11.12.08

El ejemplo de Le Clézio

Literatura, comunicación, globalización

En tiempos recientes, que un escritor gane un premio suele ser ocasión para que componga un discurso superficial, un par de bromas seguidas de alguna confesión, unas palabras de ocasión que digan poco o no digan nada sobre el oficio, sobre el compromiso (personal o comunal) del oficio, sobre el vínculo entre ese oficio y la realidad exterior.

El discurso de Jean-Marie Gustave Le Clézio la noche de anteayer, en Estocolmo, en el fórum previo a la entrega de los premios Nobel de este año, está a años luz de esa media mediocre: es interesante, y es un documento agudo, agresivo a la vez que fraterno y paternal, crudo pero sensible: un recordatorio oportuno (parece) de por qué el trabajo de escritor, en sus avatares más notables, ha caído durante siglos en los hombros de personas lúcidas, pensantes y sin temor a lidiar con ideas complejas.

Políticamente, no son demasiadas las cosas que me reconcilian con Le Clézio, pero su discurso deja en claro que el tipo sabe darse cuenta, todavía, de eso que muchos otros escritores han perdido de vista: que la literatura no es sólo importante para ellos, como parte de sus vidas privadas y como parte de la construcción de sus egos, sino que sigue siendo crucial para la humanidad en general.

Un dato interesante: en este discurso, en el que rinde homenaje a un par de decenas de escritores en particular (uno de ellos es José María Arguedas), Le Clézio reinscribe la crucial importancia de la escritura y la lectura literarias dentro de la nueva sociedad de la información. Se da tiempo para especular si hubieran sido posibles la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto en un mundo interconectado, con una www y una esfera blogger.

Pero, sobre todo, quiere señalar con claridad que la literatura no es un ejercicio onanista, de autogratificación, sino un intrincado y cada vez más global circuito comunicativo en el que escritores y lectores van construyendo paulatinamente el mundo del futuro. ¿Siempre ha sido así? Quizá. Quizá esa esperanza asomaba ya en las viejas letras imperiales, pese a la evidencia de su transitorio papel sojuzgador. Quizá hoy la literatura, como las comunicaciones en general, tienen por primera vez a la mano la posibilidad real de ser medio de liberación en lugar de, como lo han sido muchas veces, formas de control, de regulación y de normalización.

Una frase memorable, que mi amigo Daniel Salas me hace notar, está al inicio del discurso, cuando Le Clézio menciona su relación con la guerra mundial que le tocó presenciar de niño, y la forma en que esa guerra imprimió su huella en él y su literatura: no por el hecho histórico, sino por su dimensión privada: "Nunca, ni una sola vez, le guerra me pareció un momento histórico. Estábamos hambrientos, estábamos asustados, teníamos frío, y eso era todo".

El discurso completo lo pueden leer aquí en inglés y aquí en francés. No he podido encontrarlo en español, pero si alguien tiene el link, envíemelo, por favor. (Aquí, Iván Thays ha comentado el discurso y la reacción de otros medios y bloggers).


10 comentarios:

Anónimo dijo...

A propósito de Un lugar llamado Oreja de Perro, Gustavo, yo creo que las novelas nos invitan a rastrear su tradición, sus tradiciones. A las novelas, mientras las leemos, les creamos su tradición, sus tradiciones. Leo En un lugar llamado Oreja de Perro, de Iván Thays, y recuerdo que el poeta Stéphane Mallarmé se culpaba de la muerte de su pequeño Anatole. Este niño murió a los ocho años a causa de una enfermedad congénita. Mallarmé escribía cartas a sus amigos y les decía que él no podía hacer nada contra una enfermedad que afectaba a su hijo y a la cual él mismo había sobrevivido. Leo En un lugar llamado Oreja de Perro y recuerdo la hija muerta de Víctor Hugo (seguro que, de ambas historias, Thays quiso desmarcarse, pero partió de esas lecturas). Léopoldine se acababa de casar y daba un paseo con su esposo en una embarcación por el Sena. De pronto, una mala maniobra hizo que la muchacha de 19 años cayera al río. Su marido se lanzó tras ella para rescatarla, pero ambos murieron. Dicen que ella estaba embarazada. Víctor Hugo, se enteró mientras leía un periódico en un café durante uno de sus veraneos con su amante en el sur de Francia. El se culpó muchas veces. Decía que la muerte de su hija era un castigo a su infidelidad. Leo En un lugar llamado Oreja de Perro y recuerdo otra novela, En lengua materna, del coreano-americano Lee, Chang-rae (no sé si Iván es fiel lector, pero tiene marcas de este autor). El protagonista es un espía que ya no le importa cambiar de identidad. La suya, su identidad, se ha quebrado con la muerte de su hijo y el abandono de su mujer. Pero requiere hurgar y contemplar las piezas que fue y será.

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En un lugar de La Mancha del cual no quiero acordarme… En un lugar… Todos tenemos un lugar que ocultar, que olvidar, pero ese lugar guarda una memoria.

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Oreja de Perro existe. Se construyó en una topografía mental. Igualmente existe Busardo, en otra de las novelas de Thays, El viaje interior. Como también existe el propio Perú, en esa topografía que todos hemos delineado a nuestro antojo y que al parecer muchos reclaman como única. En el caso de Thays es interesante saber que estos lugares nunca son su tierra natal. Y por ello, en un primer nivel, el protagonista será y sentirá siempre un marginado, alguien que busca conocer los códigos del entorno, pero ante lo cual siempre está el peligro de ser expulsado. Sin embargo, en un segundo nivel estas ciudades son una especie de Itaca a la inversa. Una vez que se encuentra en esa Oreja de Perro física, el protagonista realiza otro viaje a esa otra Oreja de Perro, en la que su pasado tiende a ser borrado, como si nada antes hubiera sucedido. Y en este viaje lo acompaña, a través de una inevitable memoria, la dolorosa presencia de su hijo muerto. Hay un país muerto, es decir, un país que el autor ignora, le da las espaldas desde que apareció su primer libro.
Pero también hay otra memoria que lo guía, la de una muchacha lugareña que está embarazada y que no puede olvidar la desaparición de su madre durante los años más cruentos de la violencia en el Perú. Incluso, al protagonista lo persigue esa no-memoria del hombre que perdió a su esposa e hijos en un accidente. Todos saben de su pasado menos él. De esta manera, lo que tenemos son memorias reemplazadas, sufrimientos que se corresponden. Dolores fragmentados.

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Antes, casi todas las novelas las leíamos bajo el principio de que debían ser verosímiles -guardar su lógica interna- y que debían, por tanto, hacernos olvidar de que se trataban de mundos ficcionales. En estos últimos tiempos, por el contrario, hay escritores que le enrostran al lector que lo que están leyendo es ficción, un artificio, que no deben creer lo que leen. Sin embargo, estas evidencias causan un efecto perturbador en el lector, pues surgen nuevos modos de lectura. Por otro lado, en esa estrategia, el autor interviene, o puede hacerlo, como personaje –tal cual o distorsionado-, y él también se convierte, entonces, en un artificio, en una mentira descubierta por todos, en un entrometido entre la ficción y la realidad.
En un lugar llamado Oreja de Perro me es inevitable no notar la correspondencia con el autor, raro en él que no gusta de los recursos efectistas de este tipo. Pero para los que no saben nada de Iván Thays, difícil –diría imposible- en estos tiempos de facebook, blogs y toda difusión por Internet, hasta la mínima información del autor en la solapa del libro nos da una advertencia y nos predispone a su presencia en la novela. Pero lo que se consigue, lo que busca en esta sobre exposición, es desaparecer. En un pasaje de la novela, el protagonista observa desde su ventana como se graba unas secuencias de lo que podría ser una telenovela o una película que no avanza. De pronto deja de lado la imagen de los camarógrafos y todo el equipo de grabación y se concentra en la pareja de actores. Pero todo se detiene, la pareja se interrumpe. El observador ha terminado por entrometerse en la filmación. Luego el observador se retira, se esconde detrás de una cortina y vuelve a su propia representación.

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¿Qué sucedió realmente en el Perú desde el principio de los años ochenta? En esta novela, como quizás en La hora azul de Alonso Cueto o Abril rojo de Santiago Roncagliolo, por sólo citar a las de algunos escritores a los que cierta crítica (practicada por un otro grupo de escritores) tiende a llamar (y simplificar) como criollos, costeños y otros términos que buscan ser excluyentes, hallamos algunas constantes. Una de ellas es que los que representarían a los integrantes de Sendero Luminoso o el MRTA, casi siempre son personajes brumosos, fantasmales o ausentes. Se habla de ellos, pero no tienen una participación directa en la trama de la novela. A diferencia de la muy marcada presencia militar: agresiva, desquiciada, neurótica al no saber exactamente contra qué o quiénes está o estuvo peleando.
Luego tenemos al protagonista, que suele ser de la capital, con una vida resuelta económicamente, y que en determinado momento tiene que no únicamente enfrentarse a una realidad que parece desbordarlo, sino integrarse a la problemática misma de la violencia (una violencia que sin confesarlo, sabemos que no le interesa a pesar de su oficio). Es lo que le sucede al periodista que va a Oreja de Perro y reemplaza una memoria por otras. Quiere entender qué sucedió y cómo se relaciona él en ese entorno, pero no puede. Y en el caso de esta novela, el protagonista deja en claro sus limitaciones (y es acá que el mismo autor deja entrever sus limitaciones de una manera unívoca). No tiene la capacidad de falsa adaptación, por ejemplo, del fotógrafo Scamarone, también de la capital, un verdadero criollo –criollazo, lo llamaríamos en Lima-. Y digo falsa adaptación porque este tipo de personajes no busca entender o problematizar lo que pasó en el Perú, sino recubrirlo todo de charlatanería. En este sentido el protagonista es honesto en su desconocimiento, en sus temores, en reconocer una estética distinta, que no tiene por qué contentarlo, pero sí reconfortarlo en las nuevas coordenadas que se establece en su vida.

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La historia privada del protagonista de Un lugar llamado Oreja de Perro también guarda una estrecha correspondencia con El Informe de la Comisión de La Verdad –que también se discute en la propia novela-. En un pasaje leemos: “Pensamos que las fotografías, los recortes de periódicos, las cartas, los videos, los videos, los testimonios, los recuerdos, sostienen la memoria. Pero no la sostienen, la reemplazan.” Se puede sostener, en otro nivel de lectura, que Thays plantea que todos aquellos muertos, desaparecidos, durante los años de la violencia, desde el momento en el que se tomaron los registros de sus existencias, recobraron su memoria, y que la novela misma, en tanto soporte textual, guarda una memoria, o todas las memorias.
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En Las fotografías de Frances Farmer, publicado en 1992, hay un cuento titulado "No necesariamente rubia" en el que un hombre público, que lleva un programa de televisión, es llamado por la policía para que responda unas preguntas a propósito del descubrimiento del cadáver de una muchacha. Paralela a esta historia, vemos otra, la de una niña en una pequeña casa a orillas del mar. En su historia, la de la niña, vemos un pasaje que nos lleva también a otro de Un lugar llamado Oreja de Perro. La lugareña embarazada le cuenta al protagonista los momentos previos a la desaparición de su madre. El pasaje en común se refiere a que ambas niñas disfrutan al contemplar y lavarse los pies en una batea llena de agua. En la novela la niña se frota los pies con los de su madre. Es inevitable no ver una comunión, un rito de amor y purificación en este hecho. Un momento de felicidad al cual hay que aferrarse. Alegorías que no son del registro del autor, pero que le dan otro peso a estos pasajes del libro.
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Algo más me queda claro: con esta novela, Iván Thays confirma que la intimidad -una estética de la intimidad, podríamos decir-no se riñe con el imaginario colectivo, con una problemática social determinada (no riñe, porque escapa, es “evasivo” dirían algunos). Un lugar llamado Oreja de Perro nos lanza al vacío, como debe ser.

zeta dijo...

No le sigo la pista a este escritor, pero el post no va mal, sólo digo eso.

Lucio Suárez dijo...

Evidentemente se trata de una sensibilidad que se estremece por los débiles, y que conmueve con esa forma de expresarlo.
Leyendo la nota en Molesquine, me extraña que el buen Iván no haya tratado de disminuir o estigmatizar a Le Clezio, por esas referencias a indigenistas e insurgentes. sospecho que si alguien como Gutierrez, (Miguel, quiero decir), o Reinoso, hubieran mencionado a John Reed, de seguro estuviera mereciendo sus ironías escolares. Las de Iván me refiero.
Concuerdo en líneas generales con lo que señalas Gustavo. Solo subrayo que vista la performance del Nóbel francés, desde otra perspectiva por algunos escritores actuales, incluyendo al lenguaraz de Roncagliolo, se le estuviera menospreciando sin miramientos y con gran insolencia.
Saludos.

Leandro dijo...

Aquí encontré una traducción: http://www.zocalo.com.mx/seccion/articulo/en-el-bosque-de-las-paradojas-obra-de-jean-marie-gustave-le-clezio/

Anónimo dijo...

En www.nouvelobs.com, sabiéndolo buscar se encuentran dos posibilidades, (aunque lamentablemente para quienes no lo conozcan, ambas en Francés)y una de ellas "à lire plus confortablement", que se lee muy agradablemente, hojeando las hojas de un libro cuyas páginas uno las va volteando a medida que avanza en la lectura de este discurso extraordinario de Le Clezio.
Gran servicio para las mayorías, Leandro con tu link.
TORCUATO PASAPALOS (Machista leninista,Presidente de la Asociación Burundanga)

¡Por atención mínima! dijo...

Gracias, Leandro. Qué amable.

Anónimo dijo...

para sentir algo, cada quien lo que quiera: ir a la pagina
nobelprize.org
alli buscar el link
nobel lectures 2008
está el discurso en video de Le clézio. Más específico: si no quieren escuchar más, adelanten el discurso hasta el minuto 36.30 y escuchen mencionar en correcto español, el nombre del peruano que se merecía tal vez más que nadie un nobel, y a quien también dedica Le Clézio el premio. Cada quien sienta lo que quiera...

CVS

Anónimo dijo...

Que terrible lo de nosotros los peruanos, agarrarnos cual bolla salvadora, del "famoso" minuto 36.30 del dicurso de agradecimiento del Nobel Le Clezio y solamente para escuchar y apreciar "mencionar en correcto español", el nombre de un peruano, que ademas "merecía tal vez más que nadie un nobel." Como si Arguedas lo estuviera esperando y deseando. Yo estoy mas que seguro que a Arguedas le hubiera HORRORIZADO, la sola idea de haberlo ganado; y mas seguro aun que no tenia la mas remota idea de que era eso del premio Nobel de Literatura.

Como que somos de rebote no mas...

Anónimo dijo...

dice lo hubiera merecido, no dice lo hubiera deseado. solo hay que saber leer, y ya sabemos por lo menos qué sentiste tu: resentimiento. ni modo.

Anónimo dijo...

"y mas seguro aun que no tenia la mas remota idea de que era eso del premio Nobel de Literatura."

Tú crees que Arguedas era webón como tú......
R.B.