19.11.10

"Deja que tu libro se defienda solo"

En torno a un (más bien reciente) lugar común


¿Qué quiere decir que un autor debe "dejar que su libro se defienda solo"? El lado argumentable de esa idea, su raíz, discutible o no, es la creencia de que todo cuanto un autor quiere decir sobre un determinado tema, lo dice en su ficción, o en sus poemas, o en sus ensayos, o en sus piezas teatrales, y que, por ello, cualquier cosa que añada fuera de la creación literaria será inatingente o irrelevante o, en cierto sentido, una infracción a las reglas del juego.

Esa idea me parece inadecuada, o al menos insuficiente para proponer que los autores no deban "defender" sus libros, por muchos motivos. El primero y más obvio es que una obra no es solo su tema, y que la discusión literaria va más allá de un debate sobre tópicos y asuntos o sobre las opiniones o creencias que un autor tenga acerca de ellos.

El segundo motivo es que esa idea no tiene asidero necesario en la realidad: los autores retornan, a veces muchas veces, sobre un mismo asunto, lo reelaboran, cambian de opinión, corrigen lo hecho antes, discrepan consigo mismos. Y eso se debe a que, precisamente, los artistas suelen tender a pensar que ninguna de sus obras ha sido capaz de decir todo lo que hubieran querido. En verdad, tal actitud es mucho más común que la contraria: es raro el autor que se acerca a un tema y luego se mantiene en silencio sobre él.

Se puede poner el siguiente reparo: los autores regresan sobre los temas pero lo hacen en otras obras, no en su discurso fuera de la creación literaria. Eso también es ostensiblemente falso: casi no hay autor que no vuelva sobre sus páginas para comentarlas de alguna manera: en artículos, unas veces, pero con enorme frecuencia en entrevistas, conferencias, charlas, mesas redondas, presentaciones, lanzamientos, relanzamientos, polémicas, etc.

La historia de la literatura está colmada de casos de escritores que entran en abierto debate con otros autores o con críticos literarios en torno a las ideas identificables (u oscuras) en sus obras. Y mientras más significativa es la labor de un autor en el contexto de su tiempo y su sociedad, más posible es que tal debate ocurra.

Uno de los escritores centrales de nuestra tradición novelística, José María Arguedas, ejerció su derecho a tal actitud muchas veces, en sus alegatos frente a las críticas de Julio Cortázar, por ejemplo, o en la célebre mesa redonda que puso su obra en contraste con las ideas de una serie de científicos sociales peruanos.

Se podrá decir que una cosa es defender las ideas de una obra literaria propia y otra es defender las virtudes de esa obra o de su realización estética. La misma polémica de Arguedas y Cortázar es un ejemplo de lo contrario, sin embargo, y muchos otros se pueden hallar. La lista de los escritores que sintieron la necesidad de explicar la génesis y la escritura de sus obras no es nada corta: la conocida Historia secreta de una novela, donde Vargas Llosa detalla el origen y las necesidades expresivas que enfrentó en la escritura de La casa verde, es un ejemplo muy a la mano.

Pero muchos autores han ido más allá, hasta ofrecer al lector (y a los críticos) las claves de escritura de sus creaciones (el canónico texto de Poe sobre El cuervo), los detalles secretos tras la construcción de sus ficciones (las no menos populares Apostillas a El nombre de la rosa, de Umberto Eco), e incluso guías interpretativas para entender mejor los valores simbólicos y referenciales de sus creaciones (el maestro de esa práctica fue, claro, James Joyce).

Hay argumentos de mucho mayor peso que la simple exposición de los casos en que los autores no obedecieron el consejo del lugar común. El más transparente de todos: prohibir o ver con malos ojos el que un autor entre en polémica sobre su propia obra es, en la práctica, suponer que todo el mundo sin excepción tiene derecho a decir algo sobre una obra de arte excepto quien la ha producido, que es, después de todo, quién más sabe acerca de cómo, por qué, en qué condiciones, con qué expectativas y mediante qué recursos esa obra ha sido producida.

Eso no equivale a decir que el autor es el más capacitado para juzgar el resultado ni mucho menos el más indicado para evaluar el logro estético de su propio trabajo, obviamente. Pero sí está más capacitado que nadie para hablar sobre el proceso creativo y sobre los elementos que él mismo ha dispuesto en la obra, e incluso también acerca de la trama ideológica (al menos la consciente) que ha servido de base a la edificación del texto.

Por último, tampoco se trata de exagerar hacia el otro lado: el autor tiene el derecho de hablar, pero también tiene el derecho de no hacerlo. Entre un viejo autor del romanticismo inglés, capaz de defender su obra con la espada o a los bastonazos, o uno del siglo de oro español, dispuesto a satirizar a todos sus críticos en versos vulgares y ofensivos, por un lado, y, por otro lado, un Salinger que se rehúse incluso a la menor exposición pública, hay infinitos puntos intermedios: entre ellos, el de evadir la polémica y guardar un moderado silencio.

Nota esperable (que no debería ser necesaria)

Ahora, tras la publicación de mi primera novela, cuando ya dejé de ser, por lo menos públicamente, crítico e investigador a tiempo completo, empiezo a notar que todos y cada uno de mis posts son entendidos por un pequeño y más bien discreto grupo de gente como auto-alusiones, auto-elogios o, más sorprendentemente, auto-defensas (si es que no vendetas anacrónicas).

Digo sorprendentemente porque, entre todas las críticas que he visto sobre mi novela El anticuario, por fortuna, no he encontrado ninguna de la que piense que deba defenderme. Todo lo contrario: estoy muy contento con la respuesta que la novela ha obtenido hasta ahora.

El punto es que un par de veces alguien ha dejado algún comentario en el blog recomendándome "dejar que el libro se defienda solo", a pesar de que yo no he dicho nada en "defensa" de mi novela. Y eso puede hacer que algunos piensen que este es un momento inoportuno para escribir sobre el tema de este post. Yo no: yo creo que este es un momento como cualquier otro para hacerlo, o quizás, incluso, el mejor momento para hacerlo, porque me pone a mí mismo como caso a observar, en lugar de implicar a nadie más.

Por último, quiero que quede muy claro que yo sí me creo en pleno derecho de argumentar sobre mi propio libro o hacer observaciones sobre él, siempre sin deslizar juicios de valor. No es algo que crea recién ahora:quienes revisen este blog y otras publicaciones mías verán que yo jamás he asumido el argumento de que los autores no deban hacerlo, y en todos los casos en que se me ha propuesto, he aceptado intercambiar ideas con quienes lo han querido a propósito de libros de su autoría.

Después de todo, la verdadera razón que se esconde detrás de la frase "deja que tu libro se defienda solo" es algo así como la idea de que decir algo sobre la obra propia es poco elegante. Pero eso no parece nada más que un puro remilgo muy, muy burgués.


...

19 comentarios:

Anónimo dijo...

Post del 25/09/07

"Héctor Ñaupari escribe versos, pero sabe tanto de crítica literaria como los escarabajos saben sobre entomología: nada".


¿?¿?¿?¿?¿?

Anónimo dijo...

Tienes todo el derecho a hablar sobre tu texto, a elogiarlo, es hasta esperable que lo hagas, no solo por necesidad de aprobacion, o por vanidad, sino porque desde tu desenfadada actitud de posicionamiento critico-periodistico (osea de arbitro del gusto), ineludiblemente se cruzaran tus dos roles, a sabiendas o no (yo creo que lo haces concientemente).
Es cierto que varios escritores han tratado de sus textos, pero ninguno de los ejemplos que pones se trata de un autor que basicamente fuera critico y "ademas" escribiera literatura. Mejores ejemplos podrias acaso buscar en textos de Julio Ortega, Oviedo o Gonzalez Vigil, autolelogiandose, directa o indirectamente.
Es comprensible, pero el autobombo no se ve mal por un prurito burgues elegantoso, sino porque autoelogiarse es, generalmente, signo de petulancia e inseguridad, cuando no de su opuesto: la miopia megalomana.
Pedir que uno deje que el libro se defienda solo es un reclamo de respeto de parte del lector: dejame leerlo y sacar mis propias conclusiones. Confia en que el texto podra, independientemente de tu patronazco, activar respuestas unicas de aprecio de mi parte.
Se que es dificil este desapego critico de parte de un critico. Es como cuando un amigo te muestra la foto de su hijo recien nacido diciendo "mira esta preciosura", y tu te callas porque lo que ves es un engendro del infierno, y suspiras deseando que, con el tiempo, adquiera una forma mas presentable o al menos humana.
Digo esto a proposito de tu post, pero aun no he leido tu libro. Dejame leerlo y sacar mis propias conclusiones. Y, de todos modos, felicitaciones por escribirlo. Al contrario de muchos criticos, yo creo que todo libro es valioso.

Unicornio dijo...

"... y hago un discurso sobre mi derecho a hablar".
Silvio rodríguez.
Cuando tienes o sientes la necesidad de justificar tu derecho a hablar de tu propio libro, queda la impresión de que tú mismo no estás muy seguro de ello.
No tendrías porqué justificarlo, directamente entra a hablar de él, sin pedir permiso.
Cuéntanos que opinas tú de la reciente novela aparecida en Lima, llamada "Anticuario".

Anónimo dijo...

No es burgués como cínicamente pretendes hacer creer. La obra debe defenderse sola, el texto es lo que vale, basta de engreimientos y comedimientos y cortesanías al who is who y sobre esa pifia que has escrito sobre tu añoranza de los intelectuales, eso sí es totalmente burgués: un club de señoritos, las mujeres fuera en la cocina o bordando, felizmente el 2011, como sea, tendremos presidenta

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Anónimo 1: no sé a qué viene.

Anónimo 2: tú hablas de autobombo, yo no he hablado de eso. Temas distintos. Quizás quieras guardar tu comentario para cuando hablemos de eso.

Unicornio: Este post no es una justificación de nada. El post no anuncia nada más. Si te interesa su tema, puedes opinar sobre él, pero no esperes la segunda parte que pides porque no está en mis planes próximos.

Anónimo 3: yo defiendo la construcción de una esfera intelectual coherente y con sentido, en el futuro, no el regreso a ningún punto del pasado. ¿Y tú crees que estoy diciendo que las mujeres deben regresar a la cocina? Entonces probablemente tienes la enfermedad de la misoginia. Pero aún puedes corregir your evil ways.

Anónimo dijo...

Entonces te puedes defender de esto, Gus.

Los debuts narrativos tardíos tienen una utilidad poco considerada y algo autoirónica: nos enseñan cómo no se deben hacer cosas que aparentemente parecen bien hechas. Con frecuencia, el que publica su primera novela pasados los cuarenta tiende a meter en el texto todo lo que sabe, todas las técnicas aprendidas, todos los recursos y trucos, para atrapar al lector. Y lo que logra es atosigarlo. Subsumido por ese festín de datos, artificios técnicos y erudiciones que buscan sorprender, el debutante tardío olvida una de las cosas esenciales en narrativa: pasar por el tamiz de la interioridad lo narrado.

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Jaja! :D :D ¡Buena!... Hm... ¿O lo dices en serio? Jaja. No, mentira. Es una buena parodia. Pero, pensar que hay tontos que pueden escribir ese tipo de cosas en serio.

Anónimo dijo...

entre todas las críticas que he visto sobre mi novela El anticuario, por fortuna, no he encontrado ninguna de la que piense que deba defenderme. Todo lo contrario: estoy muy contento con la respuesta que la novela ha obtenido hasta ahora.

te contentas con poquito, amigo ;)

Ludópata

Anónimo dijo...

"tu añoranza de los intelectuales, eso sí es totalmente burgués: un club de señoritos"

¿Esa es la visión que tiene el anónimo de lo sugerido en el post? O leyó mal, o está proyectando sus propias ideas.

baudelaire3 dijo...

¿Desde cuándo que ser elegante es un pecado?,¿desde cuándo ser elegante significa ser burgués?

Saludos cordiales,

Cristián Gómez O.

Unicornio dijo...

Gustavo, de veras desestimas lo del anónimo que alcanza esto?:
"Los debuts narrativos tardíos tienen una utilidad poco considerada y algo autoirónica: nos enseñan cómo no se deben hacer cosas que aparentemente parecen bien hechas. Con frecuencia, el que publica su primera novela pasados los cuarenta tiende a meter en el texto todo lo que sabe, todas las técnicas aprendidas, todos los recursos y trucos, ...".
Tengo 37 años, y un texto inédito desde hace cinco años, y la verdad es que me ha preocupado. ja.
Luego de reirte, ¿puedes dar tus motivos?.

giancarlo dijo...

Eso de "Los debuts narrativos tardíos...". Sobre todo la parte de "...nos enseñan cómo no se deben hacer cosas que aparentemente parecen bien hechas".

Había una sección en el blog para esas cosas. Recuerdo a Einstein sacando la lengua.

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Giancarlo: tienes toda la razón: yo mismo he tenido ganas de reflotar esa sección sólo para poder poner esa frase, ejemplo perfecto de la estupidez de su autor.

Unicornio: no sólo lo desestimo; me entró un ataque de risa imparable cuando lo leí. Es un post tonto puesto por un parásito apellidado Coral, que ni siquiera se atreve a incluir nombres propios en su texto. Tú, adelante, corrige y sigue escribiendo, que es lo único que importa.

Anónimo dijo...

Hola Gustavo,
Acerca del escrio por "Coral" y con miedo de convertir esta sección en "terapia para escritores", consulto. Tengo una novela y no sé si debo seguir corrigiéndola o no. Mis amigos no son buenos críticoss, aquí en Lima no hay costumbre de hacer observaciones literarias. ¿Te la puedo alcanzar?
saludos,
H

Anónimo dijo...

No creo q tengas tan poco corazón como para no acceder a leer la novela del inédito. Todo el Perú te está viendo! Hazlo siquiera por eso; dile q sí, q leerás su manuscrito. Te estamos viendo! No seas malo! En este momento tu alma está en la balanza!

Anónimo dijo...

Con actitudes como la del comentador arriba de mí, no llegaremos a nada entre los escritores limeños.

Enrique Prochazka dijo...

http://cartasarchipielago.blogspot.com/2008/11/deja-que-el-texto-se-ataque-solo-ver_14.html

Anónimo dijo...

Una cosa es que el autor pueda "hablar" acerca de su obra, y otra muy distinta, que decida polemizar con todo aquel crítico con cuyas opiniones no esté de acuerdo. Puede hacerlo (nadie podría impedírselo), pero andar como espadachín "defendiendo" una obra, es una señal de baja tolerancia, es entender toda crítica como un ataque.

Anónimo dijo...

Emile Zola en el prólogo de Thérèse Raquin:

"La crítica ha recibido el presente libro con voz brutal y airada. Hay personas virtuosas que, en periódicos no menos virtuosos, han hecho una mueca de asco mientras lo cogían con unas tenazas para arrojarlo al fuego. Hasta las publicaciones literarias modestas, esas en que aparece todas las tardes la gaceta de alcobas y gabinetes privados, se han tapado la nariz, hablando de apestosa basura. No me quejo ni poco ni mucho de tal acogida, antes bien, me satisface mucho comprobar que mis colegas tienen los nervios sensibles de una jovencita. Es de todo punto evidente que mi obra pertenece a mis jueces, y que puede parecerles nauseabunda sin que me corresponda derecho alguno a protestar. De lo que me quejo es de que, a lo que me parece, ni uno de los púdicos periodistas a quienes se les han subido los colores al leer Thérèse Raquin haya comprendido la novela. Es posible que se les hubieran subido aún más caso de haberla entendido; pero, al menos, podría yo estar ahora disfrutando de la íntima satisfacción de su justificada repugnancia."

"El grupo de escritores naturalistas al que tengo el honor de pertenecer cuenta con coraje suficiente para crear obras fuertes que se defienden solas. Es precisa toda la voluntaria ceguera de cierta crítica para que un novelista se sienta obligado a escribir un prólogo."