Las mismas mentes brillantes que nombraron "persona del año" a media humanidad por usar internet el año pasado, llegaron cuatro años atrás, luego de arduas consultas con infinidad de expertos, a una conclusión acerca del misterio de Bin Laden: "el líder de Al Qaeda está vivo o muerto".
Curiosamente, los otros genios, los de la blogósfera, que ahora descubren con efecto retardado esa noticia del año 2003, han notado que los periodistas de la alianza que reúne a Time y CNN no sólo son capaces de decir idioteces, sino que son capaces de decir las idioteces más grandes del mundo.
Y pensar que, hace sólo unas semanas, derramaron lágrimas de emoción explicando cuán lúcidos eran esos periodistas al elegirlos "personas del año"... a todos. Por supuesto, a quienes ven CNN y se enteran del contenido de Time con alguna frecuencia (cosas, las dos, que son poco menos que inevitables en este país), la chatura intelectual de ambas afirmaciones no les resultará sorprendente.
CNN, después de todo, es la cadena de televisión que desde hace un mes y medio dedica no menos de diez horas diarias (diez horas diarias) al caso de Anna Nicole Smith, en tiempos en que su país sigue metido en una guerra invasora al otro lado del planeta.
Y Time es la revista que año tras año nombra a los periodistas de CNN como los más eficientes, influyentes y transparentes del mundo.
En conjunto, CNN y Time, durante el mes de enero, dedicaron una atención infinitamente mayor a la noticia de la "persona del año" (noticia inventada por ellos, noticia que no es noticia) que a las elecciones ejecutivas y parlamentarias en Iraq, el hecho de que el conteo de votos demorara más de un mes, que todos los participantes tuvieran razones para sentir que habían perdido, y que, a causa de ello, ese periodo postelectoral presenciara el más marcado incremento de la violencia terrorista en las calles de Baghdad y de la guerra civil en el interior de dicho país, que aun hoy sigue en escalada.
Es decir, CNN y Time son la perfecta alianza que mantiene a los norteamericanos pensando en las musarañas y distraídos de cualquier tema crucial de la política actual: forman una cadena de noticias que debería ser estudiada por todos los que se interesen en la mecánica de las cortinas de humo y las maniobras distractivas ad hoc (mucho más que Fox, que es tan abiertamente derechista que resulta una vergüenza demasiado obvia).
De hecho, la misma pantalla de CNN que contenía la vergonzosa metida de pata que mencioné hace un instante, contenía una frase mil veces más significativa: "la caza de Bin Laden": son los términos que le convienen a Bush, la idea de que, si su gobierno anda por allí haciendo añicos Iraq, Afghanistán y, en un futuro cada vez más anunciado, Irán y dios sabe qué otros lugares, no es porque estén lanzando una guerra de conquista, sino porque están buscando al gran anticristo.
Tonterías casuales, tonterías adrede y maldades planificadas: esa es la combinación. Funcionaba igual en la prensa chicha.
La próxima vez que Time y CNN consideren que los comentaristas de internet les están metiendo ya demasiado palo, o demasiado palo al gobierno americano, ¿qué harán? ¿Anunciarán que un equipo de expertos ha descubierto que todos los bloggers del universo tienen un IQ sobre 200 y están destinados a regir a la humanidad?
Puede ser, porque, después de todo, con la boutade anterior, la de los quinientos millones de personas del año, quedó en claro que los blogs mayores, tipo Hufftington Post, ven mellada su capacidad de acrecentar la ola expansiva de sus noticias cuando los miles de pequeños blogs que son sus cajas de resonancia se distraen en la contemplación de sus ombligos y se convierten en aliados involuntarios de la prensa tradicional.
Un lector del blog me pidió hace unos días que republicara un artículo mío de hace seis o siete años, una nota que escribí para mi antigua columna de Somos acerca del escritor polaco Jerzy Kosinski.
En verdad, pensé que ya no la tendría, pero me equivoqué: encuentro que hasta mi computadora, después de todo, saltando de disco duro en disco duro, ha llegado un file con buena parte de mis artículos de esa época.
Pongo aquí el que me pidió el lector y, quién sabe, por allí que me decido y voy sacando del olvido los demás también, poco a poco.
EL INDULTADO
Jerzy Kosinski —por su vida más que por su obra— fue uno de los personajes más polémicos de la literatura contemporánea. Su novela Desde el jardín será sin duda la mejor defensa de su memoria en el futuro.
Autodestructivo y, sin embargo, vivificante; depresivo pero inventor de fantasías cristalinas: Jerzy Kosinski fue un sujeto esquizoide que ocultó durante casi toda su vida una sombría tendencia al sadomasoquismo, una mitomanía que hoy se ha vuelto legendaria, una sordidez implacable y un esclavizante, tortuoso complejo de inferioridad. Colocado por azar y fingimiento en el centro del escenario del jet set americano desde principios de los setenta, este personaje huidizo fue descrito por algunos como el hombre más simpático del mundo, y el más brillante, y logró encandilar en poco tiempo —mediaron trece años entre su salida de Polonia, su tierra natal, y el éxito crítico que obtuvo con Desde el jardín— a una legión consistente y numerosa de lectores.
Irónicamente, sin embargo, y pocos años antes de su muerte, ocurrida por propia mano en 1991, Kosinski conoció también la cara más detestable de la luz pública: tras descubrirse en los ochenta que su pobre manejo del inglés escrito hacía improbable que fuera el verdadero (o el único) autor de sus ficciones, y pese a la ardorosa defensa de instituciones tan serias como la Universidad de Yale y el New York Times, Kosinski debió eclipsar su presencia en el mundillo cultural americano y ver cómo llovían sobre mojado otras acusaciones igualmente demoledoras: se dijo y se probó que largos pasajes de su obra narrativa eran extractos y traducciones de fábulas populares polacas, de sagas antiguas, de piezas folclóricas de la Europa oriental; que sus argumentos reproducían en mucho las historias de autores anónimos que, en lengua polaca y en hebreo, él había escuchado y leído durante su juventud; que a su servicio trabajaba un pequeño ejército de lo que la jerga del oficio llama negros literarios, es decir, autores primerizos o veteranos de poca monta que reescribían sus textos, preparaban versiones preliminares o corregían minuciosamente los borradores de Kosinski , y que el polaco sólo ensayaba sobre esos papeles correcciones de estructura narrativa, de concepto, como un capataz que verifica cada mañana, preocupado, sí, pero no mucho, qué tal marchan las cosas en la plantación.
El viento posmoderno, que ya ha restado preponderancia a la idea del individuo como autor único en el teatro y en las artes plásticas, parece soplar ahora en la literatura. Lo hace en favor de la memoria de Kosinski, y es, por ejemplo, la causa de que denuncias similares acerca de Raymond Carver no mellen la celebridad del americano. Los libros de Kosinski vuelven a leerse al cabo de los años, pasada la tormenta, y hoy parece lo de menos si fue su mano la creadora o si sus libros fueron el fruto de un encubierto trabajo de equipo: sus personajes, los cruelmente sardónicos y los monstruosos, los travestidos y los desbordados de bondad o de irónica inocencia —tal es el caso del protagonista de Desde el jardín—, son demasiado apelativos para el lector contemporáneo como para que uno se pierda de disfrutarlos en función de una sospecha sobre su origen adulterado.
Y es bueno reconocer, además, que incluso si el escritor polaco no fue su único padre, sí supo elegirlos o reconstruirlos de modo que fueran finalmente una expresión desgarradora de su propia naturaleza: Kosinski fue forzado desde la infancia, como el abrumado señor Chance, personaje central de esta novela, a omitir su pasado, a carecer de historia, a vivir en un perpetuo presente, a adoptar un nombre ajeno y perseverar en la mentira. En el caso del escritor, se trató de un desesperado recurso familiar para escapar del holocausto en Varsovia; en el caso de Chance, la impostura se confunde con la verdad, y es el infortunado producto de la ceguera paterna y su indolente sobreprotección: Kosinski, al cabo de varias décadas, parece acusar a su propio padre por haberlo condenado a la despersonalización, pero también hace que su personaje luzca como una reivindicación de sí mismo. Con la breve vida pública de Chance, con la manera tragicómica en que la estupidez ajena lo encumbra y lo promueve, Kosinski parece decirnos que, finalmente, aunque todo en su vida fuera falso, eso no era gran problema, pues la falsedad, al fin y al cabo, en un escenario caótico como forzosamente es el mundo, no es sino una forma más de la existencia.
Así como alguna vez hubo existencialismo y luego el capital lo convirtió en un etiqueta para vender bluejeans con hueco, y alguna vez existió el punk y el mercado lo trasformó en Billy Idol, así también una vez, paradójicamente, pareció existir la hiperrealidad --cuando leímos sobre ella en las páginas de Jean Baudrillard--, hasta que Hollywood se dio maña para hacerla aun menos tangible y para esconderla en el fondo de una pantalla, en The Matrix.
Hoy, por desgracia, parece que la idea misma de hiperrealidad, las ideas del simulacro y la simulación, en el imaginario de los consumidores ilustrados, no son ya las que planteó Baudrillard: son la caricatura pobretona engendrada por los hermanos Andy y Larry Wachowski en ese proyecto cinematográfico en el que, no por nada, Baudrillard se negó a participar.
Y ya muerto, desde ayer, el sociólogo francés, ahora que comienzan los homenajes, uno se pregunta si la academia será capaz de resucitar el trasfondo de preocupación política y la crítica de la alienación del capital que fue el primer impulso de Baudrillard, o si se conformará con que se lea para siempre su obra como si no fuera mucho más que una fuente semicultista para cierta literatura fantástica de segundo orden.
Haría falta, por ejemplo, recordar que, cuando Baudrillard habla del simulacro, la simulación y la hiperrrealidad, no lo hace con el tono celebratorio de esos despreocupados que parecen haber entendido que la postmodernidad es una fiesta: lo hace con el espíritu de un postmarxista que quiere denunciar un proceso perverso, un proceso de vaciamiento semántico, un enmascaramiento alienante.
A mí me resultaría interesante, por ejemplo, que se estudiaran cosas tan cercanas, palpables y coyunturalmente importantes como la historia reciente de la prensa peruana a la luz del célebre pasaje en que Baudrillard describe lo que él llama "las fases de la imagen" en el proceso de simulación y vaciamiento de la información en la cultura contemporánea:
"Estas serían las fases sucesivas de la imagen:
1. Es el reflejo de una realidad básica. 2. Enmascara y pervierte una realidad básica. 3. Enmascara la ausencia de una realidad básica. 4. No tiene relación alguna con ninguna realidad: es su propio simulacro. En el primer caso, la imagen en una apariencia benévola: la respresentación es del orden del sacramento. En la segunda, es una apariencia malvada: es del orden del maleficio. En la tercera, juega a ser una apariencia: es del orden de la hechicería. En la cuarta, no está ya más en el orden de las apariencias, sino en el orden de la simulación".
Yo tengo la sensación extraña de que ya estamos bastante metidos en la fase 3 (excepto por César Hildebrandt, que anda en fase 4 desde hace tiempo). Una de las cosas que me hacen pensar eso es el hecho de que incluso la prensa "moralista" o "moralizadora" sea eminentemente inmoral: una máquina de denuncias y destapes que vive en la inercia de la acusación pero evidentemente no se diferencia gran cosa de la inmoralidad del mundo que denuncia: la "ausencia de realidad" que ella enmascara es la ausencia de una moral elemental y una ética básica. Por eso es que todos los medios tienen una inmoralidad que denunciar y otra que encubrir: porque ambas, en el fondo, les importan muy poco por sí mismas, ambas son fantasmas.
Ok, ya que mencioné a García Márquez en el post anterior, y ya que el colombiano anda de cumpleaños, aprovecho para colocar aquí, juntas, estas dos imágenes que han invadido internet entre ayer y hoy.
Parece tratarse de un segundo round (con diálogo telescópico, vaso comunicante, salto proléptico y demonio reprimido) de la célebre bronca entre García Márquez y Mario Vargas Llosa.
Pero no. El colombiano aparece magullado por el certero puñetazo vargasllosiano en un retrato tomado hace más de tres décadas por Rodrigo Moya (el famoso fotógrafo que ha aparecido de pronto en la prensa mexicana con una nueva explicación de la pelea). La imagen del peruano, por su parte, fue captada apenas ayer en una ceremonia pública a la que se presentó como lo ven: cubierto de rasguños.
(Leí esta mañana, supongo que por quinta o sexta vez, Crónica de una muerte anunciada. No fue como parte de una maratón para celebrar a GGM: ni siquiera me di cuenta de que era su cumpleaños. Fue casualidad. Hoy tenía que dar una clase de tres horas sobre esa novela, así que me encontré a mí mismo rindiendo un homenaje involuntario. En buena hora: es un relato estupendo, sin duda: acaso el libro más redondo (pero no el más ambicioso) del colombiano después de Cien años de soledad. Aunque Cien años está kilómetros por encima del resto de su obra, digan lo que digan los esnobs que ahora, súbitamente, creen descubrir que casi cualquier otro libro de GGM es mejor).
En lugares tan incomprensibles como el Perú, me he topado con gente a quien la palabra "beca" le suena siempre profundamente sospechosa.
Y si el dinero de la beca viene de Estados Unidos, peor: recibir una de esas becas debe de ser como firmar un pacto con el diablo, rematar el alma a beneficio de Mefistófeles y, por supuesto, a beneficio de uno mismo.
¿Una beca con dinero de la Fundación Rockefeller? Eso es una compraventa de la honra y una renuncia a la honestidad intelectual.
Juan Rulfo, como sabemos, no era el más sistemático de los escritores: su disciplina para escribir era vacilante, su dispersión era conocida. Y, además, era tan autocrítico que destruía proyecto tras proyecto apenas después de iniciarlos.
Los dos rasgos en conjunto profetizaban una carrera de tareas inconclusas y textos abandonados a morir en el escritorio.
Todos sabemos que Rulfo escribió y publicó dos libros durante su vida: el volumen de cuentos El llano en llamas y la novela Pedro Páramo (que el hoy octogenario Gabriel García Márquez alguna vez mencionó como la lectura que más lo ha conmovido en su vida junto a La metamorfosis de Kafka).
Lo que no todo el mundo sabe (o recuerda) es que Rulfo escribió nueve de los diecisiete cuentos de El llano en llamas gracias a una beca del Centro Mexicano de Escritores, con fondos de la Fundación Rockefeller, durante un plazo de dos años, que era el tiempo de la beca.
Y que, además, escribió Pedro Páramo durante los dos años siguientes, otra vez bajo el compromiso de una beca idéntica, también provista por la Fundación Rockefeller a través del Centro Mexicanode Escritores.
Es decir: los únicos proyectos literarios que Rulfo llegó a culminar fueron primero aprobados por un jurado nombrado por los proveedores de la beca (en efecto: Rulfo presentó para las becas, respectivamente, el proyecto de El llano en llamas y la novela Los murmullos, título que luego cambió, afortunadamente, por el de Pedro Páramo).
¿O sea que le vendió su alma al diablo?
Más curioso es esto: antes de encontrarse con esas becas, Rulfo había escrito ya algunos cuentos, y había publicado pocos de ellos en dos revistas mexicanas: América y Pan. A la primera, él le tenía que pagar por cada texto suyo que fuera publicado. La segunda revista la solventó él casi por completo.
Es decir, era un escritor como lo ha sido la inmensa mayoría en América Latina: autofinanciado, incapaz de encontrar a nadie más que creyera en su talento como para arriesgar unos pesos en él. Y parecía condenado por la falta de recursos a convertirse en uno más de los cientos o acaso miles que dejan la carrera antes de hacer en ella todo aquello de lo que son capaces.
Los enemigos de las becas dirán si hizo bien en recibirlas.
No parece haber sido difícil para la comunidad literaria peruana aceptar a Daniel Alarcón como uno de los suyos.
Si uno ve el caso con atención, notará que la cosa no era tan previsible: Daniel, después de todo, tiene de peruano el nacimiento, la tradición familiar, los regresos materiales y simbólicos al Perú y la preocupación temática en sus libros, pero escribe en otra lengua, y la lengua, tradicionalmente, ha sido la gran definidora de las tradiciones nacionales.
Esa aceptación es, entonces, un paso adelante en algo que parece inevitable (y que sería una tontería tratar de evitar, por cierto): la quiebra paulatina de las fronteras literarias, la lenta pero constante demolición de la noción romántica de literatura nacional (y decir esto, por cierto, no equivale a comprarse todo el rollo de la famosa globalización).
Eso hace más interesante la siguiente noticia. Así como la crítica peruana, creo (al menos yo lo he hecho, si eso sirve de algo), ha venido reconociendo a Daniel como uno de los mejores entre nuestros jóvenes, la crítica norteamericana ha dado una primera gran señal de estar en la misma ruta: reconocer a Daniel como uno de los mejores entre los nuevos narradores de Estados Unidos.
¿Cuál es la señal? La prestigiosísima revista Granta, una de las más famosas publicaciones inglesas, ha confeccionado, en su número 97, en base a los votos de críticos mayoritariamente de Estados Unidos, su segunda lista de "los mejores narradores jóvenes americanos" (la primera, una década atrás, incluía a celebridades de hoy como Edwidge Danticat,Jeffrey Eugenides y Jonathan Franzen) y en la nómina de los veinte privilegiados aparece Daniel.
Yo me enteré porque la noticia rebotó hoy en The Guardian, el diario inglés. La página web de Granta no sólo consigna la lista, sino también una breve reseña biográfica de cada ganador (aquí está futbolísitca semblanza de Daniel) y un extracto de alguna nueva obra de cada uno. De nuestro compatriota aparece un fragmento del cuento "The King is Always above the People", que, imagino, consta entero en la versión impresa de la revista.
Hace días que hay un revuelo de protestas en la blogósfera por un plagio cometido por un redactor anónimo del diario La República en perjuicio de un blogger llamado José Alejandro Godoy.
El lugar del plagio fue la columna de chismes políticos del diario, Ofidio, y la fuente copiada fue un largo y minucioso post de Godoy sobre los abogados que candidatean a un puesto en el Tribunal Constitucional del Perú.
La historia, sin embargo, es mucho más llamativa y divertida que eso. A decir verdad, parece una combinación de comedia de errores con novelita policial sin misterio. ¿Cómo así? Empecemos por ver el párrafo plagiado en su versión original:
"Aníbal Quiroga León fue abogado de los hermanos Winter en el despojo ilegal de Frecuencia Latina a su accionista mayoritario Baruch Ivcher, en 1997. También ha patrocinado a la fábrica de fideos Lucchetti, que construyó una fábrica en los Pantanos de Villa, una de las pocas reservas naturales que le quedan a la ciudad de Lima. Además, como se puede apreciar en el libro Homenaje a Jorge Avendaño, editado por el Fondo Editorial PUCP, Quiroga copia de manera literal párrafos enteros y las conclusiones de un trabajo elaborado por su colega Gorki Gonzáles Mantilla sobre la enseñanza del derecho en el Perú. En el 2004, Agencia Perú alertó que Quiroga era parte de un pool de abogado que pretendía denunciar al Perú ante el sistema interamericano de derechos humanos por los procesos anticorrupción".
Lean con atención el párrafo y verán que el blogger Godoy hace en él una enumeración que comienza mencionando la relación del abogado Quiroga con hechos reprobables que todos los peruanos recuerdan: su vinculación con los Winter en el saqueo de Frecuencia Latina y su conexión profesional con el también oscuro caso Lucchetti. Luego añade: "además... Quiroga copia de manera literal...", etc.
Es decir, entre las oscuridades de Quiroga, Godoy menciona el hecho de haber "copiado de manera literal" la obra de Gorki Gonzales. Posteriormente, Godoy añade otra "perla" de Quiroga: su participación en la conjura para denunciar al Estado Peruano ante la CIDH por los procesos anticorrupción.
Está bastante claro el mensaje: según Godoy, Quiroga es una persona poco confiable, por decir lo menos, en vista de unos antecedentes que incluyen vínculos con los Winter, con Lucchetti, con la cojura fujimontesinista y con la copiandanga editorial...
Entonces entra en escena un periodista anónimo y poco honesto del diario La República, que entiende exactamente eso en el párrafo de Godoy y decide tomar el párrafo, hacerle ligeros cambios y luego publicarlo como propio. En su versión, como suele ocurrir en los textos de todos los periodistas que acusan pero no han confirmado las pruebas, aparecen los verbos en condicional y un "casi", como quien se lava las manos en caso de una contradenuncia. El párrafo en La República decía lo siguiente:
"Además, como se puede apreciar en el libro Homenaje a Jorge Avendaño, editado por la PUCP, Quiroga habría copiado casi de manera literal párrafos enteros y las conclusiones de un trabajo elaborado por su colega Gorki Gonzales. En el 2004, Agencia Perú alertó que Quiroga era parte de un pool de abogados que pretendía denunciar al Perú ante el sistema interamericano de derechos humanos por los procesos anticorrupción".
Lo realmente curioso vino después (admitamos que un plagio en la prensa peruana --yo he sido víctima de varios-- no es inusitado): algunos bloggers denunciaron el plagio (denuncia necesaria) y Godoy inició lo que él llama "una cruzada" por su propia reivindicación. En medio de su comprensible indignación, sin embargo, no quedó claro si estaba denunciando un plagio o una tergiversación, porque, según él hizo notar, él jamás había querido decir que Quiroga fuera un plagiario.
Así como lo leen. Godoy, comparando los dos párrafos que acabo de citar, su original y la versión hurtada en La República, explicó lo siguiente:
"Como se percatarán, [yo] no coloco la palabra casi. Esta palabra cambia el sentido del texto y da a entender que Quiroga cometió un plagio... Sin embargo, Quiroga no cometió delito alguno. Lo que hizo, como literalmente lo coloqué, fue copiar párrafos enteros y las conclusiones del trabajo de su colega. En ningún momento mencioné la palabra plagio. Como se puede apreciar en el libro donde se encuentra el artículo, se copian, en 8 páginas de su texto, párrafos y conclusiones de otro texto. Se cita la fuente de donde se extrajo, pero se hace un copy paste bastante grueso".
Yo me pregunto: ¿alguien que leyera el texto original de Godoy hubiera pensado que su informe sólo trataba de señalar el error metodoógico, el feo estilo y la ociosidad intelectual de Quiroga? ¿Fue sólo poca capacidad para escribir claramente, error de redacción o mala intención?
Y una pregunta más curiosa, para la cual no tengo una respuesta: ¿se puede hablar propiamente de plagio cuando, según observa Godoy, su idea y la del redactor anónimo de La República son distintas (puesto que La República sugiere que Godoy es un plagiario mientras que la intención de Godoy sólo había sido afirmar, según ha escrito posteriormente en su blog, que Quiroga "no tiene el tino suficiente para elaborar una cita, o no hace un trabajo académico de manera rigurosa")?
Por supuesto, la intención de plagio del redactor de La República es indiscutible. Pero también parece cierto que su voluntad manilarga, unida a la incapacidad o indecisión de Godoy de escribir con claridad, complotaron para que el caso se convirtiera en la absurda historia de un plagio más o menos frustrado...
Por otro lado, ¿se imaginan si el redactor de La República hubiera citado el nombre de Godoy? Algo así como: "El blogger José Alejandro Godoy acusa de plagio al abogado Aníbal Quiroga tras detectar la copia literal de páginas enteras de un libro de Gorki Gonzales..."
Hubiera sido incluso más gracioso.
Nota: para que el blogger Godoy lo tenga en cuenta en un futuro, acá le dejo lo que el Diccionario de la RAE ofrece como sétima definición de la palabra "copia":"Imitación de una obra ajena, con la pretensión de que parezca original". O sea, plagio. El lado positivo es que, si en la pretensión está el núcleo de la cosa, entonces lo que le hicieron en La República, en efecto, fue un plagio descarado (por el cual hoy el diario ofreció una de esas rectificaciones típicas de los prepotentes: cuatro líneas que no llevarán a nada y que en el fondo no reparan ningún daño).
El sentido de la palabra "polémica" parece transparente: una polémica (sustantivo) es una controversia. O: una cosa es polémica (adjetivo) cuando ocasiona una controversia. Una declaración, un escrito, una idea, etc., son polémicas cuando se vuelven invitaciones al debate. La afirmación o la negación de una verdad indiscutible no es polémica porque es, o bien un lugar común, o bien una tontería.
En el Perú contemporáneo (aunque este es un fenómeno que no comenzó ayer y que parece ocurrir en todas partes), el sentido de "polémica" se ha transformado: ahora cuando alguien dice algo realmente estúpido, ha dicho algo "polémico".
Y cuando alguien dice algo políticamente incorrecto --no importa si además de políticamente incorrecto es, también, una pachotada, una ofensa, una burrada colosal o un salto mortal al oscurantismo-- a muchos les gusta llamarlo "polémico".
Se usa el término "polémico", por ejemplo, para describir a los sitios anónimos de internet dedicados a la calumnia constante y a la infamia permamente: es "polémico" contar mentiras y no firmarlas, transformar internet en una alcantarilla. Y que los resentidos dejen sus miasmas expuestas a la vista de todo el que quiera verlas es polémico.
(Por cierto, hace unos días leí que un par de bloggers que publicitan y validan a los blogs-basura exigían que se investigara el origen de otros blogs donde se defiende la gestión de Alejandro Toledo: ése es el otro lado de la medalla: la aparición simultánea de muchos blogs que insulten a quien sea es sintomáticamente bienvenida, pero la aparición simultánea de muchos blogs que defiendan a alguien es denunciada porque no puede ser sino una miserable conspiración).
Es "polémico", por ejemplo, que al señor César Hildebrandt se le dispare el sudor segregacionista por todos los poros y ande por allí repartiendo epítetos racistas a sus enemigos; que insulte a sus rivales aludiendo a su sexualidad; que haga de la xenofobia una gracia matutina y del desprecio a los pobres la broma más repetida de sus siempre repetidas columnas.
Cuando Hildebrandt acusa a alguien sin pruebas, eso es polémico. Cuando le echa la culpa de todos nuestros males a Chile, o a los contemporáneos que lo obsesionan, o a Carlo Magno, a Pepe Botella o a Condorito, eso es "polémico".
Cuando el inefable Alan García decide seguir rebobinando la pesadilla 85-90 y colocar en su gabinete a Luis Alva Castro, no falta el antropopiteco que --de seguro con la miradita oblicua del tonto que se cree muy vivo-- empieza a deslizar comentarios fuera de lugar sobre la supuesta homosexualidad del ministro. Y cuando se lo sacan en cara, dice que su observación fue "polémica".
¿"Polémica"? Como si la opción sexual o los hábitos íntimos de una persona pudieran ser materia de debate en asuntos públicos. Hay que preguntar: ¿dónde habrá aprendido este señor todo lo que sabe sobre polémicas.
Tengo una teoría: quizá lo aprendió del periodista que, criticando el perfil político de Rafael Rey, escribe cosas como "Rey es un faquir del sexo, un novio de sí mismo y, por lo tanto, un histérico en potencia". El mismo periodista que cree descalificar a Cecilia Valenzuela llamándola "Madeinusa", o que quiso descalificar a Óscar Ugarteche "acusándolo" de haber fundado el Movimiento Homosexual de Lima.
Acertaron: César Hildebrandt, una vez más, ese cuerpo inerte en donde descansa quien una vez fuera un periodista fenomenal y ahora es un fenómeno periódico. Pero claro, llevado por la costumbre y la confusión, todavía hay quien considera que ser así es ser polémico.
Si no han leído el post anterior sobre Daniel Johnston será mejor que le den una mirada ahora para saber a santo de qué vienen los videos que cuelgo a continuación. Y dicho eso, paso a colgarlos: el primero es de una de sus canciones más irónicas y, aunque puede no parecerlo, una de las más ácidas cuando uno conoce la historia personal de Johnston. Se llama I Had Lost My Mind:
El segundo es uno de sus pocos videoclips propiamanete dicho, y es de una de sus canciones más oscuras, una suerte de blues ácido titulado Funeral Home:
El tercero es una de sus mejores canciones de amor (otra vez, sin embargo, con un riff semiplagiado), titulada Go (Johnston ha estado enamorado sólo una vez en su vida, de una chica con la que conversó apenas un par de veces a principios de los ochentas y que nunca, sino hasta el 2005, supo que Johnston había pasado su vida entera componiendo estas canciones para ella:
La que viene debajo es una versión bastante maltrecha de uno de los himnos de sus fans, Casper, the Friendly Ghost:
Otra de esas canciones de Johnston que suenan a nanas infantiles y que, sin embargo, tienen letras tristísimas y que poco tienen que ver con la vitalidad o la inocencia de la niñez:
En la onda de la anterior, pero acaso más patética, la siguiente canción se llama I Am a Baby (In My Universe). Es una melodía simplísima que gana en patetismo con la voz quebrada del cantante). :
Esta es incluso más autobiográfica que la mayoría del resto. Se llama Hate Song:
Este video es pésimo, pero presten atención a la música: es un cover de Speeding Motorcycle, de Johnston, hecho por uno de los grupos más creativos de los años recientes, Yo La Tengo:
Y para variar un poco, en lugar del video de alguien más haciendo un cover de Johnston, los dejo con Johnston haciendo un cover de Live and Let Die, la canción de Paul McCartney de 1973. Empieza como una versión desfigurada y pobre del original, y de pronto, casi imperceptiblemente, se convierte en una canción distinta, introspectiva, completamente insospechada (pero, ya saben: no le pidan delicadeces técnicas ni formales):
Hace meses que estoy a punto de escribir este post y lo retraso por los motivos más idiotas. Pero ya no más: es tiempo de hablar sobre Daniel Johnston, un tipo que parece salido de la mente de un cineasta indie que se hubiera impuesto la meta específica de ilustrar la noción "artista de culto".
¿Quién es? Los datos fríos son estos: Daniel Johnston es un californiano de Sacramento, de cuarenta y seis años, nacido en una familia de cristianos conservadores, dueño de una habilidad extraordinaria para muchas artes --la composición melódica, el dibujo, el video-- pero empecinado desde siempre en triunfar en una sola: el canto, a pesar de una voz que casi siempre desafina y se quiebra en todas las notas medianamente altas.
Las canciones de Daniel Johnston son muchas veces bellísimas, una mezcla de crudeza y desgarro, por un lado, un lenguaje muy sencillo y muy directo, y una facilidad inverosímil para crear melodías e irlas variando poco a poco, jugando con ellas, derivándolas hasta el punto que algunas empiezan con la sencillez de una canción de cuna y terminan canibalizadas por su propia ironía, transformadas en versiones oscuras y ténebres de sí mismas... El gran problema, claro, es que hay que distinguir las virtudes de cada canción a pesar de la flaca y torpe voz del cantante y de la mala manera en que suele tratar a la guitarra.
Una de las razones por las cuales Daniel Johnston ha grabado sus canciones de modo tan defectuoso es que lo ha hecho no sólo encerrado en su casa, sino encerrado, además, en su propia mente transtornada: Jonhston es una víctima de lo que los sicólogos llaman sindrome, desajuste o desorden bipolar. Es decir, es lo que antes se conocía como un maniaco-depresivo. Pero extremo. Hasta el punto de que en sus fases maniacas ha sido capaz de componer y grabar discos enteros, de quince o veinte canciones, en una semana, mientras que en sus fases depresivas ha pasado largos periodos sentado ante una pared blanca, o mirando por una misma ventana, hora tras hora, día tras día, mes tras mes.
Y en el trance de una fase a otra, verlo es como ver a un esquizofrénico: escucha voces, recibe lo que él llama "mensajes" tanto de dios como del diablo, y luego de esos episodios tiene caídas paranoides en las que sospecha de toda la gente cercana. En trances así, ha estado muy cerca de causar la muerte de otras personas, y también la suya, a pesar de que por lo común es un hombre dulce y preocupado por dejar una impresión de amabilidad en todo el mundo.
Yo supe sobre Daniel Johnston porque soy un devoto consumidor de documentales y hay uno bastante conocido sobre él: The Devil and Daniel Johnston, de Jeff Feuerzeig, que es, de hecho, uno de los mejores que vi el año pasado. (Y eso que el año pasado vi casi toda la obra del sumo sacerdote de los documentalistas norteamericanos, Errol Morris).
Y ya que les quiero mostrar algunos videos referidos a Johnston, por qué no comenzar con el trailer del documental The Devil and Daniel Johnston:
Hay grabaciones de Johnston en que la pobreza de la voz y la poca maestría de la guitarra resultan de hecho un añadido a la belleza difícil de las canciones, como si la suciedad del estilo acabara por volverse parte de la naïveté de la tonada. Un buen ejemplo es The Story of an Artist, cuyo video, que pongo aquí debajo, muestra imágenes de Daniel desde su juventud hasta más recientemente, y dibujos hechos por él mismo.
Otro ejemplo es True Love Will Find You in the End, cuyo video, que copio a continuación, está hecho también con dibujos del propio Daniel: