28.4.09

Los emigrados

Y la cacería de mariposas

Los emigrados de W.G. Sebald debe de ser una de las novelas más melancólicas y sensibles de la literatura contemporánea, además de una de las más sutiles y heterodoxas.

Sus personajes habitan el libro como los espíritus de Henry James pueblan una casa que fue suya pasajeramente: con la duda sobre la propia pertenencia, con ganas de estar y ganas de desaparecer, con ansias de no ser vistos y con la inclinación huidiza a dejar una huella fantasmática de su existencia que sirva de dudosa evidencia a los demás.

En la primera de sus cuatro partes, el narrador, intentando evocar la imagen física del personaje cuya vida quiere reconstruir --el doctor Henry Selwyn-- recuerda la fotografía de Nabokov que alguna vez recortó de un diario, en un viaje por Suiza. En la fotografía, Nabokov tiene una red de cazar mariposas sujeta con los dedos de la mano izquierda.

En la tercera parte, que narra la vida errabunda del tío Ambros Adelwarth y su amigo Cosmo, heredero de un multimillonario de Nueva Inglaterra, el narrador descubre que ambos personajes, décadas atrás, habían muerto en un mismo lugar, un sanatorio para enfermos mentales en la pequeña ciudad de Ithaca, New York.

Una anciana pariente de Ambros y del narrador, la tía Fini, rememora una visita hecha décadas atrás: el tío Ambros, en los jardines de la casa de reposo en la que se ha recluido por propia voluntad, ve con frecuencia, vagando entre las colinas y las cascadas de Ithaca, a un hombre que recorre el campo con una red de cazar mariposas en la mano.

En la cuarta parte del libro, Max Ferber, pintor obsesivo que ha pasado casi toda su vida refugiado en un pequeño y polvoroso estudio en un edificio de la ciudad de Manchester, decide hacer un viaje a Suiza para explorar ciertos cuadros guardados en una vieja iglesia.

Caminando por los montes que rodean el pueblo suizo, Ferber siente el vértigo y lo tienta el deseo de arrojarse desde las alturas sobre la población de allá abajo. Lo detiene, sorpresivo, como una aparición, un hombre que porta una red de cazar mariposas.

En un inglés impecable, pero de origen incierto, el hombre le dice a Ferber que es mejor bajar la colina en dirección al pueblo antes de que la oscuridad de la noche los capture en un sitio tan desolado.

Ferber baja el cerro y regresa al pueblo. Luego viaja a Manchester de vuelta y pasa los siguientes dos años intentando pintar el retrato del "hombre de las mariposas", cuyo rostro nunca más es capaz de recordar: pinta y destruye, dibuja y rasga, traza y raspa la pintura, y el resultado final lo decepciona.

Nabokov, claro, vivió sus años finales en el Montreaux Palace Hotel, en Suiza, lugar al que se alude en
Los emigrados, y antes de eso pasó otro largo periodo de tiempo en Ithaca, New York, como profesor de Cornell University. Los años en que escribió Lolita.

Hacia el 2003 o 2004, si la memoria no me falla --cosa que es siempre poco probable--, mis amigos Peter Elmore y Matías Ayala solían pasear por las calles laterales de Ithaca, y por las afueras del pueblo, tratando de descubrir, entre los viejos edificios, el hospital para enfermos mentales donde habían muerto Cosmo y, años más tarde, el tío Ambros.

Por esa misma época, y hasta el 2005, yo caminaba por las calles casi verticales de Ithaca llevando la cuenta de las casas donde había vivido Nabokov. Les tomaba fotografías e intentaba descubrir, por las fechas de su ocupación, en cuál de ellas había escrito cada libro el narrador ruso que fue uno de los mayores estilistas de la lengua inglesa.

Los personajes de
Los emigrados son, todos ellos, judíos, aunque la novela de Sebald no hace hincapié en esa pertenencia. Más bien, parece incluso borrarla, salvo porque el casi oculto origen étnico de los caracteres está entre las causas primeas de su migración.

Nabokov, Sebald, mi amigo peruano, mi amigo chileno, yo mismo, cada uno a su manera, más modesta o más ambiciosa, más vital o más libresca: emigrados en busca de algo, cazadores de mariposas, observadores: ¿qué cosa puede buscar un emigrado, que le sea propio, en un rincón del mundo que, como todos los demás, en el fondo, siempre le será ajeno?

8 comentarios:

Leandro dijo...

Bueno, creo que esa idea del emigrado judío la expande terriblemente en Austerlitz, otro libro enorme de Sebald.

Anónimo dijo...

Ademas lo de Nabokov es interesante. Yo casualmente compre hace un par de dias un librito que se llama Vladimir Nabokov de Jane Grayson (The Overlook Press) Es una especie de biografia comprimida con cientos de fotos sobre el escritor.
Al margen, para mi hay un paralelo entre ese peculiar hobbie del escritor ruso por las mariposas y su vida. ¿Pero que veia realmente Nabokov en las mariposas?

Esther dijo...

Qué hermoso lo que has escrito, Gustavo. Sebald está entre mis dioses adorados, y ese libro es de una delicadeza y de un desconsuelo enormes. Efectivamente, el fantasma de Nabokov es como la sombra de una mariposa en ese libro, un “pálido fuego”. Todo lo narrado tiene la levedad de las mariposas y, al mismo tiempo, el peso del desarraigo y la tristeza más desoladores. Nunca lo pensé como una novela, es lo que me pasa con Sebald: sus libros tienen, además, el linaje de lo que no es posible clasificar. Es una pena que no se lea más: Los anillos de Saturno es mi preferido, pero la desesperación tan sutil de Los emigrados me dejó, como a ti, con la certeza de estar para siempre condenada a lo ajeno –la lánguida extrañeza del alemán puede tocar con su maravilla incluso la melancolía bullanguera del emigrado caribeño. Un abrazo, y gracias por ese post, querido amigo.

Anónimo dijo...

Solo he leido Austerlitz y me fascino, si alguien sabe donde encontrar Los emigrados aqui en Lima (que busco y no encuentro) que pase la voz.

Anónimo dijo...

Todos los seres humanos, emigrados o no, se la pasan buscando algo que les sea propio. Lo paradojico de todo esto es que solo en los ultimos momentos de la vida muy pocos se enteran que nada les era propio o ajeno.
Sergio.

Anónimo dijo...

sebald está levantado por el sistema judío internacional, es un fantoche sostenido por Israel, viva Bukowski

Rodo

Anónimo dijo...

GUSTAVO, TU QUE ESTAS EN LOS ESTADOS UNIDOS DEBERIAS CONTARNOS CÓMO REACCIONA LA GENTE CON ESTO DE LA GRIPE PORCINA. HAY GENTE QUE HABLÓ DE BIOTERRORISMO. ES ESO POSIBLE???
OJALA NOS DES TUS OPINIONES.

MARCIO TOLEDO SERPA

Anónimo dijo...

Al anónimo que no encuentra el libro en Lima, le digo que yo tengo un ejemplar y si desea podemos transar. Mi dirección electrónica es etc@rock.com
Se agradece por la publicación.