22.3.07

Telaraña

Lamentablemente --lo digo de todo corazón-- Alfredo Bryce parece cada vez más enredado en este laberinto de acusaciones en el que cada día emergen nuevos casos de plagio.

A los casos ya hechos públicos que involucran a
Bryce en la copia de artículos de Morote, De Rivero, Para, Solé y Pérez Álvarez, se añaden otros dos que da a conocer Perú 21.

El primero es una nota aparecida bajo el título "La decadencia del imperio americano" en
El Comercio el 5 de marzo del 2006 y que es, según observa Perú 21, copia de otro aparecido en diciembre del 2005 en el diario español La Vanguardia, firmado originalmente por Graham E. Fuller, alto funcionario de la CIA, que le puso como título "El declive del poder estadounidense" (aunque Fuller es norteamericano, su artículo apareció primero en español y sólo después en inglés).

El segundo, titulado "Londres busca detectives", también proviene de La Vanguardia. El autor es Carlos Sentís (no "Carlos Sentía", como dice Perú 21), y la fecha original es el 29 de julio del 2005, mientras que su aparición en El Comercio bajo la firma de Bryce data del 23 de julio del 2006.

Eso deja la crifra en siete, y la responsabilidad de Alfredo Bryce --una vez más, lamento decirlo-- mucho más allá de donde parecía en un primer instante. Su última carta a El Comercio habla solamente del caso del embajador De Rivero como un descuido aislado. Los otros seis casos nos dejan ver un hecho repetido que exige una mejor explicación.

Extras

Ver aquí: declaraciones de Alfredo Bryce a Perú 21 anoche.
Ver aquí: una octava acusación.

21.3.07

El arte de citar sin comillas

(texto ajeno)

El embajador Oswaldo de Rivero acaba de acusar al novelista Alfredo Bryce de plagiarle un artículo sobre las limitaciones geo-militares de Washington en estos tiempos. En efecto, las coincidencias entre los dos artículos son, para decirlo de alguna manera, asombrosas. Comenzando por un mismo título: Potencias sin poder.

Mala suerte, o prosa irresistible, la de de Rivero: cuando recién salió su libro sobre El mito del desarrollo, los países inviables en el siglo XXI (Lima, Mosca Azul, 1998), la revista Le monde diplomatique le hizo un inocultable plagio que luego tuvo que rectificar. Esta vez ha piteado con experiencia.

También Bryce tiene una experiencia anterior en este tipo de asunto. En julio del año pasado Herbert Morote lo denunció por el plagio textual de 80% de un artículo sobre política educativa. En esa ocasión Bryce, que todavía no le responde a de Rivero, rechazó la acusación, pero ofreció arreglar el asunto por la vía privada.

También ha estado Bryce del otro lado del mostrador, y no es difícil encontrar autores que se han prendido de su estilo para sacar a flote historias propias. Pero en lo literario el plagio es más difícil de demostrar y, dentro de ciertos límites, suele tener más de homenaje que de sustracción, y termina siendo su propio castigo.

Que Bryce, a quien no le falta imaginación, ni formación académica, ni criterio, sea tema de estas acusaciones es sorprendente. La única explicación a la mano es que se trata de temas muy especializados, y que a la hora de informarse el novelista se haya terminado mimetizando en exceso con el texto consultado.

No son deslices excepcionales. Siempre hay en Lima unos cuantos casos en marcha sobre plagio, real o imputado. En los años 70 este columnista insólitamente recibió de manos de su amable autor una breve tesis de economía donde buena parte de los dos últimos capítulos había sido plagiada de ensayos suyos (que luego no eran citados en la bibliografía).

Si hubiera que buscar un culpable en estos tiempos, podría ser Internet, que vuelve al texto ajeno tan abundante, el acceso tan fácil, el comando cortar/pegar tan cómodo, todo el ambiente tan virtual, que la red se convierte en la proverbial arca abierta donde hasta el justo peca, aunque sea alzando con una buena frase de un colega remoto.

El problema es que ya no hay colegas remotos, y en la red todo se sabe, en instantes. Cada vez más profesores tienen que ir a un buscador de Internet para confrontar los exámenes de sus alumnos. Lo cual a su vez significa que ya no podemos estar tan seguros sobre de quién es el artículo de opinión que tenemos delante, querido lector.

(Mirko Lauer)
De su columna de hoy, miércoles 21 de marzo, en el diario La República.

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La columna de Mirko Lauer que reproduzco arriba hace referencia a la carta dirigida por el embajador Oswaldo de Rivero al diario El Comercio en la que expresa su "sorpresa" y "mortificación" a raíz de la publicación en dicho periódico de un artículo suyo que apareció bajo la firma de Alfredo Bryce Echenique.

Alfredo Bryce respondió a su vez por carta al diario y al mismo De Rivero. Pero, tan pronto como ese mismo día, una nueva acusación emergió (en un blog que se distingue por las acusaciones anónimas a pesar de que declara enfáticamente no prestarse a ellas).

Se trata de tres artículos publicados por El Comercio y aparecidos antes en diarios españoles (uno de ellos, La Vanguardia; los otros, uno de Extremadura y otro de Galicia), cuyos autores son el periodista Nacho Para, la escritora Elulàlia Solé y el veterano y cada vez más conocido novelista José María Pérez Álvarez.

Por supuesto, algo raro ocurre, y no es transparente. La carta de Alfredo Bryce a Rivero explica un hecho que, bien visto, podría aclarar todos los casos, pero deja en pie el problema de que todos se produjeron hace ya varios meses y que resultaría razonable que el escritor hubiera detectado la publicación con su nombre de esos textos ajenos, al menos uno de ellos; sobre todo luego del escándalo desatado en julio del año pasado por el primer caso, el de Bryce y Herbert Morote.

Sin embargo, eso mismo, el que Bryce se viera sometido en julio pasado al escándalo de la primera acusación, hace aun más inverosímil que haya perpetrado voluntariamente los otros tres, que se produjeron entre octubre y diciembre últimos.

Por ello, hay quienes hablan de la posible contratación de escritores que hubieran hecho para Bryce el trabajo de escribir estos artículos de corto aliento, y que, en vez de cumplir su tarea, habrían simplemente tijereteado los textos de otros y se los habrían entregado a Bryce o a su secretaria como propios. No es nada inusual que ciertas personas recurran a los oficios de terceros para escribir textos circunstanciales.

Suena menos lógico, y nada justificable, en un escritor, que vive de su pluma, pero lo más curioso es que en verdad no es infrecuente. En España se conocen muchos casos, incluyendo el de un premio Nobel, Camilo José Cela, que encargaba a otros incluso prólogos que aparecerían con su firma.

Sea como fuere, incluso si no hubiera dolo ni premeditación, es evidente la responsabilidad de Alfredo Bryce en la aparición de esos artículos, evidente que está en falta con los autores legítimos de aquellos textos (Morote, Para, Solé, Pérez Álvarez), evidente su descuido ante una empresa que lo contrata por su opinión, y no la de otros, y evidente también que sus lectores y quienes estamos unidos a él por la gratitud y los buenos recuerdos, no quisiéramos verlo en un trance así.

(Una cosa quiero añadir: me consta --como si fuera necesario verificarlo-- que Alfredo Bryce no se hace problemas en escribir artículos buenos con rapidez y eficiencia. En el tiempo en que fui editor de Somos, yo tenía en un cajón de mi escritorio un fólder con decenas de artículos suyos, inéditos, y sólo tenía que elegir uno cualquiera cada dos semanas para cubrir con ello su columna: los había escrito todos con más de un año de anticipación, y no solían ser textos de actualidad. Es interesante constatar una cosa: es verdad que, una vez colocados todos los textos en su file, él se desentendía de cuál fuera publicado y cuál no, o en qué orden, lo que cuadra perfectamente con lo cuenta en su carta a De Rivero).

Vota diferente

Hay quienes empiezan a suponer que Vote Different, el famoso video de internet que una mano anónima produjo y subió a YoutTube hace dos semanas (y que ha recibido más de un millón cuatrocientas mil visitas y tres mil quinientos comentarios) puede ser el principio del fin de los modos propagandistas clásicos en las campañas electorales norteamericanas.

El video, según lo pueden ver explicado en este artículo de El País, usa como base el famoso comercial 1984 con el que Apple Computer lanzó las primeras Macintosh veintitrés años atrás, y que era, a su vez, una fantasía construida sobre la figura de
Big Brother de la novela 1984 de George Orwell.

El "nuevo" comercial coloca a
Hillary Clinton en el lugar del malévolo personaje controlador, y ofrece a Barak Obama como alternativa, en su frase final, que dice: "El 14 de enero empezarán las elecciones primarias del Partido Demócrata, y verán por qué el 2008 no habrá de ser como 1984"



¿Cuál es el cambio fundamental? Uno, para comenzar es el absoluto anonimato del autor (utilizó el nickname ParkRidge47 para colocar el video en YouTube y cómo único dato personal dice ser un estadounidense de 59 años). Otro es el hecho de que el comercial se aleja por completo de la línea de campaña mantenida hasta ahora por
Obama (cuyo comité de organización ha negado la paternidad del video).

Hay un tercer cambio: el hecho de que a partir de esta elección se estén "democratizando" las campañas, con la aparición de objetos propagandísticos capaces de llegar a mucha gente sin haber sido solventados ni por los comités personales de los candidatos ni por grandes donantes.

Yo añadiría uno más: el total carácter destructivo del comercial, que parece basado por completo en el absurdo de identificar a
Hillary Clinton con un gobernante absoluto y autoritario, dictatorial y omnipresente, y a Obama como el arbitrario liberador (podrían haber mencionado a cualquier otro candidato y la "lógica" habría funcionado igual), todo esto a pesar de que ambos candidatos, en verdad, vienen disputándose palmo a palmo los votos de los potenciales electores debido, básicamente, a que los dos les resultan atractivos a la misma gente.

19.3.07

Una observación

Que una cosa quede clara: yo no soy de los tontonazos que viven cultivando el odio a Chile, queriendo pintar a los vecinos del sur como causantes de todas las desgracias del Perú, planeando la venganza de una guerra peleada y perdida hace más de ciento veinte años.

Y tampoco soy nacionalista. Pero sí creo que una comunidad tiene derecho a guardar una forma especial de respeto por ciertos símbolos, y creo que, en la historia republicana de los peruanos, pocos --poquísimos-- son los símbolos capaces de representar limpiamente nuestros valores más positivos, o quizá no nuestros valores, sino, más bien, nuestros ideales, es decir, los valores que quisiéramos tener y que algunos entre nosotros tuvieron en el pasado.

En estos días, ha corrido por todas partes la noticia sobre el grupo de poetas peruanos y chilenos que ofrecerá un recital en la cubierta del monitor Huáscar, trofeo de guerra que el Estado Chileno mantiene en un puerto del sur. El recital, claro está, tiene un objetivo hermanador y esperanzado, un fin pacifista en el sentido más amplio. Eso es obviamente saludable.

Hay un problema, sin embargo, y espero no ser malentendido cuando lo señale: el Huáscar
no es un símbolo de la paz. Es un símbolo de la resistencia y del derecho a la protección de lo propio. Es, además, la imposible lápida de las tumbas de decenas de héroes peruanos cuyos cuerpos nunca fueron recuperados. ¿Por qué convertir al Huáscar en un símbolo de la conciliación, si es uno de nuestros pocos símbolos de la obstinación y la perseverancia en defensa de lo nuestro?

¿Por qué no manda el Perú una delegación de poetas que lean sus versos parados sobre las tapas de los cincuenta mil libros que el Ejército Chileno robó de la Biblioteca Nacional del Perú durante la invasión que siguió a la Guerra del Pacífico? Respuesta: porque parecería que se está concediendo al usurpador el derecho a la propiedad sobre lo usurpado.

Esa misma es también una buena razón para no dar ese recital en el Huáscar. Por la paz tenemos derecho a hacer muchísimas cosas, casi cualquier cosa. Pero no tenemos derecho a desvirtuar el sacrificio de quienes hicieron muchísímo más que nosotros.

15.3.07

Chambi en Iwo Jima

O más exactamente: antes de Iwo Jima...

¿Recuerdan el tema de la penúltima película de Clint Eastwood, Flags of Our Fathers? Es la historia de la célebre fotografía tomada por Joe Rosenthal (izquierda) en una colina de dicha isla del pacífico sur, en medio de la larga captura de las bases japonesas a manos del ejército norteamericano.

La película, que es en verdad un desmontaje del modo en que la propaganda bélica se convierte en tejedora de mitos patrióticos, tiene como eje anecdótico el hecho de que la fotografía conocida fuera en verdad una versión posada y ensayada de una imagen anterior, captada por otro fotógrafo unas horas más temprano.

Ahora, César Gutiérrez me hace llegar las pruebas irrefutables de que hubo otro original antes de aquel original: uno capturado por el fotógrafo peruano Martín Chabi en la cusqueña Fiesta de la Cruz del año 1930.


César me manda las dos imágenes acompañadas por este mensaje:

"Parece que
así como el pisco, la papa, la lúcuma, el cebiche, el huacatay, la chicha de jora, el cuy chactado, la carapulcra, la impunidad, el aprismo, los danzantes de tijeras, el fujimonteCinismo, el río más caudaloso del mundo, el río más largo del mundo, el ferrocarril más alto del mundo, el lago más alto del mundo, el fútbol más horrible del mundo y la cocaína más barata del mundo, IwO JiMa es peruano.

Dejemos que hablen las imágenes.
De nada, Joe; de nada, Clint".

14.3.07

La mala novela peruana

Una cosa que tienen en común las buenas novelas, no importa que sean realistas o fantásticas o naturalistas o románticas o lo que fueren, es que todas, en su construcción argumental, obedecen a cierta presión interna: hay hechos nodales, hechos cruciales cuya ocurrencia debe ser resuelta tarde o temprano.

Pueden ser hechos morales y no fácticos, por decirlo así: el odio profundo de un personaje hacia otro, la súbita revelación de una verdad, un acontecimiento que marca y decide el carácter de alguien: todo instante medular exige alguna forma de solución y, si no, exige cierta gravitación en lo que venga luego. Hasta el aburrimiento y la inacción deben ser conducentes, llevar a alguna parte.

Si el protagonista es culpable de algo, se espera en el futuro un desquite, el peso de la justicia poética, el boomerang de una ironía, etc. Es decir, se espera que todo momento clave sea determinante sobre los momentos posteriores y que todo pasaje significativo siga teniendo valor más tarde.

Por ejemplo: si un personaje comete un delito atroz, es esperable que el crimen tenga algún peso en su porvenir (en su conducta, en su destino, en la visión que los demás tengan de él), o acaso que se produzca la reaparición del crimen como motivo en el relato, y que el lector pueda establecer el arco que une ambos momentos.

Yo, que tiendo siempre a ver la literatura como vida y la vida como literatura, tengo desde hace años la idea de que, si el Perú fuera una novela, sería una pésima novela. No kafkiana, como se suele decir ("si Kafka hubiera sido peruano, habría sido un escritor costumbrista", dice el lugar común); no kafkiana, digo, porque en Kafka sí existe una cerrada y perpetua coherencia, la necesidad de una desgracia que parece secular pero que es metafísica, algo que podríamos llamar, en todo caso, injusticia poética.

El Perú sería, simplemente, una mala novela. Una en la que los crímenes de los villanos no tienen jamás repercusión alguna (salvo arrasar con las víctimas, se entiende): ni tienen un castigo necesario ni tampoco siquiera un premio necesario; simplemente, su recuerdo se desvanece en el aire. El Perú es como una novela escrita por un autor amnésico, alguien que cada mañana se despertara y escribiera una página sin recordar lo que escribió el día anterior.

En la novela del Perú, los asesinos masivos no caen en desgracia por liderar masacres: los atrapan más tarde, eso sí, por recibir coimas y prebendas, pero un par de capítulos después son héroes para un ejército de seguidores y el gobierno les empieza a dar más y más poder.

Es porque al gobierno han llegado otros de la misma estirpe, los mismos que compartían sus culpas (y que temen, acaso, sus chantajes), a pesar de que sólo unas páginas antes el pueblo coincidía masivamente en que estos delincuentes, años antes, habían formado el gobierno más corrupto y más ineficaz de la historia.

Y a la cabeza de ese gobierno, hay un desquiciado. La gente se sorprende cuando empieza a cometer locuras, porque nadie parece conservar el recuerdo de que ya décadas antes no cupo duda de su desequilibrio, su estupidez, su intolerancia, su inclinación mafiosa, su tendencia a la violencia indiscriminada, su prepotencia, su carencia de escrúpulos, sus arrebatos mitómanos, la capacidad sobrenatural que tiene para rodearse de otros corruptos.

¿Qué página vendrá luego? No sé. Hoy es temprano por la mañana: el autor colectivo de esta novela apenas se estará desperezando; leyendo los diarios del día como si en ello hubiera un ritual para olvidar los hechos vinculados con las noticias. Quizá el autor colectivo decida hoy colocar en la presidencia, súbitamente, a un mendigo, un sacerdote con problemas de vocación, un guardia de tránsito, una peluquera aprendiz: a la primera persona que pase por allí.

Ojalá nomás que el elegido no tenga cuentas pendientes con el sistema judicial. Digo el sistema judicial y no la justicia porque la justicia, como trato de explicar, no parece jugar ningún papel en esta historia.

Imagen: Caretas.

GGM y El Dominical

Un comentarista me hace recordar algo que olvidé mencionar en días recientes: la última edición de El Dominical de El Comercio, en homenaje a Gabriel García Márquez en su cumpleaños número ochenta, un trabajo muy bueno a cargo de mi gran amigo el poeta, crítico, periodista (y, ahora, dos veces padre) Alonso Rabí do Carmo.

El número incluyó una colección de notas sobre el autor colombiano a cargo de Julio Ortega, Alicia Borinsky, Carlos Fuentes, Rodrigo Fresán, Carmen Ollé y Enrique Vila-Matas. Cito un pasaje del texto de Fresán:

"García Márquez me enseñó con su ejemplo que se puede llegar a escribir un libro inmejorable y que, por lo tanto, no hay que darse por vencido a la hora de luchar por su esquiva pero posible existencia. Está claro -es casi seguro- que caeremos en el campo de batalla; pero no nos está permitido rendirnos en el intento de conquista y victoria, porque allí, en el horizonte, nos vigila la luminosa sombra de Crónica de una muerte anunciada".
También viene un ensayo de Peter Elmore acerca de "los orígenes literarios de Macondo", titulado El libro de las generaciones, donde Peter reflexiona sobre la relación entre el mundo ficcional de Cien años de soledad y varias de sus muchas raíces, particularmente el universo de Juan Rulfo:

"Entre los muchos guiños literarios de la novela está una frase tomada literalmente de Pedro Páramo. De Remedios se dice en un pasaje lo mismo que, en la novela del autor mexicano, se afirma de la desdichada Susana San Juan: "No era de este mundo". No es la mayor coincidencia entre las dos obras mayores del realismo mágico. Comala y Macondo son transfiguraciones de pueblos situados en áreas -Los Altos de Jalisco, el Caribe colombiano- que, empobrecidas y postergadas, tienen sin embargo a su favor la riqueza de una vasta tradición de cultura oral y popular. Además, en ambas novelas el incesto es el umbral -temible, deseable- que los personajes tienen prohibido cruzar".
Un buen complemento para ese texto son los que vienen a continuación en el suplemento: Crónica de una novela anunciada, donde Agustín Prado hace un recuento de las primeras recepciones de Cien años de soledad, y Anatomía de un milagro narrativo, en el que el narrador (y profesor) Carlos Garayar evalúa, más bien, las transformaciones posteriores de esa recepción.

(Una pregunta: ¿es en verdad necesario que El Dominical siga manteniendo una página sobre vinos? En algún momento, supongo, los directores del diario tienen que decidir si quieren un suplemento de artes y letras o una guía gourmet, ¿no les parece? Incluso, a estas alturas, cuando casi cualquier diario peruano cuenta con suplementos-magazine, pero ya casi ninguno tiene suplementos de cultura, hacer de El Dominical una revista de artes y letras pura y dura sería en verdad un movimiento mucho más audaz que mantenerlo en esa situación coloide entre el magazín y la revista cultural. Y esta edición especial es una buena muestra de que eso se puede hacer sin espantar lectores: todo lo contrario).


Imagen: AP.

13.3.07

21 de IQ

Anoche me sorprendió leer en Perú 21 una noticia según la cual George W. Bush es el presidente norteamericano con menor coeficiente intelectual en los últimos sesenta años. ¿La cifra? 91 puntos. ¿Y por qué me sorprendió?

Porque el texto aparecido en Perú 21 mencionaba a los "prestigiosos intelectuales" del Lovenstein Institute que habían hecho el estudio, y también explicaban la técnica del mismo: habían registrado y evaluado las presentaciones de los presidentes como oradores, textos escritos por ellos sin asesoría, su rendimiento pasado como estudiantes, su manejo del idioma en general, y desde todos esos datos habían arribado al IQ del presidente Bush y más de una decena de antecesores (el más bajo, Bush con 91; el más alto, Clinton con 182: exactamente el doble).

Lo malo es que, hasta donde sé, nadie podría ser un "prestigioso intelectual" y hacer algo tan burdo como pretender calcular el IQ de alguien a partir de datos tan azarosos y sujetos a deformación, recogidos en momentos muy diversos de sus vidas, sin ninguna base en común, y en su inmensa mayoría referidos sólo a las habilidades lingüísticas de los individuos.

Me bastó (como le hubiera bastado a cualquiera que se hubiera dado el trabajo en Perú 21) con entrar un rato a internet para descubrir que el famoso Lovenstein Institute IQ Report es un fraude muy popular en internet, y que todo en la noticia que presenta Perú 21 es absolutamente falso, incluso la existencia misma de los científicos y la organización a la que se atribuye el reporte.

Otros han caído antes: ni más ni menos que The Guardian dio la noticia como si fuera fidedigna, y también el famoso columnista gráfico Garry Trudeau (el de Doonesbury) la tomó como cierta. Pero, ojo: eso fue...¡en el año 2001! Digamos que Perú 21 tuvo seis años para enterarse y no quedar una vez más tan mal ante sus lectores.

En el Perú

Hay algo más que observar en el asunto, sin embargo. La noticia en Perú 21 dice lo siguiente:

"El estudio señala que el resultado que obtiene Bush obedece a su aparente dificultad para el dominio del inglés durante sus intervenciones en público, su limitado uso del vocabulario, que se calcula que es de cerca de 6.500 palabras, contra las 11.000 de las que hacían uso normalmente sus antecesores".
Más allá de lo falso del hecho en sí, vale la pena hacer notar lo absurdo del razonamiento: tendemos a pensar que el IQ es la medida de la inteligencia de una persona, ¿no es cierto? IQ más alto, persona más inteligente; IQ más bajo, persona menos inteligente. ¿Verdad? Pues bien, la noticia dice que uno de los síntomas evidentes del bajo IQ de Bush es su vocabulario restringido.

Si uno le da vueltas a esa idea, se puede dar cuenta de que esa forma de pensar es la que se esconde detrás de la suposición de que quienes no triunfan en la escuela son idiotas, quienes no tienen una carrera universitaria valen menos que los que sí, quienes tienen un habla menos "refinada" están por debajo de los demás, etc.

Se entiende por qué cierta gente ha querido durante todos estos años usar ese argumento falso en contra de Bush: es una manera de colocar al poderoso por debajo de uno (aunque el riesgo es caer en el error de pensar que las cosas que Bush hace las hace por tontería, y no de acuerdo con una cierta lógica).

Al usar ese argumento contra Bush, se consagran otros mecanismos sociales que nada tienen que ver con Bush ni con este juego de poder en particular, sino con varios otros: en el caso peruano, por ejemplo, se consagra el desprecio racista contra quienes tienen un español que suena menos correcto que el nuestro.

(De mis ya lejanas lecturas de Chomsky me queda el recuerdo de que la mente humana es modular, y que el módulo del lenguaje está separado de aquellos otros que corresponden a lo que solemos juzgar como elementos de nuestra inteligencia. De una lectura menos lejana de Stephen Pinkerrecuerdo que ha habido casos estudiados de individuos que pierden por completo la capacidad lingüística y sin embargo siguen siendo capaces de pensamiento abstracto complejo. Esas dos cosas bastarían para no recurrir a comparaciones de estilo y léxico para arribar a conclusiones sobre la inteligencia de nadie).

Pero, más allá de eso, está el hecho de que cada grupo social habla su propio dialecto, y que no hay motivo ninguno para pensar que ciertos dialectos son mejores, ni más ricos, ni más afectivos, ni más funcionales que los de otros. Mucho menos para pensar que los individuos que hablan unos y otros dialectos tienen diferencias de inteligencia en función de sus usos dialectales.

Recuerdo, sin embargo, lamentablemente, las risas y la burlas limeñas ante los acentos serranos y los giros sintácticos que delatan una procedencia provinciana: las mofas contra aquellos a quienes se cree incapaces de hablar como uno. Esas mofas sí deberían contar para el puntaje del IQ, porque el racismo sí es una forma de estupidez.


Image: Geroge Bush, por The One.

12.3.07

Desde Madrid

A través de su columna en Perú 21, Alonso Cueto ha informado a sus lectores sobre los temas discutidos en el encuentro de escritores peruanos y colombianos Literatura y Violencia en América Latina, que organizó la semana pasada en Madrid la Casa de América, y donde él fue uno de los invitados.

Los demás fueron, del lado de los peruanos, Fernando Ampuero, Jorge Eduardo Benavides y Fernando Iwasaki, y del lado de los colombianos, Jorge Franco Ramos, Santiago Gamboa, Juan Gabriel Vásquez y, además, el cineasta más reconocido de nuestro vecino del noreste, Sergio Cabrera.

Precisamente, el primero de los mencionados, Fernando Ampuero, ha tenido la amabilidad de permitirme publicar como primicia el texto de su ponencia, La muerte tiene sesenta mil caras, que coloco aquí debajo. Antes, quiero copiar fragmentos de un mensaje en que Fernando nos resume el encuentro peruano-colombiano.

"Las conferencias de Madrid resultaron interesantes, en particular, me imagino, para ese público que busca en los escritores de América latina el estereotipo más socorrido; es decir, aquellos que reclaman al literato que urde ficciones, pero que también forma parte de la reserva moral del país al que pertenece. Esto, como todos saben, es herencia francesa. Allí, en Francia, los escritores, aupados con gran entusiasmo en el carro de los intelectuales, son el caldo de todas las crisis socio-políticas nacionales. Y así, en sus respectivas mesas, nos lo recordaron Alonso Cueto, Jorge Franco y Santiago Gamboa. Para Cueto y Franco ese rasgo nos diferenciaba notablemente de los escritores del mundo anglosajón, a quienes nadie les demanda que esclarezcan los problemas de la sociedad civil.

"En París, en cambio, todo es distinto", dijo Santiago Gamboa. "Ocurre un incidente a las nueve de la mañana y a las once ya pulula un equipo de periodistas radiales pidiéndole su opinión a varios escritores. Luego, a las cinco de la tarde, se arma una polémica sobre el tema en cuestión con cuatro autores, y a las nueve, mientras los franceses cenan o toman una copa, se discute quién ha tenido la razón. Y así se continúa hasta el incidente del próximo día".

"Los escritores peruanos y colombianos que acudieron a Casa de América, sin embargo, no aceptaron que los encasillen en ese modo de entender el rol del escritor. Todos, incluso Juan Gabriel Vásquez y Jorge Benavides, autores con una obra de marcado tono político, rechazaron esta percepción. "Un escritor debe tener absoluta libertad para elegir los temas de sus libros", dijo Benavides. Y Vásquez acotó que la literatura ha de ser el "bastión de la libertad y que la mejor manera de escribir una novela política muchas veces depende del tratamiento de soslayo de la cosa política, con lo cual no se perjudica el desarrollo de una buena historia"

"Yo, en particular, hice notar mi fastidio por cierta crítica que habla de una "literatura de denuncia", pues esa terminología está asociada a la actitud de los escritores del setenta que escribían (y escriben) con un recetario ideológico sectario.

"Opiné que muchas películas políticas de los setenta eran hoy unas antiguallas, y que la reciente ganadora del Oscar al mejor film extranjero, la excelente producción alemana "La vida de los otros", tenía más posibilidades de supervivencia, porque era una obra que no cargaba las tintas en la propaganda política, sino en el drama humano, en lo eterno de las historias.

"Benavides consideró que era mejor hablar de una "literatura de diagnóstico" y no de una "literatura de denuncia", y compartió conmigo mi "pesimismo con ilusiones", tanto para asumir la vida y la literatura, agregando que aquellos que se declaran "optimistas por lo general son gente mal informada". Cueto señaló incluso que un escritor puede ser político sin hablar para nada de política. Con lo cual yo agregué que la novela Un mundo para Julius, con sus universos de patrones y empleados domésticos tan tajantemente separados, era el mejor ejemplo de ese tipo de novela política que no habla nunca de política.

"Fernando Iwasaki, por su parte, añadió que también se podía ser político desde el humor, ingrediente que tendría que ser tomado más en serio.

"Por supuesto que todos sin excepción se reservaron el derecho de hablar de política, como ciudadanos, pero dejaron en claro que no permitirían que se les ponga etiquetas. La literatura, realista, intimista, fantástica o como quiera que sea, es lo único que importa".

LA MUERTE TIENE SESENTA MIL CARAS
Por Fernando Ampuero

La violencia, ese impetuoso trance del ánimo por el que las personas ceden a la ira, nos recuerda siempre que pertenecemos al mundo animal. Las bestias irracionales, cuando rugen y muerden, lo hacen por hambre, miedo o necesidad de resguardar su territorio; los humanos, como se sabe, revestimos con argumentos propios de nuestra especie tales sentimientos primarios. Desde el bíblico Caín, que ardía de celos frente a su hermano Abel, la quijada de burro es un péndulo eterno que define nuestro paso por el tiempo.

La violencia en el Perú, como expresión colectiva, es muy similar a la que existe en otras partes del mundo. La sociedad peruana, mestiza, pluricultural y, sobre todo, tercermundista, cuenta con motivos que responden a su contexto histórico: diferencias étnicas, económicas o ideológicas, las cuales se traducen de diversas maneras pero que a la larga apuntan más o menos hacia lo mismo: rechazo al abuso, a las hegemonías de un injusto orden político o social, así como la negación de espacios que permitan diluir los prejuicios de orden cultural y racial, y los atavismos mondos y lirondos.

A diferencia del mundo musulmán, la discusión religiosa –la manera de imaginar a Dios, junto a los deberes que le debemos a esta gloriosa fantasía humana–, no nos enfrenta.

A los peruanos, creo yo, nos enfrentan una serie de discordias, frustraciones y resentimientos de larga data. Tan antiguas que, para muchos, ya son una herida que jamás cierra. Nuestras desavenencias comenzaron antes de la peruanidad propiamente dicha. Quiero decir, precedieron a la conquista española. El imperio incaico, una cultura de espléndidos ingenieros líticos y con gran poderío bélico, dominó a otras culturas del antiguo Perú, los Nazcas y los Chimus, entre otros, reconocidas hoy como exquisitos centros de civilización en la costa, pese a tratarse de culturas que rendían culto a dioses sanguinarios como el presunto Dios marino Aipayec, el degollador de los mochicas, pero que sin embargo revelaban a la vez un avanzado desarrollo artístico y tecnológico. Los incas actuaron como los romanos hicieron con los griegos. No los destruyeron, sino que asimilaron esa cultura, aprovechando su notable creatividad, y, tras sojuzgarlos, los incorporaron al imperio. Las culturas pre-colombinas fueron sorprendidas durante estas guerras internas por la llegada de los españoles. Y estos, según cuentan los cronistas, cosecharon tempestades: contaron con la resentida colaboración de los indígenas costeños, quienes darían información a los españoles sobre los invasores incas. Naturalmente, las culturas precolombinas, a su vez, no eran solo un gentío de finos textileros, orfebres y estetas. También se mataban entre ellos, en trifulcas de señoríos, como lo atestiguan los ceramios y los murales de las huacas.

Indudablemente, eso sí, la conquista española acarreó un desastre mayor. Ya no era un mero lío de invasores locales. Los antiguos nativos debían fajarse ahora con invasores foráneos, que los atacaban con cañones atronadores, toda una ruptura de moldes, y, ni qué decir, España no actuó como Roma con la Grecia clásica, ni como los incas con las culturas costeñas del Perú. Las huestes de Francisco Pizarro vinieron a llevarse el oro de las Indias y a extirpar idolatrías. Derritieron los hermosos ídolos de oro de los dioses indígenas y los convirtieron en lingotes. A cambio de tanta rapiña, nos entregaron su idioma, su religión y sus bellas artes. Fundaron ciudades e instauraron métodos modernos de matar al prójimo.

Es difícil, a estas alturas, juzgar lo que aconteció entonces en el Perú. Pero yo tengo una teoría: pienso que, desde que el primer español se amancebó con una india por estos nuevos reinos, no solo nació el primer mestizo en territorio inca, dando lugar a la progenie que convirtió a ese territorio de América en el país que somos ahora, sino que también apareció en la historia uno de los seres más desconfiados del mundo: el peruano.

No hay individuo más desconfiado que este mestizo sudamericano. Los peruanos desconfían de todo. Los han engañado tantas veces, y de formas tan variadas, que ya no creen en nadie. El andino prodiga miradas torvas y el selvático sonrisas taimadas; pero quizá nada supere la desconfianza del costeño, maestro de la suspicacia. Piensa mal y acertarás, dicen los peruanos de la costa con triste y agónica sabiduría. No obstante, el exponente más fino y desarrollado, el escéptico por antonomasia, reside en Lima, zona costera que constituye el núcleo del poder. Un limeño, bien macerado en rumores y chistes venenosos, no te cree ni lo que comes: es alguien que desconfía hasta de su sombra.

¿A qué viene esta personalísima teoría? A que ella, de alguna manera, explica la actitud de los peruanos, seres en permanente colisión con su mundo. El Perú, que es todas las gamas de su mestizaje, nos une y nos separa. Se nos presenta como un territorio hostil, donde campea el cinismo y escasean las oportunidades, en tanto aplasta los sueños de sus habitantes. El Perú, por lo tanto, nos llena de resentimientos, pero, humanos al fin, también de ilusiones. Somos pesimistas con ilusiones, escépticos con expectativas.

Yo soy un mestizo peruano que habla en castellano. En el Perú se habla un centenar de lenguas y dialectos, pero los principales son el castellano y el quechua. El quechua, hasta dónde se sabe, no ha tenido escritura. Los pocos textos que existen en quechua son una castellanización de su fonética. Yo, hispanoparlante, me dedico a la literatura: escribo cuentos y novelas, y lo hago, en efecto, con el idioma del último invasor victorioso, que es, para un tercio del país, la lengua del opresor, de la clase dirigente dominante. Esta forma de ver las cosas, maniquea, polarizada al cien por cien, responde a una arraigada convicción: nuestros gobernantes, gentes invariablemente formadas en la mentalidad del provecho propio, han repetido hasta el hartazgo la conducta del expoliador español. Y a pesar de que hoy vivimos en un régimen político democrático, nos falta mucho para integrar el país en esa forma de gobierno. La democracia sólo tendrá sentido algún día en el Perú cuando las mayorías constaten que la justicia y la igualdad son bienes fraternalmente compartidos.

Con este preámbulo, en fin, pongo mis dudas en vitrina. Yo no sé si en el Perú se puede hablar de una literatura de la violencia, o si lo correcto es hablar simplemente de literatura. Violencia siempre hubo, y no se distingue mucho de la acontecida en otras latitudes. Hubo violencia en las cabezas trofeos de los Paracas y en las cabezas reducidas de los jíbaros. Hubo violencia asimismo, por citar hitos de nuestra historia, en las grandes sublevaciones indígenas, la guerra de la independencia, la guerra del Pacífico y las decenas de cuartelazos o golpes de estado durante los casi dos siglos que tenemos como república emancipada. La violencia, de hecho, no es que más que el énfasis a un punto de vista. La necesidad de orden y de fijar reglas busca precisamente atajar el jaque constante de ese énfasis. A tal punto nos ha sumido la violencia en el caos, y este en la violencia, que en el siglo XIX una famosa banda de salteadores de caminos, encabezada por el negro León Escobar, ingresó como si tal cosa en los salones de Palacio de Gobierno. El bandolero Escobar, fugaz símbolo de su época, se fumó un cigarro repantigado en el sillón presidencial.

¿Esto generó una literatura? No lo creo. Generó más bien un sentimiento de autodefensa, mezcla de desconfianza y buen humor. Más allá de las crónicas y las reseñas de nuestros historiadores, no afloraron grandes cuentos y novelas en el siglo XIX. Tal vez, eso sí, generó un peculiar estado de ánimo, propicio para afilar nuestra percepción. Y eso podría explicar la existencia preponderante de autores como Ricardo Palma, Alfredo Bryce Echenique, el Mario Vargas Llosa de Pantaleón y La Tía julia, el Julio Ramón Ribeyro de Tristes querellas en la vieja quinta, el Jaime Bayly de sus novelas y entremeses y el gran talante de agudos cronistas y humoristas con el que muchos peruanos curamos las tristezas.

Incluyendo al inca Garcilaso, nuestro primer escritor nacional, la literatura peruana es una crónica de la realidad. De ella se nutre la lira satírica de la Colonia y el costumbrismo del siglo XIX, formas de realismo virulentas y amables al mismo tiempo, y de ella además se desprende nuestra narrativa, pasando por el indigenismo y la novela urbana, las dos grandes vertientes que han definido el Perú literario del siglo XX.

Ahora bien, nuestro acendrado realismo, naturalmente, fue un vehículo para exponer las situaciones indignantes (y por cierto muy violentas) que se vivían en el país, cosa que está muy bien desarrollada en los relatos de Enrique López Albújar, Ciro Alegría, José María Arguedas y Manuel Scorza, el canon de toda la literatura con vocación de denuncia de nuestras generaciones posteriores.

Sin embargo, hay a estas alturas una serie de cuentos y novelas recientes, aparecidas entre los años ochenta y principios de siglo, que se ha dado en llamar la literatura de la violencia política. Se refieren con eso a obras que narran historias acontecidas durante los años de la barbarie terrorista que desataron Sendero Luminoso y el MRTA. ¿Estamos en verdad ante una corriente literaria, como sostiene la crítica, o es que tan solo los autores peruanos recogen los acontecimientos que les ha tocado vivir, tal como lo han hecho antes? Tal vez sea lo último. En lo que a mí respecta, yo escribí entonces, según parece, el primer cuento, o uno de los primeros cuentos, sobre esta terrible guerra interna. El cuento se tituló “El departamento” y narraba las desventuras de un individuo que tuvo la mala fortuna de arrendar un departamento en el que antes se había alojado un sospechoso de terrorismo.

Escribí ese relato – lo recuerdo bien – porque estas historias eran algo que yo veía más de cerca que otras personas. El fenómeno terrorista era mi rutina, mi material de trabajo, ya que en esos años, en mi habitual tarea periodística, dirigí el programa televisivo Uno más uno y, posteriormente, ocupé la subdirección de la revista Caretas. Trasladar esa cruenta realidad del periodismo hacia la literatura no fue otra cosa que un tránsito bastante natural. Yo no estaba haciendo literatura comprometida, cosa que jamás ha sido mi intención, sino literatura a secas. Es decir, recreaba una circunstancia dolorosa que ocasionó muchas muertes (tal vez para entenderla mejor).

¿Y cómo me explico entonces este inesperado brote de tantos cuentos y novelas sobre la violencia? Por el mismo criterio con el que mañana podríamos juntar un conjunto de obras sobre otra temática específica, la adolescencia de los peruanos o las dificultades para encontrar trabajo, digamos. Crecer y pelear por un quehacer digno –la adolescencia y el desempleo– son también dramas en el Perú, y de esto hemos escrito mucho. Somos un país lleno de jóvenes y que además registra un 70 % de empleo informal. Hace años se hizo una encuesta en la ciudad de Lima, a propósito de la inmensa devoción que despertaba una santa popular, Sarita Colonia, y, cuándo preguntaron a sus fieles qué milagro les había hecho, la mayoría respondía: “me consiguió trabajo o le consiguió trabajo a mi hijo”. Vivir en una sociedad, donde el hecho de conseguir un trabajo se considera un milagro, puede darles una idea del nivel del desequilibrio social que afecta a tantos peruanos.

A todo ello, el Perú literario, a lo largo del siglo XX, entró en una fase de madurez. O para decirlo con la ironía del poeta Martín Adán, la literatura peruana dejó de ser finalmente un invento en varios tomos de Luis Alberto Sánchez. Hay, pues, un país literario, con diversas preocupaciones, y una de ellas, ciertamente inevitable, ha sido y es la violencia política.

Y es que el terrorismo de los años ochenta e inicios de los noventa constituyó para el Perú una experiencia traumática. Matanzas indiscriminadas (tanto del terrorismo como de las fuerzas armadas), apagones, bombas y asesinatos selectivos, secuestros, masivos desplazamiento de poblaciones, pérdidas económicas, escasez de agua y alimentos.

De toda experiencia traumática sale generalmente una literatura interesante y valiosa. (Surgiría en esta ocasión, a fines del siglo XX, aunque no curiosamente tras la ya mencionada guerra con Chile, de fines del siglo XIX, habiendo sido también ese conflicto un enorme trauma nacional, pues el Perú fue saqueado e invadido por varios años. ¿Por qué no se noveló esa guerra? ¿Porque no se escribe de las derrotas nacionales? ¿O acaso porque estas no duelen tanto como las guerras entre hermanos, las guerras civiles?)

No obstante, las experiencias traumáticas traen asimismo una literatura partidista y panfletaria, con un interés ajeno al arte narrativo. Nosotros tenemos de las dos, pero pienso que nuestros autores, incluso aquellos que dejan flamear banderas en su corazón, tienen la calidad suficiente como para que algunas de sus obras literarias se sostengan. Lo que no se sostiene, en cambio, son varios de sus artículos y sus declaraciones a la prensa. Un conocido escritor, por ejemplo, tropieza hasta en la terminología básica, un desliz francamente inmoral. Al referirse al terrorismo habla de la “guerra popular”, utilizando los falsamente justificativos términos del senderismo. Ya el crítico y estudioso Gustavo Faverón le ha hecho ver con toda razón que, para referirse al Holocausto, al exterminio sistemático de los judíos en la Segunda Gran Guerra, nadie en su sano juicio emplea el término nazi “La solución final”.

Como los demenciales nazis, el terrorismo de Sendero, que tomó lo peor del maoísmo y que postulaba una revolución cultural entre los peruanos, planteó la barbarie como un método para afiliar seguidores. Si el pueblo o los campesinos no se plegaban a su credo, los mataban. Asesinaban al mismo pueblo por el que supuestamente pretendían luchar. Pero ahí, desde luego, no quedó la cosa. Lo mismo, lamentablemente, haría muchas veces el Estado, las fuerzas armadas encargadas de combatir al terror, tal como lo revelara el periodismo en su momento y luego la Comisión de la Verdad y Reconciliación tras la caída de la dictadura fujimorista.

Durante esos convulsos años recuerdo haber conversado en privado con un afligido militar, que estaba horrorizado por lo que pasaba en las serranías del país. Desesperado en su lucha contra un enemigo invisible, y frustrados por no conseguir resultados satisfactorios, me contó que los Operativos de Limpieza del Ejército, acatando una estrategia infame, solían barrerlo todo para asegurarse de eliminar terroristas. Los operativos, en los que buscaban medir la lealtad de la población, se hacían en los pueblos y en los caseríos. El comando enviaba una patrulla a un pueblo y esta sacaba a los pobladores de sus casas, los cuadraba en una larga fila y los amenazaba con sus Fal, exigiéndoles vituallas y alojamiento. Los pobladores, asustados, les daban de todo. Pero unas semanas más tarde, en ese mismo pueblo, aparecía otra patrulla, aunque esta vez sin vestir su uniforme de reglamento. Enmascarados con pasamontañas y vistiendo ropas civiles, iban disfrazados de terroristas. Y si los pobladores se comportaban igual, dándoles vituallas y alojamiento, su suerte estaba echada. Todos los que daban comida a los terroristas eran considerados cómplices. Es decir, la patrulla fusilaba a todo el pueblo, incluyendo mujeres y niños. Y ese operativo lo repetían en otros pueblos.

Creo que esta historia del Operativo de Limpieza da cuenta cabalmente de la tragedia que padeció un pueblo que tuvo que vivir entre dos fuegos. La barbarie rondó a diestra y siniestra, las heridas aún no cicatrizan, y los escritores cuentan, recrean y reflexionan sobre lo que nos sucedió y hasta sobre lo que nos podría suceder.

Los escritores que me acompañan en esta mesa han tocado el tema con gran perspicacia en algunos de sus relatos, Jorge Eduardo Benavides en La noche de Morgana, y Alonso Cueto, en Pálido cielo y en La hora azul, esta última ganadora del prestigioso Premio Herralde de novela. También lo han hecho, con anterioridad, autores destacados como Mario Vargas Llosa en Lituma en los Andes, Miguel Gutiérrez en La violencia del tiempo, y a ellos se suma una importante legión de narradores de todo linaje que ofrecen diferentes modos de asomarse a dicha tragedia. Julio Ortega con su Adiós Ayacucho, Luis Nieto Degregori con Vísperas, Oscar Colchado con La casa del cerro El Pino, Guillermo Niño de Guzmán con Una mujer no hace un verano, Pilar Dughi con El cazador, o bien narradores más jóvenes como Daniel Alarcón en Guerra a la luz de las velas y Santiago Roncagiolo en Abril Rojo. Hay incluso dos muy importantes antologías que reúnen textos literarios sobre este asunto: El cuento peruano en los años de la violencia de Mark R. Cox y Toda la sangre. Antología de cuentos peruanos sobre la violencia política de Gustavo Faverón. Todos estos libros, y sin duda muchos otros con méritos diversos, revelan atisbos o bien miradas detenidas sobre la violencia, sobre sus causas y consecuencias, sobre la enorme miseria y desolación que ha sembrado a su paso.

En tal concierto de voces, yo, como escritor, me siento realmente un tanto al margen. La violencia política, así como la corrupción, me hace trabajar para el periodismo incontables páginas, pero en mi obra de ficción, salvo uno que otro cuento, éstas figuran más bien como una latencia, una ingerencia tangencial o un insoslayable telón de fondo, ya sea en las historias de mis personajes de origen burgués, que pululan en una burbuja, o en aquellas de mis personajes marginales, más expuestos a la descarnada realidad. Y ello, a lo mejor, se ajusta a las luces y sombras de mi visión del país. Yo no lo puedo decir, claro está. No tengo la distancia para semejante ejercicio. Pero en todo caso, pensando en quienes sí puedan decirlo, les puedo asegurar que, en mi lado literario, opto por utilizar la única brújula legítima en medio de la niebla: una desconfianza que se quiere honesta, junto a una actitud de solidaridad, libre de prejuicios, lo más próxima posible a mi modesta percepción de la coherencia y de lo que podría ser la verdad.

Cosa difícil, considerando la avalancha de autores que escriben sobre la violencia. ¿Quién posee la verdad? Todos y ninguno, como siempre. La muerte tiene miles de caras –sesenta mil caras ha contabilizado la Comisión de la Verdad–, y cada escritor, me parece, solo ve algunas de ellas. En cada rostro de nuestros muertos, por una u otra razón, se leen motivos de sobra para discrepar o para aliarnos. La prensa, la sesuda investigación académica, el ensayo literario, aunque parezcan los géneros más adecuados para hurgar y desentrañar ese misterio, nos llevan por lo común a nuevos desacuerdos. El cuento y la novela, por el contrario, son más abiertos, quizá porque las más de las veces se trata de textos que en vez de decir prefieren sugerir, y por esa vía iluminan con mejores luces los pasajes más oscuros. En esto, me parece, estamos casi todos. Muchas gracias.

11.3.07

El día del cerdo

Hace exactamente diez años, Marie Darrieussecq pasó de ser una novata desconocida en las letras francesas a ser la gran estrella de aquel momento, merced a los doscientos treinta mil ejemplares que su primera novela publicada vendió sólo en el año de su lanzamiento y sólo en su lengua original.

La novela fue traducida dos veces al español, con títulos diversos pero sinónimos: Marranadas según Alfaguara y Chanchadas según Aguilar. Y la premisa de la historia, que ha sido profusamente comparada con el argumento de La metamorfosis de Kafka, ya la conocen de seguro: una mujer se transforma en un chancho.

Darrieussecq fue muy transparente al contar cómo se le ocurrió el nudo de ese relato: sólo tuvo que pregu
ntarse cuál sería la mutación más atroz, más denigrante, más vejatoria que podría ocurrirle a una mujer. Y la respuesta le vino de forma inmediata: convertirse en un cerdo. Es decir, volverse un sinónimo de suciedad, de carne animal y de fealdad física.

El título del libro es clave para entenderlo: Truismes, en el original, alude tanto a "marranada" como a "verdad evidente" (pues en francés se usa como cosa común ese anglicismo). La verdad evidente que la novela quiere contar es la de la sujeción de la mujer y la forma en que la sociedad tiende a tratarla como un objeto. ¿Qué clase de objeto?

La traducción británica responde a esa pregunta de manera simple y brillante: en inglés la novela se llama Pig Tales, es decir, "historias de cerdos", pero la frase "pig tales" suena como "pigtails": "colitas de chancho". Es la historia de una mujer reducida a ser un pedazo de carne, y siempre bajo el riesgo de que el próximo hombre que se le cruce por delante sea el carnicero que la descuartice.


Precisamente, el "truísmo", la verdad evidente de la novela, es que en nuestro mundo la mujer ha sido secularmente transformada en un pedazo de carne y que esa manera de ver a la mujer es la columna vertebral del sexismo, la discriminación y la desigualdad entre los sexos.

Pero, ¿por qué escribir una novela sobre un "truísmo", es decir, sobre poco menos que una verdad de perogrullo, que todo el mundo sabe perfectamente? No es un ejercicio inútil. De hecho, hay intelectuales de la talla de Noam Chomsky que consideran que repetir ciertos "truísmos" una y otra vez es un deber de los ilustrados: su compromiso por hacer que una idea pase de ser obvia, entendida y percibida como verdad, a ser asumida y convertirse en el motor de un cierto cambio social o cultural.

Pero, ¿es que hay alguien con cierto nivel de inteligencia que sea todavía capaz de equiparar a la mujer con un pedazo de carne y no darse cuenta de que en eso se esconde la clave de la discriminación? Por supuesto que lo hay: están, por ejemplo, los cavernícolas estadounidenses que han propuesto crear una celebración de lo que ellos entienden por "masculinidad": un día al año en que las mujeres les cocinen a sus parejas un pedazo de carne y les regalen una felación...

Después de todo, parecen pensar estos animalitos de dios: ¿para qué sirven las mujeres si no para la cocina y el sexo oral? ¿No es necesario al menos un día al año en que quede claro y distinto quién es el macho de la horda?

Aunque la propuesta no tiene la menor acogida en el lugar donde se ha originado (la blogósfera norteamericana), salvo entre nerds adolescentes, chibolos con problemas de autoafirmación y especies similares, el hecho es que ya tiene dos tempranos impulsores en el Perú (aquí y aquí), dos bloggers que, según parece, encuentran fascinante la ceremonia de un bisteck y una mujer arrodillada para reafirmar que el hombre es el amo de la tribu.

Claro, viendo estas cosas en el año 2007 uno entiende cómo es que un cuarto de millón de franceses se pudieron interesar en lo que Marie Darrieussecq tenía que escribir sobre la idea de la mujer-carne en el año 1997, y millones de otros lectores (y sobre todo lectoras, de seguro) alrededor de la tierra en los años sucesivos.

Y uno entiende por qué todas las minorías discriminadas en función de su opción sexual o de su género han recurrido tarde o temprano a la metáfora de la carne para explicar su sentimiento de marginación y cosificación: allí están las novelas de Reynaldo Arenas y los relatos de Virgilio Piñera, por ejemplo, y los recuerdos de Jean Genet, los ensayos de Hélène Cixous y Judith Butler, etc, etc.

Imagen superior: fotomontaje gfp; segunda imagen:
el grotesco logo que identifica a la campaña, con
los dos pedazos de carne necesarios: el bisteck y la
boca de la mujer.