2.3.06

Memoria y amnesia


La entrevista de Yolanda Vaccaro a Santiago Roncagliolo en El Comercio, hace unos días, me ha suscitado unas cuantas dudas. Una de ellas tiene que ver con nuestra mentalidad provinciana y nuestra necesidad de ser siempre legitimados desde afuera.

"
La razón por la que dos novelas sean premiadas en España con este tema es que ha llegado el momento de enfrentarnos a nosotros mismos", dice Roncagliolo. Y uno no puede evitar un escalofrío ante esa pura y dura hispanodependencia intelectual.

Quizá el escalofrío sea mayor porque esta vez es el escritor mismo, y no un lector desavisado, ni un satélite menor del mundo cultural, quien expresa la idea. Pero la creencia misma es constante, se repite a cada momento: el triunfo de la novela de Alonso Cueto en el Premio Herralde y el del libro de Roncagliolo en el Alfaguara parece, en efecto, generar en muchos la sensación de que esos dos libros fundan la reflexión sobre el tema de la violencia en el Perú. Y, aun peor, podemos intuir que muchos peruanos que leerán ambas novelas no les habrían hecho caso si no llegaran a librerías con el cintillo "ganadora del premio tal en España..."

Es claramente falso que las novelas de Cueto y Roncagliolo (a las que este, en la entrevista, añade las de Víctor Andrés Ponce) abran esa tradición, en la que, como se ha dicho muchas veces, hay ya una larga fila de medio centenar de novelas y más de cien cuentos publicados (la de Cueto, ya lo he dicho antes, inaugura, sí, el asunto de la transmisión de responsabilidades heredadas generacionalmente).

Roncagliolo
sabe eso, pero en su afán, quizá inconsciente, de apropiarse de algún lugar fundacional, ensaya una peculiar periodificación según la cual la historia de la novela peruana de la violencia se debe dividir en un antes y un después de la CVR, de manera que hay un primer gran grupo donde están prácticamente todos los libros que tratan el tema, libros que Roncagliolo caracteriza como escritos en el caos y la confusión de la violencia, y un segundo grupo, pequeñísimo, donde están los privilegiados hijos de la razón reflexiva: su novela y apenas un par más.

Resulta peculiarmente molesto que Roncagliolo se refiera a su propia obra en téminos inaugurales: "Durante años hemos guardado silencio respecto de todo lo que ocurrió no sólo durante la violencia sino incluso después", dice Roncagliolo, y uno se siente tentado de fotocopiar y enviarle a Madrid las obras de Nieto Degregrori, Zuzunaga, Osores, Hinostroza, Ortega, el mismo Iwasaki que formó parte de este jurado, Ampuero, Zorrilla, Rosas Paravicino, Dughi, Thorne, Guevara, Castro, Huamán, Pérez, Colchado, Ventosilla, Galarza, Alarcón, Espinoza Haro y un larguísimo etcétera. ¿O es que el silencio sólo se rompe cuando la voz es premiada en la vieja metrópoli, a la que Vaccaro se refiere como "la tierra prometida para los escritores peruanos"?

Obviamente, no he leído el libro ganador (por eso nada digo sobre él), y ya señalé que espero en verdad que sea realmente bueno, y que tenga la complejidad ideológica que puede aguardarse de una novela que lidia con un asunto particularmente denso y complicado. Tengo un temor, sin embargo, que quiero explicar.

En mi reseña a Pudor (vetada en la hoy desaparecida pero ya entonces muerta revista Lateral), observé que la ficción de Roncagliolo construía una burbuja clasemediera asfixiada y meliflua, el pequeño microcosmos de la residencial San Felipe y sus alrededores, y que el defecto crucial de la novela era su prejuiciosa manera de describir la posible irrupción de lo popular dentro de esa burbuja. Ahora, en la entrevista mencionada, Roncagliolo responde a una pregunta de Vaccaro ("¿cree que en Lima recién se toma verdadera conciencia de lo que sucedía con el terrible atentado de la calle Tarata?") de la siguiente manera: "Sí, solamente entonces se tomó conciencia pero aún mucho después se mantenían muchos ojos cerrados".

Es completamente cierto que la inmensa mayoría de las clases medias y altas limeñas sólo reconocieron el lado más feroz de la violencia cuando les estalló en la cara. Y que muchos lo olvidaron rápidamente. Pero también está claro que eso es radicalmente falso sobre la inmensa mayoría de los limeños: pobres y extremadamente pobres, tugurizados en barrios precarios e invasiones aun más precarias, víctimas perpetuas de terroristas, policías y militares criminalizados, esos limeños cuyos símbolos perpetuos serán gente como María Elena Moyano y Pascuala Rosado. En Villa El Salvador nadie despertó con la bomba de Tarata, porque todo el mundo estaba despierto y en riesgo desde muchísimo antes.

El error de Roncagliolo es transparente, y está peligrosamente emparentado con la cosmovisión de Pudor: para Roncagliolo, Lima es Miraflores, acaso San Isidro, acaso Monterrico, sin duda San Felipe. Es de esperar que esa limitación perceptiva no se haya contagiado de ninguna manera a Abril rojo, novela que seguimos esperando con interés y, sinceramente, con las mejores expectativas.

4 comentarios:

Ezio Neyra Magagna dijo...

Saludos, Gustavo.
He leído con interés tu artículo originado a partir de la entrevista, que también he leído, a Santiago Roncagliolo aparecida en El Comercio.
Quiero referirme únicamente al hecho de que, como señalas, “(la publicación de La Hora Azul y, próximamente Abril Rojo, parece) generar en muchos la sensación de que esos dos libros fundan la reflexión sobre el tema de la violencia en el Perú”.
Es cierto que esto es un riesgo ya que como señalas y como es sabido, existen textos muy anteriores que ya indagan en esta época. Me parece muy bien que se llame la atención sobre este hecho, sin embargo considero que es inevitable que no suceda semejante confusión. Y, claro, seguramente esta será apoyada por el cintillo que promociona a las novelas como dos de las ganadoras de dos premios muy importantes. Sin embargo, no siento que Roncagliolo, directamente o entrelíneas, se haya querido mostrar como el fundador de la novela de reflexión sobre la época de conflicto interno en Perú. Más bien creo que Santiago estaba emocionado cuando fue entrevistado y que no usó las palabras correctas para expresarse. Él es una persona inteligente, bien informada y con buenas intenciones que debe de estar al tanto de los libros publicados anteriormente. Quizá, y creo que en esto sí se puede estar de acuerdo, quiso decir que su novela y la de Alonso Cueto contribuirán a ser las fundadoras de una lectoría más amplia y que ellas, a pesar de evidentemente no ser las fundadoras de “esta tradición”, de alguna manera serán las abanderadas ante la tremenda cantidad de público que, espero, las leerá. Supongo que fenómenos parecidos deben de haber ocurrido con novelas de escritores sudafricanos o guatemaltecos. Sería interesante investigarlo.

Concuerdo contigo, Gustavo, en que “Es completamente cierto que la inmensa mayoría de las clases medias y altas limeñas sólo reconocieron el lado más feroz de la violencia cuando les estalló en la cara. Y que muchos lo olvidaron rápidamente. Pero también está claro que eso es radicalmente falso sobre la inmensa mayoría de los limeños: pobres y extremadamente pobres, tugurizados en barrios precarios e invasiones aun más precarias, víctimas perpetuas de terroristas, policías y militares criminalizados, esos limeños cuyos símbolos perpetuos serán gente como María Elena Moyano y Pascuala Rosado. En Villa El Salvador nadie despertó con la bomba de Tarata, porque todo el mundo estaba despierto y en riesgo desde muchísimo antes”.
No obstante me parece que el hecho de que para Roncagliolo, como dices, Lima pareciera reducirse a Miraflores, San Isidro o a la Residencial San Felipe, no necesariamente puede ser considerado un error, un sesgo. Seguramente lo sería si Roncagliolo escribiera ensayos sociológicos y obviara realidades socioeconómicas desfavorecidas en su afán por explicar un fenómeno mucho más complejo. Al hacer ficción, considero que es válido que cualquier autor –sea Cueto, Roncagliolo, Nieto, Castro o Colchado– cuenten determinada realidad desde la posición en que deseen colocar al narrador. Sólo de pensar que debemos esperar que un autor, en su intento por retratar una realidad, deba describir y hacer que sucedan historias en cada una de las tantísimas diferentes realidades –en cada una de las tantísimas Lima, en cada uno de los tantísimos Perú–, me da flojera escribir.
Únicamente cuando se haya leído e investigado las novelas sobre la época, podrá tenerse una visión así de amplia.

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Hola, Ezio,

Sobre eso último: ten en cuenta dos cosas. La primera, que cuando hablo de esta visión que tiene Roncagliolo en la que Lima parece reducirse a un sector minúsculo de Lima, me refiero a lo dicho por él en la entrevista, que no es ningún texto ficcional: es su visión histórica de lo que ocurrió. Según Roncagliolo, los limeños sólo se dieron cuenta de la violencia con Tarata. Eso es falso, e implica reducir Lima a sus barrios de clase media o alta.

La segunda: lo que he dicho sobre Pudor es distinto. Roncagliolo construye un microcosmos, como hacen tantos escritores en tantos otros libros. Pero este en particular es un claustro casi hermético en el que apenas se filtran dos intrusos: ambos son mestizos de origen humilde, ambos son malvados, ambos tienen espíritu criminal: uno es un violador, la otra es una chantajista. Uno quisiera culpar de ese "racial profiling" a los personajes, pero lamentablemente esto es imposible: no son delirios de personajes alucinados, son datos de la historia, ideas racistas que, conscientes o inconscientes, son atribuibles por entero al autor.

jc dijo...

holas,

acabo de leer la entrevista. concuerdo con ezio en que las respuestas de roncagliolo parecen obedecer más a la emoción que a "una visión histórica". en todo caso, de una entrevista así no se podría obtener tal "visión".

por qué no lo entrevistan en este blog?

Daniel Samanez dijo...

Creo que la visión que asumamos tenga Roncagliolo del Perú debe ser matizada con esto:


http://blogs.elboomeran.com/roncagliolo/2006/01/el_imbcil_europ.html


Hablando de su primera obra teatral”…Pero no me reconozco como su autor. Me parece de una inocencia conmovedora. Por momentos, mientras veía el montaje, pensaba “¿esas eran mis preocupaciones? ¿Así éramos nosotros? ¿Tan cerrados y endogámicos?” Supongo que sí, y que entre las pocas virtudes del texto, figura, lamentablemente, la honestidad.
Otra cosa extraña fue lo fácil que me resultaba hacer un reportaje. En Lima, tengo acceso a muchas fuentes importantes entre analistas, políticos y funcionarios, básicamente porque casi todos son mis tíos. Eso significa también que todos viven en el mismo barrio. Una mañana, por casualidad, encontré a cuatro de mis potenciales entrevistados desayunando al mismo tiempo en la panadería San Antonio. En cualquier otra ciudad, conseguir esas entrevistas me habría tomado tres o cuatro días.
Muchos desastres de mi país se deben a un grupo muy reducido de gente del que yo formo parte. En los restaurantes de Miraflores y San Isidro, es imposible entrar sin saludar a viejos conocidos, y entre ellos siempre están los creadores de opinión, los periodistas importantes, los intelectuales, los funcionarios, los empresarios. Para los cambios sociales es necesario el debate, y yo me pregunto qué debate vamos a tener si todos esos grupos formamos casi una familia.
Significativamente, mis amigos han cambiado de estatus social. Cuando me fui, todos éramos casi unos estudiantes. Ahora, muchos de ellos –incluso los que estudiaron literatura bajo amenaza de morir de hambre- viven en departamentos con vista al mar y alquilan casas de playa durante el verano. Casi todos van a votar por los candidatos conservadores.
Un día, medio en broma y medio en serio, le digo a uno:
-Por ti, claro, que este país siga igual. En un país más justo, tendrías que pagar más por el alquiler y por el servicio doméstico, y te costaría más superar a la competencia para conseguir un puesto en un ministerio o un banco.
Medio en broma, medio en serio, él responde:
-En este país, gobierne quien gobierne, a mí me va a ir bien. Simplemente porque no hay suficiente gente que sepa cómo funcionan los bancos o los ministerios. Ni siquiera hay suficientes alfabetizados. Para que las cosas funcionen, nosotros somos imprescindibles.
Hace seis años, mis amigos y yo solíamos burlarnos del imbécil europeo, el típico desubicado de aire intelectual que vive en una sociedad bien organizada y es incapaz de entender el funcionamiento de otras más conflictivas y complejas. La variante subdesarrollada del imbécil europeo es el progre latinoamericano, que añade a esas características el aire sabiondo de sus críticas o, si tiene educación católica, el complejo de culpa.
Creo que me estoy convirtiendo en todo eso.”

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Por otro lado me pregunto que es lo que estamos discutiendo respecto a Roncagliolo:

-La visión que tiene como persona del Perú.
-La visión de Lima o el Perú en uno de sus libros.

Si es lo primero pues la discusión va por buen camino.

Si es por la segunda posibilidad creo que estamos mal.

No creo que sea conveniente extrapolar una posición ética a partir de la voz de narrador en un libro. Y mucho menos criticar un libro a partir de esa voz, que, al final de cuentas, es una creación artística. La creación artística es un campo en que hay lugar para las más perniciosas y descarriadas locuras e ideas. No creo que le podemos exigir a un artista que sea moral o ético en sus obras de ficción. Si en su conducta personal.