1.10.08

Qué cosa es ser un ignorante

Sobre una etiqueta que nadie quiere que le cuelguen

A menudo hay discusiones que acaban con alguien que le coloca ese temido epíteto al rival:
ignorante. Por supuesto, muchas veces se trata de una falacia, una salida simple, una descalificación arbitraria. En otras oportunidades, sin embargo, es sólo el síntoma de una creencia real, dicha tal vez con disgusto, pero de buena fe: uno piensa que la conversación no tiene futuro porque la otra persona no sabe las cosas que debería saber para entablar un debate. O uno cree sinceramente que el comportamiento de la otra persona es consecuencia de un tipo específico de desconocimiento.

Pero, ¿qué cosa es ser un ignorante, precisamente, y cuándo tenemos derecho a poner esa palabra sobre la mesa?

Está claro que, en principio, el adjetivo quiere aludir a cierta falta de conocimientos, probablemente dentro de un campo en particular. También es evidente, entonces, que ninguno de nosotros se puede salvar de ser ignorante en una o en muchas, quizá infinitas, materias. Yo soy un cero a la izquierda en astrofísica y en mecánica automotriz, por ejemplo, y en otro centenar de cosas. ¿Debo ser llamado un ignorante?

Supongo que, en la medida en que esos conocimientos no me involucran intelectualmente, no marcan mi vida ni mis temas de discusión, es decir, en la medida en que no pretendo tener autoridad alguna sobre ellos, decirme ignorante en virtud de esa carencia resultaría excesivo, o por lo menos gratuito. Salvo, claro está, que yo quiera arrogarme una habilidad en esos tópicos: si digo saber mucho de mecánica automotriz y acabo por estropear el carro de un amigo, tendrá pruebas suficientes para decir que soy un ignorante en el asunto. Y un mentiroso.

El profesor de introducción a la lingüística que cree que sus estudiantes de primer año son ignorantes porque conocen poco o nada de Chomsky o de Pinker o de Wittgenstein, está siendo nítidamente excesivo en su juicio. Pero si uno de los alumnos nota que el profesor desconoce a esos autores en profundidad, y lo llama ignorante, lo estará haciendo con todo derecho y plena razón.

El padre que asegura que su hijo es un ignorante en materia de música popular porque no lo atraen los Rolling Stones o Led Zeppelin o Jefferson Airplane, tendrá que pensar dos veces por qué motivo a él no lo atrapan Radiohead, The Flaming Lips o The White Stripes. Entonces, cuando quiere recurrise al argumento de la ignorancia para endilgar un epíteto, debe considerarse primero la parcialidad de su terreno, y cuál es el campo de los intereses del otro.

Un ignorante no es, tampoco, quien ha sido privado de aproximarse a diversos conocimientos: la persona a quien la vida ha vedado el asistir a un colegio, a una universidad, la persona que ha debido trabajar desde siempre y no ha gozado del lujo de la educación, incluso el profesional al que las cuentas impagas y la escasez de medios privan de mantenerse al día en su propio campo, no puede ser agredido con el adjetivo ignorante: el ataque implicaría una denuncia injustificable, haría de una víctima un culpable.

Quien cuenta con los medios pero carece de todo interés, quien tiene acceso al conocimiento pero elige evadir, eludir, esquivar la posibilidad de instruirse, ése sí merece ser señalado. Porque hay un requisito mínimo que no es rebatible ni condonable: la responsabilidad que todos tenemos con saber más sobre el mundo alrededor de nosotros, con multiplicar nuestros vínculos con él, cada vez que tenemos esa opción, y siempre y cuando la tengamos en verdad.

Ignorante no es el lustrabotas ni el pirañita ni el lavacarros: ignorante es el intelectual que prefiere reducirse a fórmulas y a dogmas; el militar que espera la guerra como si esa fuera su única función; el profesor que celebra su superioridad ante los alumnos en vez de hacer su mejor esfuerzo por atraerlos a su nivel de entrenamiento; el congresista que desconoce la ley o la evade y la archiva y la menosprecia o la viola, pero aun así se siente con derecho a reescribirla. Ignorante es el que sabe y no quiere enseñar.

Hay, paradójicamente, una cultura de la ignorancia. Es la del votante que no quiere a un político por su inteligencia, sino porque es igual a él; la del artista o el escritor que nunca quiere atender al crítico; la del director de un diario que elimina las secciones de cultura porque no son comerciales; la de quien menosprecia al intelectual porque es un "culturoso" o un "académico"; la del intelectual que usa su autoridad como un escudo o la lleva amarrada al pecho como una escarapela de distinción.

Repito: ignorante también es el que sabe y no quiere enseñar. Ignorar es, etimológicamente, negarse a conocer; yo pienso que también es ignorante quien niega a los demás el conocimiento. Y eso incluye a quienes eligen torcer la verdad por amor a una teoría interesante o a una hipótesis atractiva, y a quienes prefieren la certeza del dogmatismo antes que la incertidumbre de salir detrás de una verdad.

17 comentarios:

Anónimo dijo...

Todo poema explicado por Carlos Argentino Daneri es una obra de arte. Todo tus insultos, cuando los explicas, son relindos. No sé con quien me quedo: con Alan o contigo

Lucio Suárez dijo...

Cierto, si de lo que se trata es de reivindicar el derecho a endilgar estos adjetivos. Creo que desde un punto meramente lógico, no hay nada que agregar a lo señalado en este post.
Ahora bien, pero, interesaría, Gustavo, considerar el tema del contexto en que se adjetiva, y el de la adjetivación en sí misma.
¿No te parece que se va ahciendo indispensable distanciarnos de esta cultura nuestra de la confrontación?. Poner este adjetivo, el de ignorante, dentro de un contexto explicativo con fines de mejor comprensión de algún tópico, no tendría nada de cuestionable. Un ensayo, un artículo donde se comente sobre la ignorancia digital en muchos escritores famosos, o sobre la ignorancia emocional de los militares, para usar un estereotipo, que en sí misma sería una forma de ignorancia, o cualquier otro ejemplo, sería comprensible.
Pero, en este contexto, donde de lo que se trata es de que la interacción fluya en alguna dirección interesante, o mejor aún, relevante, no tiene sentido. Para usar un término tuyo, no resulta conducente utilizarlo en este contexto. Por supuesto, no soy quien para señalarte nada en este aspecto, ni los visitantes a tu blog, están para leer invocaciones moralistas.
Lo hago, básicamente, para subrayar, para relievar, un rasgo nuestro, un signo que caracteriza nuestra interacción. Y, que a menudo, se lleva casi toda la energía que solemos desplegar en nuestros peregrinajes intelectuales, culturales, políticos, etc.
Tú que constantemente te has indignado con expresiones ofensivas y agresiones gratuitas, constantemente también, has caido en esta vorágine. Son estos pequeños detalles, los que determinan que luego, por poner un ejemplo, intelectuales como el profesor Huamán, estudien un texto, como el tuyo, expresamente para descalficarlo y hallarle debilidades. Invirtiendo tiempo y energía, tal como lo señalaba, en un cometido intrascendente y hasta contraproducente como lo puede estar siendo para él.
Entonces, ¿cuál es la alternativa?. ¿Qué corresponde?. ¡Portarse como un monje benedictino o como un misionero de paz?. Obviamente no. El ímpetu, la veheemencia y, por supuesto, la sal, la el ají, también ayudan a estructurar los argumentos. Claro que sí. De hecho, ahora mismo, me voy a poner a esperar los versículos del gran Cristiano Ron Aldo, donde de seguro me va a azotar con el látigo de su ironía, y va a exhorcisar estas heregías mías.
No, creo que el debate exige un nivel de enfrentamiento, de energía. Lo que creo que no necesita, son ánimos envenenados y espíritus inoculados de revancha. De modo que si se soltó algo, bueno, ya está, listo, y punto. Pero, no hay que tratar de fundamentar su necesidad lógica solo para justificar lo irrelevante.
También quisiera que esto se lea, en clave de crítica a los discursos antihegemónicos. Los contraculturales, los disidentes, creo, tambpoco deberían requerir la fácil descalificación o negación de las posiciones a las cuales se enfrentan. Llamar inbécil a Acurio, no nos aporta nada nuevo, no ayuda al debate, no desata ningún nudo coneptual.
Bien. Un saludo a Cristiano Ron Aldo.

Anónimo dijo...

Ya que estamos en el tema, ¿Qué opinas de Sarah Palin? Al principio, su ignorancia me daba ternura; después, indignación; ahora, me muero de miedo, porque, si llega a ser presidenta (cosa que sospecho fuertemente) es guerra nuclear de hecho.

Anónimo dijo...

Con el permiso del autor, dedico este muuuuy interesante post a Rodolfo Ybarra y cia. Aprendan burrooooos.

Saludos

Anónimo dijo...

Ybarra y la Palin harian una linda pareja: son igulitos.

Anónimo dijo...

Que ignorante es la cosa:

Si la ignorancia es una bendicion, y el conocimiento da poder, "conservo mi lugar en esta escala de buen sentido".
Nunca trates de ignorante a nadie, salvo al espejo.

Anónimo dijo...

Di de frente que te refieres a Rodolfo Ybarra, no andes en medias tintas, si ya se lo dijiste.

Anónimo dijo...

No sólo hay que incluir en la lista de los "ignorantes" a quienes, como dices, se niegan a compartir con los demás el conocimiento, "torciendo la verdad" por soberbia o dogmatismo
También hay que incluir en la lista a ese ramillete de "afortunados", --una pena que no lo menciones-- que merced a la esclavitud de sus conciencias, es decir, por codicia, elaboran alambricadas "justificaciones" para insistir esquilmando a personas que consideran "inferiores" y seguir incrementando sus fortunas a sabiendas que no le son necesarias.

Do you don't think so..?

Ricardo del Aguila

Harry Cañari-Atoche dijo...

Todos importantes, pero sobretodo: "la del director de un diario que elimina las secciones de cultura porque no son comerciales"

Saludos, Gustavo.

Harry Cañari-Atoche

Anónimo dijo...

Qué lejos andamos del Solo sé que nada sé, verdad? La tuya no es una definición de la ignorancia, asunto harto deseable por lo demás. Sino una defensa de por qué alguien (tú) tiene derecho a usar el apelativo de ignorante en ciertos contextos. Allí radica tu error, tu bajeza de alma. Es la ignorancia la que hay que erradicar, pues de hecho ignorancia tenemos todos en algún momento de alguna manera. Y si esto es así, ignorantes somos todos ergo, no hay ninguno. En cambio ignorancia sí que tenemos y mucha. Pero tampoco se puede dejar de tener ignorancia, y por eso no se puede adjetivar de ignorante a otro, pues tú ignoras siempre las razones del otro.
Tú pareces defender ese como un derecho tuyo. Revisa tus argumentos: has puesto la seguridad de tu existencia en algo tan volátil como lo que una comunidad llama conocimiento. Y crees que eso compensa tus otras carencias, eso te da derechos. Lógica de militar, en verdad. no de un humanista.
Y dicho esto, doy paso a tus insultos:

Gustavo Faverón Patriau dijo...

¿Insultos? But why?

Anónimo dijo...

competencia pragmática

http://www.sil.org/capacitar/a2l/compcom.htm

Anónimo dijo...

Nadie es perfecto.
Saludos a todos.
NADIE GUTIERREZ.

Anónimo dijo...

Una queja. Ybarra autoproclama su blog de anárquico y libertario y resulta que cuando uno dice algo que a el no le parece lo elimina y solo acepta las reventadas de cohete que le meten sabrás Dios quién.
Debería ser más consecuente y dejarse de ridiculeces.
Sus óperas, sus canciones, sus máquinas caníbales, y otras cosas más, si alguien le habla de eso o le pregunta por dónde puede encontrar su obra, piensa que es una tomadura de pelo.

Anónimo dijo...

Luego de leer este interesante post, no me ha sido dificil ver
agazapado detras o abajo de cada una de esas palabras al innombrable brazo armado de la poesia peruana; detras de cada una de esas palabras, yo tambien leia Ybarra, Ybarra, Ybarra, Ybarra, Ybarra, Ybarra, Ybarra, Ybarra, Ybarra, Ybarra, Ybarra, Ybarra, Ybarra, Ybarra, Ybarra, Ybarra, Ybarra, Ybarra, Ybarra, Ybarra, Ybarra, Ybarra, Ybarra, Ybarra, Ybarra, Ybarra, Ybarra, Ybarra

LuchinG dijo...

"(...) Salvo, claro está, que yo quiera arrogarme una habilidad en esos tópicos"

Otra vez entramos al tacutacu Vs Proust. El problema es que en la vida diaria la gente sí se arroga esa capacidad en casi todo; si hiciera lo contrario con todos los temas a los que tiene que enfrentarse en la vida diaria, los autos andarían siempre en primera, se debatiría ética antes a la entrada de los salsódromos, todo comercio se haría por trueque y nadie se enamoraría de nadie nunca jamás. Por supuesto, las conversaciones serían muchísimo más interesantes, pero casi nadie daría un paso en alguna dirección. Por eso es que cuando Faverón dijo que había que regalar libros en el dia del blog del año pasado, o le pide ahora a alguien que defina su posición, a muchos se les paran los pelos: sienten que les están pidiendo un grado académico en Kama Sutra (el ejemplo no es mío) como pre-requisito para tener sexo. Mejor lo digo sin ejemplos: es como negar el derecho que todo ser humano tiene a ser él mismo públicamente, por más que ese "él mismo" sea una melcocha sin pies ni cabeza. Sin embargo, al mismo tiempo, contradictoriamente, a mí me empieza a doler la cabeza cuando escucho a otros oficinistas hablar con seguridad infinita sobre el poder de los cristales para “direccionar” la “energía”.

Me sigo preguntando: ¿Dónde está la frontera?

Enrique Prochazka dijo...

Buen punto, LuchinG. A mí el post de Gustavo me parece que rodea, sin tocarlo nunca, el tema de la necedad, que es peor.

Saludos, E