31.1.08

Suplantaciones

María Emilia Cornejo y la muerte del autor

Nuestra era es la de las mil muertes del autor. No sorprende que se repitan a cada instante los edictos de defunción: su multiplicación nos dice que el autor no está dispuesto a morir muy fácilmente. O morirá todo, menos su ego: el ego del autor es punto por punto tan grande como el ego del escritor de cuya sombra se alimenta, a cuya sombra crece y cuya sombra es.

La modernidad, después de todo, ha inventado al autor y la autoría allí donde una vez hubo poco más que creadores dispuestos a la disolución de su propiedad, y una anónima, no siempre reconocida paternidad. La postmodernidad, en caso de que haya sucedido ciertamente al periodo anterior (no lo sabremos jamás, al menos no hasta el siguiente momento), no parece haber hecho otra cosa que remacharle los clavos al pedestal del autor: en el mundo después de Warholandia y ahora, en el mundo después de Lonelygirl 15, se puede ser autor sin ser autor de una obra. Un autror virtualmente idéntico a un autor virtual, pero sin las virtudes de haber creado cosa alguna.

Curiosamente, las mismas consecuencias que tiene la postmodernidad o el tiempo que así llamamos, las tiene la mediocridad pura y dura, la mediocridad anacrónica, en cualquier momento de la historia, por ejemplo, en el nuestro pero ya desde hace mucho: tenemos reputados novelistas sin novela; famosos críticos sin obra crítica; nuestros mejores cineastas han grabado un cortometraje que promete; tenemos celebrities del happenning que apenas happen to be there: nuestra prensa parece cada vez más una osada performance destinada a probar que se puede comunicar sin un contenido a ser comunicado; en nuestras artes plásticas hay más especialistas en vernissages que en pintar cuadros; nuestros artistas son mayoritariamente conceptuales, sólo porque nunca pasan del concepto al soporte, porque no conciben muchos conceptos que se soporten.

En esa línea, elegimos sin elegir: nos preguntamos cuáles son los dieciocho mejores poetas aparecidos en los años noventa. Algo así como preguntarse cuáles son los catorce mejores equipos profesionales de fútbol en el Perú. O quiénes han sido nuestros cinco presidentes clave en los pasados veinte años. Premio para todos. Todos somos estrellas. No es la era de la muerte del autor, después de todo: la muerte de la obra parece más cercana. Los originales de Carver salen a la luz y sus fans no celebran la aparición de un texto nuevo, distinto; más bien, lamentan el lanzamiento porque puede mellar el aura mágica que rodea a Carver en sus altares paganos. Conservar a un solo autor es más importante que la multiplicación de los libros.

En Lima, la revista Intermezzo Tropical, siempre contorsionándose en dirección al escándalo, como buena enredadera en dirección del sol, pero de vez en cuando con frutos dignos del mordisco, entrega a sus lectores un artículo debatible: "María Emilia Cornejo, el lado oculto de un mito", de José Rosas Ribeyro, en el que el poeta intenta deslindar los límites de la autoría de los tres poemas más conocidos de María Emilia Cornejo, aparecidos originalmente en 1973, un año después de la muerte de la escritora.

Rosas Ribeyro no solo se arroga el derecho a ser visto como el editor crucial de los poemas, sino que en verdad parece proponerse a sí mismo (y a Elqui Burgos) como reescritores de los versos: "los tres poemas son resultado de un trabajo de montaje y construcción que en 1973 hicimos al alimón Elqui Burgos y yo..."

Es más, si uno lee con atención, Rosas Ribeyro dice que parte del ensayo de reescritura practicado por él y Burgos en 1973 fue hecho con la intención de "inventar" a Cornejo: "era también un juego que Elqui y yo asumimos con el espíritu irreverente con que un anónimo poeta peruano había creado poco antes a una supuesta poetisa ecuatoriana".

La finalidad última del artículo que publica ahora Rosas Ribeyro es declararse no sólo autor real de los poemas "Soy la muchacha mala de la historia", "Como tú lo estableciste" y "Tímida y avergonzada". Su objetivo final es declararse autor de María Emilia Cornejo e, incluso más allá de eso, proponer la noción paradójica de que esos tres poemas que más de una vez se han considerado precursores "de una vivencia de la poesía desde la mujer" fueron en verdad el producto del trabajo lúdico de dos hombres a partir del material "en bruto" dejado por Cornejo tras su suicidio.

Debo decir que más que el reclamo de Rosas Ribeyro, no desmentido por Hildebrando Pérez Grande en otro artículo que también aparece en Intermezzo Tropical, me soprende la rápida reacción de otros escritores cuyas respuestas se citan hoy en la revista Caretas:
“No me sorprende viniendo de Rosas”, ironiza Rocío Silva Santisteban. Para Carmen Ollé, Cornejo es la indudable autora de sus versos. Y añade: “el poema importa más que el poeta”. Marco Martos asegura que es “una subida al carro” lamentable.
Desconozco los motivos por los cuales tres poetas y académicos como Rocío, Carmen Ollé y Marco Martos pueden ser tan rotundos en desmerecer la versión y al articulista de inmediato. Me parece evidente que lo que asegura Rosas Ribeyro merece considerarse con seriedad, y que un texto que ha sido leído siempre en una sola dirección (es decir, como poesía vivencial, íntima, personalísima, genéricamente determinada, poesía femenina, uno de los grandes puntos de apoyo de la tradición de la poesía escrita por mujeres en el Perú de las últimas décadas), merece obviamente ser revisado si se descubre que su autoría no era tan fácilmente localizable como hasta ahora se venía suponiendo.

Las respuestas mencionadas me parecen guiadas por la (muy entendible) pasión reivindicadora y por una visera ideológica, que ve el texto de Rosas Ribeyro como un intento de desvirtuar una de las lecturas fundamentales del discurso feminista en las letras peruanas. Quizá lo sea, pero eso debe debatirse. Es cierto que el elemento ideológico es ineludible en un caso como este, pero la crítica debe sobreponerse al prejuicio y exigirse el estudio de todas las posibilidades. ¿Por qué hacer una excepción en este caso?

Estos son lo poemas en cuestión:

Soy la muchacha mala de la historia

Soy
La muchacha mala de la historia
La que fornicó con tres hombres
Y le sacó cuernos a su marido.

Soy la mujer
Que lo engaño cotidianamente
Por un miserable plato de lentejas,
La que le quitó lentamente su ropaje de bondad
Hasta convertirlo en una piedra
Negra y estéril
Soy la mujer que lo castró
Con infinitos gestos de ternura
Y gemidos falsos en la cama

Soy
La muchacha mala de la historia.

Como tú lo estableciste

Sola,
descubro que mi vida transcurrió perfectamente
como tú lo estableciste.

Ahora
cuando la sensación de algo inacabado,
inacabado y ajeno
invade de escrúpulo mis buenas intenciones,
sólo ahora
cuando me siento en la mitad de todos mis caminos
atada a frases hechas
a cosas que se hacen por haberlas aprendido
como se aprende una lección de historia,
puedo pensar
que de nada sirvieron los consejos
ni las interminables conversaciones con tu madre,
y esas largas horas de mi vida
perdidas
en aprendizajes extraños sobre pesas y medidas,
colores
y
sabores
y
en el vano intento de ir tras el sol
tras el vuelo de los pájaros,
de repente quiero acabar
con mi baño de todas las mañanas,
con el café pasado,
con mi agenda cuidadosamente estructurada
de citas y visitas
a las que asisto puntualmente;
pero es tarde
hace
frío
y estoy sola.

Tímida y avergonzada


tímida y avergonzada
dejé que me quitaras lentamente mis vestidos,
desnuda
Sin saber qué hacer y muerta de frío
me acomodé entre tus piernas
¿es la primera vez?
preguntaste,
sólo pude llorar.
oí que me decías que todo iba a salir bien
que no me preocupara,
yo recordaba las largas discusiones de mis padres,
el desesperado llanto de mi madre
y su voz diciéndome
"nunca confíes en los hombres".
Comprendiste mi dolor
Y con infinita ternura
Cubriste mi cuerpo con tu cuerpo,
tienes que abrir las piernas, murmuraste,
y yo me sentí torpe y desolada.

Caretas ha publicado una nota sobre el tema.
ZdN ha publicado el artículo de Rosas Ribeyro y uno de Hildebrando Pérez Grande.

21 comentarios:

Anónimo dijo...

Por un lado, chévere, porque una ideología con héroes no es una ideología; es una "heroelogía". Por el otro, ¿por qué tuvo que esperar 34 años el caballero para decir lo que dijo? ¿Esa es su forma de "recordar, homenajear, a una muchacha que habíamos visto pasar entre nosotros como un pájaro que vuela con las alas quemadas y cuyo suicidio nos había dolido profundamente. (...) luchar contra el olvido, de comulgar con ella más allá de la muerte."? ¿O qué es?

RODOLFO YBARRA dijo...

Estimado Faverón, después de leer los dos artículos en mención, nos (me) queda más que la duda (ya que Hildebrando Pérez Grande no desmiente, ni afirma nada), un curioso resabio, motivo por el cual uno debería agradecer (o ningunear) a Rosas Ribeyro; quizá -quisiera arriesgarme, en vez de quedarme con el principio cartesiano- una corrección en vida o post mortem, no sea una suplantación como propones en el título de este post. Construir un rompecabezas con la piezas existentes no nos hace inventores de la piezas. Contrario censu, habría que preguntarse cuándo una manipulación o “corrección” transgrede la factoría de un autor y lo hace cómplice hasta el punto de decir que "él" también es el creador o, peor, que "él" es el creador; esto suena a vientre de alquiler, problemas que más que un médico necesita de un fontanero. Quisiera apuntar casos como el de Milla Batres que ordenó los versos del primer Verástegui, o los pocos comentados casos de Ana María García (“Hormas y Averías”) cuyo buen libro se dice -en el submundo de la literatura y ciertos cajones de resonancia donde no repta la crítica- que fue corregido ad libitum por Antonio Cisneros; o “Noches de Adrenalina” cuyo comentario de Toro Montalvo, en una reunión, nos dio a entender que Jarry dejó sus huellas digitales ahí. A veces, me pregunto, no sería mejor poner al final del libro –como bien hace Andrea Cabel- el agradecimiento respectivo a todos los que, de alguna u otra forma, revisaron el texto original. No vaya a ser que después de escuchar por largos años la música original nos salgan con que todo era fonomímica, play back, música travestida.
Rosas Robeyro no solo desordena las antologías y las construcciones teoremáticas de una poesía feminista, sino que –34 años después- se convierte en el ventrílocuo de su propia decisión.

RODOLFO YBARRA dijo...

el apellido correcto es Rosas Ribeyro.

Anónimo dijo...

¿construcciones teoremáticas? ya pues, Ybarra, primero aprende a ordenar tu cabello y luego ordena tus ideas antes de hablar. Es falta de respeto para los lectores de blogs.

Anónimo dijo...

yo en lugar de Burgos y Rosas Ribeyro me habría quedado callado. Flaco favor le han hecho a la poeta al dejar sus poemas así. Tuvieron que seguir trabajándolos hasta que quedaran bien. Con esto lo único que demustran es que son pésimos editores.

C.G.

Anónimo dijo...

parece que el profesor garcía miranda se quedó picón de cuando hace tres años Rosas Ribeyro y Hora Zero organizaron un coloquio sobre poesía de los setenta y no lo dejaron participar por que su crítica es deficiente. Cuanto le ardió al académico.

h.z.

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Al oligofrénico que está enviando todos esos mensajes firmados con diversas iniciales, se le ruega abstenerse de mandar comentarios hasta que aprenda a escribir su propio nombre, y completito.

RODOLFO YBARRA dijo...

Calma anónimo, use Ud. el peine mirando el espejo: "teoremático" en relación a teorema.
Teorema: proposición que afirma una verdad demostrable.

Dejo aquí otra definición de wikipedia:
Un teorema es una afirmación que puede ser demostrada como verdadera dentro de un marco lógico. Demostrar teoremas es el asunto central en la matemática.

Un teorema generalmente posee un número de condiciones que deben ser enumeradas o aclaradas de antemano y que se denominan respuesta. Luego existe una conclusión, una afirmación matemática, la cual es verdadera bajo las condiciones en las que se trabaja. El contenido informativo del teorema es la relación que existe entre la hipótesis y la tesis o conclusión.

Anónimo dijo...

oye faverón, porqué tratas así a Ibarra, no seas malo, es entusiasta el chico.

Anónimo dijo...

querido Faverón, no debes desesperarte por los malos anónimos, por cada uno de ellos habemos diez buenos que sí valoramos tu excelente blog, crisol de opiniones y puntos de vista necesarios para refundar la cultura peruana y avanzar hacia la conquista de nuestra propia historia.

Atentamente.

Un buen anónimo

Anónimo dijo...

ejercitar el razonamiento contraintuitivo no es lo mismo que intuir y desarrollar algun ra-zona-miento a la fuerza.

Anónimo dijo...

J.R.R. tiene en su haber algunos poemas que, a mi juicio, son bastante logrados (en Ciudad del Infierno, sobre todo), y de mayor intensidad -y calidad- que los de Cornejo... ¿Por qué no?

Anónimo dijo...

Cuando Carlos Cabanillas de Caretas me llamó por teléfono a comienzos de semana para preguntarme sobre el affaire María Emilia Cornejo, yo en principio le dije que no podía opinar porque no había leído el texto de José Rosas Ribeyro. El me lo explicó, me contó digamos el meollo del asunto, sin decirme específicamente quién era el autor (yo pensé que era en co-autoría con Elqui). De arranque me sorprendió mucho que, tras tantos años de la muerte de María Emilia Cornejo, se dé una noticia de esta índole. Pero mis palabras casi exactas, sobre una entrevista que yo suponía off the record fueron: "Puede ser… todo es posible en la literatura, pero me sorprende mucho de Elqui Burgos –a quien conozco y respeto– aunque no me sorprende de José Rosas", a quien no conozco, y de quien he sabido sólo por su poesía, y eventualmente, por las cartas que se entrecruzaba con su hermano en La República. Le dí algunos nombres a Cabanillas de posibles entrevistados, números de teléfono y datos, y posteriormente le insistí que no podía decir nada hasta leer el texto. Y resulta que ahora salgo diciendo "algo" en Caretas, totalmente fuera de contexto. En fin, ya había olvidado, que a los coleguitas, sobre todo a los que comienzan, nunca hay que tenerles confianza. Y menos si escriben en el mismo medio que tú.
Para leer el texto completo http://kolumnaokupa.blogsome.com/2008/02/01/el-affaire-maria-emilia/

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Rocío Silva me hace llegar este mensaje colectivo:

Les paso mi opinión sobre el asunto que ha suscitado el artículo de Rosas Ribeyro sobre los poemas de María Emilia Cornejo.

http://kolumnaokupa.blogsome.com/

Anónimo dijo...

¿Es impresión mía, o en verdad desde que empezó el verano ya no hay tantos comentarios como antes?

Caridad Mendoza dijo...

Sería interesante que Rosas Ribeyro deijera dónde están los papeles originales de Cornejo. Eso le daría seriedad a su artículo, que no pasa de lo anecdótico de otra manera.

Anónimo dijo...

ay, ibarra, como siempre, tu prosa retorcida que en el fondo no dice nada. mejor pica pa tu hueco, o sea, el blog de coral, donde siempre serás bienvenido

Anónimo dijo...

el problema con ibarra es que se gana mucho enemigos por razones literarias. El post está referido a un supuesto suplantamiento ¿no es así?

Solís

Anónimo dijo...

Tanta pelea por esos poemas tan feos. Pésimos. Creo que esos son los poemas que aparecen en la colección de poesía que se publicó en el velasquismo. Sobrevalorada.

ENRIQUE RIOS MERCEDES dijo...

¿a qué se le llama sobrevalorado? ¿al hecho que una mujer joven y deicida haya escrito con soltura y sin ambages en plena época en donde el machismo era más recurrente que hoy en día o la manía de criticar por criticar sin una pizca de cordura ni estilo?

Anónimo dijo...

Recién caigo en el caso y no puedo dejar de enojarme. Si José Rosas fuera un buen poeta, o siquiera un poeta, se sabría. La verdad es que no pasa de ser un oscuro aspirante a poeta y mediocre iconoclasta juvenil de fines de los 60. En este caso -el caso de la poeta "inventada"-, faltan las pruebas. ¿Dónde están, por ejemplo, los poemas originales para ver en qué medida fueron cambiados ("escritos" por Rosas, como subliminalmente él pretende)? Mientras estos no aparezcan, sólo tenemos el reclamo chillón de alguien que no ha podido hacerse de un nombre con su propia obra y el silencio cómplice de algunos de sus amigos. En estas condiciones, usurpar los poemas famosos y consagrados de una poeta muerta 30 años antes es un abuso necrofílico, no un acto en favor de la verdad ni de la justicia. Es simplemente actuar con la falta de escrupulos de un gallinazo sin plumas. Para lo que hay que tener vocación.