19.11.06

La mugre, el agua, Vargas Llosa

En el mito griego, a Hércules se le ordena, entre otras cosas, limpiar los establos de Augías de la bosta producida por su ganado.

Sumergio en ella hasta las orejas (la imagen me viene de la pieza teatral de
Dürrenmatt), Hércules cumple en esa historia un papel doblemente mítico: no sólo es el héroe que logra lo imposible en el camino a su redención terrena y celeste; también es el ser humano que desciende a los infienos, donde todo lo salvaje y primitivo, es decir, lo animal, lo presocial del ser humano, se acumula y se vuelve una sola masa: el infierno es un basurero.


Desde los estudios brillantes de la antropóloga
Mary Douglas (desde su Purity and Danger, por lo menos, y esto hace muchas décadas atrás), está clara la necesidad organizacional de las culturas por deslindar entre lo limpio y lo sucio, lo tocable y lo intocable, lo aséptico, que se hace propio, y lo contaminante, que se rechaza.

Todas las culturas empiezan a ser culturas, acaso, cuando hacen esa primera gran clasificación, que separa limpieza de suciedad: la primera gran prohibición, el Levítico de cada esfera cultural.

La pobreza extrema en sociedades sobrepobladas, que tantas veces hace imposible seguir ese impulso cultural básico, atenta por ello poderosamente contra uno de los gestos elementales del ser humano: el establecimiento de un orden en el caos.


El último artículo de Mario Vargas Llosa en El Comercio (y otras varias decenas de diarios del mundo) toca ese tema de manera más que interesante, colocándolo dentro de las coordenadas de la pobreza mundial contemporánea.

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