En la Católica, cuando era yo estudiante, la gente tenía la costumbre de llamar doctor a los profesores. Sobre todo los empleados de los diversos departamentos: le decían doctor a cualquier maestro (e incluso a algunos jefes de práctica). Y los profesores aceptaban ese trato, a pesar de que el noventa por ciento de ellos no tenía ni habría de tener nunca un doctorado en nada. En México la costumbre es llamar licenciado a cualquiera con un cierto cargo que implique cualquier tipo de autoridad o responsabilidad: licenciados por todas partes, licenciados en las mesas de parte, en las aulas, en los pasillos de cualquier juzgado, en las escaleras de todos los ministerios. Dígame licenciado, decía el personaje de Chespirito.
Transnacionalmente, flotando por sobre todas las fronteras, hay un trato que me resulta incluso más risible e irritante: poeta por aquí, poeta por allá. Todos los mortales que escriben en verso, desde el más olvidable versificador hasta el más brillante iluminado de las musas, se llaman poetas unos a otros:
"Nos metimos una tranca con el poeta Pepito y el poeta Juanito; el poeta Luchito está enfermo y sus amigos el poeta Pedrito y el poeta Pablito le van a rendir un homenaje en la plaza frente a la casa del poeta Ricardito; al poeta Ramirito lo han metido a la cana porque lo encontraron borracho tirado en la pista saliendo del departamento del poeta Rafaelito: es un atentado de la represión contra la poesía, que vive en el pecho del poeta Rodolfito".
Y después uno lee sus obras y se pregunta qué significa la palabra poeta para estas personas que tan a flor de labios la tienen día tras día: ser llamado poeta en el Perú es más fácil que ser llamado doctor en la rotonda de Letras o en el patio de San Marcos, o licenciado en una alcaldía mexicana. En el submundo de los que se autodenominan poetas, escribir cualquier verso, incluso si es a todas luces anodino, lo pone a uno en contacto con los dioses y por encima de la comprensión de los demás mortales, y muchas veces más allá del bien y del mal.
Me pregunto si eso no es parecido a la que está ocurriendo con la palabra blogger. Claro, me podrán decir que blogger es una categoría discreta y tangible: si tienes un blog, eres un blogger. Pero eso me suena un poco simplista; me suena a cuando Susy Díaz se pone una tanga de lentejuelas y mueve trabajosamente los muslos en giros espasmódicos de ritmo más bien antojadizo y pide que la llamen artista. O como cuando Magaly Medina latosamente dice ejercer como periodista de investigación por dedicarse a corretear futbolsitas con una cámara a "altas horas de la madrugada".
(Magaly Medina, la única vez en que conversamos, en una cena de Teve+, hace una década, me repitió una y mil veces que ella era una persona muy leída, muy culta, que deglutía libros a una velocidad abismal y seguía mis reseñas de libros semana a semana: tiene un afán de reconocimiento intelectual que de ninguna manera se condice con su oficio, que es la bataclanización del periodismo).
¿Qué hay detrás de la consagración del término blogger como distintivo de una comunidad? En todas partes, pero de modo claro en el Perú, la categoría parece acarrear una ética un tanto enclenque: el blogger es dueño de un espacio virtual en el que hace lo que quiere, gobierna según su capricho y decide pragmáticamente, ya montado en el caballo, lo que es permisible y lo que no.
El asunto de los comentarios anónimos es un ejemplo concreto: no hay blogger que no se enfrente a él tarde o temprano, y cada quien se piensa libre de decidir sobre él como mejor le parezca. La única vez en que un grupo de bloggers (Silvio Rendón, Daniel Salas, yo mismo y algunos otros) propusimos que se llegara a un acuerdo compartido acerca de qué tipo de comentarios eran permisibles y cuáles no, se nos acusó inmediatamente de pretender establecer una censura. Como si cualquier pacto social fuera indiscriminada represión.
Curiosamente, quienes nos acusaron de esa violencia censora procedieron a llamar a la discrepancia "Guerra de los Blogs", quizá excesivamente entusiasmados por algún juego de roles que los marcara en la --aparentemente inacabada-- infancia. ¿Cuál fue la consecuencia visible de esa "guerra" que ciertos bloggers libraron en defensa de su libertad de hacer lo que a ellos se les diera la reverenda gana?
La consecuencia está a la vista: la blogósfera prospera en violencia, se acostumbra a los blogs basura, miles de calumnias, injurias y difamaciones contra decenas de personas públicas y no públicas están en internet y pueden ser leídas por cualquiera. Y cuando alguien, como ha sido recientemente el caso del poeta, crítico y novelista Mirko Lauer, observa la falta de ética que todo ello supone, la respuesta es pasmosa por su incapacidad de autocrítica: se dice que Lauer no entiende nada porque hay una "brecha generacional" entre él y los bloggers, que Lauer no sabe cómo funciona el nuevo mundo, que es una tontería molestarse por los insultos. (O se entra en discusiones marginales acerca de que el Twitter no es un blog ni un website sino una red virtual de mensajería). O se dice, demostrando una aun mayor falta de criterio, que por qué se queja tanto Lauer si a él no se le ha insultado mucho. Como si sólo pudieran proponer un comportamiento ético las víctimas mayúsculas de los atropellos.
Lauer --hay que recordarlo-- fue el primer columnista de la prensa escrita en notar que ciertos blogs peruanos habían superado largamente a sus contrapartes impresas: escribió en La República, por ejemplo, que los llamados "blogs literarios" eran en conjunto muy superiores a las secciones culturales de los diarios limeños. No es ésa la afirmación de alguien que es incapaz de comprender la importancia (actual y, sobre todo, futura) de los blogs en la vida social y cultural del país. A Lauer no le molestan los blogs: le molesta el uso poco ético de ciertos blogs.
La lógica que se esconde detrás de la noción de que los blogs tienen derecho, por ejemplo, a publicar comentarios anónimos injuriosos, sin siquiera responsabilizarse por ellos, no es en lo más mínimo una lógica novedosa, propia de una generación joven que ha crecido pensando al mundo con ojos que los mayores no pueden comprender. Es, más bien, la lógica del diario chicha, la lógica de la sección de vilipendios sin confirmar de Correo, la lógica de la zona liberada para la anarquía, el duty free de la amoralidad: el difamador anónimo es el juez sin rostro de Fujimori, el que tira la piedra y esconde la mano, el que escribe silenciosamente en la pared de un baño y sale corriendo. No hace falta pertenecer a una u otra generación para comprender eso.
El anonimato en los blogs no es una novedad: es la nueva forma de la capucha que se pone el ladrón antes de entrar en la casa ajena, con la única diferencia de que, en este caso, si un blog le abre la puerta, el ladrón puede entrar en casi todas las casas del planeta.









