2.10.06

El privilegio hispanohablante

Jorge Edwards, que ha escrito muy buenos libros y también libros medianos, es un especialista en la opinión sin sustento.

Ayer, en el discurso con el que inauguró el Sexto Congreso Iberoamericano de Editores, en Madrid, ha dado una muestra más.

El cable de EFE ha sido muy recortado en
La República, medianamente recortado en otros diarios, y puesto en una versión larga en El Universal, de México, así que les dejo un enlace a ese diario por si quieren leerlo completo.

En resumen,
Edwards dice que hablar español es un privilegio (no explica por qué), que ser parte de una comunidad de hablantes tan grande y enérgica nos vuelve partícipes de "una de las claves del mundo moderno" (no explica por qué, o por qué eso es bueno), y celebra que la producción editorial de España convierta a ese país en una potencia librera (no explica cómo es que eso beneficia a la inmensa mayoría de hablantes de español que no son españoles y no tienen acceso a esa producción, ni se detiene un segundo a considerar cuáles son los supuestos beneficios de que España acapare la gran mayoría de la producción librera en nuestro idioma, y, por tanto, una buena parte de la formación intelectual de los latinoamericanos que sí tienen acceso a ella).

Imagino que a estas alturas de mi post alguno que otro lector debe estar pensando que mis quejas contra
Edwards contradicen lo que yo mismo escribí hace unos días, en mi pequeña nota sobre las lenguas de la selva en peligro de extinción: en ellas dije que el aprendizaje de español podía ser más valioso para ciertas etnias poblacionalmente reducidas que la conservación de sus idiomas.

No es una contradicción. Por un lado,
Edwards tiene, con respecto al español, la misma consideración sentimental que tienen hacia aquellas otras lenguas quienes denuncian su extinción: cuando Edwards dice que el español es un "fenómeno de lucidez, de energía", está esencializando el valor de ese idioma de un modo no muy distinto al de quienes lloran la desaparición de una lengua minoritaria como si con ella se extinguiera algo así como "el alma" de un pueblo.

Mis razones para decir lo que dije sobre el español y ciertas lenguas selváticas, hace unos días, fueron pragmáticas: hablé de la utilidad del aprendizaje del español para cierto grupo de personas. Ahora, se me podrá decir que
Edwards habla de lo mismo: es un privilegio hablar español porque nos coloca en una comunidad enorme, llena de posibilidades, de ofertas, etc. Me parece que Edwards no lo ve del todo así, y quiero explicarlo.

Curiosamente, yo, que creo estar bastante a la izquierda de
Edwards (tarea fácil, claro) esgrimía un argumento pragmático que mucho tenía que ver con la defensa de posibilidades individuales: aprender español, para un selvático marginado, no es un privilegio, sino una herramienta penosamente necesaria. Edwards, en cambio, a quien se suele describir como un neoliberal, esgrime una razón colectiva y casi colectivista: el español es, para él, una suerte de arma identitaria con la que las culturas latinoamericanas (cito) "avanzan por el sur de los Estados Unidos en una especie de revancha histórica".

Difícil percibir cómo eso y el crecimiento editorial español son parte de un mismo fenómeno que haya que celebrar: la ex metrópoli produce más trabajo intelectual, más lectores activos, más escritores publicados que toda Hispanoamérica en conjunto, luego instala las filiales de sus casas editoras en esos países y decide el gusto literario y las lecturas de esas sociedades desde un impulso en el que nada cuenta excepto el negocio, el valor comercial y la recuperación rápida de las inversiones.

Por otra parte, los latinoamericanos, empujados casi siempre por la pobreza de sus países, migran a los Estados Unidos y una vez allí lidian con el idioma (el suyo de origen y el nuevo) de maneras muy distintas: muchas veces arrojándose a sí mismos a ghettos que los desconectan del resto de la sociedad, tanto como la distancia y la pobreza los han desconectado de su antiguo origen: esos suelen ser los latinoamericanos que participan en la "revancha histórica".

¿Cuál de esas dos cosas es la que llena de orgullo a Edwards? ¿Cuál de ellas es nuestro privilegio?

3 comentarios:

René López Villamar dijo...

Normalmente eres muy claro en tus exposiciones, pero ahora poco me ha quedado claro. Sobre todo, de donde sale tanta furia para con Jorge Edwards. Saludos.

mala idea dijo...

A mí me quedó clarísimo. Y no veo dónde está la furia; lo que hay es saludable distancia y una crítica de las afirmaciones sin fundamento, del intelectual jubilado de la cabeza, del facilismo resultón. Es la gimnasia moral que suele practicar Puente Aéreo, la que agradezco infinitamente cada vez que lo visito. Que ahora es casi a diario.
A.

Gustavo Faverón Patriau dijo...

Gracias. Y para René: en verdad me sorprende que encuentres "furia" contra Edwards. No creo haber dicho nada que no sea justificable, y no tengo nada contra la persona de Edwards, sino contra la práctica del lugar común, que se ha vuelto su ejercicio constante.