24.11.06

Crítica y prejuicio

Mientras Iván Thays sigue divirtiéndose con los sondeos de su blog sobre personajes influyentes de la literatura peruana actual, y en vista de que sus lectores me han dado una ligera ventaja sobre algunos colegas en el muestreo relativo al campo de la crítica, no estará de más preguntar qué significa ser influyente en un terreno así.

Es decir, un crítico puede ser influyente de muchos modos. Puede influir en un escritor de la manera en que
Lex Luthor influye en la vida de Superman: jodiendo a mansalva y gratuitamente (o con el fin de conquistar el mundo, que suele ser lo mismo).

O puede influir en un escritor abriendo puertas y revelando caminos que el escritor acaso ya intuía, o quizá no, pero que desde entonces aprende a hacer suyos. Ese es el papel que
Sartre desempeñó en la evolución del joven Vargas Llosa. Y el rol que el crítico Vargas Llosa ha cumplido en la de otros que vinieron luego.

(Sería interesante descubrir algún día si la idea de la novela total vargasllosiana, por ejemplo, se extendió más con el ejemplo de sus novelas o con la postulación hecha en
Historia de un deicidio y muchos otros ensayos).

Por supuesto, es más común medir la influencia de un crítico atendiendo a las consecuencias que sus juicios ocasionan en la recepción pública de una obra. Hay casos míticos: críticos de esos que, cuando comentan, inventan o revientan famas, o consagran o avinagran obras enteras. El alemán
Marcel Reich-Ranicki es acaso el arquetipo de ese estilo en nuestros días. No existe nada siquiera lejanamente parecido en el Perú.

Cuando era editor de
Somos, hace seis o siete años, recuerdo haberme sorprendido al comprobar, hablando con gente de librerías limeñas, que mis comentarios en la revista influían en las ventas de los libros.

Mejor dicho, no me sorprendió que influyeran; me sorprendió cómo influían. Un comentario positivo y uno negativo, según descubrí, tenían más o menos el mismo efecto: potenciaban las ventas por unos días, acaso una semana, a veces un poquito más. Un comentario sumamente negativo tenía las mismas consecuencias que uno sumamente positivo.

Entonces me di cuenta (ya para siempre) de que el influyente no era yo, sino
Somos. Y acaso no Somos, sino El Comercio. Y acaso no El Comercio, sino el comercio, y su vástago más constante: el puro prurito de la novedad. Mi columna era poco más que una vitrina para exponer carátulas de libros, y mis reseñas eran algo así como la letra chica del contrato, que nadie lee.

Por supuesto, eso es exagerado. Mucha gente lee
Somos. Aunque sigue siendo verdad que poca gente lee libros. Y así las cosas, ¿a quién influye lo que dice un crítico?

A otros críticos, a algunos estudiantes, a un porcentaje minúsculo de lectores comunes pero avisados, y a pocos escritores, a quienes la influencia se les nota más frecuentemente en el hígado o en el corazón que en las mentes o los libros.

En esa misma época me hicieron una entrevista en
Quehacer sobre el trabajo de la crítica. Dije entonces que la labor de un reseñador era crearle a la gente los prejuicios que juzgara sinceramente mejores.

¿Cómo puede ser parte del oficio de la crítica crear prejuicios? Pues, lo es. Sobre todo, pero no únicamente, cuando uno ejerce la crítica en medios masivos, o más o menos masivos.

De hecho, una gran diferencia entre escribir críticas académicas y escribir críticas en la prensa es el asunto del prejuicio: comúnmente, en el medio académico, un lector consulta críticas sobre libros que ya leyó, y sobre los cuales quiere profundizar.

En la reseña de prensa, en cambio, el lector suele consultar primero el comentario y luego decidir si lee o no el libro: en este caso, entonces, el crítico, quiera o no, al emitir un juicio, estará creando un prejuicio en el lector.

Es decir, el crítico académico influye en la relectura, mientras que el reseñador influye en la decisión de leer y, acaso, en algunos casos, en la lectura misma: si uno lee una novela después de haber leído una crítica de la novela, la crítica queda inevitablemente incorporada a la recepción de la obra, las palabras del crítico se filtran y se tejen con el texto de la ficción, resuenan en él, lo modifican.

Algo similar, pero menos radical, ocurre con la interferencia que supone la crítica académica en la relectura de un texto. (Uso el término relectura de manera libre: la crítica misma es lectura y relectura).

La creación del prejuicio es inevitable. Por eso es que la actividad crítica implica una ética: el crítico necesariamente es un polizón filtrado en una conversación ajena. Si ya está allí, si ya irrumpió en un circuito que no le corresponde (el crítico siempre es un mediador no previsto por el autor en la relación entre su texto y el lector común; salvo que el escritor escriba para la crítica), lo menos que el crítico puede hacer es permanecer fiel a su juicio, no obstaculizar la relación entre texto y lector, permitir la fluidez, propiciar la conexión, en la medida en que el texto la propicie también, de manera eficaz y original.

Y parte de esa ética estriba en denunciar los textos tramposos, los inauténticos, los tontos, los tullidos, los que venden gato por liebre, etc, etc.

¿Quién le da al crítico la autoridad para decidir esos casos? Nadie. Es una autoridad arrogada y que se debe justificar cada vez que se escribe una nueva crítica. Por eso, una crítica debe quedar siempre sometida al juicio de los demás críticos.


En resumen: un crítico literario es por definición influyente. Influye mucho y muy profundamente. Pero influye en poquísima gente.

Imagen: El crítico, de Arthur Dove (1925).

1 comentario:

Martín dijo...

Pero quizás esa poquísima gente en la que influye el crítico pueda influir en un mayor círculo de gente, y así sucesivamente hasta llegar a una gran mayoría (el boca a boca, que le dicen)… Creo que el crítico, o por lo menos el buen reseñista de algún medio, siempre tiene una gran influencia, aunque sea indirecta… Muchas veces es la única opinión que se conoce sobre una obra, fuera de los círculos académicos… Y más cuando, como bien señalas, el lector de prensa primero lee la crítica y después la obra… Interesante post…

Por eso creo que los textos de un buen crítico son mucho más que las letras pequeñas de un contrato, al menos para la gente que tiene interés en leer la obra reseñada… Espero no pecar de optimista… Interesante post…

Saludos