30.9.08

Respondiendo al profesor Huamán, 9

Sobre filiación y afiliación. Final

(Viene de aquí...)

Cito extensamente pasajes posteriores del ensayo del profesor Huamán. Dice:

“El estudio de Gustavo Faverón tiene como título «El principio de afiliación»* y utiliza un concepto propuesto por Edward Said... Faverón sostiene lo siguiente: «Las ficciones de los años de la violencia política en el Perú abundan en la noción de una filiación natural problemática, cuando no imposible; pero, en un giro que las distancia de Said, aquí la afiliación resulta, casi siempre, no la alternativa, sino la causa de la destrucción de las filiaciones naturales». ¿Qué significa «filiación natural problemática, cuando no imposible»? ¿Por qué afirmar que la afiliación que causa la «destrucción de las filiaciones naturales» constituye un giro que se aleja de Said? Tal vez, en el primer caso, no se ha entendido correctamente qué es una filiación y, en el segundo, se ha obviado que Said señala exactamente que las afiliaciones tienden a reemplazar a las filiaciones”.

Quiero responder a esas primeras preguntas, antes de que la acumulación de imprecisiones acabe por confundir al lector. La primera pregunta de mi colega es “¿qué significa “filiación natural problemática, cuando no imposible”? En la mayor parte de los cuentos recogidos en Toda la sangre, uno de los rasgos más recurrentes es la representación de familias atomizadas, de relaciones filiales destruidas como consecuencia de la guerra, y singularmente como consecuencia de la afiliación al senderismo de muchos de los protagonistas.

Eso ocurre, por ejemplo, en “Una vida completamente ordinaria”, de Miguel Gutiérrez, donde el personaje ha decidido que la opción de la clandestinidad supone la pérdida de la posibilidad de formar una familia. Sucede también en “Cirila”, de Carlos Thorne; en “El cazador”, de Pilar Dughi, donde la relación entre padre e hijo es cercenada por la forzosa inclusión de ambos en las filas de Sendero Luminoso; en “El padre del tigre”, de Carlos Eduardo Zavaleta y en “Por la puerta del viento”, de Enrique Rosas Paravicino, relatos, ambos, en los que un padre (natural en el primer caso, adoptivo en el segundo) enfrentan la posibilidad de cancelar el vínculo familiar con sus hijos debido a la opción violentista de ambos, es decir, debido a su afiliación a la subversión. Con diferencias ideológicas evidentes, el fenómeno se repite, en la dirección opuesta, en “Pálido cielo”, de Alonso Cueto, donde es el hijo quien ve el lazo familiar amputado tras el ingreso de sus padres y su hermano en el movimiento clandestino. En todos esos casos, es la relación de filiación la que se hace trizas debido a que los personajes anteponen a ese vínculo la nueva relación de afiliación al grupo político.

Luego se pregunta el profesor Huamán “¿por qué afirmar que la afiliación que causa la «destrucción de las filiaciones naturales» constituye un giro que se aleja de Said?”. Curiosamente, la mejor manera de responder a esa duda, muy legítima pero muy despistada, es recurrir a la respuesta que ofrece el mismo profesor Huamán a continuación. Escribe mi colega:

“[Said] entiende que a fines del siglo XIX y comienzos del XX se produce un cambio en la sociedad y la cultura, que obras como Tierra baldía, Ulises, Muerte en Venecia y otras expresarían la crisis de la filiación. Como apunta Said: «Parejas sin hijos, niños huérfanos, nacimientos abortados y hombres y mujeres incorregiblemente célibes pueblan con asombrosa insistencia el mundo del modernismo refinado, todos los cuales dan a entender las dificultades de la filiación» (31). Pero ello conduce al surgimiento de nuevas afiliaciones: «La única alternativa diferente parecían ofrecerla las instituciones, asociaciones y comunidades cuya existencia social no estuviera garantizada de hecho por la biología, sino por la afiliación»”.

Cualquier lector avisado habrá visto ya la diferencia, pero prefiero hacerla explícita para que la entienda mejor mi colega. La diferencia entre lo que Said propone para la novela modernista europea y lo que yo descubro representado en la ficción de la violencia política peruana, reside en el vínculo causal entre la disolución de las filiaciones y el surgimiento de las nuevas afiliaciones. Said, en efecto, encuentra que las nuevas afiliaciones son una alternativa ante “las dificultades de la filiación”. Es decir, en Said, la afiliación viene después y es un recurso alternativo posterior a la destrucción de las filiaciones naturales, es decir, al vinculo trizado de la familia. Lo que yo hallo en las ficciones de la violencia política funciona en el orden inverso: la destrucción de las filiaciones naturales no es causa, sino consecuencia de las afiliaciones (muy particularmente, de la afiliación de los sujetos a la subversión): el ensanchamiento de la brecha generacional entre padres e hijos y la disolución de la filiación sobrevienen cuando, casi siempre, los hijos deciden incorporarse al movimiento clandestino, que les ordena abandonar el vínculo familiar. (De nuevo, los ejemplos están en los relatos de Dughi, Thorne, Gutiérrez, Rosas Paravicino, Zavaleta, etc. Un contraejemplo interesante se encuentra en “La casa del cerro El Pino”, de Óscar Colchado Lucio, donde la filiación se mantiene a pesar de la afiliación subversiva).

Yo mismo explico, en un párrafo que el profesor Huamán cita, que la presencia “invasiva” de Sendero Luminoso “en pueblos y hogares era la disrupción de toda normalidad genética. El senderista –ese monje laico cuya mente funcionaba de acuerdo a principios desconocidos... era la encarnación de un movimiento ajeno a las formas tradicionales de filiación natural y afiliación comunitaria”**. Es decir, no el fenómeno que explicaba Said, aunque sus categorías --filiación y afiliación-- sean todavía útiles para el análisis, sino el fenómeno inverso. Curiosamente, el profesor Huamán critica la utilización, según él, mecánica y no matizada, del análisis de Said en el caso peruano, cuando es él quien no comprende que las categorías de Said puedan ser todavía productivas si uno reconoce primero las diferencias entre el corpus que investiga el crítico palestino y el que estudio yo en la introducción de Toda la sangre, en el que las mismas categorías subsisten, pero su relación causal se invierte.

No quiero extender esta respuesta infinitamente. Dado que los párrafos finales del ensayo del profesor Huamán se sostienen sobre esa lectura errada de mi texto en relación con el de Said, además, resultaría sin duda reiterativo comentarlos. En resumen, el profesor Huamán ha hecho una lectura prejuiciosa de mi ensayo, adelantando opiniones sin sustento, como aquella acusación del interés comercial, o la idea de que la proliferación de la literatura sobre la violencia política responde al deseo de reforzar mecanismos neoimperialistas o neocolonialistas. El lado teórico de su argumentación resulta anodino, pues se levanta sobre la incomprensión tanto de las categorías que él maneja (las de Anderson), como las que quiere criticar en mi ensayo (las de Said). Sus observaciones acerca de la invención del corpus de la narrativa sobre la violencia política carecen de sustento, o son incompatibles, en todo caso, con la mención que hace de otros corpus que no debería juzgar menos arbitrarios. Quisiera encontrar en su argumentación puntos que corrijan o enriquezcan mis propias ideas sobre el tema, pero lamento decir que me ha sido imposible.

* Otro error: el ensayo se titula “El precipicio de la afiliación”.

** Cuando digo que la extensión de la afiliación senderista causa la “disrupción de toda normalidad genética”, me refiero, como es evidente, a la normalidad genética de la filiación: genético, en este caso, significa “relativo al origen”. El profesor Huamán no comprende ese sentido transparente (segunda y cuarta definiciones del adjetivo “genético” en el diccionario de la RAE) y eso lo conduce a acusarme de determinismo biológico y a preguntarse, sin sentido ni elegancia alguna: “¿acaso los «indios» están afincados a la tierra porque sus cromosomas lo establecen?” No, profesor Huamán, nadie está hablando de cromosomas.


29.9.08

Respondiendo al profesor Huamán, 8

Sobre la “comunidad imaginada” y la “narrativa oficial”

(Viene de aquí...)

El profesor Huamán supone que una intención de Toda la sangre es postular una interpretación de la narrativa de la violencia política que “trascienda su fragmentación”. El pasaje completo dice esto:

“[El ensayo introductorio de Toda la sangre] defiende un sentido general en la escritura literaria que trascienda su fragmentación y dispersión en miles de casos personales e individuales. La paradoja de esa conversión radica en que en lugar de postular en esa producción la existencia de una comunidad imaginada que llamamos país, la conciencia crítica, por claudicar ante el fetichismo de la mercancía, enfatiza la necesidad de dicha plenitud, solo para constatar su inevitable carencia. Con ello cierra el paso y oculta la posibilidad de que la escritura literaria, incluso la que aborda la violencia, ofrezca significados abarcadores que permitan imaginariamente superar las contradicciones de la experiencia colectiva; es decir, construir efectivamente el espacio simbólico de una comunidad imaginada que restañe las heridas”.

La confusión del profesor Huamán es evidente, la vaguedad de las categorías que maneja es problemática y la paradoja que indica no es otra cosa que un fruto de la superficialidad de su aproximación. Si hasta ese punto ha recurrido a Said para explicar que el crítico no debe nunca claudicar en su denuncia y su refutación de los discursos dominantes (en la medida, cabe aclarar, en que esos discursos validen una inequidad social o una situación de subyugación), ahora el profesor Huamán echa mano de las teorías de Benedict Anderson para reclamar que la crítica abra el espacio a la formación de una “comunidad imaginada”.

En otros lugares he señalado los errores frecuentes de la ciega aplicación de las hipótesis de Anderson al caso de la literatura latinoamericana*. No me detendré a mencionar que las especulaciones de Anderson están hechas desde el terreno de la historia y las ciencias sociales que tanto espanto le producen al profesor Huamán cuando se aplican al estudio de la literatura**. Prefiero sólo hacer notar que en ningún lugar de la obra de Anderson se podrá encontrar la idea de que la formación de la “comunidad imaginada” (que Anderson no postula como sucedáneo de país, como piensa el profesor Huamán, sino como explicación del concepto de nación) sea un proceso simbólico deseable o un objetivo que deba ser activamente perseguido.

De hecho, Anderson es profundamente crítico de la forma en que América Latina ha vivido el proceso violentamente nacionalista de constitución de sus “comunidades imaginadas”, porque encuentra que ese proceso siempre ha existido sobre la base de discursos no sólo hegemónicos (lo cual es inevitable) sino ferozmente hegemonizantes, homogeneizadores, que han supuesto en la práctica la relegación y marginación de cualquier forma de discurso disidente, contrahegemónico, residual-contestatario o emergente-reivindicativo.

La “comunidad imaginada” no es, para Anderson --quien acuñó el término y lo definió-- otra cosa que el espacio simbólico de construcción de los discursos nacionalistas, y el resultado de esa construcción, y el nacionalismo, como sabemos, no es jamás un discurso inocente, y no deja de implicar, nunca, diversas formas de segregación. El profesor Huamán, acaso por su consistente rechazo a recurrir a las ciencias sociales en el campo de los estudios literarios, demuestra una inocencia sorprendente cuando postula la posibilidad de constituir, desde la literatura, el espacio de una “comunidad imaginada” que permita “superar las contradicciones de la experiencia colectiva” como si ese proceso se pudiera llevar a cabo sin atropellar las profundas diferencias políticas, culturales y sociales de sus actores, y, es más, como si la constitución de la “comunidad imaginada” fuera un proceso de pacificación (quizá lo sea, pero en el hipócrita sentido de las pacificaciones argentinas del diecinueve, por ejemplo).

La “comunidad imaginada” que describe Anderson es un constructo eminentemente político, y no uno que busca la conciliación, sino el avasallamiento de los discursos contrahegemónicos. Si recordamos que apenas un par de páginas antes mi colega ha criticado la inclusión de escritores marxistas en la antología, notaremos hasta qué punto el profesor Huamán echa a la basura los consejos de Said que él mismo ha mencionado antes: la propuesta del profesor Huamán no es en lo más mínimo una recusación de las ideologías dominantes, sino un atropello contra la existencia misma de los discursos opositores a las estructuras de dominación, y su ideal es la constitución de una nación “pacificada” no mediante el diálogo y la conciliación, sino a partir de la obliteración de lo contrahegemónico.

De ese modo, cuando, un par de páginas más adelante, el profesor Huamán, apoyándose en su lectura de ciertos autores de la “literatura andina”, proponga la afirmación de una “cultura integradora” como “respuesta crítica a los intentos de fomentar una ‘narrativa oficial’ de la violencia política”, estará postulando, claro, algo en lo que todos querremos creer, pero su afirmación será no paradójica ni simplemente contradictoria, sino radicalmente insostenible a partir de los conceptos que él mismo ha defendido hasta ese punto: no se puede contravenir ni lo hegemónico ni lo dominante obliterando al mismo tiempo lo contrahegemónico y lo contestatario.

* Faverón Patriau, Gustavo. Gaps of the Hegemonic in Nineteenth-Century Latin American Narrative. (Doctoral Dissertation) Ithaca, New York: Cornell University, 2005; Faverón Patriau, Gustavo. “Comunidades inimaginables: Benedict Anderson, Mario Vargas Llosa, la novela y América Latina”. Lexis: 2002, 26 (2): 441-67; Faverón Patriau, Gustavo. “Nacionalisme Andí”. El Contemporani. Barcelona, 2003, 28: 83-95.

** Si el profesor leyera a esos científicos sociales, podría evitar traspiés como el de afirmar que Sendero Luminoso no existía en 1974, o la ingenuidad de creer que la guerra interna se desató en 1980 sin un proceso previo de gestación de la subversión, que ha sido también recogido en la literatura.

Respondiendo al profesor Huamán, 6 y 7

Sobre Said y el regreso de las transnacionales

(Viene de aquí)

De inmediato, el profesor Huamán, extraviando el hilo de su especulación, vuelve sobre el tema del mercado. Escribe:

“Conviene recordar a un autor que Faverón ha leído y cita profusamente: Edward Said. Este alerta sobre el peligro de validar la ideología dominante al ejercer la crítica, pues entiende que, al proceder de ese modo se aparta de su función frente a la cultura dominante y deja al público abandonado: «en manos de las fuerzas del libre mercado, las corporaciones multinacionales y las manipulaciones de los apetitos del consumidor»”.

En efecto, la observación de Said es irrefutable, entre otras cosas porque es un truismo: el ejercicio de la crítica puede fácilmente deslizarse hacia la legitimación de una ideología dominante, refrendando sus principios y validando sus presupuestos, así como puede revisarlos, criticarlos y desmontarlos (justamente lo que hace Said con las nociones fundamentales del orientalismo). Pero esto último no sería capaz de lograrlo un crítico si no atiende a los discursos y las formas de representación que constituyan las líneas adversarias del pensamiento dominante.

¿Cómo conciliar, entonces, ese llamado de atención del profesor Huamán con su crítica ante el hecho de que Toda la sangre incluya y estudie relatos escritos desde el marxismo e incluso desde el comunismo radical, así como reúne textos construidos desde la derecha conservadora y otros reconciliables con las posturas de la CVR? ¿Cómo podría un crítico evitar la legitimación de los discursos hegemónicos, cualquiera que estos fueran, si eludiera la responsabilidad de considerar y evaluar los discursos contrahegemónicos, amparado en una convicción moralizante y censuradora como la que propone el profesor Huamán? Y, por último, ¿cómo es que la inclusión de textos escritos desde posturas contrahegemónicas podría validar los intereses de “las fuerzas del libre mercado y las corporaciones transnacionales”?

Lo que el profesor Huamán se niega a comprender es que, en el Perú, la escritura y la necesidad de lectura y discusión de obras literarias referidas a la “violencia política” no ha sido un producto de ningún mercado y menos aún de las manipulaciones de alguna transnacional, sino la respuesta esperable en un país que intenta comprender, ansiosa, angustiosamente, los orígenes de la guerra interna y sus secuelas. ¿Acusaremos a Primo Levi de lucrar con el Holocausto? ¿A Cabrera Infante de hacerlo con el asesinato masivo de indígenas en la conquista? ¿A Ricardo Piglia y Rodolfo Walsh de colaborar con el mercado en la explotación del tema de las dictaduras argentinas?


Sobre los científicos sociales y la “falacia referencial”

Sostiene el profesor Huamán que la alusión en mi ensayo al trabajo de estudiosos del fenómeno de la guerra interna como Gonzalo Portocarrero y Carlos Iván Degregori “refrenda, tal vez sin proponérselo, dos típicos errores de los científicos sociales cuando enfrentan la literatura: la falacia referencial y el determinismo positivista”.

Y continúa en esa línea:

“Tomar el discurso literario como un documento que refleja directamente la realidad, y la práctica de creación verbal como un uso referencial que brinda información directa de los fenómenos sociales son concepciones que empobrecen radicalmente el fenómeno estético-literario”.

Hace muy mal el profesor Huamán en llamar “falacia referencial” al fenómeno que intenta describir. El lenguaje literario es tan referencial como cualquier otro; si no lo fuera, los textos producidos en él y mediante él no tendrían jamás una relación ni empírica ni significativa con el mundo sobre el cual escriben sus autores. La guerra del fin del mundo no se referiría al conflicto de Canudos y “El marqués y los gavilanes” no aludiría al desplazamiento de la aristocracia y la oligarquía ante la movilidad social de la nueva burguesía en el último tercio del siglo pasado en el Perú. Es más, esas obras ni siquiera podrían leerse como reflexiones sobre problemas sociales o políticos en general, dado que la sociedad no es un objeto ficcional, sino un objeto exterior al discurso que alude a ella.

Lo que el profesor Huamán pretende denunciar es algo distinto, algo que el crítico Daniel Salas propone llamar “falacia mimética”, es decir, el engaño implícito que supone la lectura de una obra ficcional como si el mundo diegético fuera idéntico al mundo real; sus estructuras, equivalentes; sus sucesos, reflejos puntuales y exactos. Está claro que ello acarrearía la confusión acrítica más ingenua: tomar la ficción como si fuera la realidad, reaccionar ante la novela como si fuera el mundo: implicaría la obliteración quijotesca de los límites entre lo real y lo simbólico.

Pero igualmente absurdo es creer que un texto literario no supone ninguna postura crítica ante la realidad, que no involucra una posición ideológica y una propuesta de comprensión de los mecanismos del universo al que alude, y que ni siquiera es capaz de referirlos. Los ríos profundos no es el (imposible) retrato objetivo, aséptico y limpiamente biunívoco de un sector de la sociedad andina, pero sí sugiere una versión de la problemática estructura social, cultural y política de esa franja del Perú, mediada por la construcción intelectual y estética que Arguedas operó sobre ella, entre otras cosas, para mejor entenderla. Leer la novela desde esa óptica no es caer en falacia alguna: es restituir a la obra su propósito, insuflarle la misma vida que el autor quiso depositar en ella.

El ensayo que abre Toda la sangre no defiende nunca la idea, que el profesor Huamán me atribuye, de que los cuentos antologados representan una imagen fáctica real y que miméticamente reconstruyen y describen la complejidad del fenómeno de la guerra interna. Todo lo contrario: el ensayo insiste en la perentoria y constante oposición de los discursos enfrentados, en la contradicción de los puntos de vista, en la singularidad política de cada texto, en sus desavenencias y sus contrariedades. ¿Cómo podrían “El mural” de Oswaldo Reynoso y “Pálido cielo” de Alonso Cueto considerarse ambos, simultáneamente, representaciones equivalentes y miméticas del asunto de la guerra interna, si sus posturas son estéticamente irreconciliables, sus posiciones de clase, divergentes, y sus concepciones del conflicto se originan en antípodas del espectro político? ¿Cómo podrían ser igualmente miméticas dos versiones tan diametralmente contrapuestas de la historia?

Justamente, es para escapar de la “falacia mimética” que un crítico que estudia la representación de la violencia política debe recurrir a los hallazgos de las ciencias sociales: porque su forma de aproximación al fenómeno es fundamentalmente distinta, porque le permiten al crítico un catalizador y un contraste entre las versiones ficcionales del tema y los descubrimientos y racionalizaciones de la sociología y la antropología. Porque una vez que se acepta que las obras sí refieren al fenómeno real, aunque no sean un reflejo preciso de él, ni mucho menos su recuperación totalizadora, sino su reinstauración ficcional, divergente y necesariamente parcial, el crítico está obligado a conocer, tan minuciosamente como le sea posible, el tópico al que las ficciones aluden, tal como ha sido estudiado desde las ciencias sociales y las humanidades: es simplemente un compromiso intelectual, que alejará al crítico de la posibilidad de confundir representación con calco, y un compromiso ético, que le evitará el desbarro de hablar sobre lo que desconoce.

28.9.08

Respondiendo al profesor Huamán, 5

Sobre la palabra “política”

(Viene de aquí...)

Escribe el profesor Huamán:

“Faverón, sin establecer exactamente qué significa para su trabajo el término ‘‘política’’, relaciona permanentemente la producción literaria con los acontecimientos de la llamada guerra popular o interna... En el inicio del trabajo, el autor formula una idea de justificación: «La necesaria recaptura de la sensación de que nuestra historia ha salido del hoyo negro de la guerra es una de las tareas que la literatura ha tomado para sí, como tomó antes la labor de dar cuenta de la guerra misma». Es decir, la palabra política se usa en sentido referencial para aludir a los sucesos o acciones violentas del período 1980-2000. Ello pertenece –según el crítico– a las funciones que debe cumplir la literatura. Esta prioridad dada a estos hechos violentos para atribuirles exclusivamente una condición política nos plantea un conjunto de dudas y discrepancias. Evidentemente, la antología ha excluido un vasto conjunto de sucesos que, sin estar orientados hacia la toma violenta del poder o su conservación, tienen innegablemente una raigambre política que también forman parte de la historia de nuestra nación… Maltratos y violaciones a miles de mujeres, explotación laboral de niños y adolescentes, desamparo y represión contra adictos o enfermos, castigo y abuso de estudiantes, discriminación y exclusión de minorías étnicas son ejemplos de violencia cuya naturaleza es esencialmente política. ¿Por qué, si la literatura tiene la tarea de dar cuenta de la violencia política, tendría que excluir o ignorar estas manifestaciones?”.

El profesor Huamán no debería perder tiempo en elaboraciones inconducentes, ni apurarse tanto a señalar como ausentes temas que están presentes en la antología. Es curioso que, en el mismo párrafo en que especula sobre la carencia, en mi introducción a Toda la sangre, de una definición explícita y problematizadora del término “política”, él use indistintamente los términos “guerra popular” y “guerra interna”, como si esas etiquetas no fueran discutibles, fueran intercambiables y no implicaran ópticas discursivas radicalmente diferentes: “guerra popular” es un término tomado del léxico senderista, y supone una concepción de la guerra como instrumento de liberación revolucionaria en manos del pueblo en armas; “guerra interna” es el término más común en el uso de la sociedad civil, sustentado en las evaluaciones de la Comisión de la Verdad. No son equivalentes, no son intercambiables, no son inocuos, no son lo mismo: cada uno de esos términos construye su referente desde discursos divergentes.

El profesor Huamán parece sorprenderse de que yo use el término “violencia política” para referirme a “los sucesos o acciones violentas del periodo 1980-2000”. Para cualquier otro lector será claro que hablo de “violencia política” con la intención de aludir a un subconjunto de la compleja red de violencias entretejidas en el cuerpo social y en la historia del Perú. Es decir, en particular, a la violencia que fue consecuencia del enfrentamiento radical entre entidades que enarbolaron cada cual un cierto discurso ideológico, unos ciertos principios, unos ciertos objetivos y que pretendieron hacerlo en defensa explícita de ciertos ideales: la toma del poder y la construcción de una sociedad regida por los principios del maoísmo, por un lado, la reivindicación de la legitimidad del Estado y los presupuestos de la nacionalidad integradora y de la democracia representativa, por otro lado. Por supuesto, de más está debatir aquí hasta que punto fue real el compromiso de los implicados con esos principios: ese no es el punto de esta discusión.

El profesor Huamán enumera una serie de temas que, según él, forman también parte del asunto de la “violencia política” y que Toda la sangre no toma en cuenta. No quiero creer que el profesor Huamán critique el contenido de la antología sin haber revisado los textos que reúne, pero resulta llamativa su nómina de olvidos: “maltratos y violaciones a miles de mujeres, explotación laboral de niños y adolescentes, desamparo y represión contra adictos o enfermos, castigo y abuso de estudiantes, discriminación y exclusión de minorías étnicas”. Una simple mirada a los cuentos seleccionados habría de descubrirle al profesor la presencia del tema de los “maltratos y violaciones a miles de mujeres” en “Cirila” de Carlos Thorne; el asunto de “la explotación laboral de niños y adolescentes” en “Adiós Ayacucho” de Julio Ortega; el tópico del “castigo y abuso de estudiantes” en “La guerra del arcángel San Gabriel” de Dante Castro, la temática de la “discriminación y exclusión de minorías étnicas” en “El cazador” de Pilar Dughi o en “Arrasados” de Zein Zorrilla, y eso por mencionar sólo un puñado de ejemplos.

Lo que no hace Toda la sangre es perder de vista los límites de su corpus y el interés de su investigación, referida no a todas las formas de violencia que podamos vincular con la estructura social y los discursos políticos implícitos que atraviesan esa estructura, sino solamente con los que se inscriben en el campo de lo que dos párrafos arriba he definido como “violencia política”. Lo que el profesor Huamán parece pedir no es una complejización del corpus de la violencia política, sino su evaporación: la narrativa peruana que alude a la violencia social del país es casi el cien por ciento de nuestra tradición ficcional, desde las Tradiciones de Palma hasta Un mundo para Julius y desde El sueño del pongo hasta Puta linda; relajar las fronteras del corpus implicaría extinguir la posibilidad de encontrar en nuestra narrativa las sugerencias de evocación, interpretación y representación que los autores han construido en sus obras sobre el tópico singular de la guerra interna.

Mi colega cita el siguiente fragmento de mi introducción a Toda la sangre: “La necesaria recaptura de la sensación de que nuestra historia ha salido del hoyo negro de la guerra es una de las tareas que la literatura ha tomado para sí, como tomó antes la labor de dar cuenta de la guerra misma”. Y a partir de esa referencia, extrae la siguiente conclusión:

“Es decir, la palabra política se usa en sentido referencial para aludir a los sucesos o acciones violentas del período 1980-2000. Ello pertenece --según el crítico-- a las funciones que debe cumplir la literatura. Esta prioridad dada a estos hechos violentos para atribuirles exclusivamente una condición política nos plantea un conjunto de dudas y discrepancias”.

Ambas afirmaciones son apresuradas y finalmente erróneas. Lo que yo digo, pienso que con suficiente claridad, es que la “recaptura de la sensación de que nuestra historia ha salido del hoyo negro de la guerra” es una necesidad del Perú como sociedad, y que la literatura la “ha tomado para sí, como tomó antes la labor de dar cuenta de la guerra misma”. Eso de ninguna manera supone afirmar que la literatura está obligada a dar cuenta de la guerra interna. Es una observación factual que cualquiera puede comprobar con tan sólo recorrer los estantes de una librería: la literatura peruana ha asumido la reflexión de la postguerra activamente y a través de centenares de esfuerzos individuales. Por otra parte, señalar que los sucesos de la guerra tienen un carácter político no implica sostener que tengan exclusivamente un carácter político. Esa es una atribución fantasiosa que el profesor Huamán no podría jamás sustentar con argumentos luego de una lectura cuidadosa del ensayo al que se refiere su artículo.

(Continuará...)

Respondiendo al profesor Huamán, 4

Sobre la moral crítica y las falsas moralidades

(Viene de aquí...)

El problema es que el profesor Huamán permite que sus observaciones críticas se vean intensamente permeadas por un prejuicio seudo-moralizador sobre el rol de la crítica y por otro aun peor: la idea de que la crítica relativa a la literatura de la violencia no está comprometida con el esclarecimiento de un fenómeno literario, estético e ideológico, sino con la búsqueda del éxito comercial, y que acabaría por constituirse en un refuerzo, acaso inconsciente, de los estereotipos promovidos por ese malentendido neoimperialismo al que antes aludí. Dice mi colega, en referencia a Toda la sangre:

“Según parece, la idea ha sido ofrecer esa selección porque el público se interesa en esa temática, sin importar que algún joven vaya a creer que basta abordar esos sucesos para lograr destacar como escritor o que muchos fundamentalistas se sientan gratificados por la reafirmación de sus postulados que proclaman que la literatura debe expresar la lucha de clases. Evidentemente, cualquier segmentación o selección responde a opciones del crítico y estas, más allá de su intención consciente, pueden resultar funcionales o disfuncionales a las necesidades del mercado. Tengo la impresión de que, en este caso, ha primado más el criterio de ventas”.

En el inicio de ese fragmento se encuentra la engañosa mirada moralista a la que aludí. Involucra, antes que nada, una concepción ingenuamente paternalista de la labor crítica: la idea de que un estudioso de la literatura debería, antes de formularse su tarea investigativa, reparar en la repercusión moral de la misma sobre un lector tan inocente y despistado que sólo puede entender los libros como una escalera hacia el reconocimiento personal. Según se puede colegir de sus palabras, el profesor Huamán supone que la crítica debería soslayar el fenómeno de la literatura de la violencia en el Perú para proteger a los jóvenes escritores del error de pensar que escribir sobre la violencia es un camino hacia la consagración.

Esa idea, obviamente jerárquica y desdeñosa frente a la capacidad intelectual de los potenciales lectores de Toda la sangre (y de los lectores de toda la literatura de la violencia política) esconde un mal mucho mayor, un mal crucial que desvirtúa las bases mismas sobre las cuales el profesor Huamán desempeña su trabajo crítico: él piensa que la crítica debe vedar, ocultar, escamotear al lector los tópicos que pueden corromperlo: la crítica, según el profesor Huamán, debería vetar y censurar el estudio de ciertos asuntos para no convertirse en una suerte de infección incurable en la mente del lector y en la visión y la poética de los escritores futuros. O peor aun, que la crítica debería advertir a sus lectores acerca de los temas que pueden o no tratar si algún día piensan en tomar la posición de autores ellos mismos.

Mi colega debería comprender que la crítica debe ser pedagógica, en efecto, pero no paternalista: el crítico no es el guardián de la moral de los lectores, sino apenas un lector más entrenado que el resto, que tiene el deber de esclarecer lo oscuro y desentrañar lo oculto: hacer evidentes los postulados estéticos y las concepciones ideológicas que subyacen a un texto, jamás privar al lector del contacto con los libros, y mucho menos asumirse con derecho a dictaminar que un tema en particular debe pasarse por alto para cuidar la pureza de sus potenciales receptores.

El otro riesgo que el profesor Huamán señala en relación con Toda la sangre, además del peligro de corromper a los jóvenes, es su temor de “que muchos fundamentalistas se sientan gratificados por la reafirmación de sus postulados que proclaman que la literatura debe expresar la lucha de clases”. Una vez más, lo que parece proponer el profesor Huamán es la censura de ciertos textos. Quizás la inclusión de “La oración de la tarde”, el relato del senderista Hildebrando Pérez Huarancca, le parece perniciosa. Acaso el profesor hubiera preferido que Toda la sangre excluyera a todos los autores marxistas, temeroso de que la lectura de esos cuentos enfermara de un afán violentista al público lector de la antología. Poco le interesa al profesor Huamán el hecho evidente de que esa censura haría del libro un panorama sesgado y parcial, incompleto y tendencioso, mutilado y, por tanto, mentiroso. Una vez más, prefiere la protección falaz de la moral del lector antes que la posibilidad de otorgarle a ese mismo lector todos los elementos relevantes para que se forme un juicio del asunto. Si el profesor Huamán entiende el trabajo de la crítica como el de una censura y un tijereteo, una elisión y una elusión, allá él: yo no puedo ejercer la crítica ocultando las evidencias del tópico que elijo estudiar. Esa es la verdadera moral del ejercicio crítico, la moral que todos en esta profesión debemos respetar.

El profesor Huamán debería ceñirse a la decencia de no expresar juicios de valor sin ofrecer al menos una mínima explicación. “Tengo la impresión de que, en este caso, ha primado más el criterio de ventas”, escribe*. Esa es una frase que el profesor Huamán podría haberse reservado para una charla de café, pero que no tiene lugar alguna en un estudio que quiere presentarse como crítico. No es sino una falsedad tendenciosa dirigida a descalificar por capricho el trabajo de un colega; no tiene lugar alguno en un estudio que quiere presentarse como crítico. “Tengo la impresión”. Vaya agudeza, vaya lógica severa, vaya sólida argumentación.

*Aunque por lo común me parece poco elegante referirme a estos asuntos, quizá valga la pena en este caso precisar que Toda la sangre fue publicado sólo gracias a que la Editorial Matalamanga aceptó endeudarse con los talleres gráficos que corrieron con los gastos de impresión, y que yo, como editor del libro, no he percibido, ni he pedido nunca, ni un solo sol del producto de las ventas. ¿Será necesario también hacerle ver al profesor que Matalamanga no es precisamente una "gran editorial transnacional"?

27.9.08

Respondiendo al profesor Huamán, 3

Sobre el corpus de la literatura de la violencia política

(Viene de aquí…)

El profesor Huamán, entonces, no advierte ni evalúa las profundas diferencias ideológicas existentes entre las obras literarias que, según él, refrendan e impulsan una suerte de “leyenda negra” [sic] sobre los vicios y las taras de la sociedad peruana. Pese a eso, el profesor sí habla de ideología, pero se refiere a la ideología de los críticos que han estudiado la representación literaria de la violencia política en el Perú. Dice mi colega:

“Las imágenes de la literatura peruana que refuerzan ambos rubros [las novelas sobre “sexo y drogas” y los relatos sobre la guerra interna] y que responden a una visión poscolonial son promovidas por la crítica de acuerdo con sus propuestas ideológicas. Así, dentro de la segunda óptica descrita, existe una lectura que ha puesto de relieve el vínculo entre literatura y violencia política con la intención de conseguir notoriedad. Han surgido antologías y estudios que enfatizan la existencia de un supuesto gran corpus en la narrativa nacional que transitaría por el tratamiento de las acciones terroristas, cuya presencia sería el rasgo distintivo de la novela andina. Esta estrategia involucra a estudiosos nacionales como Jorge Flórez-Áybar (Literatura y violencia en los Andes, 2004), así como a académicos extranjeros como Mark R. Cox (Pachaticray. El mundo al revés. Testimonios y ensayos sobre la violencia política y la cultura peruana desde 1980, 2004, y El cuento peruano en los años de violencia, 2000). Toda la sangre. Antología de cuentos peruanos sobre la violencia política (2006) de Gustavo Faverón Patriau se inscribe dentro de esta tendencia”.

Hay que recordar que el profesor Huamán, cuando alude a “una visión postcolonial”, lo hace, como mostré antes, confundiendo postcolonialidad con neoimperialismo, o en todo caso con neocolonialismo, y desde una perspectiva que resucita la obsoleta teoría de la dependencia. De modo que cabe suponer que cuando alude a las “propuestas ideológicas” de los críticos que tratan el tema, lo hace dentro de ese marco.

Pero luego de saludar a la bandera con esa alusión meramente nominal a la ideología, el profesor produce una lista, por decir lo menos, heterogénea, en la que somos incluidos, sin mayor precisión ni discernimiento, el crítico puneño Jorge Flórez-Aybar, el norteamericano Mark R. Cox y yo. ¿Cuál es la propuesta ideológica compartida por los tres, según el profesor Huamán? No lo dice. Yo apenas si puedo vislumbrar como coincidencia nuestro interés en un mismo tópico, pero no hallo convergencias ideológicas significativas.

Flórez-Áybar es un estudioso de la literatura de los Andes, que la ha periodificado de modo que, para él, existe una literatura andina, distinta de la indigenista y de la neoindigenista, posterior a ambas, y que tiene como una de sus piedras de toque fundamentales la temática de la violencia política. Cox se apoya parcialmente en Flórez-Aybar en sus especulaciones sobre el tema, pero no parece demasiado involucrado ni teórica ni críticamente con las ideas del anterior.

Entonces, el profesor Huamán comete un desacierto crítico y una arbitrariedad falaz sin molestarse siquiera en velarla con un barniz de aparente argumentación: afirma que la lectura crítica que practicamos Flórez-Áybar, Cox y yo es similar, y además que está guiada por el afán de “conseguir notoriedad”. ¿Sobre qué base afirma algo así? ¿Qué lugar tiene ese exabrupto en una especulación crítica? ¿Cómo se concilian, en la mente del profesor Huamán, la idea de que los críticos elaboramos nuestras lecturas para “conseguir notoriedad” con la noción de que lo hacemos como parte de un esfuerzo “consciente o inconsciente” por promover la imagen de los pueblos andinos como “atrasados y decadentes”? Ninguna respuesta, más allá de la boutade, se encuentra en el artículo de mi colega.

(Con la seudo-lógica atropellada del profesor Huamán, sería igualmente posible decir que González Echeverría escribió sobre García Márquez en busca de notoriedad, que Rama escribió sobre Arguedas buscando fama y fortuna o que el profesor Huamán publica sus artículos animado por el ansia de brillo personal. Nada de eso sería sustentable, claro, y nada de eso sería digno de un crítico serio).

Tras reemplazar el endeble argumento ideológico por el de la “notoriedad”, el profesor Huamán sindica a la antología de Cox y a la mía como vehículos que intentan convencer al lector de “la existencia de un supuesto gran corpus en la narrativa nacional que transitaría por el tratamiento de las acciones terroristas, cuya presencia sería el rasgo distintivo de la novela andina”.

Veamos. ¿Está el profesor Huamán afirmando que el corpus de la literatura de la violencia política no existe? ¿Está suponiendo que los centenares de obras (entre cuentos, novelas, poemas, piezas teatrales, películas, etc.) que aluden al tema de la guerra interna no están allí en realidad? ¿O está diciendo que agruparlas en la categoría de “literatura de la violencia política” no es más que una especie de truco engañosamente crítico, una especie de stunt destinado simplemente a inventar un campo propicio para la notoriedad de los críticos que, luego de inventar el campo, lo estudian?

Las varias decenas de novelas sobre el tema de la violencia política son reales, han sido producidas, publicadas y leídas, y sus estéticas y sus armazones ideológicas y sus formas de representación han ingresado necesariamente en la discusión sobre la literatura peruana reciente y son una intervención en el debate sobre la memoria histórica en el país. Los críticos, en efecto, han llegado después y han convertido ese conjunto en un corpus, buscando en él los rasgos de convergencia y las señas de discrepancia, intentando descubrir sus líneas maestras, si las hay, y sus propuestas, y su mirada sobre el pasado y el presente, y su capacidad evocativa y representacional, así como sus formulaciones estéticas y artísticas, etc.

Eso, como debería saber el profesor Huamán, no es un abracadabra publicitario, sino el primer paso necesario e inevitable de cualquier reflexión crítica sobre cualquier conjunto de producciones literarias en cualquier periodo de la historia. Ese es el mismo paso crítico que le permite al profesor Huamán disertar sobre los rasgos de la “novela andina”, a la que alude con frecuencia: lo que llamamos “novela andina” no es otra cosa que un corpus que la tradición crítica instituye para comprender en conjunto algo que, si no mediara esa intervención, no sería otra cosa que una secuencia inorgánica de obras independientes y atomizadas, una especie de magma sobre el cual ninguna luz se podría arrojar con certeza.

El teatro del absurdo, la novela gótica, la narrativa neoindigenista, la novela regionalista, el realismo social, la narrativa distópica, la poesía femenina, la vanguardia poética, la literatura peruana: todos son corpus organizados por la crítica para la comprensión de ciertos fenómenos literarios, cada cual construido según criterios distintos (nacionales, estilísticos, ideológicos, etc.). Constituir un corpus sobre la base de un conjunto de obras independientes entre sí: eso es lo que Lukács hizo con la novela histórica, lo que hizo Bakhtin con la novela dialógica, lo que hizo Rama con la narrativa transcultural, lo que hizo Sommer con el romcance fundacional, lo que hizo Avelar con la novela postdictatorial, lo que hace cualquier crítico que se respete al seleccionar el campo de su estudio: sólo así se puede demarcar con claridad metódica los alcances de su aproximación crítica y el rango de sus observaciones.

Al denunciar la constitución crítica del corpus de la narrativa de la violencia política, el profesor Huamán no está, pues, como cree, observando una arbitrariedad: está acusando a la crítica literaria de hacer lo que la crítica literaria tiene que hacer si espera trabajar racional y metódicamente al aproximarse a su objeto de estudio.

(Continuará…)

26.9.08

Respondiendo al profesor Huamán, 2

Sobre dependencia, mercado y neoimperialismo

(Viene de aquí…)

En el párrafo siguiente, el profesor Huamán vincula su equivocada reflexión sobre el noble savage y la leyenda negra con la situación del Perú de hoy. Luego de escribir que “ambas lecturas refuerzan nuestra condición de formaciones sociales dependientes”, añade lo siguiente:

“Esta situación no ha desaparecido con la Independencia ni con el inicio del siglo XXI, sino que se ha mantenido como postcolonialismo, cuyo rasgo básico consiste en promover el mismo tipo de mirada sobre nuestras sociedades, pero mediada por criterios de mercado. Por ejemplo, la literatura peruana que más vende es precisamente la narrativa de la subjetividad que recrea las experiencias en drogas y sexo de los sectores juveniles marginales o acomodados indolentes. También, complementariamente, aquellos relatos que presentan los actos de violencia terrorista y de violaciones de derechos humanos, cuya persistencia se presenta como rasgo de atraso y decadencia”.

La primera afirmación del profesor Huamán en esta cita, conjugada con su diagnóstico del Perú como “formación social dependiente”, resulta una extraña combinación de dos teorías en gran medida discrepantes: por un lado, la teoría de la dependencia, que tuvo su auge entre los cincuentas y los setentas, y que afirmaba que los países llamados periféricos tenían asignado un rol secundario y ancilar en la economía mundial, de modo que no podían aspirar a ser más que sociedades reflejas, abandonadas en manos de las potencias que ocupaban el centro del sistema. De manera quizás involuntaria, esa teoría acababa por eximir de mayores responsabilidades en el atraso de los países más pobres a las clases dominantes de esos países: la culpa no era interna, porque la pobreza y cualquier desequilibrio era producto del sistema mundial. Estoy seguro de que, si lo piensa dos veces, el profesor Huamán no querrá seguir defendiendo esa idea.

Por otra parte, el profesor Huamán parece incorporar a esa teoría una mirada, en verdad muy idiosincrásica, de la teoría postcolonial. El profesor llama “postcolonialismo” a la sobrevivencia de la estructura ideológica, política y social del mundo colonial en la relación contemporánea entre las naciones antes colonizadas y los Estados metropolitanos. Dice que lo único que ha cambiado es que la relación se encuentra hoy “mediada por criterios de mercado”.

En verdad, eso tiene muy poco que ver con los hallazgos y los conceptos de la teoría postcolonial (que se interesa, más bien, en estudiar la manera en que las sociedades antes coloniales o de alguna manera aún hoy dominadas, lidian con el problema de formular o reformular sus identidades nacionales, y por construir discursos que desmonten la lógica del colonialismo). Las ideas de Huamán corresponden más bien a explicaciones economicistas (es decir, nociones desarrolladas por sus tan temidos “científicos sociales”) de mediados del siglo pasado, que proponían el concepto de “neoimperialismo” para explicar las nuevas formulaciones de la relación entre centro y periferia.

Pero es el razonamiento posterior del profesor Huamán el que implica un verdadero salto acrobático. Como ejemplo de cómo funciona el neocolonialismo en alianza con el mercado, mi colega ofrece lo que para él parece ser una verdad evidente. Dice que es debido a esa alianza que “la literatura peruana que más vende es precisamente la narrativa de la subjetividad que recrea las experiencias en drogas y sexo de los sectores juveniles marginales o acomodados indolentes”.

Entendámonos: lo que afirma el profesor Huamán es que el estereotipo del noble savage (como vimos ayer, muy mal entendido por él) y las construcciones producto de la “leyenda negra” (comprendida por él incluso con menos claridad), mutatis mutandis, se han transfigurado, por obra y gracia del mercado, en la producción de obras literarias que hablan de “drogas y sexo” en la sociedad peruana, promovidas y fomentadas por el diabólico neoimperialismo.

La primera pregunta que viene a la mente es esta: si el profesor Huamán, hasta allí, ha estado hablando del centro y la periferia, esgrimiendo argumentos tomados de la teoría de la dependencia y los discursos que denuncian el neoimperialismo (sobre todo el americano), y luego coloca esto como ejemplo, ¿debemos, para creer en lo que él dice, suponer que son el neoimperialismo y las grandes metrópolis las que hacen que las obras literarias peruanas que lidian con temas como “las drogas y el sexo” se multipliquen hasta ser mayoritarias y encuentren una respuesta acogedora en el lector peruano? ¿Está el lector peruano especialmente ávido de verse a sí mismo como un ser corrupto y deleznable? ¿Y eso se debe a la influencia del mercado y el neoimperialismo? ¿Acaso escribir sobre sexo y drogas implica necesariamente una mirada degradante del peruano o de la sociedad peruana? (El dejo mojigato y conservador de la afirmación del profesor Huamán lo trataré más adelante).

Una pregunta suelta: ¿cómo explicaría el profesor Huamán que las obras sobre “drogas y sexo” sean igualmente populares en todo el planeta, en casi cualquier lengua, incluyendo las de esas metrópolis que, según dice, están interesadas en promover esta literatura para menospreciar a los países periféricos y mantener así su poder sobre ellos?

Dejemos esto todavía más claro: ¿debemos suponer que la poesía de Carmen Ollé, Jorge Eduardo Eielson o Rocío Silva Santisteban, las ficciones de Santiago Roncagliolo, Sergio Galarza, Fernando Ampuero, Oswaldo Reynoso y un inmenso etcétera, han sido producidas, editadas y han encontrado aceptación en el Perú simplemente como efecto de una conjunción de fuerzas relacionada con el neoimperialismo y nuestra dependencia del circuito económico mundial? ¿Dónde queda, en la mirada del profesor Huamán, el hecho de que el contenido ideológico de las obras de todos esos autores sea radicalmente distinto e incluso que sean obras antagónicas por definición? ¿O es que ese contenido ideológico acaso no tiene peso alguno en la manera en que el lector va a relacionarse con la obra?

Hay algo incluso más criticable. Junto a las novelas sobre “drogas y sexo”, que tanta repulsa le causan al profesor, mi colega cita también otro caso de novelas que ocupan un lugar central en la producción literaria peruana, según él gracias a la misma conjunción de mercado y neoimperialismo: “aquellos relatos que presentan los actos de violencia terrorista y de violaciones de derechos humanos, cuya persistencia se presenta como rasgo de atraso y decadencia”. El profesor Huamán ofrece algunos ejemplos: menciona obras de Alonso Cueto, Santiago Roncagliolo, Félix Huamán Cabrera, Enrique Rosas Paravicino, Dante Castro y Luis Nieto Degregori.

Aunque distingue entre ellos formalmente (a unos los llama postmodernos, a otros indigenistas, a otros modernistas), el profesor olvida señalar, una vez más, las profundas discrepancias ideológicas: en esa nómina hay izquierdistas moderados, conservadores, maoístas radicales, etc., pero mi colega pasa por alto el detalle: para él, todos los mencionados montan la misma ola y coadyuvan al fortalecimiento del mecanismo de mercado neoimperialista, pues es ése mercado el que se interesa en promover la idea de que los peruanos vivimos en un mundo de “atraso y decadencia”. El profesor prefiere no aclarar cómo es que el mercado neoimperialista ha contribuido a la difusión de las obras de Dante Castro, Luis Nieto o Félix Huamán Cabrera.

Aquí cabe proponer algunas preguntas cruciales: ¿por qué haría mal la literatura peruana en señalar y criticar la pobreza endémica de su sociedad, o la decadencia patente de sus clases directrices? ¿No es acaso relevante que esa denuncia se formule desde todos los puntos del espectro político? ¿Y cuál podría ser el interés del mercado (para no hablar del neoimperialismo), en que la sociedad peruana reflexione constantemente sobre sus problemas más graves?

(Continuará…)

24.9.08

Respondiendo al profesor Huamán, 1

Sobre el buen salvaje y la leyenda negra

Esta es una nueva sección de Puente Aéreo. Digamos, una suerte de miniserie metacrítica.

Hace unos meses, el profesor sanmarquino Miguel Ángel Huamán publicó un ensayo sobre la introducción que escribí para la antología
Toda la sangre: cuentos peruanos de la violencia política. Por un tiempo estuve tentado de responder con otro artículo, pero ahora prefiero hacerlo por partes y cucharadas.

Desde hoy publicaré con cierta frecuencia fragmentos del ensayo del profesor Huamán e iré respondiendo y comentándolos paulatinamente. En la medida de lo posible, intentaré comentar, a la larga, todo el ensayo, de manera que mi crítica no abuse de la descontextualización.

De cualquier forma, quienes quieran leer el ensayo completo del profesor Huamán pueden hacerlo en el número 8/9 de la revista
Ajos y Zafiros.

Luego de una introducción formulaica, el argumento del profesor Huamán empieza con este párrafo:

“Desde la invasión española a nuestro territorio en el siglo XVI se han impuesto visiones de nuestra realidad sociocultural que refuerzan arquetipos de dominación. Por un lado, nos ven como el buen salvaje, lo que supone una cierta mirada condescendiente porque somos dados a la diversión, a los placeres, propio [sic] de seres de una colectividad inmadura e infantil. Por otro lado, nos califican, de acuerdo con la llamada leyenda negra, como desalmados y agresivos, razas inferiores, seres torvos y falsos, proclives al engaño, la violencia y la corrupción. Ambas lecturas refuerzan nuestra condición de formaciones sociales dependientes”.

Mi comentario

Es por lo menos un anacronismo suponer que la mirada occidental sobre los pueblos latinoamericanos responde en el siglo veintiuno al estereotipo del buen salvaje o que está crucialmente influida por la leyenda negra.

Pero, además, vale la pena recordarle al profesor Huamán que la noción de buen salvaje (noble savage, término acuñado por Dryden y erróneamente atribuido con frecuencia a Rousseau) no implica la caracterización de ciertos grupos étnicos como integrados por individuos “dados a la diversión, a los placeres... seres de una colectividad inmadura e infantil”.

La idea del buen salvaje, de hecho, desde el siglo diecisiete y durante el dieciocho, implicó más bien la creencia de que los pobladores de los territorios recién conocidos por descubridores y conquistadores eran más puros, moralmente más valiosos y, sobre todo, más incorruptos que los europeos, pues la civilización era vista como un proceso envilecedor, mientras que los mundos indígenas americanos estaban en un estadio anterior, y por tanto prístino, cercano del paraíso original. De hecho, es un lugar común, no por ello menos cierto, afirmar que la idea del buen salvaje fue más importante para la autocrítica de las sociedades europeas que para forjar el estereotipo de las americanas.

Obviamente, el estereotipo del buen salvaje sí suponía la idea de que el poblador americano se encontraba en una etapa previa de evolución, pero ese concepto difícilmente podía ser un arma eficiente de dominación, en vista de que era sostenido por pensadores para quienes el avance de la historia europea había sido un camino de decadencia, caída y corrupción. De hecho, si bien uno de los orígenes de la idea del buen salvaje, en el caso de la mirada española sobre los indígenas americanos, está en los Diarios de Colón, y, por tanto, en el inicio mismo del proceso de la conquista, otro de sus cimientos o antecedentes está en Bartolomé de las Casas, a quien es más coherente caracterizar como un defensor de los indios.

No me voy a detener a especular sobre quién se esconde detrás del etéreo “ellos” con el que el profesor Huamán se refiere a los forjadores de los "arquetipos de dominación". Él parece asumir que la respuesta es obvia y además que es única, como si la historia entre el siglo dieciséis y el veintiuno no hubiera transcurrido ni hubiera modificado nada fundamental. (Mayor finura sería deseable en alguien que luego intentará hacer precisiones sobre el concepto de lo "postcolonial").

Y ya que he mencionado a Bartolomé de las Casas, vayamos a la segunda mitad del párrafo, donde el profesor Huamán describe la “leyenda negra” como un discurso por medio del cual se caracteriza a los nativos del Nuevo Mundo como “desalmados y agresivos, razas inferiores, seres torvos y falsos, proclives al engaño, la violencia y la corrupción”.

El término “leyenda negra”, cuyo origen y significado parece ignorar el profesor Huamán, pero que conoce muy bien cualquier estudiante de historia o literatura, no se usa para describir un conjunto de discursos antiindígenas. De hecho, el término es defensivo. Lo acuñaron los españoles (su origen está en un libro de Juderías, publicado en 1914), para contradecir los relatos históricos según los cuales España había sido extremadamente cruel e incluso criminal en el periodo de expansión y estabilización de su imperio en tierras americanas.

El inicio de lo que los españoles llaman la “leyenda negra” se encuentra muy probablemente en la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, de Bartolomé de las Casas, y en la célebre controversia de Valladolid, en la que rivalizó con Sepúlveda. Las Casas sostenía que la conquista había sido innecesariamente sangrienta, gratuitamente cruel y excesiva, y que las comuniaddes indígenas tenían un grado de sofisticación que suponía regímenes políticos tan legítimos como los de los reinos europeos.

Como podrá comprobarse con facilidad, eso es casi exactamente lo opuesto de lo que el profesor Huamán afirma. Y, por otra parte, el término "leyenda negra" debería ser tomado con pinzas por un crítico que quiere arremeter contra el imperialismo hispano: para ser consecuente, habría que subrayar, más bien, que la negrura de la conquista no fue una leyenda.

(Continuará...)


23.9.08

Con la camiseta puesta

Por culpa de las grandes transnacionales

En declaraciones al diario La República, a raíz de una consulta que no me interesa comentar extensamente, el novelista arequipeño Oswaldo Reynoso (a quien el entrevistador, involuntariamente insolente, llama "vaca sagrada" de la literatura peruana contemporánea) afirma lo siguiente:

"Todo cuento o novela, por ser una obra literaria, es una obra de ficción con palabras. No es la realidad, sino una ficción construida sobre hechos reales o imaginados. Un autor en ese mundo de la ficción puede tomar determinados elementos de la realidad, pero al entrar a la obra son personajes de ficción. Ahora hay una tendencia, impulsada por las grandes trasnacionales, hacia la escritura de novelas con personajes de la vida real, pero ello es una manipulación que la literatura no se merece. Estos libros solo despiertan el interés morboso de la gente".

La primera mitad de esa observación es interesante, y se refiere a un tema del que se han ocupado de manera abundante la filosofía del lenguaje y la teoría literaria, un asunto que se suele resumir en esta pregunta: ¿el nombre Napoleón, una vez inscrito en la ficción dentro de, por ejemplo, Guerra y paz, de Tolstoi, puede referir al personaje histórico, o conserva únicamente una referencialidad intratextual, con respecto sólo al personaje de la novela?

Siguiendo distintas argumentaciones, hay quienes responden que la referencialidad externa al texto se conserva aun si el nombre aparece dentro de una ficción, y hay quienes dicen lo contrario. Reynoso, claramente, afirma lo segundo: "al entrar en la obra son personajes de ficción".

La segunda parte de su apreciación es largamente discutible: que la proliferación de narraciones sobre "personajes de la vida real" es un fenómeno estrictamente contemporáneo; que es artificial, pues está promovido por las "grandes transnacionales"; que obras con ese rasgo sólo pueden llamar la atención a causa del "interés morboso de la gente".

Vamos por partes: primero, el tema del fenómeno como cosa estrictamente contemporánea. Personajes "de la vida real" aparecen en los diálogos de Platón, en el Cantar del mío Cid, en la Comedia de Dante, en los dramas de Shakespeare o Marlowe, en el Quijote de Cervantes, en buena parte de las novelas de la tradición romántica inglesa y a lo largo de todo el realismo decimonónico. Y personajes apenas cifrados, ocultos por un nombre distinto, pero que claramente son construidos como representaciones de personas reales, los ha habido en toda la historia literaria, desde Los viajes de Gulliver hasta Conversación en La Catedral, y desde el romancero medieval hasta Nocturno de Chile.

En segundo lugar, hay que revisar aquello del "interés morboso de la gente". No estoy muy convencido de que esa forma de atracción (que atrajo a los lectores limeños, en los años treinta, al Duque de Diez Canseco) sea particularmente inapropiada o despreciable, mejor o peor que cualquier otra para explicar la aproximación del lector hacia un tema o hacia un libro en particular. Yo, por lo menos, confieso que he leído una infinidad de libros atraído por lo que mi abuelita (linda conversa hipercatólica) hubiera llamado "una curiosidad insana". De hecho, creo que el morbo puede haber sido el imán primero de mi gusto por la literatura. Así que no me miren a mí a la hora de tirar la primera piedra. Lo que importa no es cómo uno llega a un libro, sino cómo uno sale de él.

Finalmente, está el dedo acusador: se trata, dice Reynoso, de "una tendencia impulsada por las grandes transnacionales". No voy a detenerme mucho en un rasgo de esa acusación al que dedicaré un post en otro momento: me refiero a la tendencia maniquea, con algo de teoría conspirativa, con mucho de reduccionismo acrítico, a culpar de todos los males del mundo a un sólo gran monstruo, que a veces se llama "las grandes transnacionales" y a veces se llama, más en general, "capitalismo salvaje". Creo que quienes invocan ese argumento como quien recita un credo irrefutable, simplemente hallan en él un atajo instantáneo para no tener que pensar con mayor agudeza.

Prefiero tomar el asunto desde un ángulo diferente: también las grandes casas editoras transnacionales han promovido el auge, la expansión y la difusión de cosas como la ya larga tradición de novelas sobre la memoria histórica de la Guerra Civil en España; las especulaciones ficcionales sobre la dictadura militar en Argentina y la huella de las desapariciones; las reflexiones sobre la violencia política en el Perú; la producción literaria que impulsó y afianzó el movimiento de los derechos civiles en Estados Unidos; las novelas reconciliatorias sobre el choque cultural y político entre el mundo árabe y Occidente; las elaboraciones novelescas que han coadyuvado al debate sobre la liberación sexual, los derechos de los homosexuales, la segregación racial y la postergación de los países africanos; e incluso un número poco menos que interminable de obras literarias y académicas que denuncian el rol interventor, invasivo y autoritario del gobierno norteamericano en diversas partes del mundo. Es más: los catálogos de esas editoriales están llenos de libros que critican, curiosamente, la maldad corporativa de las "grandes transnacionales".

Me pregunto: ¿culparía Reynoso a "las grandes transnacionales" por haber asumido la publicidad de todas esas tradiciones intelectuales y literarias? ¿Reconocería su rol central en esa difusión? ¿Optaría por negar la verdad evidente de lo que estoy diciendo? ¿Preferiría decir que incluso eso es parte de un eficiente y maligno plan para promover (no sé cómo) la idiotización del mundo y la sujeción del pueblo bajo el yugo de los más monstruosos intereses económicos?

Por cierto, hay cosas mucho más complejas de responder en el asunto del mercado capitalista y no quiero defender su moral --imagino que el mercado es más bien amoral--, sino que apenas apunto las paradojas que otros prefieren no discutir. (Mientras escribo este post --todo hay que decirlo-- llevo puesta la irónica camiseta que pueden ver en la foto de arriba, lo cual, como es obvio, me vuelve altamente sospechoso de... algo).

La neutralidad de la novela

La novela de tesis y la novela dialógica

El novelista colombiano Juan Gabriel Vásquez, en conversación con Richard Lea, en The Guardian, dice lo siguiente:

"La gran invención de la novela, como la conocemos desde Cervantes, es la neutralidad. Es el primer vehículo narrativo humano que puede explorar más de un lado del mismo asunto de una manera completamente neutral, sin tomar partido... si la novela respeta el legado de Cervantes, será neutral, empática, inclusiva".

Una de las maneras en que se puede interpretar la afirmación de Vásquez es analogando su idea de "neutralidad" con lo que Bakhtin llamaba dialogismo: la entraña democrática de la novela, en su sentido más abarcador, es su capacidad de construirse como un tejido de oposiciones y discrepancias, incluso más abierto que un zigzagueo dialéctico (porque el dialogismo bakhtiniano no encuentra jamás el telos de una síntesis).

Se puede argüir, como lo han hecho muchos, que la novela es el territorio literario por excelencia de la modernidad y la postmodernidad debido precisamente a ese rasgo dialógico, democrático, que Vásquez llama "neutralidad". Si uno acepta ese principio, se entiende que las novelas que se alejen del dialogismo (es decir, de la convivencia textual de discursos heterogéneos), de una suerte de empatía multidireccional, y opten por la tesis y el sesgo, la parcialidad o el prejuicio, pueden, si no necesariamente resultar fallidas, al menos dejar en el lector contemporáneo un sabor extraño de premodernidad, un resabio incluso de didactismo más o menos primitivo.

Es interesante notar, si traemos la discusión al terreno del debate peruano actual, que afirmaciones como las de mi amigo Iván Thays sobre la obra narrativa de Miguel Gutiérrez, podrían en efecto sustentarse en la percepción de que en esa obra se trasluce una comprensión ideológica del mundo que es más doctrinaria o dogmática que dialógica, más impuesta que reflexionada. La lógica de esa crítica se puede delinear así: si la novela se escribe desde la convicción ideológica y no desde la duda ante la realidad, el texto resultante no es una exploración del mundo, sino una demostración de veradades previas a la exploración. Y con ello, la naturaleza de la novela como forma de conocimiento se desvirtúa y desaparece.

Como lo he dicho antes, yo no creo que la obra de Gutiérrez caiga en ese facilismo: al contrario, me parece arriesgada y sincera; comprometida, sí, pero capaz de escapar de la prisión doctrinaria de su autor, del mismo modo en que las novelas de Vargas Llosa no pueden ser suficientemente descritas con sólo recurrir a la explicación del neoliberalismo económico, el procapitalismo o la tendencia políticamente conservadora: esas novelas son más complejas que la simple adhesión a una doctrina.

Pero el hecho de que Gutiérrez no caiga en el precipicio tutorial de recurrir a la novela como arma pedagógica, no implica, de ninguna manera, que el fenómeno esté ausente en la literatura peruana. Los cuentos de Hildebrando Pérez Huarancca, y aun más los relatos de Dante Castro, por citar dos ejemplos a la mano, son con frecuencia poco menos o poco más que ilustraciones de una postura política: sus personajes carecen de individualidad, son caracteres vaciados en un molde poco menos que tipificador, cuando no simplemente alegórico: están donde están para servir a una tesis que no emerge del relato sino que le da origen a un relato que acaba por construirse, entonces, como la puesta en escena de un axioma, una aproximación puramente racional a problemas que, por su propia naturaleza, y en la expectativa del lector contemporáneo, exceden el terreno de la sola demostración.

Son textos hechos para convencer o para agradar a los ya convencidos, pero no ofrecen al lector la posibilidad, indesligable de la mejor literatura desde la tardía modernidad, de ver el mundo como Picasso veía los objetos de su pintura: desde muchos puntos de vista simultáneamente


Profilaxis

La limpieza que necesita el mercado editorial

Si algo se ha transformado positivamente en los últimos pocos años en el mundo literario peruano (hace muy poco un amigo me hablaba de esto) es el mercado del libro, sobre todo a partir de la expansión y la multiplicación de las jóvenes editoriales independientes.

Se trata no sólo de la introducción de una nueva forma de pensar en el circuito comercial del libro, sino también de una apertura en la oferta estética: libros que antes no hubieran hallado editor, lo encuentran ahora, libros que habrían permanecido en las computadoras de sus autores para siempre, sin circular públicamente, transitan, ven la luz, son comentados.

Y no sólo eso: la existencia de las editoriales independientes provoca que casas transnacionales y poderosas, como Norma, por ejemplo, pongan en librerías obras que sólo unos pocos años atrás no hubieran encontrado editor por su dudoso carácter comercial: las nuevas editoriales empujan a las más tradicionales a entrar en terrenos desconocidos.

Ese pequeño y ojalá cada vez más próspero boom editorial es un movimiento en gran parte idealista, y no simplemente comercial, que camina de la mano de un puñado de editores jóvenes, arriesgados, conscientes de su trabajo, con mentalidades renovadas y renovadoras, con una visión inaugural, que pretende abrir en el Perú escenarios que antes estaban velados.

Por eso es buena idea propiciar que las iniciativas de esas editoriales se desarrollen en un ambiente libre de manipulaciones y exento de sombras y oscuridades sospechosas: una buena manera de acabar con la noción de que el mercado editorial está controlado todo él por la influencia de unas pocas personas es permitir el crecimiento limpio de ese nuevo universo editorial, que ensanchará paulatinamente las vías de contacto entre escritores y lectores.

Una denuncia

Repito: me parece importante conservar la limpieza de ese nuevo mercado, que no se vea interferido por sobresaltos y sospechas, que no pase nada que haga caer sobre las editoriales independientes la sombra de duda que para muchos flota sobre la imagen de las grandes casas transnacionales.

Con eso en mente, he aceptado publicar una carta que me ha hecho llegar el escritor Rafael Innocente, en la que un grupo de autores peruanos y extranjeros denuncia lo que ellos llaman una estafa (o más bien una larga serie de estafas) cometida por la editorial Zignos y su director, el señor Harold Alva (foto). La carta que Innocente me ha enviado, y que ya antes se ha reproducido en otros medios, dice lo siguiente:
Lima, setiembre de 2008.

Los firmantes somos escritores, poetas y críticos literarios peruanos y extranjeros que hemos sido perjudicados en nuestro trabajo de creación por el pernicioso accionar de Harold Alva Viale, director de la Editorial Zignos, cuyo abundante prontuario está siendo destapado en diferentes medios públicos en el Perú.

Harold Alva es un timador de vuelo internacional que ha afectado nuestras obras con una pésima edición (libros mutilados, con hojas en blanco y maculados por decenas de erratas debido al pésimo cuidado de edición) e impresión y una nula difusión de las mismas. Asimismo, Harold Alva ha incurrido en delito de estafa al incumplir con realizar el depósito legal y la inscripción de nuestras obras en la Biblioteca Nacional del Perú (código ISBN), algo completamente incomprensible pues el monto del depósito legal es irrisorio, y para coronar la desfachatez del pillaje, Alva no ha entregado la totalidad de libros que previamente había pactado con los respectivos autores (en el contrato se firmaba y se pagaba por 1000 ejemplares y el bribón sólo entregaba 20, luego se esfumaba, ésta ha sido una práctica recurrente de este audaz sujeto, quien ha tenido el mismo proceder con el seudofestival de poesía que organizó en el año 2007 y que llamó pomposamente Festival de Poesía País Imaginario, en el cual embaucó a numerosos escritores extranjeros, prometiendo editarles libros que sólo fueron imaginarios pues no hubo nada tangible). Finalmente, la difusión de nuestras obras en librerías y medios de comunicación ha sido absolutamente nula por parte de la seudoeditorial Zignos que dedica sus esfuerzos a buscar nuevas víctimas entre poetas y escritores jóvenes ignorantes de los sombríos antecedentes de su director, Harold Alva Viale.

Creemos que es de justicia denunciar este tipo de atropellos y creemos asimismo que resulta desatinado de parte de ustedes invitar a un sujeto que desfalca a decenas de escritores y se ampara en sus oscuros vínculos con el poder para permanecer impune.

Atentamente,

Harry Cañari Atoche
Rafael Innocente
Nuvia Estévez
Marta López Luaces
Miguel Ángel Zapata
Winston Orrillo
Aldo Pancorvo
Jorge Castillo Fan
Omar Salomé
Giancarlo Huapaya
Fernando García Cueto

22.9.08

El monstruo argentino

Una rápida genealogía de la mirada perversa

En "La fiesta del mosntruo" (cuento publicado en 1967, pero escrito muchos años antes), Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares dejaron un testimonio --exagerado y brutal, despiadado-- si no de la realidad del peronismo, por lo menos sí de la forma en que era percibido desde las élites aristocratizantes de la intelectualidad argentina: como un abismo, o como una bestia multicéfala que todo lo iba a consumir y para la cual las reglas de la civilidad eran una ruina pisoteable.

En "La fiesta del monstruo" el peronismo es asesino y es la cifra de un desborde popular que hay que evitar a toda costa: el monstruo no es necesariamente Perón; el monstruo de Borges y Bioy es el pueblo.


En "Cabecita negra" (1961), de Germán Rozenmacher, ese desborde popular, esa invasión incontenida que va empujando a los viejos burgueses capitalinos, arrinconándolos en un espacio a punto de quebrarse y dejar de pertenecerles, encarna en el cuerpo de la mujer de la vereda y el violento policía, que son físicamente detestables, repugnantes, para el señor Lanari (el protagonista): Rozenmacher, a diferencia de Borges y Bioy, asume el punto de vista burgués sólo para descubrir su prejuicio, y casi cruelmente otorga estatus de realidad a las pesadillas del temeroso Lanari.

Diez años antes, en
Bestiario, Julio Corátazar había publicado "Casa tomada", el hoy célebre relato que anuncia sutilmente, fantasmáticamente, a los invasores corpóreos de Rozenmacher. En el cuento de Cortázar es la oligarquía decadente la que huye de sus temores, retrocediendo ante el avance de una amenaza que sólo en el nivel textual es inmaterial, pero que a través de la metáfora se hace concreta: es el mismo desborde de los otros relatos, la misma fuerza omnívora que se traga el espacio y se apropia de todo, es el pueblo que rompe los diques del orden social, que fuerza la movilidad, que se adueña de los lugares antes vedados.

En "El fiord" (1967) y "El niño proletario" (1973), ambos de Osvaldo Lamborghini, resurgen la imagen del monstruo y la estética de lo monstruoso para reflejar, en contrapunto a Borges y Bioy, otra cabeza de la hidra social argentina: la violencia repulsiva es el rasgo que define, no la imagen del pueblo atacante, sino la brutalidad del trato con que la burguesía argentina oprime y desprecia, precisamente, al pueblo que apenas es capaz de responder.

Hay matices, claro: "El fiord" fue escrito por un joven Lamborghini, aún peronista-populista, como su padre, mientras que, seis años más tarde, cuando escribe "El niño proletario", el autor es un disidente del peronismo (disidente no por rebeldía, sino por afán ortodoxo: es más peronista que los nuevos peronistas), y en su texto la monstruosidad se reparte en ambos lados, entre el neo-peronismo traidor y la burguesía represora.

Esta genealogía, por supuesto, comienza mucho tiempo antes: en la animalidad que Esteban Echevarría encuentra en los federales de
El matadero; en el desprecio de Sarmiento, crecido y multiplicado después de Facundo, en la actuación política del autor cuando fue ministro de Mitre y luego presidente, etc.

La imagen del salvajismo ciego y criminal, usada para identificar a quien está en el otro lado del espectro político y social, ha permanecido siempre en las letras argentinas, es la escisión fundamental del debate entre civilización y barbarie, pero, mutatus mutandis, el monstruo ha sido también los miembros de la familia Gutre que crucifican a Baltasar Espinoza en "El evangelio según Marcos", de Borges, y ha sido el comando militar de la dictadura en "Los dinosaurios" de Charly García. El monstruo ha sido siempre el otro, pero desde ambos lados del espejo.

21.9.08

Hoy por ti mañana por mí

Un email que me reenvía Gabriel Ruiz Ortega

Gabriel Ruiz Ortega me ha reenviado un email que asegura haber recibido tiempo atrás de alguien que firma con el nombre de Raúl Mendoza Cánepa.

Mendoza Cánepa es miembro de la Comisión Andina de Juristas, columnista de Correo y colaborador de Domingo de La República, autor de varios libros, entre ellos una novela titulada “La tentación infinita”.

Publico debajo el mensaje aludido. El texto habla por sí mismo. El autor del mensaje ofrece contribuir, desde sus artículos en La República y Correo, a la promoción de los futuros libros de Ruiz Ortega, si es que Ruiz Ortega se compromete a contactarlo con una persona de la que se esperaría una reseña favorable para “La tentación infinita”.

El nombre de esa tercera persona —que jamás se enteró siquiera de la existencia de esta correspondencia, porque, obviamente, Gabriel rechazó el deshonesto ofrecimiento— lo mantengo oculto para no implicar en el problema a alguien que nada tuvo que ver en él.

El email recibido por Gabriel Ruiz Ortega dice lo siguiente:

De: Raul Mendoza <rmendoza@cajpe.org.pe>
Fecha: 21 de octubre de 2007 8:37
Asunto: consulta
Para:
gabrielruizortega@gmail.com


Estimado Gabriel,

Gusto en saludarte. Harold Alva me mencionó que había hablado contigo. El también es amigo mio y mi editor (Zignos). Me acaba de editar mi libro "La tentacion infinita". Me dice Harold que tienes cercania a *****. ¿Es cierto eso?, estoy tratando de ubicarlo a *****, no tengo su email. Yo le envié hace varias semanas mi libro a su casa con el fin de que lo hojeara e hiciera algun comentario en *****. Pero no lo ha hecho, pues no tengo el enlace para llegar a él y quisiera conocerlo. Su palabra tiene mucha autoridad. Para mí es importante, además estoy culminando una novela (esta sí es una novela pura y no una suerte de ensayo novelado como "La tentacion infinita") y quisiera me aconseje en tecnica e historia.

Te comento que estoy preparando un paquete de difusion, la Revista Domingo de la Republica donde escribo (la ultima vez le hice una entrevista a Leonardo Aguirre y habló bien de "Disidentes") me va a comentar mi libro en un par de semanas. Asimismo, estoy candidateando en la lista en la que postula Ismael Pinto para dirigir la Cámara Peruana del Libro (las elecciones son el 7 de noviembre y voy de Protesorero), e Ismael me ha asegurado una entrevista en Expreso (dirige seccion Cultura).


Sin embargo, ***** pesa mucho en las letras y puede ayudarme a difundir mi libro más que nadie. Yo no puedo hacerme autobombo desde la Revista Domingo y menos aun desde mi columna quincenal en Correo (Mirada Critica) y no conozco a Erausquin, por eso estoy buscando llegar a ***** para que me comente en *****. Te quedaria inmensamente agradecido si le transmites mi mensaje. Necesito llegar a él, si fuera posible reunirnos juntos con él, incluso con Harold presente. Incluso la idea de entrevistarlo para la revista Domingo, que me dijo Harold, me parece buena, con una semblanza y consejos para los jovenes escritores. Puede ser, lo puedo proponer a Mario Munive. Pero quisiera acercarme a él antes o tener su autorizacion de él para que me pases su direccion de correo electronico. Quiero promover mi libro y mas adelante tener la base para promover los siguientes.


Estimado Gabriel, te estaré agradecido si me ayudas a contactar con *****. Cuenta conmigo desde las posiciones en las que me encuentro. Y obviamente tienes mi pluma en la revista Domingo para las futuras obras que vayas a publicar.
Con mucho gusto lo haré.

Un saludo cordial


Raul
Raul Mendoza Canepa

En resumen: si tú logras que fulano escriba bien sobre mí, yo escribiré bien sobre ti en mis columnas y artículos de Correo y La República, cada vez que quieras... ¿Qué impresión les da ese mensaje que, según afirma Ruiz Ortega, le fue enviado por Raúl Mendoza Cánepa? A mí me deja la imagen de alguien para quien el trabajo de prensa es un trampolín personal: la crítica se concibe como un circuito de favores y la tribuna pública se quiere usar para el contrabando de influencias. Y encima cree que todos son de su condición.

Si a algún lector habitual de blogs le suena conocido el nombre de Raúl Mendoza, eso se debe a que probablemente lo haya visto aquí o aquí.

20.9.08

Vanitas

Los resbalones de un ego trip

Ah, el viejo tema de opinar antes de leer. Mi estimado César Gutiérrez --autor de la novela Bombardero (por si alguien por allí no lo sabe)-- ha traído el asunto a colación en días recientes, en comentarios suyos en este blog y en otros. Yo me he encontrado de casualidad con una entrevista concedida por César hace poco a Utero.tv, de la que extraigo estas declaraciones suyas:
"Lo que ocurre es que yo conozco tan poco de la literatura peruana... Todos los que van a las ferias... ¿Y quiénes son los que van a las ferias? Yo ni siquiera me fijo en los nombres. Son un montón. ¿A la Feria de Guadalajara cuánta gente ha ido? Habrán ido cuarenta. ¿Y de esos tipos tú crees que algunos de ellos van a pasar? ¿Sus libros van a quedar? No. No van a quedar. Y yo creo que este libro [Bombardero] me parece que sí va a quedar. Yo creo que sí va a quedar. Por lo menos lo he hecho para que quede. Y no lo digo yo, o sea, lo dice gente que sí sabe. Lo dice Ortega, lo dice Oquendo, lo dice Lauer, lo dice Ampuero. Son tipos que han estudiado".
Vamos por partes: mi querido César, primero, señala que él casi no lee lbros de autores peruanos. Pero de inmediato dictamina que las obras de todos los escritores nacionales que asistieron a la Feria del Libro de Guadalajara están destinadas al olvido absoluto. ¿Cómo lo sabe si confiesa no haber leído a la enorme mayoría de ellos? Cosas de la brujería characata, sin duda. Yo no me atrevería a llamarlo falta de seriedad, sino apenas descuido, o apresuramiento.

Por cierto, ¿quiénes son los escritores que fueron a la Feria de Guadalajara, y cuyas obras, según César, caerán en el pozo ciego del olvido mientras Bombardero permanece a lo largo de los tiempos, triunfando sobre la llanura que representan todos los demás? Algunos de ellos son los siguientes:

Mario Vargas Llosa, José Miguel Oviedo, Ricardo González Vigil, Carmen María Pinilla, Edgardo Rivera Martínez, Raquel Chang-Rodríguez, Alfredo Bryce Echenique, Julio Ortega, César Ferreira, Carlos Herrera, Pablo Guevara, Rodolfo Hinostroza, Mariela Dreyfus, Carlos López Degregori, Mario Montalbetti, Fernando Ampuero, Peter Elmore, Iván Thays, Miguel Gutiérrez, Santiago Roncagliolo, Jorge Eduardo Benavides, Isaac Goldemberg, Víctor Vich, Antonio Cisneros, Eduardo Chirinos, Odi Gonzales, Rossella di Paolo, Alonso Cueto, Luis Nieto Degregori, Fernando Iwasaki, Carmen Ollé, Oswaldo Reynoso, Abelardo Sánchez León, Rocío Silva Santisteban, Giovanna Pollarolo, Patricia Alba, Rafael León, Víctor Coral, Eugenio Chang-Rodríguez, Hernán Garrido Lecca, Zinka Saric, Ricardo Silva-Santistevan y Jaime Bayly.

Para ser alguien que es tan meticuloso al pedir seriedad y cuidado a quienes juzgan su obra, me da la impresión de que César podría contar hasta diez antes de emitir juicios de este tipo acerca de... prácticamente toda la literatura peruana contemporánea...

19.9.08

Contracultura, 3

Respondió pero no dijo nada

Rodolfo Ybarra empieza su laberíntica y larguísima respuesta rememorando que alguna vez, cuatro años atrás, organizó en el Instituto Británico un fórum titulado “La aniquilación de las contraculturas”, y menciona a los expositores: Arturo Delgado, Dante Castro, Herbert Rodríguez y él mismo.

No dice qué ideas se intercambiaron en el fórum, de modo que resulta imposible responder a ello, y, en vista de que nada se explica, la sola mención acaba por ser un saludo a la bandera. Pero, en fin: imagino que es un recurso para validarse como conocedor del tema. No voy a comentar el hecho de que la contracultura crezca a expensas de la Corona Británica: supongo que es el modus operandi de lo subversivo. (Pero, entonces, ¿por qué le irrita a Ybarra que otros acepten becas o trabajen en universidades extranjeras?).

Más adelante, hay que decirlo, Ybarra nos da la pauta de por qué el contenido del fórum no le resulta digno de mención: dice que los debates sobre contracultura, fuera del grupo de quienes se reclaman parte de ella, son “estériles”. Bien: Ybarra acepta lo que dije sobre la mal llamada contracultura peruana: ha optado por encerrarse en sí misma y con ello abandona toda posibilidad de transformación real.

Luego, el ensayista sostiene que “no existe una definición exacta de contracultura”, y que las teorías contradictorias abundan. Acusa a los teóricos de especular sobre la contracultura por interés: porque quieren absorberla y vaciarla de sentido. Al mismo tiempo, sin embargo, Ybarra confiesa ser uno de esos teóricos, uno más bien derrotado por el tema que ha tratado de entender inútilmente: “he intentado en varios ensayos darle forma a este concepto”, escribe. Y a pesar de la dificultad, sigue tratando: su ensayo da varias pistas tentativas de lo que entiende por contracultura. Sus ejemplos son interesantes: dice que el Taki Onqoy era contracultural, y eso, pese al anacronismo, valdría la pena revisarlo. Luego añade a la lista a los masones que “conspiraban para resistir la invasión española” en el siglo XVII. No tengo ni la más lejana idea de a qué se refiere.

Más adelante dice que hay contracultura anarco-radical y anarco-izquierdista panfletaria, cuasi ilegal; también dicen que hay contracultura de ultraderecha, y menciona (como lo hice yo) a los skinheads y a los neofascistas. Asimismo habla, como yo, de los hippies, y anota que sus “pontífices teóricos” fueron Allen Ginsberg, Aldous Huxley, Timothy Leary y alguien a quien identifica como Tom Watts y que probablemente, aunque puedo equivocarme, sea Tom Waits. (El problema es que, aunque se pueda aceptar a Ginsberg y a Leary e incluso a Huxley como tótems adorados por los hippies, Tom Waits empezó a publicar su música cuando el movimiento hippie estaba terminando, así que el misterio de lo quiso decir Ybarra continúa).

Otro pequeño anacronismo: dice que los hippies se vendieron al sistema para convertirse en yuppies: se trata de dos generaciones distintas, y la relación de identidad que quiere establecer Ybarra entre los miembros de una y otra no funciona ni siquiera metafóricamente. No menos absurda es la genealogía que establece entre punks y emos (a los que parece despreciar por alienados y “andróginos”, en un giro sorprendentemente conservador para un contracultural).

Por último, sostiene que la contracultura permanece en pequeñas “segmentaciones sociales”, en grupos que tratan de mantenerse al margen de la “cosificación” y la “estupidización” propias de la sociedad contemporánea. Lamentablemente, no menciona los ejemplos que parece anunciar, mucho menos en el caso del Perú de hoy. Salvo por uno: el Movimiento de Artistas Populares de Sendero Luminoso.

Curiosamente, es al hablar de ese grupo de fachada seudocultural de Sendero Luminoso cuando Ybarra más se aproxima a dar una definición de lo contracultural: “ideología, actitud combativa con respecto a los mainstreams culturosos, no repetición de los cánones burgueses, participación activa y ‘afectativa’ en relación con los grupos culturales de los ochentas”.

Por supuesto, no voy a hacer hincapié en la empatía con que Ybarra se refiere al Movimiento de Artistas Populares de Sendero Luminoso. Tampoco voy a incidir en las dudas que a cualquier lector le puede causar el hecho de que un movimiento criminal que buscaba la destrucción efectiva de una cultura (en los Andes, Sendero Luminoso intentó extirpar enteramente la organización comunal de los pueblos indígenas) sea considerado por Ybarra “combativo” en vez de homicida.

Más bien, me quiero detener en el primer rasgo que Ybarra enumera: “ideología”. Y no lo hago para señalar lo evidente: que la ideología de Sendero Luminoso no era ni de resistencia ni de radicalización al lado del pueblo, ni mucho menos liberadora, sino pura y simplemente aniquilante y destructiva con miras al posterior diseño de una sociedad totalitaria y, por tanto, enteramente vertical. Tampoco lo hago para señalar que la ideología de Sendero Luminoso era básicamente el maoísmo y que el maoísmo ha sido pensamiento hegemónico en sociedades policiales.

Lo hago, simplemente, para observar que Ybarra concuerda conmigo (a pesar de que yo nunca pondría a Sendero Luminoso como un grupo contracultural) en la idea de que uno de los rasgos que hacen contracultural a un colectivo es el hecho de regirse por una ideología. De hecho, los dos posts míos a los que Ybarra quiere responder con este ensayo tenían como centro la idea de que lo que en el Perú llamamos contracultural no lo es en verdad porque, precisamente, carece de cualquier ideología reconocible.

Al abstenerse Ybarra de explicar esa ideología (que no puede explicar porque no existe) y simultáneamente indicar que la ideología es un rasgo indispensable de lo contracultural, Ybarra no hace otra cosa que darme la razón: donde no hay ideología no hay contracultura; Ybarra y sus amigos “contraculturales” son un fraude.

Ybarra escribe: “considero que no es necesario estar pregonando que se tiene una teoría contracultural, eso hay que dejarlo a los poseros”. Lo que sucede es simple, pero Ybarra no lo comprende: no se trata de “pregonar” una ideología. Se trata de pensarla, entenderla, convertirla en praxis y, también, de ser capaz de explicarla, aunque sea mínimamente. Mientras Ybarra no tenga la capacidad de hacerlo, su pantalla “contracultural” no deja de ser un gesto escandaloso sin sentido alguno.

Afortunada o desafortunadamente, Ybarra anuncia una segunda parte de su ensayo, en la que sin duda, por fin, entrará en el tema. Crucemos los dedos.

18.9.08

Contracultura, 2

Una respuesta a la falta de respuestas

Algunos habrán notado que, entre mis posts recientes, uno de los que ha merecido menos respuestas y comentarios es aquel en el que me referí al concepto de lo "contracultural".

Ay mísero de mí, ay infelice, pensaba que a ese texto mío le lloverían las rectificaciones y las correciones, los enmiendos y las réplicas, y que los autoproclamados adalides de la contracultura harían un prolífico alto en sus movedizos jironeos por el centro de Lima para contestarme y aclarar mis infinitos errores y tergiversaciones.


No he leído una sola respuesta de su parte, ni en este blog ni en ningún otro, ni en medios impresos, electrónicos, ni en comunicaciones orales, digitales o psíquico-telepáticas. Nada: cero. Lo que sí he visto es un cataclisma de injurias con careta y alusiones de sutileza culterana (un anónimo auspiciado por Rodolfo Ybarra me llama, progresista él, "el judío asqueroso").

Yo, sin embargo, insisto: creo que los que se hacen pasar por contraculturales en el Perú son en su inmensa mayoría farsantes pataleteros sin atributo alguno, empastelados en una melcocha de auto-halagos y carentes de cualquier tipo de discurso articulado: ciegos con escopeta que disparan a lo primero que se mueva sin saber siquiera por qué lo hacen, movidos por el desánimo mal escondido de unas obras (las suyas) que no han merecido nunca la atención de nadie fuera de su mismo círculo.

Hablan del "establishment" que quieren dinamitar, pero no saben definir al "establishment". Rabian contra el "pensamiento hegemónico" que corrompe todo lo que toca pero no podrían discutir por cinco segundos cuál es ese "pensamiento hegemónico" y cómo es que afecta a las artes y la cultura en el Perú. Reniegan --endurecidos por el rigor de su poca inteligencia-- del monstruo siniestro al que llaman "mafia literaria", pero jamás han construido un alegato que permita suponer que tal cosa existe ni cómo funciona. Se reclaman portadores de un discurso contestatario pero no tienen idea de qué es aquello a lo que están costestando. Se quedan mudos cuando alguien les pide que organicen sus conceptos y los pongan por escrito.

Guerrilleros de cantina y de acerrín mal barrido, se proclaman "brazos armados de la literatura" pero su nivel de rebeldía no va más allá de la morisqueta cheguevaresca y el exabrupto iletrado. Cuando se les invita a decir algo, corren hacia la puerta más cercana y se les traba la lengua en el camino: fuera del terreno del insulto, nada tienen que decir, ningún aporte hay que esperar de ellos.

Como expliqué en el post aludido, nada es "contracultura" si no es una cultura, nada puede aspirar a cambiar el mundo sin una ideología más o menos definida, sin unas apetencias objetivables, sin un deseo al menos en parte racionalizado, sin formar una comunidad que comparta las aristas principales de un mismo discurso. Hasta que no vea eso, o al menos algo de eso, seguiré pensando que en el Perú las contraculturas no existen, o, al menos, que no existen entre aquellos que quieren adueñarse de la etiqueta.

17.9.08

Bomba va, bomba viene

Sobre la novela más publicitada del Perú

A raíz de una declaración irónica (y que entendí como tal en todo momento) de César Gutiérrez a
El Dominical en referencia a mí, que luego fue recogida --vaya sorpresa-- por el lúcido blogger Víctor Coral como si fuera una acusación y no una broma evidente, César se ha visto obligado a enviar una carta a Coral explicándole el alcance verdadero de sus frases.

Pero César también ha aprovechado la carta para decir lo siguiente:

"Ahora, es preciso señalar que empecé a dudar de la autoridad de Faverón cuando emitió juicios de valor respecto a
Bombardero cuando meses antes había admitido no haberlo leído, pese a haber publicado esos dos capítulos en su revista universitaria. Me pareció alarmante que dijera lo que dijo (repito: que no acostumbraba comentar libros que no ha leído) y desdeñara el caracter supuestamente vanguardista de mi libro. Allá él si comenta lo que no lee".

Quiero decir --aunque me parece que quienes recuerden el post al que alude César lo tendrán muy claro-- que yo nunca he ofrecido ningún juicio de valor sobre
Bombardero. Ninguno en absoluto. Es más, la parte de mi texto que se refiere a la novela comenzaba anunciando eso enfáticamente. Dije:

"No he leído de
Bombardero sino los largos fragmentos que publiqué como adelanto en Puente Aéreo meses atrás [se trataba de unas ciento veinte páginas], de modo que no puedo opinar sobre su valor estético como totalidad."

Así pues, yo dejé muy claro que estaba escribiendo estrictamente a partir de la lectura de los capítulos aludidos. Mi comentario, basado en las páginas que leí, no contuvo nada que fuera siquiera lejanamente semejante a un juicio de valor: nunca dije que la novela fuera buena o mala, fallida o lograda, ni afirmé cosa alguna que pudiera parecer una recomendación o una disuación dirigida a sus potenciales lectores.

Lo que escribí fue que, a partir de mi lectura cuidadosa de esas ciento y pico páginas, podía decir que
Bombardero no era una novela vanguardista, sino una novela de estética postmoderna, y que considero (las razones las expliqué) que ambas designaciones son irreconciliables.

También puedo afirmar sin dudas, tras leer las primeras cinco páginas de
Moby Dick, que no se trata de una comedia de enredos, y, tras revisar el primer acto de Macbeth, me siento plenamente autorizado para afirmar que la obra de Shakespeare no es una novela rosa.

(Quizá no venga al caso, pero puedo contar que hace meses una amiga común, mía y de César, me pidió que escribiera un artículo sobre la novela, para una colección que Óscar Tramontana está o estaba planeando: le respondí que no podía hacerlo por el momento, porque no tenía un ejemplar del libro, de modo que no había podido leerlo completo. Como debería ser obvio a estas alturas, jamás he escrito un artículo sobre una novela sin leerla atentamente, por lo general más de una vez).

La única explicación que le encuentro al disgusto de César Gutiérrez es que él piensa que "vanguardista" es una especie de halago y que yo, al rehusarme a decir que
Bombardero es una novela de vanguardia, estoy escatimándole mérito. Pues, aquí las noticias: "vanguardista" es la caracterización de un cierto tipo de arte, no un juicio de valor. Una obra de vanguardia puede ser extraordinaria o puede ser un mamarracho, e incluso puede ser novedosa y original o ser reiterativa y previsible, igual que una obra que caiga dentro de los límites de cualquier otra estética. Tampoco Gravity's Rainbow de Pynchon es una novela vanguardista; también la llamaría postmoderna. Esos no son juicios de valor; son simples prolegómenos para situar una obra en su contexto.

Ahora, claro, si César Gutiérrez piensa que me equivoqué al decir que su novela no es vanguardista, pues para eso están los debates: espero que alguien, él mismo o cualquier otra persona, me diga qué cosa ve en el resto de la novela que sirva para modificar mi percepción sobre ese punto en particular. Entiendo que personas a las que estimo mucho intelectualmente, como Mario Montalbetti, Mirko Lauer y Fernando Ampuero, han elogiado repetidamente la novela de César. No estoy seguro de si todos ellos la consideran vanguardista. Yo no. Pero me gustaría escuchar opiniones contrarias.

¿Genocidio?

Precisiones y casos que se van olvidando

Una palabra que se escucha con frecuencia en el Perú, cuando se trata de acusaciones políticas y descalificaciones morales a figuras de esa esfera, particularmente a gobernantes y ex-gobernantes, es la palabra "genocida".

En la mayoría de los casos, si no en todos o casi todos, el término es equívoco y sirve únicamente para radicalizar la discusión a tal punto que concede al rival la oportunidad de responder de manera igualmente radical, desactivándose con ello la efectividad de la caracterización.


La Convención para la Prevención y el Castigo del Crimen de Genocidio, de las Naciones Unidas, aprobó en 1948, después del Holocausto y a partir de él, la primera definición legal del genocidio:

"Cualquiera de los siguientes actos cometidos con la intención de destruir, total o parcialmente, a grupos nacionales, étnicos, raciales o religiosos en tanto tales: asesinar a miembros del grupo; causar serio daño corporal o mental a miembros de ese grupo; infligir a un grupo deliberadamente condiciones de vida calculadas para provocar su destrucción física total o parcial; imponer medidas destinadas a evitar los nacimientos dentro del grupo; transferir por la fuerza a niños de ese grupo a otro grupo".

Las dos frases claves de esa definición son "con la intención de destruir" y "grupos nacionales, étnicos, raciales o religiosos
en tanto tales". ¿Qué quieren decir? Que hay asesinatos masivos en los que las víctimas son miembros de un determinado grupo pero que no han sido aniquilados debido a su pertenencia a ese grupo".

Es obvio que la definición, en 1948, se hizo considerando la diferencia que existe entre un asesinato masivo como, por ejemplo, el de millones de africanos en el Congo a manos de los belgas --que fue un crimen contra la humanidad cometido con el objetivo del enriquecimiento de la Corona de Bélgica--, o la muerte indiscriminada de los indígenas latinoamericanos en las minas de oro y plata de los virreynatos españoles en la Colonia --que tuvo un objetivo similar--, y, por otro lado, el asesinato de los judíos a manos de los nazis, que tuvo el designio expreso de exterminar a un grupo definido en función de su pertenencia étnica y religiosa.

La campaña de la Conquista del Desierto, llevada a cabo en el siglo diecinueve por el Ejército Argentino, por ejemplo, es posiblemente el primer caso de genocidio ocurrido en América Latina, si atendemos a la definición de 1948: el objetivo era, clara y expresamente, la eliminación de las poblaciones indígenas que eran vistas como un lastre contra el avance del progreso en el proceso "civilizatorio", que Alberdi había llamado, sin buscar la ironía pero paradójicamente, proceso "de problación de la pampa": aniquilar a los indios para repoblar con migrantes blancos.

Las muertes masivas de la guerra sucia y la acción terrorista en el Perú, en cambio, no estuvieron sustentadas en una definición étnica, nacional, religiosa o racial de las víctimas, y no tuvo como objetivo la destrucción total o parcial de un grupo así constituido. Incluso si el horror de los asesinatos tomó como víctimas en una inmensa mayoría de los casos a pobladores quechuas de los Andes peruanos, tanto de parte del Estado como de parte de Sendero Luminoso, nunca existió la noción de que había que eliminar a ese grupo étnico parcial o totalmente por el hecho simple de serlo.

Esos asesinatos masivos, nauseabundos como fueron, no eran, ni de un lado ni del otro, la encarnación de un plan genocida. En contra de lo que muchos parecen pensar, un genocidio no es algo así como un asesinato masivo elevado a la enésima potencia. Son, simplemente, casos distintos. Eso entendió, por ejemplo, la Comisión de la Verdad y Reconciliación, que no alude a los delitos contra la humanidad de la guerra interna como un genocidio (salvo en el caso específico de la matanza de Asháninkas a manos de Sendero Luminoso). Y ese entendimiento no privó a la CVR de denunciar ferozmente los crímenes ocurridos desde cualquiera de las orillas de la guerra.

Hay, sin embargo, casos conflictivos, dignos de discusión. Por ejemplo: ¿es válido dejar fuera del espectro del genocidio a los grupos definidos, no en función de elementos religiosos, étnicos, raciales o nacionales, sino a partir de una identificación política? Si la respuesta es que la concepción legal de las Naciones Unidos en 1948 debió incluir ese caso (por ejemplo, la aniquilación masiva de opositores al régimen soviético en los gulags), entonces, revisando la historia reciente del Perú, tendrían que debatirse casos como el del bombardeo de El Frontón ordenado por Alan García en junio de 1986, donde el motín de acusados y convictos por terrorismo fue utilizado como excusa para su aniquilamiento.

Otro caso que valdría la pena revisar y que, curiosamente, ha idio desapareciendo de la atención pública nacional es el del plan de esterilizaciones masivas y forzosas operado por el gobierno criminal de Alberto Fujimori durante su gobierno, en las que el grupo victimizado estaba claramente definido en función de su lugar en la escala socioeconómica. Ya la declaración de la convención de las Naciones Unidas en 1948 mencionaba entre los casos de genocidio "imponer medidas destinadas a evitar los nacimientos dentro del grupo". Es importante recordar, además, que en las esterilizaciones estuvieron comprometidos también el gobierno de Estados Unidos y más de una ONG, como Manuela Ramos, CARE, Prisma y Alternativa, según comentó hace un tiempo Silvio Rendón. ¿Será por eso que el caso ha caído en el olvido?

Si nuestro concepto de genocidio incluyera la idea de que el grupo agredido no es sólo definible en términos étnicos, raciales, nacionales y religiosos, sino también de pertenencia política o escala socioeconómica, los casos de la masacre de los penales de García y Giampietri y de las esterilizaciones de Fujimori, estarían claramente enmarcados dentro del campo del genocidio, o del plan de intención genocida.

Pero más importante que eso es que, aún si no lo fueran, son crímenes contra la humanidad, y sus autores deberían ser juzgados por haberlos cometido. Ojalá apristas y fujimoristas dejaran de cuidarles las espaldas a sus líderes en terrenos tan delicados, y ojalá dejaran de cuidarse las espaldas unos a otros.

(Un tema relacionado: échenle una mirada a esta editorial de Aldo Mariátegui: parece que en el Perú todavía hay quienes creen que el derecho a reproducirse y tener la familia que uno quiera tener está reservado a los ricos, y que los pobres sólo pueden recibir ayuda del Estado si aceptan tener menos hijos de los que quieren. Yo también estoy en favor de la difusión de métodos anticonceptivos y la educación sexual, pero colocarlas como condición para que un ciudadano sea tratado como tal, es un abuso sin nombre).

16.9.08

Bolanou

Roberto Bolaño en el mercado anglo

New Directions, la casa editorial norteamericana, anuncia para un cortísimo, corto y mediano plazo la publicación en inglés de diez libros de Roberto Bolaño.
2666 y los poemas de The Romantic Dogs aparecerán simultáneamente en noviembre de este año. Nazi Literature in the Americas y The Skating Rink (La pista de hielo) verán la luz el 2009. Posteriormente aparecerán Monsieur Pain, Antwerp (Amberes), The Insufferable Gaucho, los ensayos de Parenthetically (Entre paréntesis), Assasin Whores y (aún sin título en inglés) los escritos misceláneos El secreto del mal.

(Chris Andrews me confirma vía email que él es el encargado de dos de esas traducciones: la de
La pista de hielo y la de Monsieur Pain).

No cabe duda de que la obra de Bolaño ha ingresado plenamente al mercado norteamericano, y que seguirá expandiéndose dentro de él. Aparte de las muchas y muy positivas críticas que sus libros traducidos al inglés hasta la fecha han merecido en la prensa americana, se han dado casos inusitados, como que
The New York Review of Books publicara el año pasado una reseña de Francisco Goldman sobre cuatro libros del chileno aun a pesar de que uno de ellos (2666) todavía no existía en versión de lengua inglesa.

Es más, la expectativa por Bolaño es tal en los Estados Unidos, que ya en el año 2005 Larry Rother publicó un largo artículo sobre él y
2666 en The New York Times: tres años antes de que el libro llegue a sus lectores en traducción (como que aún no llega, hasta noviembre).

Pero, más allá de la súbita y bienvenida celebridad norteamericana de Bolaño --como le decía hace un par de días a un periodista colombiano que me entrevistó acerca de
Bolaño salvaje--, es importante la posibilidad de que la repercusión de la obra de Bolaño abra las puertas de la lectoría angloparlante a otros autores del mundo hispano, largamente marginados del mercado en traducción debido a que resultan inmanejables e incluso incomprensibles para editores y lectores que esperan de un escritor latinoamericano (o, por extensión, español) que se encuadre a poca distancia de los universos de lo real maravilloso y/o del realismo mágico --tan desmejorados y decaídos en las décadas recientes--.

Por supuesto, no faltarán quienes digan que le estoy dando demasiada importancia a la consagración de los escritores hispanos en Estados Unidos, como si su aceptación regional en el mundo de la lengua castellana no fuera importante de por sí. No es eso. Se trata de dos fenómenos distintos: no creo que la consagración de un escritor deba provenir de los grandes mercados editoriales o de las lectorías millonarias; lo que celebro es la transnacionalidad de la literatura en general, que los lectores de diversos lugares del planeta tengan acceso, a través de la ficción, a realidades y escenarios ajenos; en este caso, a nuestras realidades y nuestros escenarios.

¿O es que no sería una perspectiva feliz que se tradujera voluminosamente, y no sólo a través de editoriales universitarias, a autores como Sergio Pitol, Ricardo Piglia, Juan José Saer, Alan Pauls, Mario Levrero, Juan Manuel de Prada y un largo etcétera?

Albedrío

Una parábola del mundo real

Debido a un proyecto personal del que ya les hablaré más adelante, estoy leyendo mucho acerca de Auschwitz en estos días. Podría enumerar las atrocidades que desconocía y de las cuáles apenas ahora he tenido noticia, pero me resulta más interesante referirme a un caso en particular, no por atroz, sino todo lo contrario: es una historia que llama la atención por la razón opuesta. Aunque finalmente alumbre los hechos concocidos con una luz incluso más terrible.

La leí en
The Kingdom of Auschwitz, un libro notable del norteamericano Otto Friedrich (que pueden ver completo aquí), y él a su vez la recogió de las minutas de un juicio que tuvo lugar en Frankfurt en el año 1964. En particular, se basa en las declaraciones de la doctora austriaca Ella Lingens, encarcelada en Auschwitz en 1943 tras ser descubierta por la Gestapo colaborando en el escape clandestino de judíos a través de la frontera del Reich.

En el juicio, en 1964, Lingens declaró que dentro del infierno de Auschwitz había una "isla de paz". Y que esa isla era el campo de trabajo de Babice. Auschwitz y Birkenau (o Auschwitz II) estaban, en efecto, rodeados por cinco campos de trabajo: Plawy, Harmeze, Budy y Rasjko al oeste, y, al este, Babice. En cada uno de ellos se reproducía la maquinaria horrorosa del campo de concentración: maltratos y vejaciones arbitrarias que solían terminar en la muerte.

En todo ellos, excepto en Babice. La doctora Lingens describió el lugar: un campo bien conservado, de barracas limpias y un comedor ascéptico donde la comida era buena. Al mando del campo había un oficial de las SS, de apellido Flacke, que se tomaba incluso el trabajo de destinar parte de su presupuesto a obtener alimentos suplementarios que compraba fuera del campo: "huevos", recordó la doctora Lingens: "conseguía huevos desde afuera".

En una ocasión, Lingens conversó con Flacke. La doctora le dijo al oficial alemán que no tenían sentido todos los esfuerzos que hacían ambos por cuidar del buen trato a los prisioneros, dado que, al final de la guerra, antes de que Auschwitz cayera en manos de los aliados, los nazis se asegurarían de asesinar hasta al último de los internos. Flacke le respondió "Espero que no sea así, espero que entre nosotros haya suficientes hombres dispuestos a evitar que eso ocurra".

En Frankfurt, en 1964, el juez que escuchaba a Lingens quedó paralizado. Ottor Friedrich describe así la escena: "El juez, que había escuchado interminables alegatos (de parte de los oficiales nazis) acerca de que ellos sólo cumplían órdenes inevitables de las altas autoridades, se sorprendió del testimonio de Lingens.
Quiere decir, preguntó, que cada quien en Auschwitz podía decidir por sí mismo ser bueno o ser malvado? Lingens le respondió: Eso es exactamente lo que quiero decir.

Después de haber leído, en estas dos semanas, media docena de libros sobre el tema, entiendo una cosa de la que antes no estaba seguro: incluso después de dictada desde Berlín la orden de la
solución final, los campos de concentración tenían el objetivo del exterminio de las "razas inferiores" pero no habían recibido ninguna instructiva que les ordenara el sádico maltrato del que los nazis hicieron objeto a los prisioneros gitanos, polacos, rusos, judíos, etc.

De hecho, salvo por los asesinatos masivos en las cámaras de gas, todas las demás muertes en los campos de exterminio eran caprichosas y no reguladas: dependían del puro salvajismo de quienes ostentaban el poder. Auschwitz, como apunta Friedrich, no era el espacio de una superconcentración de leyes y reglamentos estrictos, una suerte de hiperdictadura en la que todo estuviera regido desde un poder central.

Era, más bien, todo lo contrario: un lugar sin ley, sin regulaciones, sin normas, librado al albedrío de quienes tenían las armas en las manos, una especie de anarquía selvática y paradójicamente despótica. No un sistema férreo en el que hasta el último suspiro estuviera regulado por una norma, sino la abolición de todas las normas. En un mundo así, la procesión constante y diaria de los prisioneros seleccionados para las cámaras de gas y el transporte de sus cuerpos a los cinco gigantescos crematorios marcaban el único compás rutinario: eran la sola normalidad porque respondían a la única normativa, y eran la única actividad sistemática y ordenada por una ley.

Todo lo demás fue la exudación de la barbarie personal, de la humana voluntad de sus actores.

15.9.08

La hoguera estatal

Sobre la quema de libros y el Perú de hoy

La historia de la quema de libros es tan antigua, acaso, como la existencia misma de los libros. Quizá empezó doscientos años antes de Cristo, con el incendio de todo texto de filosofía existente en la China del emperador Qin Shi Huang --el hecho lo rescata Borges en un ensayo muy conocido--. Y no es de ninguna manera un fenómeno extinto: el siglo veinte e incluso el actual han visto su frenética reproducción.

En 1937, en Brasil, el dictador Getulio Vargas ordenó el incendio de todos los ejemplares de tres libros de Jorge Amado. En 1939, en Barcelona, las tropas de Franco quemaron completa la biblioteca del intelectual catalanista Pompeu Fabra al grito de "abajo la inteligencia". En Indonesia, en los sesentas, Suharto hizo quemar la biblioteca del escritor Pramoedya Ananta Toer, inmediatamente después de encarcelarlo.

En 1986 el gobierno de Augusto Pinochet mandó quemar, en Valparaíso, quince mil copias del libro
La aventura de Miguel Littin clandestino en Chile, de Gabriel García Márquez. En 1988, en varios países del mundo, grupos de musulmanes radicales echaron a la hoguera miles de copias de Los versos satánicos, de Salman Rushdie, y librerías de Inglaterra y California que ofertaban la novela fueron blanco de atentados con explosivos.

En 1992, los nacionalistas serbios hicieron arder en llamas la biblioteca del Instituto Oriental de Sarajevo, eliminando su colección entera de varios cientos de miles de ejemplares. Incluso este año, un alcalde fanático en una pequeña ciudad de Israel ordenó la quema de cientos de copias del
Nuevo testamento que estaban siendo distribuidas gratuitamente en las calles.

Y en plena campaña electoral, en Estados Unidos, ha salido a la luz el dato de que la republicana Sarah Palin, años atrás, sugirió a la bibliotecaria del pueblo de Alaska del cual ella era alcaldesa, deshacerse de ciertos libros inconvenientes. (Hay, de hecho, muchos libros vetados en bibliotecas municipales norteamericanas hoy mismo, incluyendo clásicos de su literatura nacional, como
Of Mice and Men, de Steinbeck).

Un post de Andrea Naranjo en el Gran Combo Club nos recuerda que, en el Perú, durante el gobierno de Odría, los funcionarios aduaneros tenían una lista de libros que no debían ingresar al país. Más tarde, como se sabe, mil quinientos ejemplares de
La ciudad y los perros se hicieron humo en los patios del Colegio Militar Leoncio Prado, en el año de su publicación (es decir, probablemente, bajo la presidencia de Lindley o la de Pérez Godoy).

La misma Andrea Naranjo desentierra también el dato de que, durante el primer gobierno de Fernando Belaunde, el entonces ministro de Gobierno, Javier Alva Orlandini, dio la instrucción (cumplida) de quemar ciertos libros de tendencia izquierdista, en 1967. Paradójicamente, Alva Orlandini fue luego presidente del Tribunal Constitucional.

En el Perú de hoy, hasta donde sé, no se queman libros. (El último incidente que recuerdo fue un truco publicitario del poeta sanmarquino Rubén Quiroz, a principios de esta década). Dependiendo de nuestro grado de ingenuidad, eso puede hacernos creer que tenemos un gobierno civilizadamente respetuoso de la cultura. En verdad, eso no está tan claro. El Perú tiene unas leyes para la importación de libros, y de insumos para la imprenta, que resultan más radicales que cualquier hoguera. En todo caso, la única gran diferencia es que no se toma como objetivo de la persecución explícita a un libro o un conjunto de libros en particular: se censura el acceso a todos los libros en general.

"Abajo la inteligencia", el lema de los incendiarios franquistas, bien podría ser el canto de un gobierno como el aprista, que no hace nada por promover la lectura y cuyos planes educativos se reducen a la finta de ciertos proyectos de distribución de computadoras cuyo fracaso es advertido por muchos y a una ley del libro que no marca un abaratamiento sustancial del producto. ¿Dónde están los proyectos estatales de incentivo para la lectura, dónde la transformación de la enseñanza escolar y universitaria, dónde el plan efectivo de abaratamiento del libro?

En su primer gobierno, Alan García tuvo un solo gesto --grandilocuente-- en relación con la difusión de formas culturales: la organización del célebre Sicla, que trajo a Lima a decenas de músicos de protesta y de la nueva trova latinoamericana. Todos sabemos que no fue una difusión genuina y cristalina, sino el intento de cooptar a la juventud universitaria a través del regalo de un festival que hiciera ver al régimen como progresista y aliado del arte.

De alguien como García, que en esos años no dudó en usar la cultura como carnada para atrapar incautos, no cabe esperar demasiado en materia de políticas culturales. Pero eso no quiere decir que se deba dejar de protestar y exigir cierto grado de interés y promoción. No hablo del famoso y tartamudo pedido de "apoyar a la cultura", formulado con insistencia, paradójicamente, por las mismas personas que luego aplauden cualquier mamarracho por el solo hecho de ser un producto nacional, o que acaban proclamando que "cultura es todo", como si no fuera incoherente exigir apoyo a la cultura para luego convertir el conjunto en poco menos que infinito.

Hablo de algo bastante más digno del rol de un gobierno: sentar las bases legales para que la producción de inteligencia y creatividad en el país tenga un espacio propio y menos obstáculos que sortear.

No hablo, entoces, de la limosna de construir asilos y regalar pensiones para artistas agónicos, o levantar la manida Casa del Poeta, como si el Estado tuviera que responsabilizarse del destino de ciertos ciudadanos más que del destino de otros.

Me refiero, más bien, a propiciar un mercado en el que el libro deje de ser artículo de lujo para convertirse en una mercancía al alcance de quien esté interesado en ella, donde los maestros escolares y universitarios puedan acceder a un sueldo solvente y a los materiales que necesiten, donde un país que pronto tendrá treinta millones de habitantes deje de tener un tercio de sus librerías concentrado en el distrito más pudiente de la capital.

Exigir que se construya un terreno con esas coordenadas no debería ser, como hasta ahora, interés casi privativo de editores y libreros: debería haber un movimiento vasto y coordinado de escritores, artistas, cineastas, intelectuales, críticos, profesores universitarios, institutos de investigación, organizaciones no gubernamentales, periodistas, universidades y medios de comunicación que pusiera sobre el tapete la discusión acerca del desarrollo de la inteligencia en el país. Sin tintes partidarios ni escisiones gregarias, planteando un conjunto mínimo de condiciones imprescindibles para el desarrollo de la actividad cultural: una suerte de plan mínimo que cualquier gobierno debería aceptar como punto de partida para sus políticas culturales.

Después de todo, quiénes más indicados que los intelectuales de un país para plantear esa expectativa y reclamarla a voz en cuello.

El tiro por la culata

Una encuesta malintencionada

Hablando de contracultura, un blog que se reclama contracultural lanzó hace una semana una encuesta dirigida a que sus lectores respondieran una serie de preguntas obviamente malintencionadas (preguntas del tipo "¿cuál es el blog más intrigante?").

Como da la impresión de que la encuesta no será evaluada y recontada hasta que de alguna manera favorezca las previsiones del blogger, me adelanto, en una acción de servicio público, a publicar aquí los resultados obtenidos una vez que han votado los primeros 141 comentaristas de dicho blog (todos votos anónimos, sin excepción).


Los resultados han sido:


El blog más intrigante:
Zona de Noticias, de Paolo de Lima y Luz de Limbo, de Víctor Coral (17 votos cada uno)


El blog más comprado:
El Útero de Marita, de Marco Sifuentes (12 votos)


El blog más "basura":
Rodolfo Ybarra, de Rodolfo Ybarra (26 votos)


El blog más "figuretti":
La habitación de Henry Spencer, de Luis C. Burneo (7 votos).


El blog más aburrido:
Luz de Limbo, de Víctor Coral y Zona de Noticias, de Paolo de Lima (7 votos cada uno)


El blog más melodramático:
Rodolfo Ybarra, de Rodolfo Ybarra (5 votos)


El blog más atrabiliario:
Rodolfo Ybarra, de Rodolfo Ybarra (7 votos)


Está de más decir (pero lo digo) que la encuesta es ajena y que yo no la suscribo.

13.9.08

40 años de contracultura

Pero, ¿qué significa contracultura?

Hace exactamente cuatro décadas, en 1968, Theodore Roszak, un norteamericano de origen polaco, acuñó el término "contracultura" como la categoría central para su estudio de ciertos movimientos estéticos y de oposición política surgidos en Estados Unidos y algunos países de Europa occidental durante la década del sesenta. El libro se llamaba
The Making of a Counter Culture.

Aunque quienes hoy reclaman para sí la etiqueta de "contraculturales" no quisieran enterarse de este dato, lo cierto es que Roszak era, y es, un
scholar, es decir, un académico, que hasta el día de hoy recibe su sueldo puntualmente de una universidad estatal norteamericana: California State University, at East Bay.

Cierto es que el término y el estudio tuvieron que venir necesariamente después del fenómeno: la asimilación del lenguaje del jazz a la poesía en la obra de la generación beat, el nacimiento de la escena underground que encontró su capital en San Francisco, el salto del rock and roll al rock y a la música pop, la formación de la juventud hippie y su asunción de las consignas del movimiento de los derechos civiles (la lucha contra el racismo, contra la marginación de la mujer), la prédica de la liberación sexual, la asimilación europea del existencialismo tardío y de Marcuse como cimientos ideológicos para la revolución generacional, la difusión de la psicodelia, etc.

E incluso antes, esa historia tiene su propia prehistoria: quienes estudian lo contracultural lo encuentran con frecuencia en cierto romanticismo europeo de los siglos dieciocho y diecinueve, en la bohemia francesa, en el dandismo, en algunas de las vanguardias, etc. La primera constatación curiosa cuando uno se remonta a esos orígenes es que lo contracultural no es --contra la intuición extendida contemporáneamente-- ni necesariamente popular ni inevitablemente progresista en lo político: muchos de los fenómenos citados eran de hecho aristocratizantes y en gran medida elitistas.

Dos precisiones son importantes antes de llamar a algo contracultural. La primera es que lo contracultural es a su vez una cultura, o la emergencia de una forma cultural: un individuo puede tener un conjunto de ideas radicales contra el mainstream cultural de su sociedad, pero si sus ideas son, por ejemplo, demasiado sui generis o demasiado idiosincrásicas para ser adoptadas por otros individuos hasta formar un colectivo con cierto grado de coherencia en su oposición al establishment, es incorrecto decir que ese individuo es contracultural. Es un marginal, sí, pero no contracultural.

Lo segundo es que lo contracultural, en su sentido actual, puede ser una ideología predicada en un discurso articulado o una praxis demostrada en ciertos ejercicios culturales (obras de arte, manifestaciones colectivas, protestas, escritos, circuitos virtuales, etc), y como tal aspira a ensancharse hasta inspirar a nuevos partícipes, de modo que el movimiento crezca y se transforme en una forma de vida para un colectivo cada vez mayor. Si no fuera así, sería una contracultura elitista y segregadora, como las del siglo diecinueve.

En el intento de expansión, claro está, lo contracultural corre el riesgo de ser asimilado, hasta convertirse incluso en parte del mainstream que originalmente percibió como el objetivo a derrotar. El poder del mercado en el mundo capitalista es normalmente el motor de esa asimilación; es también, curiosamente, o lo ha sido hasta ahora, el motor crucial para la difusión de las ideas de cada grupo contracultural. Esa es la historia de los beatniks, la historia de los hippies, la historia de los punks. En gran medida, el relato de la asimilación es el relato de la desvirtuación del contenido ideológico de la contracultura.

Si lo vemos de este modo, entenderemos la paradoja de lo contracultural: nacido de un grupo pequeño, su crecimiento marca el inicio de su declive, o al menos el declive o el vaciamiento de sus ideales centrales. Pero si no aspirara al crecimiento, dejaría de ser contracultural para convertirse en una especie de cisma de la cultura, en un movimiento de outsiders sin mayor alcance fuera de un grupo reducido y nuclear (lo que suele pasar hoy, cuando se combina en un mismo discurso la postura contracultural con el individualismo extremo de buena parte de la nueva sociedad).

Y eso no sería un movimiento contracultural, porque estaría abandonando la esperanza crucial de la contracultura, que es la transformación de la sociedad a su imagen y semejanza.

Pero: ¿el declive o la muerte de un movimiento contracultural implica su derrota total? ¿Acaso no somos, muchos de nosotros, un poco más libres después de los beatniks, un poco más igualitarios después de los hippies, un poco menos segregacionistas después del movimiento de los derechos civiles, un poco menos cínicos después de los punks?

Si la respuesta es afirmativa, entonces quizás haya que aceptar que lo más lamentable no ha sido la introducción de esos movimientos contraculturales en el mainstream. Quizá lo más lamentable sea, más bien, que esa asimilación haya convertido a los nuevos y potenciales movimientos de la contracultura en grupos mucho más radicales en su suspicacia frente al establishment, hasta el punto de no querer tener contacto alguno con él, lo que termina convirtiéndolos en microscópicos y carentes de toda influencia real. Acaso por eso es que, luego del punk, ha habido muy pocos movimientos contraculturales de influencia global (teniendo en cuenta que, por ejemplo, el hiphop prácticamente nació ya asimilado al mercado).

Y tal vez la lápida sobre la potencial tumba de lo contracultural (y de sus posibilidades de éxito) sea la asunción de la etiqueta de "contracultural" por ciertos grupos inorgánicos y atomizados. No me refiero a la existencia misma de esos grupos, sino al hecho de que se autodenominen así, "contraculturales", sin más implicaciones ni mayor precisión: sin diferenciarse unos de otros, sin construir discursos afirmativos en vez de críticas del tipo "vivimos en un callejón sin salida" o "el mundo es una mierda y siempre lo será".

Como si ser contracultural fuera en sí mismo una postura, y no una categoría general que puede ser llenada con discursos de todo tipo: convertir lo contracultural en una etiqueta sin definición es un suicidio para cualquiera que quiera transformar el mundo, o al menos una esquina del mundo.

Llamarse "contracultural" sin sustentar un discurso es como llamarse "revolucionario" sin apoyarse en una ideología. Washington, Jefferson y Adams hicieron una revolución, Lenin hizo una revolución, Allende también, Castro también, Hitler también, y es claro y transparente que ninguna fue igual a las otras. Los neonazis y los skinheads son contraculturales, y ésa es una familiaridad que de seguro los que se llaman contraculturales preferirían no tener. Para evitarla, tienen que definirse claramente, intelectualmente, artísticamente, estéticamente, es decir, culturalmente: construyendo su tradición, vislumbrando sus orígenes, entendiendo su destino, proclamando sus ideas, construyendo en base a ellas, diferenciándose unos de otros, concibiendo el mundo de alguna manera y presentando esa concepción a los demás.

12.9.08

10 más

Mis canciones políticas favoritas (en español)

Ante el reclamo popular, no me queda otra que sacarme el sambenito de alienado y colocar aquí mis diez canciones políticas preferidas en castellano. No van en ningún orden particular:

No bombardeen Buenos Aires, de Charly García. Tiempos de la guerra de las Malvinas y Charly García se las arregla de alguna manera para saltar de una entrada pacífica a una secuencia de acordes del postpunk más precisamente británico. Al final, la canción no es un grito guerrero ni un pedido pacifista: es la expresión de un miedo bastante más visceral que articulado.





Los dinosaurios, de Charly García. Una de muchas canciones escritas en Argentina sobre el tema de las desapariciones en la dictadura militar, Los dinosauiros alcanza a colocar el asunto en una perspectiva que es a la vez política y muy personal.





Yo pisaré las calles nuevamente, de Pablo Milanés. La canción más emocionante de reivindicación del pueblo chileno durante la dictadura ultraderechista de Pinochet la escribió un cubano que jamás ha criticado públicamente a su propio dictador. Ironías de lado, la canción de Milanés está dicha con una voz extranjera pero múltiple y simbólica, que sueña con volver a un paraíso después de su hecatombe, o más bien a salvarlo de la hecatombe.





Tiburón
, de Rubén Blades. También el tema de la perniciosa intervención norteamericana en las políticas nacionales y regionales de América Latina ha sido objeto de más de un compositor. Rubén Blades (quien también podría estar en esta lista con "El padre Antonio y el monaguillo Andrés" y varias otras) pone el asunto en términos de voracidad y barbarie devoradora.





Matador
, de Los Fabulosos Cadillacs. Es la historia de un rebelde a punto de ser capturado por la represión (en cierta forma evocativa de "The Partisan", que estaba en mi lista anterior). La canción tiene una referencia intertextual al León Santillán de otro tema de los Cadillacs y a la muerte de Víctor Jara en Chile.





Clandestino, de Manu Chao. Aunque en principio es un reclamo sobre la situación de los migrantes africanos en España y Francia, la canción de Manu Chao va creciendo en intensidad y en su geografía, para terminar aludiendo a las grandes masas de migrantes ilegales del llamado tercer mundo que van al hemisferio norte en busca de componer su subsistencia.





Te recuerdo Amanda
, de Víctor Jara. Con sutileza, Jara se las arregla para componer una canción de amor con un objetivo muy específico: describir el amor del proletario en una sociedad que apenas si le deja espacio para la más íntima y fugaz felicidad.





Indultados, de Kapanga. Otra canción relacionada con la dictadura militar argentina de fines de los setentas e inicios de los ochentas: Indultados hace referencia, específica y nombre por nombre, a los criminales que dirigieron el asesinato masivo de opositores y sospechosos de ser opositores, y en particular a la impunidad de sus delitos.





Sólo le pido a Dios, de León Gieco. A pesar de que su origen también fue la guerra de las Malvinas, la canción de León Gieco, sobre todo en la interpretación de Mercedes Sosa, se ha vuelto claramente un himno pacifista en todo el ámbito hispano, rebasando incluso la frontera de izquierdas y derechas.





Para el pueblo lo que es del pueblo
, de Piero. Dirán que me aliené, que me argentinicé, en la selección de estas diez canciones (seis de ellas son argentinas, y eso que no entró Atahualpa Yupanqui): la verdad es que pienso que la música popular argentina es la que mejor ha ingresado en el terreno del reclamo político en la lengua española. Para el pueblo lo que es del pueblo también alude a la larga sucesión de dictaduras rioplatenses, y a sus consecuencias directas en el bolsillo de la gente.





11.9.08

El demonio (de) Pound, 2

En respuesta a un par de comentarios

Un comentarista anónimo, a raíz del post sobre Ezra Pound, me pregunta por qué encuentro antisemitismo en el canto XLV, “Con usura”. Otro comentarista me envía dos preguntas relacionadas. La primera es esta:

“Explícanos las teorías económicas heterodoxas en las que se basa la crítica de Pound (y el porqué en su contexto de su aplicación a los Estados Unidos). Creo que eres el indicado para hacerlo, ya que manifiestas que es uno de tus autores predilectos”.

Es verdad que es uno de mis autores favoritos, pero también es cierto que no soy un especialista en poesía ni mucho menos en economía. Sin embargo, algo puedo decir. Y antes de hacerlo quiero citar la fuente principal de mi respuesta: un excelente artículo que leí hace un par de años, de Andrew Parker, publicado en la revista Boundary en el número del invierno de 1983 (páginas 103-128: hay una versión online para quienes estén suscritos a J-Stor).

Los elementos básicos de lo que el comentarista llama “las teoría económicas heterodoxas de Pound” son en verdad bastante clásicos: su fuente primera es el filósofo predilecto de Pound, Aristóteles, y en particular la Política.

Aristóteles distingue entre dos diversas formas de economía: “oikonomiké”, que es, digamos, la economía propiamente, la que el filósofo llama “natural”, que podríamos identificar con la actividad de negociar bienes necesarios en un proceso de intercambio, en el que el dinero vale lo que vale el bien conseguido con él, y nada más: actúa como medio e instrumento.

La otra forma es la “chrematistiké”, que para Aristóteles es impropia e innatural, un artificio, cuyo fin es el lucro y que, para decirlo en términos más contemporáneos, fetichiza el dinero otorgándole un valor propio en vez de un valor de intercambio, y convirtiéndolo en el objetivo final del negocio.

Esta segunda versión, que en verdad es una perversión para Aristóteles, tiene su forma más torcida en la usura, que es el mecanismo por excelencia de la pura multiplicación y reproducción del dinero. (Aristóteles conecta todo esto con una noción biologista de la economía, en la que la reproducción “correcta” es la que produce seres distintos: padre e hijo no son iguales, del modo en que el dinero y el bien adquirido no son iguales tampoco; frente a esa forma “correcta” está la forma “perversa”, en la que el dinero no sirve para engendrar algo distinto, sino para engendrar más dinero). Santo Tomás de Aquino seguía a Aristóteles en ese punto, y su versión de ese entendimiento de la economía dio pie a la forma de la economía tal como la entendió la Iglesia católica.

Incluso la poética de Pound en referencia a la “palabra justa” es una construcción análoga a sus teorías económicas aristotélicas: la “palabra justa” es la que vale en sí misma y no necesita de una reproducción abismal, así como el dinero es usado naturalmente cuando no entra en el circuito de la usura sino que expresa un “justo valor”.

“With usura the line grows thick / with usura is no clear demarcation”, escribe Pound en el canto XLV: la usura lo pervierte todo, desnaturaliza a la sociedad, desordena, corrompe y ensucia. ¿Qué tienen que ver los judíos y el fascismo con todo eso? Pound escribió: “La usura es el cáncer del mundo que sólo el cuchillo de cirujano del fascismo puede extirpar de la vida de las naciones”. No lo decía sólo llevado de un convencimiento sobre las virtudes de la economía del fascismo: lo decía también como una advertencia en relación a que la sociedad estaría siempre bajo el antinatural régimen de la usura mientras estuviera en manos de los judíos. Es lo que Pound llamaba “the danger of Jews”.

Parker, luego de revisar numerosas citas del poeta norteamericano, observa que éste “consistentemente identificaba al usurero con el judío”. Cuando Pound habla de usura está siempre hablando de los judíos. Los identificaba hasta tal punto que acuñó un neologismo que es uno de los síntomas más reveladores de su paranoia antisemita: la palabra “Jewsury”: el judaísmo y la usura, para Pound, eran inseparables, indistinguibles. De eso está hablando cuando escribe el canto XLV: de la enfermedad judía de la usura que el fascismo debía extirpar desde su origen.

(Si quiere uno entender hasta qué punto era abarcadora la manía antisemita de Pound, basta con recordar su opinión sobre la poesía tardía de T.S. Eliot: Pound decía que Eliot nunca llegaría al éxito poético total si no era capaz de deshacerse de los elementos judíos de su cristianismo. Pound se refería al Antiguo testamento como “el libro negro”, “el libro de las falsedades” de los judíos).

La segunda pregunta del comentarista era esta: “Explícanos los motivos racionales de tu susceptibilidad con respecto al asunto judío, a diferencia de otras persecuciones o genocidios más contemporáneos o cercanos a estas tierras”.

No creo que tenga que explicar mis motivos racionales para estar en contra de cualquier genocidio. (Acabo de escribir sobre eso en el post anterior). Los motivos son obvios y están en la conciencia de cualquier persona moral. Es falso que el genocidio de los judíos en la segunda guerra mundial me parezca más despreciable que todos los otros. Genocidios (homicidios multitudinarios que implican una persecución étnica, como el Holcausta, la limpieza étnica en los Balcanes, la barbarie belga en el Congo), y asesinatos masivos (por ejemplo los de Sendero Luminoso y las Fuerzas Armadas peruanas en la guerra de los años ochentas y noventas) son todos repudiables y he escrito más de una vez sobre ellos.


Once de setiembre

Todos los crímenes son destestables

Hoy es 11 de setiembre y se cumplen aniversarios de muchas cosas. Ente ellos, dos inolvidables: siete años del asesinato masivo sucedido en el World Trade Center de Manhattan con la destrucción de las Torrres Gemelas a manos de un comando suicida de Al-Qaeda; y treinta y cinco años del golpe de estado de Augusto Pinochet en La Moneda, en Chile, en que se derrocó, con ayuda norteamericana, al primer régimen socialista del mundo democráticamente electo.

Por un infeliz prurito que quiere presentarse como agudo y vindicante, pero que en verdad es simplemente antihumanista, hay quienes hablan del 11 de setiembre chileno como el verdadero crimen a recordar, el crucial, el que importa, y dejan la impresión de creer que la fecha ha sido de alguna manera usurpada por aquella otra, la del World Trade Center. Como si nuestra memoria no fuera capaz de tener ambas hecatombes presentes, y lamentar las dos.

Un ejemplo. Hace un par de años vi una película sobre el horrendo crimen del World Trade Center. Se llama 11'09''01 - September 11. Es una cinta peculiar: se trata de once directores de diversos países del mundo que contribuyen, cada uno, con un corto de once minutos y nueve segundos referido al ataque contra las Torres Gemelas. Entre todos, hay uno de Ken Loach, el cineasta socialista inglés autor de la conocida cinta Tierra y libertad. En el mosaico de cortos que conforman la película, el de Loach se distingue por su tema: no está referido al atentado del 2001, sino al asalto a La Moneda en Santiago en 1973, con una incidencia particular en el hecho de que los Estados Unidos auspiciaran ese golpe de estado.

Enhebrado como un eslabón en medio de los demás cortos, el de Loach funciona como una suerte de contextualizador, un elemento historizador: nos recuerda los crímenes cometidos o apoyados por gobiernos norteamericanos a lo largo del siglo pasado. Lamentablemente, sin embargo, también parece querer colocar en dos platos de una misma balanza la dos violencias asesinas, como si una se justificara en la otra, como si una fuera consecuencia de la otra y, por tanto, acaso, menos horrorosa o menos despreciable. El mensaje apenas velado: los Estados Unidos recibieron una cucharada de su propia medicina.

No es un fenómeno extraño. Es de hecho otra cara de una vieja moneda: la que critica los crímenes del adversario pero pasa por alto criticar los crímenes del aliado. Podemos observarlo en los seculares enfrentamientos de izquierda y derecha en todo el mundo: hay quienes recuerdan los crímenes de Pinochet pero justifican los de Castro o Guevara y quienes acusan a éstos últimos pero pasan por alto los delitos de Pinochet; hay quienes acusan a las Fuerzas Armadas peruanas de genocidio en la guerra antiterrorista pero llaman a los crímenes de Sendero Luminoso simples "excesos" y quienes enumeran los asesinatos de Sendero Luminoso pero encuentran justificables y necesarios los de las Fuerzas Armadas.

(Un ejemplo con nombre propio: siendo el cantante Víctor Jara, a partir de su ruin asesinato a manos de los pinochetistas, un símbolo de la izquierda y de los derechos humanos, era no sólo el cantor de los pueblos oprimidos, sino también el mismo que llamaba "poeta" a Ho Chi Min, y lo invocaba como protector del "derecho de vivir en paz", a pesar de que el líder vietnamita era un genocida que había ordenado miles de ejecuciones sumarias durante su revolución y después).

Lo cierto es que esa variabilidad del juicio, esa mirada tantas veces parcial y sesgada, es un síntoma ideológico: es la sobreposición del discurso político a la realidad, y el acomodo de la realidad a lo que se cree que es la justicia mayor de una causa.

No importa cuál sea la causa, sin embargo: la negación de un crimen real es siempre una alianza con la inmoralidad. No importa cuál sea el crimen y quién sea su autor: todos los crímenes deben ser denunciados y ninguno justifica al siguiente, y en la memoria de uno (y en la memoria de la humanidad) debería haber lugar para recordarlos todos y castigarlos todos y nunca repetirlos. El 11 de setiembre, entonces, marca el aniversario de muchos crímenes, y todos deben quedar en nuestra memoria.

10.9.08

El demonio (de) Pound

Sobre el canto XLV y una idea de Jean Paul Sarte

Antes de referirme a cierto poema de Pound, quiero que le presten atención al fragmento inicial del libro
Reflexiones sobre la cuestión judía (1944-1946), de Jean Paul Sartre. No tengo a la mano una edición en español, así que traduzco de la inglesa, titulada Anti-Semite and Jew:
"Si un hombre atribuye total o parcialmente sus infortunios y los de su país a la presencia de elementos judíos en la comunidad, si propone remediar dicho estado de cosas negando a los judíos algunos de sus derechos, manteniéndolos fuera de ciertas actividades económicas y sociales, expulsándolos del país, o exterminándolos, decimos que tiene opiniones antisemitas.

"Esta palabra,
opinión, hace que nos detengamos a pensar. Es la palabra que un anfitrión usa para poner fin a una discusión que amenaza con volverse beligerante. Sugiere que todos los puntos de vista son equivalentes; nos autoriza a muchas cosas, pues da una apariencia inofensiva a las ideas al reducirlas al nivel del gusto. Todos los gustos son naturales; todas las opiniones están permitidas. Los gustos, los colores y las opiniones no tienen por qué someterse a debate. En el nombre de las instituciones democráticas, en el nombre de la libertad de opinión, el antisemita proclama su derecho a predicar la cruzada antijudía en todas partes.

"Al mismo tiempo, acostumbrados como hemos estado desde la Revolución Francesa a observar cada objeto con espíritu analítico, es decir, como un compuesto cuyos elementos pueden ser separados, vemos a las personas y sus personalidades como mosaicos en los cuales cada piedra coexiste con las demás sin que esa coexistencia afecte la naturaleza del todo. De este modo, una opinión antisemita nos parece una molécula que puede entrar en combinación con otras moléculas de cualquier origen sin sufrir alteración alguna. Un hombre puede ser un buen padre y un buen esposo, un ciudadano responsable, altamente cultivado, filantrópico,
y, además, un antisemita".
Sartre, más adelante (tomaría mucho citar todos los fragmentos pertinentes), explica que el antisemitismo es antes una pasión que una idea, o que una opinión: es una pasión negativa que se vuelve motor de ideas construidas para justificarla o para darle apariencia racional. Y el antisemtismo es, además, lo que el psicoanálisis llamaría un síntoma: la expresión objetiva de, en este caso, una carencia que es suplida simbólicamente. "Si el judío no existiera", escribe Sarte, "el antisemita lo inventaría", pues el judío es la categoría vacía donde el antisemita proyecta sus propias falencias, sus propias carencias y las insuficiencias de su propio espíritu.

Ayer, viendo, como lo hago religiosamente, el blog de Paolo de Lima, encontré el más interesante de todos sus posts: uno en el que él no escribe una sola palabra, y se limita a colgar el audio de una grabación en que el poeta Ezra Pound lee su canto XLV, conocido como "Con usura". Escúchenlo y seguimos hablando:







Pound, como es sabido, era un fascista rabioso, y el canto XLV es la expresión más pura de su furibundo antisemitismo. Para ponerlo en el tono de Sartre: es un poema que expresa el fantasma pasional del antisemitismo de Pound, quien atribuye a la práctica de la usura, secularmente vista como el ejercicio misantrópico por excelencia de los judíos europeos, la culpa de la pérdida del aura del gran arte occidental, y la contrapone con los triunfos del arte clásico y del arte cristiano. Además, el sentimiento anticapitalista que expresa el poema es el propio de las doctrinas fascistas y del nacional-socialismo, el punto sobre el cual comunismo y fascismo convergen.


Pero Pound fue también el poeta más brillante de su tiempo, y acaso junto con T.S. Eliot, uno de los mayores transformadores de la poesía occidental en el siglo veinte. Un poema como el canto XLV, entonces, nos lleva de inmediato a formularnos una pregunta muy vieja y siempre interesante: ¿un poema que es expresión de una moral abyecta puede ser sin embargo un poema extraordinario?

Las dos respuestas más frecuentes a esa pregunta son opuestas:
, porque la virtud estética de un poema no debe ser juzgada en función de la ideología que encarna; no, porque la virtud estética de un poema es indesligable de su moral y ambas cosas deben ser juzgadas como una sola.

La primera respuesta peca de artificial: es abusivo pedir al lector que abandone su propia moral temporalmente para apreciar como bello algo que juzga abyecto. La segunda respuesta no es menos hechiza: hace que la comprensión ideológica de un poema actúe como un filtro previo a su disfrute estético: si entiendo que el poema es abyecto
entonces no tengo derecho a disfrutarlo. La primera respuesta exige la amoralidad del lector; la segunda le exige la autocensura como punto de partida.

(El problema no es para mí secundario, sino muy personal: Pound es uno de mis poetas más estimados, y el canto XLV es sin duda uno de los suyos que más profundamente me impresionan. Pero hay pocas cosas en el mundo que me sean tan repugnantes como el fascismo y el antisemitismo. ¿Cómo reconcilio las dos cosas?)

No pretendo una respuesta terminante. Conjeturo que el poema me gusta porque es la perfecta expresión de una pasión real que el autor racionaliza e intenta objetivar en ejemplos concretos: su enumeración de los triunfos del arte cristiano, por ejemplo, es el intento de demostrar, por contraste, la superficialidad del arte hecho para lucrar, y busca lograr ese objetivo monumentalizando la gloria del arte que juzga mejor; la perturbación ideológica sobreviene cuando entendemos que Pound está culpando del empobrecimiento del arte capitalista (y de la vida en el capitalismo) a una práctica que indentifica con un cierto grupo étnico, caracterizado por una cierta fe y unas ciertas prácticas sociales, un grupo al que juzga tan censurable en sí como a la práctica misma.

El poema es sin duda la expresión de una moral torcida y desviada, y de una valoración prejuiciosa y nociva del otro; pero, en su retorcimiento, es a la vez enteramente sincero consigo mismo: es un emblema perfecto de la pasión de su autor, y es estremecedor en la desnudez absoluta de su contenido ideológico. Pound ha querido quemar en la hoguera al usurero judío y a la moral que le atribuye, pero ha ardido él mismo en esa tarea, exponiéndose por completo, hallando una forma estética que corresponde perfectamente a su demonio interior.

9.9.08

20 más

La argolla: más grande que nunca

Además de los blogs mencionados ayer que se presentan como independientes de Inventarte pero que están registrados a nombre de Javier Albarracín y adminstrados por él, Silvio Rendón acaba de publicar un dato más: dos decenas de blogs con un mismo IP (¿de quién será?), incluyendo entre ellos, por ejemplo, el blog del guardián de la moral bloguera, José Alejandro Godoy.

Además, el mismo post de Silvio copia el mensaje de una fuente que detalla lo que sería la manera en que el ránking de PerúBlogs se habría manipulado para favorecer a algunos bloggers en particular (los mismos a los que Albarracín reúne en su grupito de allegados).

Estaríamos, según todo indica, frente a una argolla de talla monumental: una argollaza que tendría como centro el negocio de una sola persona, y como circunsferencia el trabajo sumiso de todos los bloggers que le revientan coehetes mañana, tarde y noche. ¿Por qué no dicen nada?

Actualización: Un lector nos recuerda que las bases del concurso 20 Blogs Peruanos decían textualmente: "
No participan en el concurso blogs editados por Inventarte.net y/o los organizadores del Concurso". Sin embargo, como es sabido, varios blogs de los que viven bajo el ala de Javier Albarracín participaron. Participó el blog "Desde el Tercer Piso" de José Alejandro Godoy, por ejemplo. Para variar.

Pero si prefieren hablar de otro tema, pasen al post siguiente, sobre El Eternauta de Oesterlehd y Solano López.

¿Oesterheld, un grande?

¿O un buen argumentista con problemas de estilo?

Hace sólo unas semanas conversaba con dos amigos españoles, uno de los cuales, el cervantista Paco Layna (ex-profesor de Harvard), es dueño de lo que bien puede ser la más grande colección privada de cómics de su país. Ellos me dijeron que les sorprendía, pese al enorme número de excelentes dibujantes de cómics, y pese al auge del género, que la cantidad de guionistas de calidad siguiera siendo comparativamente exigua.

Aunque soy consciente de la gran cantidad de guionistas notables que existe, tengo que estar de acuerdo con mis amigos en que ese número difícilmente se compara con el de los dibujantes eximios que trabajan dentro del campo de la novela gráfica y del cómic en general. Incluso algunos de los más reconocidos guionistas son claramente deficientes en más de un aspecto, a veces demasiado tópicos en sus ideas, a veces en exceso dados al lugar común, otras veces dueños de una imaginación que desborda su capacidad narrativa.

No quiero que los fans se me vayan a lanzar encima, pero acabo de terminar mi relectura de
El Eternauta (el original, de 1957-1959, no las versiones posteriores en que Solano López volvió a colaborar con Oesterheld en episodios más politizados, ni aquellas en que trabajó con otros guionistas), y, aunque reconozco que El Eternauta sigue siendo cautivante como historia, me he quedado bastante más que suspicaz acerca del talento de Oesterheld como escritor, y sobre todo como estilista.

En
El Eternauta, Oesterheld derrocha inventiva y creatividad en la construcción del relato, y en el uso de los mecanismos de suspenso que tensan y distienden la narración según ésta se va complicando en vericuetos y sorpresas diversas.

Pero, junto a ese talento indudable, los textos mismos resultan, en cambio, superpoblados de repeticiones farragosas, de fórmulas recurrentes, de frases redundantes que estorban la lectura, y que son no sólo repetitivas en relación con el resto del texto, sino también redundantes con relación a las imágenes: leyendas que describen lo obvio, diálogos que explicitan lo que debería ser sugerido, o, peor aun, lo que ya está sugerido en el plano visual.

Oesterheld también tiene problemas graves con la resolución del punto de vista narrativo. En el primer tramo de la novela, por ejemplo, el narrador, Juan Salvo, dice que hay alguien mirándolo desde las azoteas de los edificios, pero que él no se había dado cuenta y ni siquiera podía sospecharlo. El lector espera luego que se explique cuándo es que Salvo descubrió eso que en un primer momento ignoraba: la respuesta no llega jamás. Peor todavía: el cuadro gráfico que acompaña a esa frase muestra al observador extraño mirando desde un edificio: ¿cuál es el punto de vista en ese fragmento de la narración? Es uno que la narración no justifica nunca.

Tropiezos parecidos ocurren cuando los personajes empiezan a referirse a las diversas criaturas que acechan Buenos Aires utilizando nombres de su invención, que luego, inexplicablemente, resultan nombres de uso común no sólo para los demás humanos, sino incluso para los extraterrestres: Salvo y sus amigos llaman "Manos" a las criaturas de extremidades superiores deformes; de pronto, más adelante, resulta que, en efecto, "Manos" es el nombre con que esas criaturas se nombran a sí mismas. Algo similar ocurre con los nombres de todos los demás extraterrestres, excepto los "Gurbos".

Y por último, la prosa de Oesterheld es aburrida, inmóvil, armada de frases hechas y clichés, arruinada de metáforas torpes o mil veces enunciadas, y adornada con caprichosas analogías que muy poco añaden al patetismo y la puntualidad de los dibujos de Solano López. En resumen, no dudo del talento de Oesterheld para la invención de argumentos, ni de su capacidad para distribuir el ritmo de los acontecimientos a lo largo de la narración, pero su capacidad estilística, en cambio, es pobre, singularmente pobre teniendo en cuenta que
El Eternauta, su indiscutida obra cumbre, es el centro del canon del cómic argentino.

The Jesus and Mary Chain

Hablando de cadenas: buenas noticias

Hace sólo un rato les hablaba de la cadena de argolleros de la blogósfera. Ahora puedo hablarles de una cadena bastante más interesante: la de Jesús y María.

Resulta que, además de la próxima visita de R.E.M. --que ha provocado una larguísima y entretenida
discusión en el Gran Combo Club, a raíz de un post de su fan número uno, Daniel Salas--, también llega a Lima The Jesus and Mary Chain para un concierto este 6 de noviembre.

La información la acabo de ver confirmada en
la página de MySpace de la banda escocesa y ya estaba anunciada aquí. Los dejo con un par de adelantos:



y




8.9.08

Todos saben para quién trabajan

Cuando las argollas forman cadenas (virtuales)

Quienes no quieran enterarse de los amarres de la blogósfera peruana, sigan directamente al post anterior, sobre canciones de tema político.

A los que se queden aquí, y sobre todo a quienes me acusaron ayer de ver fantasmas e inventar teorías conspirativas acerca de la relación entre Javier Albarracín y los blablablogs argolleros, quiero invitarlos a leer este post de Silvio Rendón, donde se prueba que Albarracín es el propietario real de una serie de blogs que le hacen el juego, publicitan sus eventos, se revientan cohetes mutuamente y, sin embargo, se reclaman muy libres, soberanos e independientes.

El post demuestra que Albarracín es el propietario de
El Útero de Marita. El website Whois (servicio de identificación de sitios web) dice claramente, sobre El Útero de Marita: "Registrant contact: Javier Albarracín... Administrative contact: Javier Albarracín". Marco Sifuentes es solamente el amanuense.

Exactamente la misma información la da Whois acerca del blog
Morena Escribe: "Registrant contact: Javier Albarracín... Administrative contact: Javier Albarracín". Diana Zorrilla: otra amanuense de Albarracín.

Lo mismo se repite en el caso del blog
El Mundo de Plástico, de Hans Rühr (amanuense). Whois dice: "Registrant contact: Javier Albarracín... Administrative contact: Javier Albarracín".

Otro tanto sucede con el blog
Ombloguismo.com (que ya anuncia un videoblog). Según Whois: "Registrant contact: Javier Albarracín... Administrative contact: Javier Albarracín". Juan Carlos Goicochea: otro amanuense.

Exactamente lo mismo pasa con Cuaderno de Borrador, de Katherine Subirana: Informa Whois: "Registrant contact: Javier Albarracín... Administrative contact: Javier Albarracín".

Dice el dicho: "nadie sabe para quién trabaja". Les aseguro que en la blogósfera peruana hay varios que sí tienen bien claro para quién trabajan... ¿Quién hablaba de mafias y argollas?

10 himnos

Las canciones políticas favoritas de Puente Aéreo

Ahora que R.E.M. se prepara para visitar Lima (ojalá se cumpla), y recordando cancione suyas como la notable
World Leader Pretend, no está de más, para mí al menos, armar, al estilo Nick Hornby, una lista con mis diez canciones políticas preferidas.

Ya me dirán ustedes las suyas: espero sus recomendaciones. Éstas son las mías (disculparán que mi canon sea casi exclusivamente anglosajón y en pequeña medida afrancesado; es cuestión de gustos). No las coloco en ningún orden particular:

Strange Fruit, de Abel Meeropol (como Lewis Allen), interpretada por Billie Holliday. Escrita por un maestro de escuela judío de New York, y hecha célebre por Billie Holliday, Strange Fruit es quizá la más sutil y la más dura de las canciones en esta lista: fue escrita como reacción al terrible linchamiento de dos afroamericanos, Thomas Shipp y Abram Smith, en Indiana, en 1930.





Blackbird, de los Beatles (escrita por Paul McCartney). Aunque quienes escuchan Blackbird suelen tomarla como una canción de amor, McCartney estaba haciendo referencia al movimiento de los derechos civiles en Estados Unidos, específicamente a la lucha de los afroamericanos por su igualdad ciudadana en el país durante los años sesenta.





The Times They are a-Changing, de Bob Dylan. La tradición ha convertido a esta canción en el himno por excelencia de la generación de los años sesenta, con su anuncio de un cambio radical operado sobre todo en la brecha generacional entre padres e hijos, entre el establishment y la juventud, el conservadurismo del medio y el afán de búsquedas transformadoras.





Won´t Get Fooled Again, de The Who. Años después del anuncio optimista y rebelde de Bob Dylan en The Times They are a-Changing, The Who mostraba la otra cara de la generación: el excepticismo ante la inercia social que evitaba la profundización de los cambios en Inglaterra, pese a la alternancia de gobiernos de uno y otro bando.





Working Class Hero
, de John Lennon. El tributo de Lennon a los blue-collar workers y los rednecks que conforman la clase trabajadora norteamericana, se ha convertido con el tiempo en un himno de los trabajadores del mundo anglosajón en general.





There is Power in a Union
, de Billy Bragg. El folk urbano de Billy Bragg siempre ha estado identificado con el movimiento socialista británico, y en particular con los sindicatos de obreros y trabajadores. There is Power in the Union es quizá la más memorable de sus canciones dentro de ese registro.





Rock the Casbah
, de The Clash. En esta canción The Clash protestaba contra la prohibición del rock en las radios iraníes bajo el poder de los ayatollahs, pero de manera más general lo hacía contra la extensión del fundamentalismo religioso en el mundo islámico.





The Partisan
, de Leonard Cohen. Esta es una de las más conmovedoras canciones del poeta y músico canadiense. Es en verdad una breve narración, que cuenta los momentos finales de un partisano capturado por los nazis y anuncia, hacia el final, la posibilidad de un retorno victorioso.





Volunteers
, de Jefferson Airplane. Una de las mejores canciones generadas por el movimiento de protesta de la juventud norteamericana contra la guerra en Vietnam. Volunteers recoge la libertad de la psicodelia pero también la rabia de una juventud cada vez más disgustada con el establishment.





L´Internationale
, de Emile Pottier y Pierre Degeyter. Inicialmente fue un himno asumido como propio por los movimientos obreros en Francia; con los años se volvió la canción oficial de asi cualquier partido socialista o comunista en el mundo occidental.





7.9.08

El círculo de los blablablogs

¿Qué pasa con las argollas en la blogósfera?

¿Es una idea mía o, después de tanto blablablá en los
blablablogs sobre mafias literarias, es precisamente el mundo de los blogs peruanos el que ha sido semicapturado por una argolla cerradísima y bastante identificable, de la que forman parte apenas una docena de auto-elegidos?

Veamos: el directorio más grande de blogs peruanos es propiedad de Javier Albarracín, dueño también de Inventarte y representante en el Perú del Blogday. Como blogger, Albarracín es evidentemente un cero a la izquierda, pero como empresario parece tener olfato:

(a) Su directorio es el que establece cuáles son los blogs más leídos y populares del Perú, siguiendo un método que ya ha sido discutido muchas veces, y que propicia de manera evidente la popularidad de los blogs que se enlacen unos a otros con frecuencia.

(b) A través de Inventarte financia negocios web cuyo alto rating es medido por él mismo en su propio directorio. Algo así como que América Televisión fuera dueña de la empresa que mide los ratings de la TV.

(c) Con el Blogday, Albarracín premia a los supuestos mejores blogs del país, pero no en un concurso abierto, sino en uno que funciona previa inscripción. Como es obvio, los blogs que no quieren contribuir a popularizar la cadena de sus negocios, prefieren no participar, lo cual desvirtúa el concurso, pero no afecta los egos de los participantes ni la relativa publicidad que deriva de la premiación.

(Resulta evidente, también, que los mejores blogs peruanos estuvieron, por uno u otro motivo, fuera del concurso: el de Martín Tanaka, el de Ricardo Bedoya, el de Silvio Rendón, el de Iván Thays, el de Luis Aguirre, el de Stanislao Maldonado, el de Camilo Fernández Cozman, el de Jorge Moreno, el de Miguel Rodríguez Mondoñedo, el de Martín Palma Melena, etc).

(d) Según un dato no refutado del Gran Combo Club, Albarracín habría corrido con los gastos de otros blogs que no pertenecen oficialmente a Inventarte, pero que suelen promover todas sus iniciativas de manera poco menos que frenética, y que, además, se enlazan casi diariamente, de modo que siempre están en los puestos superiores del ránking (medido por el mismo Albarracín).

(e) Como consecuencia de esa artificial burbuja que consagra a algunos pocos, cada vez que la prensa quiere informar sobre los blogs, los referentes son un grupo diminuto de personas, casi todas ellas del círculo de Albarracín (y cuyos blogs habrían sido financiados por él): Marco Sifuentes, José Alejandro Godoy, Luis Carlos Burneo, Roberto Bustamante, Diana Zorrilla, Hans Rühr).

Si trasladáramos todo esto a la esfera literaria, la cosa sería así: tendríamos que imaginar una situación en la que la Cámara Peruana del Libro estuviera en las manos de una sola persona que a su vez tuviera en su poder el manejo del dictamen sobre cuáles son los libros más leídos y cuáles los mejores, y, además, funcionara como agente literario de un grupo de escritores de su entorno.

Ya Silvio Rendón ha especulado acerca de la manera en que el negocio de Albarracín puede afectar a la blogósfera peruana: los contenidos se tienden a parcializar, la discusión es dejada de lado porque quienes entran en conflicto con las estrellitas son marginados, la popularidad y no el debate se vuelve el motor: el ránking lo maneja todo.

Le pese a quien le pese, una situación así no se ha producido jamás en la esfera literaria peruana. Nadie, ningún editor, ningún crítico, ningún escritor, ningún agente, ha tenido jamás una influencia tan grande y englobadora en la literatura del Perú. Resulta irónico recordar que varios de los bloggers implicados se han llenado la boca más de una vez denunciando a una supuesta mafia literaria, para de inmediato entrevistarse unos a otros, o conceder entrevistas grupales a algún amigo, o mencionarse entre bombos y platillos, mutuamente, como los bloggers más interesantes y agudos del ciberespacio.

Por supuesto, como siempre, me puedo equivocar. Pero tengo derecho a dar mi punto de vista, ¿no?. ¿O será que, como hace un par de años, una de las estrellitas mencionadas me dirá que ellos todavían son chiquillos y que por eso nadie tiene derecho a criticarlos? ¿O quizás, como han hecho con Luis Aguirre, alguno de los mencionados me dirá que soy un resentido sin tacto social por el simple hecho de decir lo que pienso sobre el lado oscuro de la blogósfera?


6.9.08

Across the Universe

Rufus Wainwright vs. Fiona Apple

Yo que creía que uno de los mejores covers de alguna canción de los Beatles era la versión de "Across the Universe" que canta Fiona Apple, ahora me encuentro con otra versión de la misma canción, una hecha por Rufus Wainwright (que aparece aquí, además, como un regalito para mi amiga, la cubanísima Esther Hernández).

Entonces: aquí abajo, primero, el video de Wainwright y, luego, el de Fiona Apple. A ver qué piensan ustedes:



Y el de Fiona:



¿Por cuál se deciden?


5.9.08

10 sobre violencia política

Seguidos de una recomendación ineludible

Quiero recomendar diez libros que a mí personalmente me han resultado apasionantes y conmovedores, y que están todos relacionados con casos extremos de violencia política en distintos lugares del mundo.

1.
Una tumba para Boris Davidovich, de Danilo Kis. Es una extraordinaria colección de relatos basados en hechos y personajes reales. Su tema central son los deslices del fanatismo político y las paradojas del totalitarismo a lo largo del establecimiento y los años de la estabilización del régimen soviético. El yugoslavio-serbio Danilo Kis es un estilista sagaz, que convierte lo que podrían ser áridos y repetitivos expedientes históricos en narraciones reflexivas y sorprendentes.

2.
Las historias de Kolyma, de Varlam Shalamov. Preso más de una vez durante el régimen soviético, y deportado a gélidos campos de trabajo donde la mayoría de los internos acababan muriendo de cansancio y colapsando ante la rudeza del esfuerzo, Shalamov compuso, en los años siguientes a su liberación, decenas de breves relatos sobre la vida en los gulags. Las historias son apenas sugerencias brumosas de episodios vividos una y otra vez; el conjunto es aterrador.

3.
Operación masacre, de Rodolfo Walsh. Acostumbrados a ver en el periodo peronista de mitad de siglo y la dictadura militar de los setentas y ochentas los momentos más convulsos de la historia argentina, muchos olvidamos la violencia inusitada de las décadas intermedias: Walsh hace la escalofriante denuncia de un caso de asesinato masivo ocurrido en esa tierra de nadie del periodo de los golpes de estado, y lo construye sobre una investigación documental y a partir, también, de las declaraciones de los azarosos sobrevivientes. Muchos historiadores de la literatura afirman que este libro, y no A sangre fría de Capote, es el verdadero inicio de la llamada "novela de no ficción".

4.
Si esto es un hombre, de Primo Levi. Es difícil elegir, entre la vasta obra del italiano, un libro solo que cifre su poderosa visión de la violencia del nazismo. Quizás Si esto es un hombre no sea el más perfecto desde el punto de vista estilístico, quizá no tenga la cualidad emblemática de los cuentos de Sobrevivencia en Auschwitz, pero es sin duda su libro más lúcido, lo que lo hace especialmente sorprendente si se tiene en cuenta que lo empezó a escribir apenas liberado del campo de concentración. Primo Levi era considerado por Calvino el mejor estilista de la lengua italiana en el siglo veinte: quienes no lo leen por el prejuicio de considerarlo más un testigo que un escritor "literario" no tienen idea de lo que se pierden.

5.
Sin destino, de Imre Kertész. El paso del protagonista por tres distintos campos de concentración podría hacer de esta novela la imagen más pura de la desolación. Sin embargo, la extraña relación entre el personaje y el médico que se encarga de él en el tercio final de la narración enciende una asombrosa y ambigua luz de esperanza en la humanidad. O quizás, sólo una luz que ilumina una idea incluso más terrible: que todos los actos que llamamos inhumanos a lo largo de la historia han surgido siempre de la naturaleza humana.

6.
Por aquí, damas y caballeros, pasen a las cámaras de gas, de Tadeusz Borowski. Lo mencioné hace poco: una colección de cuentos y nouvelles narrados desde el punto de vista de un polaco asignado al escuadrón de reclusos encargados de conducir a los presos de Auschwitz a las cámaras de gas. Peronas obligadas a convertirse en cómplices y asesinos con la única otra opción de volverse ellos, inmediatamente, víctimas del mismo castigo. Borowski es un narrador ácido y brutal, sin miedo a denunciarse a sí mismo.

7.
Caso criminal 40/61, de Harry Mulisch. Asumiendo que los interesados en esta tema han leído ya Eichmann en Jerusalén, de Anna Harendt, menciono este otro libro, del estupendo autor holandés Harry Mulisch, escrito como enviado especial de un diario de su país al juicio de Eichmann en Israel. Es un libro sui generis: los capítulos en que describe la vida cotidiana de Eichmann y su apariencia física comparando los dos hemisferios de su rostro a partir de una nebulosa fotografía, son una clase acerca de cómo la sola descripción es capaz de transmitir tanto sobre un personaje como la más aguda de las observaciones sobre su espíritu y su mente.

8.
Tejas Verdes: diario de un campo de concentración en Chile, de Hernán Valdés. Los campos de concentración chilenos al inicio del gobierno de Pinochet tuvieron un cronista instantáneo: Hernán Valdés, que escribió este libro completo en las dos semanas que siguieron a su liberación de Tejas Verdes y su deportación a Madrid. Valdés no es un estilista como Levi ni un maestro de la crónica como Walsh, pero es un vívido reproductor de su experiencia, y un observador minucioso de la conducta de los agentes de la represión.

9.
Archipiélago Gulag, de Alexander Solzhenitsyn. Solzhenitsyn solía llamar a Shalamov su "gemelo espiritual": los muchos textos independientes que conforman Archipiélago Gulag son imprescindibles para comprender el horror del estalinismo y la relación entre la construcción de su discurso opresivo y los cimientos que tuvo ese discurso en el periodo leninista.

10.
Palestine, de Joe Sacco. De nuevo asumo que el Maus de Art Spiegelman es suficientemente conocido a estas alturas, y prefiero recomendar este libro, Palestine, de Joe Sacco, en el que el creador del género del cómic-reportaje hace un estudio multifacético y muy humano de la situación de los palestinos en la tierra en conflicto con Israel. Sacco camina una línea muy estrecha, a veces inclinándose por compasión a creer más en las versiones palestinas de la historia que en las versiones israelíes, pero suple ese bias con el intento constante de llamarse a la objetividad y la precisión histórica.

Una recomendación especial

Por supuesto, es imposible, para los peruanos al menos, obviar la lectura de Hatun Willakuy, un excelente resumen de los hallazgos y propuestas de la Comisión de la Verdad y Reconciliación que investigó la violencia política peruana de los años ochentas y noventas. Muchas voces se han alzado a favor y, más reciente y recalcitrantemente, en contra de la CVR, pero lo cierto es que nadie ha hecho un análisis tan serio, exhaustivo y fundamentado de ese periodo en la historia peruana. La lingüista Nila Vigil ha publicado una versión en PDF de
Hatun Willakuy, que pueden ver aquí.

Diabólica ironía

Walt Disney en Auschwitz

Dinah Gottliebova fue una judía de origen checho, deportada a un ghetto a principios de los años cuarenta e internada en Auschwitz poco tiempo después, junto con su madre. Era pintora, con formación académica y un talento especial para los retratos.

Ese talento fue descubierto un día por el doctor Josef Mengele, entonces director de uno de los cuarenta campos satélites de Auschwitz, uno conocido como el Campamento Gitano, donde Mengele empezaba su triste récord de experimentos ejecutados sobre cuerpos de prisioneros vivos.

Mengele comisionó a Gottliebova para que pintara retratos de un número considerable de gitanos --mujeres y hombres--, pinturas que el carnicero alemán proyectaba incluir en un libro que reportara sus hallazgos sobre genética y transmisión de rasgos raciales. Gottliebova pintó esos retratos de individuos sometidos a pruebas inhumanas; pintó sólo sus rostros, con gestos neutros y miradas ausentes.

Gottliebova, que sobrevivió a Auschwitz, y reside actualmente en los Estados Unidos, recibió otra comisión en esos mismos años: pintar murales en las paredes del campo, murales que representaran diversas escenas de películas de Walt Disney.

En ese entonces, las películas que habían hecho famoso a los estudios Disney en todo el mundo eran
Blanca Nieves y los siete enanos, Pinocchio, Fantasia, Dumbo y Bambi: esas eran las imágenes que Gottliebova tuvo que pintar en los muros del lugar más infernal y sangriento de la historia europea y quizás de la historia universal.

Este no es un dato conocido para muchas personas: en Auschwitz, en los años en que funcionaba como campo de concentración, había un museo, donde se exponían objetos arrebatados a los prisioneros, y obras de arte que algunos internos eran forzados a diseñar, siguiendo las normas del arte aprobado por los nazis: realismo heroico, romanticismo derivado de leyendas germánicas, cosas de ese tipo.

El museo era un coto cerrado dentro de otro. En él, algunos presos aprovechaban los materiales de que disponían para pintar, secretamente, cuadros que describieran la realidad del campo de concentración: los enfermos, los deshechos, los mutilados, las mujeres violadas, los niños esqueléticos, las alambradas teñidas de rojo, la vileza de la muerte en vida. Pintaban esas cosas y las escondían entre las paredes, debajo de una mesa, tras una viga en el techo. Algunos fueron capaces de contrabandearlas hacia el exterior.

Eran artistas con la vida robada por la máquina asesina del nazismo, obligados a pintar escenas de felicidad infantil sobrepuestas a la miseria del mundo real: el arte como engaño. Pero también eran artistas capaces de retratar el horror de ese mundo, y obsedidos por la intención de que tal realidad fuera conocida más allá de los límites de su infierno: el arte como develación de la verdad.

Nunca el oficio de artista fue más demoniacamente irónico que en Auschwitz.

4.9.08

Borges enseña autodefensa

Una traducción libre de un texto de Susan Schorn

Cuando estaba dictando el curso sobre Borges y lo borgeano en Stanford, hace unos meses, una estudiante me hizo llegar un texto muy divertido que encontró en internet, en la página web de la extraordinaria revista McSweeneys (donde, dicho sea de paso, acaba de aparecer un nuevo cuento de Daniel Alarcón, titulado The Thousands, editado como un librito independiente entre los ocho que componen el último número de la extraña revista).

El texto relacionado con Borges era obra de Susan Schorn, y se titulaba "Borges Teaches Self-Defense". Se trata de una parodia del lenguaje borgeano aplicado a un tema más bien trivial (o que produce una literatura trivial: los manuales de defensa personal).

Esta mañana he practicado una rápida y bastante libre traducción del relato, que copio a continuación:

Borges enseña autodefensa

Por: Susan Schorn

Aquellos que escriben sobre defensa personal inevitablemente caen en el error de no celebrar lo misterioso y lo múltiple. Son escribas que imaginan la seguridad como una letanía banal de proscripciones: no te arriesgues a salir solo en la noche, evita el contacto visual con extraños, lleva siempre en la mente una imagen de Shakespeare a caballo sobre un potro lisiado. Estos autores cometen un deplorable desliz, dado que depositar las esperanzas de seguridad de un individuo en la invariabilidad de los objetos es incurrir en la falacia del realismo y la inefable meta de los fabricantes de gas pimienta. En lugar de ello, uno correctamente percibe la seguridad en la elaboración de nuevos y nunca soñados senderos, senderos engendrados por el laborioso emplazamiento de nuestros pies en algún lugar del mundo, de los muchos divergentes y proliferantes mundos en los cuales uno puede ser acosado o asaltado. De la posición que asumamos puede derivarse cualquier acción, o todas las acciones. Encogerse de hombros o inclinarse hacia un lado, así, o pararse de modo menos que heroico: estas cosas usurpan el poder de un omnipotente emplazamiento. Usar tacones altos tampoco ayuda. Los zapatos chatos son mucho más estables y buenos para los tobillos.

Enumeremos, entonces, la multiplicidad de lugares donde la forma humana es vulnerable. Los ojos. El tejido blando de la garganta. La nariz y el terso labio superior. Los dedos, asombrosamente frágiles y expuestos. La entrepierna. La absurda rodilla, notoriamente falaz. Los dedos de los pies. Nótese también la curiosa paradoja de la coexistencia de estos fáciles blancos con una miríada de armas corporales. El codo. Las uñas. La cara frontal de los dos primeros nudillos de la derecha mano. El talón del pie. La arqueada curva detrás del cráneo. La base de las palmas. Los dientes, si uno no es en exceso reticente. Las posibles combinaciones de estas armas contra las humanas debilidades son innumerables.

Ahora, habremos de representar una o dos.

Imagine que, en el año 1934, usted regresa de la casa de su amigo Carolus Ernst, donde se ha encarnizado en una feroz y discordante disputa relativa a una traducción corrupta de Herodoto a partir de un manuscrito persa. Súbitamente, en las cercanías de un callejón no registrado por la urbanística, un extranjero alto de rasgos afilados con ojos grises y barba gris se aproxima y lo toma por la mano izquierda. El tiempo se detiene, revelando su irrefutable trivialidad. Derivada de este ataque, surge la posibilidad de respuestas ilimitadas, incesantes.

He aquí la estrategia práctica y tripartita que recomiendo. Usted habrá de golpear a este atacante con el arma más dura de la cual disponga. Acaso es un codo. Acaso es la edición de 1847 de The Encyclopedia of Celestial Navigation. Acaso es una pequeña y extraña ave de infinito plumaje, o una monstruosa herramienta de hierro usada para acuchillar a la tortuga sagrada en las salvajes junglas de Uln. Acaso es todas estas cosas a la vez. Depende, finalmente, de su vocación y sus talentos, y asimismo de las dimensiones de la cartera que uno lleva. Decididamente, usted debe también despertar alarma. Mientras golpea, usted habrá de gritar vocablos oprobiosos, proponer una polémica sobre el apresamiento de las muñecas, inventar un lenguaje hablado únicamente por aquellos que luchan por ganar el libre movimiento de su brazo izquierdo. Uno puede decir, por ejemplo, “No”, o “Suélteme”, o, concebiblemente, “Mira la luna elevándose sobre las pirámides”.

Una vez que ha producido el golpe, usted habrá de rotar su capturada mano en un giro radial alrededor del eje del antebrazo de su atacante, produciendo la negación de su atenazamiento en virtud de la falibilidad del dedo pulgar. El atacante, sorprendido por la articulación de su respuesta, y falto de aliento debido al aplastamiento de su laringe, da un paso atrás, alejándose de usted, como si estuviera ante la presencia de quinientos ángeles de tonos rojizos que descendieran por una escalera de ébano. Ahora, corra.

Muy bien. Reverentemente aplaudo sus esfuerzos.

Es conjeturable que uno no desee golpear al asaltante. Esto puede atribuirse a un exceso de compasión, a una melancolía impenetrable o quizás a oscuros e indescifrables compromisos religiosos. En los espejos del azar, muchas reacciones se reflejan. Los diversos corredores de acción se bifurcan, usted puede fatigarlos todos o ninguno. En vez de luchar, usted puede elegir orar, declararse invisible, recitar las trece lamentaciones de Ramón Beckjord, fingir idiotez, pronunciar místicas predicciones acerca de hombres sin nombre en tres ciudades anónimas. Todas las respuestas son válidas. Es una buena idea practicarlas en casa cada vez que le sea posible; esto va construyendo su autoconfianza.

Había proyectado concluir nuestra sesión de hoy con una parábola acerca de un tigre y un ruiseñor, pero veo que se nos ha terminado el tiempo.

La tradición de la novela gráfica

Los grandes hitos, según Matthias Wivel

Revisando Journalista, esa gran database imprescindible para los amantes del cómic, blog que es el rincón interactivo del famoso Comic Journal, encontré con un enlace a la bitácora The Metabunker, del crítico e historiador del arte Matthias Wivel.

Su post
The Graphic Novel Tradition me llamó la atención porque toca, aunque rápida y superficialmente, un tema que me interesa mucho: la validez o invalidez del uso del término "novela gráfica" para referirse, en general, a los productos del mundo del cómic contemporáneo, o, en particular, a una cierta especie de cómics que aspiran a un status artístico comparable al de la tradición de la novela en literatura.

Más interesante que las ideas que expone Wivel es la lista que compone al final de su post: una nómina de cien obras que él describe como los hitos ineludibles en la construcción del género de la novela gráfica. He quedado --debo decirlo-- profundamente deprimido al ver que de las cien obras mencionadas apenas he leído veintitrés, y de unas treinta ni siquiera había oído hablar nunca antes.

Sorprendentemente (no por injusto, sino por poco frecuente), hay tres libros del mundo hispano en la lista de Wivel: el excelente
Perramus de los argentinos Alberto Breccia y Juan Sasturáin, El bar de Joe, de los también argentinos Muñoz y Sampayo, y Paracuellos, del español Carlos Giménez. (¿Será un error grave la ausencia de El eternauta, de Oesterheld y Solano-López, que estoy releyendo en estos días?).

También es interesante que Wivel, tras mencionar como la obra más antigua de su nómina al
Monsieur Pencil (1840), del suizo Rodolphe Töpffer, pase a incluir luego L´Histoire du la Sainte-Russie (1854), libro de grabados secuenciales del célebre Gustave Doré (del que proviene la ilustración de este post), que escasamente se nombra entre los precursores del género. Y su lista también contiene Une Semaine de bonté, de uno de mis pintores favoritos, Max Ernst: resulta notorio que el aporte de Wivel como historiador del arte ensancha el conocimiento de la historia de la novela gráfica dándole una dimensión que no siempre está presente cuando los críticos parten exclusivamente del terreno literario o tienen ojos sólo para la producción contemporánea.

Si atienden a las fechas, notarán mejor el increíble boom que comienza en la novela gráfica desde mediados de los años noventa.


La lista de Wivel:


Rodolphe Töpffer:
M. Pencil (1840)
Gustave Doré: L’Histoire du Sainte-Russie (1854)
Frans Masereel:
Mon livre d’heures (1919)
Milt Gross: He Done Her Wrong (1930)
Max Ernst: Une Semaine de bonté (1934)
Charlotte Salomon: Leben? oder Theater? (1940-42)
Palle Nielsen: Orfeus & Eurydike (1955-1984)
Jules Feiffer: Passionella and Other Stories (1959)
Edward Gorey: The Willowdale Handcar, or the Return of the Black Doll (1962)
Harvey Pekar & R. Crumb: Bob and Harv’s Comix (1960s-1980s, collected 1996)
Osamu Tezuka:
Hi no Tori: Ho-ô (aka. Karma, 1969-70)
Guido Crepax:
Valentina con gli stivali (1970)
Jack Kirby:
Jimmy Olsen, Forever People, New Gods, Mister Miracle aka. “The 4th World” (1970-1973)
Justin Green:
Binky Brown Meets the Holy Virgin Mary (1972)
Keiji Nakazawa: Hodashi no Gen (aka. Barefoot Gen, 1973-1974/????)
Hariton Pushwagner: Soft City (1973-?, published 2008)
Jacques Tardi: Le Véritable histoire du soldat inconnu (1974)
Osamu Tezuka: Buddha (1974-1984)
Martin Vaughn-James:
The Cage (1975)
Claus Deleuran: Rejsen til Saturn (1976)
Moebius:
Major Fatal aka. Le Garage Hermétique (1976-1980)
Palle Nielsen:
Katalog (aka. Scenario, 1977-1981)
Carlos Gimenez: Paracuellos (1977-1982/1999-2003)
Will Eisner:
A Contract with God (1978)
Lat: Kampung Boy (1979)
Hugo Pratt: La Casa dorata di Samarcanda (1980)
Pierre Christin & Enki Bilal: Partie de chasse (1983)
Eddie Campbell: Alec (1980-) in The Alec Omnibus (2008)
José Muñoz & Carlos Sampayo:
Le Bar à Joe (aka. “Joe’s Bar,” 1981, 1987, 2002)
Hayao Miyazaki: Kaze no Tani no Nausika (aka. Nausicäa of the Valley of Wind, 1982-1994)
Alberto Breccia & Juan Sasturain: Perramus (1983)
Dave Sim: Cerebus: Church & State (1983-1988)
Hideshi Hino:
Jigokuhen (aka. Panorama of Hell, 1980s)
Yoshiharu Tsuge:
Munô no Hito (aka. L’Homme sans talent, 1984-1985)
Natsuo Sekikawa & Jirô Taniguchi:
Botchan no Jidai (aka. The Times of Botchan, 1984-1991)
Suehiro Maruo: Shôjo Tsubaki (aka. Dr. Araki’s Amazing Freak Show, 1984)
Gary Panter: Jimbo — Adventures in Paradise (1988)
Gilbert Hernandez:
Love & Rockets (1980s/1990s) in Palomar (2003)
Jaime Hernandez: Love & Rockets (1980s/1990s) in Locas (2004)
Frank Miller: The Dark Knight Returns (1986)
Alan Moore & Dave Gibbons:
Watchmen (1986-87)
Art Spiegelman:
Maus (1986/1992)
Hugo Pratt: Elvetiche (1987)
Will Eisner: A Life Force (1988)
Peter Bagge: Buddy Bradley in
Hate! (late 1980s-1990s) in Buddy Does Seattle (2005) & Buddy Does Jersey (2007)
Chester Brown: “Fuck” (early 1990s) in
I Never Liked You (1994)
Dave McKean:
Cages (1990-1996/1998)
Chris Reynolds:
Mauretania (1991)
Alan Moore & Eddie Campbell:
From Hell (1991-1996)
Jeff Smith: Bone (1991-2004)
Shigeru Mizuki:
Nononbâ (1992)
Jim Woodring: “Frank” (1992-) in
The Frank Book (2003)
Jacques Tardi: C’Était la guerre des tranchées (aka. The War of the Trenches, 1993)
David Mazzucchelli: “Big Man” (1993)
Paul Karasik & David Mazzucchelli:
Paul Auster’s City of Glass (1993)
Hisashi Sagakuchi:
Akkanbe Ikkyû (1993)
Daniel Clowes: Ghost World (1993-1997/1997)
Joe Sacco: Palestine (1993-1995/2001)
Charles Burns: Black Hole (1993-2004/2005)
Peter Kielland:
Fisk (aka. Fish, 1994)
Baru:
L’Autoroute du soleil (1995)
Jean-Christophe Menu:
Livret de Phamille (1995)
Vincent Fortemps: Cimes (1995)
Chris Ware:
Jimmy Corrigan — The Smartest Kid on Earth (1995-2000/2000)
David B.:
L’Ascension du haut mal (aka. Epileptic, 1996-2003)
Fabrice Neaud: Journal (1996-2003)
Martin tom Dieck:
Hundert Ansichten der Speicherstadt (1997)
Emmanuel Guibert: La Guerre d’Alan (aka. Alan’s War, 1997-)
Raymond Briggs:
Ethel and Ernest (1998)
Ben Katchor: The Jew of New York (1998)
Anke Feuchtenberger:
Somnambule (1998)
Posy Simmonds: Gemma Bovery (1999)
Jason: Vent litt… (aka. Hey Wait… 1999)
Marjane Satrapi:
Persepolis (1999-2003)
Anders Nilsen:
Big Questions (1999-)
Joe Sacco: Safe Area Gorazde (2000)
John Porcellino: Perfect Example (2001)
Kevin Huizenga:
Gloriana (2001)
Joann Sfar: Pascin (2000-2002/2006)
Kim Deitch:
Boulevard of Broken Dreams (2002)
Edmond Baudoin: Le Chemin de Saint-Jean (2002)
Phoebe Gloeckner: Diary of a Teenage Girl (2002)
Killoffer:
676 Apparitions de Killoffer (aka. 676 Apparitions of Killoffer, 2002)
Aristophane: Les Soeurs Zabime (2002)
Grant Morrison, Gary Erskine & Chris Weston:
The Filth (2002-2003)
Chester Brown: Louis Riel (2003)
Mat Brinkman:
Terratoid Heights (2003)
Emmanuel Guibert, Didier Lefêvre & Fréderic Lemercier: Le Photographe (2003-2007)
Gary Panter: Jimbo in Purgatory (2004)
Daisuke Igarashi:
Hanashipanashi (2004)
Yuichi Yokoyama: New Engineering (200?)
Daniel Clowes:
Ice Haven (2005)
Anke Feuchtenberger:
Die Hure H wirft der Handschuh (2006)
Lewis Trondheim: Désouevré (2006)
Stéphane Blanquet: La Vénéneuse au deux épérons (2006)
Kevin Huizenga:
Curses (2006)
Brian Chippendale:
Ninja (2006)
Shin’ichi Abe: Un Gentil garcon (2007)
Dominique Goblet:
Faire semblant c’est mentir (2007)
Dash Shaw: Bottomless Bellybutton (2008)


La misma zoncera

Las máscaras de la nada

Hace unas horas llegó a Puente Aéreo un comentario anónimo que está publicado en el post anterior. Decía textualemente: "Renato Cisneros encontró novia: Faverón".

Casi de inmediato, dos personas distintas, que no se conocen una a la otra, me hicieron llegar un dato: si uno buscaba a Marco Sifuentes (Ocram) en Google Talk, me dijeron, se encontraba con este mensaje dejado por él: "Renato encontró novia: Faverón".

Una de esas personas, además, me envió como prueba la imagen que ven ustedes aquí debajo a la derecha, reproducida de la pantalla de su computadora, en la que se observa, en efecto, el encabezado del contacto de Marco Sifuentes en Google Talk: el seudónimo Ocram, la frase ya mencionada y el correo de Sifuentes: ocram.x@gmail.com.

Conozco ese email, claro está: es el que usa Marco Sifuentes para enviarme mensajes pidiéndome entrevistas cuando voy a Lima. Como si yo tuviera tiempo para hablar con él en los pocos días que paso al año en el Perú.

¿Ahora entienden por qué a Sifuentes le gusta tanto la permisividad de la blogósfera con los anónimos? ¿Ahora tiene más sentido qué es lo que Ocram quiere decir cuando afirma que la blogósfera es un reino en el que cada quien tiene derecho a hacer lo que sea que le dé la gana?

Lo más lamentable es que, además, ese comentario de Sifuentes fue enviado al post en el que tanto Renato Cisneros como yo escribimos sobre temas que son sumamente importantes, personales, serios y muy delicados. Eso dice mucho acerca de su capacidad para respetar a los demás. Que cada quien saque sus cuentas.

3.9.08

Anonymous

Y una carta aclaratoria de Renato Cisneros

El poeta y periodista Renato Cisneros, quien, además, es el blogger más popular del Perú, me ha enviado un artículo suyo confesional y hasta ahora privado, que escribió hace un año atrás pero ha permanecido inédito hasta hoy.

El texto es una explicación de las fuentes y las deformaciones de una leyenda surgida desde hace muchos años en torno a ciertas declaraciones dadas por su padre, el general Luis Cisneros Vizquerra, el Gaucho, veintiéis años atrás, a la revista Quehacer.


Se trata de las mismas declaraciones que el blogger Paolo de Lima, una vez más, deformó hace unos días en un post desinformador y malintencionado, en el que se mezclaba la envidia con el poco tino y la mala leche con esa vieja costumbre limeña de la insinuación a media voz.


Antes de dejarlos con el contenido del texto de Renato Cisneros quiero decir algo más: yo sé lo que se siente que el chismorreo maligno lo ensucie a uno y ensucie a un familiar cercano. Cada vez que he señalado el afán intrigante de Paolo de Lima, a lo largo de los últimos años, han aparecido anónimos en toda la blogósfera referidos a los supuestos crímenes de un pariente mío en la guerra antiterrorista de los años ochentas.


Ningún familiar mío participó en esa guerra, desde ningún bando, en ninguna capacidad, ocupando ningún puesto o cargo. Mi hermano se retiró de la Marina extremadamente joven, siendo apenas teniente y sin haber servido nunca fuera de una oficina, en cargos burocráticos. Jamás ha sido mencionado en ningún tipo de investigación, jamás ha sido implicado en nada ilegal o violento, salvo por los chismorreos que un grupo de anónimos (o un solo anónimo) se ha encargado de deslizar por allí, siempre sin la menor precisión, sin mencionar un nombre, sin aludir a un hecho o mostrar algún tipo de indicio.

Ahora mismo, un personaje tan miserable como Rodolfo Ybarra ha publicado en su blog media docena de anónimos que acusan a "familiares de Faverón" de ser asesinos, criminales y genocidas. Sólo un cobarde es capaz de algo así como respuesta a cuestionamientos que tienen que ver con su ética y no con la ética de ningún familiar mío ni de nadie más. La actitud de Ybarra sólo sirve para refrendar lo que vengo diciendo sobre él: que no tiene idea de lo que es un comportamiento ético y una disciplina moral autoimpuesta.

Ese chisme sobre mi hermano, en el colmo de la imbecilidad, fue recogido y transformado hace un tiempo por ese otro amoral que es César Hildebrandt, que, además, en vez de aludir a mi hermano, prefirió decir que yo había sido miembro de la Marina (cosa que es evidentemente falsa), para que la difamación anónima sobre mi hermano recayera de una vez directamente sobre mí. De inmediato, otros reprodujeron el artículo mentiroso de Hildebrandt: Marco Sifuentes fue el primero, y en su blog siguieron las referencias a mí como "el cadete Faverón" incluso después de que se había probado que la afirmación de Hildebrandt era una mentira.

Curiosamente, cada vez que menciono las bajezas de Paolo de Lima, los anónimos sobre mi supuesto pariente criminal reaparecen como por arte de magia: esta vez, apenas unas horas después de mi post sobre las intrigas de De Lima, los anónimos llegaron al blog de Ybarra, y éste corrió a publicarlos. Saquen ustedes sus conclusiones y díganme si tengo o no razón cuando me refiero a estas personas en los términos en que lo hago.

Por cierto, las ideas políticas de mi hermano (con quien no tengo contacto desde hace más de quince años, por motivos estrictamente personales), son completamente distintas de las mías. No tengo interés en defenderlas, pero acusarlo vilmente de falsedades con el único afán de ensuciarme a mí, es algo que sólo un miserable es capaz de hacer.

Disculpen la desviación. Creo que Renato Cisneros tiene todo el derecho del mundo de expresar su opinión sobre la leyenda que rodea la supuesta afirmación de su padre, y aclararla. Su texto es el que sigue:


Contra una leyenda negra
Escribe: Renato Cisneros

Desde hace ya varios años, cada vez que se discute el tema de los Derechos Humanos y la guerra antisubversiva, se hace eventual mención de 'la teoría del General Cisneros', en alusión a una estrategia que contra el terrorismo habría ideado y divulgado en los años 80 mi padre, el general Luis Cisneros Vizquerra, el Gaucho Cisneros, ex ministro del Interior y de Guerra entre 1978 y 1982, muerto en julio de 1995.

Luego de que el 2002 la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) presentara su informe final (en uno de cuyos capítulos, por cierto, se cita el nombre de mi padre como expositor del espíritu que animaba la lucha militar en los inicios del enfrentamiento con la subversión), esa mención mediática se ha hecho todavía más recurrente.

Es más, dos o tres días después de la presentación del documento de la CVR, un conocido periodista hizo en la televisión un comentario bastante hepático sobre la supuesta ‘tesis militar de Cisneros Vizquerra’. No ha sido el único. Años antes, en julio de 1991, el propio Padre Hubert Lanssiers escribió en el número 27 de la revista del Ideele un muy comentado artículo titulado ¿A quién hay que ejecutar?, donde afirmaba que abogar por la pena de muerte es un síndrome de Cisneros. “Eso se llama incitación al crimen", sostenía el también fallecido sacerdote belga (cuyo trabajo como capellán, por otro lado, siempre consideré admirable). El texto de Lanssiers fue reproducido el año pasado por esa misma revista y, hasta donde tengo entendido, también por un importante tabloide local.

A esos comentarios se suma el perpetrado hace poco menos de un mes (exactamente, el domingo 23 de setiembre) por el jurista César Valega, quien adornó su participación en el programa 'Pulso' con una frase que, por ser tan incorrecta, terminó siendo alevosa. “El General Cisneros Vizquerra –reblandeció Valega– decía: ‘si hay 20 personas allí sospechosas de terrorismo, yo les disparo. Y si al final, mueren 16 que no son terroristas y 4 que sí son, es un triunfo”, inventó Valega, en su torpe intento de ilustrar la conducta con que Alberto Fujimori encaró al terrorismo.

Apreciaciones como las reseñadas (con las notables diferencias intelectuales que aíslan a sus autores) parten de la incorrecta lectura de unas declaraciones que aparecieron en diciembre de 1982, en el número 20 de la revista Quehacer.

En ese número (del cual tengo un ejemplar) apareció una entrevista que el sociólogo Raúl Gonzáles le hizo a mi padre en su despacho del Ministerio de Guerra, y que se hizo famosa con el tiempo, pues allí él dio algunas primeras luces de cómo la fuerza armada debía librar el combate en Ayacucho para devolverle, lo más pronto posible, la tranquilidad a la ciudadanía. Lamentablemente, algunos le dieron una lectura mañosa a sus respuestas y tiranizaron sus ideas.

Desde entonces –y casi al modo de una leyenda urbana– se dicen disparates como, por ejemplo, que Cisneros Vizquerra fue promotor de la terrible tesis de 'tierra arrasada', según la cual queda justificado el aniquilamiento de un grupo de sospechosos si es que en él hay dos o tres terroristas. Una teoría brutal y despreciable, sin lugar a dudas.

Cada vez que alguien comete el grave desliz de achacarle a mi padre esa horrible hipótesis le sugiero lo mismo: ir a la fuente, consultar nuevamente el número 20 de Quehacer.

Mi padre sostuvo en esa entrevista que en Ayacucho los terroristas corrían con ventaja, pues mientras ellos sabían perfectamente dónde se ubicaban los agentes policiales y cuáles eran sus horarios, sus puestos de vigilancia y sus rutinas, la policía tenía la difícil labor de distinguir a los senderistas, mimetizados con campesinos y lugareños.

En un momento de la conversación con Gonzáles, mi padre dijo que, para tener éxito, las fuerzas armadas "tendrían que matar a 60 personas para poder eliminar a 3 senderistas y, después de eso, la policía seguramente dirá que los 60 eran senderistas”. Esa fue la frase que muchos recogieron, sin preocuparse de leer lo que mi padre decía a continuación.

Intrigado por la posibilidad que el ministro Cisneros planteaba, Raúl Gonzáles le hizo una repregunta que casi nadie recuerda: “¿Y qué le parece esa alternativa, le gusta?”. Mi padre respondió: “Creo que sería la peor alternativa y por eso es que me opongo a que la Fuerza Armada ingrese a esta lucha”.

Mi padre, pues, se oponía a esa célebre y radical solución. No era un 'facho' como algunos despistados creían, sino un convencido de que el papel principal de las Fuerzas Armadas era defender el sistema democrático y la integridad de las instituciones.

Como su hijo, me fastidia (y como periodista, me abruma) que durante tantos años sus respuestas hayan sido descontextualizadas para prácticamente sugerir que él invirtió esfuerzo y energías en diseñar y patentar un manual de aniquilamiento; o dicho más crudamente, que diseminó en los cuarteles propuestas dignas de un asesino represor.

Él tuvo un cargo político decisivo en ese conflicto armado y, por sus conocimientos geopolíticos y su lectura fría del tema senderista, fue uno de los encargados de definir las líneas estratégicas de los comandos militares; pero de ahí a decir que él promovía la matanza indiscriminada de senderistas y no senderistas hay un salto monumental que varios opinantes no se han molestado en dar.

No pienso defender aquí sus ideas respecto del modo en que se debía enfrentar a Sendero Luminoso. Algunas de ellas las admiré y valoré, otras no las compartí, pero todas las respeté siempre. Y las respeté, básicamente, por su frontalidad, porque él fue uno de los poquísimos generales que no dudó en exigirle públicamente al presidente Fernando Belaunde una postura decidida ante un problema que no era ajeno, tal como FBT pensaba.

A –como, seguramente, a usted– me resulta muy complicado entender ese fundamento de filosofía castrense que dicta que “en la guerra no hay derechos humanos”, pero admito que los civiles no manejamos los mismos presupuestos conceptuales que los militares y que eso afecta la comunión entre ambos. Los militares son entrenados para protagonizar la guerra; los civiles somos educados para rechazarla.

Mi padre no le rehuyó jamás a la responsabilidad de su actuación como ministro y al mandato de su vocación de soldado. Por eso, y solamente por eso, se hizo de una fama de militar duro e implacable. Ahora que ya no está, me permito estas líneas para preservar la dignidad de su apellido y salvaguardar la tranquilidad de su memoria.

2.9.08

Pelear con fantasmas

Más sobre Miguel Gutiérrez y Oswaldo Reynoso

He leído esta semana en blogs y en comentarios (anónimos) enviados a Puente Aéreo que yo he atacado duramente la obra literaria de Oswaldo Reynoso y Miguel Gutiérrez, que he menospreciado sistemáticamente al grupo Narración, y que lo he hecho, además, como parte de una acción calculada en conjunto con otras personas del medio literario peruano.

Antes de responder quiero recordar un par de datos. El primero es que, en mi antología
Toda la sangre: cuentos peruanos de la violencia política, incluí tres cuentos de miembros del grupo Narración. Uno de Hildebrando Pérez Huarancca, uno de Oswaldo Reynoso y uno de Miguel Gutiérrez. El segundo dato es que, en la revista Hueso Húmero, hace un par de años, publiqué un extenso y favorable estudio sobre la novela El goce de la piel, de Oswaldo Reynoso, estudio que volvería a escribir, nuevamente, letra por letra, el día de hoy, y al que el mismo Reynoso se refirió positivamente.

No suscribo los ideales políticos que Reynoso y Gutiérrez representan.

Es verdad que, como ellos, yo creo en la necesidad de un profundo cambio social en el Perú, soy crítico del racismo, el centralismo limeño, la marginación de las provincias; creo que es necesario revaluar el legado y el presente indígena y mestizo de nuestra sociedad; reconozco en Arguedas el más interesante y estéticamente complejo intento literario en esa dirección; soy abiertamente progresista, me espantan la reacción, el conservadurismo y las derechas en general; creo que la relación entre las clases gobernantes peruanas y el pueblo ha estado marcada durante toda nuestra historia por una violenta y a veces criminal segregación.


Pero, a diferencia de Reynoso y Gutiérrez, nunca he pensado que la respuesta se encuentre en una revolución sangrienta, jamás he creído que Abimael Guzmán sea o haya sido un intelectual digno de ese nombre, nunca llamaré a la guerra senderista "guerra popular", no veo heroísmo en una revuelta que empezó y terminó con el asesinato indiscriminado de miles y miles de personas a quienes Sendero Luminoso decía defender y en cuyo nombre proclamaba su rebeldía.

Sin embargo, me parece que el aporte de Gutiérrez y Reynoso a la literatura peruana es ponderable, significativo y necesario de estudiar y comprender.

Creo que la obra de Reynoso ha abierto muchas rutas de exploración para las generaciones posteriores, que ha sido un camino valiente en su forma de introducir el ideal marxista en territorios que la vieja novela del realismo socialista eludió, como, por ejemplo, el tema de las sexualidades reprimidas por las sociedades patriarcales o el machismo secular de nuestro mundo, o, acaso, el asunto de la reivindicación de la cultura de la calle como escenario de pequeñas proezas cotidianas, que se encuentra ya en sus primeros (y pioneros) libros.

También pienso que la obra de Gutiérrez, como la de Reynoso, elude el encajonamiento dogmático que podría esperarse del autor, dado su compromiso ideológico. Creo que una novela como
La violencia del tiempo, de Gutiérrez, encierra un intento importante de comprensión de la estructura social que ha generado, en diversos momentos de la historia peruana, y en conjunción con distintos avatares de nuestra sociedad, estallidos sangrientos que mucho tienen que ver con la violencia endógena de una sociedad clasista y abusivamente marginadora.

(Como ocurre en el caso de Vargas Llosa, las novelas de Gutiérrez suelen ser más libres y más agudas que las observaciones de su autor como ensayista. Como ensayista, Gutiérrez es --lo digo sin afán polémico-- secundario, cuando no obviable).

Si alguien quiere criticar mi postura con respecto a Reynoso y Gutiérrez, hágalo, por favor, sobre la base de esto que escribo, y de las demás cosas que he escrito sobre sus obras. No vale la pena que me atribuyan ideas que jamás he propuesto y luego las refuten, porque en ese caso estarán combatiendo con fantasmas.

A boca de jarro

No dejan títere con cabeza

Esta es la segunda parte de una interesante entrevista de Rodolfo Ybarra (brazo armado de la poesía peruana) a mi siempre estimado César Gutiérrez, el célebre autor de
Bombardero. (La primera parte de la entrevista, que trata sobre la escritura de esa novela cuyos adelantos publiqué extensamente en Puente Aéreo, pueden verla aquí).

En el video, como verán, César e Ybarra se despachan a su gusto comentando lo que llaman la hipocresía del medio literario limeño, el arribismo, los odios a media voz, los polémicas sostenidas de los dientes para afuera, y reclaman su derecho a cantarles sus verdades a todas las vacas sagradas del establishment, porque a ellos no les interesa quedar bien con nadie. Eso sí, si prestan atención notarán que no mencionan ni a un solo escritor por su nombre propio. Así es más fácil, ¿no?




Para la próxima, más precisión, muchachones.


Guillotina

Una pregunta suelta sobre cabezas cortadas

¿Y por qué, mientras tanta gente discute la ausencia de Reynoso y Gutiérrez en el "canon" de José Miguel Oviedo, nadie le presta atención a los escritores peruanos anteriores al siglo veinte incluidos o excluidos de ese mismo "canon"?

¿Será que lo que les importa discutir es la consagración propia e inmediata y no los mecanismos de inclusión y exclusión del llamado establishment literario?

Tengo para mí que centrar la discusión en la exclusión de algunos escritores vivos, representantes de una misma aproximación estética y política a la realidad peruana, miembros todos de un mismo grupo, sin mostrar interés en el fenómeno general, resulta una banalización del debate, que se convierte en estrictamente coyuntural y, para variar, objeto de simplificaciones sectarias.


Apocalíptico bien integrado

Batalla del canónico y el iconoclasta

Si un día se encontraran frente a frente Rodolfo Ybarra, el autoproclamado "brazo armado" de la poesía nacional, y Mario Vargas Llosa, el quintaesencial centro del establishment literario peruano... ¿qué ocurriría? ¿El anunciado parricidio? ¿Una colisión abismal? ¿El fin del mundo conocido? Lamentablemente, para quienes abrigan expectativas apocalípticas del furibundo iconoclasta Ybarra, el encuentro ya ocurrió, y se redujo a un sumiso pedido de autógrafo:


No siempre el león es como lo pintan; a veces es un tierno gatito.


1.9.08

Hablando de ética

Otra intriga de Paolo de Lima

Si hay un gran intrigante en la blogósfera literaria peruana, ése es Paolo de Lima. Esto lo sabe todo el mundo, lo saben tirios y troyanos, y los que leen su blog con frecuencia e ignoran eso, es porque, o son muy ciegos, o quieren ignorarlo.

Hace unos días, De Lima escribió el siguiente post:
"A propósito de Renato Cisneros, veo estas declaraciones suyas en una entrevista realizada el año pasado: "Bueno, en la familia, mi bisabuelo fue poeta, mi abuelo fue poeta, mi primo Antonio también es poeta, y Luis Jaime si bien no escribe poesía está totalmente inmiscuido en las letras". Y en un comentario incluido en uno de sus post de octubre del 2007, un lector le pregunta lo siguiente (y el tema viene al caso respecto a la foto que ilustra este post aparecida en el último Caretas): "Renato, ¿tu papá no es el famoso General Luis 'Gaucho' Cisneros, ex Ministro de Belaúnde a quien se le atribuye haber dicho algo así como: 'si matamos 20 civiles y en ese grupo hay 2 o 3 terroristas la acción se justifica'?. ¿Es cierto eso?". A lo que el blogger responde: "Hola, Lucho. Para responder tu pregunta necesito un post entero, pero te puedo asegurar algo: mi viejo no dijo eso nunca. Descontextualizaron una desclaraciones suyas y se creó una leyenda urbana. Te mando un abrazo. Renato".

[Y Paolo de Lima añade]:

¿Cómo así es que lo puede asegurar? ¿Todo se reduce a aquella frase? En cualquier caso, ya he leído que Cipriani jamás expresó que los derechos humanos son una cojudez o que Martha Chávez nunca comentó que los estudiantes de La Cantuta se autosecuestraron. Puras leyendas".
Uno podría empezar por preguntarse cuál es la ética de cuestionar al poeta y periodista Renato Cisneros acerca de la actuación política de su padre más de veinte años atrás, cuando él era un niño, y por qué esperaríamos que alguien acuse a su propio padre de algo. Pero eso no es lo realmente grave: lo grave es que a Paolo de Lima ya se le ha respondido en otro blog, el Gran Combo Club, mostrándosele cuáles fueron literalmente las declaraciones del general Cisneros, y cómo es que Cisneros, en verdad, fue quien más duramente abogó por que las Fuerzas Armadas no intervinieran en el conflicto con Sendero Luminoso.

Es más, en la misma página de comentarios que De Lima cita, está el enlace al Informe final de la Comisión de la Verdad, donde los hechos son aclarados fehacientemente, y las declaraciones de Cisneros son transcritas en su contexto. Dice la CVR:
"El más claro portavoz de la posición contraria al empleo de las Fuerzas Armadas fue el propio Ministro de Guerra, Luis Cisneros Vizquerra, quien declaró al periodismo que las Fuerzas Armadas, en caso de asumir el control del orden interno en Ayacucho, «tendrían que comenzar a matar senderistas y no senderistas, porque esa es la única forma como podrían asegurarse el éxito. Matan 60 personas y a lo mejor ahí hay 3 senderistas... y seguramente la policía dirá que los 60 eran senderistas. [...] Creo que sería la peor alternativa y por eso es que me opongo, hasta que no sea estrictamente necesario, a que la Fuerza Armada ingrese a esta lucha». El tono drástico de la advertencia corresponde a dos circunstancias completamente reales en ese momento. Por un lado, una parte de la opinión pública, escandalizada por los atentados, exigía usar pronto la fuerza de las armas para erradicar el problema. Por otro, las Fuerzas Armadas no estaban preparadas para otra cosa que para tomar el control militar de la zona reduciendo por la fuerza toda resistencia, al igual que en una guerra convencional, lo cual hacía prever numerosas muertes de inocentes".
El Informe de la CVR abunda sobre el tema más adelante. Y justamente hoy leía yo un post de Rocío Silva Santisteban acerca de la necesidad de leer el Informe final antes de opinar sobre estos temas, o leer al menos la excelente versión breve que preparó el sociólogo Félix Reátegui (Hatun Willakuy). Esa invitación quiero extendérsela a Paolo de Lima, quien podría empezar por aclarar en un post la intriga tejida en el anterior, y disculparse con Renato Cisneros. Pero, claro, habrá que esperar sentados.

En la imagen: Renato Cisneros con la foto de su padre en carátula de Caretas. (Tomado de Caretas).


Dígame licenciado

¿Un champancito, bloggercito?

En la Católica, cuando era yo estudiante, la gente tenía la costumbre de llamar doctor a los profesores. Sobre todo los empleados de los diversos departamentos: le decían doctor a cualquier maestro (e incluso a algunos jefes de práctica). Y los profesores aceptaban ese trato, a pesar de que el noventa por ciento de ellos no tenía ni habría de tener nunca un doctorado en nada.

En México la costumbre es llamar licenciado a cualquiera con un cierto cargo que implique cualquier tipo de autoridad o responsabilidad: licenciados por todas partes, licenciados en las mesas de parte, en las aulas, en los pasillos de cualquier juzgado, en las escaleras de todos los ministerios. Dígame licenciado, decía el personaje de Chespirito.


Transnacionalmente, flotando por sobre todas las fronteras, hay un trato que me resulta incluso más risible e irritante: poeta por aquí, poeta por allá. Todos los mortales que escriben en verso, desde el más olvidable versificador hasta el más brillante iluminado de las musas, se llaman
poetas unos a otros:

"Nos metimos una tranca con el
poeta Pepito y el poeta Juanito; el poeta Luchito está enfermo y sus amigos el poeta Pedrito y el poeta Pablito le van a rendir un homenaje en la plaza frente a la casa del poeta Ricardito; al poeta Ramirito lo han metido a la cana porque lo encontraron borracho tirado en la pista saliendo del departamento del poeta Rafaelito: es un atentado de la represión contra la poesía, que vive en el pecho del poeta Rodolfito".

Y después uno lee sus obras y se pregunta qué significa la palabra
poeta para estas personas que tan a flor de labios la tienen día tras día: ser llamado poeta en el Perú es más fácil que ser llamado doctor en la rotonda de Letras o en el patio de San Marcos, o licenciado en una alcaldía mexicana. En el submundo de los que se autodenominan poetas, escribir cualquier verso, incluso si es a todas luces anodino, lo pone a uno en contacto con los dioses y por encima de la comprensión de los demás mortales, y muchas veces más allá del bien y del mal.

Me pregunto si eso no es parecido a la que está ocurriendo con la palabra blogger. Claro, me podrán decir que blogger es una categoría discreta y tangible: si tienes un blog, eres un blogger. Pero eso me suena un poco simplista; me suena a cuando Susy Díaz se pone una tanga de lentejuelas y mueve trabajosamente los muslos en giros espasmódicos de ritmo más bien antojadizo y pide que la llamen artista. O como cuando Magaly Medina latosamente dice ejercer como periodista de investigación por dedicarse a corretear futbolsitas con una cámara a "altas horas de la madrugada".

(Magaly Medina, la única vez en que conversamos, en una cena de Teve+, hace una década, me repitió una y mil veces que ella era una persona muy leída, muy culta, que deglutía libros a una velocidad abismal y seguía mis reseñas de libros semana a semana: tiene un afán de reconocimiento intelectual que de ninguna manera se condice con su oficio, que es la bataclanización del periodismo).

¿Qué hay detrás de la consagración del término blogger como distintivo de una comunidad? En todas partes, pero de modo claro en el Perú, la categoría parece acarrear una ética un tanto enclenque: el blogger es dueño de un espacio virtual en el que hace lo que quiere, gobierna según su capricho y decide pragmáticamente, ya montado en el caballo, lo que es permisible y lo que no.

El asunto de los comentarios anónimos es un ejemplo concreto: no hay blogger que no se enfrente a él tarde o temprano, y cada quien se piensa libre de decidir sobre él como mejor le parezca. La única vez en que un grupo de bloggers (Silvio Rendón, Daniel Salas, yo mismo y algunos otros) propusimos que se llegara a un acuerdo compartido acerca de qué tipo de comentarios eran permisibles y cuáles no, se nos acusó inmediatamente de pretender establecer una censura. Como si cualquier pacto social fuera indiscriminada represión.

Curiosamente, quienes nos acusaron de esa violencia censora procedieron a llamar a la discrepancia "Guerra de los Blogs", quizá excesivamente entusiasmados por algún juego de roles que los marcara en la --aparentemente inacabada-- infancia. ¿Cuál fue la consecuencia visible de esa "guerra" que ciertos bloggers libraron en defensa de su libertad de hacer lo que a ellos se les diera la reverenda gana?

La consecuencia está a la vista: la blogósfera prospera en violencia, se acostumbra a los blogs basura, miles de calumnias, injurias y difamaciones contra decenas de personas públicas y no públicas están en internet y pueden ser leídas por cualquiera. Y cuando alguien, como ha sido recientemente el caso del poeta, crítico y novelista Mirko Lauer, observa la falta de ética que todo ello supone, la respuesta es pasmosa por su incapacidad de autocrítica: se dice que Lauer no entiende nada porque hay una "brecha generacional" entre él y los bloggers, que Lauer no sabe cómo funciona el nuevo mundo, que es una tontería molestarse por los insultos. (O se entra en discusiones marginales acerca de que el Twitter no es un blog ni un website sino una red virtual de mensajería). O se dice, demostrando una aun mayor falta de criterio, que por qué se queja tanto Lauer si a él no se le ha insultado mucho. Como si sólo pudieran proponer un comportamiento ético las víctimas mayúsculas de los atropellos.

Lauer --hay que recordarlo-- fue el primer columnista de la prensa escrita en notar que ciertos blogs peruanos habían superado largamente a sus contrapartes impresas: escribió en La República, por ejemplo, que los llamados "blogs literarios" eran en conjunto muy superiores a las secciones culturales de los diarios limeños. No es ésa la afirmación de alguien que es incapaz de comprender la importancia (actual y, sobre todo, futura) de los blogs en la vida social y cultural del país. A Lauer no le molestan los blogs: le molesta el uso poco ético de ciertos blogs.

La lógica que se esconde detrás de la noción de que los blogs tienen derecho, por ejemplo, a publicar comentarios anónimos injuriosos, sin siquiera responsabilizarse por ellos, no es en lo más mínimo una lógica novedosa, propia de una generación joven que ha crecido pensando al mundo con ojos que los mayores no pueden comprender. Es, más bien, la lógica del diario chicha, la lógica de la sección de vilipendios sin confirmar de Correo, la lógica de la zona liberada para la anarquía, el duty free de la amoralidad: el difamador anónimo es el juez sin rostro de Fujimori, el que tira la piedra y esconde la mano, el que escribe silenciosamente en la pared de un baño y sale corriendo. No hace falta pertenecer a una u otra generación para comprender eso.

El anonimato en los blogs no es una novedad: es la nueva forma de la capucha que se pone el ladrón antes de entrar en la casa ajena, con la única diferencia de que, en este caso, si un blog le abre la puerta, el ladrón puede entrar en casi todas las casas del planeta.