Aldo Mariátegui y la clase alta como "raza degenerada"
En vísperas del reinicio de las conversaciones entre el gobierno de Israel y el palestino, hoy cuatro civiles israelíes fueron asesinados en una emboscada gratuita por terroristas palestinos en los alrededores de Hebrón, en la margen occidental. Una de las víctimas era una mujer embarazada.
Inmediatamente, Hamas reivindicó la autoría del atentado y 3000 personas celebraron, en un mitin en las calles de Gaza (donde esa organización tiene el poder efectivo), lo que llamaron "una operación heroica" de las Brigadas Qassam, el ala militar de Hamas, cuyo vocero, Abu Obeida, estuvo entre los celebrantes.
No es necesario decir que este crimen no merecerá la atención ni la condena unánime de la prensa y la opinión pública, como sucedió con el de los barcos de ayuda humanitaria pro-palestina atacados por el gobierno israelí hace unos meses. Eso ya parece irremediable: quienes prefieren parcializarse sin juzgar los hechos, necesitan obviar este tipo de incidente para no verse forzados a usar los dos platos de la balanza.
Es de una vileza extrema elegir al azar a cuatro civiles y aniquilarlos sólo para obstaculizar una negociación (en la que nadie tiene demasiada fe, por otro lado). Celebrar el hecho como heroico es patético no sólo porque duplica la violencia sino porque nos habla de una rabia radical que difícilmente se pueda superar en un futuro más o menos próximo: tanto Hamas y el ala radical de la OLP como el extremo recalcitrante de la coalición que respalda a Netanyahu es Israel han expresado ya su oposición al diálogo y, sobre todo, a la posibilidad de que sus respectivos gobiernos cedan algo en las negociaciones.
Solemos suponer que quienes se niegan al intercambio se sienten plenamente dueños de una verdad irrefutable; en algunos casos, sin embargo, es mucho más que eso: se sienten con derecho a pasar por alto, como inatendible, como irrelevante, o incluso como inexistente, cualquier cosa que los otros piensen o digan: quitarle todo posible valor a las ideas de un colectivo es quitarle todo valor real a las personas que forman ese colectivo.
En los casos extremos de racismo, por ejemplo, los racistas no juzgan las creencias o los discursos de las personas a las que menosprecian o ven como inferiores: estudian la conducta de esos sujetos, los observan como quien observa a una especie animal, y señalan lo que ven como sus taras y sus caídas, pero no los toman como origen de un discurso que valga la pena criticar: eso sería colocarlos al nivel propio, lo que iría contra el principio elemental de cualquier mentalidad racista.
¿Recuerdan cuando Jaime Bayly, primero, y Pedro Pablo Kukzynski, después, declararon que la gente de los Andes votaba por candidatos como Humala porque en la altura de las montañas andinas los cerebros carecían del oxígeno que necesitaban? Esa era una forma de decir: lo que estas personas piensan, creen u opinan no merece nuestra atención porque viene de gente incapaz de pensar, creer u opinar con la claridad con la que lo hacemos "nosotros".
¿Y recuerdan cuando Aldo Mariátegui,
en la primera plana del diario que dirige, se mofaba de la escritura del español de la congresista quechuahablante Hilaria Supa? Esa también era una manera evidente de descalificar la posibilidad misma de que el otro sea un interlocutor válido. Y ya sabemos de qué se trata en el fondo: cuando se cree que hay jerarquías que hacen a unos superiores a otros, se niega un principio básico de igualdad basado en una idea muy simple: que todos compartimos una misma humanidad.
El racismo es una de las maneras en que se manifiesta la negación radical al diálogo. Es también una forma de pensar que permite simplificar el mundo, cuando el mundo es tan complejo que resulta incómodo. Un racista puede llevar la fórmula de su discurso sobre las "razas degeneradas" por donde vaya, puede usarlo de maneras muy distintas, a veces aparentando no ser racista en absoluto, y puedo intentar que ese fácil esquemita actúe como explicación para los asuntos más diversos, sin que le importe en lo más mínimo lo insólitamente absurdas que puedan resultar sus conclusiones: un racista ha renunciado al deber de juzgar y argumentar, eso es parte de lo que lo hace racista; es su opción.
Tomen por ejemplo una reciente columna del mismo Aldo Mariátegui, "
El otro electarado". Fíjense primero que el título alude a la existencia de dos grupos a los que llama, respectivamente, el "electarado" y "el otro electarado". Reparen en que "tarado" viene de "tara", la característica de un ser atrofiado, de una especie en decadencia, es decir, lo que los nazis y otros prominentes racistas de los siglos diecinueve y veinte llamaban una "raza degenerada". Mariátegui usa la palabra para referirse a las clases populares que votan por candidatos de la izquierda populista y a las clases altas que votan por candidatos de la izquierda moderada.
Sería ridículo pensar que, por referirse a gente adinerada de lo que queda de la aristocracia limeña, Mariátegui no está siendo racista. Todas y cada una de las cosas que Mariátegui dice en su triste columna acerca de la "clase A" capitalina son absolutamente idénticas a las cosas que Hitler decía sobre los judíos en la Europa de los años treinta y cuarenta: el hermetismo egocéntrico, la conducta de logia, la repetición de la endogamia, el
inbreeding, la comparación con animales, las referencias a la degeneración física, a la deformidad, a la enfermedad mental. Da asco sólo asomarse al texto; parece salido de la mano de un Goebbles con bastante menos formación que el original.
Mariátegui no se refiere a una raza específica, y alude a una clase social que podemos suponer es mayoritariamente blanca. Eso puede engañar a un lector incauto. La verdad es que Mariátegui, en esa columna, hace una cosa aun más delirante que menospreciar a una raza:
inventa una raza para poder menospreciarla. Incapaz de pensar en la conducta de los individuos de la clase alta limeña como miembros de una clase, los convierte en una raza degenerada. Así sí puede; así es como él entiende el mundo.
(La imagen la he tomado sin permiso de una página de Facebook donde a su vez se tomó de un post de Álvaro Portales).