4.9.10

Declaración

Ante un nuevo atentado contra el estado de derecho

Félix Reátegui, Eduardo González y Javier Torres Seoane han escrito la siguiente declaración, que yo también suscribo. Invito a los lectores a hacer otro tanto. La publicación original está en el blog de Eduardo González. Aquí el texto:

Después de la caída del fujimorismo, los peruanos descubrimos una serie de atrocidades que habían permanecido ocultas durante más de 20 años tales como las matanzas de Putis o Umasi, donde campesinos, mujeres, niños y niñas fueron ejecutados por miembros del Ejército Peruano que tenían la obligación de defenderlos de los crímenes de Sendero Luminoso. Ahora se quiere mantener en la impunidad esos delitos de agentes del Estado mediante los Decretos Legislativos que el gobierno del Presidente Alan García ha emitido.

El gobierno nos quiere devolver, así, a los días más oscuros del autoritarismo abriendo las puertas de las cárceles a los violadores de derechos humanos que cometieron sus crímenes hasta antes del 2003, pues estos decretos permiten archivar sus casos apelando a lo prolongado de sus procesos penales. A nadie escapa, sin embargo, que dicha extensión se debe a la falta de cooperación del Ministerio de Defensa y a interminables maniobras dilatorias de los propios acusados.

Estas normas también permitirán a las Fuerzas Armadas actuar en el control de protestas sociales y resolver fuera del alcance del Poder Judicial cualquier delito que sus miembros cometan en ese campo. Esto confirma la tendencia a la represión y la impunidad con la que el actual gobierno ha actuado en diversos escenarios de conflicto social.

Frente a este agravio a la ciudadanía:

Exigimos que el Congreso de la República derogue inmediatamente estos decretos y que los jueces que llevan causas de derechos humanos los declaren inaplicables por ir en contra de las garantías del Estado de Derecho.

Advertimos que estos decretos pondrán al Perú en una situación de paria ante la comunidad internacional, como ocurrió durante el fujimorismo, y abrirá las puertas a decenas de nuevas condenas en instancias internacionales y arrestos y juicios de peruanos en el extranjero, frente a la evidente imposibilidad de hacer justicia en nuestro país.

Anunciamos que como ciudadanos y ciudadanas nos movilizaremos para evitar este atropello contra nuestra democracia y que enfrentaremos estos arbitrarios decretos por todas las vías que nos deja abiertas el estado de derecho.

Lima, setiembre del 2010

Félix Reátegui
Eduardo González
Javier Torres Seoane
Gustavo Faverón Patriau

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La prensa y el basurero

Sobre la vergonzosa facilidad de nuestros prejuicios

Confieso que con el tiempo he ido perdiendo más y más la costumbre de leer diarios peruanos en internet y colarme a cuanta discusión peruanista (o anti- o para- o semi- o seudo-peruanista) se arme en las redes sociales.

A veces olvido por qué y regreso. Y entonces recuerdo por qué y doy un paso atrás. En este post les voy a contar solamente cosas que he encontrado entre ayer y hoy. Ya ustedes me dirán.

Una es una tira cómica de David Galliquio Bazalar, que circula en redes sociales, publicada por su propio autor, y que, como verán a la izquierda (donde la reproduzco a regañadientes), basa enteramente su supuesto humor en la caricaturización tópica de un peruano de raza negra: la falsa picardía, el guiño a la criminalidad, el nombre insultante, el símbolo ridículamente infantil, la representación gráfica tomada directamente de las caricaturas del blackface americano del tiempo de las leyes de Jim Crow. Humor para racistas conscientes o inconscientes.

Otra de esas cosas que encontré hoy fue una entrevista a la actriz peruana Tatiana Astengo en el diario El Comercio. En la entrevista, Astengo comenta el hecho de que tanto ella como la actriz y cantante Magaly Solier se hayan presentado al cásting de un mismo papel para la película española Amador, y que el rol haya ido a parar a manos de Solier. Dice Astengo:
"Magaly Solier va a protagonizar una película aquí (“Amador”) pero... hace de alguien que cuida enfermos ancianos, ese es un trabajo para inmigrantes, la estaban buscando lo más india posible, por eso lo hizo ella... El director me dijo que yo era muy guapa, querían una actriz más autóctona. El director me ve a mí no como india sino como caribeña, no andina".
Keywords: "india", "inmigrantes", "guapa", "autóctona", "andina". Astengo las esparce por allí en contraposiciones lamentablemente predecibles, la más tonta y común de las cuales está al final, cuando dice que no consiguió el trabajo porque "era muy guapa" y la producción buscaba, en cambio, a una actriz "autóctona". Ya saben a qué se refiere: si Solier es chola, es fea; por eso la contrataron (y no porque sea mejor actriz). Así estamos.

Sigo: en un artículo en Expreso se publican declaraciones del ex futbolista José Velásquez, quien, treinta y dos años después del 6 a 0 ante Argentina, deja entrever que ese partido se perdió porque nuestro arquero no era peruano de nacimiento sino argentino y nacionalizado. Porque, ustedes saben, si alguien es responsable de las desgracias de nuestro fútbol, tienen que ser los extranjeros. (Y digo yo: los extranjeros que nos hacen goles de seis en seis, ¿no serán más responsables que los que se nacionalizan peruanos?). El patrón Velásquez es un chauvinista.

Hay más: el periodista más miserable del Perú, Andrés Bedoya Ugarteche, en una de esas columnas suyas en que pretende explicar diversos temas y sólo explica, en verdad, involuntariamente, su propia caverna de prejuicios, deja algunos comentarios homofóbicos, a santo de dios sabe qué, en referencia al presidente de Bolivia, Evo Morales:
"¿Y qué de los travestis? ¿No le gustan los travestis a Morales? A propósito, ¿es el Presidente cornetero (me refiero al instrumento musical) homosexual? Por lo menos no se le conoce hembra".
El artículo contiene, además del exabrupto homofóbico, comentarios racistas y dos párrafos completos de ataques difamatorios contra una persona cuyo nombre no se menciona, previsiblemente, para evitar una denuncia judicial. Obviamente, Bedoya Ugarteche publica su columna en Correo, cloaca dirigida, como saben ustedes, por Aldo Mariátegui: sí, el mismo que de vez en cuando se jala las mechas llamando ignorante a medio mundo.

Y ahí es donde prefiero dar un paso atrás; hasta la próxima vez en que olvide y, en el olvido, me aproxime. Sólo me queda la tristeza de pensar en cuántos peruanos creerán que así es el mundo, que así es la prensa en todas partes, que nada tiene esto de raro, que vivir así de sumergidos en prejuicios es lo normal y que no hay ningún problema en vivir de esa manera.

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3.9.10

Allende

¿Premio literario o campaña publicitaria?

¿Qué tienen en común Juan Emar, Vicente Huidobro, María Luisa Bombal, Enrique Lihn y Roberto Bolaño? Como la pregunta es demasiado amplia, iré directamente a la respuesta que espero: estuvieron entre los más notables escritores chilenos del siglo veinte y murieron sin recibir el Premio Nacional de Literatura de su país.

El premio, que fue anual desde 1942 y es bienal desde 1972, y que se alterna entre narradores y poetas, lo acaba de recibir, en cambio, la novelista Isabel Allende, como resultado de una candidatura promovida, entre otros, por los ex presidentes chilenos Patricio Aylwin, Eduardo Frei, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, que al fin dejaron en claro cuál es el único terreno en que todos convergen: el quiosco de los best-sellers.

La coincidencia de los cuatro ex mandatarios es irónica: las influencias políticas contrapuestas sobre el premio han sido causantes de sus mayores injusticias por décadas. Durante los años de Pinochet, ante la escasez de escritores de talento que fueran afectos al régimen, el premio lo recibieron casi exclusivamente autores de divulgación científica, de literatura infantil sin mayor originalidad, críticos oficialistas de El Mercurio y hasta algún miembro del cuerpo diplomático del Estado chileno. 

El único autor de valía premiado en los años de la dictadura fue Braulio Arenas, el fundador del legendario grupo Mandrágora, quien recibió el reconocimiento en 1984, cuatro años antes de su muerte. Tan minuciosamente fueron marginados los escritores chilenos de mayor importancia, que, a partir de 1990, con el regreso de la democracia, el Premio Nacional de Literatura tuvo que ponerse al día y galardonar sucesivamente a los que habían sido obviados: José Donoso en 1990, Gonzalo Rojas en 1992, Jorge Edwards en 1994.

Por supuesto, la responsabilidad final en la elección de Allende es del jurado y no de los subscriptores y patrocinadores de uno u otro candidato. Sería interesante conocer la opinión del único autor reputado que fue miembro de ese tribunal, el poeta Raúl Zurita, espónsor de medianías literarias desde hace largo tiempo, ganador él mismo del premio en el año 2000. Quizás el suyo haya sido un voto discrepante en minoría; no lo sé.

Como escribí hace semanas, hubiera preferido que el premio fuera a dar a las manos de Diamela Eltit, quien, aunque no es una de mis autoras favoritas, es una escritora de verdad, una que entiende la literatura como algo más que una forma de diversión o consolación masiva. El punto positivo: al menos no lo recibió Antonio Skármeta, el único de los postulados que gritó a los cuatro vientos que él se merecía el premio ya mismo. (Prefiero a Allende, sinceramente, y eso es bastante decir).

Un artículo sobre el tema, escrito por Dora Viater para la Revista Ñ del Clarín de Buenos Aires, comienza de manera sintomática: "Lo ganó, pese a todo", dice: "Pese a los muchos que durante años buscaron dinamitar su estilo, sus libros". Es curioso: como si el premio demostrara de una buena vez y para siempre que los libros de Allende son extraordianrios e indudables y que todo quien los haya criticado en el pasado estuvo en un error.

Afortunadamente, no es tan simple: ningún premio debería influir en la recepción crítica de un escritor y su obra. Pero me pregunto si la coincidencia de esos cuatro ex presidentes en patrocinar a Allende y la aceptación del jurado que finalmente ha consagrado esa candidatura no serán una señal de la oficialización, desde el Estado, de la idea de que la literatura solo vale cuando promueve unos ciertos valores inofensivos, una cierta imagen inocua, y a eso le suma cierta funcionalidad propagandística y el marqueteo de una "marca" en el mercado internacional; en este caso, la "marca" Chile.

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2.9.10

¡Comunistas!

¡Que los lleven a la Base Naval!

A veces me parece que fue ayer nomás, o acaso anteayer, cuando tuve que dedicar no un post sino dos a revelar a mis lectores el genio de Aldo Mariátegui.

Lo hice, sin duda, impulsado por el poder de penetración de los análisis políticos con que el suprascrito superhombre adorna las páginas del diario que dirige: el siempre querido Correo del Amor.

Pues bien: Mariátegui, como todo polígrafo, no nos da pausa. Ayer mismo imprimió para sus lectores y para la posteridad uno de los más agudos estudios semióticos de los que la raza humana (perdonen la generalización) tenga memoria: el análisis de una fotografía de campaña de la candidata izquierdista Susana Villarán.

En la imagen, Villarán aparece con el puño en alto. Un ojo melifluo y dormilón hubiera pasado por el alto el detalle, confundiéndolo acaso con la imagen inocua de un político llamando a los suyos a unírsele en una campaña de reivindicación social. Yo mismo, al ver la imagen, pensé que Villarán andaría metida en la onda de los raves discotequeros, o sería fan asidua de Kylie Minogue.

El ojo crítico de Mariátegui, sin embargo, no pasó desapercibido el significado intrínseco de la postura: Villarán no hace sino repetir el gesto de Abimael Guzmán, Mao Tse Tung, Fidel Castro, Hugo Chávez: Villarán, entonces, no puede ser otra cosa que una comunista de inclinaciones totalitarias y espíritu mortífero.

Dejemos entonces que Mariátegui sea nuestra guía, y denunciemos junto con él a los otros grandes comunistas de la historia contemporánea. Por ejemplo, los del collage que he preparado y que acompaña a este post (que es una denuncia).

Notorios comunistas de la historia: Yoko Ono, John Lennon, la tenista Ana Ivanovic, el maldito roedor Super Ratón (a quién quería engañar), Michelle Obama, Michael Jackson, Pelé, un sicalíptico bebé elegido al azar, el mafioso de Mandela, ese terruco de John Kerry, la aeróbica guerrillera Jane Fonda, el doble agente Supermán, la roja Sarah Palin (avalada por el rojo John McCain) y la autora de narco-corridos socialistas Lady Gaga.

Notarán también que siguiendo el método Mariátegui de identificación de terroristas maoístas también podemos desenmascarar por fin a Adolf Hitler y al padre Charles Coughlin (abajo, a la izquierda), inventor de la llamada "hate radio", un comunicador social cuya carrera se basó en incesantes campañas de denuncia contra los supuestos comunistas encubiertos de Estados Unidos antes, durante y después de los años del macartismo. Como quien dice, el padre ideológico de... Aldo Mariátegui.

Seguiremos denunciando. Y recibimos soplos de la audiencia...

(Dos de estas imágenes, o quizá otras similares, las vi en un blog de La Mula ayer. No he podido encontrarlo hoy; apenas lo haga colocaré el enlace).
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1.9.10

Lección de ética

Con el senséi Aldo Mariátegui

Cada vez es más claro. Quienes deseen que la derecha se desinfle sola como alternativa electoral en el Perú y que las posibilidades de la izquierda crezcan, sólo tienen que comprar, fotocopiar, distribuir, reenviar, postear y repostear donde sea posible, y pegar en todos los muros virtuales y reales que encuentren a su paso, las columnas que Aldo Mariátegui viene escribiendo y publicando en el diario Correo.

Explicación para los lectores extranjeros: Aldo Mariátegui es un plomo fundido, un periodista gris de camisa parda e inteligencia catatónica, que escribe con los pies y usa el cerebro como pisapapeles; el príncipe de los sapos de la prensa amarilla peruana, que se hace pasar por liberal cuando es todo lo contrario: un autoritario y un promotor de la desigualdad, de esos que creen que la justicia lleva los ojos vendados para hacerse la idiota y pasar solapa.

Mariátegui dirige un diario en el que cada mañana firma una columna plagada de tonterías, y publica, pero no firma, otra columna hecha exclusivamente de bajezas y mentiras. En menos de 72 horas, el ventilador de su oficina ha expelido dos textos que dejan ver claramente el tipo de prensa que se ejerce en la derecha peruana en estos días.

El primero lo comenté ayer: era una involuntaria demostración pública de cómo funciona la mentalidad racista. El segundo es menos divertido pero más transparente: en él, sin querer (que es la única forma en que produce cosas interesantes), Mariátegui declara que su trabajo no es descubrir verdades, informarse sobre ellas y darlas a conocer, sino ser "implacable" con el pasado de sus rivales y callarse en siete lenguas acerca del pasado de sus amigos.

Si no lo creen, miren la tácita declaración de principios que elabora en el primer párrafo, en el que hace alusión a otra periodista peruana, Mariella Balbi:
"Somos implacables con el pasado --y el presente-- ideológico de Villarán, como seguramente Balbi lo sería con alguien que hubiese sido fascista y ahora colgara propaganda haciendo el saludo romano y llevara neonazis en su lista. O como lo es Balbi con los fujimoristas y apristas, a los que no les perdona una del pasado y no les da ninguna chance de redención".
Por un lado, Mariátegui cree que hay que ser "implacable" para criticar a Villarán, pero piensa que con los fujimoristas y los apristas no hay que serlo: hay que darles oportunidades de redención. Por otro lado, dice que Balbi sería "implacable" con fascistas y neonazis. Balbi. No él. La ética de Mariátegui le dicta ese tipo de principio: su labor de periodista consiste en destruir a unos y hacerse de la vista gorda con otros (o activamente ocultar las manchas de su pasado).

¿Cuál es el gran obstáculo de Mariátegui en esa función? Es un rasgo de su inteligencia que lo hizo merecedor a un premio otorgado en este mismo blog dos años atrás. Mariátegui, que todo lo tiene gris y todo lo vuelve gris, tiene la materia gris en blanco (y ya es hora de que esto quede claro en blanco y negro).

Y no es que sea tonto por ninguno de los motivos que a él le gusta atribuir a los demás: no es tonto por degeneración racial, ni por mediocridad de clase, ni como producto de una prolongada serie de matrimonios endogámicos, ni porque su abuelita mengana fue equis o su abuelito zutano fue zeta, ni por falta de oxígeno o exceso de anhidrido carbónico. Es tonto porque es un inmoral.

La inmoralidad es un rasgo que no se puede ocultar con facilidad cuando se escribe públicamente a diario. Y, por otro lado, es una forma de estupidez. Un inmoral es alguien que manipula la realidad en su beneficio: manipula sus detalles evidentes, sus coyunturas, sus superficies; obvia su complejidad; sólo le concierne lo inmediato. El inmoral, en otras palabras, no necesita conocer; ni siquera necesita un mundo con muchas dimensiones. Le basta con negar, reducir, ocultar, rechazar o controlar. Por eso la estupidez es su condición esperable: es la estupidez voluntaria de quien prefiere reprimir el mundo en lugar de abrazarlo.

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31.8.10

La invención del racismo

Aldo Mariátegui y la clase alta como "raza degenerada"

En vísperas del reinicio de las conversaciones entre el gobierno de Israel y el palestino, hoy cuatro civiles israelíes fueron asesinados en una emboscada gratuita por terroristas palestinos en los alrededores de Hebrón, en la margen occidental. Una de las víctimas era una mujer embarazada.

Inmediatamente, Hamas reivindicó la autoría del atentado y 3000 personas celebraron, en un mitin en las calles de Gaza (donde esa organización tiene el poder efectivo), lo que llamaron "una operación heroica" de las Brigadas Qassam, el ala militar de Hamas, cuyo vocero, Abu Obeida, estuvo entre los celebrantes.

No es necesario decir que este crimen no merecerá la atención ni la condena unánime de la prensa y la opinión pública, como sucedió con el de los barcos de ayuda humanitaria pro-palestina atacados por el gobierno israelí hace unos meses. Eso ya parece irremediable: quienes prefieren parcializarse sin juzgar los hechos, necesitan obviar este tipo de incidente para no verse forzados a usar los dos platos de la balanza.

Es de una vileza extrema elegir al azar a cuatro civiles y aniquilarlos sólo para obstaculizar una negociación (en la que nadie tiene demasiada fe, por otro lado). Celebrar el hecho como heroico es patético no sólo porque duplica la violencia sino porque nos habla de una rabia radical que difícilmente se pueda superar en un futuro más o menos próximo: tanto Hamas y el ala radical de la OLP como el extremo recalcitrante de la coalición que respalda a Netanyahu es Israel han expresado ya su oposición al diálogo y, sobre todo, a la posibilidad de que sus respectivos gobiernos cedan algo en las negociaciones.

Solemos suponer que quienes se niegan al intercambio se sienten plenamente dueños de una verdad irrefutable; en algunos casos, sin embargo, es mucho más que eso: se sienten con derecho a pasar por alto, como inatendible, como irrelevante, o incluso como inexistente, cualquier cosa que los otros piensen o digan: quitarle todo posible valor a las ideas de un colectivo es quitarle todo valor real a las personas que forman ese colectivo.

En los casos extremos de racismo, por ejemplo, los racistas no juzgan las creencias o los discursos de las personas a las que menosprecian o ven como inferiores: estudian la conducta de esos sujetos, los observan como quien observa a una especie animal, y señalan lo que ven como sus taras y sus caídas, pero no los toman como origen de un discurso que valga la pena criticar: eso sería colocarlos al nivel propio, lo que iría contra el principio elemental de cualquier mentalidad racista.

¿Recuerdan cuando Jaime Bayly, primero, y Pedro Pablo Kukzynski, después, declararon que la gente de los Andes votaba por candidatos como Humala porque en la altura de las montañas andinas los cerebros carecían del oxígeno que necesitaban? Esa era una forma de decir: lo que estas personas piensan, creen u opinan no merece nuestra atención porque viene de gente incapaz de pensar, creer u opinar con la claridad con la que lo hacemos "nosotros".

¿Y recuerdan cuando Aldo Mariátegui, en la primera plana del diario que dirige, se mofaba de la escritura del español de la congresista quechuahablante Hilaria Supa? Esa también era una manera evidente de descalificar la posibilidad misma de que el otro sea un interlocutor válido. Y ya sabemos de qué se trata en el fondo: cuando se cree que hay jerarquías que hacen a unos superiores a otros, se niega un principio básico de igualdad basado en una idea muy simple: que todos compartimos una misma humanidad.

El racismo es una de las maneras en que se manifiesta la negación radical al diálogo. Es también una forma de pensar que permite simplificar el mundo, cuando el mundo es tan complejo que resulta incómodo. Un racista puede llevar la fórmula de su discurso sobre las "razas degeneradas" por donde vaya, puede usarlo de maneras muy distintas, a veces aparentando no ser racista en absoluto, y puedo intentar que ese fácil esquemita actúe como explicación para los asuntos más diversos, sin que le importe en lo más mínimo lo insólitamente absurdas que puedan resultar sus conclusiones: un racista ha renunciado al deber de juzgar y argumentar, eso es parte de lo que lo hace racista; es su opción.

Tomen por ejemplo una reciente columna del mismo Aldo Mariátegui, "El otro electarado". Fíjense primero que el título alude a la existencia de dos grupos a los que llama, respectivamente, el "electarado" y "el otro electarado". Reparen en que "tarado" viene de "tara", la característica de un ser atrofiado, de una especie en decadencia, es decir, lo que los nazis y otros prominentes racistas de los siglos diecinueve y veinte llamaban una "raza degenerada". Mariátegui usa la palabra para referirse a las clases populares que votan por candidatos de la izquierda populista y a las clases altas que votan por candidatos de la izquierda moderada.

Sería ridículo pensar que, por referirse a gente adinerada de lo que queda de la aristocracia limeña, Mariátegui no está siendo racista. Todas y cada una de las cosas que Mariátegui dice en su triste columna acerca de la "clase A" capitalina son absolutamente idénticas a las cosas que Hitler decía sobre los judíos en la Europa de los años treinta y cuarenta: el hermetismo egocéntrico, la conducta de logia, la repetición de la endogamia, el inbreeding, la comparación con animales, las referencias a la degeneración física, a la deformidad, a la enfermedad mental. Da asco sólo asomarse al texto; parece salido de la mano de un Goebbles con bastante menos formación que el original.

Mariátegui no se refiere a una raza específica, y alude a una clase social que podemos suponer es mayoritariamente blanca. Eso puede engañar a un lector incauto. La verdad es que Mariátegui, en esa columna, hace una cosa aun más delirante que menospreciar a una raza: inventa una raza para poder menospreciarla. Incapaz de pensar en la conducta de los individuos de la clase alta limeña como miembros de una clase, los convierte en una raza degenerada. Así sí puede; así es como él entiende el mundo.

(La imagen la he tomado sin permiso de una página de Facebook donde a su vez se tomó de un post de Álvaro Portales).

Patria grande, patria chica

Sobre dos comentarios de Iván Thays y Javier Calvo

¿Qué tendría que pasar para que dejáramos de pensar en los escritores como "escritores latinoamericanos", "escritores peruanos" o "escritores hispanos"?

Primera posibilidad: que comenzáramos a entender la literatura como un discurso independiente del mundo social donde se construye, donde se elabora, donde se consume en primera instancia y al que en la inmensa mayoría de los casos esa literatura representa directa o indirectamente.

El problema es que, para que eso sucediera, tendríamos que buscar una definición de "literatura" que no incluyera las nociones de producción cultural, discurso social, elaboración histórica, tradición y representación. Lo que nos dejaría, probablemente, con casi nada.

Segunda posibilidad: que en el mundo real desapareciera la idea de nación, y con ella tanto la idea de las tradiciones nacionales, por un lado, como, por otro y en consecuencia, la tendencia de los escritores a inscribirse dentro de unos debates que se han llevado a cabo secularmente dentro del terreno de lo nacional.

Aquí el problema es que, incluso si uno fuera el más desembozado amante de la idea de la globalización, incluso si uno fuera el profeta de la globalización absoluta, nuestro mundo sigue siendo un universo de nacionalismos arrasadores y ubicuos, y no parece existir ninguna tendencia globalizadora que en la práctica se construya en contra del marco de los estados-nación.

Tercera opción: que desapareciera en todos los autores del planeta la conciencia de la literatura como medio político discursivo, incluso si el plano político mundial sigue construyéndose en torno a los estados nacionales y sus historias conflictivas y sus tradiciones levantadas sobre fronteras y contraposiciones.

El problema es que no hay motivos para suponer que de pronto un lenguaje eminentemente comunicativo (es decir, uno que se ha entendido siempre como medio para la representación y la transmisión de ideas y no sólo como sistema de clasificación o de ordenamiento), es decir, el lenguaje de la literatura, se vaya a convertir en un medio independiente de la realidad que lo circunda y a transformarse en un sentido en el que el resto del mundo tangible no se está transformando.

Por otra parte, ¿por qué desear que los autores de los países de América Latina dejen de ser vistos como "escritores latinoamericanos"? O, si quieron verlo desde otro ángulo: ¿qué ganaríamos con no considerar Edipo rey una tragedia griega o con pensar que Shakespeare no fue un dramaturgo inglés? Y, ¿quién de nosotros estaría dispuesto a pedir que comencemos a hacerlo?

Todo esto lo escribo pensando en una pregunta incluida por Iván Thays en un post de su blog. Y esa anotación de Iván, a su vez, se refiere a algo escrito por Javier Calvo acerca de la manera en que la figura de Bolaño ha eclipsado a otros autores latinoamericanos en Estados Unidos, a la vez que les ha abierto la puerta a algunos de generaciones posteriores.

Iván habla acerca de la "desaparición de las entidades 'latinoamericanas'" en la literatura y, si no lo entiendo mal, de la formación de un campo literario contemporáneo en el que los autores de la región deberían ser considerados en atención a sus "valores individuales" y no como componentes de ningún proyecto compartido.

Es perfectamente atendible el reclamo de que la obra de un escritor sea juzgada en función de su valor, digamos, intrínseco, propio e individual, y no básicamente como componente de un movimiento colectivo, sobre todo cuando no parece haber razones para suponer que tal proyecto literario común exista en lo absoluto. Imaginar como parte de un movimiento a un autor que no lo es, es un error. Pero, por otra parte, juzgar a cualquier autor como independiente de todo carácter tradicional, toda conexión nacional, todo influjo generacional, es sólo el error contrario.

Si uno mira con cuidado las observaciones de Iván y las de Calvo, que parecen enfrentadas, se encontrará con un curioso rasgo común: Iván toma España como punto de vista para hablar sobre los escritores de las últimas generaciones latinoamericanas; Calvo toma a Estados Unidos como lugar para su perspectiva. Lo que Calvo busca activamente (en el pequeño texto citado) es la visibilización de la literatura española en Estados Unidos; lo que Iván trata de dilucidar es cómo son vistos (y cómo deberían ser vistos) los latinoamericanos en (o desde) España.

Finalmente, ninguno de los dos supera el marco de la tradición regional o nacional, según el caso, para plantear su posición. No sé si es paradójico o meramente irónico: para reclamar que los autores latinoamericanos dejen de ser juzgados como parte de "lo latinoamericano", es necesario primero volverlos a todos parte de un colectivo. Y en ese colectivo, no son "latinoamericanos" todos los escritores que se dediquen a escribir en países de América Latina (esos serán simplemente peruanos, bolivianos, ecuatorianos), sino aquellos que además sean vistos desde afuera.

Una cosa más: el hecho de que en España y en Estados Unidos se hable de "escritores latinoamericanos" no se debe a que en la Península Ibérica y en el norte del continente americano los críticos y los lectores tengan una anticuada tendencia a subrayar las clasificaciones regionalistas; se debe, más bien, a que tienen una notoria inclinación a no percibir las diferencias entre las distintas tradiciones de los países de América Latina. No es un pecado por exceso, sino por defecto: es un involuntario o apurado o negligente borroneo de las fronteras, no un excesivo respeto a ellas.

Calvo desliza la idea, muchas veces avanzada por otros, de que en Estados Unidos pareciera existir sólo cabida para un gran escritor latinoamericano o de lengua española a la vez: Borges primero, luego García Márquez, luego Bolaño. Sin duda, si eso es real, es algo que se deriva del hecho de percibir a América Latina como una unidad; algo que no se solucionaría si, como quiere Iván, dejara de pensarse en términos regionalistas, sino que, más bien, se solucionaría si se empezara a notar en Estados Unidos que al coronar e iconizar a García Márquez, por ejemplo, se marginan muchas otras tradiciones nacionales latinoamericanas y muchas otras voces de tonos, estilos e imaginarios radicalmente distitntos.

La verdad es que el mercado americano, no obstante su tamaño monstruoso, no busca demasiado en otras lenguas, tiende a satisfacerse dentro de los márgenes de lo escrito en inglés. En el fondo, lo que los escritores latinoamericanos necesitarían para ingresar en el mercado americano son dos cosas. La primera: tener en su portafolio algo que se aproxime en calidad a Los detectives salvajes o 2666. La segunda: que el mercado americano dejara de autoabastecerse de una ficción latina propia, es decir, de la abundante producción de los latinos estadounidenses que escriben en inglés.

Lo primero depende enteramente del talento de los escritores, de su deseo de ingresar en ese mercado (cosa que puede parecerles perfectamente irrelevante a muchos, con toda razón) y de su voluntad de romper convenciones y producir out of the box, como lo hizo en efecto Bolaño. Porque a estas alturas está muy claro que el triunfo de Bolaño en Estados Unidos es una cachetada directa a todos esos autores latinoamericanos post-boom que pasaron décadas diciendo que ellos no tenían éxito en Estados Unidos sólo porque no se dedicaban al realismo mágico.

¿Y lo segundo? ¿Que el mercado americano deje de autoabastecerse de escritores latinos estadounidenses? Eso no va a suceder jamás, probablemente, y es lógico: esos autores son parte activa y eminente de la nueva literatura americana y representan la zona del mundo latino que más interés puede despertar naturalmente en los Estados Unidos. Y sí: eso también se debe a que, como en todas partes, los americanos también ven la tradición literaria en términos nacionales.

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26.8.10

Literatura femenina

¿Cuál es el siguiente paso?

Hace un millón de años, cuando cada uno de nosotros tenía una página de comentarios de libros en Somos, Rocío Silva Santisteban y yo entramos en un pequeño nudo gordiano de reproches en torno al término "literatura femenina". Baste decir que yo era el conservador y ella la progresista en el tema y que en este momento yo no defendería mis posturas de entonces, al menos no enteramente ni con tanta seguridad.

Una de mis ideas, la única que recuerdo claramente, era que mientras no se investigaran los límites de lo que se sigue llamando "literatura femenina", referirse a ella siguiendo sólo el principio genérico de que la forman los libros escritos por mujeres, era paradójicamente arbitrario: la existencia de un grupo no garantiza la existencia de una literatura que se circunscriba a ese grupo. "Hay zurdos, pero no hay literatura zurda", creo haber dicho.

Ok, no tienen que lanzar todas sus piedras al mismo tiempo: esa es una frase torpe que no repetiría hoy sin las comillas. Hay sin duda reincidencias temáticas que recurren en cierta literatura escrita por mujeres y que no suelen ser centrales en la escritura de los hombres, y eso se debe a que los espacios y las jerarquías ocupadas por unas y otros en la sociedad son diferentes, como son tradicionalmente distintas (cada vez un poco menos) sus posiciones en la estructura de la familia, en la división del trabajo, etc.

Ciertas intuiciones mías de entonces las sigo considerando válidas, sin embargo. Creo, por ejemplo, que gran parte de la narrativa escrita por mujeres en América Latina hereda y reelabora temas, formas y visiones del mundo que pocos autores han desarrollado y difundido tanto como Gabriel García Márquez. Se pueden hallar antes en escritoras de la región, como Teresa de la Parra, por ejemplo, pero creo que es más defendible la idea de que autoras como Isabel Allende o Laura Esquivel provienen del colombiano mucho más que de la venezolana.

Eso no es una usurpación ilegítima: de hecho, un estudio necesario en la crítica latinoamericanista es, precisamente, el de cómo ha influido la visión de la familia, la mujer, la casa y las relaciones de género de la narrativa de García Márquez en autoras que se consideran centrales en nuestra narrativa femenina: ¿hasta qué punto, jugando sobre el molde del realismo mágico garciamarquesco, reproducen con él una figuración de lo femenino que proviene de un universo ficcional no sólo masculino sino acaso machista?

Un problema mayor del concepto de "literatura femenina" es que se delimita escasamente y no filtra casi nada: especies literarias en extremo disímiles, visiones ideológicas contrapuestas, tendencias políticas diferentes, afirmaciones y exclusiones culturales de diverso grado, obras que, desprevenidos sobre el género de la autora, nunca imaginaríamos como parte de un mismo corpus, van a parar dentro de una categoría que se hace, entonces, inmensa y muy porosa.

Y ponerle límites no siempre parece más productivo, para colmo de males: ¿es el conservadurismo anti-feminista de una cierta escritora menos "femenino" que el feminismo militante y progresista de otra? ¿Por qué no considerar igualmente las obras que critican el status quo de la mujer y aquellas que se muestran más bien reaccionarias ante esa crítica? Porque, si descarto a estas últimas, ¿no estoy pintando una imagen decididamente parcial de la "literatura femenina"?

De hecho, la crítica suele hacer esto: revisar el canon de la "literatura femenina" latinoamericana lo deja a uno con la impresión de que todas y cada una de las mujeres escritoras de la región han sido, de una manera u otra, progresistas, feministas y posiblemente también decididas socialistas (hasta las hermanas Ocampo).

Frente a ello, claro, la "otra" literatura exhibe todas las máculas del chauvinismo, el conservadurismo y la reacción: críticos y críticas se aputan a disputar quién acusa más rápidamente a Vargas Llosa de machista, a Paz de falocéntrico, a Fuentes de ser un charro de pistolones y a García Márquez de pedofilia galopante. (Digámoslo también: este último ha hecho muy poco por evadir ese golpe en años recientes).

Un aparte: en Estados Unidos, ya fuera del campo de lo latinoamericano, la etiqueta "women's fiction" se usa para referirse a esos libros que cabalgan entre la semi-novela autobriográfica, el relato de auto-ayuda y la columna de consejos sentimentales, libros que venden cifras exorbitantes e invariablemente ocupan, al salir, los primeros puestos de todos los ránkings de diarios y revistas, empezando por el del New York Times.

En estos días, una polémica bastante artificial ha estallado en torno a esa literatura, una polémica que tiene como involuntario (y silencioso) protagonista a Jonathan Franzen, cuya más reciente novela, Freedom, acaba de aparecer. Resulta que el libro de Franzen y su autor han estado de carátula en carátula en las revistas y los suplementos literarios, y el New York Times lo ha reseñado no una sino dos veces. Millonarias escritoras de "women's fiction", cuyos libros se venden en cantidades abismalmente superiores a las cifras de una novela de Franzen, como Jodi Picoult y Jennifer Weiner, han opinado cáusticamente sobre el tema, aporreando a los críticos americanos por no hacerles caso a sus libros, mucho más populares que cualquiera de las obras de sus niños mimados.

En algún caso, estas escritoras han esgrimido la carta del género y el sexismo como explicación. En otros, han señalado solamente que la crítica ignora a la literatura popular en general, sea de hombres o de mujeres. Como es evidente, en ningún caso han mencionado esa verdad, gigante como un dinosaurio, que uno sabe a ciencia cierta: cualquier página de Franzen es un trillón de veces más atendible que los veintiocho libros que ellas dos han publicado en suma a lo largo de sus carreras paralelas.

Obviamente, no estoy diciendo que lo que en Estados Unidos llaman "women's fiction" sea lo que en América Latina llaman "literatura femenina". Pero no deja de ser curioso un dato del que podríamos tomar nota: ni Picoult ni Wiener observan que la crítica que las olvida a ellas y prefiere a autores como Franzen, no trata a Franzen mucho mejor de lo que trata hoy mismo a Cynthia Ozik, a Alice Munro o a Toni Morrison, y que en el pasado celebró incluso más efusivamente a Carson McCullers, Flannery O'Connor o Susan Sontag (quien, más aun, se volvió uno de los centros de gravedad de la misma institución de la crítica americana).

¿Por qué estas últimas escritoras no son víctimas de ese aparente menosprecio crítico? Sin duda, no es que sean hombres enmascarados; tampoco es que sus libros sean menos "femeninos". ¿Seré demasiado inocente si digo que se debe a que, en la mayoría de los casos, los textos de esas escritoras son extraordinarios mientras los de Picoult o Wiener son una desgracia notoriamente cabezahueca?

La "literatura femenina" latinoamericana es literatura hecha por mujeres, desde un punto de vista en que lo femenino (permítanme la imprecisión) es distinguible de alguna manera. La "women's fiction" norteamericana es literatura hecha para ser consumida por ciertas mujeres; las mismas que se avalanchan sobre el People cada semana. Es un producto que se define por el grupo lector, como casi cualquier literatura estrictamente comercial (de la misma manera en que cualquier producto comercial se distingue por su potencial consumidor). Algo así como esas novelitas seriales de guerra en los años cincuentas y sesentas, que eran hechas para el lector hombre de la guerra fría, adulando su masculinidad o inventándola, y no abrigaban esperanza alguna de que una mujer se aficionara a ellas.

(Ok, no sólo en esa época: todavía existen. Hay Sex and the City pero también hay más de un "Phallus and the Battlefield". Y antes de que nos vayamos por la rama más frágil: sí, en cualquier género, hipotéticamente, puede aparecer una obra maestra. Es sólo que en la realidad no ha sucedido, ni en esas novelistas bélicas ni en la "women's fiction").


Es bastante posible que la etiqueta "literatura femenina" haya dado ya todo lo que puede ofrecer en términos críticos. Sirvió para visibilizar una presencia, para hacer notar que había un fenómeno, el del crecimiento de una familia de ficciones, poemas, obras teatrales, que señalaban desde la perspectiva de diversas autoras mujeres, un grupo de asuntos, sensibilidades y aproximaciones que habían sido pasados por alto previamente. Así como la "affirmative action" americana sirvió para establecer la necesidad de una modificación radical en diversos terrenos de las relaciones sociales en Estados Unidos, y quizá ahora debería modificarse en otras direcciones; así, quizá, ya es momento de dar un paso adelante del escalón de la "literatura femenina" y pensarla como una serie de tradiciones muy diversas dentro del árbol o la arboleda general de las tradiciones literarias, y valorar cada una con los parámetros de los que la crítica dispone para valorar cualquier otra tradición, incluyendo, por supuesto, los estudios de género.

¿Por qué hacer eso? Mi respuesta es solo una impresión: la impresión de que "literatura femenina" y términos similares son categorías a las que el mercado y la academia ya les dieron la vuelta y las colgaron a secar a la intemperie, con todos los pequeños ultrajes del tiempo que un objeto en esa situación puede sufrir. Hoy, literatura de pobrísima calidad, hecha con la espectativa menos igualitaria y liberadora que quepa esperar (la de fijar a una gran parte de la lectoría femenina en un escaño distinto de aquel donde están quienes leen "en serio"), literatura, en fin, que no tiene de literaria otra cosa que el hecho de imprimirse en libros, se vende y se justifica e incluso se estudia bajo la mentirosa bandera de la reivindicación de lo femenino.


No sé ustedes, pero yo preferiría que escritoras como Armonía Somers, Blanca Varela, Luisa Valenzuela o Diamela Eltit tuvieran mayor centralidad pública entre las escritoras mujeres de América Latina, en lugar de fraudes engorrosos como Laura Esquivel, cuyo embarazoso remedo de feminidad consiste en tener el nivel intelectual de un horóscopo de Vanidades, o Isabel Allende, cuyo mayor mérito literario es el de haber asesinado al realismo mágico con un solo bocado de almendras malogradas.

No digo nada especial: en cualquier terreno, en cualquier género, en cualquier especie literaria, en cualquier época, la labor primera de la crítica es separar la paja del grano y señalar lo trivial con nombre propio: también dentro del corpus de la "literatura femenina" hay que subrayar que así como mucho es brillante, mucho es pésimo y mucho es sólo mediano, y la tácita "affirmative action" de la crítica ya no puede seguir jugando a creer que todo en esa esfera es igualmente interesante o digno de atención. Antes de que "literatura femenina" se vuelva la tapadera de nuestra propia "women's fiction", cosa que sólo podría perjudicar a las muchas excelentes escritoras de hoy en América Latina.
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24.8.10

Instrucciones

Para adquirir una cama king size en Brunswick, Maine

Se revisa cuidadosamente el catálogo de Ikea. Se elige la pieza adecuada. Se toma la firme decisión de conducir una camioneta rentada en U-haul hasta las afueras de Boston, comprar la cama y traerla armada.

Pero se opta por lo que a primera vista es más cómodo: pagarla on-line, esperar que llegue desarmada en varias cajas por correo y luego contratar a alguien que la arme. De preferencia un anciano retirado pero experto con las manos, que solucionará el problema en dos patadas.

La carga llega, pero es un día de lluvia y uno se da cuenta de que no puede dejar las cajas a la intemperie: procede, entonces, a levantarlas, todas, una por una, incluso la que está marcada "heavy: more than 100 lbs", con una cinta amarilla y negra como las que se ponen en la escena del crimen.

Cuando la operación comienza, el cuerpo del aventurero está relajado; al terminar, el verano de Maine ya lo hizo sudar: los músculos calientes, en el fondo, no saben lo que está pasando. El cerebro tampoco. De allí que uno decida levantar las cajas una vez más, treparlas al hombro, subir la escalera una, dos, tres, cuatro veces.

Se cortan las cajas. Si se realiza a la perfección, esta parte del proceso no debe exceder los cinco minutos. Si se tiene flojera de ir a la cocina por un cuchillo, o por una tijera grande, y se opta por la tijerita de uñas del baño más próximo, pasan a ser 45 minutos de esfuerzo tragicómico. La esposa de uno comienza a burlarse en ese momento: debe pasársela por alto. La cosa está clara: el orgullo está en juego.

El cosquilleo de la espalda también debe ignorarse. Lo mismo ha de hacerse cuando comiencen las punzadas en la columna. Las cajas desarmadas han dejado ya, a estas alturas, 96 piezas de madera y 248 de metal, entre varas, ángulos, mancuernas, tornillos, pernos y clavos, esparcidas por el suelo de la habitación elegida (es el cuarto de huéspedes).

Haber extraviado las baterías del desarmador electrónico puede ser un problema. Se sufre como tal y se continúa: el tiempo crece, pasa la mañana, la lluvia se detiene pero ya resulta irrelevante, viene la tarde, la noche. Uno martilla, enrosca, dobla, encaja, entornilla, sujeta, presiona, levanta, deja caer, recuenta los tornillos, recuenta las tuercas, extravía el martillo, quiebra el desarmador.

Cuando el esqueleto del mueble está listo para sostenerse en pie, el esqueleto de uno ha olvidado cómo hacerlo. Tampoco es relevante: el ser humano es un constructor por naturaleza, el operario amateur está en su salsa. Un dolor crepitante bajo la última costilla derecha es la señal de una victoria inminente. Calambres en las manos, el asomo de una hernia debajo del ombligo, leve parálisis lumbar, el caracoleo de un músculo tenso, cada vez más parecido al rigor mortis: la paradoja de la vitalidad en plenitud.

Cuando la cama está en pie, en medio de la habitación, el ejecutante intenta erguirse sin éxito. De cada hueso del cuerpo sale un grito de horror; de cada articulación, un crujido (los peruanos los llamamos conejos: evito la palabra para no traer a colación a ninguna señorita de París: bastante mal queda Cortázar ya sin esa doble implicación).

Al día siguiente se hace una cita con el traumatólogo. En las próximas semanas se visita al neurólogo (fibromialgia), al reumatólogo (artritis), al fisioterapeuta (cuántas extremidades tiene el cuerpo humano), al entrenador personal (un viejito retirado, experto con las manos, que no sabrá cómo resolver el problema), al generalista (muchas veces). Por suerte, por las noches, la casa ya cuenta con una cama extra. Desde allí escribo este post: mi testamento.

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21.8.10

In memoriam

Rodolfo Enrique Fogwill (1941-2010)

En el laberinto de estupendas idiosincrasias de la narrativa argentina en la segunda mitad del siglo veinte, uno de los escritores más originales y atendibles fue el novelista Rodolfo Fogwill. Lo sigo en pasado no porque su obra haya dejado de ser central, sino porque Fogwill ha muerto hoy, a los 69 años de edad.

Muchos rasgos de su literatura lo hacen ver afín a autores de generaciones posteriores a la suya: Fogwill tenía los ojos abiertos y los oídos afinados en las frecuencias del mundo pop; los asuntos propios de la juventud contemporánea aparecían en sus relatos a menudo; esa marca generacional que en la Argentina de los ochentas fue la guerra de las Malvinas tuvo su primera representación literaria magistral en una novela suya, Los pichiciegos.

Sociólogo de profesión, y por un tiempo considerable profesor de esa disciplina en la Universidad de Buenos Aires, Fogwill fue también un exitoso publicista. Si este fuera momento para ironías, recordaríamos una señal que lo distingue de muchos escritores más jóvenes: él, apenas pudo ejercer la literatura sin tener que desempeñar otros oficios, renunció a las agencias de publicidad para volverse un verdadero creador (y no un "creativo") a tiempo completo.

El cuento que le permitió empezar esa independencia, al ganar un concurso patricinado por Coca Cola (siguen las ironías), fue el célebre Muchacha punk, casi una novela corta, acaso la mejor demostración retrospectiva de que, después de todo, no era tan imposible tener más de una marca existencialista y al mismo tiempo desbordar sentido del humor.

Además de la divertidísima sintaxis anglo-hispana que es su característica más memorable, Muchacha punk tiene otro rasgo difícil de olvidar [spoiler alert]: ese momento en que el personaje-narrador confiesa que toda la historia es falsa, que todo es producto de su imaginación, que incluso "su" muchacha punk es un invento privado, y, sin embargo, la confesión no arruina la veracidad del relato, sino que le suma patetismo, hace toda la anécdota doblemente triste, doblemente dolorosa y, a la vez, doblemente cómica. Una suerte de "esto no es una pipa pero su humo me ha hinchado los pulmones".

Comencé a leer a Fogwill hace años por recomendación de Peter Elmore, en cuyas novelas más recientes es posible encontrar las huellas del argentino. Ojalá muchos otros escritores latinomaericanos lo descubrieran también y se dejaran invadir por él, por su fantasma.

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