19.6.07

¿Quién tiene más influencia sobre los jóvenes?

Una encuesta sui generis en Puente Aéreo (actualizado)

Por lo común, cuando pensamos en el asunto de las influencias literarias, pensamos o bien en una red de conexiones ultracomplejas no muy diferente de lo que llamamos tradición, o bien en un vínculo bastante vertical (lo que nuestros economistas llamarían "chorreo"), por el cual el influjo de un autor mayor gotea sobre uno menor.

A veces, tal goteo puede causar una inundación, bueno es decirlo.

Propongo pensar en otras formas de influencia. En una en particular. La que pueden ejercer los críticos, los profesores universitarios y las personas que, trabajando en medios de difusión, tienen gran importancia en el debate literario.

Es decir, un tipo de influencia que no se produce desde la creación, ni a través de la imitación, la emulación o el parricidio, sino a través del diálogo, el debate o la reflexión, es decir, a través de cierta forma de magisterio.

La idea me vino revisando un post mío del mes pasado, en el que recogí ciertas declaraciones de Salman Rushdie acerca del papel guía de la crítica literaria en la formación de los nuevos escritores. Luego pensé: en un medio como el peruano, en el que (para bien o para mal) un porcentaje enorme de los nuevos autores son, en efecto, estudiantes de literatura, ¿no cabe un papel análogo a los profesores universitarios?

Con esto en mente, y para promover la discusión, como siempre, he preparado una lista preliminar, para que ustedes me señalen qué nombres faltan (o qué nombres podrían salir). He hecho la lista considerando maestros universitarios de facultades de literatura y comunicadores de medios de prensa masivos (de allí la presencia de Ágreda, Oquendo o Thays, entre otros), y restringiéndome a quienes están directamente presentes en el ambiente literario peruano.

He excluido, por supuesto, a los más jóvenes, considerando que ellos, en un tema como el de esta encuesta, no pueden ocupar los dos lados de la relación de influencia. Es, por supuesto, una simplificación, pero creo que puede ser útil... La encuesta se activará mañana, una vez que la lista definitiva esté hecha.

Javier Ágreda
Cecilia Esparza
Camilo Fernández Cozman
Carlos Garayar
Ricardo González Vigil

Miguel Ángel Huamán
Eduardo Huarag
Marco Martos
Abelardo Oquendo
José Miguel Oviedo
Ricardo Silva Santisteban
Rocío Silva Santisteban
Iván Thays
Luis Vargas
Marcel Velásquez
Víctor Vich
Carmela Zanelli

Imagen: profesora Doris Day, influencia del pasado.


Resultados de la encuesta

¿Quién de estos escritores es el más sobrevalorado?

Curioso balance el que arroja la última encuesta del blog: aunque tendría que confirmarlo hurgando un poquito en un par de biografías, a primera vista parece que los dos escritores más votados han sido, en ese orden, el más viejo de todos y el más joven. Es decir: José Saramago (27%) y Mario Bellatín (26%).

A diferencia de otras encuestas previas, aquí la distancia entre esos dos y los demás ha sido notable. El tercer lugar, que compartieron Roberto Bolaño y Carlos Fuentes, apenas llegó al 10% de los votos.

El problema, claro, es que hay demasiadas maneras de interpretar el resultado. Considerando que la mayor parte de los lectores de Puente Aéreo han de ser bastante jóvenes, puede pensarse, por ejemplo, en un par de respuestas esperables: parricidio contra el Nobel portugués y una gota de celos, o acaso de hartazgo, contra el cada vez mayor reconocimiento del narrador peruano-mexicano.

También está el asunto de que un escritor sólo puede estar sobrevalorado en relación a las respuestas que su obra obtienen: Saramago, ganador de un premio Nobel, es una víctima fácil en esas circunstancias, porque, para decirlo en términos furboleros, lo ha ganado todo.

Fotomontaje gfp.

En la cabecera

Los discos, los libros y las películas de mi semana

Supongo que esta debe ser una de las actividades más frecuentes y comunes de muchos blogs literarios, sin embargo yo desde hace tiempo que la tengo descuidada: me refiero a recomendar a los lectores de Puente Aéreo las mejores cosas con que me haya topado yo en días recientes.

1. En el cine: aunque creo que ya pasó también por Lima, quizá valg
a la pena advertir que la película alemana Das Leben der Anderen, o Las vidas de los demás, o The Lives of Others, es una verdadera joya en la tradición de las ficciones sobre las policías secretas dictatoriales y su relación con las víctimas de sus abusos e intrigas (una línea no muy lejana de la pieza teatral La muerte y la doncella, de Ariel Dorfman, llevada al cine hace años por Polanski).

2. En dvd: ojalá pudieran conseguir (¿quién dijo Polvos Azules?) una copia de la cinta Lady in a Cage, que dirigió Walter Grauman en 1964, con Olivia de Havilland (exacto: la Melanie Hamilton de Lo que el viento se llevó). Aunque es probable que el subgénero cinematográfico del thriller con mujer minusválida en peligro nunca sobrepase el nivel de Wait until Dark (1967), de Terence Young --con Audrey Hepburn y un extraordinario Alan Arkin--, lo cierto es que la película de Grauman no es para nada despreciable.

3. En la librería hispana: Cuentos completos y uno más, de Luisa Valenzuela. Un par de veces había abierto libros de Valenzuela y me había encontrado con páginas que nunca me animaron a continuar la lectura. Todo ha sido distinto esta vez: como cuentista, Valenzuela puede ser a veces demasiado lúdica, demasiado tongue-in-cheek, pero nunca se le van de la mano las historias. Se supone que los críti
cos no deberíamos decir cosas como esta, pero acá va lo que pienso: es una Silvina Ocampo mejorada, con mejor sentido del humor, más tino para encontrar lo grotesco en lo cotidiano, más sorpresiva para transformar los escenarios familiares y hogareños en teatros de la crueldad y el absurdo, y con un mucho mayor grosor intelectual, por añadidura.

4. En la librería de lenguas extranjeras: la novela más bella, líricamente bella, que he leído en largo tiempo es El leviatán, de Jospeh Roth. Debe de haberse contado mil veces la historia del hombre que un día descubre que en su vida algo fundamental ha salido mal, y que necesita de una decisión extrema para recobrar algo de sentido. Pocas de esas novelas lo pueden expresar de manera tan sutil como esta historia de un judío vendedor de corales en un pueblecito de Europa oriental.

5. En la tienda de cómics: Regards from Serbia. A Cartoonist Diary of a Crisis in Serbia. El autor se llama Aleksandar Zograf, y el libro recoge tanto las historias que escribió y dibujó para sí mismo y para medios serbios durante la guerra como las que hizo más adelante a pedido de editores norteamericanos. Tiene, claro, un poco de Joe Sacco, en tanto algo de reportaje hay en este libro, como en los del americano, pero el lado testimonial lo hace más desgarrador, y la locura expresionista del dibujo agrega una dimensión terrorífica a los relatos de la violencia. El libro trae un pequeño prólogo gráfico de uno de los más grandes artistas del género hoy: Chris Ware.

6. En cd: los tres discos que ha sacado hasta la fecha Richard Swift (descendiente directo de Jonathan Swift, el de Los viajes de Gulliver y la Modesta proposición para que los hijos de los pobres de Irlanda dejen de ser una carga para sus padres o el país). Richard Swift es un músico extraño, con algo de Wings y algo de Tom Waits --y no soy yo el único que lo dice--, y sus canciones, agrupadas en tres álbumes breves con tono de nouvelle decadentista, cuentan casi siempre historias de fracasos y frustraciones. The Novelist, el primero, es sencillamente estupendo. Walking without Effort, el segundo, tiene sus mejores canciones. Dressed Up for the Letdown, el más reciente, es menos sorpresivo pero más depurado. Les dejo dos ejemplos de Swift, Beautiful Heart y Kisses for the Misses:

Beautiful Heart



Kisses for the Misses




Imágenes: afiches de Las vidas de los demás y Lady in a Cage; carátula de El leviatán de Roth; retratos de Swift y Valenzuela. Más abajo: carátula de Regards from Serbia.

18.6.07

Vila-Matas sobre Prochazka

Casa aparece en España (y yo aprovecho para recordar mis casas literarias)

Enrique Vila-Matas ha publicado, en El País de ayer, una columna dedicada a comentar la novela Casa, de su tocayo peruano Enrique Prochazka, recientemente lanzada al mercado librero español por el sello 451 Editores.

(A propósito, agradezco el nuevo y siempre amable comentario de Vila-Matas acerca de mí --y de Iván Thays--: parece que los blogs peruanos se han vuelto parte del cotidiano viaje vertical del escritor catalán por internet).

El artículo establece una serie de asociaciones motivadas por la lectura de la novela de Prochazka: las alusiones wittgensteinianas lo llevan al recuerdo del filósofo, constructor y circunstancial arquitecto, pero, de modo más interesante, Vila-Matas encuentra vínculos entre la estructura del libro, la estructura de la casa que habitan los protagonistas, y la mente del constructor (todo lo cual, intuye Vila-Matas, parece a su vez un reflejo de la mente del autor).

O, más precisamente: descubre que la novela plantea de manera especular la historia del viaje por el interior de la casa y la historia del descubrimiento, o redescubrimiento, de la psiquis y el pasado del protagonista: siendo especular la relación, no es la casa metáfora de la persona, ni la persona metáfora de la casa, sino ambas, cada una, puro reflejo (y reflexión) de la otra.

Vila-Matas halló la Casa de Prochazka el día en que había vuelto de un pequeño viaje, poco fructífero, emprendido para encontrar una casa real, vista hacía poco en un programa de televisión. Yo voy a aprovechar la lectura del artículo de Vila-Matas para recordar algunas de las casas literarias que más se han grabado en mi memoria.

1. La casa de la familia Samsa. Casi toda La metamorfosis de Kafka ocurre dentro de ella, y durante la mayor parte de la historia Gregor está recluido en su dormitorio. Si uno le suma ese doble encierro al encierro más fundamental de la novela (el de Gregor dentro de su cuerpo de bicho), entiende por qué La metamorfosis es uno de los relatos más opresivos y claustrofóbicos de la historia literaria mundial.

2. La casa de los Buendía. Algo de ocioso tiene el explicar esta elección: la casa de Cien años de soledad es con toda probabilidad la más célebre de las letras hispanas y la más notoria de la novela universal en el siglo veinte. Uno puede imaginarla casi toda, desde la puerta de entrada hasta el taller de orfebrería y la línea de puertas que conducen a los dormitorios, y dentro de uno de esos dormitorios la otra línea de puertas, la del sueño, en la que uno de los patriarcas de la familia quedaría atrapado durante la noche de su muerte.

3. Las dos casas verdes. Una es la del presente, deshecha y derruida, venida a menos, corral de borrachines y prostitutas en libre decadencia. La otra es la legendaria (por momentos, la mítica), la frontera entre desierto y ciudad en la que confluyen los viajeros de la costa y la sierra peruanas y que un día arde arrasando con ella la vida y sellando los destinos trágicos de algunos de los personajes más misteriosos de Vargas Llosa.

4. El castillo de Otranto en algún lugar de la Italia medieval, imaginado por Horace Walpole en la novela que habría de inaugurar la tradición de la narrativa gótica: en sus pasadizos convergieron por primer vez casi todas las que luego serían convenciones del relato de horror, aunque las escenas que se me quedadon para siempre en la memoria son las más sui generis: los hallazgos de las partes de una armadura gigantesca en los corredores, patios y habitaciones del castillo.

5. Esta es muy especial, porque es muy personal: en el cuento Malos modales, de Fernando Ampuero, la antiheroína adolescente de la que se enamoran todos los chiquillos del barrio de La Punta, en el Callao, vive en una casa gris con forma de barco, junto a uno de los malecones, y los muchachos tienen que sortear uno de sus muros camino a su iniciación sexual: esa casa existe, está a dos cuadras de la casa en la que viví de niño, y fue uno de los objetos que más atrajo mi imaginación durante la infancia.

6. La casa de Carlos Argentino Daneri y Beatriz Viterbo, en la calle Garay de Buenos Aires, salpicada de retratos y recuerdos de la mujer que nunca desfalleció en los brazos del narrador de El aleph. O, más precisamente, el sótano de la casa, donde Carlos Argentino le revela a Borges la esfera diminuta, pero inabarcable y sin fin, en la que todo el universo se concentra, y todas las miradas. Por una ironía borgeana, en el cuento, la casa que contiene el objeto que contiene al mundo entero está a punto de ser rematada para pagar una deuda de "cien mil nacionales".

7. Del sótano al desván: la habitación cerrada en las alturas de la casa de Dorian Gray, donde envejece y se corrompe el rostro pintado sobre un lienzo para que el criminal pueda seguir mostrando en público la cara joven y sin mácula. En mi memoria, por algún motivo, esa habitación es idéntica a aquella otra donde un personaje imaginado por Chéjov, víctima de terribles deformidades faciales, se queda para siempre enamorado de un espejo que, viejo y malformado, le devuelve su imagen azarosamente embellecida.

8. El hotel de París al que un personaje de Mario Levrero llega cíclicamente, después de décadas o acaso siglos de viajes que se extravían en su recuerdo, y en el que muchas veces se transforma en gárgola, en murciélago, en ave prehistórica, y de nuevo en hombre: de ese hotel el hombre quiere escapar, como si se tratara de una trampa mortal y casi de inmediato desea volver a él, como si fuera su único refugio real en el mundo. La novela se llama París y es uno de los semisecretos más extraordinarios de la literatura hispanoamericana.

9. La habitación cerrada. Me refiero a una sola que han descrito muchísimos autores en las más diversas historias: desde Edgar Allan Poe en Los asesinatos de la calle Morgue, hasta Paul Auster en las tres novelas de The New York Trilogy (incluyendo la que se titula, justamente, The Locked Room). Todas tienen en común una misma cosa: son cubos perfectos, herméticos, exentos de cualquier adorno, y su existencia es siempre causa de ansiedad, no importa que uno esté dentro o fuera de ellas.

10. La antigua casa del general Llorente, donde Aura, la chiquilla, y la vieja en que cada cierto tiempo ella misma se transforma, comparten tanto la memoria del muerto como la esperanza de que el joven historiador Felipe Montero las devuelva para siempre a la vida. La casa de Aura: una esquirla del siglo diecinueve sumergida entre los edificios gigantescos de Ciudad de México, enterrada bajo sus sombras, es la casa fantasma más célebre de nuestro idioma, cuyas paredes, sin embargo, están construidas con el mismo material de otra, erigida en el mundo anglosajón: la casa que imaginó Henry James en The Turn of the Screw.

Fotomontaje gfp: Wittgenstein en los muros de otra casa.

16.6.07

Vargas Llosa y el espectáculo

Sobre las reacciones a "La civilización del espectáculo"

Una de las reacciones más llamativas que ha suscitado el artículo "La civilización del espectáculo", de Mario Vargas Llosa, ha sido una nota publicada, también en el diario El Comercio, por Fernando Vivas, bajo el título de "¿Condenados?"

Para los que encuentran esta historia ya comenzada, aquí va una puesta al día.

En "La civilización del espectáculo", que comenté en su momento, Vargas Llosa se quejaba por la voluminosa conversión de la prensa mundial en el instrumento clave en el proceso de espectacularización de las sociedades contemporáneas.

La excusa para su argumentación eran las recientes fotografías de Cecilia Bolocco, pero su blanco evidente era mucho mayor: tenía incluso un aire de prevención apocalíptica: quería denunciar la forma en que la prensa mundial abandona paulatinamente su rol de investigación, debate y denuncia para convertirse toda ella en una suerte de hiperintrusiva prensa del espectáculo.

Por esos días, Jaime Bayly escribía en el diario Correo un artículo titulado El actor y el escritor, que era poco menos que una pataleta de despecho presenil contra un amor del pasado, el actor Diego Bertie, a quien no mencionaba por su nombre propio.

Entonces, vino esta conversación televisiva entre Jaime Bayly y un periodista peruano llamado Beto Ortiz:



En la entrevista, Bayly, recién acusado en otro canal de televisión de revelar intimidades ajenas, pidió y obtuvo la absolución de Ortiz, no sin antes mencionar que sus acusadores habían echado mano de los argumentos del artículo de Vargas Llosa para redondear la denuncia: Bayly, en sus libros, era un violador de intimidades ajenas y, en el proceso, además, era parte del mecanismo de la "civilización del espectáculo" cuya vacuidad señalaba Vargas Llosa.

La defensa de Bayly era, en ese punto, clara: Vargas Llosa no podía haber argumentado en contra de la utilización de las biografías propias y ajenas en la escritura literaria porque, simplemente, Vargas Llosa lo había hecho más de una vez. ¿El ejemplo más flagrante? La tía Julia y el escribidor.

(Bayly, ciertamente, dejaba de lado el hecho de que Vargas Llosa contara en su novela una historia ya bastante pública y nada escandalosa, mientras que la novela de Bayly fue vendida explícitamente como una incitación al escándalo, y el artículo reciente de Bayly no tiene absolutamente nada de literatura).

En su artículo, Fernando Vivas parece desviar la argumentación de Bayly para dirigirla en contra del mismo Vargas Llosa (intención que no encuentro en las palabras de Bayly). Dice Fernando:
"Sin embargo, entre broma y broma con Beto, Jaime sí dio en un ilustre blanco cuando dijo que Mario Vargas Llosa se había adelantado a los excesos de ambos cuando vampirizó la imagen de Julia Urquidi en "La tía Julia y el escribidor" (1977), que la susodicha por cierto replicó en "Lo que Varguitas no dijo" (Editorial Khana Cruz, La Paz, 1983).

"La alusión no fue antojadiza. Sucede que en su columna 'Piedra de Toque' publicada en este diario el 11/06/07, a propósito del 'Boloccazzo', MVLl se lamenta de los libelos, la insidia y los excesos invasivos que se cobijan bajo la libertad de prensa, y concluye que estamos "condenados, nosotros, ciudadanos de los países libres y privilegiados del planeta, a que las tetas y culos de los famosos y sus 'bellaquerías' gongorinas, sigan siendo nuestro alimento cotidiano".
El problema con la observación de Vivas es que lo de Bayly, aunque torcido a su vez, fue un argumento referido a la literatura, no a la trivialización de la prensa. De hecho, ni la novela de Bayly ni la novela de Vargas Llosa son en sí mismas banalizaciones éticas mediatizadas por la imagen espectacular. (Aunque quizá sí cabría decir eso del artículo y de la entrevista, sin embargo; una entrevista cuyos términos ninguna semejanza tienen con las entrevistas en que Vargas Llosa habla de La tía Julia y el escribidor).

Es más: La tía Julia y el escribidor, entre muchos otros méritos, tiene el de haber discutido las relaciones entre la literatura y el espectáculo, la semántica literaria y su popularización mediática, con más profundidad, exquisitez y agudeza que cualquier otro libro producido en la tradición peruana. Quien coloque La tía Julia y el escribidor como un peldaño más en la infame historia de la banalización de la intimidad en manos del espectáculo, está cometiendo el error de reducir una novela múltiple y compleja al nivel del chismorreo callejero.

Habrá quienes digan que no se puede dar importancia al mérito artístico cuando se discute un tema como la invasión de la privacidad. Mi respuesta es que si lo que se discute es la banalización de los medios y la trivialización de los mensajes, entonces la complejidad artística es la médula del debate.


(Y no está de más recordar que
Julia Urquidi no acusó a Vargas Llosa de revelar su intimidad: lo acusó de falsearla, y por ese motivo publicó ella su propio libro, en el que decía estar descubriendo, ella sí, la verdadera intimidad de la pareja. Curiosamente, si Vargas Llosa contó una historia falsa, y además dijo que era ficción, poco parece quedar de la intromisión a la intimidad ajena).

Quizá lo que se está perdiendo de vista (y sorprendentemente lo pierde de vista Vivas, muchísimo más que Bayly) es que una cosa es el espectáculo y otra es la cultura del espectáculo. Vargas Llosa no extravía la diferencia: finalmente, el novelista arequipeño es también una criatura del 68 francés, el mismo 68 de Guy Debord, el mismo de las denuncias contra la alienación, la reificación y el fetichismo de la mercancía de la "sociedad del espectáculo".

Vargas Llosa
sabe, como lo supieron los situacionistas, que el espectáculo no es culpable de la sociedad del espectáculo, sino uno de sus instrumentos más ambiguos: la banalización no es inherente a la espectacularidad (como habría denunciado en los sesentas el socialista Vargas Llosa, y teme en el 2007 el liberal Vargas Llosa) sino inherente a cierto ejercicio capitalista. Al espectáculo banal se lo combate con espectáculos significativos.

Esto que digo no es trivial. Es sencillo demostrar la preocupación práctica de Vargas Llosa por ese frente de batalla --el de la guerra del espectáculo hueco contra el espectáculo valioso--: no en vano el artículo de Vargas Llosa coincide con su reciente conversión en fecundísimo adaptador teatral, actor de tablas y guionista de radioteatros: en todos esos rubros no está oficiando tanto como creador, sino más bien como vehículo para construir espectáculos que transmitan las formas culturales que le parecen más ricas, desde Homero hasta Borges y Rulfo.

Y para otra vez queda el tema más obvio: ¿es que acaso puede un novelista no desnudar su intimidad en ninguna circunstancia? ¿Y se puede hacer eso sin cruzarse con la intimidad de los demás?

Imagen tomdada de aquí.

15.6.07

Mensaje de Yrigoyen

Sobre los poetas post-2000 y las pasadas polémicas

El poeta José Carlos Yrigoyen tiene ya un nuevo libro en la puerta del horno (Horoskop, se llama, y aparecerá muy, muy pronto en librerías peruanas y de Santiago de Chile, Madrid, Buenos Aires y Ciudad de México).

El de Yrigoyen, como saben, fue el nombre más mencionado en la reciente encuesta de este blog sobre poetas post-2000, y, a raíz de ese resultado, me escribió un par de mensajes de los que --autorización mediante-- cito algunos párrafos:

"No se qué tan visible soy entre los demás poetas como dices. Me parece que soy más visible por esas dos entrevistas que di hace más tres y año y medio respectivamente, lo cual no es ningún orgullo para mí... y reconozco que si bien hay muchas ideas que mantengo todavía de esas entrevistas, también he ido cambiando otras (lo cual es lo mejor de las polémicas: entre tanto insulto y basura, siempre hay gente que da argumentos y uno puede aprender de esos puntos de vista ajenos). Reconozco también el tono beligerante, gratuito si quieres, y en algunos momentos excesivo. Sí, pues, me excedí. Lo importante, creo, es aceptarlo, y seguir manteniendo las ideas centrales que generaron la polémica mediante armas menos aparatosas.

"Creo que en el fondo, nuestras ideas sobre la poesía actual no son muy diferentes (lo diferente es el tono en el que las hemos expresado, nada más) y ambos estamos de acuerdo en el declive sensible que ha sufrido nuestra tradición poética en los últimos años. Aún, claro, mantenemos un buen nivel, pero no tan indiscutible sobre otras tradiciones latinoamericanas como antes. Pues en los 60 y 70 Perú tenía con Brasil la mejor tradición poética del subcontinente; ahora seguimos bien, pero sin figuras nuevas que descuellen como antes. Es una realidad difícil de aceptar para algunos poetas del 80 o del 90, y es entendible; lo que no entiendo es que siempre se tomen estas consideraciones como algo personal, como si estos análisis estuvieran directamente destinados a "desprestigiar a Kloaka" o "atacar a Neón". Son círculos de los que se ha hecho muy difícil salir.

"Si debo quedarme con algunos nombres de los nuevos, esta de hecho Manuel Fernández (Octubre tiene páginas impecables; quizá sea un poco pretensioso, pero hay mucho talento en ese libro), Andrea Cabel (deberías leerla, es muy buena) y la Romy Sordomez. Creo que ahí está el camino, creo. Y a ellos añado un nombre que me parece tan fundamental como los otros tres: el de Jerónimo Pimentel. Su primer libro me gusta mucho, y el que publicará seguramente este año es mejor todavía. Esos cuatro —Fernández, Cabel, Pimentel, Sordomez— son, creo, lo mejor que he leído en los últimos años, lo que más destaca. No descarto que existan otros poetas tan buenos como estos, pero de los cuarenta y pico nombres que la gente suelta sobre los poetas "Post-2000" apenas si he leído algo más de la mitad. Hay que tener en cuenta que muchos de los nombres mencionados en los comments sobre la encuesta muchas veces son de amigos cercanos que escriben, compañeros de algún grupo poético juvenil, etc.

"Si revisas el blog Urbanotopia encontraras cerca de 130 poetas jóvenes en actividad. ¿Es esto real? ¿Será cierto esto? Lamentablemente, parece que no hay criba ni filtro a la hora de establecer los nombres de los jóvenes que escriben actualmente y tienen algún mérito. La profecía lanzada por Mirko Lauer en 1979, en el primer número de HH, sobre que "las próximas antologías de poesía peruana serán tan largas como una guía de teléfonos" parece haberse convertido en una ominosa realidad".

Hasta allí las cartas.

Overrated!

Borges y una nueva encuesta: los escritores más sobrevalorados

En uno de sus famosos artículos sobre los ganadores de premios Nobel, Gabriel García Márquez señala la fecha exacta en la que, según él, Jorge Luis Borges perdió para siempre sus posibilidades: la tarde del 22 de setiembre de 1976 en que aceptó una condecoración de Augusto Pinochet.

Otros, como el escritor
Carlos Maldonado, han apostado por la misma hipótesis. García Márquez incluso recoge el rumor de que en ese año, 1976, Borges ya había sido preelecto por la Academia Sueca, y que se le quitó el premio a último momento, tras los disc
ursos en Chile, que el colombiano, quizá ingenuamente, quizá por exceso de admiración, juzga irónicos. García Márquez escribe su artículo en 1980, cuando la memoria de los discursos era muy fresca aún.

Por curiosidad, se me ocurrió revisar las entradas de setiembre del 76 en el monumental Borges, ese volumen de casi mil setesientas páginas en que Adolfo Bioy Casares documenta, en forma de diario, su amistad con el cuentista ciego. No hallé nada. Del 31 de agosto, el texto salta al 20 de octubre. Y en el índice onomástico ni siquiera aparece Pinochet. Justamente: si Borges estuvo en Chile en setiembre de 1976, Bioy no estuvo con él y, por tanto, no hay mención de la fecha aciaga.

Pero pasemos a otro tema, guiados por la misma arbitrariedad que me llevó de la página 1504 a la 1505 : en la entrada del viernes 26 de noviembre, Bioy anota la siguiente pregunta hecha por Borges:
"Pregunta: ´¿Cuál sería el escritor más overrated? ¿Shakespeare?´ BIOY: ´Entre nosotros, Quiroga y Arlt, este último infinitamente mejor´. BORGES: ´Quiroga escribe demasiado mal: como diría Arnold Bennett, third rate grandiose. ¿Vos creés que si a uno de estos admiradores le leés cualquier texto de Quiroga queda embelesado? Por bruto que sea, se dará cuenta de que está mal escrito. Qué extraño, a pesar del increíble culto por Quiroga, no lo reclamamos. Nos importa menos que las Malvinas. Al fin y al cabo era hijo del cónsul argentino´. BIOY: ´Lo cedemos gentilmente al pueblo hermano´. BORGES: ´La lista de los sobrevalorados incluye también a Herrera y Reissig, otro oriental me temo; y a Gabriela Mistral; y también a Neruda, otro oriental, me temo". (Bioy Casares, Adolfo. Borges. Buenos Aires: Destino, 2006: 1505-6).
Gracias a Dios, ninguna opinión en literatura es decreto y ese principio tampoco salva las opiniones de Borges, acaso más debatibles que las de cualquier mortal, por la excsiva arbitrariedad con que solía propinarlas. Así, no es necesario dejar de admirar a Borges para admirar a Quiroga y Arlt, ni viceversa.

Del diálogo de Borges y Bioy, en todo caso, es útil para entender que la obsesiva orfrebrería del lenguaje borgiano, en efecto, lo alejaba de autores como Arlt y Quiroga, para los cuales la relación con la palabra era más de tensión, desarraigo y conflicto que de cultismo o devoción polisémica. Se puede, en efecto, saber mucho de literatura y no entender cierta literatura.

Eso quiere decir que la pregunta borgiana ("¿cuál sería el escritor más overrated?") es tan arbitraria como justificable, según se la quiera ver como edicto ex cathedra o como señal de una concepción personal del arte. Hagamos, pues, esa misma pregunta, y que sea nuestra encuesta de la semana. La primera arbitrariedad, por supuesto, será la lista que yo mismo propongo a continuación, y que se reduce al ámbito iberoamericano.

César Aira
Mario Bellatín
Roberto Bolaño
Diamela Eltit
Carlos Fuentes
Eduardo Galeano
Pedro Juan Gutiérrez
Ricardo Piglia
Elena Poniatowska
José Saramago

Como ven, he dejado a los locales para una próxima encuesta. También vale aclarar que sólo he considerado autores de cierta importancia (en su inmensa mayoría, autores que aprecio mucho), porque hacer una lista de escritores simplemente poco importantes no sería interesante. De allí la presencia de escritores que son obviamente muy significativos para las nuevas generaciones, como Bellatín, Bolaño, Gutiérrez o Piglia.

Como siempre, pueden dejar sus votos en la encuesta en el lado derecho de esta misma página.

Fotomntaje gfp - Fotografía Sololiteratura.

14.6.07

Resultados de la encuesta

José Carlos Yrigoyen, Manuel Fernández, Cecilia Podestá

Nacido en octubre de 1976 y autor hasta ahora de El libro de las moscas (1997), El libro de las señales (!999), Lesley Gore en el infierno (2003) y Los dìas y las noches de José Carlos Yrigoyen (2006), José Carlos Yrigoyen es ya desde hace tiempo --aunque su tono beligerante y el resabio gratuitamente escandaloso de sus declaraciones le vuelva a algunos agria la noticia-- el más visible y uno de los más sólidos poetas de las últimas generaciones.

Su poesía, que suele ser trepidante y que es tan autoexploratoria como épica, tiene por momentos (sobre todo desde Lesley Gore en el infierno) ese tono de monólogo dramático que albergaban las obras del primer Hinostroza y cierta poesía de Verástegui, pero también recoge el guante de otros compatriotas, como Jorge Pimentel y (el cada vez menos leído, por desgracia) Juan Ojeda.

Pues, bien: José Carlos Yrigoyen ha sido el elegido de los lectores de Puente Aéreo en la encuesta de esta semana: ¿cuál es tu poeta post-2000 preferido? Por supuesto, Yrigoyen, como muchos de los otros mencionados en la muestra, comenzó a publicar antes del año 2000, y eso no es ningún obstáculo para su inclusión: Yrigoyen y los otros representan las ramas centrales de la poesía nueva en el Perú, y marcan en gran medida el camino de lo que se hace y se hará en nuestras letras post-2000.

Los resultados (en los que cabe señalar la presencia muy cercana de Manuel Fernández, el novísimo autor de Octubre, y Cecilia Podestá), mostraron, eso sí, que un alto número de votantes no encontró a su poeta preferido en la nómina. Este es el cuadro final, sobre un total de 184 votos:

01. José Carlos Yrigoyen (25)

02. Manuel Fernández (18)
03. Cecilia Podestá (17)
04. Diego Otero (14)
04. Miguel Ildefonso (14)
06. Romy Sordomez (13)
07. Jaime Rodríguez Zavaleta (8)
07. Jerónimo Pimentel (8)
09. José Miguel Herbozo (7)
10. Chrystian Zegarra (4)
11. Roxana Crisólogo (3)
12. Andrés Piñeiro (2)
12. Gastón Agurto (2)
12. Rafael Espinoza (2)
15. Jorge A. Trujillo (1)
16. Elio Vélez Marquina (1)
16. Martín Rodríguez Gaona (1)
16. Julio Llerena (1)
16. Elma Murrrugarra (1)
---- Ninguno de los anteriores (42)

El desdén del crítico literario

Los reseñistas de la prensa americana siguen con temor a los bloggers

Por una noticia aparecida en el blog de Iván Thays llego hasta el artículo The Scorn of the Literary Blog, escrito por Adam Kirsch y publicado anteayer en el diario The New York Sun.

La mayor parte del texto de
Kirsch no hace referencia a los blogs literarios, sino, más bien, a ese apocalipsis paulatino que está extinguiendo, poco a poco, las páginas de reseñas y comentarios de libros en la prensa norteamericana (tema del que les conté hace poco).

Pero el título del artículo es indicativo de lo que parece su motivación central: esgrimir por enésima vez el argumento de que las reseñas literarias de la prensa, los comentarios especializados de libros en diarios y revistas de circulación masiva, deben ser conservados, protegidos y cultivados, entre otras cosas, porque no ha aparecido aún una forma nueva de reseñismo que sea capaz de reemplazar al antiguo con solidez y autoridad.

O, en otras palabras: que si alguien escribe reseñas en la prensa es parte de una institución venerable, respetable y digna de encomio, pero si lo hace en blogs es parte de un hipo circunstancial, pasajero y superficial.

En un intento de no quedar como un cavernario que se asusta ante el primer síntoma de cambio,
Kirsch, hacia el final de su ensayo, observa que su opinión no se refiere a toda la internet como medio, sino a los blogs como espacios para la crítica, y recalca las razones por las que juzga a los blogs baldados para el reseñismo serio:
"Bitesized commentary, which is all the blog form allows, is next to useless when it comes to talking about books. Literary criticism is only worth having if it at least strives to be literary in its own right, with a scope, complexity, and authority that no blogger I know even wants to achieve. The only useful part of most book blogs, in fact, are the links to long-form essays and articles by professional writers, usually from print journals".
Que quiere decir:
"El comentario a cuentagotas, que es todo lo que la forma del blog permite, es poco menos que inútil cuando se trata de hablar de libros. La crítica literaria sólo vale la pena cuando por lo menos intenta ser literaria en sí misma, con una visión, una complejidad, una autoridad que ningún blogger siquiera desea alcanzar. La única parte útil de la mayoría de los blogs, de hecho, son los enlaces a ensayos largos y artículos de escritores profesionales, usualmente tomados de publicaciones impresas".
Kirsch llega a generalizaciones tan absurdas como decir, por ejemplo, que los sentimientos cruciales que guían a los bloggers en sus comentarios de libros son la envidia y la frustración: que sólo son bloggers literarios los que no pueden ser otra cosa. Y, en el colmo de la simplificación, señala una diferencia moral abarcadora: los blogs, dice, operan sobre la base de una larga serie de errores éticos, son intrumentos de venganza, su objetivo principal es atacar a aquellos que sí tienen relevancia en el mundo literario, etc.

Pero, curiosamente, para alguien que iza la banderita de la seriedad con tanta unción de grupo, el punto en el que más agua hace Kirsch es justamente aquel en el que expresa las razones por las que cree que el blog es, como forma, inútil para la crítica: los blogs, dice, requieren de textos demasiado pequeños, son por su dinámica muy fragmentarios, hechos de retazos, y sus autores son muy poco rigurosos.

Llama la atención comprobar que lo que hace
Kirsch es repetir, en nombre de los críticos de prensa y contra los bloggers, las mismas objeciones que los críticos académicos han puesto a los de prensa durante décadas y décadas.

(Sólo que, además, esta vez esos argumentos son falsos: dependiendo de la voluntad del blogger y de su intención, un post crítico puede, evidentemente, ser tanto o más coherente, articulado, complejo y agudo que cualquier texto de prensa, y su forma no le quita nada a la forma de la reseña impresa, salvo rigidez: sólo le añade movilidad e intertextualidad. Es tan obvio, que parece una pérdida de tiempo decirlo).


La argumentación de Kirsch llama incluso más la atención porque el crítico parece no haberse dado cuenta de que la distancia entre la forma de los blogs y la del reseñismo impreso en que él participa es cada vez menor: su nota de The New York Sun aparece en el website del diario, en efecto, en un formato que prácticamente en nada se diferencia del de un blog: comentarios de lectores, réplicas, discusiones y contactos incluidos. A Kirsch lo han convertido en blogger y no se ha dado cuenta.

Fotomontaje gfp sobre foto de Getty Imgaes.

12.6.07

Cuestión de perspectiva

Una observación sobre la poesía de hoy y la lectura de la tradición

El nuevo oficio de encuestador me tienta a pensar sobre cierto asunto: es explicable que cada quien conozca mejor su propia época que las épocas ajenas, que cada quien establezca con su mundo un diálogo más fluido y numeroso que con los mundos del pasado. Sin embargo, en literatura, todo diálogo implica una tradición y toda tradición un ramaje de influencias, cruces e intersecciones.

En literatura es imposible conocer la propia época si se desconocen las pasadas, porque, aunque parezca absurdo, aunque parezca contraintuitivo, uno no se vincula con su propio tiempo directamente, sino a través de las infinitas mediaciones de la tradición, así como, en un árbol genealógico, uno sólo se vincula con sus primos a través de los propios padres, los abuelos y los padres ajenos, es decir, remontándose a los nudos y las articulaciones del pasado.

(Para decirlo con un ejemplo transparente: en cierta forma la relación entre
Belli y Eielson es meridiana: ambos crecieron en un mismo periodo, brotados de una misma sociedad, rodeados de unas mismas coyunturas políticas, etc. Pero la totalidad de sus vínculos es radicalmente ininteligible si uno desconoce el surrealismo francés, el barroco español, el misticismo medieval tardío, etc. Y eso, que es verdad para nosotros, era verdad para cualquier contemporáneo de Eielson y Belli que quisera desentrañar el lazo entre ambos, y era verdad también para los mismos Eielson y Belli, puestos a leerse el uno al otro).

Yo soy de los que creen que la poesía peruana, que sigue siendo de las mejores de la lengua hispana, no tiene hoy el nivel que tuvo en las generaciones que aparecieron treinta, cuarenta o cincuenta años atrás. Creo que nuestros mejores poetas vivos son autores que escriben ya desde hace décadas (Montalbetti, Cisneros, Lauer, Hisnostroza, Varela, Belli, Verástegui, etc) y tengo la sensación de que pocos entre los novísimos han puesto los primeros ladrillos de su obra con la solidez con que aquellos fijaron los suyos (no voy a decir quiénes me parecen los más interesantes porque, precisamente, hay una encuesta todavía en marcha).

Me sorprende la multiplicación insólita de nombres que se ha producido en los comentarios a la encuesta: al parecer, a juzgar por las respuestas de algunos comentaristas (respuestas que agradezco infinitamente y que aprecio y respeto: no se me malentienda), hay alrededor de cincuenta o sesenta poetas jóvenes en el Perú que merecen ser considerados figuras descollantes. Me pregunto cuántos en el Perú han (o hemos) leído con alguna atención no a sesenta u ochenta, sino, digamos, a veinte o treinta poetas isabelinos, a veinte o treinta naturalistas franceces, a veinte o treinta modernistas italianos, a veinte o treinta simbolistas, a veinte o treinta surrealistas, a veinte o treinta poetas clásicos griegos.

Esto que digo no es ni un arranque esnobista ni mucho menos una declaración de antipatía ante quienes, sumergidos en la literatura de su tiempo, no hacen un espacio en sus lecturas para aproximarse a mundos ajenos (aunque, al fin y al cabo, valdría la pena la observación: la literatura es ante todo un ejercicio de alteridad, de conversión en otro y en otros). Lo que quiero decir es, simplemente, que la extrema atención a la obra de nuestros contemporáneos nunca nos debería alejar --sobre todo a quienes tengan con la literatura una relación que trascienda la simple afición y el diletantismo--, nunca nos debería alejar, digo, de la exploración de otros ámbitos y de otros tiempos.

(Si quieren ponerlo en los mismos términos antipáticos que usé hace un rato: si en mi panorama la generación peruana post-2000 tiene más autores imprescindibles que el siglo de oro español o la poesía clásica latina, es sumamente probable que algo ande mal en mi formación literaria; es sumamente probable que esté viendo la literatura peruana con los mismo ojos chauvinistas con que un hincha del Municipal cree ver en los partidos domingueros de su equipo jugadas más brillantes que en la final de un mundial: no es necesario renunciar a una cosa para adquirir la otra: la relación con nuestro presente literario necesita proximidad y distancia a la vez).


La literatura es, ciertamente, un ejercicio expansivo y una derrota de las fronteras. Si empequeñecemos su mapa hasta el punto en que sólo somos capaces de entenderla con la lógica de un campeonato interbarrios, o de un partido de fulbito de solteros contra casados, es decir, si en nuestro panorama las clasificaciones más singnificativas son "los poetas de la Católica" vs. "los poetas de San Marcos", entonces hemos malentendido y colapsado la mejor de las opciones que la literatura nos da, que es, precisamente, la de abandonar el confinamiento de nuestros pequeños mundos para concebir un mundo más ancho.

Dicho sea de paso; ahí está la clave de mi reciente fiebre encuestadora: en efecto, me gustaría que fuéramos capaces de distinguir la paja del grano, de trazar mentalmente el esquema de las nuevas generaciones y percibir sus puntos cruciales. Es evidente que nadie puede predecir las alturas que la obra de un joven alcanzará en el futuro, pero eso no quiere decir que no podamos discutir las alturas que los jóvenes están alcanzando ya, y, sobre todo, las maneras en que están llegando a esos lugares. Y para poder entender eso tenemos que leer mucho, muchísimo, de lo que se escribió años e incluso siglos antes de que esos jóvenes poetas nacieran.

Fotomontaje gfp.