21.8.06

Grandes fraudes literarios

Hace años, antes de que se desenmascararan públicamente los fraudes de JT Leroy y James Frey (el periodista que se inventó las memorias de una adicción al ácido y unos años de marginal callejero que jamás habían sido reales), The Guardian, el diario inglés, publicó una lista de lo que ellos consideraban los diez engaños literarios más escandalosos y resonantes de la historia.

Entre los top ten hoaxes mencionados por The Guardian (y aunque no voy a traducir todo el artículo, voy a resumirlo lo mejor que pueda), figuraban uno que otro fraude determinante en el desarrollo de la historia universal, como la Donación de Constantino, en la que el emperador cedía sus poderes al papa Silvestre I. Ese documento fue la base consuetudinaria y legal sobre la que se construyó, durante siglos, la idea del papado como un poder efectivo superior al de los reyes terrenos. Desde el siglo quince se denunció que era un documento falso, fraguado siete siglos antes, pero nadie hizo caso sino hasta el dieciocho.


También está en la nómina el infame Protocolos de los sabios de Sión, libro fraguado en 1905 y reproducido por antisemitas de todo el planeta (notoriamente, por Henry Ford) para difundir la idea de una "conspiración judía mundial"; los diarios de Hitler, que en 1982 remecieron el planeta con una serie de confesiones apócrifas del genocida alemán; y un tomo desgarrador incluso después del develamiento de su falsedad: Fragmentos, memorias de infancia, de Binjamin Wilkomirski, un judío polaco que describió torturas y padecimientos que él no había pasado en los tiempos del Holocausto, pero quien, según se ha dicho luego, creía sinceramente en la veracidad de todo aquello.

El tema del racismo aparece en la nómina varias veces: a esos casos se añade otro libro de memorias mentirosas, La educación de Arbolito, el relato heroico y conmovedor, pero falso, de la vida de un indio norteamericano, que resultó haber sido escrito por un segregacionista antisemita y perseguidor de negros en Estados Unidos, miembro del Ku Klux Klan, ni más ni menos: un desagradable sujeto de nombre Asa Carter (graduado de la Universidad de Colorado en Boulder: ojo con las buenas costumbres). El libro, al menos, sirvió para poner sobre el tapete el tema de ese mecanismo extraño que lleva a los racistas a elegir arbitrariamente, en apariencia, la reivindicación de unas razas y la demonización de otras: Carter no se ahorraba loas a los indígenas, casi desaparecidos del país, pero, en la práctica, perseguía a los negros y a los judíos que sí conformaban minorías numerosas.

No sólo memorias propias abundan en la lista (hay que añadir el falso testimonio del coronel Philip Corso, que escribió todo un libro para probar una mentira: que él había trabajado en bases aéreas americanas con tecnología extraterrestre); también hay que anunció biografías "oficiales" de personalidades públicas y cobró millonarios adelantos editoriales para luego descubrírsele que jamás habían tenido trato alguno con los biografiados (el caso de Clifford Irving, falso biógrafo de Howard Hughes)..

Los mejores

Sin duda, los fraudes más talentosos, desde el punto de vista literario, son otros. El del joven Thomas Chatterton, por ejemplo, quien, en la segunda mitad del siglo dieciocho, entre los doce y los dieciocho años, ansioso por publicar las imitaciones de poesía medieval en las que era experto sorprendente, inventó la existencia de un monje del siglo XV, a quien atribuyó toda su obra. Chatterton se mató al ser descubierto.

El parnaso británico estaba tan poblado de autores reales como de autores inventados, en esa década del 1760, en la que, además de los poemas del monje de Chatterton, apareció la obra de Ossian, el falso bardo del siglo III a quien John McPherson dijo haber traducido del gaélico escocés al inglés moderno. Nadie descubrió el engaño sino hasta el siglo diecinueve.

No mucho después de esos dos casos, a finales del diecisiete, ocurrió el de William Ireland, un falsificador profesional que, aduciendo que un amigo suyo poseía un baúl colmado de pertenencias de su tocayo William Shakespeare, produjo volúmenes anotados, cartas y manuscritos shakespeareanos cuya aceptación pública convenció a Ireland de que podía dar un paso mayor y salirse con la suya: escribió toda una obra de teatro nueva que atribuyó a Shakespeare, llamada Vortigern and Rowena, que, una vez estrenada resultó tan evidentemente falsa que sólo pudo ser montada una noche antes de que el furor público disuadiera a los productores de seguir con la temporada.

A diferencia de los demás, digamos que los casos del Ossian inventado por John McPherson y, ciertamente, la poesía seudomedieval de Thomas Chatterton, fueron antes que nada lujos literarios, a los que el aura de intriga y engaño no hace sino otorgar un brillo especial y misterioso.

Imagen (fotomontaje gfp): 1 Thomas Chatterton; 2 Constantino; 3 Ossian; 4 Vortigern y Rowena; 5 Henry Ford; 6 Binjamin Wilkomirski; 7 Asa Carter; 8 Clifford Irving; 9 el coronel Philip Corso; 10 Adolf Hitler.

6 comentarios:

jbadolph dijo...

Hey, hey, que Adolf Hitler es cvon efe!

jbadolph dijo...

Hey, hey, que Adolf Hitler es cvon efe!

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Ups... No fue mi intención, que larga distancia hay, gracias a Dios, entre Adolf y (José B.) Adolph...

Daniel Salas dijo...

Hay un fraude literario muy popular: El famoso poema "Instantes" que se ve reproducido en muchas oficinas, en páginas de Internet y que se atribuye insistentemente a Borges. La actitud de quienes creen firmemente (a pesar de todas las pruebas que les puedas dar en contrario) que el poema no es de Borges es bastante curiosa: si de verdad piensan que el poema es "bonito" (siendo el caso que es una sucesión de lugares comunes sacadas de la cultura de autoayuda) ello no debería depender de que su autor sea Borges o algún otro.

Un fraude más interesante y que da para una novela por las diversas ramas que posee: la atribución de la Nueva Corónica a un jesuita (creo incluso que se barajaba el nombre de Blas Valera) y no a Guamán Poma. Uno de los documentos falsificados para afirmar tal teoría contenía, en cuidada escritura paleográfica del siglo XVII, la palabra "genocidio", creada después de la Segunda Guerra Mundial.

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Creo que se te fue un "no" de más en el primer párrafo.

Daniel Salas dijo...

En efecto, quise decir:

"La actitud de quienes creen firmemente (a pesar de todas las pruebas que les puedas dar en contrario) que el poema es de Borges es bastante curiosa"

Mil disculpas