31.1.06

Buen oído

Constantemente me sorprende, a veces por gratuita, otras veces por abstracta, pero siempre por insustancial, y por inocua, la muletilla frecuente con que críticos y comentaristas señalan como virtud de un escritor su buen oído, su capacidad para recoger el habla popular, la voz de la calle, el lenguaje de un cierto grupo social, cualquiera que éste sea.

Pocas cosas sé con tanta certeza sobre mi gusto por la literatura como ésta: no leo libros para escuchar lo que escucho sentado en la puerta de mi casa, o sentado en la puerta de la casa de nadie.

Por un lado, los dialectos, los sociolectos, me parecen cuerpos demasiado abstractos, demasiado ideales. Un personaje que hable como un grupo me parece una patraña populista. Tengo la impresión de que en una buena novela sólo hay lugar para los idiolectos, para las diferencias, los rasgos que contribuyan a la individualización de los actores.

Por otro lado, pienso que los grandes recreadores de esa cosa abstracta que son las voces con que queremos identificar a ciertos grupos, son siempre eso: recreadores, reinventores. Me asombraría conocer a un delincuente brasileño que hablara como un personaje de Rubem Fonseca, tanto como me sorprendería conocer a un capitán del Ejército Peruano que hablara como Pantaleón Pantoja, a un comunero de la sierra que salmodiara como un personaje de Arguedas, o a un negro sureño que brincara de sílaba en sílaba con el ingenio rítmico y sardónico de un personaje de Gálvez Ronceros.

Todos los personajes literarios son virtuosos del lenguaje, y sus hablas sólo los definen y retratan a ellos mismos; sus discursos no son genuinos extractos del mundo, sino añadidos a él; no son verdaderos, sino apenas verosímiles; no provienen de dialectos copiados, sino de idiolectos originales. Eso es necesario, además, porque, incluso para ser representación de una parte de un cierto mundo social, un personaje debe, primero, ser un individuo definido y diferente.

Si el autor es capaz de asignar a ese habla reinventada un rasgo, un guiño, una clave que la conecte con algo que reconozcamos, o creamos reconocer, entre las voces de la gente de carne y hueso, habrá logrado lo ideal: no copiar las indefinibles voces de la calle, sino hacernos creer que tal parecido es algo más que una mentirosa evocación. No otra cosa sucede cuando insistimos en creer que los personajes son personas y las historias son sucesos. No otra cosa es la literatura. Lo otro, el puro buen oído, no es trabajo de escritores, sino de grabadoras.

Imagen: fotomontaje de gfp.

15 comentarios:

Oskar Matzerath dijo...

Sobre Joyce se suele decir que en el Ulises lo que hizo fue, primero, captar las recurrencias del habla popular, pero no para repetirlas, sino para crear un habla muy marcadamente particular y distinta para cada personaje. Quien lea el Ulises y crea que está oyendo el dialecto irlandés callejero de principios de siglo, se equivoca. Lo que está oyendo es una serie de versiones fuertemente estetizadas.

Ivan Thays dijo...

Lo más curioso es que las críticas españolas, cuando alaban las novelas de bayly, rescatan el "buen oído" que tiene éste para "retratar" el habla limeña. ¿Con qué experiencia o elementos de juicio cuentan para decir eso lectores o críticos que en el mejor de los casos habrán estado 15 días en Lima?
Desde luego, este comentario no es un desdén contra Bayly, porque es un mérito recrear un tono y hacerlo suficientemente verosímil como para que algún despistado cree que así hablamos los limeños.

Alberto Villar Campos dijo...

Lamentablemente, estoy de acuerdo con Gustavo y con los demás comentaristas. Y digo lamentablemente porque uno de mis escritores favoritos, el caleño Andrés Caicedo (ya fallecido), desarrolló una obra (cuentos, novelas y guiones para cine) en la que gran parte del habla de sus personajes es hoy, para quienes no han vivido en Colombia, difícil de entender. Las jergas que el autor empleó para acentuar tal o cual emoción son producto, a mí parecer, de un tiempo y un espacio específicos. Casi siempre mis amigos me devuelven sus libros con un "no entendí nada de lo que decía", y yo no puedo más que lamentarme, otra vez: sus buenas obras son, finalmente, para aquellos que intentan acercarse, un mundo extraño e ineficaz. Pocas veces han vuelto a preguntarme por él. Y yo no he tenido ya el deseo de volver a recordárselos. Lástima.

Tanque de Casma dijo...

Siguiendo esa lógica, Iván, una crítica a un escritor por no captar el lenguaje popular o de un grupo de gente tampoco tendría sentido. Salvo, claro está, que nos estemos refiriendo a que su "falta de oído" sea un reflejo de lo poco verosímil de su texto.

Sospecho que mucha crítica que señala estos detalles de buen oído y demás apunta en realidad a la verosimilitud del relato. Con la excepción de esa crítica que confunde un texto literario con un estudio antropológico, sociológico, lingüístico, filosófico o qué sé yo.

Tanque de Casma dijo...

Alberto
Lo que comentas de Caicedo me recuerda a un texto de Enrique Carrión sobre literatura costumbrista. El decía, a grosso modo, que como ésta estaba muy atada a su tiempo, era difícil que la entendieran otras generaciones sin notas a pie de página y demás, lo que le restaba un poco.

Creo que la obra Caicedo, a pesar de lo que apuntas, es difícil de leer para tus amigos por otras razones más allá de la jerga.

Ivan Thays dijo...

La verosimilitud de un relato solo puede ser juzgada en relación a la noción de realidad que se desprende del texto, y no de aquello que se podría llamar "la realidad-real". Lo verosímil en una novela de Vargas Llosa no es lo mismo que en una novela de Kafka, obviamente (perdón por ponerme tan escolar). En ese sentido, que un diálogo sea verosímil o no, creíble o no, depende no de los personajes a los que representa en ese "realidad-real" sino de la ficción en la que están insertos. Lo mismo sucede para los retratos de ciudades. Siempre me quedé perplejo ante la idea de que se podría "reconstruir" Dublín o La Habana a partir de las novelas de Joyce y Cabrera Infante.

Miguel Rodríguez Mondoñedo dijo...
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Miguel Rodríguez Mondoñedo dijo...
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Miguel Rodríguez Mondoñedo dijo...

Una excelente observación, Gustavo. En efecto, lenguas, dialectos, sociolectos y otros por el estilo, no son sino abstracciones de ciertas costumbres lingüísticas individuales. Es más, cuando se destaca "el oído" de un escritor para representar cierto tipo de habla normalmente se alude a la repetición de ciertos estereotipos, ciertas muletillas, ciertos rasgos arbitrariamente seleccionados. No todos los rasgos del habla ajena se aceptan así.

Estoy seguro de que un editor español corregiría algo como "han habido muchos problemas" (por "ha habido muchos problemas") en un texto latinoamericano. A lo más, me atrevería a decir que tal editor incluso pudiera dejar esa frase en plural si fuera parte de un diálogo, pero no parte del resto del texto. Eso sería curioso porque querría decir que el escritor puede "retratar" el habla limeña solo si se distancia de ella, puede mostrarla pero no puede usarla.

Esta situación no es inverosímil, sin embargo. Algo muy similar cuenta Arsenio Escolar, ex-subdirector de El País con respecto a García Márquez (ver aquí). Escolar cuenta que GM escribió algo como "debe de ser" donde en el castellano peninsular correspondía "debe ser". Cuando se lo reclamó, GM lo mandó al diablo, y Escolar se queja casi con amargura. ¿Se quejaría igual si GM hubiera puesto esa expresión en un diálogo? ¿hubiera tratado de corregir? ¿por qué el habla se puede usar (incluso provocando elogios) como parte del "color local" pero no como parte del propio discurso? Es, en efecto, una flagrante contradicción.

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Noten que los comentarios borrados han sido borrados por "el autor"; eso quiere decir, por el autor de los comentarios, no por el dueño de este blog.

espartako dijo...
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espartako dijo...

Me molestó un poco en su momento, pues creo que no me entendieron, la verdad es que yo tampoco entendía al crítico, cuando decía todas esas cosas sobre mi libro, al menos que él hubiera estado dentro de mis zapatos. No estuve dubitativo en el uso de las jergas, porque no fue premeditado, lo único que sospecho quise hacer era darle lirismo a lo que decía, sazonándola con alguna que otra jerga, simplemente eso. Tampoco entendía de idiolectos. Sino me critican nunca iba a saber el significado de esa palabreja. Perdonen mi ignorancia.
Juan Carlos Guerrero

"Por otro lado, también precisaré la dificultad para redactar diálogos verosímiles: un mismo personaje es capaz de enhebrar parlamentos ridículamente decimonónicos y, dos minutos después, proferir insultos tipo llonja de la Rica Vicky. Sin mencionar que, a veces, el autor no se decide entre usar la jerga limeña y la jerga española procedente de las traducciones de Anagrama. Además del descuido de idiolectos, los protagonistas demuestran otro tipo de inconsistencias: por ejemplo, ¿cómo es posible que un cocinero de chingana –izquierdoso, además- se masturbe recordando las películas de Charlize Theron?
Y las historias... ¿dónde están las historias? No hay argumentos: sólo momentos, pinceladas, esbozos, primeras escenas que prometen más páginas que todavía no están escritas. No hay proceso, desarrollo, transformación de personajes. Varios relatos terminan como comenzaron: el lector presiente que le toman el pelo. La temática es diversa (por eso el título es tan ambiguo) y Guerrero combina melodramas casi telenovelescos, coqueteos con la narrativa Kronen (el cáncer literario de los noventa), meta-literatura y pequeñas fábulas insoportablemente moralistas."

Leonardo Aguirre

Mario Michelena dijo...

Hay algo en lo que creo que discrepo (o, en todo caso, que no entiendo) del comentario de Miguel R-M, y que me parece que también trasluce en la forma en que Gustavo planteó este debate: el que la elección de ciertos rasgos característicos del habla de un determinado grupo nacional, socio-económico, etc. para la construcción de un personaje de ficción (esto, claro, pretendiendo cierto mimetismo con la "realidad-real" como dijo Ivan) sea siempre arbitraria. Si bien, escoger entre "nadies" y "haiga", digamos, no implica a priori ningún valor de causalidad con correlato experimental ni cosa por el estilo, ni lo hará jamás, tiene eso que volverlo un acto "arbitario"? Quiero decir: no es la suma de los rasgos con que el autor construye el idiolecto de su personaje el que le da respaldo? En una crítica reciente Ivan crítica favorablemente "La hora azul" (novela que ya saben que a mi no me gustó nada), pero destaca que se crepite "oye" en sus diálogos con excesiva frecuencia. ¿No cuestiona esto la idea de aquella "arbitrariedad"? ¿No está Ivan sugiriendo que hay un balance, no diría una receta pero si una "buena mano" o "sazón" implícitas en la construcción de diálogos verosímiles dentro del género realista (sobre todo, valgan sensibilidades, de idiolectos limeños que todos creemos conocer más o menos bien)? ¿Y no nos lleva esto a aceptar un poco aquella perogrullada no académica de que sí, pues, dentro del género realista limeño podemos identificar a autores con buen y con mal oído? (p.e. a mí, más allá de su irregularidad, me gustaron mucho los diálogos de "Al final de la calle" de Malca)

Miguel Rodríguez Mondoñedo dijo...
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Miguel Rodríguez Mondoñedo dijo...

Lo que dices es correcto, Mario, pero es evidencia a favor de lo que Gustavo está diciendo, no en contra. Lo que Gustavo reclama, y yo estoy de acuerdo en la justicia del reclamo, es que se diga—incluso elogiosamente, como una meta a alcanzar—que un determinado personaje hable como un grupo social. Eso nunca es verdad.

Por supuesto que alguien se puede molestar porque encuentra “oye” en un diálogo muchas veces, pero eso puede pasar por igual en una novela que en la vida real. Y por supuesto que a uno le pueden gustar los diálogos de una novela, pero encontraría extraño que a alguien le gusten unos diálogos sólo porque repiten ciertas muletillas locales. A mí, al menos, me gustan los diálogos que están apropiadamente engarzados con las circuntancias en las que se producen. Yo no he leído la novela de Cueto, así que no puedo opinar sobre su uso de “oye”, pero sí me puedo imaginar que algún narrador pueda usar “oye” en el habla de un personaje como recurso para marcar que es limeño. Sin embargo, los limeños no usan “oye” en forma arbitraria, sino (como con todas las palabras) bajo circunstancias muy bien definidas (con reglas por lo general sutiles y complejas). Si se repite “oye” sin ton ni son, sin reproducir las circuntancias que hacen apropiado el uso de esa palabra, bien puede generarse un efecto molesto.

En otras palabras, “el oído” no es lo relevante. Retratar las candencias o el léxico de una particular forma de habla no puede ser en sí mismo un objetivo literario; quizá pueda ser, como tú también sugieres, un recurso para retratar un personaje, pero no es ni necesario ni suficiente. Sin embargo, cuando así se usa, la elección de los rasgos es, en efecto, arbitraria. Como bien señala Gustavo, el narrador realiza un acto recreación, es decir, reconstruye una forma de hablar, cuyos rasgos simbolizan a un grupo social en una novela en particular. Esos rasgos tienen sentido por su integración en el discurso de esa novela en general, no por su correspondencia con una particular forma real de habla. Los limeños bien pueden decir “oye” con frecuencia, pero “oye” no es ni de lejos el único rasgo de habla limeña. Lo mismo con “nadies” y el español andino. Elegir esas formas es por completo arbitrario. Y aún más. No es la correspondencia con los individuos de realidad lo que decide el éxito de un diálogo. Cuando leemos los reportes de Pantaleón Pantoja reconocemos a un militar, no porque hayamos antes leído partes militares, sino porque es la mentalidad, la visión de las cosas, la que vemos retratada en esa retórica. De hecho, Vargas Llosa está (re)creando la retórica militar, no repitiéndola de oído. Ese es el mérito.