22.1.09

Niñas malas

Qué leen las chicas lindas que leen

Supongo que se debe a que soy un cerdo criado en un mundo de machos irredentos y también un hombrezuelo débil con una inclinación inmoderada por admirar doblemente a las chicas guapas cuando son inteligentes.

Mea culpa, me doy con una piedra en el pecho y sigo adelante. Me casé con una bailarina de danza moderna doctorada en literatura en la Ivy League. Eso lo dice todo: no tengo salvación.

Esto para explicar por qué desde siempre me ha llamado tanto la atención descubrir los gustos literarios de modelos y actrices: es mi argumento ontológico para probar la existencia del paraíso y el hecho de que una corte de criaturas maravillosas lo habiten.

En mi calidad de lector amaestrado, aunque eventual, del medio de comunicaciones más trivial del mundo (Goop, el boletín semanal de Gwyneth Paltrow), me entero de cosas extrañas, como, por ejemplo, los gustos literarios de la supermodelo Christy Turlington (en la culposa foto de este post).

Sus novelas preferidas son
The Sound and the Fury, de Faulkner; The Sun Also Rises, de Hemingway; y Pride and Prejudice, de Austen. Pero Christy es una estudiante de postgrado en Columbia University, así que la cosa no resulta tan sorprendente (no tanto como saber que Milla Jovovich es una nerd lectora fanática de Rushdie, García Márquez y Naipaul).

La misma Paltrow (que ha hecho el papel de Dorothy Parker en alguna película) recomienda
Jane Eyre, de Charlotte Brontë; Crimen y castigo, de Dostoievski; y The Sheltering Sky, de Paul Bowles. No se toma muchos riesgos.

¿Y la chica mala, Madonna Ciccone? No podía defraudar su fama: su novela preferida de estos días es
The Bad Girl, es decir, Travesuras de la niña mala, de Mario Vargas Llosa, la historia, claro, de una femme fatale transnacional, de origen modesto y eternamente reinventada: Madonna, sin duda, se ve a sí misma como un avatar de carne y hueso de la antiheroína ficcional de nuestro compatriota.

El mito es mejor que la historia

Un rápido regreso al pensamiento primitivo

¿Cómo actúa el antisemitismo sobre la mente de un antisemita? Es un proceso patético, patológico. El individuo comienza por sentir que debe acusar a los judíos de algo pero que debe hacerlo desde alguna plataforma racional, con justificaciones meridianas, porque --se repite a sí mismo, una y otra vez--
él no es un antisemita.

Acto seguido, procede a construir su argumentación: el Ejército de Israel es criminal, no ha aprendido la lección de la segunda guerra mundial; defiende la existencia de un Estado que nunca debió ver la luz del día; los judíos utilizan la historia del Holocausto para justificar sus paranoias; y eso del genocidio valdría la pena revisarlo, no vaya a ser que sea otro invento de estos mitómanos; después de todo, ¿no es demostrable que la confabulación judía mundial siga en marcha, ahora bajo la forma del omnipresente lobby judío?

El antisemita, entonces, empieza a olvidar la coyuntura, deja de buscar sus explicaciones para los hechos históricos cotemporáneos (como la guerra en Gaza) en los sucesos de la historia reciente, en los afanes políticos de ingleses, palestinos e israelíes desde finales del siglo XIX. Entonces tiene una iluminación mayor.

Descubre que la explicación de lo que hacen los israelíes no está en la historia política verificable sino en el alma misma de los judíos. Arroja los tratados de historia y va directamente al
Antiguo Testamento: allí está todo: los judíos son asesinos ahora porque siempre han sido asesinos. Está en su naturaleza. Son la encarnación de un mal permanente.

¿Ejemplos de ese tipo de construcción mental antisemita? La prensa mundial ofrece muchos, así que me limito a la nacional: vean este vuelo del delirio del peor novelista nacional, el huachafo recurrente César Hildebrandt. Y miren luego qué cerca del precipicio se le paran los caballos del papelón milenarista a Carlos Tapia.

Curioso: se trata de supuestos intelectuales (bueno, al menos Tapia), pero, colocados ante un problema que bien podrían discutir en términos políticos, sociales, antropológicos, culturales, etc., lo que hacen es elegir dos terrenos distintos: en primer lugar, el de la comparación atrabiliaria: Tapia, luego de afirmar que los judíos no son dignos de su propia religión, formula una analogía en la que Israel es como Sendero Luminoso y el pueblo peruano es como Hamas--.

Y en segundo lugar, el de la pura barrabasada antihistórica perpetrada por un ignorante candidato a predicador milenarista: Hildebrandt, el gato callejero de Natuba, lee las metáforas bíblicas como si fueran noticias de hoy por la mañana, al mejor estilo de su gemelo americano Pat Robertson.

Nota: Una respuesta a la pregunta del post anterior la ofrece el blog de Z World, que traduce nuestro último texto sobre Egipto al inglés.

20.1.09

Walk like an Egyptian

En el otro lado de la franja

Uno de los asuntos que más me intriga en medio de esa montaña de inexactitudes que la gente suele repetir en relación con el conflicto en Gaza es la siguiente: que Israel mantiene un bloqueo que ha arrojado a los palestinos a la miseria total, el hacinamiento y la desesperación.

Como si Gaza sólo tuviera fronteras con Israel o como si Israel amenazara con sanciones económicas a quienes comercien con los palestinos. Como si Gaza no tuviera una frontera con Egipto, país árabe a quien nadie acusa de ningún bloqueo.

Israel, en efecto, ha cerrado todas sus fronteras con Gaza, cosa que no tiene nada de raro si uno considera la historia de bombardeos suicidas y los 3,200 cohetes disparados desde Gaza a ciudades israelíes el año 2008.

Cuando se habla del cierre de fronteras israelíes al tránsito de palestinos, se le llama bloqueo, aun a pesar de que Israel sigue enviando ayuda humanitaria a Gaza (tanta que las Naciones Unidas pidieron, dos semanas atrás, que se detenga el flujo porque los almacenes estaban colmados).

Pocas veces se señala que Egipto, país árabe que más de una vez condujo ataques e incluso guerras contra Israel, también ha cerrado sus fronteras a los palestinos, y no permite que los habitantes de Gaza entren en su territorio ni siquiera en casos de necesidad de refugio humanitario o político, ni siquiera en tiempos de guerra,
ni siquiera durante las últimas tres semanas.

Egipto cierra su frontera y, sin embargo, permite que se construyan centenares de túneles desde su tierra hacia Gaza, a través de los cuales se introducen en la franja las armas y explosivos que Hamas utiliza en sus ataques terroristas. Es decir, Egipto colabora con los palestinos violentistas y contribuye a encerrar en Gaza a los palestinos que quisieran evadirse del conflicto.

¿Dónde es la manifestación humanitaria contra Egipto? ¿O el impulso humanitarista está reservado exclusivamente (no nos preguntemos por qué) para ser usado en protesta contra los israelíes?

19.1.09

W.C.

Washington Cucurto y la casa vuelta a tomar

Hace un par de semanas leí una novela que quise recomendarles y se me fue pasando. Su título es
1810. Su largo subtítulo, que pueden leer en la foto, explica dudosamente su contenido: es el relato falsamente histórico (descabellado, más bien) de la revolución independentista de San Martín en Argentina del modo en que habría sucedido si los soldados de su expedición hubieran sido, todos ellos, negros africanos insólitamente cumbiamberos y peculiarmente altisonantes.

El autor, ya lo habrán adivinado, es Washington Cucurto, el prolífico poeta y narrador de Quilmes, lanzado a la celebridad inmediata con su novela
Cosa de negros, y fundador de ese insólito fenómeno editorial llamado Eloísa Cartonera. Washington Cucurto, por cierto, es el seudónimo de Santiago Vera, reivindicador de la bailanta, la chicha, la cumbia y el desorden como estéticas literarias, en la corta rama mulata de la tradición de los extraños rioplatenses, la de los Lamborghini, Aira, Wilcock, Levrero y los otros bichos raros.

La novela está escrita en una clave carnavalesca que tiene más de Rei Momo y Padre Ubú que de M.M. Bakhtin, y que encuentra una inusitada armonía en la sucesión de disparates de su argumento: libidinosa y tanática, mortífera y mortal, abrupta y descortés, ruidosa y aleatoria, subversiva y cómica, anacrónica y, sin embargo, inusualmente consciente de sí misma.

Quizá lo más interesante del libro, sin embargo, no está en el cuerpo principal de la novela, sino en uno de los dos textos adicionales que le sirven de doble epílogo: se trata de una versión hipertrófica y desbocada del célebre relato "Casa tomada", de Julio Cortázar. En la versión de Washington Cucurto, el texto se convierte en la historia del misterioso desalojo vista desde la óptica del grupo de negros invasores que han penetrado en el hogar burgués para ir empujando a los invisibles señores de la casa en dirección a la calle. Imperdible.


18.1.09

Los niños de Gaza, 2

El humanitarismo en el planeta de los tuertos

Umm Nidal es una mujer palestina que envió a sus tres hijos a efectuar operaciones de bombardeo suicida en Israel. Los tres obedecieron, incluyendo el más pequeño, menor de edad. Ese supuesto acto de heroísmo hizo que la Nidal ganara un sitio en el congreso palestino, como candidata de Hamas, grupo que ocupa la mayoría absoluta del parlamento.

El asunto, visto desde la perspectiva de las culturas occidentales, parece evidente: Umm Nidal es una criminal, sanguinaria, brutal, abusiva, indolente, que ha construido una carrera política parándose sobre la tumba de sus hijos.

En cambio, desde la perspectiva de esa mayoría de votantes palestinos que le dio una curul en el congreso, Nidal es una heroína, y sus hijos, que para nosotros no deberían ser considerados otra cosa que terroristas, aunque lo fueran ante la desesperación, pues arrancaron la vida de civiles inocentes en las calles de Israel, son mártires y próceres.

Hamas ha construido una lógica de la guerra terrorista que no parece explicable desde nuestra mirada: para Hamas, todos los judíos son enemigos eliminables, no importa si son civiles o militares, adultos o niños, jóvenes o ancianos, europeos o sabras.

Esa idea es el reflejo perfecto de cómo se ven a sí mismos los palestinos radicales: como guerreros, desde la infancia, en cualquier circunstancia, todos ellos.

Lo cierto es que no hace falta ser occidental para sentir que todo eso es una aberración. La glorificación del martirio, la instrucción de los niños en la cultura de la muerte fanática, han sido denunciadas también por musulmanes y específicamente por musulmanes palestinos.

Puedo y debo considerar todas las circunstancias culturales para formular un juicio ético, pero es inevitable que formule ese juicio desde los principios morales de mi propia cultura. Es ineludible: no puedo hacer otra cosa.

Hamas no puede ser justificado excusándolo en consideraciones culturales. Mucho menos aun cuando uno distingue el más bajo de sus métodos recurrentes: el de enviar civiles y menores de edad a la muerte, colocándolos en medio del campo de combate, para luego acusar al enemigo de asesinar civiles y menores de edad.

Quienes conocen mi postura ante los hechos de la violencia política peruana de los años ochenta y noventa, quienes saben de mi indudable apoyo a los hallazgos y recomendaciones de la Comisión de la Verdad, parecen sorprendidos ante mi interés por evaluar el conflicto de Gaza en sus detalles, y en relación a las posturas de ambos lados, en lugar de simplemente asumir una posición humanitarista en favor único de las víctimas palestinas.

El humanitarismo, como yo lo entiendo, no debe ser una fe dogmática sino la actitud resultante de una evaluación ética y moral de la historia: después de todo, el humanitarismo moderno es un resultado de la historia contemporánea.

Las circunstancias de la guerra actual no se han generado hace tres semanas, sino luego de una larga historia, antigua y sumamente compleja, que, en su versión contemporánea, se inició cuando el pueblo judío --en la diáspora y en Palestina-- parecía disolverse y morir en manos del antisemitismo en Europa y el Medio Oriente.

Quien suponga que el origen del Estado de Israel es ilegítimo, no necesitará preguntarse mucho: los judíos sionistas serán, para esa persona, los culpables de todo. Pero tendrá que preguntarse, por lo menos, si esa consideración se condice con el humanitarismo que dice defender.

Quien piense que los muertos de Gaza son más dignos de compasión que los miles de israelíes asesinados durante los últimos años por Hamás y los demás grupos radicales palestinos, tiene un grave problema de juicio moral. No se puede enarbolar una protesta válida por los inocentes de Gaza sin abrazar una protesta
idéntica por los inocentes de Sderot, Ashkelon, Jerusalén y Tel Aviv.

Lamentablemente, no he leído, entre los comentaristas peruanos, una sola línea de condolencia humanitaria por esas otras víctimas. Cuando he colocado aquí mismo las pruebas, los nombres propios, las circunstancias de esos crímenes, sólo he obtenido acusaciones arbitrarias de falsedad.

Quien se niega a evaluar los datos concretos, puede asumir una postura de apariencia humanitaria, pero está distorsionando la naturaleza de su humanitarismo, usándolo como una máscara, sin ninguna profundidad, sin cuestionar sus prejuicios, sin detenerse a efectuar la operación básica de la compasión humana: colocarse en los dos lados de cada divisoria antes de alcanzar un juicio.

Los niños de Gaza, asesinados por el ejército israelí en las últimas semanas, y por el oscuro e inhumano fanatismo del terrorismo nacionalista palestino, se han transformado en el cruel símbolo de una de las luchas más violentas de nuestro tiempo.

Se encuentran atrapados entre, por un lado, un ejército profesional que tiene el imperativo de erradicar las amenazas que asoman contra la supervivencia de sus ciudadanos, y, por otro lado, un ejército no tradicional, que proclama la naturaleza secundaria del individuo bajo el imperativo fundamentalista de la supremacía del pueblo musulmán.

Quien quiera taparse un ojo para no ver uno de los fuegos que cercan a esos niños, no les estará haciendo ningún bien; los estará utilizando como los utilizan sus padres, sus abuelos, y los jefes de sus padres y sus abuelos: con un fin secundario en el que ellos no son sino peones y caballos de un ajedrez ajeno.

Los niños de Gaza

El crimen de guerra y sus responsables

No cabe duda: si el ejército de Israel mata civiles teniendo la oportunidad de evitarlo, comete un crimen de guerra. Las noticias repiten las cifras parciales: hablan de mil 200 palestinos muertos, afirman que la mitad de ellos son civiles y que una cuarta parte son menores de edad.

Las mismas noticias dejan de buscar una explicación viable para esos porcentajes sorprendentes. ¿Es que el ejército de Israel intenta de manera voluntaria hacer de los menores y los civiles un blanco prioritario? Mientras la explicación no se ofrezca, la conclusión de los desinformados parece inevitable: al ejército de Israel lo conduciría la más pura maldad.

De hecho, resulta imposible comprender la mecánica de esa operación y las motivaciones de un ejército que, en medio de una guerra, prefiere asesinar niños y civiles antes que acertar a blancos militares que representen un peligro inminente.

Quizá valdría la pena buscar la explicación para todas esas cifras.

Sobre el asunto de las víctimas civiles: Hamas tiene una rama civil y una rama militar. Después de cada ataque israelí, las autoridades de Hamas hacen pública la identidad de los caídos, y señalan si eran civiles o militares. Esa es la única fuente de toda la información que se maneja en el extranjero.

Lo que Hamas no aclara es que gran parte de las muertes israelíes han sido ocasionadas por miembros civiles de Hamas, como, por ejemplo, los que se ofrecen para los atentados suicidas. Los miembros civiles de Hamas, entonces, son también un enemigo activo del pueblo y el Estado israelíes.

(Sólo los atentados suicidas de Hamas han causado 480 muertos desde 1994. Los de la Jihad Islámica, 162. Los de la Brigada de Mártires de al-Aqsa, 130. Los del Frente Popular para la Liberación de Palestina, 15. Es decir, contando únicamente los atentados suicidas, los radicales palestinos han eliminado a 787 israelíes, más de un 90% de los cuales eran civiles, en la última década y media. La población palestina ha elegido para gobernar su rama legislativa a Hamas, el más criminal de todos los grupos que operan en su tierra, responsable además de la muerte de palestinos moderados, miembros de Fatah y cualquiera a quien consideren colaboracionista. De hecho, contando desde el 27 de diciembre último, Hamas ha asesinado a 70 palestinos miembros de Fatah y a un número desconocido de civiles).

Sobre el triste y doloroso tema de los niños palestinos: Hamas ha sido denunciado en innumerables oportunidades por el notorio abuso al que somete a los niños de Palestina, a quienes entrena militarmente, en cuyas manos pone armas y a quienes coloca como carne de cañón en zonas de conflicto, además de acostumbrarlos a la idea de que morir en un ataque suicida es una inmolación gloriosa y deseable.

Pueden ver aquí y aquí --aunque advierto que es muy chocante-- la naturaleza de los programas de televisión infantil que se ponen en el aire en Palestina (el primer video recoge principalmente programas de Hamas; el segundo incluye algunos otros y se centra en años anteriores). Y aquí les dejo también las declaraciones de un líder de Hamas en las que confiesa cómo y con qué intención Hamas lleva niños para que sirvan de escudos humanos a los lugares en los que se espera un ataque israelí.

Quiza eso ayude a los lectores de este blog a comprender por qué, en la lucha del Estado de Israel contra Hamas, se produce un número tan elevado de víctimas menores de edad. La costumbre de Hamas de construir escudos humanos con civiles queda documentada también aquí y aquí.

Otra especie que corre es la idea de que los palestinos atacan a los israelíes con bombas caseras, como si se hablara de pequeños cocteles Molotov. Las armas a las que se alude son los llamados cohetes Qassam. Los cohetes Qassam son de tres tipos; el Qassam 3 puede pesar hasta noventa kilogramos, medir dos metros de largo y lograr un alcance de 10 kilómetros.

Se cree que la mayor parte de los cohetes Qassam son construidos fuera de Palestina e introducidos a Gaza a través de los centenares de túneles que llegan desde Egipto, ante la mirada distraída de las autoridades de ese país. La destrucción de esos túneles es el objetivo militar que Israel anunció al inicio de la invasión de las últimas semanas.

Las ciudades israelíes que los palestinos han convertido en blanco predilecto de esos cohetes son Sderot y Ashkelon, debido a su situación próxima a Gaza.

Hamas, partido que controla el congreso palestino con 72 de 120 representantes, dispara esos cohetes, que carecen de cualquier sistema de guía, indiscriminadamente, contra la población civil israelí: se escuchan pocas quejas al respecto en la prensa mundial, en internet, en las noticias de las agencias internacionales, y entre los comentarios que llegan a este blog.

Durante el año 2008 los palestinos de Gaza dispararon más de 3 mil 200 cohetes antes de que Israel respondiera con la invasión de las últimas tres semanas. Ese dato ha sido virtualmente silenciado por gran parte de la prensa mundial.

¿Por qué no han muerto cientos o miles de israelíes como producto de esos ataques? Ciertamente, no se debe a la voluntad de Hamas, sino al sistema israelí de defensa temprana llamado Color Rojo: un radar que localiza los cohetes en pleno vuelo y que hace sonar una alarma, lo que da a la población de la ciudad atacada un tiempo de entre 15 y 45 segundos para buscar refugio en las decenas de bunkers y escondites construidos para ello en escuelas, colegios, fábricas, residencias y edificios de oficinas.

Pueden ver aquí y aquí dos breves avisos televisivos sobre la vida cotidiana de los israelíes sometidos al bombardeo palestino en la ciudad de Sderot, y acerca del funcionamiento del mecanismo de la alerta Color Rojo.

Hoy, durante las primeras horas del alto al fuego, los radicales palestinos de Gaza dispararon 16 cohetes Qassam contra ciudades israelíes, buscando que la nueva provocación desencadene una ofensiva renovada. ¿No es hora de protestar contra eso?

17.1.09

Vida y obra

Bolaño y los círculos biográficos

Semanas atrás escribí un post sobre el asunto de la supuesta adicción de Roberto Bolaño a la heroína, y en él confirmé que la única fuente escrita de la repetida historia era un texto de estatus dudoso, que unos han querido leer como testimonio y otros han entendido como ficción.

Desde ese momento hasta ahora no son pocas las personas que me han preguntado sobre el tema vía email, y ese grupo incluye a un periodista inglés, un escritor
freelance chileno-americano y Noam Cohen, redactor de The New York Times.

Eso añade un dato a los que enumeré en aquel post: no sólo son únicamente anglosajones los medios de prensa que señalaron la supuesta adicción de Bolaño. También son casi en exclusiva anglosajones los medios y los periodistas que siguen interesándose en el tema.

No se trata de un dato casual: los libros sobre la vida de los grandes autores, o, en el cine, los
biopics de poetas y novelistas, son una costumbre vigorosa y proliferante en los Estados Unidos y en Inglaterra, una costumbre tan antigua y remota como la obra de Boswell sobre Johnson.

En el mundo hispánico la biografía no es un género demasiado saludable ni auspicioso, ni es un árbol especialmente proficuo (y algunas de las mejores biografías de escritores hispanohablantes han sido escritas por críticos e historiadores de otras lenguas).

El escritor interesa en España y, más aun, en América Latina, en tanto figura en la sociedad, en su relación con la esfera pública, como partícipe de la comunidad y actor en el ágora abierta.

Esa imagen del autor es casi inexistente en el universo anglosajón, donde el escritor es atractivo como individuo, en su intimidad, en el retiro --más atractivo cuanto más secreto: Salinger, Pynchon, McCarthy--, y es investigado y descubierto en ese arco en la circunferencia de su vida: no el que lo incluye en la esfera pública, sino el que lo encierra en el círculo de su privacidad.

Bolaño apenas acaba de alcanzar la fama en sus traducciones inglesas y ya es objeto de un tráfico de certezas e incertidumbres sobre su intimidad. En la década transcurrida desde su consagración en el mundo hispano, nadie se había interrogado tanto sobre los datos de su biografía.

Alienación

Kaurismäki en la cinta continua

La chica de la fábrica de fósforos (traduzco libremente) es una estupenda cinta que el finlandés Aki Kaurismäki dirigió y estrenó en 1990, protagonizada por Kati Outinen, la notable actriz de El hombre sin pasado.

La película dura apenas más de una hora; sus personajes cruzan menos de cien palabras, y eso; sus escenarios son pocos, fríos, desolados, estrictamente funcionales; la mayor parte de su música es en extremo trivial.

Pese a su brevedad, la historia tiene tres momentos definidos: la exposición mecánica y repetida de la rutina alienante de la mujer en la fábrica; la exposición mecánica y repetida de la rutina de la mujer en los bares, a la busca de una experiencia sexual que casi nunca se produce; la exposición mecánica y repetida de la rutina criminal de la mujer cuando decide envenenar a la mitad de las personas relevantes de su vida, y, de paso, a uno que otro desconocido.

La rutina de la alienación industrial, la de la alienación social, la de la deshumanización y el delito: Kaurismäki las yuxtapone y consigue que la mostración de cada una ilumine la naturaleza de las otras. La forma misma de la cinta adquiere la estructura de esas variantes de alienación: la iteración mecánica, imitativa, infinitamente reproducida.

En la primera parte, la chica es una pieza en la máquina de la fábrica de fósforos. En la segunda, su vida misma es sometida a la lógica industrial, y la búsqueda del amor (o del placer) se convierte en un tramo más de una línea de producción. En la tercera, la mujer se ha vuelto productora de sus circunstancias, pero el producto es la muerte casi siempre indiscriminada de quienes ella juzga culpables de algo, por acción, por omisión o por asociación.

Kaurismäki da un ejemplo de economía expresiva: escasos elementos en juego, enorme densidad de sentidos: nada, ningún cuerpo, ninguna sombra, cruza la pantalla sin dejar una estela significativa.


15.1.09

Limpieza étnica

¿Y el genocidio que propone Hamas?

"Limpieza étnica" es el eufemismo con el que algunos nombran al genocidio cuando su motor es racial o étnico: el Holocausto, la persecución de los kurdos, etc.

Gonzalo Gamio, filósofo, profesor de la Universidad Católica del Perú, escribe sobre el conflicto entre Israel y Palestina lo siguiente:
"Muchos especialistas consideran que los bombardeos sobre la zona pueden obedecer a un proyecto de limpieza étnica".
Gonzalo Gamio y los "muchos" a quienes alude deberían ser más cuidadosos antes de decir cosas como esa. Y, sin van a decirlas, deberían apoyarse en algo más que un rumor sin indicio probatorio alguno.

La quinta parte de los ciudadanos de Israel son árabes, autodescritos como palestinos, protegidos por la constitución, con libertad de culto, con plenos derechos, reunidos en partidos, representados en el Congreso, etc.

Entre ellos están el viceministro de Relaciones Exteriores de Israel, el jefe de su Policía de Fronteras y decenas de diplomáticos que defienden y representan la posición de Israel en todo el mundo.

¿Limpieza étnica? ¿Judíos genocidas?

¿Israel quiere acabar con un pueblo entero y para ello se sirve de artimañas como esta guerra, que en el fondo no sería sino un señuelo y un simulacro, un movimiento subordinado en un plan mayor, la extinción total de los palestinos?

¿Se ha detenido a medir el alcance de sus palabras Gonzalo Gamio cuando escribe, por ejemplo, lo siguiente?:
"Muchos de los partidarios de las acciones en Gaza tienen parientes que fueron víctimas de la insania nazi: constituye un atentado contra la memoria de esas víctimas inocentes el negarse a aprender del terrible sufrimiento y la injusticia padecidos en la Shoá al permitir que se comentan las atrocidades que hoy se cometen contra la población palestina".
¿Cuál es exactamente el paralelo entre el Holocausto y el conflicto en Gaza?

En el Holocausto se asumió como proyecto la eliminación absoluta de todos los individuos de un grupo étnico por el hecho de pertenecer a ese grupo, y se puso en operación el proyecto, que sólo colapsó cuando ya se había eliminado al menos a media decena de millones de judíos.

Los judíos asesinados no formaban parte de un movimiento violentista, no habían tomado ningún tipo de acción militar, guerrillera o terrorista, no representaban ningún tipo de amenaza, no estaban siquiera advertidos de que existiera un conflicto en el que ellos estuvieran directamente implicados como grupo.

No había nada que un judío pudiera hacer para dejar de ser visto como un enemigo natural por los nazis y sus aliados: era asesinado en virtud de su sangre, su apellido, su religión, su simple existencia.

Por supuesto, los antisemitas habían construido todo tipo de teoría descabellada para justificar el genocidio; el resumen de esas teorías era este: los judíos son causantes de todas las inequidades e injusticias del mundo.

Eso es exactamente lo que dice Hamas hoy en día (Hamas incluso culpa a los judíos por el Holocausto).

Por ello, Hamas llama a la eliminación de todos los judíos de Medio Oriente. Eso es lo que un intelectual agudo y perpicaz como Gonzalo Gamio, sinceramente preocupado por el asunto de la ética y la moral en la política pragmática, debería llamar "limpieza étnica".

Sin embargo, es muy raro, inusual e insólito, en verdad, toparse con alguien que diga, con todas sus letras, que Hamas, grupo terrorista que gobierna a los palestinos de Gaza, es una organización genocida con un proyecto de limpieza étnica.

Sorprendentemente, se usan ambos términos para calificar a los israelíes (y, por extensión, a todos los judíos, en un giro que es expresamente antisemita).

Me temo que, a pesar de que la mayoría de quienes actúan de esa manera lo hacen guiados por su humanitarismo, la desinformación los ha conducido a una posición paradójica, en la que acaban por justificar, en la práctica, la supervivencia de un grupo terrorista radical, racista y de intención genocida, que ha producido no sólo la muerte de miles de israelíes sino también la de cientos de rivales políticos palestinos.

¿Qué han aprendido los judíos del Holocausto?, se pregunta Gonzalo Gamio, con ese giro retórico, tan frecuente, que asume que el Holocausto debería representar una lección no para sus perpetradores y sus testigos inmóviles, sino para sus víctimas.

Bien, esto es algo que los judíos pueden haber aprendido del Holocausto: que cuando una organización política sostiene que hay que eliminar a todos los judíos, asesinarlos uno por uno, borrarlos de la faz de la tierra, hay que actuar en contra de ese proyecto.

¿Qué cosa proponen Gonzalo Gamio y los "muchos" a los que se refiere en su artículo para proteger al pueblo israelí de la amenaza de un grupo radical antisemita y de ideología genocida que ha alcanzado el poder en un territorio vecino?

Lo he escrito muchas veces: Israel ha recurrido a procedimientos criminales en su ingreso a Gaza, y no le hace ningún bien a su causa con ello. Pero los palestinos de Gaza han depositado su futuro en las manos de un partido esencialmente definido por su intención criminal, nacido para coronar un proyecto genocida, un partido que existe para asegurar la extinción de su enemigo.

Gamio habla de la dificultad de negociar en un contexto en que tanto israelíes como palestinos han dado mayor fuerza a los radicales de cada bando. Olvida decir que los sionistas radicales proponen que Israel no devuelva los territorios ganados en sucesivas guerras, mientras que los radicales palestinos proponen la aniquilación del pueblo judío... ¿Se entiende la diferencia?

Mi creencia más sincera es que la única manera en que se puede criticar la actitud del gobierno israelí desde una postura ética, es proponiendo a la vez una forma viable en que ese gobierno pueda ofrecer seguridad a su ciudadanía sin llevar a cabo acciones como esta invasión. Pero simplemente decir "judíos genocidas" y atarle las manos al Estado de Israel ante la amenaza de sus enemigos, sin proponer una salida alterna, es contribuir al explícito plan genocida de esos enemigos.

14.1.09

Bueno mientras duró

De regreso a Maine

Un mes exacto desde que llegamos y ya nos estamos yendo: vuelo a New York, cambio de aviones, y vuelo a Portland, Maine. Supongo que mañana en la noche o pasado mañana estaré posteando nuevamente.