16.5.06

Cartas apócrifas, críticas, aclaraciones

En la mañana recibí, como muchas personas, un correo del narrador chalaco Dante Castro en el que venía como anexo un comentario suyo sobre La hora azul, la novela de Alonso Cueto ganadora del más reciente premio Herralde.

La reseña es sobre todo formal, apunta inconsistencias y baches narrativos, pero hace también algunas duras críticas a lo que Castro ve como la imposibilidad del relato de entender la sensibilidad de los personajes marginales o sometidos.

Pero antes de la reseña propiamente, Dante cita un mensaje electrónico supuestamente escrito por Alonso Cueto a un tal V.C. Se trata de un mensaje dentro de una larga serie de correos apócrifos que han estado circulando entre escritores y críticos peruanos desde hace semanas, y así se lo he hecho saber a Dante hace unas horas.

El mismo Alonso me ha enviado una carta hace un rato, pidiéndome que cite sus palabras de aclaración:

"Yo jamás he escrito ni podría escribir algo así. Esos correos apócrifos sólo me producen asco y vergüenza ajena. Tomar el nombre de alguien para escribir correos es moralmente repugnante. El hecho de que alguien base sus comentarios en ellos es su responsabilidad".

Por mi parte, creo que todas las objeciones que un crítico pueda oponer a un texto, objeciones como las que Dante opone al texto de Alonso, son válidas en tanto se justifiquen ideológica o estéticamente. Es perfectamente posible, por ejemplo, que Alonso tenga más enjundia y solidez para retratar a las clases medias y altas que a las populares o marginales, es posible incluso que éstas queden sensiblemente fuera de su registro como escritor (lo que no quiere decir que le esté vedado elaborarlas ficcionalmente y tratar de comprenderlas), y es válido que Dante lo señale.

Pero, a la vez, Dante debería justificar otras ideas suyas que quedan un tanto en el aire, como aquella de que toda novela histórica debe ser totalizadora, o la noción de que quien no se entregó de lleno a la escritura sobre la violencia política desde hace años, ahora lo hace "a destiempo", como si en la inmediatez hubiera una virtud inherente. De hecho, sería interesante que Dante elaborara un poco más esas ideas.

También me parece, por último, que es obvio que el mensaje aludido no fue escrito por Alonso Cueto, y sería de esperar una rectificación en relación con ese punto, de modo que todo quede dentro de los linderos del debate de ideas y posiciones y no entre al terreno de los ataques personales inmotivados.

Imágenes: Alonso Cueto y Dante Castro.

10 comentarios:

Gustavo Faverón Patriau dijo...

ESTE ES EL ARTÍCULO DE DANTE CASTRO SOBRE LA HORA AZUL

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LA HORA PRECIPITADA DE ALONSO CUETO

Comentarios críticos a la novela La hora azul, ganadora del premio Herralde 2005.

Escribe: Dante Castro Arrasco


Hace pocos días, revisando la
bandeja de correos recibidos, me encontré con un lío de escritores motivado por pasiones electorales. Me extrañó leer una carta de Alonso Cueto, a quien consideraba el contendor más ponderado dentro de la polémica desatada en Madrid entre narradores hegemónicos y marginales. Esta carta manifiesta lo siguiente:

Estimado V. C.
Mil gracias por defenderme y defender la validez de mi novela. Estás autorizado para hacerlo y para desenmascarar el transfondo político de quienes la atacan. Además, denunciar a los filoterroristas inflitrados en la literatura peruana no es un acto de soplonería: es un imperativo moral. / Como dijo Vallejo, mi libro ha nacido en medio del mayor silencio... y debo agregar de la campaña orquestada en los medios de prensa que fungen de críticos literarios... Sin embargo, ya sabemos lo que llegó a ser "Trilce" y nadie recuerda a sus detractores. Mi novela será un clásico cuando la izquierda comuhumalista esté enterrada. / Tanto en el ataque que sufrimos el año pasado inferido por los narradores "andinos", como en estos artículos ofensivos contra mi libro se advierte connotación política. El Perú está dividido entre demócratas y comuhumalistas, y estos últimos han infiltrado la literatura nacional y algunos medios de prensa. / En nombre de la literatura y de la democracia, gracias de nuevo... y en campaña,
Alonso Cueto

Seguidamente escribí a sus destinatarios aclarando que no todos los hombres de izquierda estamos involucrados en candidaturas, tampoco todos somos humalistas, pero además señalaba que la literatura no era objeto de infiltraciones ideológicas, puesto que no es un partido o un club. Es un arte que convoca a multitudes de ideologías y formas de pensar. Aclarado el exabrupto de Cueto, me di cuenta que se trata de una seria limitación que el autor evidencia y repite en sus obras. No coordina ni enlaza conceptos elementales, en uso del más burdo sentido común. Aún así, me sentí conmovido por aquello que dice: “Como dijo Vallejo, mi libro ha nacido en medio del mayor silencio... y debo agregar de la campaña orquestada en los medios de prensa que fungen de críticos literarios”. Suena extraño el nombre de Vallejo en el discurso de Cueto, un narrador hegemónico que no puede lamentarse de falta de publicidad. Tampoco de “campañas orquestadas de prensa”, pues dispone del diario El Comercio, la revista Somos y el diario Perú 21: todos son propiedad de la familia Miro Quesada, incluido el decano de la prensa nacional, que marcan la pauta en predios ajenos.

Pienso que la novela de Cueto merece ser criticada deponiendo las pasiones políticas del presente momento electoral. No debe padecer del mayor silencio, como dice él parafraseando a Vallejo.



1.- Valoración de la novela.

La hora azul, novela ganadora del premio Herralde 2005, es una obra literaria que se inscribe en la novísima línea de la narrativa de la post guerra en el Perú. Su autor, Alonso Cueto, ha confeccionado una estructuración de la historia que mantiene en tensión al lector durante la búsqueda que emprende Adrián de Miriam, la amante del padre, un marino genocida y torturador en Huanta, Ayacucho. En este sentido, la atención del lector no decae por causa de puntos flojos o cabos sueltos, sino que asciende vertiginosamente hasta el pináculo del clímax y concluye satisfactoriamente en un final clásico.

Cueto, en esta novela, comparte con el Mario Vargas Llosa de Conversación en la Catedral, algunos elementos comunes, como la entrevista de un hijo con los subalternos del padre, quienes le revelarán, entre tragos, la cara oculta de quien era su progenitor. Pero, mientras Vargas Llosa en esa gran novela logró poner en evidencia el carácter de la dictadura militar de Odría y del proceso político de entonces, Cueto sólo se conforma con narrar la experiencia de Adrián involucrado en el caso personal de Miriam, usando como telón de fondo la post-guerra antisubversiva.

El mayor logro de Cueto –consciente o inconsciente- consiste en revelar las distancias sociales que separan a unos peruanos de otros. Conoce bien qué diferencia a su clase con el universo de desposeídos y de manera confesional se vale de un narrador-personaje para emitir juicios acerca de ello. Las descripciones de la clase pudiente son sumamente reales y por ello abominables y nauseabundas incluso para el lector de estratos medios. Es lo que mejor conoce el autor, aquello de lo que puede dar un testimonio veraz. Pero no sucede así cuando trata de dar cuenta del mundo del otro. Cueto no puede interpretar qué se siente desde abajo y por este motivo, la novela no se separa en ningún momento de la estrecha visión del pituco Adrián.

2.- Crítica de los aspectos negativos.

(2.1.) El lenguaje.

Alonso Cueto, a lo largo de su carrera literaria, no consigue librarse de las trabas y baches propios de un lenguaje de principiante. Leer muchas de sus páginas es igual que escuchar a un mal orador que constantemente repite los mismos bastoncillos que entrampan el discurso. La reiteración de términos como “había” y “me” funcionan del mismo modo que los bastoncillos –rémoras discursivas- de un orador deficiente. Esta debió ser la segunda labor del creador, atento a corregir la estructura de sus párrafos y a organizar una sinfonía de palabras, imprimiéndole el ritmo y la cadencia que merece la acción narrada. Pierde mucho en intensidad esta novela cuyo tema tiene la suficiente tensión narrativa para impresionar al lector. Cuando tropezamos once veces con la palabra “había” en el mismo párrafo, seis veces en el siguiente, ocho en el subsiguiente, y así sucesivamente, sabemos que no se trata de un problema de estilo o meramente de composición sintáctica, sino de una seria limitación del autor.

(2.2.) Verosimilitud e inverosimilitud.

El joven Vargas Llosa indicaba que la novela se constituye en una “realidad ficcional” que sustituye a la “realidad real”, pero dejó dicho que incluso la ficción más radical tiene que ser verosímil. La verosimilitud es más exigible cuando se escribe novelas históricas o determinadas por referentes que son de público conocimiento. La novela de Cueto está referida a un hecho histórico que ha marcado a fuego la historia del Perú. Por lo tanto, no puede abusar de las licencias que le otorga la ficcionalización literaria.

Un oficial de la Marina de Guerra del Perú que termina sus últimos días en el Hospital Militar, es tan inverosímil como un franciscano agonizando en los claustros jesuitas. No se trata de una emergencia en escenario de guerra, sino de un hecho común en Lima, en épocas de pacificación y normalización de la vida institucional del país. En la Lima de post guerra, no es creíble que un paciente de esa institución sea tratado en el Hospital Militar cuando le corresponde el Hospital Naval. Luego Cueto prosigue nombrando “soldados” a los infantes de marina y reiteradamente confunde como “oficiales” a los subalternos de tropa. Sus personajes reproducen los errores del autor en cuanto a confundir las instituciones armadas. Chacho, uno de los marinos subalternos, dice: “...desde que salí del ejército...” (pág. 67)

Los casos más patéticos de inverosimilitud son: el monto del chantaje a la madre del personaje principal y la fuga de Miriam del cuartel.

Cualquier lector habitual de páginas policiales, sabe que el monto de un simple chantaje con fotos –en el Perú y en Lima- no llegaría a mil dólares mensuales. En este caso habría que comparar la amenaza real que supone el delito con la posibilidad de dar por parte de la víctima. Las consecuencias no justifican el pago, puesto que salvar la honorabilidad del padre, divorciado e invisible hace décadas, no es creíble como asunto de primera necesidad de la familia. Igualmente habría que preguntarse: ¿qué presupuesto familiar limeño soportaría un pago de mil dólares mensuales durante tres o cuatro años? Conociendo el estrato más privilegiado de Lima y sus costumbres, cualquiera preferiría ir a la policía o recurrir a sicarios antes que pagar esa suma. Pienso que el autor se hubiera beneficiado en credibilidad bajando el monto del chantaje a niveles más realistas. El narrador-personaje concluye pagando cinco mil dólares a cambio de los negativos. O sea que la cuenta total ascendió a 53,000 dólares, el precio de una casa departamento en zona residencial.

Caso de mayúscula inverosimilitud es la fuga de Miriam, disfrazada con el uniforme del marino Guayo, a quien antes el narrador ha sugerido como hombre de gran tamaño. Guayo cuenta que después de la guerra trabajó como policía, luego como guardaespaldas y el narrador dice que “al lado de Guayo, Chacho parecía un muñequito” (p. 71). Y si a Chacho antes lo describió como “cuadrado, macizo, labios duros” (p.67), ya podemos imaginar a esa “rata grande” llamada Guayo. Si Miriam era una joven menuda y el infante de marina era de gran tamaño, ¿cómo es posible que Cueto después los haga coincidir en talla de ropa y aspecto físico? Con respecto a la treta de escape, hubiera sido más inteligente que el autor le ponga a Miriam el uniforme de cualquier marino para burlar la vigilancia. No era necesario relacionarla con quien demostradamente no coincide en silueta con la prófuga.

“La chica se puso el uniforme del Guayo con la boina” dice en la pág. 79 y nadie fuera del Perú, fuera de Ayacucho, fuera de Huanta, notará que allí hay un error más: los marinos en Huanta no usaron boinas, sino gorras de tela mimética, cuando no pasamontañas que se recogían como gorros de lana negra. La boina es prenda de los comandos del Ejército ...para desfiles.


(2.3.) Entre metáforas y disparates.


Las figuras retóricas deben surgir en el discurso narrativo sin necesidad de usar fórceps. De otro modo, cualquier acrobacia verbal puede derivar en un disparate injustificable. Y no son precisamente figuras literarias dislates tales como: “carros destartalados hirviendo de humo” (pág. 97), o “mi peinado corto de terno gris” (p.30). Peor si el autor, al describir la calle, confunde la vía de asfalto con “una pista de cemento negro”. Si se mete en asuntos climatológicos, hace que una simple brisa tenga efectos de huracán o tornado: “Una brisa arrastraba los árboles” (p.137). Preguntémonos qué efectos hacía la brisa sobre las casas. Peor le va forzando frases fallidas para hacerlas pasar como metáforas: “Una pareja de ancianos pastaba tranquilamente de una bolsa de nueces” (p. 104).

En problemas mecánicos, no le va mejor a Cueto: “manejé con el ruido del pie en el acelerador” (p.123). Hasta ahora yo me pregunto: ¿qué ruido produce el pie en el acelerador y cómo hago para manejar con él? Es como decir: “Había un silencio turbio en el parabrisas, un foco de luz que se arrastraba sobre el vidrio” (p.115) cuando es evidente que lo que pueden apreciar nuestros sentidos en el parabrisas, son efectos primordialmente visuales y en segundo lugar, auditivos, si es que el limpiaparabrisas hiciera algún ruido sobre el parabrisas. Esto es tan obvio como diferenciar “un silencio turbio”, que ya es una figura literaria, de “un foco de luz” que no encaja con la anterior. Asimismo el autor demuestra que no domina el registro del habla coloquial limeña, cuando en lugar de denominar “mecánica automotriz”, escribe “mecánica automotor”. Leamos el exabrupto completo: “Nos dijo que estudiaba mecánica automotor por las tardes” (p. 300).

Conclusiones.-

Reiteramos que haciendo a un lado las deficiencias señaladas, el lector puede disfrutar del ascenso de la historia hasta el clímax de la narración, dentro de una sola tensión que es producto legítimo de la organización de la novela. No se trata de una obra que anide en la tradición narrativa de la violencia política en el Perú, sino en la novísima corriente de la narrativa de post guerra. Ella está conformada por autores que llegaron a destiempo a un tema que ya se venía narrando desde los primeros años 80’. Es una mirada retrospectiva que carece de épica y audacia para tocar con pulso firme los traumas que siguen lacerando la memoria de los peruanos marginales. Por eso ninguna novela actual de post guerra puede librarse de la mirada de corto alcance de sus propios personajes, de sus juicios subjetivos y del recuento de peripecias personales. Algo falta además de juicio histórico del autor, y es el afán totalizador que le es inherente a la novela histórica. El veterano Cueto, como el novísimo Santiago Rocangliolo, parece que no tienen la intención de la novela total, sino de hacer simplemente novelas bien estructuradas que pueden satisfacer al público extranjero, pero que dejan insatisfecho el apetito del lector nacional y una serie de cuestionamientos nuestros bajo el sombrero.

Víctor Coral dijo...

Dante dice: "Suena extraño el nombre de Vallejo en el discurso de Cueto, un narrador hegemónico que no puede lamentarse de falta de publicidad"
(...)
"dispone (Cueto) del diario El Comercio, la revista Somos y el diario Perú 21."

Las objeciones caen por sí mismas:

1.-¿Es Vallejo propiedad intelectual de cierta clase social o de cierto tipo de intelectual
"revolucionario y clasista"?

2.- ¿Ha adquirido Alonso los diarios Perú21, El Comercio y la revista Somos para
"disponer" de ellos?

Por otro lado, el tipo de crítica que Dante le hace a la novela, si bien en algunos casos es acertada, se detiene por lo general en detalles accesorios, insustanciales.
Podría hacerse lo mismo prácticamente con cualquier novela comtemporánea (hay estudios sobre los numerosos errores de percepción visual en Ulises, por ejemplo), y con mucho más éxito con Candela quema lucero, de Huamán Cabrera o con La violencia del tiempo, lo cual no les quita su valor literario.
Si vamos a criticar y oponernos a una visión de la violencia política, hagámoslo de frente, desarrollemos el debate en el plano ideológico y no ataquemos por flancos que causan sensación y revelan ensañamiento antes que profundidad en la lectura.

Dante Castro dijo...

En primer lugar, deseo aclarar que no conocía el pasatiempo vergonzante de algunos tricocéfalos de la subliteratura: enviar cartas apócrifas a nombre de escritores que sí tienen oficio. Debe ser un mecanismo de compensación psicológica frente a su principal complejo de inferioridad como creadores frustrados. Lamento el incidente, involuntario de mi parte. Fin del incidente. Si es necesario redactar de nuevo el artículo, adelante. Eliminando esa introducción, el artículo sustenta una crítica a la obra y creo que, en adelante, podemos referirnos a los aspectos estrictamente literarios sin afan de lesionar la honorabilidad del creador. No se trata de un juicio subjetivo, sino de una crítica que se cimenta en la obra misma, en elementos que pueden ser verificados por los lectores.
Teniendo tanto a qué referirnos, ¿vamos a perder el tiempo contestando si Cueto es dueño de las propiedades de los Miro Quesada? Ya está escrito en el artículo, recomiendo una segunda lectura si no le pareció claro a alguien. LO que se quiso decir es que Alonso Cueto dispone de espacio necesario y suficiente en esos medios, además de amigos y colegas que valoren su obra. Tiene página. Punto.
Ahora vamos a lo serio, que Gustavo me ha pedido aclaraciones puntuales.
Salud:
Dante Castro

Nando dijo...

es alucinante la mala leche de la reseña de dante castro. y es más alucinante que alguien que se pretende tan sofisticado en sus críticas, pueda ser tan simplón a la hora de tragarse el embuste de una carta apócrifa. a no ser que castro piense que cueto puede ser tan idiota como para escribir algo así. lo que lo dejaría todavía peor a castro.

de otro lado, dante castro cree que la "novela total" es la única opción posible para escribir "una novela sobre la violencia para el lector nacional" (no cito, pongo las comillas simplemente para distanciarme). esa afirmación, que viene a ser como el "punchline" de su artículo, me parece de una pobreza alucinante: cerrada, autoritaria y con un tono de autosuficiencia que termina traicionando al crítico mesurado en que pretende erigirse para dejar ver al comisario stalinista que parece abrigar en su corazón.

Dante Castro dijo...

Ahora sí pasamos a lo serio.
Gustavo me hace dos preguntas puntuales acerca de la novela histórica totalizadora y también de la extemporaneidad de escritores que ahora narran la violencia. Pretendía ser breve, pero dos tema apasionantes nos llevaron a escribir bastante.

La novela histórica ha conquistado su espacio dentro del género a condición de ofrecer una visión verosímil de un periodo histórico determinado, pudiendo tomar como referente un hecho real abordado a través de la ficción literaria o inventando un hecho ficticio que con toda verosimilitud encaje en el periodo mencionado y sirva de elemento catalizador de todas las características epocales. Si el autor no trataba de hacer novela histórica y sólo quería auxiliarse de un tema, ¿cae en el subgénero histórico por referirse a hechos y circunstancias de épocas pasadas? El caso de Cueto es bastante claro: comienza con una cita de Ricardo Uceda en su libro “Muerte en el pentagonito”. (Confieso que no fue el único caso de una prisionera que se escapó de los campos de concentración que erigió la democracia para el holocausto del pueblo ayacuchano) Aún así, la novela histórica no es un simple registro novelado de hechos reales, tal y como ocurrieron. El novelista tiene la facultad de constituir un universo propio, determinado -en este caso- por los referentes reales de la ficcionalidad literaria. La sustitución de la “realidad real” según Vargas Llosa, por la “realidad ficcional” de la novela, es válida aunque no tan arbitraria como para faltar a la verdad histórica. En síntesis, la “realidad ficcional” de la novela siempre tiene un ancla que la ata a la “realidad real”. Mucho mayor peso tiene esa ancla en la novela histórica.
El joven Vargas Llosa escribió en “Historia de un deicidio” que la labor más importante del escritor es el saqueo de la realidad real. De allí nace su teoría de los demonios del escritor. ¿Qué lamentamos en casos como “La hora azul”? Que el saqueo de la realidad real ha sido insuficiente y la aprehensión de toda una época que ha marcado a fuego la memoria de los peruanos, sea tan feble. La novela histórica exige del autor una erudición documentada, fruto de la labor del investigador social o del historiador. Los detalles son más importantes que en las novelas meramente ficcionales.

Ahora bien, en cuanto al concepto de totalidad, nos sirve tanto la visión de Lukács como la del maduro Vargas Llosa. Ambos coinciden en que la labor ficcionalizadora de un escritor realista y veraz refleja, desde el microcosmos narrado, la pluralidad de la realidad, recapturando y recreando eficazmente la totalidad de la vida humana. En tal sentido, la novela total es profundamente significativa.

La extemporaneidad de ciertas novelas actuales no las descalifica. Simplemente las ubica en la narrativa de post guerra porque los mismos hechos que se narran son tratados con visión retrospectiva, desde el sitio actual del escritor que mira hacia el pasado. Puede ocurrir lo contrario con escritores que narran la violencia de los 80 como si estuvieran viviéndola en esa misma década. Ya hay una narrativa que ha dado cuenta de la violencia mientras los hechos se sucedían, uno tras otro, ante la ventana del escritor. Tenía que escribirse el cuento de la violencia, puesto que las novelas de guerra son escritas generalmente en la post guerra. El ejemplo de la novela mexicana es más que suficiente. La novela, siempre llega con retraso porque requiere de un esfuerzo reflexivo sobre el proceso en su conjunto. Y esa visión del proceso en su conjunto, nos lleva inevitablemente a la necesidad de una novela histórica totalizadora.

Ojo con esta recomendación:

"...Pedirle a un escritor que escriba una 'novela sobre la violencia' si este asunto no es para él una experiencia decisiva, un 'demonio', es pedirle que traicione su vocación, que sea un mal escritor. Un escritor no 'inventa' sus temas: los plagia de la realidad real en la medida en que ésta, en forma de experiencias cruciales, los deposita en su espíritu como fuerzas obsesionantes de las que quiere librarse escribiendo..."
(Mario Vargas Llosa, Historia de un deicidio, pág. 133)

Dante Castro Arrasco

Víctor Coral dijo...

¿En algún momento Cueto ha dicho que La hora azul es una novela histórica?

Creo que no. Es una novela de formato policial con evidente intención de poner al descubierto la visión de cierta clase privilegiada sobre la violencia política y sobre el otro. Es un drama existencial antes que una novela histórica. Punto.

Está mal, y sigue expresando "mala leche", como dice Nando, caer en esta mañosa estrategia politiquera: adscribir a una novela a un género o subgénero que evidentemente no la define, para después descalificarla por carecer de las características de dicho género.

Por otro lado, Castro no ha dicho esta boca es mía sobre su exigencia (con qué derecho) destemplada, y su reproche a Cueto y Roncagliolo por no hacer "novela total", como si la novela total, per se, fuera "superior" a otro tipo de formato narrativo.

Daniel Salas dijo...

A mí me parece muy estimulante el hecho de que los blogs permitan el debate y, de modo particular, que los escritores peruanos se animen a exponer sus ideas en un medio que permite el intercambio con sus lectores o potenciales lectores. Hay que saludar la actitud de Dante Castro.

Yo solamente quiero preguntarle a Castro si, para que una novela caiga dentro del género de novela histórica, basta que trate sobre alguna época pasada. No era esto lo que pensaba Lucacks pero, claro, Lucacks no tiene que ser considerado el Santo Padre de la novela histórica.

Pero, además, si bien la "novela histórica" en el sentido luckasiano, pueda ser un vehículo útil para escribir sobre la violencia política, es extraño pensar que pueda sea el género prosístico único y el correcto para el tema en cuestión. Solo para poner un ejemplo que contradice esta tesis, podemos mencionar el testimonio que, mal que bien, también es un género que en Latinoamérica ha servido como modo de representación de la violencia.

Por otra parte, hay un asunto que Castro soslaya: la tradición de la "novela histórica" en un sentido clásico es más bien europea. La novela histórica latinoamericana posee otros y más variados matices. Antes que se me acuse de esencialista, debo aclarar que coincido con la idea de que es mejor hablar de modos de experiencia de lo latinoamericano que de "lo propiamente" latinoamericano.

Dante Castro dijo...

Claro, Daniel. Luckács no es infalible, pero es buen referente, y coincide con el Vargas Llosa maduro desde canteras distintas y equidistantes. Leyendo a Luckács uno se da cuenta que no basta referirse a un hecho del pasado para hacer novela histórica. Hace falta una recreación del contexto epocal, una visión del macrocosmos desde el microcosmos, etc. Luckács considera que la novela histórica trata de un hecho del pasado pero también trasciende la mera anécdota central y refleja el contexto histórico-social, las contradicciones interétnicas, políticas, religiosas, económicas. Su propósito principal es ofrecer una visión verosímil de una época pasada, de forma que aparezca una cosmovisión realista e incluso el registro costumbrista de su sistema de valores y creencias.
El hecho de no haber escrito la novela histórica totalizadora que reclama el tema de la violencia subversiva de los 80-90, es una limitación de la narrativa de post guerra.
Para quienes quieren ver sólo una diferencia ideológica o peor: "mala leche", hay que recordarles que justamente los "comisarios estalinistas" han premiado en China la novela de Cueto. Bien por ello, requetebien que se traduzca al chino mandarín. Buena señal.
Por otra parte, lo mejor para Cueto es que se genere polémica. Ya es un lugar común en la literatura considerar mejor una mala crítica que un silencio por falta de críticas. Acabo de constatar que muchos de mis amigos escritores no habían leído "La hora azul" pero por causa del artículo han ido a comprarla. Y claro que hubo críticas y debates desde enero, recién los estoy leyendo, pero llegaron a mis manos con el mismo retraso de la novela.
Seguiré leyendo a Roncagliolo, a ver si una crítica más contribuye a impulsar las ventas, que su libro se está quedando en tiendas Metro. Salute...

Mario Michelena dijo...

Quiero hacer varios comentarios, así que iré por partes y cucharadas. Primero, quiero sumarme al comentario de Daniel y reconocer el hecho de que Dante está criticando la novela de Cueto con argumentos y con visible dedicación intelectual, lo cual ya traza una raya en la arena y diferencia su actitud de la típica actitud entre colegas con que convivimos frecuentemente. Respecto a las acusaciones de mala leche de Vico y Nando, no las comparto. O más bien, me parece que la "mala leche" de Dante no es personal sino de clase. En su primer post hubo una frase que a mí me paró los pelos. Cito: "Las descripciones de la clase pudiente son sumamente reales y por ello abominables y nauseabundas incluso para el lector de estratos medios." (sic) Siempre he pensado que es una lástima que solamente el 2 o 3% del país sea pudiente y pueda disfrutar de cosas como vacaciones en el extranjero y comidas gourmet. Pero a veces me pregunto si será deseable para gente como DC que el país crezca económicamente, si es que la consecuencia de eso sería que algunos miembros de los estratos medios se vuelvan pudientes y por lo tanto, así mágicamente y tipo tabula rasa, "abominables y nauseabundos". Respecto a los asuntos más netamente literarios, me parece sumamente limitado el suponer que un evento "reclama" un paradigma narrativo y no puede ser enfrentado con eficacia a partir de otros. Pongo ejemplos. "No habrá más penas ni olvido" de Osvaldo Soriano, por ejemplo, es una novela aparentemente cómica, de golpe y porrazo al estilo de los tres chiflados, que comienza con la frase "¡Che, dicen que tienes infiltrados!". El clima político que refleja esa frase y todo lo que sigue en la novela, sin nunca perder el tono jocoso y absurdo, refleja excepcionalmente bien el período 1973-75 en Argentina, cuando el ala de ultra derecha del peronismo se cargó violentamente al ala izquierda, creando comandos paramilitares, incurriendo en desapariciones y horrores, y sembrando la semilla de la dictadura militar. En términos generales, la idea de la novela totalizante como sine qua non para la indagación sobre el pasado, ya sea reciente o antiguo, me crea sospechas de totalitarismo pedagogista. O sea, para qué necesito indagar si ya creo saberlo "todo", no sólo todo lo que quiero poner en mi novela, sino todo lo que debe decirse sobre el fenómeno. Quien sostiene una opinión así, para mí, lo que quiere es hacer pedagogía, así como eliminar la disidencia. Yo pensaba que la indagación del conjunto de autores literarios sobre el pasado era justamente la suma de "todas las voces todas, todos los estilos todos, etc." para parodiar al buen Tarrago Ros. ¡Qué más querríamos que que alguien se animara a ofrecer una visión minimalista, o de teatro del absurdo, o de alegoría futurista de la guerra interna con SL! Por favor.
Otrosí: me abstengo que comentar sobre la Hora Azul porque ya lo he hecho in extensísimo en dos o tres posts anteriores aquí y en Bata Japonesa. Obtuve muy poca respuesta a mis argumentos tanto de parte de quienes aprecian la novela como de aquellos a quienes les pareció mala o muy mala (yo me cuento en el último grupo).

Tanque de Casma dijo...

Yo, como mi paisano Dante, acabo de leer la novela de Cueto. La verdad es que me ha parecido una muy buena historia. Lastimosamente, presenta algunos descuidos que molestan a la lectura. Algunos detalles de mala ambientación ya los ha expuesto Dante, aunque en ocasiones exagera (¿los marinos no usaban boina sino pasamontañas? Cueto y yo debemos ser los únicos en el Perú que desconocíamos mayormente el asunto). Otras fallas se le han quedado a Castro en el tintero o en el teclado (el personaje pasa Semana Santa en Ayacucho y a los pocos días va a una actuación de su hija por Fiestas Patrias, por ejemplo). Pero estos errores son menores, creo yo.
Una pequeña disgresión. En obras maestras se han visto dislates peores. En Caracortada de Brian de Palma, casi al final de la cinta, matan en menos de cinco minutos dos veces al mismo guardaespaldas de Tony Montana y para mayor inri en el mismo sitio, y no por eso es mala la película.
Lo que a mí, personalmente, no me gustó del libro es la demasiada explicación que se da de todo. En momentos me parecía que se estaba repitiendo oraciones completas. No sé, tal vez era un efecto que buscaba Cueto y que yo no lo entendí. Pongo un ejemplo para que no crean que me estoy inventando cosas. El primo de Miriam le pide plata a Adrián Ormache. Páginas después, Ormache reflexiona que en todos lados se ven gente mala y gente buena, aprovechados y bondadosos. Era obvio que se refería a casos como el del primo. En lugar de dejarlo allí ya que era evidente, se utiliza un par de líneas para recordar la picada del familiar.
Releo este post y me percato que no he explicado porqué es buena la historia. En primer lugar yo creo que antes que una novela sobre la postguerra, se trata más de un libro sobre una crisis existencial. El exitoso abogado Adrián Ormache, a la muerte de su madre, descubre que no todo es perfecto en su mundo. Resalto este hecho. El personaje comienza su crisis con la muerte de su madre, no con el romance, si quieren culposo, con Miriam o el descubrimiento del lado siniestro de su padre. Que esta crisis personal se dé justo cuando empieza a descubrir el terrible pasado de su padre y toda la trama siguiente es un acierto. Yo, al menos, no le encuentro peros.
Otra cosa. El final me parece esperanzador. En un post de hace algún tiempo creo que Gustavo o alguien de los que frecuenta este puente decía lo contrario. En las últimas páginas Adrián Ormache, superada su crisis, hace lo que desea sin estar pensando en el qué dirán. Logra que su familia formal acepte de cierta forma a la informal(digámoslo así para no arruinar el final a quienes no han leído aún el libro). Hasta su esposa se hace a la idea.
Bueno, saludos a todos y a esperar el comentario de Castro y Faverón sobre Roncagliolo
Ernesto