12.10.06

El otro premio

¿Cómo se llamaba ese miembro de la Academia Sueca que sonreía orgulloso cada vez que alguien le preguntaba si en verdad era él el responsable de que el premio Nobel nunca hubiera llegado a manos de Jorge Luis Borges?

Cierto: casi nadie tiene ese nombre en la memoria; casi todos tenemos el de Borges. ¿Habrá habido un conspirador similar detrás de cada marginado? Lo más probable es que no. Pero demasiados escritores de América Latina han sido grandes olvidados del Nobel.

Dejando de lado los pocos nombres de los latinoamericanos que sí recibieron el premio, es enorme la lista de figuras cruciales que fueron pasadas por alto: Borges, Cortázar, Rulfo, Carpentier, Onetti, Lezama Lima, entre varios otros.

Y no menos asombroso es el empeño con que la Academia quiere introducir a Vargas Llosa en esa nómina, a la que ya fue a parar el año pasado Augusto Roa Bastos, ante la indiferencia de unos suecos que una vez más se hicieron los suecos.

Existen, claro, los otros casos: los de aquellos que nunca fueron reconocidos con grandes premios porque simplemente no fueron suficientemente conocidos en su tiempo. Esa lista debe ser también larga.

¿Quiénes serían los nominados para un premio que reconociera la obra de aquellos latinoamericanos que murieron sin probar la fama que sus libros merecían? Se me ocurren unos cuantos nombres: el uruguayo Mario Levrero, por ejemplo; el ecuatoriano Pablo Palacio; nuestro César Vallejo, claro está; también el chileno Juan Emar.

El lugar común dice que los incomprendidos son adelantados a su tiempo. Pocos lugares comunes son tan inútiles e insostenibles como ése: toda obra es producto de su tiempo. (¿Fue John Lennon quien explicó el éxito de los Beatles diciendo que la clave era no haber estado nunca ni un paso más adelante ni un paso más atrás de las tendencias de su época?). Los culpables de la incomprensión suelen ser otros. La crítica, por ejemplo.

Hay quienes desprecian la crítica literaria como oficio y como principio; hay quienes piensan que el único lector válido es el lector común. Difícilmente el lector común habría entendido Trilce, sin embargo: ésa era labor para una crítica lúcida, atenta, que intentara ponerse a la par en creatividad con la voz del poeta experimental y novedoso.

Parte de la crítica pudo; parte no. No fue que Vallejo estuviera adelantado a su tiempo; fue que gran parte de la crítica estaba atrasada con relación a lo que debía ser (debía ser, por ejemplo, capaz de entender a Vallejo).

Del mismo modo, cierto círculo comprendió, al leer La metamorfosis y las casi dos decenas de relatos breves que Kafka publicó en vida, que el checo era un escritor diferente. Y lo volvieron autor de culto, y Kafka gozó de ese status durante una década, hasta su muerte. Pero si hoy conocemos el resto de su obra fue porque ella fue leída por su amigo Max Brod, no un lector común, sino un lector profesional, crítico y escritor. Alguien que tampoco estaba adelantado a su tiempo, sino que, precisamente, vivía el mismo tiempo que Kafka, plenamente. Y el mismo tiempo de Robert Walser (en la foto), a quien Kafka comprendió. Y el mismo tiempo de todos los lectores que convirtieron a Kafka y Walser en autores de culto. Eso incluye a lectores como Morgenstern, Hesse y Benjamin.

El mío no es un razonamiento elitista que desprecie al lector común para subrayar la imagen del lector entrenado. Es un argumneto contra el elitismo de quienes piensan que los grandes autores son intrínsecamente distintos de los demás mortales. Tanto que viven en una cronología, una dimensión, un tiempo diferentes. No es así. No existe el genio (aunque a veces nos tiente creer que sí), pero sí existe el entrenamiento cultural.

4 comentarios:

Eduardo Varas C dijo...

Estimado Gustavo, muchas gracias por incluir a Palacio en esa lista. El olvido o ignorancia a la que ha sido sometido no solamente ha sido actitud a nivel latinoamericana, sino en el mismo Ecuador... Aunque ya desde hace 20 años esa perspectiva cambió un poco y más este 2006, que se celebra el centenario de su nacimiento...

Me parece interesante el hecho de incluir la crítica como ese elemento de cercanía entre el lector y el autor, probablemente el puente. Mi interés va por ese lado del elitismo de pensar que existen seres casi del Olimpo en algunos escritores y lo único que generan ciertas críticas es esa distancia cada vez más grandes... puentes estrechos sobre un río lleno de cocodrilos.

En realidad este post me ha servido muchísimo, sobre todo luego de la lectura del ensayo de B. R. Myers "Manifiesto de un lector", en donde se las toma contra la crítica que genera ese elitismo por el cual "Si no puedes saber lo que significa esta escritura no voy a perder mi tiempo explicándotela". He ahí la culpa de esa incomprensión.

Y sí, todas las obras son producto de su tiempo.

Saludos

Miguel Rodríguez Mondoñedo dijo...

Muy interesante post Gustavo. Excelente. Estoy plenamente de acuerdo. Podemos, sin embargo, usar esta misma idea para cuestionar lo que tú decías antes sobre las lenguas.

Si usamos la figura de "estar en su tiempo" de un modo un poquito más abstracto, concluimos rápido (y correctamente) que todas las lenguas son "contemporáneas" (algo que debería ser perogrullesco, pero esa es otra historia). Esto es, que todas las lenguas son igualmente eficientes para satisfacer las necesidades de sus hablantes.

Siguiendo tu razonamiento, es claro que cuando eso último no ocurre, y los hablantes son forzados a usar otras lenguas para satisfacer sus necesidades, no es que los hablantes de estas otras lenguas estén "más adelantados" que los otros. Es que no son capaces de entender a los primeros, ni de hacer el esfuerzo necesario para conseguir eso. La razón por la que son los primeros los que abandonan sus lenguas no es, entonces, que estas se hayan vuelto inútiles, sino que su uso es bloqueado por los segundos (con más poder, más ricos, etc).

En ese sentido, sí tenemos una razón para lamentar la desaparición de las lenguas sin recurrir a nociones cajón-de-sastre como "identidad" y otras parecidas: la muerte de una lengua es esencialmente un episodio de subyugamiento de un grupo más débil a otro más fuerte.

Franco dijo...

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Lau dijo...

Onetti tiene un decálogo, así como Quiroga, donde aconseja no limitarse a leer los libros ya consagrados (dice que Proust y Joyce fueron despreciados cuando asomaron la nariz y hoy son genios).

Aunque no creo en decálogos y además no soy escritora, últimamente pensé en esto porque Jorge Lafforgue defendió a Quiroga cuando los estudiosos lo consideraban un escritor menor y la semana pasada me encontré al mismo Lafforgue apostando por un escritor nuevo... y en mi cabecita empezaron a pasar cosas.

O sea que el tipo, con una trayectoria de medio siglo, no tiene miedo en decir lo que piensa y levanta a un escritor que hasta ahora solamente ha publicado un libro.

Yo me hice con el libro y lo leí porque si para Lafforgue es bueno debe ser bueno y pensé después de leerlos que sí, que es bueno, pero que no sé si yo sola me hubiese animado a decirlo sin la autoridad de un groso que me abra la puerta antes. Y esto me dejó pensando.

Lo que quiero decir es cómo yo que no tengo ningún prestigio para perder nunca me animé a levantar a alguien que nadie haya consagrado antes. Ya sé que no me puedo comparar con Lafforgue que soy una lectora casi del montón, pero justamente por eso ¡¡¡¿por qué tenerle miedo a equivocarse?!!!

Bueno... que por todo esto abrí un blog en http://misescritorespreferidos.blogspot.com con la idea de que la gente haga conocer a sus buenos escritores en las sombras, para que los compartamos y encontremos a los futuros Quirogas, Onettis, Cortázares y Borges por nosotros mismos. ¿Demasiado delirante? No será la primera vez que me lo dicen pero quiero hacerlo y creo que está bien que lo hagamos.

Ojalá visiten el blog y opinen algo al respecto. Gracias.

Lau.