14.3.10

La verdad y Kapuscinski

La denuncia de Artur Domoslawski contra su maestro

La gran ventaja que disfrutan los autores de crónicas sobre los autores de ficción es que por lo común los primeros no sienten la necesidad de decir algo que suene verosímil: les basta con apoyarse en la premisa de que es verdadero.

Pero esa excusa no se las proporciona la realidad, como ellos parecen creer las más de las veces: se las proporciona el género dentro del cual escriben.

Es decir, el aire de veracidad de las crónicas, que las exime de esforzarse en la verosimilitud y de sonar veraces, no les viene del hecho de que narren cosas reales, sino del hecho de presentarse como periodismo, y, por tanto, como un relato de la realidad.


Si esto es cierto, y creo que lo es, la mayor traición posible en las obras del género va por allí mismo: refugiarse en las expectativas del lector, en la etiqueta de "crónicas", en el perfil de la publicación que las acoge, para no decir la verdad, o, al menos, lo más parecido a la verdad que le sea posible contar.

Ryszard Kapuscinski, según parece demostrado a estas alturas, fue uno de esos cronistas que no siempre sienten la necesidad de decir lo que ven, sino que prefieren decir lo que imaginan. Artur Domoslawski, su ex-discípulo, ha publicado un libro que no sólo sugiere esto, sino que investiga y señala una buena parte de esas libertadas que Kapuscinski se tomó frente a los hechos.

La biografía de Kapuscinski escrita por Domoslawski, según recuenta
The Guardian, asegura que el célebre periodista polaco, más de una vez, afirmó en sus crónicas haber presenciado circunstancias en las que estuvo ausente, modificó hechos, inventó pasajes y fragmentos que hizo pasar por datos positivos, y, "conquistado por una idea literaria", sucumbió al impulso de fraguar falsedades para beneficio de la estructura, el sentido o la idea crucial de sus escritos.

El debate inevitable ha formado ya bandos predecibles: los que denuncian a Kapuscinski por deslealtad a su oficio y los que justifican la anomalía declarando que Kapuscinski escribía un tipo de ficción seudo-testimonial y que simplemente se tomaba las licencias de cualquier artista.

Hay un problema con la primera postura y varios problemas con la segunda. El de la primera es que, a estas alturas, tras la huella del
new journalism y el periodismo gonzo, y la conversión de la crónica en un género más espectacular que literario y más literario que periodístico, las expectativas sobre cuál es el oficio del cronista suelen dejar muy abajo en su jerarquía la noción del reportaje como relato veraz.

El problema con quienes sienten que Kapuscinski fue un notable escritor con derecho a todas las licencias de todos los notables escritores es que, hasta donde sé, las obras de Kapuscinski nunca se declararon parte del mundo de la crónica como impresión eminentemente subjetiva y a caballo entre lo real y lo ficticio. Y, por ello, parte de la mundial aceptación de sus crónicas provino siempre del hecho de que iluminaban realidades sociales, políticas e históricas con una luz transparente.

Por supuesto, también las novelas de Tolstoi y las de Vargas Llosa iluminan complejamente realidades históricas; por supuesto, también con Kapuscinski, como con Tolstoi y con Vargas Llosa, sabemos siempre que hay que desmadejar el hilo de la ideología, la subjetividad y la inclinación política antes de descubrir qué luz es esa luz.

Pero con Tolstoi y con Vargas Llosa sabemos que la historia misma es información oblicua, que necesita interpretación, mientras que Kapuscinski nos dijo siempre que en ese grado cero, en ese nivel elemental --¿qué pasa, qué pasó, cuáles fueron los hechos?-- él estaba haciendo lo posible por ser fidedigno y acucioso, severamente veraz: que los hechos de sus relatos eran hechos positivos, empíricos; que si alguna perturbación mediaba entre la realidad y el relato, era sólo la inevitable desviación de lo humano, de las subjetividades de lo humano y de su lenguaje.

El trabajo forense, el desentierro de la realidad en las ruinas de la realidad, la arqueología del presente: eso, suponíamos, era hecho por Kapuscinski dentro de las limitaciones que el periodismo impone, de buena fe, sin alterar conscientemente, sin decir lo que no es. Los lectores que encumbran sus obras lo hacen suponiendo que en su centro está el difícil equilibrismo de lo estético sobre una materia crucial en la medida de lo posible inalterada.

Saber que ese equilibrio era burlado cada vez que primara en el autor el deseo esteticista y el afán por la redondez o por la ambigüedad o por la búsqueda de la imagen perfecta, demanda una relectura y una reevaluación: Kapuscinski no puede pasar de ser ensalsado como cronista a ser alabado como novelista, así sin más, tras una revelación en la que se quiera desconocer el error ético, como si fuera irrelevante.

Las excusas excesivas

Por supuesto, no faltará el ingenuo que salte a declarar que no existe tal cosa como un límite entre la realidad y la ficción, y, despistado, lo hará pensando que su reivindicación no es absurda sino postmoderna. Acto seguido, opondrá todos los argumentos que ustedes mismos acaban de repasar rápidamente en sus cabezas y algunos más, a saber:

Que los escritores
siempre falsean la realidad, que nuestra época se ha desprendido de esa limitación genérica, que buena parte de la obra de muchos artistas se construye equilibrada en ese mismo dudoso zigzagueo; que los artículos de Borges, que las novelas de Carpentier, que los ensayos de Piglia, que las vidas de Schwob, que las crónicas de Indias, que las relaciones medievales, que el periodismo gonzo, que Truman Capote; que no hay texto que no sea subjetivo y subjetivice la realidad; que Derrida ya explicó, que Baudrillard ya dijo; que ¿pero acaso no has visto The Matrix?; que en las páginas de De Man queda claro que.

El problema no es sólo que dos más dos son cuatro y que cada vez que lance una piedra al cielo acabará por caer a la tierra nuevamente: que, por lo tanto, podemos estar seguros de que en efecto existen cosas en el mundo que no dependen en absoluto de la ideología de mis discursos, mis construcciones y mis recuentos.

El problema es además que existen otros hechos. Que en Cuba hay presos políticos, que Sendero Luminoso mató a decenas de miles de personas, que los americanos lanzaron una bomba atómica en Hiroshima y otra en Nagasaki, que millones de ruandeses han muerto en pocos años, que los turcos persigueron a los armenios y que la casa real belga vivió de la sangre de los congoleses.

El problema, en otras palabras, es que hay demasiadas verdades en el mundo que no se vuelven falsas sin transgredir ya no las reglas de la lógica o de la física, sino las reglas de cualquier moral humana aceptable: el problema, digo, es que hay verdades morales. Y el problema, por último, es que ante el descrédito de la intelectualidad entre el lector de a pie, los periodistas se han vuelto los depositarios del oficio de decir la verdad, aunque su búsqueda sea ardua, sus resultados dudosos y su mérito disparejo.

Ahora, si resulta que tampoco los periodistas deben someterse al mínimo criterio de veracidad, amparándose en la idea de que el periodismo es un arte, ¿entonces qué queda?

¿Cuánta gente sabe todo lo que sabe sobre Etiopía, sobre Irán y sobre los últimos años de la Unión Soviética a partir de las lecturas de Kapuscinski? ¿Cuánto de lo que esa gente cree saber es producto de la imaginación de un cronista que no creyó que la fuerza de los datos positivos fuera suficiente, que tenía que maquillar, inventar, suponer y --sí-- también falsear? ¿No hay allí un pacto violado, una confianza despreciada y una lealtad vencida?

Kapuscinski escribió sobre los conflictos estudiantiles en México el 68, sobre la represión del régimen priísta y la brutalidad de Tlatelolco. Yo estuve allí, escribió. Pero sucede que no estuvo. Y acaso lo que dijo presenciar fuera cierto, pero él asumió una posición mentirosa, fingió haber visto lo que otros vieron, fingió haber visto lo que vieron los apaleados, los ametrallados: hubo centenares de muertos y millares de testigos, pero él no fue uno de ellos. Su crónica usurpa un lugar ajeno.

¿Eso es periodismo? ¿Eso es ficción? ¿Eso es mentira?

La diferencia entre ficción y mentira se construye enteramente sobre la clave de cada texto: las ficciones no reclaman ser verdad en el mismo sentido en que un atestado policial sí lo hace, como lo hacen las noticias y los disgnósticos sociológicos. El narrador de una ficción es siempre ficcional, el narrador de una crónica no: es una garantía de veracidad, es la señal que nos dice que lo que leemos fue experimentado o es reportado por alguien que quiere transmitirnos una certeza o una incertidumbre legítima. Cuando un texto escrito en la clave del testimonio o de la crónica se descubre como no veraz, no se convierte en ficción, se convierte en falsedad.


30 comentarios:

Anónimo dijo...

Pues el talante del post es demasiado categórico para tratar un tema totalmente controvertido... Vargas Llosa no habla de la verdad de las ficciones: usa la palabra MENTIRAS.

Por otro lado, enumerar los nombres de algunos autores posmodernos es una chiquillada retórica que no debate ni argumenta nada.

Enrique Patriau dijo...

Hola Gustavo. Justo ayer leí otro artículo sobre el libro que mencionas en El País:

http://www.elpais.com/articulo/opinion/polemica/creatividad/Kapuscinski/elpepiopi/20100312elpepiopi_12/Tes

Del texto, muy recomendable por lo demás, me quedo con este párrafo:

"...para una persona armada con una pluma, existen pocas obligaciones más serias que la de ser testigo veraz de grandes acontecimientos. Al presentar el simposio de 2001 sobre la Literatura de testigos, el entonces secretario de la Academia sueca, Horace Engdahl, sugirió que "la verdad, en un principio, no es nada más que lo que certifica un testigo fiable". Quizá no sirva como regla filosófica universal, pero desde luego sí es aplicable a lo que hacen quienes escriben testimonios, sobre todo cuando se alzan solos en medio de la tragedia o el triunfo. Ser testigos de genocidios, guerras, revoluciones y muestras de valor humano en medio de la humanidad es -perdónenme el tono melodramático- una responsabilidad sagrada"

Siempre he admirado a Kapuscinski, pero no sé si ahora lo empiece a admirar un poco menos.

Un abrazo.

Gaudhy dijo...

En tu último post, haces un juicio poco fiable, es tu blog y aunque puedas poner lo que creas, pienso que lo primero antes de opinar sobre alguien y que ya no está para defenderse ( que sería lo justo),sería bueno leer el libro, y no sé si ya lo has hecho? luego comprobar con el libro y algunos testigos la veracidad de lo narrado, pienso que después de haber leído a Kapu, sé que fue un hombre integro, y nos dio a conocer realidades de los más pobres y necesitados, sin tratar de maquillar la realidad, sería prudente también que verifiques lo de México porque el vivió varios años ahí. Y que no confies en lo primero que lees, me parece más fácil dudar de su discipulo que del maestro en todo caso. Gracias.

Anónimo dijo...

Sobre eso de “yo estuve allí” sin haber estado, primero habría que comprobar que en efecto no estuvo allí; y después examinar con cuidado el contexto en que se leía la frase. ya que no es imposible un sentido figurado para la expresión. Me resisto a creer que Kapuscinski se iguale a un mentiroso y estafador Alejandro Toledo Manrique, ex - presidente del Perú quien ahora cuenta con una poderosa mafia, que él y su entorno inmediato aderezaron en la ocasión, para intentar ahora con toda concha ser de nuevo gobernante el 2011.
Con la verdad de las mentiras, en sentido literario, no hay problema y todos convenimos en que los viajes de Gulliver narran “verdades” porque así son las reglas del juego. Pero para contar la verdad de la realidad suele ser muy difícil que el narrador correspondiente se libere de sus anteojeras ideológicas, entendiendo esto último tanto “au sens large” (en que PARECERÍA que el hombre habla libre como los pájaros y que en efecto narra la “real verdad”) como también a flor de tierra (lo que abunda en los sectarios irredimibles, a la diestra y a la siniestra, que suelen deformar las cosas con demasiada sinvergüenzura).
SACAPUNTAS NEBRIJA (Correctómano)

Juan Murillo dijo...

Pareciera que estás defendiendo un criterio de verdad objetivo. Lo cierto es que lo que hace la crónica es dejar testimonio, y para que haya testimonio debe haber subjetividad. ¿Cómo podemos saber que algún cronista nos ha dicho alguna vez "la verdad"? Esperar de las noticias o los periodistas la verdad como un extracto puro que nace de un método repetible es algo a lo que a estas alturas ya no tenemos derecho. La realidad se compone de narrativas que compiten entre sí, unas más exitosas que las otras. Nos mienten todos los que nos hablan, no porque nos quieren engañar (aunque a veces sí), si no porque nos dicen su verdad, porque, simplemente, no tienen acceso a la Verdad, con mayúscula.

Si te das cuenta de que la crónica muchas veces tiene un carácter narrativo ya entonces hay una interpretación de la realidad por el cornista, una ordenación y formalización que no corresponden a lo meramente fáctico.

Kapuscinski miente, pero de un modo más profundo, dice la verdad, la verdad narrativa, la verdad final. A todos nos pueden comprobar errores de apreciación, criptonmesia, transposiciones y apropiaciones en el ejercicio de nuestra memoria personal, y no por eso somos unos mentirosos.

Es en la valoración de los hechos donde debe residir el criterio de verdad, apoyado en otros valores humanos, no en la enumeración exacta de detalles.

Anónimo dijo...

Fav, veo q has enchulado tu blog, pero no debiste quitar la foto del pasaporte!!

Jose Villaorduña dijo...

1) "Yo vi cómo asesinaban a un manifestante".
2) "Una fuente sumamente confiable me contó que vio cómo mataban a un manifestante".
3) "Me crucé con alguien que aseguraba que habían asesinado a un manifestante".
Son tres verdades diferentes, y solo escogiendo una (la que efectivamente se vivió), adornada o no con adjetivos, se puede ser un periodista honesto.

Anónimo dijo...

Esa “criptonmesia” sí que no está en el DRAE de diez tomos publicado en Lima. Entonces será motivo para que el mejor ensayista del Perú nos suelte una pichulería errónea acusando de ignara y en plebeyón estilo a la Academia española. De mi parte yo la pillé al toque por las raíces además de darme cuenta del lapsus o desconocimiento que resulta de no haber escrito “criptomnesia” en su lugar, aunque debo admitir que ha sido la primera vez que me choqué con la palabreja. (Para los analfabestias una salida en clave: acordarse del planeta de Supermán y ubicar la bonita pieza de Jean Anouilh, “El viajero sin equipaje”)
SACAPUNTAS NEBRIJA (Correctómano)

Eduardo Gonzalez dijo...

Gustavo, creo que te equivocas en tu concepcion del "contrato" que vincula al escritor con el lector. Pareciera que para ti ese "contrato de fiabilidad" viene dado por la profesion del escritor, automaticamente, sin consideracion de caso. Si es un periodista, todo texto debe responder a los siguientes criterios, a, b, c, con los que estaria contento Bob Woodward.

Pero no puedes descartar sin discutir el hecho de que Kapuscinski era mas un aventurero en la linea de Koestler u Orwell que un periodista en el sentido del Pulitzer. El contrato implicito era distinto: te apuesto doble contra sencillo que jamas abriste un libro de Kapuscinski porque querias conocer los datos facticos sobre la revolucion irani, sobre el Derg etiope o sobre la Guerra del Futbol...

Sigo viendo en los libros de Kapuscinski una forma de decir verdades a caballo entre la observacion antropologica y la intuicion literaria, nunca los vi como un articulo del New York Times.

schatz67 dijo...

Buen post Gustavo.En una época donde los periodistas disfrutan de un poder cuasi omnímodo y disfrazan la realidad con hipérboles,teorías, "real politik" y explicaciones enrevesadas es bueno repensar el rol de dicho oficio a partir de la deconstrucción de un mito.Curiosa también la reacción de algunos comentaristas ante el calateo inmisericorde de una vaca sagrada, casi como la de un religioso fundamentalista al que de la noche a la mañana le dicen que su dios ya no existe.
La crónica tiene como primer objetivo retratar lo que sucedió a partir de una observación presencial.La subjetividad, la observación personal o el sesgo del autor pueden enriquecer el texto pero al final pueden ser magníficos o prescindibles.
Saludos
Jorge

Ana dijo...

Y ahora qué postura tomamos... ¿la de creerle a Artur Domoslawski, también bajo el argumento de: "Yo estuve ahí"?

Juan Murillo dijo...

Lo de la "criptonmesia" es una transposición de letras atribuible a mis dedos y no a mi mismo. Aquí hay algunas fuentes más relevantes al término "criptomnesia" que la DRAE:

http://docs.google.com/viewer?a=v&q=cache:UA1A-OmDVREJ:www.medicinabuenosaires.com/revistas/vol68-08/1/v68_1_p101_103.pdf+criptomnesia&hl=en&pid=bl&srcid=ADGEESjf_-LK50sYzu6i0njLHITOaWta8muxfw84gPcMHlEUjj6SDCVJmrsasXgqg8_iatQ2FcNYjbdaJZRN74J1ZDpc80qcBKPvCuJpdze4XcjJxMC5drsO5pHIxNVM9GFOb_ytkS5D&sig=AHIEtbQWpVdW7qaCGTr9T_YquvvvTmy9Dg

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Oh, no, Ana. Domoslawski no dice que él "estuviera allí". Lo que ha hecho es investigar y presentar datos. Ojo que no es la primera vez que datos así se presentan. Kapuscinski habló una vez incluso de haber conocido al Che Guevara. El problema es que situó el encuentro en una fecha en que Guevara ya estaba muerto.

Eduardo: el común de los lectores que leen ya no un libro de cronicas, sino incluso una novela histórica perfectamente ficticia, salen del libro con la idea de que conocen no sólo la impresión general de una época como la ve un autor, sino que conocen datos objetivos sobre esa época. No digo que esa sea la manera más inteligente de leer una novela histórica; digo que es la más natural. Uno va al cine a ver una película de Eastwood sobre la guerra mundial y a la salida comenta "pucha, esa batalla fue realmente horrible". Y uno no se refiere simplemente a la batalla de la película, sino a su referente histórico. Así leemos. Ahora bien: ¿qué cosa hará un lector promedio cuando compra un libro que se le presente ya no como una novela histórica, sino como una crónica escrita por el reputado periodista "tal"?

Anónimo dijo...

1) “Kapuscinski habló una vez incluso de haber conocido al Che Guevara. El problema es que situó el encuentro en una fecha en que Guevara ya estaba muerto.” No me interesa defender a Kapuscinski pero afirmo categóricamente que no es imposible un entrevero de fechas y que de tal afirmación no se desprende necesariamente que el finado periodista sea un farsante con premeditación y alevosía. Si así ha sido en efecto, entonces fue un hábil suertudo y nada más, no valdría la pena hablar de él.
2)” Fav, veo q has enchulado tu blog”. Enchulado vendría de chulo, que es macro, caficho o cafiche, explotador de putas. Yo no veo por ningún lado la pertinencia del adjetivo en tal sentido. Aunque chulo es en España también guapo, majo pero no parece estar en esta dirección el término del comment referido. Lo que quisiera en cambio es algún comentario sobre los dibujos adoptados. Me parece que está ahí Quasimodo algo camuflado, y la torre de Babel; considero como un error haber suprimido esos dos símbolos, uno de ellos parecido a la letra griega pi, y que imagino en relación con el yidish.
METICHE

Asterión dijo...

Como dice el primer anónimo, el talante del post es demasiado categórico, aunque está bien que así sea, es su blog y puede decir qlo que guste.

Ahora bien, el problema, ese sí sumamente ingenuo, es asumir que si un autor dice que está diciendo la verdad, ya le vamos a creer. Igual si dice que está diciendo mentiras es solo una posició entr otras.

En ese sentido concuerdo con Murillo (y la verdad narrativa), al señalar que no existe esa verdad objetiva, pero incluso esto es algo que yo asumiría que es de perogrullo.

Cierto, no debemos caer en el cinismo de ciertas posturas posmodernas reduccionistas que asumen que todo es relativo y listo, nos lavamos las manos, pero tampoco podemos volver al reduccionsimo de la dicotomía subjetividad / verdad.

Saludos

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Metiche: no te malees con el enchulado, es una palabra bastante entendible y nada ofensiva. Lo que parecía una pi era un chai o jai, una letra hebrea (no yidish: el yidish no tiene un alfabeto distinto del nuestro).

Anónimo dijo...

el narrador de una crónica es tan ficcional como el narrador de una ficción. Una crónica no es más que un constructo verbal en torno a una realidad o a un hecho tan único y fugaz como la vida Marcovaldo (Calvino). Nadie lee una crónica para enterarse de lo que pasa en Irak porque para eso están las imágenes de la tele. Un lee una crónica para "conmoverse" para "afectarse" por los hechos, y ello implica estilo y ficcionalización de parte del narrador de la crónica. No das una, Faverón.

Gustavo Faverón Patriau dijo...

¿Nadie lee una crónica para enterarse? Con razón. Ahora se te comprende.

Anónimo dijo...

Estimado Gustavo, cualquier venezolano te diría que en su país lo de “enchulado” sería agresivamente ofensivo y por eso te hice la acotación del caso. Pensaba equivocadamente que el yidish y el hebreo eran la misma cosa, gracias por la aclaración (supongo que deben ser no obstante muy parecidos o afines, ¿otra equivocación?)
METICHE

Fernando Terreno dijo...

Me causó alguna sorpresa (y cierta gracia) el párrafo sobre LOS HECHOS.
Entre las afirmaciones "VERDADERAS", la referida a Cuba está en tiempo presente, las demás en pasado.
¿No está viviendo actualmente (la casa real holandesa) de la sangre de aquellos congoleses? No sabía que Bélgica había devuelto lo robado e indemnizado al Congo.
Tampoco sabía que Norteamérica habían dejado de hacer pruebas atómicas después de H. y N.
Disculpas por mi ignorancia.

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Metiche: no, el yidish es básicamente una lengua germánica, el idioma que hablaban los judíos de lo que hoy son alemania, austria, polonia, la república checa, etc. Incorpora palabras hebreas, pero básicamente es un pariente del alemán.

Fernando: no, ciertamente Bélgica no ha devuelto nada, lo que no modifica la precisa veracidad de mi frase en lo más minimo. Por cierto, no sé si conoces la historia: las empresas de explotación congolesas de la época a la que nos referimos fueron básicamente propiedad de la casa real, no del Estado.

Anónimo dijo...

Gracias por la respuesta, Faverón.Puedes dar por descontado, te lo aseguro, que con el yidish sucede entonces lo que con la palabra inglesa "billion"que muchos traducen equivocadamente como "billón" al castellano. En muchas ocasiones se lee en publicaciones referencias al "yidish", las cuales veo ahora como simples equivocaciones porque se trataría en efecto de referencias al hebreo.Gracias de nuevo.
METICHE

Jen dijo...

si la crónica no está sujeta a la realidad sino al capricho del cronista, entonces nadie podría denunciar a un cronista por difamación, por ejemplo. y, del mismo modo, cada vez que alguien se sintiera difamado, el autor de la nota en cuestión podría escudarse en la inimputabilidad del cronista (pues ni siquiera es tan clara la diferencia entre una crónica y un reportaje)

Anónimo dijo...

Hola, q pasó con el resumen de cien palabras?

El Gaucho Santillán dijo...

hola. soy argentino, nacido en Rosario, la ciudad natal del Che, y donde su historia es muy estudiada.

Al tal Kapuscinski, se lo tiene como un impostor, ya que no solo no coinciden las fechas, sino que, en los cuadernos del Che, ni figura ningùn encuentro con èl.

Guevara anotaba todo obsesivamente, y ese encuentro deberìa estar mencionado.

Muy buen blog.

Pondrè un link para saber cuando actualizas.

Saludos

Anónimo dijo...

Faverón no dice nada trascendente o atendible acerca de la labor periodística. Que haya ejercido, eventualmente, dicha profesión no lo convierte en un perito de conceptos y nociones en el tema aludido. Puede equivocarse.

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Ah su, qué argumento tan demoledor. ¿O sea que ya fui ya?

Anónimo dijo...

Totalmente de acuerdo con Faverón. La crónica es un género periodístico que renuncia a la descripción austera y cablegráfica de los hechos para privilegiar la mirada del narrador, subjetiva y seguramente educada en la literatura, pero veraz, siempre veraz, fidedigna. A diferencia de lo que sugirió alguien aquí, yo sí he leído a Kapuscinski con interés histórico, tal vez porque es más divertido enterarse de algo escrito con regusto literario que por un cable de Efe.
Mientras que la ficción no tiene un límite creativo, la crónica tiene el límite de lo real, no esa cosa gaseosa que llamamos realidad sino lo que vivió el cronista en el mundo tangible. No podemos, a estas alturas, tratar de redefinir el género de la crónica según le acomode mejor a quien nos simpatiza.
En mi opinión, descubrir que un cronista miente es suficiente para dejar de leerlo en el acto. Una pena por R. K., no lo necesitaba.

Joaquín B.

Anónimo dijo...

Tú mismo lo estás diciendo (y me agrada), Faverón: ya fuiste. Podrás hacerte el sarcástico, irónico y burlón; pero en ese tema no la ves...

Anónimo dijo...

Y además, no se escribe "Ah su"; lo correcto es poner: Asu. Lo digo, porque te encanta tanto la corrección como hablar de un modo familiar, coloquial. Saludos.