15.9.08

La hoguera estatal

Sobre la quema de libros y el Perú de hoy

La historia de la quema de libros es tan antigua, acaso, como la existencia misma de los libros. Quizá empezó doscientos años antes de Cristo, con el incendio de todo texto de filosofía existente en la China del emperador Qin Shi Huang --el hecho lo rescata Borges en un ensayo muy conocido--. Y no es de ninguna manera un fenómeno extinto: el siglo veinte e incluso el actual han visto su frenética reproducción.

En 1937, en Brasil, el dictador Getulio Vargas ordenó el incendio de todos los ejemplares de tres libros de Jorge Amado. En 1939, en Barcelona, las tropas de Franco quemaron completa la biblioteca del intelectual catalanista Pompeu Fabra al grito de "abajo la inteligencia". En Indonesia, en los sesentas, Suharto hizo quemar la biblioteca del escritor Pramoedya Ananta Toer, inmediatamente después de encarcelarlo.

En 1986 el gobierno de Augusto Pinochet mandó quemar, en Valparaíso, quince mil copias del libro
La aventura de Miguel Littin clandestino en Chile, de Gabriel García Márquez. En 1988, en varios países del mundo, grupos de musulmanes radicales echaron a la hoguera miles de copias de Los versos satánicos, de Salman Rushdie, y librerías de Inglaterra y California que ofertaban la novela fueron blanco de atentados con explosivos.

En 1992, los nacionalistas serbios hicieron arder en llamas la biblioteca del Instituto Oriental de Sarajevo, eliminando su colección entera de varios cientos de miles de ejemplares. Incluso este año, un alcalde fanático en una pequeña ciudad de Israel ordenó la quema de cientos de copias del
Nuevo testamento que estaban siendo distribuidas gratuitamente en las calles.

Y en plena campaña electoral, en Estados Unidos, ha salido a la luz el dato de que la republicana Sarah Palin, años atrás, sugirió a la bibliotecaria del pueblo de Alaska del cual ella era alcaldesa, deshacerse de ciertos libros inconvenientes. (Hay, de hecho, muchos libros vetados en bibliotecas municipales norteamericanas hoy mismo, incluyendo clásicos de su literatura nacional, como
Of Mice and Men, de Steinbeck).

Un post de Andrea Naranjo en el Gran Combo Club nos recuerda que, en el Perú, durante el gobierno de Odría, los funcionarios aduaneros tenían una lista de libros que no debían ingresar al país. Más tarde, como se sabe, mil quinientos ejemplares de
La ciudad y los perros se hicieron humo en los patios del Colegio Militar Leoncio Prado, en el año de su publicación (es decir, probablemente, bajo la presidencia de Lindley o la de Pérez Godoy).

La misma Andrea Naranjo desentierra también el dato de que, durante el primer gobierno de Fernando Belaunde, el entonces ministro de Gobierno, Javier Alva Orlandini, dio la instrucción (cumplida) de quemar ciertos libros de tendencia izquierdista, en 1967. Paradójicamente, Alva Orlandini fue luego presidente del Tribunal Constitucional.

En el Perú de hoy, hasta donde sé, no se queman libros. (El último incidente que recuerdo fue un truco publicitario del poeta sanmarquino Rubén Quiroz, a principios de esta década). Dependiendo de nuestro grado de ingenuidad, eso puede hacernos creer que tenemos un gobierno civilizadamente respetuoso de la cultura. En verdad, eso no está tan claro. El Perú tiene unas leyes para la importación de libros, y de insumos para la imprenta, que resultan más radicales que cualquier hoguera. En todo caso, la única gran diferencia es que no se toma como objetivo de la persecución explícita a un libro o un conjunto de libros en particular: se censura el acceso a todos los libros en general.

"Abajo la inteligencia", el lema de los incendiarios franquistas, bien podría ser el canto de un gobierno como el aprista, que no hace nada por promover la lectura y cuyos planes educativos se reducen a la finta de ciertos proyectos de distribución de computadoras cuyo fracaso es advertido por muchos y a una ley del libro que no marca un abaratamiento sustancial del producto. ¿Dónde están los proyectos estatales de incentivo para la lectura, dónde la transformación de la enseñanza escolar y universitaria, dónde el plan efectivo de abaratamiento del libro?

En su primer gobierno, Alan García tuvo un solo gesto --grandilocuente-- en relación con la difusión de formas culturales: la organización del célebre Sicla, que trajo a Lima a decenas de músicos de protesta y de la nueva trova latinoamericana. Todos sabemos que no fue una difusión genuina y cristalina, sino el intento de cooptar a la juventud universitaria a través del regalo de un festival que hiciera ver al régimen como progresista y aliado del arte.

De alguien como García, que en esos años no dudó en usar la cultura como carnada para atrapar incautos, no cabe esperar demasiado en materia de políticas culturales. Pero eso no quiere decir que se deba dejar de protestar y exigir cierto grado de interés y promoción. No hablo del famoso y tartamudo pedido de "apoyar a la cultura", formulado con insistencia, paradójicamente, por las mismas personas que luego aplauden cualquier mamarracho por el solo hecho de ser un producto nacional, o que acaban proclamando que "cultura es todo", como si no fuera incoherente exigir apoyo a la cultura para luego convertir el conjunto en poco menos que infinito.

Hablo de algo bastante más digno del rol de un gobierno: sentar las bases legales para que la producción de inteligencia y creatividad en el país tenga un espacio propio y menos obstáculos que sortear.

No hablo, entoces, de la limosna de construir asilos y regalar pensiones para artistas agónicos, o levantar la manida Casa del Poeta, como si el Estado tuviera que responsabilizarse del destino de ciertos ciudadanos más que del destino de otros.

Me refiero, más bien, a propiciar un mercado en el que el libro deje de ser artículo de lujo para convertirse en una mercancía al alcance de quien esté interesado en ella, donde los maestros escolares y universitarios puedan acceder a un sueldo solvente y a los materiales que necesiten, donde un país que pronto tendrá treinta millones de habitantes deje de tener un tercio de sus librerías concentrado en el distrito más pudiente de la capital.

Exigir que se construya un terreno con esas coordenadas no debería ser, como hasta ahora, interés casi privativo de editores y libreros: debería haber un movimiento vasto y coordinado de escritores, artistas, cineastas, intelectuales, críticos, profesores universitarios, institutos de investigación, organizaciones no gubernamentales, periodistas, universidades y medios de comunicación que pusiera sobre el tapete la discusión acerca del desarrollo de la inteligencia en el país. Sin tintes partidarios ni escisiones gregarias, planteando un conjunto mínimo de condiciones imprescindibles para el desarrollo de la actividad cultural: una suerte de plan mínimo que cualquier gobierno debería aceptar como punto de partida para sus políticas culturales.

Después de todo, quiénes más indicados que los intelectuales de un país para plantear esa expectativa y reclamarla a voz en cuello.

11 comentarios:

Anónimo dijo...

Viene al caso recordar que no hace mucho cancelaron el programa "Vano Oficio" que conducía Ivan Thays en el canal 7. Pese a que se trataba del único programa sobre literatura en señal abierta nacional, nadie o muy pocos de los interesados (a saber, escritores, catedráticos, editores, dueños de librerías) se manifestó al respecto. En cambio, en cuanto cancelaron el programa de Cecilia Barraza, hubo toda una cobertura mediática que involucró al mismísimo Presidente del Consejo de Ministros Jorge del Castillo, además de cantantes y compositores.
Lo que demuestra que a la hoguera estatal contribuimos todos...

Anónimo dijo...

No tengo simpatia por el APRA, pero creo que en su primer gobierno hubo un chaparron de publicaciones -muchas de ellas de muy dudosa calidad. Lluvia editores me parece que publico bastante, con el apoyo del CONCYTEC tal como este fue reorganizado por los apristas.
Ojo que hablo de cantidad, no de calidad.

Armando Alzamora dijo...

Y las cosas siguen mal. No hace mucho descubrí que los libros también subieron de precio. Los títulos de la colección Biblioteca de Oro de la editorial Planeta que comunmente se vendían a S/. 6.00 ahora se venden a S/. 10.00. Algunos dirán: «Pero si diez soles no es mucho». Lo es, señores, para los estudiantes quienes accedemos a estos títulos que pese a su modestia contienen una muy buena edición con crítica incluida. ¿En algo cambiarán las cosas con nuestra protesta? Como si yendo a reclamar al importador me fuera a rebajar los precios.
Esta vez estoy de acuerdo con usted, señor Faverón: aquí el problema viene de arriba, pero dudo que se solucione. Disculpe, usted, mi pesimismo, pero es lo que pienso.

Fantômas dijo...

Buen blog che! Te invito a darte una vuelta por el mío, creo que te puede llegar a interesar por las cosas que veo que posteás (y de paso si querés intercambiamos enlaces).

Mi blog, principalmente sobre música, lo podés encontrar acá:

Soy del Montón

Y también hace poco inauguré un foro en el que quizá te interese participar:

Soy del Montón Foro

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Dos cositas:
-En el libro de Sergio Vilela se indica que la famosa quema de libros en el Leoncio Prado no es una historia real.
-Los insumos para la imprenta no son tremendamente caros. Un libro de 150 páginas bond, pegado, con carátula en mate tiene un costo de menos de 4 soles. Ahora, que las editoriales multipliquen ese costo en sus precios de venta es algo distinto, que debe entenderse por el trabajo de difusión, corrección y edición.
Renzo.

Harry Cañari-Atoche dijo...

Definitivamente Gustavo que los escritores y sobretodo los prospectos no deben esperar que el estado suelte sus incentivos a los intelectuales. Si no lo hacen con los pobres, menos con los literatos.

Pero eso sí -si los astros son propícios, como decía Borges- será de mucho orgullo, y utilidad al universo, que en un país como éste alguien tenga esa linda necesidad de transmitir sus letras. Las verdaderas letras de la Literatura.

Y fuerte abrazo,

Harry Cañari-Atoche

Anónimo dijo...

"Más tarde, como se sabe, mil quinientos ejemplares de La ciudad y los perros se hicieron humo en los patios del Colegio Militar Leoncio Prado"

Yo me pregunto quien fue el animal que dejo esos mil quinientos ejemplares en semejante antro. Hay que ser bien bruto no?

Andrea Naranjo dijo...

Gracias por la mención. Muy interesante reflexión sobre la política e industrias culturales en torno las editariales y el mundo de las publicaciones en Perú.
saludos

PEPINILLO dijo...

Coincido con el primer mensaje, el programa de Thays había logrado un buen diseño, lamentablemente ya no está. Cancelaron también otros programas como TV Rock.

Hace poco di una vuelta por Crisol de San Miguel y por ejemplo BOMBARDERO de Gutierrez marcaba s/85 soles, Bolaño estaba como s/101. Esta es una forma de "quemarlos" porque igual,con esos precios, se nos hacen humo.

Anónimo dijo...

Si esperan a ponerse de acuerdo, no van a avanzar mucho. Más bien, un pequeño grupo de personas con la misma idea debería pedir debates públicos con economistas de las universidades con mayor prestigio, no para convencer a los profesores, sino a los alumnos de primeros ciclos, es decir, convencer a los futuros ministros de economía, cabilderos, empresarios, etc.

Anónimo dijo...

moreno_r

Interesantísimo el planteamiento de don Farevón y riquísimo también, los comentarios anclados, a mi me parce "que el freno de la lucha por difundir material literaio a más masas, es dependiendo del mayúsculo intervencionismo de los escultores del poder" que no hacen más que proteger sus esféras y coincido en que el debate por la propagación cultural se convierte en un periplo comunicacional tangible al ojo, por lo mismo...