7.7.07

La montaña es un delirio

Machu Picchu y los poetas para los que siempre fue una maravilla

Machu Picchu no es sólo un vestigio a medio conocer de nuestra siempre desconocida historia, ni es únicamente una ocasión para el turismo (que ojalá siga creciendo y haya cómo recibirlo).

También es un símbolo contundente en busca de más y más sentidos: Pablo Neruda, en 1950; Juan Larrea, en 1960; Alberto Hidalgo, en 1961; y Mario Florián, ese mismo año, entre muchos otros, hicieron alguna vez el intento de descubrir ese sentido, a la vez que lo iban construyendo.

En 1963, Estuardo Núñez publicó, en el Journal of Inter-American Studies, un corto ensayo sobre algunos de esos textos. En su artículo, Núñez aludía a un "recientísimo, largo y durable poema de Martín Adán" sobre el tema de Machu Picchu, que en ese momento se hallaba todavía "en prensa".

Aquí pueden leer el ensayo de Núñez. Pero, incluso mejor, aquí pueden encontrar una antología de poemas de ese libro al que Núñez hacía referencia: La mano desasida, del poeta supremo Martín Adán. Y como adelanto y homenaje, dejo a continuación uno de sus mejores momentos:


Canto a Machu Picchu

Si no eres nada sino en mí mi sima,
Si no eres nada sino mi peligro,
Si no eres nada allá sino mi paso,
Que vengan todos, con su hedor y siglo
¡Que venga el extranjero que me extraña!
¡Que venga el mal hallado!
¡Que baje el buey subido desde arriba
El del belfo verde, desde humano vacío!
Y que ronca y remira porque nace
De vientre ajeno, que jamás es mío.
¡Aquí estoy muriéndome!
¡Así es toda vida!
¡De buey que rumia y que remira
Y de yo que agoniza, que agonizo!
Tú no eres bello porque no soy bello,
Yo Mismo. Eres apenas profundo estar arriba
De todo un vuelo interminable
Y que bate todavía.
Eres el ala que voló.
Cuando tú mueras, morirá el Hongo
Y morirá el Aire. Y morirá el Día.
¡Pero será la Noche, el otro tiempo
De vivir la vida!
¿Y cuándo volveré a donde nunca estuve?
¿En transporte de orgasmo y alegría?
¿Cuándo será mi ser? ¿Cuándo mi mano
Ha de asir su ventura fortuita?

Pero tú, Machu Picchu,
Te yergues sobre mi, porque vacilas.
Ante esta roca, que te está mirando
Y que te ve;
Y que te ve, tremenda por un solo ojo
De mil pies;
Ante esta roca, huir es imposible
Y hay que desnacer y renacer.
Porque ser es necesario.
No hay otro modo de no ser y renacer.
¿Y si no eres, qué eres, qué serás, qué dios,
Qué intenso ser
Te arrastrará en su furia?
¿Qué es la inteligencia del no saber?
¿Qué sabes tú de lo que no sabes?

Machu Picchu sabe lo de después.

6.7.07

Nueva historia universal

Capítulos de un atlas explicativo de tendencia epicúreo-empiricista

No fue la Corona Española culpable de la matanza de los indígenas de América: fueron unos cuantos espadachines aficionados a la equitación, termocéfalos playboys que no supieron entender el alto afán de la conquista.

No fue el Tercer Reich responsable del Holocausto; fueron sólo sus sargentos, sus soldados, sus alcaides y sus gasfiteros; culpar a las SS, la Gestapo o el honorable ejército teutón es confundir la paja con el trigo.

No es bueno culpar al Estado Norteamericano por los genocidios de Hiroshima y Nagasaki: como se sabe, todo fue responsabilidad de un tal Harry, por lo demás un tipo bonachón y simpático --como lo prueba su corbata pajarita--, al que un día se le subió la mostaza.

Tampoco la Fuerza Aérea Norteamericana ha de ser responsabilizada por el bombardeo: fue cosa de tres sujetos y sus sorprendentes máquinas voladoras. Decir otra cosa es confundir la paja atómica con el trigo atómico.

No fue el Ejército de Chile --gallarda institución digna de todo encomio-- culpable de los saqueos y los abusos cometidos en el Perú durante los años de la ocupación a fines del diecinueve: fueron el capitán Huevoduro y el cabo Condorito, malos elementos a quienes hay que identificar y llevarlos a juicio.

Y además ese Ejército de Chile no es el mismo Ejército de Chile que para beneplácito de grandes y chicos implantara un siglo más tarde una de las dictaduras más criminales de la historia latinoamericana: estos fueron los hijos del capitán Huevoduro y el cabo Condorito, que nada tienen que ver con sus padres.

No fue la Iglesia Católica, sino unos cuantos miles de curas casualmente agrupados bajo su mando a lo largo de varios siglos, quienes promovieron persecusiones, encarcelamientos, juicios y autos de fe contra... en fin, contra medio mundo: así que ya basta de pedir disculpas porque aquí no ha pasado nada, y vaya con Dios.

No fue ni la Corona Belga ni el Estado belga ni la nación belga ni nadie sino medio millón de individuos nacidos al azar en Bélgica y por una de esas cosas del destino migrados al Congo, los responsables del más grande genocidio de la historia universal: basta de denigrar a todos los belgas por algo que fue obra de casi todos los belgas.

No son Hamas ni Al Qaeda ni Sendero Luminoso ni la ETA ni ninguna otra de estas instituciones sin fines de lucro, verdaderas ong´s de la pirotecnia mundial, responsables por las acciones asesinas que sus miembros lleven a cabo fuera del horario de oficina o durante un fin de semana largo.

Es más: para tal caso, ninguna institución es responsable de nada y por lo tanto está mal criticarlas, objetarles algo, contradecirlas o tratar de demostrar sus bajezas, porque es sabido que no existen las clases, sino tan sólo los individuos. Y a quien diga que no, lo mismo le digo yo.

5.7.07

El Iwo Jima de Caretas

¿Por qué tanto afán en justificar una censura obviamente inaceptable?

Aquí va un consejo: si un día son acusados de homicidio, no traten de probar su inocencia diciendo que hay mucha gente a la que ustedes nunca han asesinado.

En el último número de Caretas aparece un artículo relativo a la reciente censura, de parte del INC y el Ministerio de Defensa, contra una exposición del artista plástico Piero Quijano. La nota de Caretas dice, entre otras cosas, lo siguiente:

"Atribuir una vocación censora al actual INC es bastante injusto. Toda la muestra de la Comisión de la Verdad se exhibe en el Museo de Arte bajo los cuidados del instituto".

Como argumento, esa afirmación es por entero irrelevante y fuera de lugar. Es como si Caretas un día decidiera defender a Alberto Fujimori de acusaciones de robo diciendo: "la acusación es injusta, porque hubo en las arcas del Estado mucha otra plata que Fujimori jamás robó".

Más interesante, aunque no menos erróneo, es otro de los argumentos de la revista:

"
Es comprensible, por otro lado, que la alusión gráfica del afiche a la batalla de Iwo Jima de 1945, que en EE.UU. simboliza el triunfo de las armas norteamericanas sobre las japonesas, despertara aquí, en su versión condenatoria y genocida, irritación militar porque parece generalizar institucionalmente las atrocidades cometidas durante la guerra antisubversiva contra un pueblo que es el propio".

En la práctica, si lo leen con atención, lo que
Caretas dice en ese pasaje no es que no haya existido una censura contra Quijano, sino que la censura es explicable y comprensible. En efecto, la revista quiere tapar el sol con un dedo pero no sabe bien cómo hacerlo: primero niega el atropello, luego lo justifica.

Me llama la atención, eso sí, el intento de agudeza de
Caretas cuando ensaya un análisis vinculando la alusión a la fotografía de Iwo Jima con las interpretaciones que el Ejército haya hecho de la imagen creada por Quijano.

Aquí en Estados Unidos, apenas el año pasado,
Clint Eastwood dirigió una película que, entre otras cosas, mostraba cómo es que las Fuerzas Armadas norteamericanas y el gobierno federal de Estados Unidos habían inventado toda la historia heroica que rodeó a la famosa foto de Iwo Jima, y la habían utilizado con fines de propagandísticos, como parte del gran aparato destinado a fanatizar en el sentimiento bélico al pueblo americano.

La película, ciertamente, no fue prohibida: fue repetidamente premiada, y la sensación general fue que el espíritu de su crítica era en sí mismo patriótico, mucho más patriótico, por cierto, que cualquier mentira.

Lo de
Caretas, por desgracia, no es inocente: es un reflejo perfecto de las apetencias y las posturas de Alan García y su vicepresidente, viejos socios de carnicería, en relación a la manera en que el Perú debe lidiar con la violencia de su pasado reciente.

Lo cierto es que puede haber crueldad pero no hay error en "generalizar institucionalmente" cuando hablamos del rol de las Fuerzas Armadas en los años de la violencia, porque la represión estatal, incluyendo sus caras más criminales, no fue producto del azar ni brote individual de uno que otro desadaptado, sino producto de unas ciertas decisiones políticas y unos ciertos mandos militares lo suficientemente poderosos como para controlar en gran medida el desempeño general de las instituciones.

La ecuación es fácil: si las Fuerzas Armadas como institución no son culpables de nada, y sólo aquellos a quienes se les pruebe haber jalado un gatillo son responsables de algo, entonces gente como
Fujimori, García o Giampietri quedarán para siempre libres de polvo y paja.

El problema central con eso es que, así como hay responsables particulares de los crímenes, también hay delincuentes resposables de haber transformado a gran parte de las Fuerzas Armadas en un arma indiscriminada de aniquilación.

Caretas
no está defendiendo al Ejército cuando publica lo que publica: está defendiendo a los mismos poderosos de siempre, aquellos a quienes disculpa y apaña desde hace más de veinte años.

Imagen: una de las imágenes censuradas. Otra aludía directamente al presidente García.

Extraña entrevista a Alfredo Bryce

Escritor habla de plagios, complots y enfermedades mentales

Es extraña, pero supongo que, a su manera, también es imperdible, la entrevista que Maribel de Paz le ha hecho a Alfredo Bryce Echenique y que ha sido publicada en el Caretas de hoy.

Reproduzco largos pasajes de la entrevista:


(Tomado de Caretas, No. 1983, 5 de julio del 2007):

LA PELÍCULA DE ALFREDO BRYCE

–¿Se va usted a España para olvidar todo el asunto de los plagios?
–Bueno, lo que me interesa ahora es ver a los famosos plagiados catalanes que son mis amigos y saben que se trata de un montaje. Un montaje del señor Herbert Morote que le paga a un periodista peruano. Si se han metido conmigo me van a conocer, porque mi reputación ha estado en entredicho, aunque desde que me convertí en plagiario mis libros se han vendido más que nunca. La gente en las calles me vuelve loco, me felicitan, se solidarizan. Es una cosita provinciana.

–Pero no puede negar el rebote que ha tenido esto en el exterior.
–Bueno, en un periódico donde es un honor que te traten mal. En el Inmundo, como le llaman en España a El Mundo, aunque allá no pueden ser tan inmundos como acá porque no ha habido Fujimori que degrade a la prensa.

–Ha dicho usted que se trata de un complot fujimontesinista.
–Bueno, ya no creo que sea fujomontesinista. Sé quién lo paga. Morote, en concreto. La delincuencia periodística está instalada en Lima, en el Perú. Eso es lo que hizo Fujimori, desmembrar el Estado, envilecer el periodismo y emputecer al pueblo.

–Alfredo, ¿en serio no cree que haya podido cometer un error involuntario en algún momento?
–Creí que lo había cometido en el primer texto, el texto del embajador De Rivero, pero después me dije, “¿cómo es posible que yo o mi secretaria saquemos un artículo de una revista llamada Quehacer en Lima y lo publique en El Comercio?” Eso no lo hace ni un subnormal.

–Ya no cree entonces en lo del complot fujimontesinista.
–No dejo de creer, porque mis amigos periodistas y sociólogos insisten en que sí ha podido haber una campaña de desprestigio de ciertos intelectuales con cara al retorno de Fujimori (...)

–Dice usted que es un lío provinciano, pero ha rebotado en España, Argentina, Chile…
–Pero sin que nadie entienda nada, es el cochabambismo: cuando no sabes bien de algo o no quieres a alguien, insúltalo, dile maricón o plagiario.

–Pero no puede negar que el “chaparrón” lo moja de todas maneras.
–Bueno, sí, sí, ha llovido y me ha llovido a mí sobre todo.

–Para algunos es obvio que usted ha plagiado. Para otros, está demasiado enfermo para darse cuenta de lo que está pasando. Yo lo veo saludable.
–Pues ya ves. En los seis meses que llevo aquí he terminado una novela y estoy escribiendo otro libro de cuentos, he viajado, he releído todo Anna Karenina, hago mis caminatas cada mañana durante dos horas. Siempre he tenido fama pues de loco, de bohemio, de borracho, de todas estas cosas que me han permitido esconderme muy serenamente y hacer una vida en la que ya voy por los 25 libros. He estado desaparecido en una playa del sur escribiendo mientras ocurrían todas estas cosas.

–¿No le afectó enterarse de lo que estaba pasando?
–En el primer momento sí. Me llamó la atención que me acuse un señor muy respetable que ha hecho un texto muy bien preparado. Tiene todo el derecho de ponerse furibundo. Entonces no veía tan claro cuál era la confusión y dije que mi secretaria había mandado el texto equivocado. En el primer momento estuve perturbado. Después ya me doy cuenta que es mucho más que un error. Yo no puedo acusar a nadie porque no tengo pruebas.

–Pero usted ha dicho que Morote es quien está pagando para que lo ataquen.
–Bueno. Es probable, es probable.

–O sea, según su teoría, Morote le paga a Álvarez Rodrich para que lo acusen de plagio.
–Bueno, yo creo que sí, pero no puedo afirmarlo.

–Alfredo, lo último que ha salido a la luz es sobre el artículo de Niño de Guzmán que usted habría plagiado en febrero de 1993.
–Bueno, eso es que Oiga era un desastre. Yo que he dictado cátedras enteras sobre Cortázar en Estados Unidos, ¿voy a tener necesidad de copiarme un artículo periodístico de un gran amigo? Es que en Oiga hicieron uno de esos cambalaches típicos de una revista en decadencia y mezclaron cosas de un artículo de Guillermo con cosas de un artículo mío o han tomado un artículo que yo mandé... Guillermo trabajaba ahí.

–No me diga que el propio Niño de Guzmán es culpable de haber sido plagiado.
–Él no recuerda ni yo tampoco. Es igual a lo que le sacaron al pobre Alonso Cueto, un texto del 93, por supuesto que ahí Perú 21 cerró filas con su colaborador. Y, bueno, Cervantes fue el gran plagiario de la historia, y Shakespeare fue un monstruo que se comió todo. No es el caso de estos artículos de porquería que citan ahora... el plagio es el más grande homenaje, y bueno, yo creo que plagio y contagio son palabras sinónimas (...)

–Con el primer caso, el del embajador, usted dijo que su secretaria se había equivocado...
–Sí, sí, sí. Eso no es verdad, mi secretaria era yo. Claro, pero es que me desconcerté, porque yo no tengo ese material acá.

–Ahora cree que no se equivocó. Entonces ese texto no era parte de ninguna bibliografía, como usted decía.
–Todo eso me lo inventé porque estuve aturdido, pero cuando salen dos, tres, cuatro, yo digo “no puedo haber cometido ocho errores porque entonces estoy para una casa de ancianos”. Para darme un poquito de importancia dije que fue mi secretaria. Mira, ahora estoy en los títulos de otro libro que se llama “Historietas y Cualquiercosarios”: “Cesítar o la historieta de un tamañito” y también “Augusto o la historieta de un estreñimiento”. Cualquiercosarios son los que son cualquier cosa menos algo, y entre ellos tengo a Alonso Alegría, que no es nada al lado del padre. Y ahí también estoy plagiando a Gregorio Marañón *.

–¿Le parece vil el periodismo peruano?
–No, no es el periodismo, es la mezcla de lector-periodista. Pero soy optimista con el Perú. Tuve un primer retorno frustrado y me fui enfermo de tristeza. Llegué en un mal momento, justo el final de Fujimori. Desarrollé una paranoia a todo. Muchas cosas me agredían, la fealdad de muchos sitios. Fue una espiral de locura y terminé en un hospital en Barcelona. Huía, huía, la paranoia estaba dentro de mí, la llevaba por donde iba, el Perú me perseguía por todos lados. Rodrich ya se insinuaba detrás de una puerta, ja, ja. Pasé una temporada en un hospital psiquiátrico atado en un calabozo o algo así. Y pastillas e inyecciones y calmantes y quitarte la copa por completo.

–Con un síndrome de abstinencia espantoso, me imagino.
–Brutal. Brutal. Sin embargo, la recuperación fue impresionante. Fue en una psicoclínica en las afueras de Barcelona. Un manicomio. Un sitio entretenidísimo.

–No faltará quien piense que usted no se ha terminado de curar y en realidad esto de los plagios es parte de su locura.
–Bueno, yo te voy a decir que sí, eso lo ha pensado alguna gente. Yo lo he rechazado profundamente porque soy una persona que hace todo con un método maniático en mis horarios y mis cosas. O sea, que no me voy en olor de santidad, pero sí de literatura. Y me voy contento aunque, como dicen los mexicanos, no soy monedita de oro para gustarle a toda la gente.

----------

* Gregorio Marañón (1887-1960): médico y escritor español que, por cierto, no es Gregorio Martínez.

4.7.07

Ese dedo meñique

Intelectuales por una cabeza

No basta con tener una cabeza: hay que saber llevarla sobre los hombros. Todos sabemos que César Vallejo, más que un hombre, y mucho más que una vasta literatura, es una cabeza circunspecta apoyada sobre la palma y los cinco dedos de una mano derecha, que a su vez se apoya en el pomo de un bastón que a su vez es sostenido por una mano izquierda adornada por una sortija de dimensiones extraordinarias.

Si uno observa la fotografía original y completa, en lugar de la edición de busto o de medio cuerpo que suele verse en los libros, descubre que, muy probablemente, sin embargo, el bastón no sea tan largo como para llegar hasta el suelo, lo que quiere decir que la compleja pose vallejiana no sólo es manierista, sino, además, casi de seguro, inútil y poco práctica, al menos si lo que deseaba el poeta era, en efecto, sostener erguida la engominada cabeza sin mayor esfuerzo de los músculos del cuello.

Pero también sabemos que no se trataba de eso: lo que Vallejo buscaba, antes de morirse en París con aguacero y ponerse los húmeros a la mala, y antes también de que le dieran duro con un palo y duro también con una soga, era salir bien en la foto, y salir bien, para un artista, un poeta, un periodista y, en general, un escritor y un intelectual, significaba salir inteligente, o sea, salir pensando.

En la foto, entonces, Vallejo debía dejar en claro que, si bien tenía un cuerpo (y vaya que si no lo hubiera tenido se le habría acabado el tema de la mitad de sus poemas), lo importante, lo crucial en verdad, es que tenía una cabeza, y, en la cabeza, un cerebro, y que todo su cuerpo no era sino el complicado mecanismo que utilizaba para sostener, transportar y disponer en donde fuera requerida, esa cabeza vallejiana cilíndrica y aguileña: su máquina de pensar, por la cual a veces, como es sabido, le salía espuma.

Curiosamente, luego de esa foto, el setenta y tres por ciento de los peruanos dedicados a la escritura o al pensamiento, y el setenta y nueve por ciento de los dedicados a ambas cosas a la vez (es importante la no coincidencia de las cifras) consideran que esa es la única manera viable y plausible de aparecer en una imagen fotográfica. Las cifras las he elaborado yo a lo largo de esta mañana de ocio, y no tienen margen de error.

Así que allí están: brillantes, lúcidos, engrasados y afinados para expresar nociones y conceptos deslumbrantes. Yo también soy uno de ellos, y varios de mis amigos. "¿Cómo hablar del no-yo sin dar un grito?", parecen decirnos desde sus pequeños marquitos impresos sobre el papel del diario, desde la solapa de un libro, desde alguna contratapa.



Imágenes tomadas de Perú 21.



Mi catastrofismo

A veces recordar es volver a morir

Inauguro mi antipática sección "Te lo dije" (que no necesariamente continuará) con el recuerdo de una vieja correspondencia. El 25 de mayo del 2004 le envié a la revista Caretas la siguiente carta:

"Según las encuestas la población sólo ve posibilidades de salvación en Alan García y Alberto Fujimori, los mismos que cavaron esa fosa común en la que se encuentra hoy el país. ¿Hasta cuándo conservaremos el hábito autodestructivo de regresar sobre nuestros peores errores? ¿Es el suicidio ritual y cíclico la versión peruana de la política?"


Al publicar la carta, la revista borró por completo el breve párrafo en que yo sostenía que el colmo del absurdo era que nuestro probable próximo presidente fuera García, quien había demostrado sin asomo de duda ser el peruano menos capacitado para el cargo. Caretas me respondió de esta manera:

"En el catastrofismo que está tan de moda hoy día, el lector ha encontrado ejemplos muy opuestos. En todo caso en el JNE hay registrados 22 partidos políticos que tienen hasta febrero del próximo año para adaptarse a la nueva Ley de Partidos y presentar sus candidaturas. Pero también hay otros nuevos que están en proceso de inscripción. Por lo pronto la ONPE ya verificó las firmas de `Y se llama Perú', del empresario pirotécnico Ricardo Wong; y están en proceso las firmas del Partido Reformista de Víctor Echegaray, del Movimiento Independiente Nueva Generación de Pedro Guillermo Ivo Koechlin Von Stein y la Coordinadora Nacional de Independientes de Drago Kisic. ¿Le gusta al lector alguno? ¿Tampoco?"


Pasados tres años, les pregunto a mis amigos de la revista: ¿qué pasó con las gestiones de los presidentes Wong, Echegaray, Koechlin y Kisic? ¿Estoy soñando o hemos elegido como presidente, nuevamente, al peor mandatario de nuestra historia?

En su respuesta, Caretas llamaba a Alan García y a Alberto Fujimori "ejemplos muy opuestos". ¿Estoy loco de atar o Alan García se parece cada vez más a Fujimori? ¿Es idiotez mía o las dos personas más activamente interesadas en negar las violaciones de derechos humanos en el Perú de los ochentas y noventas son Alan García y Alberto Fujimori? ¿Y no tiene cada uno alguna matanza por la cual debería responder? ¿Y no son ellos dos de los que con más poder manejan los hilos de la política en el Perú, gracias a un electorado que le da a uno de ellos la victoria presidencial y a la hija del otro una abrumadora victoria parlamentaria?

¿Decir eso también es "catastrofismo"?

Imagen: Mr Hyde y Mr Hyde intercambian billetes y miasmas: otra de las "diferencias" entre Fujimori y García.

3.7.07

El diablo y el canon americano

The Devil and Daniel Webster: pasado de moda

Ya que estoy pasando el verano en Vermont (me han invitado a dar un curso en la maestría de la Escuela de Verano de Middlebury College), pensé que no sería mala idea leer alguna literatura de la región: esta es la tierra adoptiva del poeta Robert Frost, y Middlebury es todos los años, en este tiempo, escenario de la Bread Loaf School of English y la Bread Loaf Writers' Conference, que Frost iniciara en 1921.

Sin embargo, como quien empieza por los bordes, he preferido comenzar por un relato que desde hace mucho tenía ganas de leer: "The Devil and
Daniel Webster", de Stephen Vincent Benét, cuya historia comienza "where Massachusetts joins Vermont and New Hampshire", es decir, en la última frontera estatal que cruzamos hace unos días, camino a Middlebury.

"The Devil and Daniel Webster" es un cuento sin el menor desperdicio, gran literatura, pero también es una curiosidad americana: su planteamiento no es otra cosa que una variante del mito de Fausto, es decir, una versión de la historia del hombre que suscribe un pacto con el diablo a cambio de cierta forma de bienestar.

Pero la especificidad de su variación es lo que hace a este relato una pieza o
riginal: ni el hombre (Jabez Stone), ni el diablo ("the stranger") son los verdaderos protagonistas del cuento; lo es Daniel Webster, el abogado de Stone, el defensor que asume la causa del humano ante el ser infraterreno.

En otras palabras, en esta versión estadounidense, lo crucial no es el conflicto, sino la búsqueda de la solución, el seguimiento de la norma y la forma de administración de la justicia: que el conflicto mismo sea una infracción a la norma moral, no implica que deba producirse, en su solución, una nueva infracción al hábito y al conducto legal.

Algo interesante:
Daniel Webster (retrato de arriba) es un personaje histórico, un celebérrimo litigante que llegó a ser en la primera mitad del siglo diecinueve, como afirma incluso la narración, el hombre más poderoso de los Estados Unidos luego del presidente, o quizá por encima de él, de modo que el eje medular de la construcción del cuento incluye la mitificación de un ser histórico (Webster), tanto como la historización de uno mítico: el diablo, a quien el relato identifica, o al menos relaciona, con una docena de famosos traidores y criminales de la historia americana.

Eso es notable: "The Devil and Daniel Webster", en efecto, incluye un largo pasaje --el de la apoteosis, antes y durante el juicio--, en el que traidores, cobardes, asesinos, criminales, déspotas y otros desalmados de la historia de los Estados Unidos son representados simultáneamente como aliados del demonio pero también, singularmente, como encarnaciones de lo americano.


El cuento es muy conocido, pero antes lo era mucho más. Hasta hace unos años, era lectura requerida en muchos currículos escolares norteamericanos. Se han hecho dos versiones cinematográficas de él: una de 1941 (arriba) en la que el demonio fue Walter Huston; otra, que debería ser lanzada este año, en la que la diablilla es Jennifer Love Hewitt (izquierda) y el abogado todopoderoso es Anthony Hopkins.

Así como hace unas décadas el relato era de lectura obligatoria, así también la cinta del 41 fue un éxito arrasador. Pero ahora pocos leen el cuento, y la película tiene seis años esperando un distribuidor que quiera lanzarla.

Me pregunto si todo esto es simple casualidad: que el canon americano esté expulsando lentamente de sus entrañas el cuento de Stephen Vincent Benét, que esté eliminando de sí ese relato en el que el espíritu constructivo del idealismo demócrata norteamericano se revela como una fuerza capaz de reconocer sus deformaciones y lidiar con sus pecados, en vez de concebir siempre las maldades de este mundo como un rasgo ajeno, como cosa de otros. El retorno de "The Devil and Daniel Webster" al canon americano es imprescindible.

2.7.07

Ahora sí: Bernhard andino

Un relato inédito (hasta ahora) de Edmundo Paz Soldán

Esta es otra de las virtudes de los blogs: sus lectores suelen ser más creativos que sus autores (al menos, más creativos que el autor de este blog): Edmundo Paz Soldán nos hace llegar, a Iván Thays y a mí, este mensaje, seguido por un cuento suyo:

"Queridos Gustavo e Iván, como sigo los blogs de ustedes, he visto su interés por Bernhard estos días. Les envío un relato muy breve, inédito, inspirado por Bernhard. Es tan breve que podrían colgarlo en sus blogs. Un abrazo, Edmundo".



Bernhard en el cementerio
A Miguel Sáenz

Estabas en el sanatorio de Grafenhof cuando te enteraste de la muerte de tu madre. Tenías esa incontrolable adicción a los periódicos, leías cuatro o cinco todos los días; leíste en uno de ellos: “Herta Pavian, cuarenta y seis años”. No podía ser otra que ella a pesar del craso error, tu madre apellidaba Fabjan y no Pavian. Poco después te lo confirmaron. Continuamente nos corregimos y nos corregimos a nosotros mismos con la mayor desconsideración, porque a cada instante nos damos cuenta de que todo (lo escrito, pensado, hecho) lo hemos hecho mal, y corregimos hasta que algún momento llega la verdadera corrección. A tu madre le había llegado la corrección, estabas muy enfermo y a cualquiera de los dos podía haberle llegado primero la corrección. Tenías una sombra en tu pulmón, una sombra que caía sobre toda tu existencia. Grafenhof era una palabra aterradora. Tenías morbus boeck o sarcoidosis, te habían diagnosticado tuberculosis abierta, pero toda enfermedad puede llamarse enfermedad del alma. La esencia de la enfermedad es tan oscura como la esencia de la vida. Te considerabas afortunado por tener sólo un neumoperitoneo, sólo un agujero en el pulmón, sólo una tuberculosis contagiosa y no un cáncer de pulmón. Tu madre tenía un cáncer de matriz. Te habían dado de alta, entrabas y salías del sanatorio, y pudiste despedirte de ella, que estaba en casa, y consideraste que ella era afortunada, los enfermos de muerte deben estar en casa, morir en casa, sobre todo no en un hospital, sobre todo no entre sus iguales, no hay horror mayor. La inteligencia de ella era clara, ella vivía aún, estaba ahí, pero en el piso reinaba ya el vacío de después de ella, todos lo notaban. Volviste a Grafenhof, ahora tu cuerpo estaba hinchado, inflado por el neumoperitoneo, abultado por todos los medicamentos imaginables que te atiborraban, tenías un aspecto debidamente enfermo y estabas realmente cualquier cosa menos sano. Aquellas noches fueron las más largas de tu vida. Fue en Grafenhof que leíste el periódico, Pavian y no Fabjan, grosero error, “pavian” es babuino y tu madre no era un babuino, aunque todos los hombres son quizás poco menos que babuinos mientras esperan que les llegue la verdadera corrección o aplazan ellos su propia corrección. Herta sería enterrada el 17 de octubre de 1950, en Henndorf del Wallersee, su querido, su amado pueblo. Pediste permiso del sanatorio para ir al entierro, para volver a despedirte de tu madre. Estuviste en el cortejo fúnebre, viste todos esos rostros graves, solemnes, rostros de gente en espera de su corrección, gente que debía ser capaz de corregirse a sí misma. Ya en el cementerio, pensaste en las líneas de un poema que algeun día escribirías: En la cámara mortuaria yace un rostro blanco, puedes alzarlo/ y llevártelo a casa, pero será mejor que lo sepultes en la tumba paterna,/ antes de que el invierno irrumpa y cubra con su nieve la hermosa sonrisa de tu madre. Luego comenzaste a repetir, Fabjan, Pavian, Fabjan, Pavian, Fabjan, Pavian. Era un error que merecía ser corregido, o quizás no, tú no podías corregirlo, de pronto sólo podías pronunciar Pavian, Pavian, Pavian, y te dio un ataque de risa, todos te miraban y tú no podías dejar de reirte, Pavian, querían que te corrijas y tú no podías corregirte, querías pero no podías, Pavian, muchos queremos ser capaces de la verdadera corrección y no podemos, y la aplazamos continuamente, o creemos que la aplazamos cuando en realidad lo que ocurre es que no podemos, no somos capaces, tenemos miedo. Como no amainaba el ataque de risa no te quedó otra que irte del cementerio sin volver a despedirte de tu madre. Preferiste no volver al sanatorio, Grafenhof era una palabra aterradora. Fuiste a tu casa de Salzburgo y te acurrucaste en un rincón del piso y esperaste, profundamente asustado, el regreso de los tuyos.

Imagen tomada de aquí.

Tv y novelas

Entrevistas a Onetti, Cortázar, Cabrera Infante, Mujica Láinez, Carpentier

Una de las consecuencias de la poca atención que la televisión peruana le presta a la literatura, es que entre nosotros, muchas veces, las voces y los rostros, los gestos y los modales de los escritores cuyas obras leemos suelen ser en absoluto lejanos y desconocidos: apenas si hemos visto entrevistas a un par de ellos, alguna vez, por azar, apenas algún documental, algún informe filtrado de casualidad entre las noticias.

Quienes quieran romper ese cristal que los separa de las imágenes de sus autores favoritos, pueden hacerlo con los videos que coloco a continuación; esto es, si sus autores favoritos son
Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, Guillermo Cabrera Infante, Manuel Mujica Láinez o Alejo Carpentier.

En el caso de
Onetti el documento es conmovedor: son imágenes del escritor uruguayo durante alguno de los muchos años en que la depresión lo dejó tendido en su cama. Conozco gente que lo entrevistó en esas mismas condiciones: si no recuerdo mal, Alonso Cueto fue uno de ellos. El video que aparece debajo tiene otro rasgo curioso: es parte de las filmaciones hechas para la película El dirigible, una cinta policial sobre escritores desaparecidos, cuyo argumento parece anunciar las novelas de Bolaño, y en la que Onetti
hacía fugazmente el papel de sí mismo. Luego les dejo las imágenes de la película misma.

Los otros videos son largas y muy interesantes entrevistas hechas para diversos programas televisivos, sobre todo A fondo, de la Radio Televisión Española. Entre las conclusiones más ociosas que uno puede alcanzar luego de observar estas imágenes, una parece contundente: para triunfar en la generación del boom y sus alrededores, un buen dejo francés, o una perita, o un exceso de cigarrillos, nunca estaban de más.
Caricatura de Furnier tomada de aquí.

Entrevista a Onetti



Película El Dirigible



Entrevista a Guillermo Cabrera Infante



Entrevista a Manuel Mujica Láinez



Entrevista a Alejo Carpentier



Entrevista a Julio Cortázar



1.7.07

Bernhard: ¿andino o limeño?

Un cortísimo relato del escritor austriaco Thomas Bernhard

En una de las varias librerías de viejo de Middlebury, Vermont, encuentro un pequeño libro del austriaco Thomas Bernhard, en traducción inglesa publicada por la Universidad de Chicago. El libro se llama Der Stimmenimitator; en inglés, The Voice Imitator. Es una colección de ciento cuatro relatos brevísimos, la mayoría de ellos rumores, anécdotas e historias leídas en diarios.

Sé que hay una traducción al español, El imitador de voces, que publicó Alfaguara en 1992, pero no la he visto nunca y en internet no encuentro pasajes del libro en castellano, así que me permito traducir un relato que me llamó la atención desde que vi su título en el índice del libro:
En Lima

En Lima, arrestaron a un hombre empecinado en partir hacia los Andes en busca de su esposa, quien se había internado en los montes Tauern el año anterior y que, según habría declarado el hombre ante la policía limeña, aparentemente se había extraviado en los alrededores de los Tappenkar y había caído en una grieta en la tierra. Pero, dado que los Tauern, y, para tal caso, también los Tappenkar, están localizados en los Alpes de Salzburgo, como saben hasta los agentes de policía de Lima, no resulta sorprendente que los guardias peruanos, al arrestarlo en el centro de la ciudad, le preguntaran al hombre --quien, a causa de su aspecto descuidado, vestido apenas con un par de pantalones deshilachados y una camisa de campesino carintio, les había parecido sospechoso-- qué era lo que andaba buscando en realidad en el Perú. El hombre arrestado resultó ser originario de Ferlach, en Carintia, y era un austriaco acomodado, dueño de un taller de armas de fuego en esa ciudad. Nuestro periódico no ofrece más detalles.

Imagen tomada de aquí.