24.9.06

Los muertos en vida

Me conmueve esa actitud rememorativa, pasatista, de ciertos escritores que en algún momento de sus vidas se obsesionan con su propia y lejana juventud, y se vuelven monotemáticos en esa obsesión, y escriben siempre recordando a "su generación".

Me conmueve porque, cuando uno los escucha, tiene la impresión, injusta seguramente, de que están en cierta forma viviendo en otra dimensión.

Es una impresión incómoda, similar a la que uno tiene frente a esos abuelos que, cuando hablan de su juventud, dicen "en mis tiempos", subrayando involuntariamente que los tiempos que corren ya les son ajenos.


Por supuesto, el ciclo es bastante natural y nos atrapa a todos de alguna forma, tarde o temprano, y es más explicable cuanto mayores son los lapsos transcurridos. Un miembro de la generación del 50 que se refiera a ella --ahora que la historia, los lectores, la crítica, la han decantado y modelado--, puede, a través de esa reflexión casi personal, iluminar otras zonas de nuestro pasado colectivo.
Porque, en el mejor de los casos, puede mirarse a sí mismo como si mirara a otra persona.

Pero es menos natural y más chillón, menos genuino y más alarmante cuando uno ve el amago de un afán parecido en escritores muchísimo más jóvenes, que aún no tienen una obra pero ya tienen toda una biografía generacional. Me refiero a esos autores que, con unas ganas infinitas de pasar a la historia antes de que la historia discurra, inventan sus generaciones en la mesa de un café sin darles tiempo siquiera para existir plenamente: ya tenemos generación del 80, del 90, del 2000; pronto tendremos una generación del 2010, y puedo jurar que la tendremos antes del año 2010.

¿Por qué me suena ridículo cuando escucho a alguien establecer con absoluta seriedad el balance y la evaluación de su generación, cuando se trata, por ejemplo de la generación del 90 o del 2000? ¿Acaso no es un hecho real que todo el mundo pertenece a una generación? ¿Y no tiene cada generación rasgos diversos? ¿Y qué problema hay con aceptar esa convención decimal que se ha apoderado de nuestra historia literaria reciente, que le tiene horror al vacío y engendra una generación con cada número redondo? ¿Por qué no acepto la costumbre, simplemente, y se acabó el problema?

Ok. Obviamente acepto que esas generaciones existen. Es absolutamente imposible encontrarles un solo factor cohesionador, que no sea la coincidencia de un accidente histórico; pero existen. Nos ayudan a distinguir a unos poetas de otros con un criterio que es incluso menos ütil que el que usamos para distinguir un Toyota del 89 de un Toyota del 90; pero existen. No sirven para nada más que para multiplicar las antologías y añadir una línea en las solapas de los libros, pero existen.


(Cuando uno las mira en orden cronológico --50, 60, 70, 80, 90, 2000-- y asocia cada fecha generacional con sus supuestos miembros, da la impresión de que la poesía peruana estuviera desapareciendo en el aire. Quizá esas cifras, esas abreviatiruas, sirvan precisamente para eso: para que sea más fácil comprobar la disolución).


Pero, en el fondo, lo que me incomoda cuando escucho los atrabiliarios "deslindes" entre unos y otros miembros de "la generación del 90", "la generación del 2000", "la generación de la violencia", etc., es esa impresión de que, en efecto, esas etiquetas les importan más que su obra, y que, afanados como están en ser parte de la historia, se convierten prematuramente en parte del pasado: al hablar de sí mismos como si ya hubieran dado lo importante de sí se arrojan solos al olvido. ¿Para qué hacerle caso al trabajo de gente que a los treinta años parece decididamente cuesta abajo y vive de sus recuerdos?

No lo puedo evitar: a mí me gustan muchos libros de poetas peruanos que empezaron a escribir o a publicar durante la década de los 90, pero, si me dicen "ése es un poeta de los 90", de inmediato me suena tan obsoleto y fuera de época como un disco de Duran Duran. Y eso que Duran Duran era de los 80.

(Por cierto, ¿alguien sabe a qué generación perteneció Virgilio?).

4 comentarios:

Miguel Angel Zea dijo...

Esto que escribes es precisamente lo que sentí al leer el último artículo de Víctor Coral en Luz de limbo. La anécdota que narra es de una superficialidad tan impresionante, que ni la mención de la poesía de Michaux la eleva. Y el tema de Sendero Luminoso, parece ser una constante que Coral emplea para resaltar su figura.

Eduardo Gonzalez dijo...

No estoy muy seguro de entender el sentido del comentario de Gustavo. Por un lado, tiene un interes de larga data sobre la literatura enfocada en la violencia de los 80-90, que necesariamente invita a la reflexion autobiografica, por otro, muestra un animo condescendiente con los escritores interesados en ese tipo de vision. Es cierto que la autobiografia temprana invita a la sorna (piensese en el libro de Paris Hilton), pero no es menos cierto que el auto-cercioramiento es una suerte de pre-requisito para la narrativa, no les parece?

Octavio Vinces dijo...

En cierta medida la cronología es un factor ajeno al momento de definir un acerbo literario (o un canon, si así se prefiere). No es una idea que resulte necesariamente desmesurada el sentir que Shakespeare es contemporáneo de Goethe o que Cervantes lo sea de Kafka. Pueden mediar siglos entre unos y otros, pero esa sólo es una verdad que resultaría trascendente para la historia de la literatura en tanto disciplina esencialmente descriptiva. El tiempo de los clásicos es, por definición, un tiempo estático, ser un clásico presupone una postulación y un concepto inmodificable más allá del transcurso de los años o el paso de las generaciones.

Nando dijo...

Oye, a ti no te gusta Duran Duran, no? Te maleaste con la foto. Hubieras puesto una así de alguna generación más bien...