27.9.08

Respondiendo al profesor Huamán, 3

Sobre el corpus de la literatura de la violencia política

(Viene de aquí…)

El profesor Huamán, entonces, no advierte ni evalúa las profundas diferencias ideológicas existentes entre las obras literarias que, según él, refrendan e impulsan una suerte de “leyenda negra” [sic] sobre los vicios y las taras de la sociedad peruana. Pese a eso, el profesor sí habla de ideología, pero se refiere a la ideología de los críticos que han estudiado la representación literaria de la violencia política en el Perú. Dice mi colega:

“Las imágenes de la literatura peruana que refuerzan ambos rubros [las novelas sobre “sexo y drogas” y los relatos sobre la guerra interna] y que responden a una visión poscolonial son promovidas por la crítica de acuerdo con sus propuestas ideológicas. Así, dentro de la segunda óptica descrita, existe una lectura que ha puesto de relieve el vínculo entre literatura y violencia política con la intención de conseguir notoriedad. Han surgido antologías y estudios que enfatizan la existencia de un supuesto gran corpus en la narrativa nacional que transitaría por el tratamiento de las acciones terroristas, cuya presencia sería el rasgo distintivo de la novela andina. Esta estrategia involucra a estudiosos nacionales como Jorge Flórez-Áybar (Literatura y violencia en los Andes, 2004), así como a académicos extranjeros como Mark R. Cox (Pachaticray. El mundo al revés. Testimonios y ensayos sobre la violencia política y la cultura peruana desde 1980, 2004, y El cuento peruano en los años de violencia, 2000). Toda la sangre. Antología de cuentos peruanos sobre la violencia política (2006) de Gustavo Faverón Patriau se inscribe dentro de esta tendencia”.

Hay que recordar que el profesor Huamán, cuando alude a “una visión postcolonial”, lo hace, como mostré antes, confundiendo postcolonialidad con neoimperialismo, o en todo caso con neocolonialismo, y desde una perspectiva que resucita la obsoleta teoría de la dependencia. De modo que cabe suponer que cuando alude a las “propuestas ideológicas” de los críticos que tratan el tema, lo hace dentro de ese marco.

Pero luego de saludar a la bandera con esa alusión meramente nominal a la ideología, el profesor produce una lista, por decir lo menos, heterogénea, en la que somos incluidos, sin mayor precisión ni discernimiento, el crítico puneño Jorge Flórez-Aybar, el norteamericano Mark R. Cox y yo. ¿Cuál es la propuesta ideológica compartida por los tres, según el profesor Huamán? No lo dice. Yo apenas si puedo vislumbrar como coincidencia nuestro interés en un mismo tópico, pero no hallo convergencias ideológicas significativas.

Flórez-Áybar es un estudioso de la literatura de los Andes, que la ha periodificado de modo que, para él, existe una literatura andina, distinta de la indigenista y de la neoindigenista, posterior a ambas, y que tiene como una de sus piedras de toque fundamentales la temática de la violencia política. Cox se apoya parcialmente en Flórez-Aybar en sus especulaciones sobre el tema, pero no parece demasiado involucrado ni teórica ni críticamente con las ideas del anterior.

Entonces, el profesor Huamán comete un desacierto crítico y una arbitrariedad falaz sin molestarse siquiera en velarla con un barniz de aparente argumentación: afirma que la lectura crítica que practicamos Flórez-Áybar, Cox y yo es similar, y además que está guiada por el afán de “conseguir notoriedad”. ¿Sobre qué base afirma algo así? ¿Qué lugar tiene ese exabrupto en una especulación crítica? ¿Cómo se concilian, en la mente del profesor Huamán, la idea de que los críticos elaboramos nuestras lecturas para “conseguir notoriedad” con la noción de que lo hacemos como parte de un esfuerzo “consciente o inconsciente” por promover la imagen de los pueblos andinos como “atrasados y decadentes”? Ninguna respuesta, más allá de la boutade, se encuentra en el artículo de mi colega.

(Con la seudo-lógica atropellada del profesor Huamán, sería igualmente posible decir que González Echeverría escribió sobre García Márquez en busca de notoriedad, que Rama escribió sobre Arguedas buscando fama y fortuna o que el profesor Huamán publica sus artículos animado por el ansia de brillo personal. Nada de eso sería sustentable, claro, y nada de eso sería digno de un crítico serio).

Tras reemplazar el endeble argumento ideológico por el de la “notoriedad”, el profesor Huamán sindica a la antología de Cox y a la mía como vehículos que intentan convencer al lector de “la existencia de un supuesto gran corpus en la narrativa nacional que transitaría por el tratamiento de las acciones terroristas, cuya presencia sería el rasgo distintivo de la novela andina”.

Veamos. ¿Está el profesor Huamán afirmando que el corpus de la literatura de la violencia política no existe? ¿Está suponiendo que los centenares de obras (entre cuentos, novelas, poemas, piezas teatrales, películas, etc.) que aluden al tema de la guerra interna no están allí en realidad? ¿O está diciendo que agruparlas en la categoría de “literatura de la violencia política” no es más que una especie de truco engañosamente crítico, una especie de stunt destinado simplemente a inventar un campo propicio para la notoriedad de los críticos que, luego de inventar el campo, lo estudian?

Las varias decenas de novelas sobre el tema de la violencia política son reales, han sido producidas, publicadas y leídas, y sus estéticas y sus armazones ideológicas y sus formas de representación han ingresado necesariamente en la discusión sobre la literatura peruana reciente y son una intervención en el debate sobre la memoria histórica en el país. Los críticos, en efecto, han llegado después y han convertido ese conjunto en un corpus, buscando en él los rasgos de convergencia y las señas de discrepancia, intentando descubrir sus líneas maestras, si las hay, y sus propuestas, y su mirada sobre el pasado y el presente, y su capacidad evocativa y representacional, así como sus formulaciones estéticas y artísticas, etc.

Eso, como debería saber el profesor Huamán, no es un abracadabra publicitario, sino el primer paso necesario e inevitable de cualquier reflexión crítica sobre cualquier conjunto de producciones literarias en cualquier periodo de la historia. Ese es el mismo paso crítico que le permite al profesor Huamán disertar sobre los rasgos de la “novela andina”, a la que alude con frecuencia: lo que llamamos “novela andina” no es otra cosa que un corpus que la tradición crítica instituye para comprender en conjunto algo que, si no mediara esa intervención, no sería otra cosa que una secuencia inorgánica de obras independientes y atomizadas, una especie de magma sobre el cual ninguna luz se podría arrojar con certeza.

El teatro del absurdo, la novela gótica, la narrativa neoindigenista, la novela regionalista, el realismo social, la narrativa distópica, la poesía femenina, la vanguardia poética, la literatura peruana: todos son corpus organizados por la crítica para la comprensión de ciertos fenómenos literarios, cada cual construido según criterios distintos (nacionales, estilísticos, ideológicos, etc.). Constituir un corpus sobre la base de un conjunto de obras independientes entre sí: eso es lo que Lukács hizo con la novela histórica, lo que hizo Bakhtin con la novela dialógica, lo que hizo Rama con la narrativa transcultural, lo que hizo Sommer con el romcance fundacional, lo que hizo Avelar con la novela postdictatorial, lo que hace cualquier crítico que se respete al seleccionar el campo de su estudio: sólo así se puede demarcar con claridad metódica los alcances de su aproximación crítica y el rango de sus observaciones.

Al denunciar la constitución crítica del corpus de la narrativa de la violencia política, el profesor Huamán no está, pues, como cree, observando una arbitrariedad: está acusando a la crítica literaria de hacer lo que la crítica literaria tiene que hacer si espera trabajar racional y metódicamente al aproximarse a su objeto de estudio.

(Continuará…)

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Esto es una demolición !

Anónimo dijo...

demoler, demoler, demoler, demoler...

Daniel M.

Anónimo dijo...

Vamos Faveron ahora le toca la demolición a Cueto, Ampuero, Thays y Balo Sánchez León. Estoy seguro que vas a hacer con ellos igual de crítico que con Reynoso y Huamán. No se puede esperar siendo tú tan honrado e imparcial.

Anónimo dijo...

esto es un plato frío más bien.

Anónimo dijo...

Y las respuestas ponen de su parte: por ahí se viene un Pdf de Althusser o algo así

nn dijo...

No es una demolición, es una inmolación: Faverón está dándole razón al argumento central de Huamán, de que la suya es una antología basada en un grupo de arbritariedades que son propias de la crítica literaria. Y que eso es lo que debe hacer un crítico para destacarse del resto: crear un mundo intelectual, paralelo al mundo real. Por eso, la pregunta de Huamán, que Faverón no ataca aún, es de razón moral: ¿qué sentido puede tener hacerlo, así , ahora?
Legítima pregunta de un intelectual peruano que indaga por las razones que sugieren estos temas a académicos que dejaron de estar en el Perú, y su propia secuencia de discusiones, y siguen la secuencia de las modas intelectuales estadounidenses. Puede que Faverón rebata esto diciendo como ha dicho mil veces que en el Perú la crítica está atrasada. Yo diría que la crítica está mayormente colonizada, colonizada por lo que le dictan profesores de literatura hispánica, desde y para un centro del poder como los EEUU (no te olvides cómo la Guerra Fría explica el crecimiento del hispanismo como centro de producción de información utilizable por la política internacional americana).
La pregunta que hace Huamán es una sobre agendas: está en nuestra agenda nacional, como comunidad, fomentar una memoria de la violencia política que la trata como un tema de un policial, que la discute como una fase más del experimentalismo, o tiene singularidades y complerjidades mayores. Queremos construir una política cultural de la memoria de esa manera? Si Faverón no ve este punto, no lo queire ver me parece, es porque eso lo lleva a cuestionar la opacidad desde la cual escribe, la de un crítico que se cree omnisciente en varios sentidos, por encima de lo humano y lo divino, y no como lo que es, el hijo de su circunstancia, ante la cual responde. Huamán, profesor sanmarquino, tampoco es opaco: al preguntarse si el un profesor-periodista graduado en la católica hace un bien con su trabajo, o sdimplemente distrae de los realmente álgidos temas que dieron origen a la violencia política nacional, se pregunta por la manera en que San Marcos ha reaccionado a un tema que le toc
o mucho más de cerca, qué duda cabe.
(Dicho sea de paso, corrígeme Gustavo, pero no te veo nada interesado en participar de foros, o discusiones con peruanistas, o con críticos que trabajen en el área de derechos humanos, ni en escribir papers en jnournal serios que discutan estos temas. Hiciste la antología, y te mudaste de tema, o me equivoco?).
Es un cuestionamiento simplemente, y la larga y a ratos maniática defensa de Faverón puede ser entendida como una defensa de sus fueros, de su clase social, de su cuota de poder intelectual, de su incapacidad de ser ubicuo con el Perú, donde acaso los problemas pasan por vías altamente diferenciadas, que no siempre calzan con las dominantes agendas de un profesor universitario latinoamericanista en la academia americana.

Anónimo dijo...

Aun asumiendo que lo dicho por nn sea cierto, para decir "perro" no vas a ponerte a ladrar. Los errores de Huamán son una vergüenza, con punto central o sin él.

Gustavo Faverón Patriau dijo...

NN: hagamos lo siguiente: dime cuáles son las arbitrariedades de mi selección y te podré responder. Si sólo lanzas la acusación sin sustentarla, no deja de ser más que un exabrupto.

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Un favor: ¿habrá alguien por allí duspuesto a escanear y enviarme en PDF la introducción a la Poética de Aristóteles de Samaranch?

Anónimo dijo...

vengo tarde pero es x que busco información sobre el tema y caí acá. NN de veras de veritas cayo preciso. Nada q refutar a NN. los que dicen q este escrito de el autor del blog es una demolición, deben ser de secundaria o cachimbos...jamás vi una refutación.