2.7.07

Ahora sí: Bernhard andino

Un relato inédito (hasta ahora) de Edmundo Paz Soldán

Esta es otra de las virtudes de los blogs: sus lectores suelen ser más creativos que sus autores (al menos, más creativos que el autor de este blog): Edmundo Paz Soldán nos hace llegar, a Iván Thays y a mí, este mensaje, seguido por un cuento suyo:

"Queridos Gustavo e Iván, como sigo los blogs de ustedes, he visto su interés por Bernhard estos días. Les envío un relato muy breve, inédito, inspirado por Bernhard. Es tan breve que podrían colgarlo en sus blogs. Un abrazo, Edmundo".



Bernhard en el cementerio
A Miguel Sáenz

Estabas en el sanatorio de Grafenhof cuando te enteraste de la muerte de tu madre. Tenías esa incontrolable adicción a los periódicos, leías cuatro o cinco todos los días; leíste en uno de ellos: “Herta Pavian, cuarenta y seis años”. No podía ser otra que ella a pesar del craso error, tu madre apellidaba Fabjan y no Pavian. Poco después te lo confirmaron. Continuamente nos corregimos y nos corregimos a nosotros mismos con la mayor desconsideración, porque a cada instante nos damos cuenta de que todo (lo escrito, pensado, hecho) lo hemos hecho mal, y corregimos hasta que algún momento llega la verdadera corrección. A tu madre le había llegado la corrección, estabas muy enfermo y a cualquiera de los dos podía haberle llegado primero la corrección. Tenías una sombra en tu pulmón, una sombra que caía sobre toda tu existencia. Grafenhof era una palabra aterradora. Tenías morbus boeck o sarcoidosis, te habían diagnosticado tuberculosis abierta, pero toda enfermedad puede llamarse enfermedad del alma. La esencia de la enfermedad es tan oscura como la esencia de la vida. Te considerabas afortunado por tener sólo un neumoperitoneo, sólo un agujero en el pulmón, sólo una tuberculosis contagiosa y no un cáncer de pulmón. Tu madre tenía un cáncer de matriz. Te habían dado de alta, entrabas y salías del sanatorio, y pudiste despedirte de ella, que estaba en casa, y consideraste que ella era afortunada, los enfermos de muerte deben estar en casa, morir en casa, sobre todo no en un hospital, sobre todo no entre sus iguales, no hay horror mayor. La inteligencia de ella era clara, ella vivía aún, estaba ahí, pero en el piso reinaba ya el vacío de después de ella, todos lo notaban. Volviste a Grafenhof, ahora tu cuerpo estaba hinchado, inflado por el neumoperitoneo, abultado por todos los medicamentos imaginables que te atiborraban, tenías un aspecto debidamente enfermo y estabas realmente cualquier cosa menos sano. Aquellas noches fueron las más largas de tu vida. Fue en Grafenhof que leíste el periódico, Pavian y no Fabjan, grosero error, “pavian” es babuino y tu madre no era un babuino, aunque todos los hombres son quizás poco menos que babuinos mientras esperan que les llegue la verdadera corrección o aplazan ellos su propia corrección. Herta sería enterrada el 17 de octubre de 1950, en Henndorf del Wallersee, su querido, su amado pueblo. Pediste permiso del sanatorio para ir al entierro, para volver a despedirte de tu madre. Estuviste en el cortejo fúnebre, viste todos esos rostros graves, solemnes, rostros de gente en espera de su corrección, gente que debía ser capaz de corregirse a sí misma. Ya en el cementerio, pensaste en las líneas de un poema que algeun día escribirías: En la cámara mortuaria yace un rostro blanco, puedes alzarlo/ y llevártelo a casa, pero será mejor que lo sepultes en la tumba paterna,/ antes de que el invierno irrumpa y cubra con su nieve la hermosa sonrisa de tu madre. Luego comenzaste a repetir, Fabjan, Pavian, Fabjan, Pavian, Fabjan, Pavian. Era un error que merecía ser corregido, o quizás no, tú no podías corregirlo, de pronto sólo podías pronunciar Pavian, Pavian, Pavian, y te dio un ataque de risa, todos te miraban y tú no podías dejar de reirte, Pavian, querían que te corrijas y tú no podías corregirte, querías pero no podías, Pavian, muchos queremos ser capaces de la verdadera corrección y no podemos, y la aplazamos continuamente, o creemos que la aplazamos cuando en realidad lo que ocurre es que no podemos, no somos capaces, tenemos miedo. Como no amainaba el ataque de risa no te quedó otra que irte del cementerio sin volver a despedirte de tu madre. Preferiste no volver al sanatorio, Grafenhof era una palabra aterradora. Fuiste a tu casa de Salzburgo y te acurrucaste en un rincón del piso y esperaste, profundamente asustado, el regreso de los tuyos.

Imagen tomada de aquí.

11 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente el relato de Paz Soldan, el tema podria ser la enfermedad, la muerte, la soledad y el luto.
Otro asunto seria el del tema "oculto" de ese relato, y para desentrañarlo habria que preguntarse ¿por que Bernhard?, ¿por que es la madre la que muere?

Anónimo dijo...

"Los escritores alemanes Martin Walser y Siegfried Lenz, así como el humorista Dieter Hildebrandt, estuvieron afiliados –al parecer sin su conocimiento– al Partido Nacionalsocialista Alemán (NSDAP), confirmó el Archivo Nacional en Berlín."

el humorista Dieter Hildebrandt, el tìo de tu tìo

Anónimo dijo...

Buenísimo este cuento, aplausos al autor. Un aire cortazariano. ¿No es verdad?

Anónimo dijo...

Es un buen cuento, pero por alguna razón no me emociona.

Anónimo dijo...

A mi no me parece un buen cuento, para nada, estoy seguro que si no supiéramos que es de Paz Soldán los otros comentarios no dirían "excelente" o "buenísimo". Podría ser leído por un extraño en un taller de narrativa y estoy seguro que recibiría sus palos. No emociona como dice el anónimo, y mucho engolosinamiento con eso de "la corrección" que no es más que una metáfora reiterativa de la muerte. Dochera, ese sí es un gran cuento de Edmundo Paz Soldán, lo mejor que le he leído.

Madrugalia dijo...

recoge el espíritu de la literatura de bernhard y además interpreta un momento dramático de su vida. gracias al autor

Anónimo dijo...

La discusión de siempre: ¿cuándo una referencia es demasiado obvia, cuándo demasiado sutil? ¿Un cuento se entiende porque se conocen las referencias, malo cuando no? A veces he escuchado la excusa: "es que no sabes quién es Pizarnik, ¿cómo puedes decir que la frase de acá no encaja?" Un cuento, al menos en teoría, debería poder, al mismo tiempo, convencer al que conoce las referencias y al que no las conoce.

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Cualquier texto, literario o no, es mejor comprendido en la medida en que el lector está más preparado para desentrañar sus alusiones y sus sentidos menos evidentes. Eso es una verdad demasiado obvia. No cabe la menor duda de que hay lectores que están simplemente incapacitados para comprender ciertos textos. Eso no significa, claro, que todo texto se pueda escudar en la ignorancia del lector, pero tampoco hay que negar lo evidente: no todos los lectores tienen las mismas capacidades objetivas frente a un determinado texto.

LuchinG dijo...

Una de las impresiones más grandes que me he llevado es ver que el final de Toro Salvaje es tomado del momento central en Nido de Ratas (con un significado parecido); yo vi Nido de Ratas mucho después de Toro Salvaje. Y otra, que en El Comercio publicaron en la página de Amenidades un chiste que sólo es capaz de entender quien ha llevado derivación e integración de ecuaciones (de hecho, a mí me lo habian contado cuando éstaba a punto de trikear Análisis Matemático).

Estoy de acuerdo contigo. Pero al menos yo lo intentaría.

Alberto dijo...

Deberias hablar sobre este cuento con Paz Soldán,tengo una sensacion que el tema seria bastante excelente para una nouvelle.La muerte de la madre y la soledad de Bernhard son muy bien narradas y hay una sensacion al final de el cuento que la historia da para una historia de largo aliento.

Anónimo dijo...

El problema del cuento de Paz Soldán es que no ha sufrido de tuberculosis. Para entender la enfermedad en Bernhard y escribir sobre ese tema hay que haber sido tuberculoso, como Chejov, o Kafka, que decía: "El Dios del tuberculoso es el sofocamiento."
Sigfried Lenz nació en 1929, cuando Hitler asumió el poder tenía cuatro años de edad. Y en 1946 tenía 17 años, acusarlo de nazi es un poco exagerado ¿No les parece?