17.3.08

Primer Quipu

Dos cuentos de Julio Meza

Para la primera edición quincenal de esta nueva etapa de Quipu, se recibieron seis decenas de textos de jóvenes autores (no todos llegaron a ser revisados, muchos de ellos se juntarán con otros cincuenta textos llegados en los últimos quince días). Los jurados encargados de esta primera selección fueron Javier Gárvich y Ernesto Carlín, quienes eligieron de común acuerdo los dos cuentos enviados por Julio Meza, subrayando sobre todo uno de ellos, “El árbol”. Julio Meza (Lima) tiene veintisiete años, es un abogado graduado en la PUCP que ahora se dispone a estudiar literatura en esa misma universidad. Ha publicado un libro de cuentos, Tres giros mortales, en la editorial Casatomada que dirige Gabriel Rimachi. Administra un blog de crítica de rock llamado Atrapa la Luz (www.atrapalaluz.blogspot.com).


El árbol

Al este de un cielo de nubes blanquecinas, el sol se levantaba con su característico vigor matutino (parecía un hombre luminoso que se despereza exhibiendo una panza abultada) y, con su fuerza natural, lanzaba sus rayos amarillos que producían iridiscencias en las rocas de los cerros imponentes. Varios metros más abajo, en el pueblo, las tejas rojizas y las ventanas de las fachadas brillaban por el emerger de la mañana, y estos pequeños resplandores formaban raras constelaciones que podían verse desde las lejanías. En la plaza, la iglesia mayor proyectaba una sombra alargada, que aumentaba de tamaño hasta atravesar el asfalto, ingresar al jardín central y refrescar la banca de madera que acogía a un mendigo. A una cuadra, en la calle que conducía al río de aguas tranquilas, se encontraban las casas de las personas más pudientes, y, por ello mismo, el sector más cuidado y agradable de todo el valle. Una de esas construcciones, que se ubicaba en una esquina concurrida, era la del señor, un hombre de edad avanzada, pero con un cuerpo tan recio que daba la idea que los años, en vez de afectarle, le habían dado una fibra invencible. Frente a su puerta principal, por donde recibía las visitas de sus pares, se ubicaba el resultado de las décadas completas que había llevado en ese lugar: un árbol de raíces profundas, tronco grueso y firme, y ramas y hojas de una gran abundancia.

-¡Cuánto se demora este bruto! -dijo el señor, saliendo a la vereda para buscar al jardinero.

A una centena de metros, el jardinero venía caminando lentamente, como si reflexionara con paciencia antes de dar cada paso. Sobre su espalda encorvada, y en una bolsa de rafia, llevaba sus herramientas de trabajo, algunas ropas y un frasco con gasolina. “Pero qué rico”, pensó, luego de sentir el calor del ambiente en su cuerpo, y se puso a silbar. La melodía que brotaba de sus labios era en apariencia alegre, pero tenía una corriente subterránea que la tornaba melancólica y, en algunos momentos, hasta vertiginosamente triste. Por más que se esforzó (puso un dedo en su boca y junto los dientes), no logró evitar el aire oscuro de su música. “Parece que mi interior me manda un mala señal”, caviló, y, sin embargo, continuó soplando con ritmo.

Luego de pasar por una bocacalle, vio al señor, que exhibía un rostro de exasperación, y recién avanzó con rapidez, pues entendió que estaba llegando tarde. “Uy, el señor está amargo, creo”, pensó.

Ya delante de su patrón, bajó sus cosas y saludó con verdadero cariño: - Señorcito, buenos días. ¿Cómo se encuentra hoy?

-A ti que te importa cómo estoy -respondió el señor, agresivamente-. Debiste aparecer hace media hora.

-Sí, señorcito -dijo el jardinero, bajando la cabeza-. Pero no se moleste. Al fin y al cabo, he llegado ya, ¿no?… Dígame, ¿para qué soy bueno?

-Primero, la próxima preséntate más temprano -manifestó el señor-, porque de lo contrario no te daré ningún encargo -y, relajando su mal carácter, señaló el árbol-. Bueno, ¿ves a ese?

-Sí.

-Deseo que lo hagas caer.

-Pero… -dijo el jardinero, mirando el árbol por un momento- ese está sano y fuerte. ¿Por qué quiere que lo baje?

-¡A ti qué te interesan mis razones! -el señor volvió a encolerizarse-. ¡Sólo córtalo!

-Como desee, entonces -aceptó el mandado el jardinero -. Lo haré lo más pronto que pueda.

-Espera -agregó el señor, rascándose la cabeza-. Si te lo cuento, tal vez trabajes con más ganas.

-A ver, señorcito.

-Mira, sucede que mi mujer está muy enferma -se explicó el señor-. Ella cree que va a morirse. Pero considera que eso no sucederá hasta que cante un ave de mal agüero. Y en el único lugar en que se puede colocar dicho animal es en ese árbol. Por lo tanto, mientras no exista esa planta fregada, ningún pájaro se hará escuchar.

-Entiendo, señorcito -dijo el jardinero, respetuosamente.

-Bueno, ahora me voy -finalizó el señor-. Tú ya sabes cuál es tu trabajo.

Mientras se retiraba el señor, el jardinero se paró delante del árbol y lo observó con atención: bajo el sol intenso, tenía un aire majestuoso y superior, como de alguien importante. “Además”, pensó él, “parece de ánimo duro y voluntad terca, igual que un señorón de esos”. De inmediato, el jardinero se acobardó, y contrajo el cuerpo hasta juntar la quijada con el pecho. Su meditación le indicaba que debía mostrar respeto, pues no estaba tratando con un igual. Pero, luego de unos segundos, cuando se dio cuenta que estaba frente a un árbol, se irguió por completo, se colocó en posición de pelea, y dijo en tono desafiante: -No me vencerá ni con su porte de señor ni con nada… ¡Y, por último, no permitiré que le haga daño a la señora!

Desde la perspectiva del jardinero, el árbol pareció responder a sus palabras: se agitó ligeramente, como si se estuviera riendo ante su amenaza.

***

-Ha llegado su fin, señor árbol -se animó el jardinero, levantando la tijera de podar-. Ahora sabrá de mi oficio.

Con una minuciosidad de artista, y sobre su escalera de tablas, empezó cortando las ramas más pequeñas. Para alguien no avisado, daba la sensación de estar realizando una labor de peluquería, pero trasuntada a los oficios que requieren las plantas. Luego de varios minutos, cuando terminó con su tarea, y dejó al árbol sólo con su enramado grueso, tomó el machete y, con golpes secos, acabó por tirar abajo esos brazos marrones y tortuosos. Ya con la cara y el pecho manchados de tierra, descendió al suelo, y procedió a alistarse para el trabajo más arduo: quebrar el tronco. Empuñando el hacha con ambas manos, taló una y otra vez, deteniéndose a ratos para secarse la frente o beber agua de una botella de vidrio. Media hora después, cuando estuvo a punto de concluir (sólo faltaban tres o cuatro hachazos), cogió la soga y, con mucha precisión, la envolvió a un lado del tronco. A continuación, tiró con potencia, hasta que, tras el grito “¡cuidado abajo!”, el árbol cayó vencido, desplomándose en su integridad.

-Le dije que acabaría con usted -soltó el jardinero, dibujando una media sonrisa-. Ahora, pues, le verá el señor.

Mientras tanto, el sol seguía gobernando con ímpetu, lanzando sus rayos como si estuviera dando su bendición a todos los seres existentes. En respuesta, las flores abrían sus pétalos de colores, invitando a que cayera en su interior un poco de la energía dorada que se desperdigaba por el campo; y los animales, con una alegría que manifestaba éxtasis, jugaban desplazándose de un lugar a otro y produciendo una bulla disonante pero feliz. Más allá, sin embargo, un conjunto de nubes albas, que poco a poco se volvían de un gris espectral, acechaban como fantasmas, y expandían su sombra tensa por algunos bastos territorios. A su vez, el viento, al que parecía fastidiarle la claridad del día, exhalaba hacia el este, ora con suavidad, ora con una potencia desgarradora, y, lentamente, desplazaba a los copos blancos del cielo a su encuentro con el astro rey.

Avanzando sin apuro, el jardinero se acercó a la casa y tocó la puerta. De inmediato, el señor se asomó y preguntó qué deseaba.

-Ya he acabado, señorcito -dijo el jardinero, con tono alegre-. Puede decirle a su señora que esté tranquila. Nada le va a pasar.

-Oye, ¿pero tú estás bruto? -se molestó el señor y, estirando un dedo, indicó-. ¡El árbol sigue allí!

-¿Qué? -se impresionó el jardinero, volviéndose-. Pero si hace un rato…

-¡Cumple con tu tarea, so vago! -concluyó el señor, y lanzó la puerta.

Estupefacto, el jardinero le puso los ojos al árbol con una cólera ardiente: este se hallaba con su tronco intacto, sin ninguna rama quebrada y con su mechón de hojas llenas de una vida arrogante.

-No me la va a hacer -reventó el jardinero, colérico-. ¡A mí no me la va a hacer!

***

En las alturas, el viento, que había soplado con una fuerza liberada, empujó las nubes a lo largo de varios de kilómetros y, habiendo logrado su propósito inicial, oscureció el ambiente de tal forma que todo se tiñó de una coloración ceniza. Las nubes, con su naturaleza ahora abultada y negra, expedían relámpagos incesantes y provocaban la sensación que, de un momento a otro, iban a explotar definitivamente. El sol, del que ya sólo se podía observar cierto resplandor y algunas de sus lanzas brillantes, moría sin luchar y estático, como si le hubiera sido suficiente su breve reinado.

-Con que sí, ¿no? -dijo el jardinero, destilando amargura.

Con movimientos presurosos, se sacó la chompa y el polo, y se amarró una faja de cuero alrededor de la cintura. Sin esperar un instante, cogió su hacha y, furiosamente, golpeó el árbol en su base. Repitió este acto numerosas veces, sin descanso ni para tomar un suspiro, hasta que logró dejar al aire libre el centro mismo del tronco. “Tendrá que derrumbarse”, pensó el jardinero, dirigiéndose al árbol. “A las buenas o a las malas”. Prosiguió con rabia cada vez más intensa, como si, en un arranque de locura, estuviera asestándole cuchillazos homicidas a una víctima que estuviera a punto de fenecer. Luego de uno minutos, con su entorno lleno de astillas de madera, el árbol empezó a inclinarse hacia la izquierda. Dejando la cuerda que uso anteriormente a un lado, lanzó terribles puntapiés contra la corteza pelada, y, rechinando estremecedoramente, el árbol se derrumbó.

-¡Le dije que no podría conmigo! -se exaltó el jardinero-. ¡Se lo dije!

Para que no haya duda de su logro, siguió asestándole tajos al árbol caído. Con el rostro y la espalda húmedos de sudor caliente, le dio duro a las ramas, casi sin distinguir las que eran pequeñas de aquellas de mayor tamaño. En quince minutos, y exhibiendo unos dedos encallecidos, tuvo a sus pies un enorme montículo verde y castaño. A continuación, aprehendió otro instrumento (una sierra), y prosiguió con el tronco desnudo. Sin conmoverse por la savia que se derramaba a manera de sangre, hirió progresivamente el cuerpo tendido, hasta sacar la primera rodaja de madera. Tres cuartos de hora después, no existía tronco, sino una docena de trozos circulares. “Aquí no acaba la cosa”, le dijo al árbol, mentalmente, mientras jadeaba de cansancio. “Sólo ha comenzado lo bueno”. Con el hacha, y ya gastando las últimas energías que le restaban, destrozó las mencionadas piezas y, como si fuera a prender una fogata, acumuló leña en grandes cantidades.

-¿Quién es el señor, pues? -dijo el jardinero, completamente cansado, pero orgulloso-. ¡Ahora dime quién es el señor!

-A quién le hablas, loco de mierda -gritó el señor, desde el interior de su casa.

El jardinero se volteó y, dirigiéndose al señor con un tono triunfante, le anunció: -¡Ya terminé! ¡Venga usted a ver cómo quedó!

El señor abrió la puerta y quedó callado, como si estuviera pensando la manera más punzante de responder un insulto.

-¡Tarado! -soltó por fin, y agregó, con la mirada ardiente: -¡Pero si allí esta el árbol! ¡Acaso tratas de reírte de mí!

Estupefacto, el jardinero dirigió su cabeza hacia atrás y, con las articulaciones temblorosas, se encontró con el árbol íntegro, tan igual como lo había visto a su llegada.

-¡Carajo, termina de una buena vez o ya no querré más tus servicios! -indicó el señor, y se marchó golpeando la puerta.

El jardinero, jalándose de las crenchas, gritó: -¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡No le dejaré vencer! ¡No!

***

Explotando por un frenesí agresivo que le enfermaba la cabeza, el jardinero no reflexionó un momento, sólo se dejó llevar por el mero arranque del impulso, y empezó a empapar el árbol con la gasolina que tenía en una botella. Mojó la parte más expuesta, desde las zonas visibles de las raíces, hasta el tronco que se perdía por las ramas entreveradas. Como su pulso era descontrolado (no aguantaba la irritación que le producía haber sido derrotado dos veces por el árbol), manchaba el suelo y sus propios pies calzados con sandalias. Finalmente, empapó un trapo y, llevado por un afán piromaniaco, lo encendió con fósforos y lo arrojó al árbol. Este ardió como una antorcha gigante y crepitó sin cesar, expulsando densas humaredas negras.

-¡Le derroté! -saltó de alegría el jardinero-. ¡Ahora sí le derroté! -y se puso a reír con carcajadas enajenadas-: ¡Ja, ja, ja! ¡Ju, ju, ju!

El sol había desaparecido por completo, sin dejar siquiera un modesto rastro de su presencia. Las nubes, que eran las nuevas gobernantes del cielo, lucían un negro intenso y, además de reventar en fragorosos espasmos de luz, echaban rayos como si fueran brujos vengativos. El viento, perdiendo toda coordinación, soplaba a mansalva, entreverándose en desorden y careciendo de un sentido claro. De un momento a otro, se escuchó un tronar más fuerte que todos lo anteriores, y, por un instante, se vivió una atmósfera paralizada, como si el tiempo se hubiera detenido en una fotografía.

Y, con violencia, llovió.

-¡No! -chilló el jardinero-. ¡No se liberará de esta!

Las llamas del árbol, que habían crecido considerablemente, empezaron a apagarse, y el humo brotó en espirales como una serpiente encantada de su canasta. El jardinero, sin esperar un segundo, y con movimientos torpes por la desesperación, echó más gasolina, y, por casualidad, se empapó el pecho y las piernas.

¡No le dejare ganar! ¡No! -aulló, y, sin ninguna razón, volvió a lanzar risotadas-: ¡Ja, ja, ja! ¡Ju, ju, ju!

En seguida, prendió fuego. El árbol se envolvió en llamas, pero no con el mismo brío de antes. Con lo ojos desorbitados, el jardinero se puso a silbar, como lo hizo al principio del día. Pero ahora, acompañado de su música, también bailó, dejando huellas largas sobre el barro. Su tonada era exaltada, y hacía referencia a un triunfo supremo y una alegría espiritual. Era una melodía propia de fiestas carnavalescas, pues estaba compuesta de partes jubilosas y de un ánimo lujurioso. Pero, en lo profundo, tenía un aire lúgubre, que indicaba la melancolía que produce la proximidad de la muerte. Sonaba como el anuncio festivo y resignado de alguien que, pese a sus esfuerzos sobrehumanos, fallecerá.

El jardinero bajó mecánicamente la cabeza y, sin sorprenderse, descubrió que tenía la bota de su pantalón encendida. Ya sin cordura, se bañó con lo que restaba de gasolina, mientras expedía a grandes aullidos:- ¡Ja, ja, ja! ¡Ju, ju, ju!

Y, con el cuerpo en fuego a lo bonzo, gritó-: ¡Así usted morirá! ¡Morirá!

Y corrió a abrazarse al tronco del árbol: fuego y fuego se unieron y, hasta consumirse, no se apagaron.

***

No pasó mucho (de dos a tres horas) para que las nubes se desgastaran en su trance líquido, pues, a medida que evacuaban agua, se consumían al igual que cuerpos afectados por la hambruna. En un momento dado, desaparecieron del horizonte, y se presentó, con un aura renovada, quien gobernaba en un principio: el sol. Este, despidiendo su luz brillante, impartió una vida nueva a la atmósfera, que se mostró caliente y acogedora como una madre. El viento, por su lado, se relajó por completo, y únicamente se hacía sentir a manera de una brisa fresca que relaja los rostros y mueve con sutileza las cosas dóciles.

El señor salió de su casa y se encontró con una escena pavorosa: desperdigadas por el piso, había un hacha, una sierra, una soga, un recipiente y una tijera de podar; más allá, un cuerpo calcinado, que sólo mostraba como piezas intactas sus dientes blancos, se exhibía con un gesto furioso y tenso; y, al lado, el árbol se levantaba íntegro y con la vida lozana del que ha renacido.

-Pero… -se dijo el señor, sorprendido-. ¿Pero qué ha pasado?

De pronto, un ave negra se posó sobre una de las ramas gruesas del árbol. El señor, que la había visto llegar, cogió algunas piedras e intentó espantarla.

-¡Fuera! -decía-. ¡Fuera, monstruo!

Sin hacerle caso al señor, el ave negra abrió el pico y, haciendo primero unos gorgoritos, cantó con una sencillez sublime. Luego, esquivando uno de los proyectiles que le lanzaron, se marchó.

-¡Maldita! -le gritó el señor, alzando los puños-. ¡Maldita ave de mal agüero!

***

En la noche, bajo una luna colmada de reflejos, la esposa del señor murió luego de un vómito de sangre.


El día del al revés

-Ya te lo he dicho-, dijo el abuelo, acomodándose el chullo que cubría su caballera hirsuta y negra-. Lo que pasa es que no quieres creerme.

Una porción luminosa del sol, casi su tercera parte, despuntaba entre los cerros verdes señalando el comienzo de la jornada. Las nubes, que hacía sólo unas horas habían lucido oscuras y tumultuosas, pues durante la madrugada había llovido en toda la zona con una fuerza torrencial, ahora se mostraban livianas al igual que pequeños copos de algodón. Debido a esto, el cielo estaba sumamente despejado (tenía una transparencia relajante), y, sin mucho esfuerzo, se podía distinguir el color del pecho de las palomas que sobrevolaban en las alturas.

-Pero es que es imposible-, manifestó el niño, rascándose la cabeza-. Eso parece un cuento.

Disfrutando del ambiente, el abuelo y el niño se encontraban acomodados sobre unas bancas de madera, en un rincón del patio. En el contorno, había puertas que conducían a habitaciones de dimensiones pequeñas, que albergaban a los viajantes que llegaban al pueblo por las fiestas del santo patrón. El abuelo obtenía algún dinero por el alquiler de esos cuartos, pero, en vez de ser conocido por su faceta de arrendatario, la gente lo distinguía como aquél que había leído mucho y contaba relatos. Quizás, por ese motivo, su forma de hablar era como un hombre de la ciudad.

-Te lo repetiré- dijo el abuelo, fastidiado -. Cuando llega el 16 de enero, un pedacito del mundo se pone al revés.

-Hoy es esa fecha, y no ha pasado nada- manifestó el niño, con un gesto de suspicacia-. Te he chapado la mentira.

-Bueno, piensa lo que quieras- se cansó el abuelo. De forma maquinal, sacó una bolsa con hojas de coca, y se puso a masticarlas, mientras guardaba un silencio sepulcral. Luego de unos momentos, con el cachete hinchado por la acumulación de la hierba, continuó-: Te contaré lo que sucedió hace exactamente quince años. ¿Conoces el ataúd de los pobres?

-¿Cuál es ése?- preguntó el niño, extrañado.

-Es ese ataúd que se encuentra en el velatorio de la municipalidad. Es el que sirve para llevar a los cadáveres de los indigentes desde la capilla mortuoria hasta la fosa común. Ese ataúd sólo se conserva en buen estado por sus duras tablas y su excelente barnizado… Bueno, el hecho es que los seres humanos son siempre los que van a ese ataúd. Hombres y mujeres, de todas las edades, se dirigen a su compartimiento, y lo ocupan por un lapso de tiempo. Pero, de repente, un 16 de enero, el ataúd fue hacia los hombres y las mujeres. Aunque no lo creas, el dichoso ataúd salió de su morada y empezó a perseguir a la gente por la calle. Abría y cerraba su tapa como si fuera una boca enorme, y volaba sobre su base de la misma forma que lo hacen los espíritus. Pese a que las personas huyeron en estampida, el ataúd atrapó a una viejita cegatona que barría la vereda. Sólo así tranquilizó su hambre maléfica. Al día siguiente tuvimos que enterrar a la viejita.

-Eso no ha sucedido- soltó el niño, e hizo una mueca de sorpresa tan graciosa que le provocó una risita al abuelo-. Tengo que ir a ver ese ataúd.

Sin despedirse, el niño partió en seguida, levantando una breve estela de tierra seca. Corrió a lo largo de tres cuadras, llegó a la plaza principal (en donde numerosas palomas comían migas de pan) y, esquivando las bancas y los jardines de flores vistosas, se dirigió hacia el velatorio. Cuando llegó a ese lugar, con mucha cautela, y respirando agitadamente, pues sentía que un miedo inevitable crecía en su interior, abrió su portón de metal. En la habitación, que, debido a las ventanas cerradas, tenía una atmósfera lúgubre, encontró el referido ataúd. Estaba colocado sobre un armazón de bronce, lo rodeaban unas lámparas de focos apagados y, cerca a la cabecera, tenía una cruz de ornamentación barroca.

“Pero el ataúd no vuela ni come gente”, pensó el niño. Iba a adentrase para ver de cerca al protagonista de la historia del abuelo, pero fue interrumpido por el guardián.

-¿Qué haces aquí?- le preguntó, con un rostro de amargura-. Éste no es un espacio para pequeños. Vete de una buena vez.

El niño miró al guardián, luego al ataúd, y se marchó sin decir una palabra.

De regreso en la casa, halló al abuelo en el mismo lugar, mascando coca y, como una iguana, calentando el cuerpo con los intensos rayos solares.

-Me has engañado- soltó el niño-. El ataúd ni siquiera tiembla.

El abuelo emitió una sonrisa, y respondió: -Por supuesto que el ataúd no se mueve. Te dije que eso sucedió hace quince años. Ahora el ataúd descansa tranquilo, como un animal sedado.

-Ah ya -dijo el niño, con ojos de molestia, pues percibía que le habían tomado el pelo-. ¿O sea que el ataúd se quedará quieto para siempre?

-No necesariamente -mencionó el abuelo- Mejor te cuento otro hecho que aconteció hace 25 años, en un 16 de enero tan similar al que vivimos hoy.

-A ver -dijo el niño, con un tono de suspicacia-. Comienza.

-Bueno -soltó el abuelo, metiéndose más coca en la boca-. ¿Conoces a la partera y la tendedera?

-Sí -respondió el niño, preocupado porque esta vez los personajes eran de carne y hueso-. Son amigas de mi mamá.

-Entonces podrás preguntarles a ellas si miento o no –dijo el abuelo, tranquilo y sin remarcar que planteaba un desafío-. Bueno, aquí va la historia… Lo que sucede siempre es que los individuos, para llegar a esta tierra, salen del vientre materno. Algunos con facilidad, otros con dificultad, pero todos pasan alguna vez por entre las piernas de sus madres. Pero un 16 de enero, en el que caía un aguacero con una furia espantosa, la partera fue llamada al hogar de la tendedera. Aquélla creía que iba a ayudar en un nacimiento común, uno semejante a los tantos otros que había visto pasar por sus experimentados ojos. Pero, cuando llegó a su destino, se encontró con algo monstruoso. Un recién nacido, todavía con el cordón umbilical intacto y con manchas de sangre en el cuerpo, pugnaba por introducir su cabeza en la vagina de su madre. “Ayúdeme”, le dijo la tendedera a la partera. “Haga que mi hijo se meta en mí”. La partera, aterrorizada porque nunca antes le habían hecho un pedido igual, se quedó quieta, sin saber cómo enfrentar la situación. “¡Ayúdeme, por Dios!”, agregó la tendedera. “¡Acaso espera que lo haga sola!”. La partera venció su temor e, impulsada por la fuerza del deber que exige todo oficio, puso las manos a la obra. A la mañana siguiente, cuando en el horizonte podía apreciarse un arco iris, la tendedera tenía a su hijo en su interior.

-No puede ser -dijo el niño, con un mohín que indicaba tanto escepticismo como perplejidad-. Tengo que comprobarlo.

Sin decir más, el niño partió de inmediato. Se dirigió al puesto de la tendedera, que se ubicaba frente a un descampado, en el cual se acumulaban las palomas, pues aprovechaban los charcos que había dejado el temporal para beber diminutos sorbos y mojar sus plumas. El niño llegó a su destino agitado, ya que había acelerado como si lo persiguiera el demonio. Desde una distancia de pocos metros, observó a la tendedera (una mujer entrada en años y con una contextura extremadamente delgada) que atendía con solicitud a sus clientes.

“Pero si no está embarazada”, caviló el niño, decepcionado. Por un instante quiso interrogar a la tendedera sobre lo que, según el abuelo, había pasado hacía 25 años. “Mejor no lo hago. Podría pensar que estoy loco. Pues lo más probable es que lo que me ha dicho el abuelo sea mentira”.

Pensativo, el niño retornó donde el abuelo. Tenía muchas preguntas que realizarle sobre el ataúd y la tendedera, y, sobre todo, deseaba saber por qué le contaba esos embustes.

Cuando retornó a la casa, el sol se había elevado de entre los cerros llenos de pasto y, con una potencia soberbia, brillaba en el punto más elevado, justo en la perpendicular a la tierra. Las escasas nubes que restaban se habían alejado gracias a un viento suave, que aliviaba a la gente del calor sofocante que se había apoderado de la atmósfera. Las palomas, en especial las jóvenes, dejaban los nidos y aprovechaban el ambiente agradable para ir de techo en techo jugueteando.

En el patio, el niño no encontró al abuelo. En el sitio que había ocupado, que aún estaba tibio por el calor de las sentaderas del viejo, sólo había algunas hojas de coca, ordenadas de una manera muy particular: formaban la frase 16 de enero.

***

Caminando por el atrio de la iglesia principal, el niño reflexionaba sobre los relatos que le había descrito el abuelo. Abstraído, se sentó en las escaleras de piedra y puso su cabeza sobre la palma de sus manos. Muy cerca, veía cómo un bebe, de aproximadamente dos años de edad, perseguía a las palomas, intentado agarrarlas sin conseguirlo. Saliendo de sus cavilaciones, el niño sonrió por la ingenuidad del bebe. Sin embargo, su gesto cambió de pronto. Sin que haya una advertencia previa, variaron los papeles en la escena que veía: las palomas empezaron a perseguir al bebe. Éste escapaba dando pasos zigzagueantes, hasta que, a causa de su torpeza, cayó de bruces al piso. Las palomas lo recogieron y, sujetándolo con sus patitas agudas, se lo llevaron, desapareciendo en el horizonte amarillo.

21 comentarios:

Javier dijo...

He leído El Árbol, sensacional cuento, muy bien narrado, aunque el inicio es un poco largo, consigue atrapar rápidamente después. Lo que no consigo interpretar es porqué el jardinero decide quemarse a lo bonzo, si sabía de antemano que así no se cargaría el árbol.

En todo caso he disfrutado de su lectura, un abrazo para su autor.

saludos.

Anónimo dijo...

Mal cuento, muy malo diría yo, el inicio es muy lento, lleno de detalles de atmósfera que son lugares comunes (esto merece un capítulo aparte porque la prosa está infestada de ellos. Creo que ya estamos hasta la coronilla de cerros imponentes, árboles majestuosos, y de soles intensos, y hasta se llega al colmo de llamar al sol "astro rey"... solo hubiera faltado que al agua le llamara líquido elemento) y que no sirven a la historia ,además que el misterio e interés se pierden una vez que, muy ingenuamente, se explica cual es la razón por la cual el señor quiere que tumben el árbol, hecho que además es poco verosímil al desarrollo de la historia y carácter de los personajes, ya que poco antes el señor no hacía más que ordenar de mala gana que lo corten sin dar mayores razones. Para ese momento el final ya se vuelve previsible y resulta involuntariamente cómica toda esa absurda escena del jardinero prendiéndose fuego de pura frustración o locura temporal. La prosa también es recargada con adjetivos que no aportan mucho y adverbios exagerados u obvios, y a ratos se peca de huachafería. En los diálogos se cometen errores a cada rato cuando se explica lo obvio en las acotaciones, como cuando el señor dice "A ti que te importa como estoy -respondió el señor, agresivamente-. Debiste aparecer hace media hora. Humm. Podría seguir pero tengo la sensación de que no terminaría nunca. Por lo visto, yo hubiera declarado desierto el primer lote de cuentos. Ojala publique este comentario honesto en aras de la transparencia y tolerancia que debe admitir este proyecto.

Anónimo dijo...

muy buena y acertada la elección de estos dos textos, el arbol me parece muy bueno, la imagen de desesperanza y desesperacíon se muestran dejandose sentir. felicidades a los amigos de quipu y felicidades al escritor julio meza

Anónimo dijo...

ese anónimo de las 7 y 17. El cuento no es una maravilla, pero es un muy cuento. ¿Captas la diferencia?
Le adjudica muchas muletillas a la narración, pero el anónimo debe darse cuenta de que su comentario tiene una muletilla, entre muchas, como para no tomar en serio su 2argumento": la incapacidad para leer bien y a partir de esa tara es que arma un juicio de valor enraizado en el prejuicio...y por qué no decirlo, en la envidia.
Felicidades a Meza.

Anónimo dijo...

El problema con el inicio es que es un eco del inicio de "Los gallinazos sin plumas". Seguiré leyendo...

Anónimo dijo...

El problema de decir -con argumentos- lo que uno piensa cuando de criticar algo se trata es que siempre habrá quien busque cosas donde no las hay y hable de envidia. Sigo sosteniendo lo mismo aunque le pese al anónimo ese o a quien sea, el cuento es malo, la falta de destreza del autor se nota tanto que un elemento muy importante en el curso de esta historia como es la gasolina aparece en manos de un jardinero sin ninguna velada explicación o razón de ser. Un autor de más talento hubiera tenido los recursos suficientes como para sortear ese problema a la hora de prenderle fuego al árbol o hubiera deslizado solapadamente una sutil explicación a porqué el jardinero tenía que cargar con un frasco de gasolina camino a su trabajo. Pero, en este caso no es así, el frasco surge tan tranquilamente como si se tratara de unas tijeras de podar. Lo mismo podemos decir de la presencia de la sierra, una herramienta que dudo mucho que cualquier simple jardinero cargue a diario, salvo que sepa de antemano a qué se atiene, lo que no es el caso pues el jardinero nunca sabe qué le espera hasta que habla con el señor ya en la casa. En fin, son otras razones por las cuales creo que este cuento es pobre. Y si me pongo línea por línea a calificar la prosa...

José dijo...

Excelente. Tiene una prosa arguediana que el anónimo anterior no llega a comprender.

Javier dijo...

Este comentario es para el anónimo criticón, desde mi punta de vista, todos los relatos y las novelas tienen sus defectos, hasta el más ilustre literato, si empezamos sacar punta a cada detalle, podemos descuartizar el texto, pero yo creo que de eso no se trata, o es que cuando vamos al cine a ver una peli de miedo o mejor dicho, si vamos al cine a ver una peli de miedo o drama, de lo que sea, nos sentamos en la butaca pensando que todo es mentira, que todo es maquillaje y efectos especiales? es importante dejarse llevar por la historia y eso es cultivar el arte.

Sobre este texto yo pienso que la prosa es buena, a primera vista y es lo que importa, además todo es críticable, porjemplo, porque ese tal anónimo criticón entra así, porque se camufla? que tiene que esconder? o es que es algún conocido de esta web y lo que pretende es dar vidilla al asunto, para que la cosa tenga un mayor dinamismo? Porque no me diga qué a estas alturas de la vida, no esta registrado en algún blog, cuenta de google o similares????

Como he dicho al principio, a todo le podemos sacar punta y todo es criticable.

lo dejo aquí.

Anónimo dijo...

A mí sí me gustó el primer cuento, el inicio sí es un poco lento, pero, en general, me pareció un buen cuento.

Anónimo dijo...

felicidades para los amigos de quipu que ya echaron a rodar este proyecto. felicidades también para julio meza, muy buen cuento. sobre el comentario de el anónimo ni modo, nunca falta quien quiera buscarle 50 pies al gato, esta como ese patin que estuvo a punto de ganar el juego millonario de pablo de maladengoitia hace mil años, y que todas las noches repite el video para ver si el conductor hizo algun guiño con la participante, para asi poder entablar la denuncia y "recuperar" su premio. nunca faltan...

Gabriel Rimachi Sialer dijo...

Siempre es bueno enterarse de los logros de los amigos. Para nosotros, en Casatomada, ha sido una muy grata noticia. Felicidades Julio y sigue escribiendo, es la única forma de sobrellevar el mundo: a punta de letras.
Saludos también para los organizadores de Quipu por tan ambicioso proyecto.

Anónimo dijo...

Tuve que abandonar el cuento debido a la prosa. Me quedé en la cuarta o quinta línea. Se me hizo repelente ese aire del siglo dieciocho. Sobre el segundo cuento, pues ya ni siquiera tuve interés de bajar la barra. Sólo esto puedo decir.
Al autor le recomiendo prestar más atención a los comentarios "negativos" que a los positivos.

Coco Lucho dijo...

¿Y cuándo es que sale en El Peruano?

Anónimo dijo...

Lo que dice Javier es muy cierto: Tal vez, si yo no hubiera lanzado, como rayos amarillos, esas certeras críticas que nadie ha osado refutar, este cuento habría pasado como uno de esos fantasmas grises de la historia; a lo mejor como una nube alba entre tantas nubes albas que, dicho sea de paso, son las nuevas gobernantas del cielo y revientan en fragorosos espasmos de luz, y así este cuento no se hubiera levantado entre cuentos imponentes como un hombre luminoso de panza abultada ni habría brillado intensa y majestuosamente en el cielo de Quipu como el astro rey, según entienden algunos de los buenos lectores que comentan por comentar en este interesante blog. Y es que la prosa de ese relato es contagiosa como un virus. En fin, qué podemos hacer.

Los saluda,

El anónimo criticón.

Javier dijo...

Es muy grato leer tu certera respuesta anónimo criticón ( lo digo de buen rollito ) y que mejor que hacerlo al caricturizar este relato, porque, no me digas que eso de "astro rey" te ha salido del alma?

En todo caso te doy la razón sobre lo que has expuesto, no cabe duda que dominas esa faceta, una crítica muy bien realizada.

Aunque sigo es mis trece, porque el señor anónimo se camufla?

dejo esta pregunta en el aire con todo respeto.

y dejo también un abrazo no tan criticón.

Julio Meza Díaz dijo...

Hola a todos.

Antes que nada, quiero agradecer a Gustavo Faverón y a todas las personas vinculadas con el proyecto Quipu por haber elegido uno de mis cuentos como el indicado para ser presentado en esta primera edición.

Sé muy bien que la estética que usé al escribir esos cuentos puede como no ser del gusto del público lector. Por ese motivo, tomo a bien tanto las críticas positivas como las negativas. Sobre los cuentos en cuestión, sin embargo, no diré nada, pues siempre he considerado que son los mismos textos quienes deben defenderse. Los autores son los peores escuderos de sus propios escritos.

Por otra parte, los invito a revisar mi blog de crítica de rock. Tal vez conozcan nuevas bandas, y no hay nada mejor que ampliar el bagaje musical.

Finalmente, diré una cosa más: como dijo alguien que sabe (y sabe mucho) el truco en la literatura está en la insistencia, y yo seguiré insistiendo.

Julio Meza Díaz.

Anónimo dijo...

Bueno, bueno, creo que aquí hay un malentendido y una rabia visceral contra todo buen proyecto de difusión literaria.

El malentendido se da por parte del anónimo criticón. Primero dice que la descripción inicial está llena de lugares comunes. Pues yo no los encuentro. Sólo observo, eso sí, una prosa con rasgos decimonónicos, que bien fue empleada por Arguedas como ahora por Rivera Martínez. En todo caso, qué tiene de malo que el lenguaje tenga sabor añejo. Es acaso eso un punto negativo. La respuesta sólo está en la subjetividad gustativa de cada uno. Po otra parte, el dichoso anónimo afirma que las descripciones no sirven de nada a la narración. Pues le informo algo. Según mi lectura, la naturaleza viva allí descrita es un personaje más del cuento que interviene de manera contundente en la parte final, cuando la lluvia cae e intenta apagar el fuego. Además, el árbol es parte de la misma naturaleza; de modo que tanto los elementos descritos como el dichoso árbol son formas de la acción tal igual que el hombre que termina quemado.Una cosa más (y esto se me acaba de ocurrir ahora) el lenguaje usado puede muy bien ser la manera expresiva de una técnica: lo rebuscado de las descripciones le dan mayor protagonismo a la naturaleza y, por ende, al árbol.

Por último, no creo que, debido a que un lector agudo sospeche desde el principio que la mujer del cuento va a morir de todas maneras, el cuento tenga un final obvio. Pues el lector seguirá leyendo para averiguar de qué forma el árbol vence su batalla contra el hombre.

Me parece, y esto lo digo fundado en la sospecha, que la crítica poco informada pero sí muy destructiva del anónimo criticón está más dirigida al proyecto Quipu en sí que al cuento presentado. Triste forma de expresar una envidia enferma.

Quiero agregar algo más. El cuento El día del al revés es superior a el Árbol. La imaginación vertida en ese cuento es asombrosa y, además, se juega con planos de la realidad que dirigen a un final sorprendente. Recomiendo ese cuento más que El Árbol.

Espero que publiquen esta contra crítica por el derecho que tienen los ciudadanos peruanos de expresar sus puntos de vista.

Jordán Medina, cusco, 21 de marzo de 2008

Duran dijo...

Coincido con algunas críticas que hace el Criticón al cuento: hay mucho adjetivo y probablemente mucho lugar común también (ojo, que algunos también le tienen fobia a todo lo que suene "arguediano" y les apesta que se hable de "la sierra y el campo"). Aún así, el cuento le gana a todos sus defectos, y, en su unidad, funciona bien, atrapa y, aún teniendo un final predecible, da gusto leer la conclusión.

Felicitaciones a Meza y al equipo de Quipu y que sigan adelante.

Anónimo dijo...

Ja, el anónimo criticón es Favorén.

Anónimo dijo...

Oh, no, esta es una entrada de terror, casi un suicidio literario:

- "Al este de un cielo de nubes blanquecinas"... Disculpen caballeros pero me ganaria una jaqueca alucinante si sigo leyendo mas (Que es eso de al este de un cielo...).

Anónimo dijo...

He leído El Ärbol y la verdad que no me llenó. Pienso que el amigo "criticón" no exagera demasiado en sus apreciaciones, pues tiene razón en cuanto a la abundancia de lugares comunes. Es un cuento más, al que no le encuentro mayor mérito, pero como bien dice su autor; "que el cuento se defienda solo" y en este caso creo que el pobre cuento saldrá perdiendo.
Por otro lado quero saludar con entusiasmo el renacimiento de QUIPU, que espero sea, esta vez sí, duradero.