15.10.10

Los peces de Monza y la novela

Mi intervención en la presentación de El anticuario ...
... Copio debajo el texto que leí en la presentación de mi novela anoche (una noche estupenda, creo). Lo copio incluyendo los primeros párrafos de agradecimientos, para que éstos les lleguen a aquellos que, debido a la distancia, no pudieron estar presentes (y más tarde pondré algunas imágenes):
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Quiero agradecer la presencia de todos ustedes esta noche y muy especialmente el trabajo de Germán Coronado, Martha Muñoz, Pierre Émile Vandoorne y todos aquellos en Peisa que han hecho posible la publicación de El anticuario. A mis amigos Mónica Belevan, Alonso Cueto y Daniel Salas por sus palabras. Alonso no lo recuerda, pero mucho antes de que fuéramos amigos, él fue uno de los primeros escritores a quienes conocí en persona, en la oficina de Luis Jaime Cisneros en la Universidad Católica. Era un día de mucho calor, Alonso lo hizo notar y procedió a abanicar su humanidad con suaves movimientos del dedo índice. Aprendí que Alonso tenía gran confianza en el poder de la imaginación.
Desde entonces Alonso me ha dado muchas mejores razones para la reflexión y lo mismo puedo decir sobre Daniel que me ha dado muchos años de amistad, y Mónica, que me ha dado en muy pocos meses una amistad de muchos años. También quiero agradecer a Iván Thays por su intención de decir algo aquí esta noche hasta que un tropiezo suyo en una ducha madrileña nos privó de su presencia. Es lo que le pasa a Iván cuando sus viajes dejan de ser interiores. Gracias a Rossella di Paolo por sus comentarios. A Edmundo Paz Soldán, Félix Reátegui, Peter Elmore, mi esposa Carolyn Wolfenzon, Daniel, Alonso, Mónica y Luis Hernán Castañeda, que leyeron diversas versiones de la novela, en el caso de Carolyn y Daniel, varias veces, como consecuencia de mi inseguridad. Cada vez que cambié una coma les pedí, por favor, léetela de nuevo porque he introducido una variante arriesgadísima. En una entrevista que saldrá publicada dentro de unos días Kike Sánchez Hernani me preguntó si había alguien a quien considerara mi maestro. Respondí que mi único maestro era mi amigo Daniel Salas. Quiero dejar en claro que eso era una broma.
Hace tres noches, en un avión que venía de Boston, leí un pequeño artículo de Stephen Hawking, el famoso científico tetrapléjico, en una revista de divulgación científica. Era acerca de lo que él llama la “teoría de todo”, la una teoría capaz de explicar el universo entero. Parte del artículo era acerca de la polémica filosófica entre idealistas y realistas. Como no sé prácticamente nada sobre esa polémica, la puedo explicar con absoluta claridad. Aquí va.
Los idealistas, entre muchas otras cosas, piensan que nuestra percepción modifica el mundo y que la forma de lo que llamamos realidad está siempre necesariamente influida por nuestra manera de verla. Los realistas piensan que nuestra imagen de la realidad, medida metódicamente y descrita de acuerdo con nuestros sentidos, es de hecho igual a la realidad y la puede retratar punto por punto.
Hawking propone una alternativa, a la que él llama “realismo dependiente del modelo”. La idea es simple. Si yo tengo un modelo del mundo y cada vez que lo pongo a prueba ese modelo funciona, entonces mi teoría sobre el mundo es buena y mi modelo es un modelo de la realidad. Si ustedes tienen un modelo completamente diferente del mundo pero cada vez que lo ponen a prueba, también funciona, entonces su teoría sobre el mundo también es buena y su modelo también es un buen modelo de la realidad.
Hawking cita un caso real extraordinario. En Monza, una pequeña ciudad italiana, hace unos meses, la municipalidad prohibió a los habitantes tener pececitos en peceras esféricas. La razón dada por el alcalde y los concejales es que, encerrados en una pecera curva, los peces son forzados a percibir el mundo de una manera deformada. Deformada porque la pecera esférica los fuerza a ver el exterior como no es. Cada vez que yo me acerque a la pecera, los peces verán mi rostro transformado, alargado hacia un lado, con un gesto y una forma que no son los de mi rostro. Dicho sea de paso, es posible que me vean curiosamente parecido a Stephen Hawking.
Anteayer, en mi segundo día en Lima, le mostré el artículo a un amigo, que me hizo comprender por qué Hawking citaba el ejemplo de los peces italianos y sus peceras esféricas. El argumento es éste, me dijo mi amigo: “Gustavo, si esos peces viven toda su vida en la pecera, y nada nunca les da un indicio de que el mundo es diferente, todas las conclusiones que ellos alcancen sobre cómo es el mundo, serán siempre ciertas, porque siempre los llevarán a actuar de manera acertada, no importa si nosotros, desde fuera de la pecera, sabemos o creemos saber que los pececitos están equivocados. Los peces no son idealistas ni realistas: son lo que Hawking llama “realistas dependientes de su modelo””.
No hay nada más tonto y frecuentemente equivocado que un artista o un escritor que roba las ideas de un científico, sin conocerlas bien, y las usa como metáfora para explicar el arte o la literatura. Como el error y la tontería han definido la mayor parte de mi vida, voy a hacer eso ahora mismo. Pasa con frecuencia que leemos dos novelas o vemos dos películas que tocan un mismo asunto, un mismo tema o un mismo momento histórico, y lo hacen de maneras muy distintas, proponiendo visiones del mundo enteramente discrepantes, acaso irreconciliables. Leemos a Arguedas y a Vargas Llosa, por ejemplo, y ambos nos hablan del Perú y de sus choques y encuentros culturales, y de sus males sociales y políticos, y sabemos que sus obras nos proponen modelos del mundo (peruano) que son divergentes, difíciles de comparar, y que es imposible aceptar ambos modelos al mismo tiempo.
Pero lo hacemos. Aceptamos La casa verde y Todas las sangres; aceptamos Historia de Mayta y Los ríos profundos. Los aceptamos al menos en la medida en que no salgamos de la pecera, es decir, en la medida en que no salgamos de la ficción, que es un mundo en sí mismo. Apenas nos convertimos en el pez fuera del agua, renegamos de uno de esos modelos y aceptamos el otro, o renunciamos a ambos. Los novelistas hacen peceras para peces italianos. La gran maravilla de la literatura está en darnos la oportunidad de ser lo que Hawking llama “realistas dependientes del modelo”, una y otra vez, infinitamente, y la oportunidad, también, de romper la pecera de vez en cuando, aunque sepamos, claro, que romper la pecera, cuando uno es un pez dentro de ella, no es precisamente la salida más apacible. La literatura ha hecho eso desde siglos antes de que Hawking lo advierta como posibilidad científica: la literatura es una anacrónica ciencia del futuro.
El anticuario, como toda novela, quiere ser uno de esos posibles modelos para entender un mundo; en este caso, el Perú de las últimas décadas, y su violencia pública y privada. Quiero explicarles cómo y empezaré por lo público.
Imaginen el caso de un hombre, al que llamaré X. X vive en un país cualquiera. El país lo gobierna un dictadorzuelo, posiblemente extranjero. Hablo de un país imaginario. El dictador es, además, un ladrón, un mentiroso y un cobarde. Un día está en aprietos, renuncia y desaparece. El hombre, X, también renuncia y desaparece y se va a vivir al otro extremo del continente, como me fui yo un día hace diez años. X está basado en mí.
A la distancia, X observa su país. Al cabo de unos años, los ciudadanos de ese país deciden perseguir, juzgar y encarcelar al dictador y a sus aliados. Simultáneamente, sin embargo, en virtud de una lógica oscura, esos mismos ciudadanos empiezan a sentir una inmensa simpatía por la hija del dictador, que está hecha a imagen y semejanza de su padre. Este es un país imaginario. El país enloquece de esa manera y de otras muchas maneras: el peor gobernante de su historia anterior es electo nuevamente; individuos desconocidos se vuelven políticos populares; delincuentes consumados son premiados con la inmunidad y el poder; la cleptomanía se vuelve virtud; a los criminales se los declara impunes; los comediantes de la tele se vuelven factores determinantes en la vida política, etc.
Mirando todo esto desde la distancia, el hombre, X, empieza a intuir que su país ya no es un país; ahora es un manicomio. Pero no exactamente una clínica psiquiátrica, en la que se intente devolver la cordura a los insanos, sino algo más parecido a una prisión para locos, en la que los locos creen gozar de plena cordura y cierta libertad. Mirando mejor, X se da cuenta de que el país no sólo es un manicomio recientemente: lo ha sido siempre, ya lo era antes de que lo gobernaran el dictador y el corrupto. Ya lo era en los años anteriores, en los años de una guerra que comenzó previamente. Ya lo era cuando el hombre, X, todavía vivía ahí. X es un loco que ha escapado subrepticiamente. Más aun: en verdad, X nunca ha escapado, nunca ha estado afuera. Cree mirar el país a la distancia, pero no. Quiere escribir lo que ha visto, pero tiene las manos atadas por una camisa de fuerza. Sólo puede repetir unas pocas palabras, en una secuencia extraña y caótica que parece, engañosamente, tener un orden lógico.
Esas pocas palabras, en mi caso, son la novela El anticuario. Es la novela de uno más de los locos que cree por un instante tener la ilusión de estar fuera de la clínica, fuera de la pecera, y ver las cosas con claridad, aunque en verdad no pueda.
Les explico el lado privado. Hace muchos años un amigo mío inmensamente querido pasó por una experiencia violenta y terrible que le costó la vida a dos personas, incluido él mismo. Esa experiencia me marcó. Me hizo conocer la demencia, visitar por primera vez una clínica psiquiátrica, aprender que la persona más bella puede hacer las cosas más terribles y que lo que llamamos el mal no se diferencia radicalmente de lo que llamamos el bien o el amor o la pasión y que la locura y la cordura no son ajenas una de la otra. Años más tarde quise escribir una novela y me di cuenta de que no podía escribir otra cosa que la novela que esa experiencia me había impuesto. Tenía que sacar de mí esa historia. Cuando empecé a escribirla me di cuenta de que tenía la necesidad de hacer algo más: deformar la historia lo suficiente para que mi amigo no fuera culpable de sus culpas. Fue una debilidad inútil pero humana: todos somos culpables de algo. También el país más bello puede hacer las cosas más horrorosas, porque la marca de nacimiento de la civilización es la barbarie, así como la barbarie es la señal en la extremaunción de la civilización: la barbarie está siempre con nosotros, de principio a fin. Mi novela dejó de ser la historia de mi amigo y se convirtió en otra cosa: la historia del manicomio que es una ciudad que es un país que somos mi amigo y yo y ustedes y los demás, y ese manicomio es nuestra pecera y si nunca la vamos a poder comprender desde afuera, tenemos el deber de entenderla desde adentro.
El anticuario es una novela sobre el Perú y sobre los años de la violencia política. Que la novela sea una fantasía gótica, una novela de misterio, un policial con ecos de cuento de terror, de cómic, de thriller, de película de la serie B, y, sin embargo, pueda ser un intento serio de representar el momento más terrible de la vida republicana del Perú, es, para mí, una virtud. No sé si los lectores pensarán los mismo o no. Me conformo con que crean en el mundo de la novela durante el tiempo de la lectura, porque ese tiempo también está en el mundo real. Para mí, decir algo terrible e incluso tenebroso, que es personal, pero que a la vez se refiere a un momento oscuro en la historia de nuestro país, y decirlo sin renunciar al juego, al juego infantil de la literatura, al juego para adultos que es la literatura, ha sido liberador.
Escribí mi primer cuento a los diez años, cinco minutos después de ver en la televisión el primer episodio de La isla misteriosa, con Omar Shariff como el Capitán Nemo. Le leí el cuento a mi mamá. Mi mamá me dijo que era extraordinario. Pero también me dijo que era un plagio descarado del episodio de La isla misteriosa que yo acababa de ver. Yo no sabía qué cosa era un plagio así que lo tomé como un elogio. En los meses siguientes mi mamá declaró que mi segundo cuento, mi tercer cuento y mi cuarto cuento eran plagios, respectivamente, de un episodio de Viaje a las estrellas, un episodio de La isla de Gilligan, y, en un giro que hasta el día de hoy yo no puedo comprender ni mucho menos justificar, un comercial de Desenfriolito protagonizado por el Topo Giggio.
Mi mamá no está ya para leer esta novela, pero puedo asegurar que no se quedaría corta a la hora de descubrir los plagios que hay en ella. Hay muchos. De Borges, Mulisch, Vargas Llosa, Hawthorne, etc. Sospecho que esos plagios no están allí porque yo sea uno de esos escritores que quieren llenar sus textos de referencias literarias. Creo que esos plagios los he cometido con la secreta esperanza de que mi madre se divierta encontrándolos. Mi esposa, Carolyn, que no pudo viajar conmigo esta vez, ya pasó por ese proceso, ya leyó, releyó, señaló, subrayó, corrigió, alabó, desdeñó, condenó, celebró e incluso denunció El anticuario. Es interesante estar casado con una crítica literaria: tengo la corazonada de que no encontraré un crítico más cariñoso conmigo que ella; pero tampoco uno más feroz. La novela está dedicada a Carolyn pero también a mi madre, y a los amigos que vivieron parte de ella.
Yo y esos amigos míos (varios de ellos están aquí) teníamos trece años cuando Sendero Luminoso empezó a colgar perros en postes y a robar urnas y luego a matar gente inocente por millares; teníamos poco más cuando el Estado comenzó a responder con no menor crueldad y con similar violencia. Todos nuestros años de la universidad estuvieron signados por ello. Los horarios de nuestras reuniones dependían de los toques de queda; nuestros viajes a la universidad, de los paros armados; nuestras amistades eran afectadas por nuestras afiliaciones políticas. Muy poco en nuestras vidas, al menos en la mía, es siquiera lejanamente comparable con lo que sufrieron decenas y centenares de miles de campesinos, de provincianos, de militares, de policías, de limeños marginados, de civiles arrastrados por el terrorismo o arrasados por él o por el Estado, pero nuestras vidas fueron signadas por todo eso, irremisiblemente: ése es el mundo en el que crecimos.
Por ello, tal vez, una cosa se me hizo clara al escribir esta novela: que yo no tengo ninguna manera sensata y razonable de distinguir entre la vida pública de nuestra sociedad y la vida privada de cada uno de nosotros en esos años. Esa es la única clave necesaria de lectura para entender El anticuario: en mi generación lo público y lo privado fueron una misma pesadilla y también un mismo sueño: y lo digo sin ironías: teníamos miedos pero también esperanzas, temores visibles pero también ilusiones. Mirando hacia atrás, es increíble que hayamos sido felices entre tanto horror, pero lo fuimos, muchos de nosotros, no todos, lo fuimos. Otros muchos no, otros no sobrevivieron. Pero acaso fuimos la última generación de peruanos que pudieron crecer antes de que el cinismo se sumara al caos y a la desidia.
En cierta forma, los personajes de la novela son esos amigos míos y ustedes. Sería interesante que se reconocieran en alguna de sus páginas, o reconocieran alguna de las calles en forma de espiral que cruzan la ciudad de mi novela, que es circular como las partes del infierno y circular como las peceras, pero tiene salidas y tiene porvenir. Gracias.
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18 comentarios:

Anónimo dijo...

ES-PEC-TA-CU-LAR...

YA TENGO LA NOVELA. DE SUS PRIMERAS PÁGINAS, LAS ÚNICAS QUE HE LEÍDO Y QUE SON INMEJORABLES, POR EL MOMENTO SOLO APUNTARÉ EL TRABAJO DE FILIGRANA HECHO EN EL NIVEL SINTÁCTICO: NO ME LO ESPERABA: VERDADEROS PRODIGIOS DE LA CORRDINACIÓN, EL RITMO Y LAS DESCRIPCIONES APOYADAS EN VERBOS CONJUGADOS Y NO CONJUGADOS (QUE EN ESTE PAÍS YO SOLO CREÍA QUE PODÍA HACERLAS ASÍ, DE UNA PLASTICIDAD DILATADA Y PRECISA, mvll).

SIGO CON ATENCIÓN LA LECTURA, AUNQUE NO CREO QUE CON TANTA AGUDEZA COMO LA QUE OSTENTÓ AYER LA SRA. BELEVAN (OTRO PRODIGIO). EN TODO CASO, DESDE YA, DESDE ESTAS PRIMERAS PÁGINAS: MUCHAS GRACIAS. SE ABRE UNA NUEVA PUERTA EN LA LITERATURA PERUANA, SIN LUGAR A DUDAS.

Optimus Prime dijo...

El modelo de Hawkins no es el modelo de Hawkins, es la ciencia misma.

Anónimo dijo...

Estimado Gustavo. Primero que todo celebro que publiques esta novela.Lejos del Perú haré lo imposible por conseguirla.Pero de antemano soy contrario a proponer claves, caminos, para la lectura de una obra. Ahora, no te niego el derecho de dar tu opinión sobre tu propia creación y ahi debe quedar la cosa.La gloria de muchas obras en la literatura se ha levantado cuando a veces los lectores han leído de manera diferente y hasta contraria a la opinión de los autores de las mismas.Ahi están,para no hacerla larga,"Los viajes de Gulliver" de Swift y "Los cachorros" del hoy celebrado Mario Vargas Llosa .Pero,es momento de celebrar y digo presente.
P.D. Soy lector esporádico de tu blog, pero no sé porqué raro sortilegio las veces que lo visito me he encontrado con notas tuyas inteligentes e incisivas que, creo yo, deberías crivar y darle forma de libro para que no se pierdan en ese destino volandero que tienen los blogs. Un Abrazo.

zeta dijo...

Mucha suerte.

Anónimo dijo...

En el P.D. de mi saludo se metió un batracio y dañó lo dicho.Debe decir cribar y no crivar.Saludos

Anónimo dijo...

Estuve por Crisol, Zeta Bookstore y no la ví... Espero que la distribuyan bien y pronto.

R. Euribe dijo...

"cree mirar el pais a la distancia, pero no..."

Vamos Gustavo, la mayoria de personas que dejan el peru, no regresan sino cuando ya estan viejos.Y es que el DETOXIFICATION toma tiempo, y que hayas escrito tu novela es prueba de ello. Tuviste que pasar 10 años fuera para poder extraerte el veneno.

No has notado que en el peru las nuevas generaciones crecen educados en otra sensibilidad que los aleja de los aportes de la nuestra? Me pregunto a veces cuanto tiempo hasta que nuestro pais se convierte en otro mexico.

Anónimo dijo...

Excelente reflexion la que hace en ese texto, la copiare en mi FB, saludos, R Chiappe

Jesús Garrido dijo...

me ha gustado como lo cuentas aunque haya echado de menos un poco de tijera

Anónimo dijo...

En la izquierda, un cigarro.
La derecha, en la cintura.
Tu foto en Somos me causó un catarro,
Un catarro en la literatura.

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Tienes razón, anónimo. Por eso yo le insistí al fotógrafo que me dejara tomar el cigarrillo con la derecha, que es lo natural en mí. Pero igual, gracias por creer que todavía tengo cintura. No todos están de acuerdo. :D

arturo dijo...

Lo he visto a la venta en la librería de la PUCP. Felicidades, Gustavo.

Mono Mecanógrafo dijo...

¡Felicitaciones por tu primera novela, y que sean muchas primeras novelas más!

Anónimo dijo...

Felicitaciones por la novela. Habrá que leerla...

Qué es de Daniel Salas? Tiene algún blog? Se extrañan sus comentarios.

Anónimo dijo...

me caes bien, la referencia a tu madre fue conmovedora... yo era un ex blog basura, eres un buen tipo facehron

Anónimo dijo...

Vanidad, vanidad. Què serìa del mundo sin ti.

F dijo...

es un discurso muy aburrido...
y por cierto, solo he visto una foto mas disforzada que la tuya en Somos, la de A. Cueto en Vórtice...

El Antigüito dijo...

¿A qué crees que se deba el aluvión de historias de prostitutas (o prostitutas como personajes secundarios) en las novelas latinoamericanas?