30.4.08

Más allá de andinos y criollos

Una propuesta para mover el centro (del debate)

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Una de las razones cruciales por las que la literatura brasileña es tan distinta de las demás literaturas latinoamericanas, sobre todo desde inicios del siglo pasado, es que en Brasil, en las primeras décadas del siglo veinte, la literatura más antropológica, más
étnica, más ligada a los mitos y a la tierra brasileña, fue también la más experimental y la más vanguardista: su hito vertebral fue la deslumbrante Macunaíma, novela de un autor clave de las letras brasileñas de ese tiempo, Mário de Andrade.

Mientras, en lugares como el Perú, la vanguardia experimental andina quedaba limitada por su carácter satelital y su desconexión de los circuitos culturales capitalinos,
Macunaíma --una novela que reescribe un sinnúmreo de mitos indígenas de etnias distintas, los integra en una sola narrativa, los revive y anima de nueva luz con su introducción en el escenario occidental de Sao Paulo y otros ámbitos urbanos y metropolitanos--, nació en el centro mismo de los circuitos nacionales, como epicentro de la reelaboración brasileña de las ideas de arte moderno, experimentación y búsqueda, y se convirtió en origen y fuerza mayor en la intrepretación de la pertenencia específica y la pertinencia de las distintas manifestaciones artísticas en la reescritura de la brasileñidad.

De allí en adelante, en Brasil se volvería poco menos que inútil distinguir entre el indigenismo y la vanguardia, el experimentalismo y el afán regionalista, la búsqueda estética de lenguajes novedosos y la búsqueda antropológica de las formas de vinculación entre lo nativo y lo mestizo o lo criollo:
Macunaíma demostró muy temprano que más importante que la distinción era seguir la ruta de la reunión, la investigación sobre las relaciones interculturales y la forma en que ellas se establecían, es decir --en el lenguaje crítico contemporáneo que entonces no había sido acuñado--, la reflexión sobre la transculturación.

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En el Perú, mientras tanto, incluso Arguedas, debido entre otras cosas a su inmersión en la conocida polémica con Cortázar, a raíz de la cual se le pasó a identificar injustamente como una fuerza inerte (incluso conservadora, si se atiende a las razones de su tristemente célebre debate con los científicos sociales) en el terreno de la experimentación literaria, por contraste con la figura del argentino, gran renovador formal de las letras hispanas en ese tiempo, incluso Arguedas, digo, en los mismos años en que escribía sus obras finales, las de mayor audacia formal y mayores hallazgos modernistas, fue condenado en el imaginario literario de muchos en el Perú a caer bajo la etiqueta del tradicionalismo, como si su obra no representara una de las supremas búsquedas de armonizar la modernidad occidental con el flujo de la sangre cultural indígena como una de sus savias vivificadoras. (Y a pesar de que Arguedas, en las postulaciones de Ángel Rama, es el agente transculturador por excelencia).

De esos desencuentros y malentendidos proviene uno de los errores más inocentes de la crítica literaria peruana posterior (no tanto la crítica académica, temáticamente especializada, sino, sobre todo, la crítica de relativo alcance mediático): el error de identificar las literaturas llamadas criollas con el afán de modernización y la vitalidad de la apertura a las grandes corrientes estéticas occidentales, e identificar, como contraparte, a las literaturas llamadas andinas con un afán de recordación pasatista, de mantenimiento exclusivo y excluyente de la tradición de los mundos de la sierra, de conservación antropológica y reiteración de una historia monocorde y detenida en el estadio del viejo indigenismo.

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¿Qué pásaría si en vez de leer nuestra narrativa reciente en los términos socioculturales implicados en la división de andinos y criollos, o en los términos políticos que supone la clasificación en literatura social o progresista y literatura conservadora o burguesa, la leyéramos atendiendo a su mayor o menor impulso recreador, experimental, es decir, atendiendo por sobre todo a cuán presente o ausente está en cada libro el aliento por hacer de la obra literaria (como decía Hauser sobre
Las señoritas de Aviñón de Picasso) un campo de batalla para la creación de un nuevo lenguaje creativo?

Creo sinceramente que --además de ser un camino para, si no resolver, al menos circunnavegar la aporía de la falsa división de andinos y criollos--, si atendieramos a la experimentación y la búsqueda como los rasgos definitorios para dibujar el mapa de nuestra narrativa más reciente, obtendríamos como resultado unas agrupaciones sensiblemente más productivas que aquellas de las que hemos estado echando mano hasta hoy, y que esas agrupaciones nos permitirían discutir aspectos de nuestra literatura que están quedando inhollados por la crítica.

A ojo de buen cubero, tendríamos que observar que buena parte de la literatura llamada andina es experimental en el sentido más habitual del término: desde las novelas y cuentos de Enrique Rosas Paravicino y Óscar Colchado Lucio, que mixturan los discursos occidentales con los míticos y las formas narrativas de la tradición occidental con las de la oralidad andina, hasta los relatos de la violencia social y política de escritores como Carlos Thorne, en cuyos textos la multiplicidad de los planos narrativos entrecruza puntos de vista, voces y focalizaciones con una enorme complejidad que no es sino la señal visible de su intento de mostrar la densidad propia de la sociedad que intenta representar.

Está en una constante búsqueda formal Oswaldo Reynoso, que jamás aquieta ni aburguesa la textura de sus obras, y que sigue hoy como hace cincuenta años a la caza de una frase precisa, que recoja en el lirismo de su expresión la trama social que se teje en torno a la presencia de cada uno de sus personajes. Pero no es menos experimental Enrique Prochazka, escritor que habitualmente es identificado entre los criollos, y en quien, sin embargo, es tan frecuente como en el mismo Reynoso la intención de lidiar con los temas populares desde formas literarias innovadoras, haciendo ingresar la complejidad de los mitos griegos, por ejemplo, en relatos cuyo referente inmediato son los pueblos jóvenes de la capital.

Vargas Llosa mismo parece más tentado a la experimentación cuando ingresa en los temas indígenas --que le deberían ser ajenos si atendiéramos a la maniquea división de andinos y criollos--, que cuando se transporta, como pez en el agua, en los temas urbanos o por entero occidentales. No en vano su último texto eminentemente experimental fue
El hablador, novela en que los modales y la ética de la transculturación eran asunto esencial.

Por otro lado, la búsqueda formal parece menos presente en autores como Alonso Cueto, Fernando Ampuero, Santiago Roncagliolo, escritores que resultan más claramente ligables con diversos registros de lo que podríamos definir como el grado cero de la escritura popular culta, para tomar una frase de Vargas Llosa: novelas que recurren al lenguaje estándar de la novela contemporánea e intentan hacerlo productivo narrativamente sin que ensanchar sus fronteras o empujar sus límites establecidos sea una prioridad de sus quehaceres, más próximos, en todo caso, a la reificación de géneros populares (la novela de misterio, la novela romántica, la novela policial, el romance alegórico) con la incorporación de modales tomados de la novela culta; un lugar al que cada uno ha llegado por rutas distintas, y en el que obtienen logros muy diversos, por cierto.

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Pero sería de un apresuramiento ciego decidir que, siendo Ampuero, Cueto, Roncagliolo, algunos de los autores más indentificados por lo común con la llamada narrativa criolla, se puede decidir que cierto conservadurismo formal es el rasgo que distingue a ésta de su contraparte andina. De hecho, por un lado, la experimentación formal no es característica crucial en las obras de autores como Luis Nieto Degregori, el último Zavaleta, Dante Castro o Zein Zorrilla; por otro lado, incluso los autores que mencioné inmediatamente antes --Ampuero, Cueto, Roncagliolo, pero podría añadir a muchos otros-- muestran continuamente un interés por hacer que su literatura trascienda de sus escenarios próximos (la metrópoli, la cultura de la clase media limeña, etc.) para extender caminos de reconocimiento con el mundo popular, la provincia, o las zonas segregadas por la hermeticidad del centralismo capitalino, y en ese afán se ven conducidos al intento de asumir miradas ajenas, perspectivas que no coinciden con las suyas, formas de dialogismo. Y, por último, la narrativa llamada criolla tiene a prestigiosos experimentadores formales y temáticos que añadir a la lista: Iván Thays, Mario Bellatín, Peter Elmore, entre otros.

Aún con los autores que enumeré al principio, sin embargo, e incluso si les sumamos la marea de literatura experimental llegada a nuestra narrativa con la última generación (Chávez, Neyra, Castañeda, etc.), no es del todo desencaminado decir que los diversos tonos estandarizados prevalecen en la novela peruana reciente (Benavides, Alarcón, Iwasaki, Ampuero, Cueto, Zavaleta, Gutiérrez, Rivera Martínez, el último Vargas Llosa, etc.) y que su número opaca al de los experimentadores formales.

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En este punto, quiero avanzar una hipótesis debatible pero interesante: que la aparente cesación del experimento formal en buena parte de la novela peruana, tanto en el lado llamado andino como en el llamado criollo, no responde tanto ni a un desinterés por la búsqueda de una nueva expresión en la ladera andina ni a un abandono cosmopolita en la vertiente criolla, sino que la relativa estabilización de sus lenguajes es consecuencia de un traslado del aliento vanguardista a un nuevo campo: no el formal sino el temático, no el de la urdimbre de nuevos modos textuales, sino al tejido de nuevas conexiones entre escenarios distintos, culturas distintas, voces distintas.

Me arriesgo a suponer que el verdadero gesto de vanguardia en la narrativa peruana consiste precisamente en el cruce de la imaginaria línea divisoria del mundo criollo y el andino y que los autores que caminan a través de esa frontera, de ida o de vuelta, o de ida y vuelta, son quienes están haciendo más por la construcción de una literatura peruana comprensiva, capaz de reconocer lo ajeno como propio y de reconocer lo ajeno en lo propio.

Me arriesgo a decir, además, que ese tránsito es más frecuente de lo que parece, y que su punto de partida se da por igual en ambas orillas: en el antropólogo vargasllosiano que viaja a la selva a convertirse en un hablador machiguenga; en el niño de Alarcón que viene a la capital a buscar la huella de los desaparecidos de su pueblo; en los romances truncos pero posibles de Cueto, que abarcan geografías vastas y clases lejanas; en las indagaciones de Benavides sobre las reformas del velascato; en las ensoñaciones barrocas de Reynoso y en los cuerpos de sus adolescentes provincianos migrados a la capital; en las largas genealogías criollas de Rivera Martínez y Miguel Gutiérrez, y en tantos, tantos otros que comprenden que el Perú no está en la esquina de su casa, y que están dispuestos a caminar y caminar hasta encontrarlo.

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Sin embargo, necesito observar que ese gesto que he llamado vanguardista, tarde o temprano, va a tener que ponerse al día con la tarea pendiente del lenguaje: que no se puede estar en la línea frontera de una avanzada siguiendo las fórmulas que otros han diseñado, y que la experimentación formal tendrá que reclamar su lugar en ese movimiento para que el movimiento deje de ser un camino a la ruptura del molde y se consume plenamente. La reconciliación del experimento (que define al arte) con la representación de la comunidad y el retrato del aire de los tiempos (que define la mayor parte de la tradición peruana) habrá de tomar formas que aún no sospechamos, pero habrá de producirse de una manera u otra; ha ocurrido en los mejores momentos de las letras peruanas, con autores como Vallejo, Arguedas y Vargas Llosa, y volverá a ocurrir en un futuro no muy lejano.

"Cultura culta"

Cómo leer a Proust y comerse un tacutacu

Hace unos días, debido a un funesto video colgado y descolgado de cierto blog, me enteré de que existe una cosa que se llama "cultura culta", que aparentemente es un concepto bastante más mezquino que su englobadora contraparte, que, supongo yo, ha de ser la "cultura inculta", o algo por el estilo.

En verdad, claro, no descubrí la confusión en ese video: cada cierto tiempo uno se encuentra con alguien que habla con cierto desprecio de la "cultura culta", como una construcción elitista opuesta a una concepción abarcadora de cultura en la que cabe incluir "todas las manifestaciones o producciones culturales".

Dejemos de lado la circularidad de la definición. Basta con señalar que quienes practican esa distinción son como el enciclopedista chino que clasificaba los animales en varios grupos: los embalsamados, los que le pertenecen al emperador, las sirenas, los otros, etc. Es decir: están ejerciendo una clasificación con categorías arbitrarias, incompatibles e inconmesurables, creadas para designar objetos de distinta naturaleza.

Una cosa es la cultura en términos de la definición operativa de los antropólogos (donde cultura es, en efecto, la densa e intricada red de producciones de una sociedad --sus conexiones, sus creencias, sus concepciones, sus representaciones y autorrepresentaciones, su imaginario, su conducta social, sus relaciones internas y sus proyecciones al exterior, etc.--, es decir, la cultura que subsiste, se crea y se recrea por el impulso de la marcha social, y que seguiría creándose y recreándose incluso si nadie estuviera especializado en poner a andar ninguno de sus varios aspectos.

Otra cosa es la cultura en términos de producción artística; es una red no menos intrincada (va desde la composición de cómics, novelas, piezas teatrales, música de cualquier género, etc., hasta su inducción en un circuito de consumo y decodificación), pero es un subconjunto específico y especializado de la otra; sólo subsiste en la especialización; es producción consciente y por lo tanto es promotora de una problematización sobre sí misma y sobre el mundo: es, en suma, una actividad siempre estética, moral, intelectual, reflexiva y refleja.

No se puede estar "a favor" de este segundo tipo y "en contra" del primer tipo. Decir eso es tan absurdo como decir que quien está a favor de la lectura de Proust o de Art Spiegelman está en contra del consumo de tacutacu o de la institución del matrimonio. ¿Suena ridículo? Es que es ridículo.

Daniel Salas
(a quien le debo todo lo que sé de cultura y tacutacus) ha escrito en el Gran Combo Club un excelente post (La tecnocracia: un análisis de cultura "inculta") que tiene mucho que ver con este tema y que les recomiendo de veras.

29.4.08

El otro paraguayo

El semisecreto Gabriel Casaccia

La literatura paraguaya es muy probablemente la menos conocida de las letras hispanoamericanas. El único nombre que viene a la memoria de muchos con facilidad es el de Augusto Roa Bastos. Los autores anteriores a él son secretos y los posteriores, desconocidos.

Aunque pasé un tiempo hace años buscando y revisando libros paraguayos, y en algunos casos la búsqueda me deparó sorpresas plausibles, hay solo un nombre que me interesa recomendar y que es recomendable sin reparos: Gabriel Casaccia.


Casaccia es el gran clásico paraguayo anterior a Roa Bastos (siendo diez años mayor que Roa, murió veinticinco años antes: 1907-1980). Es autor de una novela de lectura obligada en el Paraguay:
La babosa, un retrato crudo y pesimista de los habitantes de la ciudad de Areguá, criaturas veleidosas cuando no banalizadas, y crueles, a veces brutales, rendidas a sus bajas pasiones y a los rituales de una sociedad decrépita y sin embargo feroz.

Pero, incluso antes que por esa novela nada desdeñable, quien quisiera conocer a Casaccia debería comenzar por un libro de cuentos notable,
El guajhú, colección de historias en las que, a través de emocionantes anécdotas de la vida campesina, pobladas de montoneros y asaltantes, pequeños dictadores y criminales de poca monta, y familias destrozadas por el rencor y el odio visceral, Casaccia consigue construir un cuadro fragmentario y sin embargo abarcador del Paraguay de la primera mitad de siglo pasado, en el que tiene protagonismo crucial la impotencia de la gente común ante el ciclo de rebeliones y contrasubversiones, autoritarismos y segregaciones, conflictos intestinos y crueldades aleves que marcaron la historia del país.

Es sin embargo en el campo de la psicología del individuo donde Casaccia se descubre magistral, y es capaz de dotar a su ficción de una virtud inestimable: al duro realismo con que construye la ontología de sus cuentos, y al aliento postindigenista de las historias, Casaccia añade una dimensión aterradora y sensible a la vez, con la construcción de psicologías tan angustiadas y enfermas que las obsesiones, los miedos y los deseos reprimidos de sus personajes se vuelven tan materiales como ellos mismos, tan visibles y tangibles como ellos. El realismo se desdobla a veces en misterio sobrenatural, a veces en sugerencia fantástica --como en el cuento que da título a la colección, donde un perro sirve de símbolo variable para reflejar en él la vida interior de dos hermanos antagónicos--, y los relatos entonces se descubren como mucho más sofisticados de lo que su lenguaje, endeudado con el de las narrativas regionalistas, permitiría suponer a primera mirada.

Borges postapocalíptico

Una anotación sobre "El informe de Brodie"

Debido a mi poca atención o a mi mala memoria, suponía que una de las pocas especies narrativas fantásticas en las que Borges no había incursionado era la ficción postapocalíptica. Los lectores que estuvieran de acuerdo conmigo necesitarían darle una mirada a
su cuento "El informe de Brodie".

El informe que escribe el misionero escocés David Brodie sobre la tribu de los Mlch, a quienes llama Yahoos, con giro swiftiano, no sólo es la revelación de la existencia de una etnia de comedores de gente, desposeídos de un lenguaje capaz de formar oraciones, adoradores de dioses de carne y hueso, regidos por gobernantes a quienes cubren de estiércol y cuyas extremidades trozan apenas los ungen reyes.

Es, además, la crónica de un grupo humano "degenerado" a partir de una cultura que en el pasado conoció una forma compleja de civilización, que escribía complicadas composiciones con símbolos similares a las runas y con una capacidad de abstracción de la que en sus descencientes queda escasa huella.

Borges, que en "Deutsches Réquiem" describió la derrota alemana en la segunda guerra mundial como el suicidio bestial de toda una cultura, y que en "In Memoriam JFK" supuso que la humanidad entera podía condenarse a la extinción con la creciente sofisticación de sus armas de guerra, en "El informe de Brodie" imaginó un pueblo entero degradado al virtual salvajismo como consecuencia de un apocalipsis insensible, gradual, acaso invisible.

El "Informe de Brodie" es un ficticio documento antropológico y un cuento futurista.

28.4.08

Resultado de la encuesta

Y una pregunta que sigue sin respuesta

Tomando como muestra a los primeros cien votantes, la encuesta que propuse hace unos días dio como resultado un 79% de lectores opuestos a la nueva manera de confeccionar el ránking de Perúblogs.

La opción más votada fue la que hablaba de no hacer un ránking general, sino solo ránkings por categorías, considerando el número de visitas a cada blog (28%). La segunda opción más popular fue la de mantener el conteo cómo era: un solo ránking que contabilice las visitas totales de cada bitácora.


A propósito, a nadie en Perúblgos le ha interesado responder esta pregunta (mía y de otros blogs y de varios lectores, muchos de nosotros usuarios de Perúblogs): ¿no hay una evidente incompatibilidad de funciones, por decir lo menos, si la empresa que confecciona el ránking coloca blogs producidos por ella misma (ejemplo: UteroTV) en dicho ránking?

Después de todo, si algún día el negocio funcionara, y cayera algún despistado anunciador en esos blogs, lo haría atraído por un índice de popularidad que los propietarios del blog manufacturan ellos mismos. Es como si Ibope fuera propietaria de canales de televisión. Raro, ¿no?


Quipu 3: Juan Osorio Ruiz

Un nuevo cuento en el proyecto Quipu

El tercer escritor elegido para su publicación en Quipu es el hasta hoy inédito narrador Juan Osorio Ruiz, nacido en Huancayo en 1976.

A partir de la fecha, Quipu anuncia que sus ediciones serán mensuales y ya no quincenales, de modo que los cuentos o poemas ganadores serán publicados por la red de blogs asociados al proyecto no cada dos lunes, sino cada cuatro lunes de ahora en adelante, para facilitar la labor de las personas encargadas de la evaluación.

Asimismo, comunicamos a los lectores y participantes que uno de los ofrecimientos que recibimos en un principio, la publicación impresa de los textos en el suplemento Identidades del diario El Peruano, no se ha podido mantener en pie en razón del poco espacio disponible en el periódico, motivo que escapa al poder de los encargados de este proyecto.

Las bases de participación, recuerden, son muy simples: basta con cumplir al menos uno de los siguientes requisitos: (a) ser menor de treinta años; (b) no haber publicado más de dos libros, (c) no haber publicado nunca en una editorial limeña.

Ripucuchcaniñam ccamña allimlla
Juan Osorio Ruiz

Mi bisabuela llegó desde Huancavelica unos meses después de la muerte de mamá, a mitad de una tarde en la que las ventanas lagañosas impregnaban de frío la sala de mi casa. Llegó del brazo de mi padre, su nieto, envuelta en sus innumerables polleras, luciendo un sombrero gris decorado con coquetos ribetes rojos, saludándonos con tiernas frases quechuas llenas de diminutivos y con una minúscula maletita en la que traía todo lo que necesitaba: una que otra prenda de ropa, una bolsita con menjunjes que sólo ella sabía utilizar y el álbum de fotos familiares de contenido casi arqueológico.

Una vez instalada en la que era hasta entonces mi habitación, mi padre nos convocó a mis hermanas y a mí para pedirnos estar siempre solícitos y atentos con ella por lo avanzado de su edad. Sin embargo, pronto descubrimos que mi bisabuela tenía la rara cualidad de anticiparse a todo, y a todos: se levantaba muy temprano y con el caminar propio de quien ha comprendido que hay un momento en la vida a partir del cual toda prisa es inútil, pues todo plazo se vence y toda prerrogativa se acaba, se dirigía a la cocina a preparar el más viscoso y más delicioso quáker con leche del mundo. Y antes de que cualquiera de nosotros dijera “Buenos días abuelita” ya estaba ella disponiendo las ollas y cortando las verduras en trocitos de exactitud matemática para prepararnos el almuerzo. Y mientras se cocían las verduras y echaban color los guisos, se sentaba al lado de la cocina a gas, que desdeñaba en un comienzo, a saborear sus trocitos de pan remojados en quáker con leche, haciendo largas pausas y dando mordiscos suaves y periódicos, cual sacerdote en ofrenda eucarística, con una parsimonia que no era producto de la disminución de sus fuerzas, sino de su sabia actitud ante la vida.

Mi abuelo, su hijo, había llegado también a nuestra casa un mes antes a insistencia de mi padre pues los muchos años de bohemia le estaban pasando factura (intereses moratorios incluidos) y aunque a regañadientes, había sido internado en una clínica cercana donde tratarían de curarlo. No había pasado ni una semana desde la llegada de mi bisabuela cuando recibimos la noticia de que los riñones de mi abuelo habían dejado de funcionar. Tras una corta agonía falleció por insuficiencia renal.

Dicen que mi bisabuela había criado a mi padre, su nieto, a mi abuelo, su hijo; había cuidado también de su esposo, mi bisabuelo, y desde muy corta edad, se había encargado de la atención de su padre, mi tatarabuelo. A la luz de los resultados, su caprichosa buena salud no había sido un don tan preciado pues mientras los eslabones más antiguos de esa cadena interminable que es una familia, se habían ido muriendo, a ella le había tocado en suerte mantenerse a pie firme sosteniendo la cadena, sepultando a los más antiguos, y cuidando de los más jóvenes sin emitir queja alguna.

Al contrario de lo que todos pensábamos, la partida de su hijo, mi abuelo, no la afectó demasiado, parecía siempre encontrarse de buen ánimo, excepto algunas mañanas muy temprano, cuando yo la sorprendía sentada en el jardín interior de la casa, con la mirada perdida y hablando sola con ese tonito arrullador que sólo la gente de la sierra es capaz de pronunciar, delicioso, melancólico y musical.

A partir de la muerte de mi abuelo fuimos nosotros, sus bisnietos, los destinatarios de toda su atención; sus mimos se hicieron más prolíficos, sus comidas más reconfortantes, las conversaciones en quechua con mi padre fueron más subliminales a mis oídos y los tejidos de tupida lana con los que nos enfundaba para soportar el frío serrano no tuvieron comparación.

Pero pronto la acrobática economía familiar fue ensombreciendo nuestro cómodo chalet como se oscurecen las tardes antes de una severa granizada. Mi padre era un policía ejemplar pero un pésimo negociante. Y si bien al comienzo no todo el dinero se perdió en las dislocadas empresas que iniciaba, su soledad terminó deprimiéndolo y conduciéndonos a todos a los linderos de la ruina.

Así pasaron varios meses en los que algo fue cambiando en casa. A medida que mi padre se sumía en más deudas, los cariños de mi bisabuela fueron adquiriendo una dimensión distinta, aunque se mostraba excesivamente maternal, nosotros ya estábamos bastante crecidos como para aceptarla como reemplazante de nuestra madre. Aunque no era su culpa, había llegado a nuestra casa demasiado tarde, a destiempo. Así que pronto sus cariños nos hostigaron, sus comidas perdieron el encanto y hasta mis hermanas prefirieron enfrentar al frío invierno en los brazos de algún adolescente oportunista y ya no con las chompas de lana tejidas por mi bisabuela.

Entonces ella, silenciosa y discreta, no hacía mayor cosa que acurrucarse al lado de la cocina a gas, que ya no desdeñaba tanto, inquebrantable en su intención de confeccionar innumerables prendas de lana con la esperanza de que alguna vez volviéramos a usarlas.

Así, nuestra anciana huésped fue paulatinamente convirtiéndose en un mueble confinado en un rincón de la cocina, aferrada a sus costumbres e imposibilitada de comunicarse con nosotros por las distancias del idioma y las insalvables brechas abiertas por el tiempo y las circunstancias.

Aquella noche mi padre había llegado borracho a casa y mi bisabuela, diligente como siempre, le había servido una gran taza de café cargado, lo había llevado hasta su dormitorio y le había intentado quitar los zapatos antes de recostarlo en su cama. Mi padre, obnubilado por el alcohol, se había empecinado en dormir con los zapatos puestos, algo que para mi abuela era inaceptable. “Déjame tranquilo que tú no eres ni mi esposa, ni mi madre” le había imprecado. Tras una pausa prolongada, ella sólo llegó a decir: “Ripucuchcaniñam ccamña allimlla” y en silencio se retiró a su habitación.

A la mañana siguiente, cuando me levanté, encontré ropas tiradas a lo largo del oscuro pasadizo que conducía al jardín interior; allí, junto a la puerta, se encontraba mi bisabuela sentada en una diminuta banca que se ahogaba entre sus polleras, cortando con unas viejas tijeras la última chompa que había tejido con incansable esmero. Sus labios susurraban una cancioncilla medio triste y medio dulce que me pareció reconocer, quizá de algún tiempo remoto en el que yo aún no existía.

Caminé hasta colocarme junto a ella, sus delicadas manos soltaron las tijeras y me acomodaron el cabello dándome luego la usual nalgadita convertida en caricia. “Ripucuchcaniñam ccamña allimlla huahua”, me dijo a mí también. A pesar de no entender el significado de aquella frase impronunciable para mí, supuse que quería que la dejara sola. Mientras ella retomaba sus insondables pensamientos me escabullí hasta el umbral de mi dormitorio desde donde todavía podía verla. Su canción terminó unos minutos después para dar paso a un silbido entonado, alternado con gorgoritos deliciosos que me hicieron sonreír. Y con toda calma, como la había visto desde su llegada, se levantó y caminó hasta su cuarto, abrió aquella diminuta maleta con la que había arribado, sacó las fotos que guardaba celosamente y las puso en su velador, en su lugar introdujo los retazos de las prendas de lana que había cortado; la cerró sin prisa, la puso debajo de su cama y se acostó.

La mañana estaba sorprendentemente quieta y tibia, las paredes verde pastel de su habitación hacían ver su cuerpo más pequeño y más distante. Alguna avecilla dejaba oír su trinar en el preciso instante en el que comprendí lo que sucedería después.

Con la mirada incrustada en el techo se persignó juntando sus manos, rezó con ese repetido susurro algodonoso y cuando hubo terminado se persignó, tomó la colcha que le llegaba hasta la cintura y se cubrió el cuerpo y luego el rostro, hasta quedar en la posición exacta en la que quedan los muertos. Y luego partió, partió en busca de la muerte que la había dejado olvidada en mi casa.

27.4.08

¿Y la integridad?

Sobre las mentiras de La ventana indiscreta

En uno de sus mejores cuentos, Borges alude a un dramaturgo que escribe sus obras en verso porque el verso "impide que los espectadores olviden la ireealidad, que es condición del arte". Por supuesto, en los relatos borgeanos se encuentran innumerables ejemplos de narradores que aseguran que lo que ellos cuentan jamás sucedió, que señalan que sus historias son apenas hipotésis, imaginaciones y juegos, criaturas inventadas.

Desde orillas distintas abundan los autores que sostienen lo contrario: que el milagro de la fantasía literaria radica precisamente en la capacidad de la ficción de hacerse pasar por realidad, de asumir la forma de la verdad y contrabandearse tras ella, fingiendo veracidad donde hay invento: la suspensión del descreimiento, del que tanto se habla, la inmersión del espectador en el disfraz de la pseudorrealidad.

Ese debate es posible en la literatura, y en otras artes cuya espina dorsal es la transmisión de ficciones: unos optan por el contrabando de ilusiones arropadas de verosimilitud, otros por conscientemente sabotear la falsificación o hacer notar que es tal. Cuando, en un terreno ajeno a estos, se opta por hacer pasar por real aquello que no lo es, acaba el terreno de la ficción y empieza el terreno de la mentira.

Utilizar los medios de la narración ficcional (el montaje, el recorte, la fragmentación, el reacomodo de las piezas, la supresión de datos cruciales, la introducción de informaciones fingidas, la dramatización, el atizamiento de temores, de tensiones, de expectativas) fuera del campo de la ficción, es un arma legítima, tan legítima como la retórica y la mera estética. Pero cuando esas armas se usan, en tales terrenos, para hacer pasar por verdadero aquello que no lo es, se está traicionando un pacto implícito de lectura: aquel que nos dice que, por ejemplo, cuando accedemos a una información periodística, accedemos, si no necesariamente a la verdad, por lo menos sí a lo más cercano a la verdad que el periodista sea capaz de decirnos.

En el Perú estamos acostumbrados al periodismo amarillo, a la prensa del escándalo y al noticiario espectacular. Luego de una década de fujimorismo, hemos perdido de vista el hecho de que los periodistas deben tener un compromiso mayor con la verdad que con sus intereses o los intereses de sus empleadores o de los poderosos que los cobijen o los promuevan. Poco es el periodismo peruano que no tiene elementos de propaganda, de programa político coyuntural, de golpe bajo, de campaña de lapidación y desprestigio.

No importa cuántas veces se descubra que un periodista dice mentiras conscientemente: ese periodista, si es peruano, siempre tendrá el campo libre para seguir diciéndolas. Muchas veces, su capacidad de contar mentiras es vista como una de sus virtudes: es un periodista en serio, un periodista curtido, se agarra de pico a pico con los políticos, que son mentirosos y corruptos, y les gana en su terreno: ser un mitómano a sueldo es parte de la labor diaria de más de un periodista.

El reportaje de César Hildebrandt Chávez en La ventana indiscreta sobre el caso de la estudiante Melissa Patiño compromete muy seriamente la integridad de Hildebrandt como persona y como profesional del periodismo, y lo mismo puede decirse de su jefa, Chichi Valenzuela, para quien las arbitrariedades, mentiras e inexactitudes de ese informe no pueden haber sido más evidentes, y que sin embargo no encontró problema en hacerlo público.

La ventana indiscreta se ha vuelto desde hace bastante tiempo un productor desagradable de amarillismo, el origen de una modesta generación de periodistas dispuestos a obedecer cualquier orden, por atrabiliaria que sea, y hacerse de la vista gorda ante el hecho incontrovertible de que ese programa tiene muy poco interés en informar, que su objetivo real es servir políticamente a los intereses del dueño de Frecuencia Latina y a sus eventuales aliadados, y destruir sistemáticamente a sus enemigos (recuérdese la larga tradición de bajezas contra el presidente Toledo y el evidente desprecio con que se le trató siempre).

Chichi, que no estudió periodismo, sino literatura --conmigo, dicho sea de paso, y siempre la he considerado una amiga a la distancia--, sabe perfectamente la diferencia entre verdad y mentira, realidad y ficción, propaganda e información. Y sabe que el peor tipo de propaganda no es la más obsecuente, sino la más mentirosa, la que se hace para destruir. Y sabe que la propaganda mentirosa y destructiva empieza por desmoronar una cosa antes que cualquiera: la integridad de quienes la urden, la planean y la difunden.

26.4.08

Trabalenguas 7

Las frases célebres de la semana

"Yo sí creo que Mariátegui sí está comprado".

(El blogger José Alejandro Godoy, conocido por sus destapes heterodoxos, habla en un videoblog acerca del periodista Aldo Mariátegui, director del diario Correo
. Inmediatamente antes, Godoy había hecho referencia a "una buena cuenta bancaria" como la razón por la cual cierta prensa apoya al gobierno aprista. El siguiente paso serían las pruebas, o... ¿me equivoco?)

"Una versión menos afortunada de la escalada social de Saby Kamalich haciendo de María en la famosa telenovela".

(El siempre racista y siempre clasista César Hildebrandt, se refirere a su colega Cecilia Valenzuela, y por enésima vez demuestra que él cree que decirle a alguien "empleada doméstica", o decirle "chola", es un insulto. Esos que siguen diciendo que Hildebrandt es una inteligencia lúcida, tienen una cosa más que explicar).

"Los policías han sido agraviados y abusados por la libertad de expresión y la democracia en la que vivimos actualmente".

(La agente "Canela", miembro de la Policía Nacional encargada de infiltrarse en manifestaciones políticas de oposición, hace notar en una entrevista televisiva su inconformidad con las libertades que la (supuesta) democracia y la libertad de expresión ofrecen al pueblo peruano. ¿Qué? ¿No es muy temprano para pedir autogolpe?).

25.4.08

Vota por Vargas Llosa

No importa si lo lees o no: vota por él

En noviembre del 2005, les conté que Mario Vargas Llosa y Hernando de Soto habían resultado elegidos, en una encuesta de la revista Prospect hecha entre intelectuales de todo el planeta, dos de los cien intelectuales más influyentes del mundo. Junto a ellos, los únicos otros dos latinoamericanos que integraban la nómina eran el mexicano Enrique Krauze y el brasileño Fernando Cardoso.

No suelo seguir la elección de Prospect, de modo que no tengo idea de qué ocurrió con esa lista en sus últimas ediciones, pero leyendo Perú 21 me entero de que en este 2008, los latinoamericanos que la integran son nuevamente cuatro, y que tres de ellos son los mismos: Vargas Llosa, Krauze y Cardoso. Hernando de Soto no aparece, y lo reemplaza, para mi sorpresa, la cronista mexicana Alma Guillermoprieto (que escribe en inglés para la prensa de Estados Unidos e Inglaterra, pero que de vez en cuando, en traducción, asoma en publicaciones del mundo hispano también).

Yo tenía entendido que la elección de Prospect era hecha por completo en base a los votos de gente proveniente de diversas esferas de la actividad intelectual, pero parece ser que ya no es así: los intelectuales encuestados por Prospect han seleccionado a cien colegas, pero ahora una publicación asociada, la revista Foreign Policy, lleva a cabo una encuesta abierta entre sus lectores para que a partir de sus votos se decida el puesto de esas cien personas dentro de la lista.

Y entonces Perú 21 tiene una iniciativa que no puede sino romper el corazón de cualquier hijo de la patria: pide a sus lectores que, por favor, "voten por Vargas Llosa para el ránking de los intelectuales más influyentes del mundo". Así es. Perú 21 quiere hacer del asunto una causa nacional: quiere que quede claro ante el resto del planeta que los peruanos también pensamos (o al menos que uno de nosotros lo hace), y además llama a la solidaridad de sus lectores (los de Perú 21) para que le hagan saber al mundo que Vargas Llosa nos influye harto, a nosotros y a todos los demás.

No es que tenga ganas de quejarme de cualquier cosa, ni de rebajar la aspiración de la gente de Perú 21, que obviamente obra de buena fe. Pero, sinceramente, hay que hacer notar que cada vez que aparece un nuevo libro de Vargas Llosa, Perú 21 lo deja caer en el más hondo vacío: es un diario sin sección literaria, sin reseñador fijo, sin página de crítica, un periódico que sólo es rescatado del desierto en cuestiones de literatura por la columna de Alonso Cueto.

Más que pedirle a sus lectores que voten por consigna por Vargas Llosa como intelectual influyente, Perú 21 debería hacer algo para que los libros que los intelectuales peruanos escriben y publican se conviertan de verdad en una influencia valiosa sobre sus lectores (es decir, que los lectores de Perú 21 se conviertan en lectores de Vargas Llosa y de los demás). ¿Qué cosa hace Perú 21 por lograr eso? En el terreno de las ciencias sociales, hace alguito gracias a un abanico de columnistas que, de vez en cuando, hablan de sus lecturas. En el terreno literario, hace extremadamente poco, con la excepción mencionada. Y la campaña para votar por Vargas Llosa
en este concurso --con la pinta de concurso de belleza, con toda la traza de un American Idol para pensadores que este concurso tiene-- no hace sino subrayar el vacío.

Por supuesto, lo que digo sobre Perú 21 lo puedo extender sin mayores complicaciones a la gran mayoría de la prensa escrita nacional, con salvedades notables, y a toda la prensa electrónica casi sin excepción. ¿Cuándo fue la última vez que un libro peruano desató una polémica real en la prensa del país? ¿Cuándo fue la última vez que un ensayo, un estudio, un artículo profesional o una investigación intelectual provocó un debate en nuestros diarios y nuestras revistas no académicas?

24.4.08

Encuesta

¿Cómo debería ranquearse a los blogs?

Siguiendo con el tema del post anterior, les propongo un pequeño muestreo de opiniones sobre las mejores formas de estructurar un ránking de blogs peruanos o latinoamericanos. Si les interesa, respondan la pregunta en el recuadro del lado derecho de la pantalla. Si quiren dejar comentarios sobre el asunto, pueden hacerlo aquí.