3.4.07

Nuestro túnel

Muchas ficciones cruciales de la narrativa latinoamericana en el siglo pasado fueron relatos sobre la escritura de la historia: un periodista miope que elabora la noticia de su país desde una trinchera (La guerra del fin del mundo); un mago gitano que la dibuja sobre cierto libro al final de los tiempos (Cien años de soledad); un pionero desquiciado que se vuelve autor de la ley en medio de la selva (Los pasos perdidos).

Aunque todos esos personajes tuvieran algo de locos, su intento, como suele ser el de ciertos dementes, era una racionalización, la formulación de un orden, aunque fuera desde el campo de batalla, el corazón de las tinieblas o el apocalipsis. Tal parece que sólo a
Sabato se le ocurrió colocar al escritor chiflado en el manicomio: Juan Pablo Castel --al menos eso me parece a mí-- relata el asesinato de María Iribarne, en El túnel, desde un hospital siquiátrico y no, como se suele asumir, desde una cárcel.

Si uno concibe
El túnel como un relato dicho desde un sanatorio de enfermos mentales, su historia se vuelve aun más perversamente lógica: el crimen de Castel no deja de ser enfermizo y sin embargo empieza a dar la sorprendente sensación de ser, de alguna forma peculiar, natural, cuando uno asume que su autor lo evoca desde la absoluta aberración de su mundo --desde el encierro final, el doble encierro de la clínica y la locura--.

Desde el punto de vista de
Castel, el narrador, se ha hecho insignificante compartir o dejar de compartir la moral del mundo, sus tabúes y sus leyes, simplemente porque se ha dejado de pertenecer a ese mundo, se está fuera de él.

A veces me pregunto si los peruanos no estamos reproduciendo un poco la naturalidad aberrante de la narración contada desde el manicomio en la manera en que escribimos nuestra historia reciente: dando el poder democráticamente,
siempre, a los menos capaces y a los más corruptos; pasando de la mafia de Fujimori a la de Toledo y la de García como si en verdad el gobierno del Perú estuviera diseñado exclusivamente para los delincuentes y no para el resto de los ciudadanos; sorprendiéndonos falsa y estúpidamente cada vez que descubrimos que la nueva mafia suscribe una alianza con la mafia anterior, como si no supiéramos que la política de las alianzas es la forma primaria de asociación en el mundo del hampa.

Castel le oculta al lector --o al menos no lo declara explícitamente-- que está en un manicomio; en algún momento dice temer por su salud mental, creer que se está volviendo loco. El que Castel ignore o se niegue a reconocer que está en el hospital siquiátrico es uno de los sintomas que nos permiten reconocer su locura. Saber que uno está encerrado, por otra parte, es el primer paso para buscar una salida. Me pregunto cuándo reconoceremos los peruanos que estamos encerrados, al menos desde 1985, en un círculo vicioso de criminalidad gubernamental, y que podemos escapar de él en la próxima elección; en vez de asumir que una elección es simplemente un cambio de hampones.

1.4.07

Hasta la quinta generación

En mi artículo de La Tercera de Chile hace unos días, me referí específicamente al hecho de que, tras el escándalo ocurrido en torno a Alfredo Bryce Echenique, muchos críticos, intelectuales y colegas escritores se habían dedicado a exorcizar el demonio de un odio contenido contra Bryce, trayendo a colación en sus declaraciones temas que absolutamente nada tienen que ver con el asunto.

En aquella ocasión escribí:
La difusión de las acusaciones ha cobrado un cariz enrarecido: de ella han tomado parte varios blogs anónimos, y su medio más común han sido cartas enviadas bajo seudónimo a diarios y páginas web de España, en donde las revelaciones han ido acompañadas por inexactitudes, ataques a la intimidad del autor y un obvio ánimo intrigante, innecesario incluso si detrás de los seudónimos se esconden enemigos de Bryce, dado que el caso es ya de por sí una lamentable derrota moral para el escritor, no importa en qué términos se quiera publicitar sus pormenores. Por si fuera poco, también muchos de quienes han opinado sin esconderse se han desbarrancado en insultos impertinentes: lo han hecho columnistas y colegas escritores; incluso el director de la Biblioteca Nacional del Perú, Hugo Neira, un reputado científico social, ha caído en alusiones obscenas a la vida privada del autor.
Ahora, me encuentro en El Hablador con una entrevista de Francisco Ángeles al novelista Oswaldo Reynoso, en la que el autor de Los inocentes pierde, creo yo, toda objetividad, para agredir a Bryce con argumentos enormemente gratuitos:
Reynoso: Yo creo que Bryce sigue la línea de los ancestros maternos. El ladrón número uno del Perú fue el presidente Echenique, que inicia su fortuna con robos…

Ángeles: No sé si eso es cierto o no, pero no veo qué tiene que ver con el tema…

Reynoso: No, pues… claro que tiene que ver. Como Bryce tiene un apellido inglés se le ha permitido todo en el Perú. Por ejemplo, que se presente totalmente borracho en un programa de televisión. Y la alta clase social de Lima lo ha aplaudido y mimado, y ha dicho qué bonito. Y ahí están las consecuencias. Cuando Juan Gonzalo Rose se tomaba unos tragos decían que era un borrachín. Y lo de Bryce es la manifestación de la decadencia de una clase social.

Como se ve, entre la denostación del "apellido inglés" de la familia paterna de Bryce y el puntapié a los "ancestros maternos" por culpa del tatarabuelo presidente, Reynoso hace a Alfredo Bryce no sólo la encarnación de todos los males del Perú, sino prácticamente su culpable directo.

A propósito: ¿cómo es que la afición al whisky de Bryce es "la manifestación de la decadencia de una clase social" y el cariño por "los tragos" de Juan Gonzalo Rose no es nada más que una anécdota personal? ¿Alguien nota una cierta parcialidad? A mí el comentario me recuerda a los de aquel crítico que hace poco decía que la película Madeinusa era un agravio contra las poblaciones andinas por describir un incesto cuando todo el mundo sabía que el incesto es la práctica común que define a los ricos de las Casuarinas.

Imágenes: Alfredo Bryce, Oswaldo Reynoso, el presidente José Rufino Echenique.

31.3.07

Las fujivacas

A raíz del lío que se armó hace unos días alrededor de Alfredo Bryce, el diario Correo publicó declaraciones de intelectuales peruanos que juzgaban el hecho.

Junto a las opiniones de
Enrique Prochazka y Javier Arévalo aparecieron estas del escritor José B. Adolph:
"De comprobarse que esto sea cierto, y así parece ser, digo que cualquier plagio es tan condenable como criticar con seudónimos o anónimamente, práctica muy común entre nosotros".
Como sabemos, hay quienes hacen los malabares más absurdos para justificar ciertas formas de injuria disfrazadas en el anonimato; y hay quienes, escudados tras un falso afán contestatario, ejercen algo que es un remedo de crítica literaria enmascarados y ocultando su identidad.

Hay también quienes hablan de los blogs basura como "blogs alternativos" (como si decir solapadamente y en la sombra las idioteces que por pudor nadie dice en voz alta fuera un acto de rebeldía). Y hay quienes promueven los insultos anónimos como si implicaran una sublevación y no, simplemente, una infamia.

Aunque en este blog mi política sobre la recepción de comentarios ha variado con el tiempo, una cosa la he mantenido igual desde el momento en que fue obvio que Puente Aéreo había dejado de ser un blog personal que solo leían mis amigos (lo cual ocurrió muy pronto): nunca he prohibido los anónimos; sólo los anónimos que contengan injurias a terceros.

Los anónimos que afirman verdades evidentes, o discutibles pero no malintencionadas, o proponen temas sin ofender a nadie, o formulan preguntas, o dan información transparente, etc., nunca los he considerado censurables. Me parecen siempre menos interesantes que un comentario firmado, porque la firma añade una dimensión al comentario mismo, pero no por eso son censurables.

Pienso otra cosa de la crítica literaria ejercida anónimamente: la crítica tiene un alto poder simbólico, sanciona y enjuicia la obra ajena, y se ejerce siempre, necesariamente, desde un cierto espacio ideológico. Por eso es obligatorio (no encuentro ni necesito una mejor palabra) que un crítico ponga todas sus cartas sobre la mesa antes de opinar y evaluar el trabajo de los demás: porque es perentorio saber de dónde proviene su opinión; porque, siendo obvio que ninguna opinión es objetiva, es no menos obvio que los lectores tienen derecho a saber los factores particulares que influyen en la subjetividad de un cierto comentario crítico; y muchos de ellos sólo se pueden intuir cuando se sabe la identidad del comentarista.

Quizá por eso sea que, aunque nos conformamos con saber que tal o cual libro famoso de ficción, que tal o cual poema y epopeya o novela es de un autor cuyo nombre nunca conocimos o conoceremos, no hay una crítica literaria perdurable firmada por NN o por Perico de los Palotes o por La Vaca Profana (¿se acuerdan del cuadrúpedo encapuchado que se hacía el revoltoso mientras era cobijado por la transnacional Telefónica?: precisamente, para no caer en ese tipo de payasada, es que los críticos deben siempre tener un nombre).

Un crítico sin nombre es como un juez sin rostro: pronto se convierte en un verdugo con antifaz; ése es el mejor ejemplo de aquello que se quiere explicar cuando se habla de la "fujimorización" de nuestra esfera cultural.

Imagen: Caricatura de Daryl Cagle.

Una opinión y una carta

Sobre el tema de Alfredo Bryce, el diario La Tercera de Chile ha publicado en su suplemento cultural un artículo mío, que encontrarán si, entrando a la dirección del periódico sureño, bajan por la página hasta ver la primera plana del suplemento Cultura, hacen clic en ella y, en el pdf, buscan la página 8.

El diario Correo publica una carta dejada, a su paso por Lima, por el escritor Alonso Cueto, sobre quien en estos días un anónimo ha deslizado una acusación similar a las que pesan sobre Bryce, a raíz de un artículo del diario Expreso de hace diecisiete años. La carta de Alonso dice lo siguiente:

Solo a mi regreso de Cartagena y, estando en Lima por unas horas antes de partir otra vez de viaje, he podido ver la página que publicó el jueves 29 de marzo, con el título “¿Plagio o desliz?”. Con respecto a ello quisiera aclarar lo siguiente:

1. Al buscar en mis archivos he encontrado que efectivamente escribí ese artículo, que fue el último que publiqué en “Expreso”. Tengo el original en mis manos.

2. En el artículo original, hay una explícita referencia en el final de la primera columna. Allí menciono que la prensa argentina ha destacado algunas de las historias de la relación entre Borges y Kodama. Esta sección de mi artículo aparece sin embargo parcialmente mutilada, probablemente sin mala intención, en el facsímil que reproduce “Correo”.

3. Esta clara y explícita referencia a la fuente de la que obtengo el material muestra, a cualquier lector bien intencionado, que no hay ningún plagio ni intención del mismo en el texto.

4. Viéndolo en perspectiva estoy de acuerdo en que hubiera sido mejor entrecomillar algunas frases. Sin embargo, creo que todas aparecen después de la mención a la fuente anteriormente señalada, lo que exime el texto de una acusación de plagio.

En “salud del periodismo cultural” a la que usted se refiere al final del texto, espero que esta carta se publique en la misma sección en la que apareció el artículo aludido.

Atentamente,
Alonso Cueto

29.3.07

Detalles de la niña


Las columnas del escritor Gregorio Martínez en Perú 21 no me las pierdo por nada, aunque, por lo común, después de leerlas, pienso que de no haberlas visto tampoco me habría perdido de nada. La última, titulada Vargas Llosa y Fidel, es la muerte: un galimatías como todos sus textos, que en doce párrafos quiere explicar:

a) Por qué Marx se equivocó.
b) Qué pasó con la perestroika.
c) Por qué Pol Pot era en el fondo un idealista buena gente.
d) Qué hizo bien y qué hizo mal Fidel Castro.
e) Por qué en el diario El País no se puede atacar a Vargas Llosa.
f) Por qué Vargas Llosa es tan absolutista como Fidel Castro.

Pero, en el fondo, lo que hace
Gregorio Martínez, palabreo horroroso de por medio, es preparar durante mil doscientas palabras, una revelación "mortífera", a la que dedica el último párrafo del artículo: que Vargas Llosa se equivocó en un dato de Travesuras de la niña mala. Lo hace a raíz de un artículo de Matías Valles en El Diario de Mallorca. Dice Martínez:

"Al final, con respecto al endiosamiento de Mario Vargas Llosa, el artículo de Matías Valles hace una observación mortífera: "...un novelista de la talla de Vargas Llosa desobedece incluso las reglas básicas de la documentación". Esto porque en Travesuras de la niña mala el personaje Ricardo muere con sida. Y entonces en la novela transcurría 1972 o 1973. El más desprevenido sabe que el sida empezó en los ochenta. Sí, alguien tiene que decirles a los dioses lo que ocurre en la realidad concreta".
Lo malo es que, en este caso, el más desprevenido es Martínez, quien mete la pata hasta la cadera con el dato que da (y entonces alguien tiene que decirle lo que ocurre en la realidad concreta, o, al menos, en la novela de Vargas Llosa).

En primer lugar, "Ricardo" es el protagonista de
Travesuras de la niña mala, que no muere en ningún momento de la novela (de hecho, el final del relato da a entender que Ricardo es quien nos ha contado la historia, años después de ocurrida: Travesuras es, se supone --o será--, su primera novela).

En segundo lugar, el personaje que muere de sida es
Juan Barreto, el amigo de infancia a quien Ricardo ha reencontrado en Londres y en cuya casa el narrador se ha alojado a principios de los años setenta.

En tercer lugar, todos los capítulos de
Travesuras de la niña mala terminan con largos saltos temporales, en los que la narración avanza apresuradamente: son la despedida de una época y el paso a otra. En el caso del capítulo 3 (que cuenta la muerte de Barreto), el salto se da, precisamente, desde 1972 y 1973, fechas señaladas como el periodo en que Barreto lleva una vida nocturna agitada y movediza en Londres, recorre los años setentas, y llega a finales de la década (por eso en el inicio del capítulo 4 ya se habla retrospectivamente sobre el gobierno de Morales Bermúdez).

Uno podría decir: pero a finales de los setenta tampoco había sida. Eso no es tan claro. No está de más mencionar un dato que muchas veces se pasa por alto: el sida se volvió endémico y mundial a principios de los ochentas, cuando empezó a ser detectado masivamente en California, pero los médicos que han seguido su pista, han descubierto muestras de sangre con HIV en pacientes muertos incluso en 1959, y las primeras víctimas hoy conocidas del virus fueron --como quien le da más realismo al relato vargasllosiano-- marineros ingleses.

Por eso, de hecho, el narrador se refiere a la enfermedad de
Barreto como un mal nuevo, desconocido para los doctores, que nadie en la junta médica sabe determinar y diagnosticar; e incluso aclara específicamente: "nadie hablaba del sida todavía" (139).

26.3.07

Bajo la mirada de occidente

Lo más sorprendente de los antiguos colonizados es cuánto les cuesta aprender a pensar con independencia. Tomemos por ejemplo dos cosas sucedidas ambas, por coincidencia, en Colombia esta semana.

La primera, la visita de los reyes de España para reforzar con sus presencias el congreso de las academias españolas de la lengua, reunidas en Medellín. El segundo, la publicación en la revista Semana de los resultados de una encuesta hecha a ochenta y un críticos y escritores hispanoparlantes a quienes se les preguntó cuáles fueron las mejores novelas escritas en español en los últimos veinticinco años.

El primer hecho es tan obvio que no necesita comentario: el congreso de academias lanzó por todo lo alto su flamante Gramática del idioma, con la novedad de su "descentralización", pero lo tuvo que hacer, claro, invitando a que le den un espaldarazo a aquellas personas en quienes encarna el mismo viejo ideal de la RAE, el mismo ideal imperial de siempre: los señores reyes españoles.

El segundo hecho es más curioso: entre las cien novelas finalistas en la encuesta de Semana (cuyos dos primeros lugares ocuparon
El amor en los tiempos del cólera y La fiesta del chivo, respectivamente), el país con el mayor número de obras mencionadas fue España. Más que Argentina, más que México, y más que Argentina y México y Perú sumados. Treinta y dos novelas de cien.

El artículo de Perú 21 sobre el tema, que resume un cable de EFE (justamente de EFE), ensaya una explicación: "aún son muy pocos los escritores hispanoamericanos que trascienden las fronteras de sus propios países". Eso es relativamente cierto, pero, en vista de que, simplemente, no hay treinta y dos novelas españolas que hayan sido populares en América Latina durante el último cuarto de siglo, yo me permitiré ensayar otra explicación.

La revista
Semana eligió a 81 personas para encuestar (ver donde dice "El jurado"). Y 19 de esas personas, la cuarta parte, fueron intelectuales españoles.

Eso resultaría muy justo si existieran en este planeta sólo cuatro países hispanos (pero hay dos decenas, y la mayoría de ellos permanecieron al margen de la muestra), o si España representara una cuarta parte de la población hispanohablante del mundo (lo que está muy lejos de ser verdad), o si la tradición novelística española fuera evidentemente más viva y vibrante que las tradiciones latinoamericanas. Pero no creo romperle a nadie los esquemas si digo que hace unos ochenta años que no es así. ¿No?

Es absurdo, obviamente, discutir los resultados de la encuesta atendiendo a la mayor o menor calidad de las obras elegidas. Pero sí me parece interesante discutir la mentalidad de los editores colombianos de Semana al preparar la muestra: los jurados fueron 23 colombianos (explicable por facilidad, porque están a la mano) y 19 españoles (inexplicable) conforman más de la mitad de la muestra. Mientras que la otra mitad se reparte entre intelectuales de otros diecinueve países. Hasta hay un jurado inglés, pero ninguno de Nicaragua o de Costa Rica, digamos.

Iba a terminar este post diciendo que empiezo a entender por qué la RAE encontró que era un movimiento muy seguro eso de hacer su congreso "descentralizado" en Colombia. Pero hay que ser más justos que eso: en el Perú existe una mentalidad parecida (véase, si no, la manera en que "descubrimos" a nuestros autores cuando ganan premios en Madrid). Es que, como dije, a los antiguos colonizados nos cuesta mucho aprender a pensar por nuestra cuenta.

PD: Vale la pena notar que sólo cuatro novelas peruanas aparecen entre las cien, y que ellas son dos de Vargas Llosa (además de La fiesta del chivo, está El paraíso en la otra esquina), y dos de Alfredo Bryce Echenique (parece una locura que No me esperen en abril resulte mejor posicionada que La vida exagerada de Martín Romaña). Hay en la lista una quinta obra que cabe considerar parte de nuestra tradición: me refiero a Salón de belleza, que fue escrita por un Mario Bellatín por aquel entonces más peruano que mexicano, para decirlo de modo simplista.

Imagen: El rey de España y el presidente Uribe, de Colombia. Foto AP (al menos no es de EFE).

25.3.07

Eterno retorno

Hace poco, entre reclamos silenciosos de la diplomacia peruana y sorprendentes aprensiones de la chilena, se acabó por censurar la exhibición, en la televisión sureña, del documental Epopeya, por haber considerado ciertos políticos de ambos países que la transmisión de la miniserie hubiera enturbiado las relaciones peruano-chilenas. Como si no fueran normalmente bastante opacas.

Ahora, gracias a un muy recomendable artículo de (mi primo) Enrique Patriau en La República, me entero de un dato curioso y aleccionador. Enrique lo resume así:
El primer documento cinematográfico que registra la Guerra del Pacífico se titulaba Páginas heroicas. Fue filmado por el peruano José A. Carvalho, quien intentó exhibirlo sin éxito en 1926. ¿La razón? La censura del dictador Leguía, quien alegó que ofendía los sentimientos patrióticos de los chilenos. Y este argumentó resultó convincente por entonces porque faltaban tres años para que, en 1929, se firmara el tratado de Paz y Amistad entre Chile y Perú. Entonces como ahora, la censura se imponía. Nadie recuerda haber visto Páginas heroicas. Tampoco existe una copia o por lo menos imágenes de su contenido.
Han pasado más de ochenta años. Los políticos peruanos y chilenos siguen censurando películas porque encuentran que la coyuntura no es la mejor y que es preferible aplazarlas hasta que el problema se solucione. Lo que todavía no se les ocurre es solucionar el problema: no pueden con el presente, y se preocupan más por la manera en que se cuenta el pasado. Por supuesto, es obvio que inventar unos relatos históricos y desplazar otros es parte del trabajo de los políticos, pero de vez en cuando dan ganas de que se preocupen también por los hechos y no sólo por cómo son narrados, ¿no?

Sobre el tema

Artículo de Sergio Espinosa en El Mercurio
Artículo de Gabriel Quispe Medina en La Primera
Artículo de Antonio Zapata en La República

24.3.07

No lo esperen en abril

... porque desde hoy, fines de marzo, Alfredo Bryce Echenique ha dejado de ser colaborador del diario El Comercio. El distanciamiento ha llegado intempestivamente, a través de una carta que el escritor dirigió al periódico limeño, renunciando a sus columnas en la sección de opinión.

A mí solo me resta decir una cosa: yo habría querido que todo fuera más claro al final, que Bryce pudiera dar una explicación mucho más transparente, si no una justificación, para lo ocurrido. Que dijera algo sobre la frecuencia enorme de los casos, y sobre la antigüedad y los pormenores desconcertantes del primero de ellos, que se remonta a 1996.

Bryce, sin embargo, ha reafirmado en su carta que su responsabilidad se concentra en el descuido de una secretaria y que él no asume "absolutamente nada más".

Pero es claro que ocho casos documentados en que textos ajenos han aparecido con su firma (plagios de facto, más allá de las circunstancias, como hacen notar los editores de El Comercio), en un lapso de más de una década, no pueden tener todos una misma explicación accidental.

Y algo más: el fin de su colaboración con El Comercio no debería echar una lápida sobre las explicaciones que sus lectores y el diario siguen mereciendo. Bryce parece afirmar que todo no es más que una suma de "errores". Sus lectores tienen derecho a saber si se trata de un error burocrático o de un error ético.

Esta es la carta de Alfredo Bryce a El Comercio:
Lima 23 de marzo del 2007
Señor Director:
El recuadro publicado el día de hoy por el diario El Comercio es para mí simplemente inaceptable, ya que anteriormente yo había enviado un buen ejemplo de la manipulación a que están siendo sometidos mis artículos, de un tiempo a esta parte. Adjunté como prueba de ello, incluso, un artículo mío publicado con otro nombre en una publicación mexicana. Por otra parte, en las disculpas que he presentado al embajador Oswaldo de Rivero y a mis lectores, asumo con gran pena el error cometido en el envío de mis textos por mi secretaria y en mi falta de control al hacerse esos envíos, pero no asumo absolutamente nada más.

Sin embargo, el recuadro publicado ayer por el diario El Comercio me ha hecho cambiar cien por ciento de opinión: abandono mis colaboraciones con el diario El Comercio, entre otras cosas, porque como decía Orson Welles, el periodismo es un oficio en el que "hay muchas ostras, pero muy pocas perlas". Y en cuanto a las disculpas que les debería a mis lectores, prefiero utilizar solo unas palabras de León Tolstói y prometerles que "la próxima vez fracasaré mucho mejor".

Alfredo Bryce Echenique
DNI 10840749

Y el diario ha respondido en los siguientes términos:

Lamentamos que el escritor Alfredo Bryce Echenique, a quien El Comercio invitó a colaborar en su plana de Grandes Firmas, y con quien hemos mantenido hasta hoy una fraterna relación, no haya comprendido nuestra preocupación por sus declaraciones a "Perú.21" en el sentido de que no sabía cómo habían llegado a El Comercio algunos artículos suyos que eran copia fiel de otros autores publicados en el exterior. Nos correspondió entonces aclarar que habían llegado de la misma manera como llegaron todas sus colaboraciones, sin manipulaciones de nuestra parte y sin dudas de que se trataba de contenidos fieles al autor, es decir a Bryce.

Igualmente ha considerado inaceptable que usáramos la palabra plagio en relación al artículo del embajador Oswaldo de Rivero cuando ello en efecto sucedió, a causa, según el propio Bryce, del envío equivocado de su secretaria, argumento que nosotros recogimos y publicamos en su momento. No podrá negar nuestro ex colaborador que en este incidente de plagio (que aunque se deba a su secretaria no deja de ser lo que es) estaba en juego su responsabilidad y también la nuestra frente a nuestros lectores. ¿Por qué no tendríamos derecho a reclamársela? En carta anterior publicada en El Comercio él ha sido crudo consigo mismo al juzgar el procedimiento de envío de sus artículos. Precisamente a propósito de ello habíamos llegado al entendimiento de que después de su próxima colaboración, que anunció sería sobre las elecciones en Francia (que ya no publicaremos), él iba a tomarse algunos meses en Barcelona para hacer un control riguroso de dicho procedimiento, y evitar las manipulaciones futuras de sus artículos, a las que nosotros hemos sido absolutamente ajenos.

Sentimos que se hayan dado tales circunstancias y que finalmente la suma de ellas nos lleve a este desenlace infeliz.

Un asunto distinto es el de los viles anónimos que están circulando por ahí, promovidos por los blogs basura y curiosamente atendidos por medios de prensa españoles. Los anónimos, enmascarados en identidades que ofenden a varios escritores peruanos, dicen cosas tan meridianamente estúpidas como que "la influencia" de Bryce en El Comercio está haciéndose sentir para que el diario disimule todo lo ocurrido.

Las cartas anteriores dejan en claro la profunda idiotez y la gratuidad intrigante de esas afirmaciones, que han contaminado claramente, también, los artículos publicados en el portal gallego Galipress, donde ayer se afirmaba, con atropellamiento notable, que los principales diarios peruanos habían decidido echarle tierra al asunto y desviar la atención de sus lectores hacia otros temas. Ahora qué dirán.

Más

Siguiendo con mi plan de divertir al lector con otros temas, de modo que se vaya olvidando del asunto de Alfredo Bryce, les dejo los nueve enlaces que coloco debajo, en los que pueden ver... bueno, pueden ver cómo han hablado del caso los diarios El Universal, de México; Clarín, de Argentina; El Mercurio, de Chile y El País y El Mundo, de España, además de las noticias que empezaron a circular, también en estos últimos tres días, acerca de la próxima aparición de la más reciente novela del escritor limeño: Las obras infames de Pancho Marambio.

Es curioso: la palabra "mafia" ha vuelto a surgir en los blogs, esgrimida ahora contra los amigos de Alfredo Bryce, que no han dado declaraciones sobre el tema, como si en alguna esfera de la vida fuera una obligación de la gente opinar públicamente sobre sus amigos en sus peores momentos.

Se sigue hablando de la pesadillesca "mafia" a pesar de que el primer afectado por los artículos en cuestión sea el diario
El Comercio, que, se supone, es el núcleo del grupo; a pesar de que entre los escritores afectados haya amigos de Bryce; a pesar de que la denuncia más clara en la prensa peruana la haya hecho el diario Perú 21, de propiedad de la familia Miró Quesada, propietaria de El Comercio.

Por cierto

Y, a propósito de distracciones: ¿vieron como nadie del mundo de las ciencias sociales quiso meterse con Matos Mar y el IEP? ¿No les dije? La gente del IEP, con la honrosa excepción del siempre atinado Martín Tanaka, guarda el mismo silencio de siempre sobre el tema (aunque Martín, a decir verdad, también hace una hábil finta y descarta sin discusión la versión de Silvio Rendón --que es la que todos hemos escuchado alguna vez-- para llamar al tema simplemente "controversial").

Y los "periodistas de investigación" de los blogs dicen: "uf, qué feo, eso
alguien lo debería investigar". Pero no ellos, claro.

Uno se pregunta: Roberto Bustamante, que ha canalizado insultos contra Bryce durante todos estos días, ¿dónde está a la hora de hablar sobre Matos Mar y el IEP? ¿O es que ese tema le parece, ahí sí, demasiado sensible para mencionarlo (teniendo en cuenta su participación en una decena de proyectos del IEP)? Supongo que no: debe estar investigando, como el señor José Alejandro Godoy, que todo lo descubrirá con su rapidez y eficiencia de siempre. Total, Silvio Rendón se las ha puesto fácil: les ha dicho a quiénes preguntar e incluso les ha anticipado el tipo de respuesta que podrán recibir.

(Por cierto, aplaudo la llegada a la dirección del IEP de Carlos Iván Degregrori, uno de nuestros mejores científicos sociales, a quien tuve el placer de conocer en Ithaca hace ya un par de años).

Acusan de plagio al escritor ABE (El Universal, Méxio)
Revuelo en Perú por varias denuncias de plagio contra ABE (Clarín, Argentina)
Un reguero de denuncias y muchas disculpas (El País, España)
Cuando el plagio es casi halago (El País, España)
Documentan aparente tendencia al plagio de ABE (El Mercurio, Chile)
Las obras infames de Pancho Marambio (El Mundo, España)
ABE concluye novela sobre efectos de la traición (El Universal, México)
Acabó novela sobre efecto siniestro de la traición en el hombre (El Comercio, Perú)
Concluye nueva novela (La República, Perú)


23.3.07

Bryce, Matos Mar, los pongos

El barullo en torno al caso de los artículos ajenos que aparecieron con la firma de Alfredo Bryce Echenique no se va a calmar luego del último comentario sobre el tema publicado en la página de opinión del diario El Comercio, donde aparecieron, si no me equivoco, siete de los ocho artículos detectados hasta hoy. La nota del periódico dice lo siguiente:

"Hasta el día de hoy nuestros lectores han conocido del incidente de plagio de un artículo del embajador Oswaldo de Rivero, por parte del escritor Alfredo Bryce Echenique. Sin demora y motu proprio, y ante la gravedad del asunto, el mismo escritor ofreció las explicaciones, disculpas y autocríticas correspondientes.Sin embargo, en declaraciones al diario Perú 21, Bryce Echenique señala ahora, respecto de otros textos igualmente plagiados, que no sabe cómo estos han llegado a El Comercio. Al respecto, debemos informar que todos los textos que recibimos de Alfredo Bryce Echenique llegan por un solo conducto, desde una dirección de correo plenamente identificada, y con el mismo formato conocido y con llamadas previas o simultáneas de él, su esposa o su secretaria, a la que atribuyó uno de los envíos incorrectos.No queremos dejar duda alguna sobre lo siguiente: es Alfredo Bryce Echenique quien debe asumir absoluta responsabilidad por las consecuencias de sus actos. El Comercio, en tanto, espera que el escritor, en aras de su bien ganado prestigio, reafirme su compromiso, expresado en su carta de ayer, de que sus colaboraciones futuras tendrán el riguroso control de calidad que El Comercio exige para sus lectores".


El asunto, creo yo, debería ser más transparente: si Bryce no es responsable, nada debería pasarle. Si Bryce es responsable, el diario no puede seguir publicando sus artículos de opinión, por el hecho sencillo de que no son la opinión de Bryce. Pero el punto intermedio --dejar en la bruma la responsabilidad y seguir adelante con la colaboración-- no tiene mucho sentido. Y, por otro lado, el diario (dejando en claro que, si hubo engaño, el mismo periódico fue la primera víctima) debería haber expresado a estas alturas, ya, de alguna manera, un cierto pesar con relación a los siete autores afectados.

Las pirañitas

Algo que me ha llamado la atención en todo esto es la evidente alegría, alegría de pirañas, con que muchísimos blogs y bloggers han celebrado (no veo otra palabra) el escándalo desatado en torno a Alfredo Bryce, en vez de simplemente lamentar el hecho mismo y cumplir con la denuncia.

Uno de ellos en particular, el siempre triste Marco Sifuentes, ha promovido cuidadosamente la publicación de insultos anónimos de toda índole contra el escritor: "borracho", "estafador", "que deje de chupar", "senil", "loco", "pastrulo", "cleptómano". Insultos a los que el lamentable Sifuentes responde con esta frase que lo pinta de pies a cabeza: "Celebro el humor con el que están tomando el asunto".

Matos Mar

Me intriga por qué la mella de la imagen de una persona a la que la mayoría de los limeños ha distinguido habitualmente con su cariño puede provocar el éxtasis de quienes ahora arman la fiesta. Es evidente que no les interesan las personas afectadas (nadie en absoluto se ha interesado por los autores originales de los artículos); es evidente que no les interesa la institución afectada (no falta quienes insultan a El Comercio tanto como a Bryce). Es evidente que el asunto ético los tiene sin cuidado (la mayoría se expresan mediante anónimos en blogs basura).

Es evidente también, por ejemplo, que la inmensa mayoría de los celebrantes ha leído días atrás, en otro blog (uno respetable), un texto durísimo de Silvio Rendón sobre el caso de José Matos Mar y el pongaje de los investigadores junior del IEP. Y a ningún blog le interesó rebotar el texto o hacerse eco de él.

Desde hace mucho tiempo, y a través de muchas fuentes, algunas de ellas directas, he escuchado hablar sobre la deshonestidad intelectual de José Matos Mar en la confección de su clásico libro Desborde popular y crisis del Estado: el nuevo rostro del Perú en la década de 1980.

Lo que Silvio Rendón dijo sobre la manera en que Matos Mar construyó su famoso libro resulta, incluso para quienes ya habíamos oído versiones idénticas, sorprendente:

El IEP tiene definitivamente muchas contribuciones al mejor entendimiento de la economía y sociedad peruana, pero también tiene algunas perlas. En mi opinión, la más grande es aquel supuesto libro conocido como "Desborde Popular" de José Matos Mar. Este señor siendo director de esta institución solicitó informes sobre los que estaban investigando a cada uno de los investigadores de la institución. Con el material recolectado puso a un asistente algo senior (a quien sí reconoce algún crédito en el prólogo del libro) y lo publicó como un libro de su autoría. Aquí es interesante constatar que nadie de los hoy reconocidos y senior investigadores de esta institución dijo nada. Calladitos nomás, aceptando el pongaje académico. Esta es la gente que habla de ciudadanía, accountability, democracia, etc. La verdad es que no tuvieron una actitud muy altiva que digamos. Mario Vargas Llosa sería particularmente duro con algunos intelectuales peruanos en "El pez en el agua", como que los conoce muy bien. Tiene pues de dónde agarrarse.

Para ver el caso por analogía, y salvo que alguien me quiera corregir, esto no es parecido al tema de
Bryce y los artículos de periódico: esto es más bien como si se descubriera que Alfredo Bryce no es autor de Un mundo para Julius, sino que hurtó las ideas y modificó los textos de un equipo de gente subordinada suya. Y es como si, de alguna manera misteriosa, a nadie le llamara la atención ese hallazgo (concediendo que no es un hallazgo para los insiders del mundo de las ciencias sociales). Tanto así que ni siquiera entre los diecisiete comentarios del post de Silvio se hace referencia al asunto, sino sólo al tema global de la renovación del IEP, y eso a pesar de que al menos uno de los comentaristas se cuenta también entre los repartidores de insultos del blog de Sifuentes.

Tan curioso como preguntarse lo que se pregunta Silvio --¿cómo es que los eventuales pongos no dijeron esta boca es mía?-- resulta el hecho de que el tema siga siendo silenciado y no comentado por quienes se vinculan al IEP. Tampoco deja de ser sorprendente que algunas de esas personas de silencios prolongados sean las mismas que denuncian mafias en otras esferas intelectuales.