14.7.07

Hermanos

"La gallina degollada" y las tragedias de Horacio Quiroga

Hablando de raros: si no fue el más idiosincrásico, es argumentable al menos que el uruguayo Horacio Quiroga fuera el más trágico y el más desventurado entre ellos.

Las muertes violentas lo rondaron siempre, durante su vida y, no menos terriblemente, después de ella. Su padre murió en frente suyo, de un balazo accidental, cuando él era todavía un bebé.

Cuando el accidente ocurrió, la madre de Horacio llevaba al niño en brazos: el estrépito de la detonación la hizo soltar a la criatura, que cayó al suelo y se rompió el cráneo. Sobrevivió, pero la caída marcó su salud para siempre. O quizá no fue la caída, sino la pérdida.

Durante las décadas siguientes, su padrastro y su propia esposa habrían de suicidarse. Y
Quiroga mataría azarosamente a un amigo muy querido, también de un disparo casual.

Él mismo se mató, finalmente, tomando cianuro, en 1937, luego de que le fuera diagnosticado un cáncer a la próstata. Un día antes de que se cumpliera un año exacto de su muerte, su mejor amigo, el escritor
Leopoldo Lugones, le siguió los pasos con idéntico método. Muy pronto lo hizo una amiga de ambos, la poeta Alfonsina Storni, sumergiéndose en el mar como recuerda la canción de Ramírez y Luna. En los años siguientes, la hija mayor de Quiroga y su único hijo varón se suicidaron también.

No poco tuvo que ver en esa muerte subsiguiente de sus dos hijos la huella involuntaria del escritor: Quiroga había sido un excéntrico, muchas veces tildado de loco, y había llevado una vida tan tachonada de desgracias, que sus hijos se sentían herederos de un destino irremediablemente sombrío, y, para escapar de él, lo apuraron suicidándose.

Es mucho más que una simple ironía, por ello, que Quiroga fuera el autor del cuento "La gallina degollada", pues no hay relato en la tradición hispanoamericana que más terriblemente cifre la idea de la herencia de padres a hijos como tragedia inescapable, como necesidad de destrucción y de autodestrucción: la paternidad y la filiación como motores de una desgracia irrevocable.

(Quiroga es
sui generis: su literatura parece un naturalismo torcido que intentara explicar ciertas formas de horror que en el fondo preferiríamos creer sobrenaturales; su lucidez está en saber que el horror es siempre parte de la naturaleza).

Y ya que la filiación es tema crucial de "La gallina degollada", les dejo aquí el cuento en su forma original y, de inmediato, dos ilustres vástagos suyos: la conocida versión cómic de Carlos Trillo y Alberto Breccia (que Ricardo Piglia antologara en su volumen de adaptaciones gráficas La Argentina en pedazos, hecho a partir de una serie publicada en la revista Fierro), y esta otra versión cómic del artista gráfico catalán Corominas... Disfrútenlos en familia.

Imagen: óleo sobre papel de Corominas.

Mil páginas en cinco horas

Se estrenó adaptación teatral de 2666 de Bolaño: la crítica aplaude

Cinco horas: ese es el tiempo de duración de 2666, versión teatral de la novela de Roberto Bolaño que el director catalán Àlex Rigola acaba de estrenar en el Lliure de Barcelona.

Cinco horas es mucho tiempo para una obra teatral, pero poco para siquiera empezar a recoger los muchos sentidos de la novela del chileno.

Así que, si la pieza es tan buena como asegura el crítico
Marcos Ordóñez en su comentario publicado en el suplemento Babelia, de El País, sólo queda ponerse de pie y aplaudir.

Y dado que también han sido entusiastas las críticas (aquí republicadas) de María José Ragué en El Mundo, Sergi Doria en ABC, Santiago Fondevila en La Vanguardia, Gonzalo Pérez de Olaguer en El Periódico y Begoña Barrena en El País, parece que precisamente eso habrá que hacer, aplaudir (al menos, si nos cruzamos con alguna de las giras que la compañía emprenderá llevando esta obra por el mundo).

Las cinco horas corresponden cada cual a una de las cinco secciones de la novela: "La parte de los críticos", "La parte de Amalfitano", "La parte de Fate", etc., y cada una, según describe Ordóñez, tiene un cariz y un tono completamente distintos de las demás, así como una estética diferenciada, desde la sobria corrección del primer acto, hasta el laberinto de violencia y locura del cuarto, por ejemplo.

Por cierto, el último número de The New York Review of Books trae una larga reseña de Francisco Goldman acerca de las versiones en inglés de cuatro libros de Bolaño (The Savage Detectives, Distant Star, Last Evenings on Earth y 2666, que aparecerá el año próximo).

La lectura que Goldman hace de 2666 es más que recomendable (si me permiten el comentario: cada vez que leo The New York Review of Books y me acuerdo de la calidad promedio de las reseñas en la prensa peruana, una lágrima se me salta y rueda hasta mi taza de café de cada mañana).

Fotografías de prensa. Hacer clic en las imágenes de la izquierda para ver versiones más grandes.

13.7.07

Los raros

Los idiosincrásicos y el anticanon

En 1893, Rubén Darío (establecido en Buenos Aires tras un viaje a Francia) empezó a componer los artículos de prensa que luego reunió en libro bajo el título de Los raros: lecturas, ensayos y semblanzas sobre una variopinta selección de escritores que desde hacía tiempo revolucionaban y convulsionaban las letras europeas.

Los "raros" de
Darío no eran sólo nativos del viejo continente: junto a Ibsen, Verlaine, Leconte de Lisle, Bloy o Lautréamont, había nombres como el del bostoniano Edgar Alan Poe, llegado al francés por intervención poco menos que divina (o diabólica): las traducciones de Charles Baudelaire.

¿Cuáles eran los puntos en común entre escritores como Poe, Ibsen y Bloy? Probablemente, no muchos: cuando Darío los agrupa, lo hace más en función de sus idiosincrasias que pensando en sus similitudes: los "raros" son escritores que iban mellando cada cual de modo diverso y privado una columna distinta en el templo tradicional de los cánones occidentales.

Darío, dicho sea de paso, compuso con esos ensayos un libro discutible y no sólidamente argumentado, hasta tal punto que hoy algunos estudiosos dudan de que haya leído a todos los autores a los que aludía: al respecto escribió de manera interesante la crítica Sidonia Taupin allá por 1959 en la revista Comparative Literature.

Pero quiénes somos nosotros para dudar de Darío. Por el contrario: tomemos su término y mantengamos su idea: después de todo, no son pocos quienes en América Latina tienen un cariño especial por "los raros" de nuestra historia literaria.

Iván Thays, por ejemplo, usa el término con frecuencia, y se especializa en promover la lectura de algunos "raros" peruanos, como su admirado Gastón Fernández. El escritor Héctor Libertella
publicó hace años un libro llamado "Once relatos argentinos del siglo veinte", una antología de cuentos que era toda una propuesta para la alineación del
canon raro rioplatense: Copi, Wilcock, Lamborghini, etc.

Me pregunto si habrá cómo detectar con cierta precisión a los miembros de esa nómina en las letras de América Latina: quizá, cuando cada uno de nosotros usa el término, lo hace teniendo en mente rasgos diferentes.

¿Quienes son "los raros" para mí? Sus estilos son distintos pero suelen producir textos que parecen versiones psicóticas del derroche barroco; con frecuencia sus historias son violentas e incluso crueles y parte de su violencia viene de la ferocidad formal de su escritura; a uno le tienta decir que la tedencia paródica es un rasgo común, pero se trata de un parodia que reemplaza la distancia irónica por la excesiva cercanía del delirio o la paranoia.

¿En quiénes pienso? En autores como los uruguayos Felisberto Hernández, Horacio Quiroga y Mario Levrero; los argentinos Roberto Arlt, Macedonio Fernández, Eduardo Holmberg, Santiago Dabove, Copi, Héctor Libertella, Rodolfo Wilcock, Osvaldo Lamborghini, César Aira, Luisa Valenzuela, Alejandra Pizarnik; los cubanos Virgilio Piñera, Severo Sarduy y Calvert Casey; el colombiano Andrés Caicedo; los ecuatorianos Pablo Palacio y Humberto Salvador; los chilenos Juan Emar y Héctor Pinochet, etc, etc.

¿Cuál será la lista de "los raros" en las letras peruanas? El Alberto Hidalgo de las crónicas hepáticas y los cuentos descalabrados tendría que estar allí, junto a Clemente Palma. ¿Quién más estaría en esa incierta secuencia, en esa otra tradición de la ruptura?

Imagen: con esa pinta, tenía cara para llamar "raros" a los demás: Rubén Darío.

Brecht y la construcción de las ruinas

Sobre las sombras anónimas de la historia (a propósito de Machu Picchu)

A propósito del post sobre Machu Picchu, José B. Adolph nos envió una cita de memoria de un viejo poema de Bertolt Brecht, en el que el escritor se pregunta sobre el paradero de los constructores de Lima.

En verdad, el poema entero alude a los sirvientes, los esclavos, los anónimos sacrificados de la historia.

Me pareció interesante recurrir a la fuente: no tengo a la mano una versión en español del poema, así que lo traduzco desde una versión en ingles (con todos los riegos que eso implica):

Preguntas de un obrero lector

¿Quién construyó Tebas con sus siete puertas?
En los libros hallarás los nombres de los reyes.
¿Pero esos reyes remolcaron las piedras?
Y Babilonia, tantas veces destruida,
¿Quién la reconstruyó todas esas veces?
¿En cuál de las casas de Lima la dorada
Vivieron sus constructores?
¿Adónde fueron los obreros
La noche en que terminaron la muralla china?
La Gran Roma
Está llena de arcos triunfales,
¿Quién los erigió?
¿A quién conquistaron los césares triunfantes?
¿La famosa Bizancio
Sólo tenía palacios para su pueblo?
Incluso en la lengendaria Atlántida, la noche en que se la tragó el mar,
Los que se ahogaban llamaban a gritos a sus esclavos.
¿El joven Alejandro conquistó la India.
¿Es que lo hizo él solo?
César conquistó a los galos.
¿No llevó con él siquiera a un cocinero?
Felipe de España lloró al ver su armada hundida.
¿Nadie más lloró?
Federico II salió victorioso en la guerra de los siete años.
¿Nadie más ganó esa guerra?
Un triunfo en cada página.
¿Pero quién cocina las cenas de la victoria?
Cada década un gran gobernante.
¿Pero quiénes pagaron por todo eso?

Tantas historias.
Tantas preguntas.

12.7.07

Maravillas del esclavismo

Machu Picchu no se construyó en un día de pícnic y diversión

Encuentro este artículo de Alfredo Márquez que es una protesta contra la censura y los recortes a las libertades del individuo (a raíz del caso Quijano). Pero el artículo termina con una exaltación de la civilización inca, a la que el autor se refiere como "la sociedad que hizo posible proezas constructivas y organizativas como Machu Picchu".

Teniendo en cuenta que una parte del artículo de
Márquez es una reivindicación de la caricatura política como modo de expresión crítica, uno se pregunta si será acaso intencional esa caricatura con la que él mismo concluye su texto. Porque, ¿cómo puede alguien defender las libertades del individuo y a renglón seguido hacer el panegírico de una ciudadela construida a costa del trabajo forzoso y la vida y la muerte de dios sabe cuántos cientos y miles de sirvientes y esclavos andinos?

Hace unos días, cité la larga lista de poetas que han escrito admirados ante el monumento en sí. Pero ante la forma en que fue construido, y la miopía con la que muchos quieren ver en él el vestigio de una sociedad perfecta, sólo cabe citar a Vallejo: "me friegan los cóndores". Porque Machu Picchu no es menos que las pirámides de Egipto en cuanto atañe a la lista de las grandes ruinas del esclavismo.

Febrero lujuria, de Christian Reynoso

Matalamanga lanza primera novela de narrador puneño

Christian Reynoso, escritor puneño nacido en 1978, acaba de publicar su primera novela (luego de haber debutado en el 2001 con un libro de cuentos y dado a la imprenta en el 2002 un volumen de ensayo periodístico).

La novela se llama Febrero lujuria, y es la nueva adición al catálogo de la Editorial Matalamanga, de donde (legítimamente emocionados con la posibilidad de dar a conocer el talento del interior del país) nos han enviado un capítulo en calidad de adelanto.

Pueden leerlo en Quipu, después de darle una mirada al texto de la contratapa, que dice lo siguiente:

“…el festín orgiástico de la danza de la Diablada empezó alrededor de la Virgen de la Candelaria. Cientos de diablos con trajes rojos, dorados y amarillos candela empezaron a saltar, agitando sus melenas y haciendo sonar los cascabeles de sus botas en perfecta armonía con la música de la banda. Y el olor a azufre y a incienso se sintió, mágico, desde el suelo y todos, señores del mal, extendieron sus trinches a los mortales espectadores para atraerlos a su frenético danzar (…) en el frenesí del sicuri, llegaron a una esquina y se perdieron, y qué importaba, dijeron, si con Mañazo no había caso, y nuevamente el repique de la tarola ametralló y los sonidos de las zampoñas emergieron desde las gargantas: saliva dulce, ron con Coca-Cola, bolita de coca, mamita Candelaria, Mañazo, Mañazo, energía del diablo, latido del corazón.”

Haciendo uso de la ficción, Febrero lujuria recrea la festividad de la Virgen de la Candelaria, celebrada cada febrero en Puno, en la sierra sur del Perú. La historia transcurre en Lago Grande, ciudad ficticia donde los numerosos y variopintos personajes que aparecen a lo largo de la novela se ven entrelazados en el transcurrir de una gran fiesta de veneración. Pero cuando llega el mes de febrero y la festividad, ¿acaso no es el Diablo quien se apodera de los corazones de los ciudadanos para desafiar al bien y dar rienda suelta a los instintos de un festín orgiástico de danza, lujuria y fe pagana? Pregunta complicada si se piensa en los orígenes, supuestamente incorruptibles moralmente, de los personajes que dan vida a Febrero Lujuria, seguramente una de las novelas peruanas más interesantes de los últimos tiempos.

El poeta Núñez; la flamante Señorita Reina del Folklore, Paola Candelaria; el reverendo y misterioso padre Esquivel; los visitantes franceses monsieur Wieland y su hija Katherine; el mochilero argentino, Guillermo; el famoso danzarín, don Ignacio; el ladrón y hombre de mala vida, loco Montalván; la prostituta brasileña, Mirandiña; el entusiasta y joven danzarín devoto de la Virgen, Pepe Ramos; el iconoclasta tío Augusto; el libertino joven Lizandro, entre otros, son algunos de los personajes de esta inquietante primera novela de Christian Reynoso.

Inquisición y cultura

¿Por qué poner a un defensor de la censura a dirigir la Biblioteca Nacional?

Sorprendentemente, o quizás no tanto, entre quienes justifican la censura impuesta por el Ejército y condonada por el Instituto Nacional de Cultura, contra la exposición de Piero Quijano, se cuentan intelectuales reconocidos, con una obra a sus espaldas, como Hugo Neira.

En su artículo Estado y zonas grises, publicado el 7 de julio en el diario Perú 21, escribió:
"Censura. No se sabe de qué se habla. Ha habido un 'no aquí', del INC, que no es lo mismo. Discutible o no, censura es otra cosa. Es el 'no se imprime' del antiguo poder eclesiástico. O el 'prohibido exhibirse en el territorio nacional', de pasadas dictaduras. Cualquiera diría, leyendo el toletole de los medios, que vivimos en la Argentina de Videla, el Chile de Pinochet o el Perú de Odría".
Y luego añadió lo siguiente:
"Las libertades son eso que puede ejercerse no en el interior de la maquinaria estatal -que debe guardar su propia coherencia- sino, más bien, en el ancho mundo de la sociedad civil. ¿Por qué, entonces, se le pone a prueba? ¿Para probar que tiene límites ? Sí, pues, los tiene. Pero, para tener un Estado racional, cauteloso, es preciso que sus ciudadanos también lo sean".
Curiosa reflexión esa última: para Neira, las libertades no son inalienables del individuo, sino que hay que ganárselas de alguna manera: ¿quieren un Estado racional?, dice. Entonces los ciudadanos han de ser cautelosos. No deben pasarse de la raya. Para Neira --qué sintomático--, el Estado es un papá con derecho a castigar a esos niños maleducados que son sus ciudadanos, o, en este caso, sus artistas. Es verdad: no es el Chile de Pinochet. Es el Perú de Alan García.

Después
, en un artículo más extenso publicado en La República el 10 de julio, bajo el título El INC y el arte de atarantar, Neira añadió esta anécdota, a su juicio ilustrativa de su verdad:

"Hace años, me paseaba por Roma, y a pocos pasos de la ciudad del Vaticano (que es un Estado minúsculo) me hallé de porrazo con una librería libre, tan libre que habían colgado un afiche bien insolente. Una virgen María, la madre de Jesús, a partir de una foto de una muchachita muy bella y encinta con un inmenso vientre a punto de dar a luz. Cosa de radicales protestantes, autores del afiche. Bajo el monumental vientre, un titulito: 'dentro de unos minutos, Navidad!' Fuerte, ¿no? Y si lo traigo a colación no es para fastidiar a nadie, sino para reflexionar. Ni al más desalmado artista satírico anticulto-mariano se le ocurre, en la libertaria y civilizada Italia, que ese afiche se exhibiera en San Pedro. La respuesta de los canónicos, aparte su desagrado, sería sencilla: ¿por qué aquí? Pero si los italianos fueran peruanos, ahí es donde lo quisieran. Para fregar pues. Para atarantar".
Poco favor le hace a sus propios argumentos Hugo Neira cuando coloca como ejemplo al único rincón del mundo occidental en el que la diferencia entre fe religiosa y Estado no existe, en el que la jerarquía de la religión y la de la ley son lo mismo, en el que el cimiento básico de los estados modernos y la democracia no asoman de ninguna manera importante: el único estado premoderno de esta parte del planeta.

Flaco favor se hace Neira con tal ejemplo, digo, porque deja traslucir lo que él piensa acerca de cómo deben ser la difusión de las ideas y las restricciones a la libertad de expresión y cuán estrechos son para él los límites entre lo que se puede decir y lo que se debe callar o silenciar.

¿Permitiría Hugo Neira que el canal de televisión del Estado transmitiera un programa que fuera abiertamente crítico contra el Ejército? Aparentemente, no. Porque, según Hugo Neira, esas serían ganas de fregar. Él lo prohibiría. Y lo llamaría "sentido común". Porque para Neira los espacios culturales del Estado no están allí para servir al pueblo productor de cultura, sino sólo para irradiar ideas que convengan al Estado y a sus temporales inquilinos.

(Y encima, él mismo señala, en uno de esos artículos:
"Confundimos gobierno con Estado". Sí, así es en efecto, y hace bien en decirlo en el plural de la primera persona, porque quienes obviamente confunden gobierno con Estado son él y sus compañeros apristas).

El hecho de que, para Hugo Neira, el Estado deba ser gran anfitrión del pensamiento único es un problema mayúsculo, un problema enorme para la libertad de la vida intelectual en el Perú. Porque resulta que Hugo Neira es director de la Biblioteca Nacional, una entidad del Estado.

Me pregunto si no será tiempo de revisar el catálogo de adquisiciones de la Biblioteca, porque, si Hugo Neira es coherente con su propia prédica, es sumamente probable que esté prohibiendo el ingreso en ese recinto estatal de cualquier libro que el Estado (o más bien el gobierno) pueda juzgar sospechoso, errado, impropio o simplemente opuesto a sus intereses.
"¿Se ha prohibido que Piero Quijano exhiba "sobre el territorio nacional"?. ¿Se han decomisado sus obras? ¿El hombre está preso o escondido? Cualquiera diría que tropas de policías robocop recorren las galerías de arte y se las llevan. Censura, lo que se llama censura, es otra cosa, siempre es fea y no desaparece; aunque se haga rara. En Europa, hace poco un político objetó ante tribunales la impresión de un libro que hablaba de su vida sexual. Y ganó, y recogieron hasta el mínimo machote. Eso es censura, y en sociedades avanzadas".
Lamento decirlo, pero ese párrafo me suena hipócrita y descarado. Porque Hugo Neira está muy lejos de ser un ignorante y por lo tanto sabe que lo que argumenta no tiene ni pies ni cabeza. La censura tiene muchas vías, y las más sutiles suelen ser las más peligrosas: obligar a alguien a cambiar de religión y celebrar a la fuerza la nueva es censura: no hace falta cortarle la lengua a la víctima; tijeretear unos cuantos minutos de una película y luego permitir que se exhiba la hilacha resultante es censura, aunque no se arroje al director a un calabozo; borrar frases y palabras de un libro antes de aprobar su venta es censura, aunque se deje circular al autor por calles y plazas; descolgar unos cuantos cuadros y afiches y aprobar la exposición de los demas es censura, aunque no se deporte al artista ni se echen sus cuadros a una hoguera.

No hay que tener ni siquiera sentido común, sino apenas los proverbiales y cada vez más escasos dos dedos de frente, para darse cuenta.

Hugo Neira ha publicado libros en el SINAMOS de Velasco, y en la Casa de las Américas de Fidel Castro (se entiende que esto de censurar o no censurar no sea su problema ético más agobiante). Pero, si le hubieran pedido en esas oportunidades que arrancara unas cuantas páginas de sus manuscritos antes de hacerlo, ¿habría dicho que era censura, o habría dicho: "tonto de mí, falto de sentido común, qué ganas de joder las mías, en qué estaba pensando", antes de arrancarlas y aceptarlo todo o marcharse en silencio a su casa, como, aparentemente, piensa que debió hacer Quijano?

Me pregunto si alguien para quien censurar es permisible, alguien para quien atropellar la expresión ajena no está mal, alguien según quien el Estado tiene derecho a silenciar a sus ciudadanos, es la persona idónea para dirigir una Biblioteca Nacional.

11.7.07

La ética del testigo fotográfico

Artículo de Ashley Gilbertson sobre la violencia y la fotografía testimonial

En el último número de The Virginia Quarterly Review hay un ensayo muy intreresante (y discutible) de Ashley Gilbertson y su esposa, la periodista Joanna Gilbertson.

Ashley (aunque su nombre de pila suene femenino) es un fotógrafo australiano, corresponsal de guerra y especialista, sobre todo, en el fenómeno de los desplazados a causa de los grandes conflictos bélicos de nuestro tiempo.


Son tan famosos como desgarradores sus ensayos fotográficos sobre migraciones masivas en Kosovo, Irán, Afghanistán y otros lugares abatidos por diversas formas de violencia, sobre todo países asiáticos, y desde hace cinco años son muchas las publicaciones que han ofrecido las imágenes captadas por
Gilbertson en Irak.

Su artículo en The Virginia Quarterly Review, titulado Last Photographs, tiene bastante de testimonio periodístico, algo de especulación ética y mucho de confesión.

Es, entre otras cosas, la historia de la compleja relación entre un fotógrafo y el drama que documenta pero que, a la vez, le sirve de extraño y paradójico alimento.

Gilbertson fue
corresponsal en Irak entre el 2002 y el 2005, y luego pasó doce meses fuera de allí, hasta que empezó a sentir la necesidad de volver. En esta nueva oportunidad, sin embargo, ya no parecía tener muy claro el objetivo trascendente de su misión.

Traduzco el párrafo final:
"Cubrir la guerra solía hacerme sentir como si estuviera haciendo algo importante, pero he llegado a aceptar que los americanos no dejarán de morir porque yo tome sus retratos; que la violencia sectaria no cesará porque yo fotografíe la muerte de una mujer; que el abuso no se detendrá porque yo atestigüe las consecuencias de un interrogatorio. Ahora sólo registro la historia, documento el declive, con la esperanza de que la gente que no lo reconoce hoy pueda un día volver a mirar mis fotografías y vea que la guerra no fue, y no es, nada sino una trampa de arena movediza, hecha de errores, confusiones y mentiras. Mientras tanto, seguiré luchando con el asunto de cómo definir el conflicto en Irak sin dejar que el conflicto me defina a mí".

["Covering the war used to make me feel like I was doing something important, but I have grown to accept that Americans will not stop dying because I take their pictures; sectarian violence won’t end because I photographed one woman’s death; and abuse won’t stop because I witnessed the aftermath of one interrogation. I’m just recording history now, documenting the decline, in the hope that the people who don’t recognize it now may one day look back at my pictures and see the war for the mistake-riddled quagmire it was—and is. In the meantime, I’ll continue to struggle with how to define the conflict in Iraq without letting it define me."]
Es un tema interesante y que reaparece cada cierto tiempo: por un lado, el asunto de la aceptación casi convencional de que los periodistas forman una suerte de tropa neutral, puramente observadora, que no interviene, lo que acaba por transformarse, en casos extremos, o en un encallecimiento de la emoción o en una hipertrofia del sentimiento de culpa.

Por otro lado, la asunción del periodismo como poco menos que un arma de efecto retardado, algo que nunca surtirá efectos positivos en su propio tiempo, sino apenas, quizá, sólo quizá, años o décadas después, cuando todo haya terminado de suceder.

En estos días en que andan por librerías peruanas libros como el nuevo de Cecilia Larrabure (mi compañera de trabajo hace varios años), no está de más recordar que no todos los fotógrafos y no todos los periodistas descreen de la posibilidad de que su trabajo marque una diferencia, no tarde o temprano, sino aquí y ahora.

Un dato adicional


Dicho sea de paso, en este número de The Virginia Quarterly Review aparece también, como adelanto para el mundo anglosajón, The Chilean Girls, primer capítulo de The Bad Girl, la traducción al inglés de Travesuras de la niña mala, la estupenda novela de amor de Mario Vargas Llosa.

No sé si la idea de guillotinar la primera parte del título fue de Edith Grossman, la traductora (que también lo es de García Márquez, Álvaro Mutis y Augusto Monterroso) , o si fue de algún editor en Farrar, Strauss and Giroux: gran idea, en todo caso. El libro sale en octubre, siguiendo de cerca la aparición de Temptation of the Impossible: Victor Hugo and Les Misérables, publicada el último abril por Princeton University Press.

Imagen: fotografía de Gilbertson, tomada de aquí.

La última mudanza de Eduardo Adrianzén

Libros buenos que se vuelven malos: un caso de crítica retroactiva

Los embrollos recientes de Alfredo Bryce han ocasionado todo tipo de opinión, incluyendo algunas de una bajeza intelectual y una vileza moral inverosímiles (qué derecho tiene nadie a llamarse amigo de Bryce, por ejemplo, y de inmediato especular en (o ante) la prensa sobre posibles enfermedades mentales; qué derecho tienen personajes como Hugo Neira, hoy avalador de censuras, a decir vulgaridades sobre la vida privada de Bryce).

Desde escribidores de cantina hasta aprendices de vedette literaria han decidido, al ver a Bryce caído y defendiendo malamente lo indefendible, que esta era su oportunidad para sumarse al callejón oscuro y lanzar ellos también un puntapié, entre risas oblicuas y malestares hipócritas (y más de uno ha dicho qué pena, pobre Bryce, yo que lo quiero tanto, antes de meterle el siguiente pisotón).

Pero, incluso más que la mediocridad moral implicada en esos coscorrones de gaznápiro acobardado, me resulta irritante la actitud de los otros, los que ahora dicen que
Bryce es un mal escritor, aunque hasta ayer dijeran que era lo máximo.

Siento mucho no comprender ese tipo de vaivén: tengo entendido que los textos de
Bryce escritos a lo largo de las últimas décadas siguen exactamente iguales, no se les ha caído una coma, no se les ha desvanecido párrafo alguno, y ni los dislates y desventuras recientes de su autor, ni absolutamente nada que haga en este mundo o en el otro, los han modificado ni los modificarán.

Entre ellos sigue habiendo novelas clave de nuestra tradición, como la extraordinaria e irrepetible Un mundo para Julius, junto a experimentos narrativos de gran riesgo e imaginación desbordada, como Tantas veces Pedro y La vida exagerada de Martín Romaña; libros de cuentos que se incluyen entre lo más depurado y emotivo en la historia del relato breve peruano, como Huerto cerrado y La felicidad ja ja, y, aunque se nieguen a admitirlos quienes ahora creen descubrir que Bryce es incapaz de escribir fuera de los límites de la ficción, también queda en su corpus creativo la fascinante colección de crónicas de A vuelo de buen cubero y una larguísima serie de notables ensayos sobre literatura recogidos en libro en los años noventa.

Que alguien me explique qué es lo que ha querido decir ayer en La República el dramaturgo Eduardo Adrianzén (el recordado esclavo de la película La ciudad y los perros). Lean su artículo. Adrianzén hace lo inimaginable: decide que, en vista de los plagios y las acusaciones inusitadas, de las entrevistas lamentables y los escándalos recientes, la obra de Bryce ya no es buena.

Pero hace más que eso: da un ejemplo transparente de cómo, cuando un grande cae, los enanitos suspiran y sienten que por fin es tiempo de decir lo que nunca se atrevieron a decir: "hoy puedo confesar que abandoné la Admigdalitis de Tarzán a la mitad", escribe Adiranzén.

Pregunto: ¿por qué no lo podía confesar antes? ¿Quién le puso un cuchillo en la garganta? ¿Anda siempre
Adrianzén por el mundo diciendo que le gusta lo que no le gusta? ¿Y qué culpa tenemos los demás?

Vean este párrafo notable:
"Solo unos pocos, como el ácido Marco Aurelio Denegri, se atrevían a dudar de sus méritos literarios... hasta el episodio de los plagios y todo lo que ya sabemos que, a mi entender, tiene un tristísimo colofón en la entrevista del último Caretas".

¿Qué? ¿O sea que ahora, a causa de los plagios y las entrevistas, ya es posible dudar de los méritos literarios de Alfredo Bryce? (¿Y por qué no se podía antes?). ¿Se puede saber cuál es la relación entre una cosa y la otra? ¿Cuál es el mágico mecanismo de devaluación retrospectiva que Adrianzén ha puesto en marcha para sacar estas conclusiones?

¿Y qué hará Eduardo Adrianzén el día en que le sea revelado que T.S. Eliot era un esposo explotador, que Ezra Pound era un fachista irremisible, que Alejo Carpentier era profidelista por conveniencia, que a José Saramago lo acusan por plagio en varios países, que Jorge Luis Borges hablaba con desprecio de los negros, que Camilo José Cela firmaba a diestra y siniestra artículos escritos por sus empleados, que Francois Villón era ratero y vagabundo, que José Santos Chocano fue un homicida, que Félix Lope de Vega asistía con unción y recogimiento a autos de fe, y que Felipe Huamán Poma escribía porque soñaba con el poder? ¿Pensará entonces que las obras de esos autores son mediocres y no son dignas de admiración?

El hecho de que Eduardo Adiranzén, y como él varios otros, crean que sólo pueden decir que un libro no les gusta una vez que el autor haya caído en desgracia, no debe llevarnos al error de suponer que ese es un ejercicio permisible: no es honrado y no es honorable. ¡Y qué decir del párrafo final, en el que Adrianzén pide que los medios no le den más tribuna a Alfredo Bryce! ¿Es que ahora ya no queda nadie sin ínfulas de censor, nadie que no tenga en mente a quién hay que vetar y a quién hay que silenciar?

Imagen tomada de Caretas.

Ratas

Fujimori está libre de polvo y paja según... sus socios

Si no fuera porque uno sabe que Alberto Fujimori está desde hace muchos años muerto y pudriéndose en ese nauseabundo calabozo móvil que forman su cuerpo y su alma, la decisión tomada hoy por un juez chileno de dejarlo libre de polvo y paja sería incluso más indignante.

Ahora, creo yo, es posible decir que los muertos a quienes
Fujimori mató han sido repasados una vez más por una partida de criminales peruanos, japoneses y chilenos, dispuestos a cualquier bajeza con tal de que el delincuente que les proveyó el oro y el moro durante más de una década no vaya a parar a la celda de una cárcel ni a la silla de un juzgado.

Quienes nos preguntábamos por qué
Fujimori decidió un día viajar a Chile a que lo atrape la policía y lo sumerjan en una prisión temporal, ahora tenemos la respuesta. Esto no es justicia, pero tampoco es política, o al menos no es lo que quisiéramos llamar política: es puro despliegue mafioso.

Que me digan ahora que Bachelet es una dama transparente, que la justicia chilena es confiable, que los japoneses son un montón de señoritos honorables, que la democracia se impone.

¿Por qué en algún momento llegamos a creer que aquellos que han sido completa, absoluta y radicalmente incapaces de llevar ante sus propios tribunales a sus delincuentes mayores, aquellos que dejaron vivir y morir como héroe al genocida Pinochet, iban a preocuparse seriamente por que los peruanos pudiéramos juzgar a nuestro peor criminal?

Imagino que habrá hoy muchos chilenos indignados con la decisión de este fantoche de juez, de esta ridícula sombra de juez que no encuentra razones para siquiera juzgar a uno de los gángsters más obvios de la historia de América Latina. Ojalá ellos se preocupen por presionar a su propio sistema político en esta circunstancia, cuando es claro que la justicia chilena no actúa ni libremente ni ecuánimemente. Ojalá se den cuenta de que liberar a Fujimori es volver a liberar a Pinochet.

Poderoso caballero es don dinero, sólo que no es caballero.