente, como parece sugerir Robert. ¿Hay una necesaria incompatibilidad entre la voluntad de alegorizar y la de reflexionar críticamente sobre la alegoría? Según Robert, todo intento de buscar alegorías en Kafka está condenado al fracaso, porque el autor ha minado conscientemente las estructuras simbólicas para evitar tal profanación. Sin embargo, ¿no implica todo esto, a fin de cuentas, un empobrecimiento? Me parece que es un tema interesante, que toca también el tema vitalistas / metaliterarios. Un saludo.

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Hola, Luis Hernán.

La idea de Robert me parece interesante y sugerente, y no creo que implique un empobrecimiento de la semántica de la obra kafkiana.

Por el contrario: una estructura narrativa e ideológica que impulse al lector a numerosas lecturas alegóricas y que a la vez colapse la perfección de esas lecturas, termina por generar una multiplicidad de interpretaciones, de aproximaciones, y mantiene el sentido siempre abierto, en el sentido de Eco.

Ten en cuenta que, a pesar de la noción idiosicrásica de alegoría que propuso Benjamin, que piensa en la alegoría como una entidad fragmentaria e incompleta, casi siempre cuando pensamos en alegorías pensamos en cerrazón y plenitud, y, por tanto, en unicidad de sentidos.

Ángela Castro dijo...

Lástima que un cuento sea desgarrado y mortificado. pero qué seriamos sin la crítica literaria?

Bon

Ángela Castro dijo...

Interesante refugio... es abstracto, impensable.. magistral cuento...