10.5.06

Dos más (y el esclavismo en el Perú)


Dos más son las novelas que Vargas Llosa viene anunciando desde hace años. Una de ellas tiene como personaje a Roger Casement, el principal acusador del genocidio causado por los belgas en el Congo, en tiempos de Leopoldo II, y directamente relacionado con la historia del Perú, también.

Roger Casement, irlandés, a quien Lawrence de Arabia comparara alguna vez con un arcángel, fue uno de los más rigurosos defensores de los derechos humanos a principios del siglo veinte, y un amigo de la fama mediática, no siempre preocupado por ocultar su homosexualidad, según se dice, en una época en que nada bueno le podría traer que ese rasgo de su vida entrara en el conocimiento público (que lo diga, si no, su coetáneo y compatriota Oscar Wilde).

Lo más interesante de la vida de Casement, en relación con el Perú, es lo siguiente: entre 1910 y 1912, el irlandés estuvo en nuestro país, investigando a la Anglo Peruvian Amazon, una empresa cuyo propietario era un compatriota nuestro, Julio Arana, que había iniciado la importación de nativos jamaiquinos a la selva amazónica para la explotación del caucho.

En su informe final, Casement propuso la cifra de muertos causados por el esclavismo empresarial que promovía Arana: 30,000 personas. Para todo efecto práctico, antes del genocidio de la guerra interna en los años ochentas y noventas, el Perú fue escenario de ese otro genocidio (de peruanos y jamaiquinos) en las primeras décadas del siglo, y Casement fue, él solo, la arriesgada comisión que investigó e hizo pública la barbarie.

Muchos recordarán que hace unos seis años, VLL publicó un artículo sobre Leopoldo II y el genocidio congolés; en ese texto (que pueden ver aquí), VLL no sólo se ocupa de la figura de Casement, sino que afirma que es un personaje que se merece protagonizar una gran novela. Al parecer, VLL se ha decidido a escribirla él mismo.

Reseñas

Para poner un poco de orden y ayudar a los lectores interesados en leer las reseñas aparecidas hasta la fecha de Travesuras de la niña mala, la más reciente novela de VLL, coloco aquí los links, y debajo iré agragando las reseñas que se sumen a las publicadas hasta ahora:

La utopía de la niña mala, de Alonso Cueto (en Perú 21).
Memorias de mi amorío triste, de La Vaca Profana (en Terra).
Vargas Llosa, el amor y el exilio, de Guillermo Niño de Guzmán (en El Dominical).
Madame Bovary es él, de Gustavo Faverón Patriau (en Somos, El Comercio).

Fotomontaje: gfp.

8.5.06

Alarcón en la frontera

¿Peruano o norteamericano? En Estados Unidos solucionan ese tipo de problema con una fórmula sencilla y convencional: "Peruvian-born author Daniel Alarcón", dicen, y con eso dejan tácitamente afirmada la pertenencia norteamericana del escritor, pero también su origen ajeno.

Aquí, Alarcón, vaya sorpresa, ha merecido mucha más atención de la prensa y de la crítica que en el Perú. En una entrevista recogida por la Harper Collins, Alarcón se refiere al Perú como su país, y anuncia haber terminado su primera novela, una vez más relacionada con la realidad política y social de América Latina: Lost City Radio.

Una tendencia tan clara a inscribirse en la tradición peruana (Alarcón, por ejemplo, suele hablar de la influencia de Vargas Llosa y Arguedas sobre su trabajo), ya sea por sus vinculaciones temáticas, por un interés antropológico, por la frecuencia de sus referencias al Perú, etc, parece más que suficiente para considerarlo parte de nuestra literatura. El hecho de que su lengua literaria sea el inglés, sin embargo, hace de él uno de esos autores bisagra que vienen integrando la tradición hispana norteamericana a la historia literaria latinoamericana. No es, pues, el caso de otro César Moro escribiendo en un nicho ajeno, sino la primera avanzada de un fenómeno histórico que pronto dará nuevos y numerosos frutos.

(Después de todo, no olvidemos que Estados Unidos es uno de los pocos lugares del mundo, si no el único, donde eso que llamamos América Latina existe incluso para efectos prácticos, más allá de discursos idealistas o delirios bolivarianos: si se compara la integración y la unidad del paro latino del 1 de mayo con las rencillas recientes entre gobiernos y gobernantes sudamericanos, o los numerosos casos de xenofobia ocurridos en América Latina en los últimos años, se entenderá a qué me refiero).

Alarcón y los críticos, reseñadores, novelistas y periodistas, norteamericanos e ingleses, que se han ocupado de él, saben que ese es uno de los ejes coyunturales de su situación como escritor, y también, además, uno de los motivos que hacen de su literatura una obra peculiar y distinta del mainstream estadounidense. (Bastante de eso aparece en este audio de una entrevista hecha para la National Public Radio)

Dicho sea de paso: Alarcón no es el único peruano escribiendo en inglés, y exitosamente, además, en los Estados Unidos: pronto les comentaré acerca de algún otro.

Fotomontaje gfp.

7.5.06

La semana de Everyman

Parece consenso absoluto: Philip Roth era un escritor enorme desde sus primeros libros, que incluyeron un éxito mundial inmediato como Portnoy´s Complaint (El lamento de Portnoy).

Era un autor con un lugar asegurado en la historia de la novela contemporánea con sus obras de madurez, las protagonizadas por su alter ego Nathan Zuckerman y reunidas en Zuckerman Bound (Zuckerman Encadenado).

Pero se ha convertido en un clásico, uno de los novelistas clave del último medio siglo, con las ficciones que está escribiendo, incansablemente, en los años recientes.

Cuando Salman Rushdie pasó por por Bowdoin College, hace unos tres meses, ante una pregunta al final de su conferencia, dijo que había sólo tres o cuatro novelistas extraordinarios en el mundo hoy, pero que uno de ellos estaba en un nivel muy distinto a los demás: Philip Roth.

Han pasado casi tres meses desde de que ese prestidigitador de las reseñas que es Rodrigo Fresán comentara, antes de su lanzamiento y leyendo un ejemplar de prueba, la novela más reciente del genio judío de New Jersey, Everyman. Ahora, por fin, Everyman llega a las librerías americanas pasado mañana (mi ejemplar llega un par de días después: ya tendré tiempo de comentarles algo acerca de esta novela, cuya historia, por cierto, no viene de la mano de ninguno de los narradores rothianos habituales, Zuckerman, Roth o el insoportable Kepesh).

El New York Times de hoy, rindiendo homenaje a la talla de este perpetuo candidato al Premio Nobel (él y Vargas Llosa son los voceados con mayor fuerza desde hace mucho tiempo), ha publicado una reseña de Everyman escrita, precisamente, por una ganadora del Nobel: Nadine Gordimer. Quienes no puedan acceder a esa reseña en el website del NYT la encontrarán aquí, en inglés obviamente, como primer comentario de este post.

A ratos, en su reseña, la novelista sudafricana parece estar firmando, en nombre de todos los escritores del mundo, una capitulación en favor de Roth, reconociéndolo como un ser superior. El comentario termina expresivamente: "Philip Roth es un triunfador magnífico en su intento de probar que Georg Lukacs estaba equivocado cuando formuló su sentencia acerca de la imposible meta del escritor que quiere abarcar en su obra la vida entera".

Imagen: caricatura-fotomontaje gfp sobre una fotografía promocional de Random House.

6.5.06

Travesuras de la niña mala

Ya han venido apareciendo las primeras reseñas de Travesuras de la niña mala, la más reciente novela de Mario Vargas Llosa. En vista de que el libro ha salido al mercado peruano unas semanas antes que a los del resto del mundo hispano, las reseñas son todas escritas por compatriotas del autor.

Las que conozco son la del profesor Ricardo González Vigil en la sección cultural de El Comercio y la de Guillermo Niño de Guzmán en El Dominical de ese mismo diario). Apenas sepa de la aparición de otras, las colocaré aquí mismo.

Por ahora, como les había comentado, coloco en este blog la reseña que he escrito sobre la novela de
Vargas Llosa para la revista Somos, también del diario El Comercio, y que ha sido publicada allí hoy sábado.

Madame Bovary es él
Travesuras de la niña mala
: una novela de amor pánico

Por Gustavo Faverón Patriau

Travesuras de la niña mala, la más reciente ficción de Mario Vargas Llosa, es una brillante novelita de amor perverso, sufriente, esclavizado y conmovedor, un relato sencillo en apariencia, a ratos dueño de un romanticismo que de puro triste resulta espeluznante, a ratos tranquilamente sensible, a ratos cínico y nervioso. Una novela de amor, sí: pero ninguna ficción de Vargas Llosa acepta dócilmente una definición tan genérica. Y Vargas Llosa —es bueno recordarlo— sigue siendo un flaubertiano, es decir, un escritor para quien el género amoroso sólo puede ser una forma abierta y aparente, tras la cual se revelan, y se rebelan, contenidos múltiples que la ensanchan y la alimentan.

Así, Travesuras de la niña mala, como cabía imaginar, es muchas cosas además de una historia de amor. Es una reflexión sobre el arraigo, la pertenencia y el exilio; una demostración de la inmaterialidad de lo gregario y lo colectivo; una discusión acerca de la ficción como requisito humano y de la vocación literaria como condena y salvación; todo ello enterrado bajo la superficie de un relato que es la memoria de una relación no sólo ambigua, sino agónica y maltrecha, a lo largo de cuatro décadas de pasiones y traiciones en la vida de dos personajes tan pronto atraídos como repelidos el uno por el otro.

La dinámica general de la historia es fácil de resumir: Ricardo Somocurcio, el narrador, es un miraflorino bastante culto y que se describe a sí mismo, acaso ciegamente, como un sujeto vacuo, cuya sola ambición en la vida es vivir en París. Su vida estará marcada trágicamente, desde el principio de su adolescencia, por el amor suicida que siente por la niña mala, una limeña pobre que abriga un justo resentimiento hacia una sociedad en la que ha sido víctima de discriminaciones y desprecios. Ambos se exilian en Europa, uno propulsado por el sueño romántico del Viejo Mundo, la otra expulsada por la miseria y las ganas de reconstruir su individualidad libre de las amarras de un Perú dañino, estamental y prejuiciado. Durante cuatro décadas en el extranjero, ambos se reunirán y alejarán muchas veces, y en cada encuentro ella se habrá fraguado un nuevo nombre y una nueva historia personal (siempre libresca: abundan las alusiones a Mishima, Vallejo, Flaubert), y habrá asumido una máscara flamante en su búsqueda de una identidad tras la que pueda ser feliz.

Una de esas identidades fingidas da la clave central del texto: en París, la niña mala se hace llamar Madame Arnoux. El nombre es un claro puente intertextual: es el mismo de la mujer de la cual se enamora Frédéric Moreau, el protagonista de La educación sentimental de Gustave Flaubert. En la novela de Flaubert, Madame Arnoux aparece y desaparece de la vida de Frédéric con una fugacidad y una reiteración enfermantes, que hacen del hombre su necesitado espectador, siempre a la espera de una nueva epifanía. Pero, en Flaubert, Madame Arnoux es siempre idéntica a sí misma y, en su intermitencia, paradójicamente, acaba por convertirse en el único punto de referencia constante para Frédéric. En la novela de Vargas Llosa, en cambio, Ricardo es una línea monótona y un cuerpo vacío, que sólo cobra sentido durante los lapsos en que la niña mala se materializa en su horizonte, pero ella aparece cada vez transformada, siempre nueva, rehecha, cuando no deshecha, e inasible, y su perpetua metamorfosis se convierte es el único motor vital de su devoto enamorado: la niña mala es el solo indicio de que la vida avanza, la única chispa vital que enciende todos los cambios y echa a andar todas las sorpresas. Y, si la niña mala es una versión de la Madame Arnoux flaubertiana, Ricardo —quien, como Moreau, tarde habrá de desengañarse del sueño de París— es una nueva Madame Bovary: un cuerpo vacío sólo en tanto espera siempre ser colmado por la fantasía de una vida más significativa.

Vargas Llosa, así, en esta novela notable (una vez salvado el escollo de un primer capítulo estilísticamente descuidado), ha saldado cuentas con sus personajes flaubertianos más queridos, y los ha reinventado: la niña mala es la encarnación de la fantasía, del sueño, del delirio apetecible, del riesgo mortal que siempre vale la pena correr con tal de dar a la propia vida, y a la propia muerte, una densidad que escape a la mediocridad de lo cotidiano. Ella es esa imaginación transgresora que colorea la aparente medianía de todas las Mesdames Bovary, pero hecha carne: es la vitalidad imaginativa y renovadora que Ricardo nunca habría conocido de no conocerla a ella. Esa es la razón por la cual el protagonista acepta caer en sus engaños una y otra vez: en un sentido profundo, la niña mala es una fantasía materializada, una ficción real: Ricardo no puede rehusarse a su cercanía, por más enfermiza que resulte, por un solo motivo: a él le ha sido dado encontrar en el mundo lo que los demás buscan en los libros, la absoluta compleción, y esa plenitud tiene que incluir el amor y la compasión, pero también el mal, la perversión y el sufrimiento.

Siendo, en cierta forma, una ficción encarnada, la niña mala es, también, ella misma, un texto que debe ser descifrado. De allí la precisa elección de Vargas Llosa al hacer de su protagonista masculino un lector, un traductor y un intérprete: cada vez que a Ricardo le sean dados el placer y el terror de recorrer el cuerpo de la niña, irá descubriendo los entresijos de ese espíritu esquivo: las razones de su desamor, su desarraigo, su odio y su lejanía. Y la parábola sólo estará completa cuando, al cabo de tantos años de pánico, esperanza y agonía, Ricardo decida dejar el rol del lector y convertirse en el narrador de su propia historia: sólo aceptando el horror y el dolor, junto a la felicidad pasajera y a las ilusiones traicionadas, el protagonista, vuelto escritor, se hará capaz de poseer por completo, al menos sobre el papel, aquello que persiguió en la realidad durante una vida entera; y así, la novela que él escriba, la novela que nosotros leamos, será una bellísima historia de amor, pero también mucho más.

De blogs y plagios

No es que se hayan descubierto otros casos de novelistas plagiarios en Estados Unidos en lo que va de la semana (aunque en meses recientes ha habido acusaciones muy serias contra el historiador Stephen Ambrose y el médico best-seller Deepak Chopra).

Lo que se ha descubierto, en cambio, es que la misma Kaavya Viswanathan, la estudiante de Harvard, de diecinueve años, cuya novela How Opal Mehta Got Kissed, Got Wild, and Got a Life fue desenmascarada hace unos días como un plagio, no sólo copió páginas de una novela de Megan McCafferty, sino, además, por lo menos, las de otras dos consagradas escribidoras de chick-lit: Meg Cabot y Sophie Kinsella.

La importancia de los blogs, ya sea los literarios o los chismográficos, en la revelación de la copiandanga de Viswanathan, ha provocado un interesante artículo hoy día en La Nación de Argentina, acerca del impenitente escrutinio al que, ahora y gracias a la multiplicación de los blogs, está sometido todo aquel que publique un libro, un artículo, un comentario o, ciertamente, otro blog.

Por ejemplo: Will Payne, un devoto blogger de Cambridge, ha publicado en The Harvard Crimson (el diario que descubrió el plagio inicialmente) un artículo interesante en el que, irónicamente, se pregunta si no será Viswanathan, simplemente, no una copiona sino una amante del sampleo, debido a su conocida afición por el hip hop: quizá la escritora estaba sólo recurriendo a pasajes ajenos para recontextualizarlos, darles un nuevo sentido, etc, etc.

El ejemplo de Zurita

Un ejemplo un poco más confuso: a raíz de una crítica negativa, el poeta chileno Raúl Zurita envió al diario El Mercurio una carta que se iniciaba con el siguiente párrafo:

"


La frase en casi tan ingeniosa como esta de Antonio Cisneros a los poetas de Hora Zero en 1970: "Compañeros: Veo que el primer número de Hora Zero lo han empezado con el pie derecho --que la próxima vez lo escriban con la mano".

Pero Zurita no logró salir impune del evidente plagio: un blogger, para variar, se encargó de señalar el entuerto... ¿O no? Veamos la manera en que lo revela el periodista Paolo de Lima. Dice: "La carta de Zurita empieza intertextualizando una conocida frase de Antonio Cisneros a Hora Zero en 1970"...

No. No señaló el entuerto. O, más bien, lo señaló sólo para nombrarlo con un eufemismo, y justificarlo.

Dos preguntas inocentes: ¿Zurita habrá meditado algo como "Hmm, esta es la oportunidad perfecta para intercalar aquí una frase de Cisneros, de modo que en la intertextualidad queden conectadas para siempre mi polémica con Warnken y el choque entre Cisneros y Hora Zero...?

O habrá pensado más bien: "Hm... ¿y ahora qué pongo... no se me ocurre nada ingenioso, y yo quiero quedar como ingenioso... Ah, ya sé, voy a agarrarme la frase esa de Cisneros y la voy a poner como si fuera mía... Total, cuántos lectores de El Mercurio habrán leído Estos trece...".

Es curioso: salvo que la suya sea una observación irónica, Paolo de Lima parece querer justificar a Zurita con un argumento del tipo de los que Will Payne (también estudiante de Harvard, de 20 años de edad) ironiza por indefendibles y absurdos en su artículo: todos sabemos la diferencia entre un plagio y una cita.

O quizá De Lima ha querido decirnos una sola cosa: que Zurita añade una nueva dimensión al ejercicio de la "intertextualidad" (ya que la copiadera, después de todo, es, en efecto, intertextual): el plagio de cartas...

Imagen: a Viswanathan y McCafferty, en los extremos, se suman ahora Kinsella y Cabot. Fotomontaje gfp.

5.5.06

Sobre héroes y tumbas

Supe por primera vez acerca del novelista Pramoedya Ananta Toer hace unos cinco o seis años, gracias a los ensayos sobre nacionalismo y literatura de Benedict Anderson, por entonces profesor de Cornell, donde yo empezaba mi doctorado.

El escritor, a quien todo el mundo en su tierra natal, Indonesia, llamaba simplemente Pram, ha muerto una semana atrás, a los ochenta y un años de edad, y ha dejado detrás una larga lista de novelas, brillantes según dicen quienes las han leído todas (yo sólo leí dos, en ese tiempo).

Lo más conocido de su obra es una tetralogía novelística, conocida hoy como el Cuarteto de Buru, nombre que se debe al escenario terrible en que las escribió: la colonia penitenciaria de Buru, una isla en la que pasó un par de los muchos periodos de prisión de su vida.

Pram estuvo en la cárcel debido a su oposición a la opresión colonial holandesa, primero (1948-1949); luego, gracias a su enfrentamiento contra la dictadura de Sukarno (1959-1960), y, finalmente, por más de una década, debido a su lucha contra el régimen de Suharto (1966-1978).

Durante ese último periodo, en Buru, Pram redactó las cuatro novelas de su obra cumbre. Si de Faulkner se dice que escribió As I Lay Dying enterrado en los túneles de una mina y alumbrándose apenas con el lamparín de un casco, de Pram se asegura que los primeros fragmentos de su tetralogía política fueron garabateados en trozos de papel recuperados de la basura, a veces copiados de memoria por otros presos que lo escuchaban contar las historias en público, a veces anotados por él mismo, y que esos papeles, luego, fueron sacados secretamente de la prisión por visitantes, o reclusos liberados, y que transitaron las calles de las ciudades de Indonesia generando una notable y conmovedora sensación de esperanza opositora en el pueblo durante los años sangrientos de Suharto.

Es decir, Pram, Pramoedya Ananta Toer, vairas veces candidato al Premio Nobel de Literatura, que nunca ganó, aunque se mereciera ese y también el de la Paz, no sólo fue un escritor, sino un héroe, de su país y de las letras. Sus libros más importantes están traducidos al español y vale la pena leerlos.

Imagen: Pram dejó de escribir en el 2000, convencido de que había dicho todo lo que debía.

4.5.06

Reinventar a Flaubert

Hace un par de días terminé de leer Travesuras de la niña mala, y he escrito una reseña que aparecerá este sábado en Somos, la revista del diario El Comercio. Como, increíblemente, Somos sigue sin tener una versión electrónica dentro del sitio web del periódico, el sábado mismo, o el domingo, colocaré esa reseña en este blog.

Por ahora, quiero comentar un par de cosas: la primera es que luego de un inicio dubitativo, la novela consigue una altura insospechada: es un gran libro, y uno verdaderamente complejo pese a la apariencia de sencillez. Un nivel de lectura es claramente metaliterario: los personajes son densamente ficticios, hechos ellos mismos de ficciones; la niña mala del título asume personalidades librescas (salidas de las páginas de Mishima, Flaubert o Richardson, como ha hecho notar Ricardo González Vigil en reseña duramente respondida por Iván Thays) y el narrador mismo, su enamorado perpetuo, es un traductor de literatura rusa que en algún momento le entra también a la novela contemporánea (traduce a Auster) y acaba convertido él mismo en escritor: el libro que leemos es su obra.

Pero, en esa línea, el homenaje central de la novela se lo rinde Vargas Llosa a Gustave Flaubert, uno de sus faros guías, y el homenaje tiene la forma que cabe esperar de un creador original e inteligente: es una reformulación de la naturaleza de varios personajes flaubertianos, y de las relaciones entre ellos. Por lo menos, allí están Madame Arnoux y Frédéric Moreau, de La educación sentimental, y, por supuesto, Madame Bovary.

Quienes, pesimistas como yo, esperaban que esta novela fuera un peldaño escalera abajo en el camino de Elogio de la madrastra y Los cuadernos de don Rigoberto, se equivocaron: esta novela de amor es completamente original en la obra de Vargas Llosa, es una nueva reinvención de un escritor siempre sorpresivo y, ahora más que nunca, conmovedor.

Pero, en fin: estas son opiniones sueltas. Mi reseña, como digo, sale el sábado en Somos.

Imagen: el maestro y el maestro. Fotomontaje gfp.

Bautismo de juego

Apex Hides the Court es el título de la tercera y más reciente novela de Colson Whitehead, narrador que cinco años atrás fuera ovacionado por una novela de aliento rothiano y de título John Henry Days.

Hoy, leyendo el Washington Post, me entero de lo básico del argumento de esta nueva entrega suya: el protagonista de Apex Hides the Court es uno de esos profesionales típicos de la hiperespecialización del mercado americano: un publicista cuyo único, bien remunerado oficio, es bautizar productos comerciales, es decir, ponerles nombre a las mercancías que sus clientes se disponen a lanzar al mercado.

Pero un día, el publicista recibe un encargo distinto: darle un nuevo nombre a una vieja ciudad, hasta entonces llamada Winthrop en honor de un predicador puritano. De allí en adelante, imagino, los avatares de la historia y de su protagonista han de ser más o menos predecibles: ¿qué palabra elegir que refleje la historia pasada pero también las aspiraciones y la imagen deseada de la vieja ciudad? Rebautizar una comunidad, después de todo, parece una buena oportunidad para reiniciar su historia, para convertirla en otra.

No creo que compre el libro. Pero confieso que me quedé pensando: si nos fuera dado ponerle un nuevo nombre a nuestro alicaído y cuasi quebrado país, ¿con qué nombre querríamos recomenzar nuestra historia? ¿Cómo rebautizaríamos al Perú? ¿A alguien se le pasa por la mente una palabra que defina nuestro pasado o cifre nuestras esperanzas o ilusiones, o quizá, irónica o sarcásticamente, concentre nuestro defectos? ¿O sería mejor, más peruano, o incluso más saludable, mentalmente, digo, no buscar un nuevo nombre sino una chapa nueva, que nos permita, una vez más reírnos de nuestras desgracias por un rato y seguir con lo nuestro?

Imagen: nuevo bautismo del viejo país; fotomontaje gfp.

1.5.06

Qué bonita vecindad

Quizá suene muy evidente, pero la verdad es que para mí es todo un descubrimiento: acabo de darme cuenta de por qué a los seguidores de Hugo Chávez los llaman "chavistas". No tiene nada que ver con el apellido del troglolíder bolivariano (por cierto, qué culpa tiene Bolívar): la cosa viene, más bien, del Chavo del 8.

¿Alguien recuerda ese episodio del Chavo en que don Ramón y el profesor Jirafales sostienen un encendido y memorable diálogo referido a las cualidades intelectuales del Chavo, y, de pronto, don Ramón llama al Chavo "pterodáctilo" (1).

A eso, Jirafales responde: "usted lo que ha querido decir es que el Chavo es un troglodita". Don Ramón replica: "yo soy incapaz de haber querido decir eso, porque no sé qué cosa es un troglodita". Jirafales responde: "¿Es decir que usted no sabe lo que significa el vocablo troglodita?". Y don Ramón remata la conversación con la frase más genial salida de la imaginación de Chespirito: "Profesor Jirafales, yo ni siquiera sé lo que significa el vocablo vocablo".

Dejemos la metalingüistica de lado, y llamemos chavismo a la práctica de usar un término dando simultáneamente evidencias de que uno sabe y no sabe lo que significa. ¿Un ejemplo? Digamos, el vocablo nacionalizar, en una frase como "vamos a nacionalizar las industrias estratégicas".

En la esfera chavista, es decir, la que, en la práctica, habitan Hugo Chávez, Evo Morales y Ollanta Humala, la palabrita surge cada treinta segundos, y esa frase en particular ("vamos a nacionalizar las industrias estratégicas") sale de los labios de Humala, espasmódicamente, cada vez que el candidato pone cierta distancia entre su labio superior y su labio inferior.

Claro, alguien que se llama nacionalista tiene que hablar de nacionalizaciones. Cada vez que el periodismo le pregunta si eso implica la toma y el control de empresas privadas, a Humala se le prende el foco y recuerda que proponer tal cosa suena un tanto cavernario, y entonces explica que no, que nacionalizar sólo significa "velar por que los recursos del país se usen de forma beneficiosa para el pueblo".

Aparentemente, Chávez y Morales entienden algo muy distinto, dado que es con el beneplácito del primero que el segundo, el día de hoy, ha tomado el control del sector de hidrocarburos en Bolivia. Pero allí no queda la cosa: en el Perú, el secretario nacional de la humalista UPP, José Vega Antonio, acaba de aclarar que eso que ha hecho Morales, y que el boliviano llama nacionalizar, es exactamente lo que Humala hará en el Perú. Y el vocero humalista Eduardo Garivoto ha saltado hasta el techo para decir que nacionalizar significa otra cosa.

Salvo que, en el terreno chavista, el lago Titicaca marque la frontera donde la palabra nacionalizar cambia de significado, podemos entender que eso que Morales está haciendo en Bolivia es exactamente lo que Humala planea hacer en el Perú, para mayor descalabro de nuestra economía. Pero Humala insiste en decir que nacionalizar no significa nacionalizar. Así como don Ramón insistía en ignorar el sentido del vocablo vocablo.

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(1) Puedo estar equivocando muchas cosas en este resumen: cito de memoria y este capítulo lo vi hace muchísimos años.

Imagen: Hugo Chavez: chavista, pero no por antonomasia. Fotomontaje gfp.

Dios mueve al jugador

Este blog se distingue de cualquier otro en un solo rasgo: a pesar de que lo renuevo con bastante regularidad, parece estar siempre menos al día que los demás.

Siguiendo en esa línea, me propongo recomendarles que vayan corriendo al cine más próximo a ver una película que lamentablemente no encontrarán allí porque fue estrenada hace ya dos años.

(¿Les he contado acerca de la vez en que Daniel Salas y yo vimos una película de Paul Verhoeven más o menos un año antes que el resto del planeta? En fin; esa es otra historia).

La película que quiero recomendar se llama The Machinist, con Christian Bale (el último Batman, que bajó casi treinta kilos de peso para este papel, y los recuperó con exceso para hacer poco tiempo después el rol del hombre muriciélago) y Jennifer Jason Leigh, una de las mejores y menos apreciadas actrices del cine americano.

En verdad, cabe comentar, The Machinist se llama originalmente El maquinista, en español y no en inglés, pues la película fue producida con capital y equipo técnico españoles, desde el director de fotografía hasta el diseñador artístico, exceptuando únicamente al director, Brad Anderson, alguien a quien misteriosamente no le han llovido los proyectos después de demostrar su talenteo en esta estupenda cinta. (La token Spanish actress en esta película costeada por Canal+ es nuestra conocida vargasllosiana Aitana Sánchez Gijón).

Anderson es una suerte de gemelo estético de Christopher Nolan (el director de Memento, Insomnia, la notable Following y, coincidentemente, el Batman protagonziado por Christian Bale). Pero Anderson es también uno de esos artistas de los cuales uno no puede evitar pensar: "este tipo no existiría si no hubiera habido antes un Borges (más o menos como uno piensa que los Wachowski no existirían si no hubiera habido antes un Baudrillard... Pero, claro, tampoco habría Baudrillard sin Borges, ese verdadero aleph de la imaginación contemporánea). No les diré exactamente en qué consiste lo borgiano de Anderson, porque no quiero arruinarles la sorpresa para cuando vean la película.

Todo lo cual me lleva a formular un pedido. El próximo semestre voy a dar un curso llamado "Borges y lo borgiano", y mientras lo voy diseñando me encuentro con que es muy, muy difícil elegir unas cuantas obras de arte narrativo (novelas, cuentos, películas, cómics) de espíritu claramente borgiano (aunque puedan ser previas o posteriores a Borges: recuerden Kafka y sus precursores) simplemente porque hay demasiadas.

¿Cuál es mi pedido? Quizá los lectores del blog quieran decirme qué cosas les parecen a ellos imprescindibles en un curso así...

Imagen: Christian Bale en El maquinista, de Brad Anderson, y el fantasma de lo borgiano.